Siglo de un día de Eduardo Lizalde
El centenario de la revolución por Gabriel Wolfson
a la memoria de Óscar Sánchez Daza
El libro tiene hasta arriba un cintillo tricolor con la fecha 2010. ¿Qué dice ese cintillo? Dice una fecha pero no está diciendo una fecha, que en este caso sería la fecha de edición: ya está la fecha de edición en la hoja legal, como se hace siempre con los libros. Tampoco dice “México” (o “Italia”, dado que el cintillo no trae aguilita). Dice “bicentenario”, o en este caso “centenario y bicentenario”, dado que la silueta de Villa acapara la portada y que la novela narra episodios ocurridos durante la revolución.
Pero en realidad tampoco dice eso. ¿Qué dice el cintillo? Si se toma en cuenta que, además, la portada parece de viejo libro de texto, o de carátula de un VHS de Senda de gloria, el cintillo dice algo así: “esta novela, escrita hace más de cuarenta años y publicada por vez primera en 1993, ha sido reeditada para sumarnos a los festejos del bicentenario”. Pero como en estos arduos meses nadie mostró saber muy bien cómo festejar bicentenarios y como, hasta donde uno sabe, la labor de las editoriales no es festejar, lo que el cintillo franca y estrepitosamente está diciendo es: “este objeto que tiene usted en sus manos se suma al gran stock de productos que, merced a la transacción pecuniaria o espiritual, pueden hacerlo sentir que se pone al día con el tema del bicentenario, que se informa del bicentenario, que celebra el bicentenario, que celebra críticamente el bicentenario o incluso que, celebrándolo, no lo celebra. Puede adquirirlo en tiendas de prestigio”.
Porque además del cintillo y de la silueta de Villa en la portada —al frente un agave, al fondo Zacatecas—, el libro presenta numerosas pruebas de que fue compuesto no pensando en entregar al mercado un libro sino un producto cualquiera, poco específico. Digamos: un producto de 23 por 13.5 por 3 centímetros, de ángulos rectos y peso considerable, de colores llamativos en su envoltura, para que quien lo compre sienta que invirtió sus doscientos pesos en algo claramente palpable y atesorable en una repisa o en una rústica mesa de centro. Cada vez hay más indicios de que el trabajo de edición, por su carácter más o menos fantasmal, está haciendo creer a mucha gente que no es necesario o que de plano no existe: existe, claro, el fatigoso trabajo de quien escribe muchas cuartillas, el trabajo de quien monta una oficina donde alguien lee esas cuartillas y decide publicarlas, el trabajo de quien vacía esas cuartillas en un programa de diseño, y luego el trabajo del que imprime esas cuartillas bajo la forma de un poliedro de 23 por 13.5 por 3. ¿Hace falta más? No, desde luego, si lo que se está manufacturando es ese poliedro y no un tipo especial de poliedro llamado libro. Así con Siglo de un día, lleno de defectos tipográficos —renglones muy abiertos, ríos, espacios dobles o ausentes entre palabras, viudas y huérfanas y hermanas de la caridad, sangrías y guiones de diálogo ausentes— y ahogado en el mar de las erratas —varias veces llegué a contar cuatro en una misma página, desde un “Marín Luis Guzmán” o un inofensivo revólver no empuñado sino empeñado, hasta frases que arrancaban como interrogaciones y concluían como exclamaciones: a esas alturas, exclamaciones del hartazgo del lector. En otros números de Crítica he señalado el mismo descuido para libros de Frank Loveland, Andreas Kurz o uno publicado nada menos que por el Fondo de Cultura: ¿demasiada neurosis ya, demasiada intolerancia? No lo creo: demasiado ahorro en las editoriales a la hora de no contratar editores y correctores, o bien demasiado desprecio o despiste, que las haga pensar que eso, ser editor, consiste únicamente en conseguir manuscritos, hacer contactos, acompañar a “sus autores” en sus giras y hablar en mesas de editores independientes o semiindependientes o en vías de independencia. El eslogan radiofónico de la librería de la UAP dice orgulloso: “Mucho más que libros”. Pues no: lo que uno quiere de una librería son libros, no otra cosa ni mucho menos más de esa posible cosa. Y así como las librerías, que cada vez más son tiendas de regalos, parques temáticos o guarderías, muchas editoriales —así lo indica su asombroso desinterés en los textos impresos— parecen publicar libros para justificar gastos o tarjetas de presentación con la palabra “editor”, para conmemorar oportunos bicentenarios o para poder sumarse a los cocteles culturales: libros para ser comprados, repartidos, presentados, coleccionados o triturados. Pero no para ser leídos.
