Llamadas de Ámsterdam de Juan Villoro

18
ago

El eterno retorno a la mujer bar­buda por Rafael Toriz.

a Jorge Vásquez

Por razones incier­tas que desve­larían a urban­istas y a sindi­catos enteros de psicól­o­gos y ter­apeu­tas, numerosos via­jeros sue­len rep­re­sen­tar las dis­tin­tas ciu­dades del orbe como mujeres categóri­cas. Así, para cier­tos imag­i­nar­ios mas­culi­nos, La Habana puede ser una furia hura­canada, París una anciana cas­carra­bias, Samar­canda una per­fecta descono­cida, Buenos Aires una histérica pri­morosa, Barcelona una puta carísima y Lis­boa una tía abuela obse­sion­ada con sus nos­tal­gias. La ciu­dad y las mujeres son un mismo ter­ri­to­rio porque, lo quer­amos o no, en ellas habitará por siem­pre la melan­colía y la memo­ria. Per­sonal­mente no me resulta com­pli­cado enten­der la obsesión de los desamora­dos: las ciu­dades, como las mujeres, son un trán­sito per­ma­nente: aque­lla casa vieja que recor­damos arbo­lada es ahora un mul­ti­fa­mil­iar despótico que no guarda el menor ves­ti­gio de su pasado; aque­lla mujer que amamos con locura es ahora un ser plenísimo y radi­ante que vive con un hom­bre próspero y bien pare­cido que en otro momento ella misma hubiera tildado de pendejo.

Después de haber habitado varias ciu­dades y dis­fru­tado de los embe­le­sos de Cupido, queda claro que una de las pocas certezas de nue­stro paso por el mundo es el cam­bio de sen­tido en los múlti­ples bule­vares de la exis­ten­cia: la vida es cualquier cosa menos una calle de una sola mano.

Juan Vil­loro (1956) ha demostrado a lo largo de cuen­tos, ensayos y cróni­cas ser el fanático por exce­len­cia del Dis­trito Fed­eral, esa mujer inmensa y fan­tás­tica que el necax­ista, sin embargo, no ha dudado en señalar como la “mujer bar­buda”, lo que lo con­vierte más en el marido que en el amante de la región más tran­spi­rante. Vil­loro —sigu­iendo la ped­a­gogía flâneur de Wal­ter Ben­jamin y algu­nas de las inqui­etudes de Georg Sim­mel y Sigfried Kra­cauer—, al igual que Novo, Mon­siváis y otros tan­tos ha ensan­chado la topología mitológ­ica del Dis­trito Fed­eral con una pasión que invita a quedarse en la ciu­dad pese a la desaforada catarata de infor­tu­nios que propina día con día a sus incon­ta­bles habitantes.

Pub­li­cada por vez primera en el número 35 de la edi­ción española de la revista Letras Libres (2004), pos­te­ri­or­mente por la edi­to­r­ial bonaerense Inter­zona en 2007, Lla­madas de Áms­ter­dam es, entre otras cosas, la descrip­ción de un amor que, como la may­oría de estos relatos, ter­mina en sep­a­ración y desasosiego.

La nov­el­eta cuenta la his­to­ria de Juan Jesús —un pin­tor de medio pelo que, a seme­janza del per­son­aje de La obra maes­tra descono­cida de Balzac, es un artista sin obra— y de Nuria Bena­vides, la hija predilecta de un cor­rupto senador del PRI que, no con­tento con relatar todo tipo de venal­i­dades y vilezas per­son­ales a través del desplaza­miento moral del tipo “lo que hizo men­gan­ito”, es un tipo que con­sigue manip­u­lar a su entorno inmedi­ato con una sufi­cien­cia que al lec­tor podría recor­darle, acaso y sólo acaso, al “jefe” Diego Fer­nán­dez de Ceballos.

La his­to­ria, ubi­cada en la calle Áms­ter­dam de la colo­nia Con­desa,* gira —al fin hipó­dromo— alrede­dor de una pareja que no con­sigue per­pet­uar su idilio por motivos tan evi­dentes que por esa misma razón pasan desapercibidos. Juan José, pin­tor con aspira­ciones medi­anas a quien la escasísima crítica que lo toma en cuenta no pasa de con­sid­er­arlo un “Chu­cho el Rothko por con­fundir la influ­en­cia con el pla­gio”, con­sigue una beca para estu­diar pin­tura en la cap­i­tal holan­desa, viaje que no será otra cosa que la proyec­ción de una esper­anza puesto que, por merced de un cáncer en la san­gre que aqueja al padre de la novia, ellos no sólo no vis­i­tarán los países bajos sino que a la postre habrán de sep­a­rarse para mayor desven­tura de nue­stro pin­tor metido a dis­eñador gráfico.

De aquí en ade­lante Juan Jesús —per­son­aje al que el des­tino habrá de negarle hasta el indigno priv­i­le­gio de retornar a su patria bajo el estigma del “Jamaicón” Vil­le­gas— no hará sino despeñarse en el cal­vario que su nom­bre le vatic­ina: perderá a su mujer, su tran­quil­i­dad y hasta la pátina de olvido con la que el tiempo suele recubrir a los antiguos amores. Juan Jesús poster­gará su des­dicha, por causas que la nov­ela resuelve con una nat­u­ral­i­dad impre­sio­n­ante, hasta esa estancia muy lejana al amor pro­pio en que uno sabe que lo ha empeñado todo por el caballo equiv­o­cado: el momento maldito de la extem­poránea lla­mada tele­fónica, lugar predilecto para la man­i­festación de los fantasmas.

Uno de los prin­ci­pales acier­tos de la prosa de Vil­loro, además de las conex­iones insospechadas entre las per­sonas y los hechos que una vez unidos pare­cen ali­a­dos antiquísi­mos, es su ele­gante y humorís­tica man­era de adje­ti­var (una sín­te­sis muy lograda entre López Velarde y Ser­gio Pitol en sus instantes más lúci­dos), haciendo de la extrav­a­gan­cia una cotid­i­an­idad nece­saria y adic­tiva, como sucede con las mul­ti­col­ores pastil­las agridul­ces o con la embria­gante espesura del Benadril, jarabe para la tos.

Para mues­tra unos ejem­p­los: “Solía exponer en esas galerías que saben aliarse al secreto y se ubi­can en una calle doblada hacia un pan­teón o en el último patio de un cen­tro cul­tural”; “El otro, en cam­bio, soportaba bien que lo putearan, pedía otra botanita entre dos men­tadas de madre, sin que se le des­or­denara el fleco peinado con mousse”; “El depar­ta­mento parecía aguardar que lo fotografi­aran; había un aire de sobre­dec­o­ración”; “Eres el único opti­mista que conozco… No mames —le dijo al Tornillo—. Tengo la autoes­tima de un sal­vadoreño sin papeles”.

No cabe duda de que el poder de imantación sobre el lenguaje que con­sigue el nar­rador es extra­or­di­nario. Uno sucumbe al hechizo de un ritmo que envuelve en una atmós­fera rela­jada, triste e ineluctable. Se venía anun­ciando desde las