Y por haber leído un par de perfiles o entrevistas de Lizalde es que llegué a su novela (y porque finalmente podía conseguirse). Uno, discreto, hablaba del “sabor provinciano y la poesía de ese fresco histórico-familiar que es la novela”; otro, exaltadísimo y entusiasmante, sentenciaba: “Ha escrito una novela desatendida por la crítica, tal vez porque retrata a los revolucionarios y a los revolucionados que la habitan como seres terribles, oscuros, desencantados: es la última y más negativa obra de la narrativa de la Revolución Mexicana.” Frente al renombre de sus poemarios y el conocimiento mayor de la Autobiografía de un fracaso, prosa incluida en la recopilación poética del Fondo, la novela de Lizalde aparecía como esa obra secreta o maldita de la que tantos estamos a la caza, publicada por Vuelta en 1993 y luego secuestrada de los anaqueles. Y si además, como se prometía, constituía el cierre del ciclo narrativo de la revolución por obra de la negatividad, el libro se presentaba como el amuleto perfecto para sobrevivir al oxímoron de la fiesta oficial y obligatoria de este año. Muchas, grandes expectativas, animadas antes que nada por el recuerdo de sus poemas: ¿una novela con el descaro y la mala leche de El tigre en la casa, una novela sobre la revolución con la ironía helada de Al margen de un tratado?
Aunque llena de personajes, como corresponde a su extensión, el protagonista indiscutible de Siglo de un día es Claudio, cuyas aventuras recorren la novela de principio a fin. A Claudio lo acompañan casi siempre su primo Juan Ignacio y el profesor Quiroz, y poco a poco se van sumando otros personajes, como el Profeta Aurelio, el tío Palemón y don Prócoro, grupito que va de Zacatecas a la Ciudad de México una y otra vez, y de una cantina a otra. En torno a ellos orbitan otros grupos: el de la familia (la tía Luisa, la prima María Auxilio, el perro Tritón y un montón de parientes), el de la revolución (el coronel Sánchez, Félix Canales, el capitán Cifuentes, desde luego que el propio Pancho Villa), el que podríamos llamar el de las profesiones liberales (el notario Mota, la prostituta Silvia, don Lauro el político, el médico director del leprosario), además de algunos curas, varios criados y cantineros, y claro, la guapa, joven, pálida, melancólica y misteriosa Georgina Amparo. Los escenarios, como sugerí, son principalmente dos, Zacatecas y el centro de la Ciudad de México, pero hay capítulos que ocurren en las afueras de la capital, en Jerez y en Aguascalientes durante la mera feria de San Marcos, aunque en realidad los escenarios son casi siempre mesas de cantina o de interiores burgueses. La novela corre, si no me equivoco, de 1914 a 1919, aunque las evocaciones frecuentes de varios personajes aterrizan muchas veces a la mitad del siglo XIX o en jornadas tan subrayables como el 9 de febrero de 1913. El asunto principal del libro, podríamos decir, es la educación sentimental del joven Claudio, asunto apuntalado por varias tramas paralelas: su enamoramiento, cortejo, decepción, reencuentro y despedida de Georgina Amparo; su participación en la revolución, que comienza falsa y a conveniencia y concluye real y convencida; su devenir adulto, edificado con la adquisición de cierta seriedad, con su conocimiento de la muerte y, sobre todo, con la forja de su futuro económico a través de rescatar un viejo tesoro familiar que dará para poner un negocio propio. Y junto a este núcleo argumental, numerosas subtramas: la novela sobre el gigante Herculano que el profesor Quiroz va escribiendo; el rescate del Profeta, anarquista y atrabiliario, de la cárcel de Belén; el reemplazo del perro Tritón; el pulimento del conocimiento operístico del primo Juan Ignacio; el ineluctable destino del coronel Sánchez; las continuas rectificaciones, en las sobremesas de las tías, de la historia familiar; el ascenso y caída del villismo; el pleito con el notario; el duelo de Claudio con Canales; las peripecias de los viajes en tren; la muerte de Silvia; y en especial, los continuos relatos y versiones que muchos personajes ensayan muchas veces sobre la toma de Zacatecas. Enmarcadas por las líneas argumentales aparecen también múltiples anécdotas, pequeñas historias que se cuentan casi siempre para que Claudio las conozca. Hay en el libro, además, capítulos que podríamos llamar temáticos, centrados en la exposición de algún asunto concreto, desde los cantantes de ópera anteriores a las grabaciones hasta las formas de vida de los leprosos, pasando por la mejor manera de hacer chocolate.
Y otro asunto, para terminar de describir los principales elementos que componen Siglo de un día: dos grandes tipos de discurso ocupan la mayoría de sus páginas. Por una parte, párrafos del narrador, párrafos que en sus mejores momentos se encadenan y se extienden, y que son normalmente descriptivos: bajo una mirada apocalíptica y desencantada, pintan a brochazos gruesos y oscuros escenarios de destrucción y de fatalidad, situaciones de inestabilidad y podredumbre, ánimos turbios, derrotados o nihilistas. Por otra, como discurso predominante, interminables diálogos donde los personajes no sólo dan rienda suelta a su manía evocativa o a su manía rectificadora de la historia, sino que, en verdad, narran sus acciones: más que verlos angustiándose o cargando unas maletas, por ejemplo, los oímos decir que se angustian o que se disponen a subir las maletas al tren.
Con los elementos enlistados hasta aquí bastará, según algunos, para suponer una gran novela; según otros, no podría con ellos llegarse a nada bueno. Yo en principio me contaría entre los últimos, receloso de un relato tan esquemático donde cada aspecto de la vida —o de la vida según la mirada novelística tradicional—, esto es: la familia, el amor, el dinero, la guerra, la nación, aparecen convocados puntualmente para convergir en el imparable ascenso del héroe. Es claro, sin embargo, que una pura trama no es nada, que aun una trama tan plana como la que a estas alturas contara el edificante aprendizaje de un joven simpático, valeroso y un poquito cínico pero de noble corazón podría resultar en una gran novela si la acompañaran, o más bien deformaran, un cierto lenguaje entablillado o proliferante, una perspectiva irónica o hiriente, una obsesión depuradora o enciclopédica: algo, en suma, que no se conformara con secundar mansamente esa anécdota cómoda y que, así, perturbara un poco el sencillo afán de gustar al lector.
Yo esperaba eso de este libro, de una trama y unos personajes así pero en manos de Lizalde. Allá cada quien con sus expectativas, se dirá, allá quien aún deposite su ilógica confianza en Los Poetas, quien piense que incluso el material más torpe o más convencional —o sin el incluso: justo ese material— en manos de Los Poetas puede al fin decirnos otra cosa o decirse de otra forma. Quizás el problema es que sigamos enganchados a aquella vieja jerarquía según la cual lo más difícil de escribir es la poesía, luego el cuento y por último la novela, jerarquía que pareciera confirmar esta época nuestra, donde historiadores, dj’s, presentadores de televisión o poetas no se animan con la poesía y en cambio, cómo de que no, entregan a prensas sus novelas. Entiendo que desde el ámbito de la poesía ya pueda también resultar insoportable tal jerarquía de géneros entre otras razones por haber llegado a provocar una especie de sobrecualificación: algo así como un conocimiento poético o un refinamiento poético extremos como requisito de entrada a la casa de la enunciación poética que bloqueara la posibilidad de voces no poéticas —o ni siquiera voces: zumbidos, gesticulaciones— haciendo poesía. Y en todo caso, entiendo también que Lizalde nunca habrá pedido, me imagino, que lo categorizáramos como poeta, sólo como poeta, aun si como un gran poeta, y menos si ello le impidiera escribir una novela o un guión radiofónico o dedicarse, para el caso, a las matemáticas.
Así que se podría argüir: ¿y qué si Lizalde hubiera querido descansar con su novela del arduo trabajo lingüístico de su poesía, qué si hubiera soñado con un folletón romántico y de aventuras para paladares más sencillos y más generosos? Bien, estaría en todo su derecho, pero como también lo estoy yo de decir que su novela me resultó asombrosa, inesperadamente discordante con mis expectativas, a veces hasta límites imposibles. Tanto que, pasadas cien páginas, llegué a sospechar que estaba leyendo el libro equivocado, que éste era otro Eduardo Lizalde, y luego llegué a preguntar a un amigo poeta si sabía algo de esta novela: algo, lo que fuera, que me explicara las cosas. Mi amigo no sabía nada pero prometió investigar; días después, mientras yo luchaba con la página 248, me informó que entre los poetas con quienes indagó nadie sabía nada, nadie la había leído, nadie había escuchado nada de la novela. La sorpresa, como dije, tuvo mucho que ver con las altas expectativas con las que arranqué su lectura. Aquí, sin embargo, convendría apuntar lo siguiente: las expectativas no sólo se cocinaron en mi cabeza, culpa y dilema sólo míos, sino que el propio libro las generó, para su mala fortuna en mi opinión. Me refiero a que en los párrafos largos no dialogados a que aludí más arriba aparece, con claridad, la voz de Lizalde, o al menos una de sus voces más reconocibles. Ahí uno llega a leer una prosa poderosa, expresiva, de impulso sólido y tonos tremendistas, no complaciente en general consigo misma —menos con los lectores—, y a menudo contaminada positivamente por los ritmos verbales que habitarán las cabezas de los poetas. Un ejemplo que aparece pronto en el libro: “Gritos que rompían las rocas, perros ladrando contra las liebres medrosas del Crestón, un nudo vivo ahora, de cuerpos minuciosamente empeñados en tejerse una muerte homogénea donde las casacas, el petate y el calzón de manta y el kepí, los botones, los cueros, las cimeras, los testículos, se unieran. Y Valentín Argumedo, como era hombre, aunque anduviera al lado del usurpador, a todos se dirigió: ora sí ni me pregunten, ya perdimos con Barrón, vámonos pa Guadalupe, si nos dejaron lugar.”
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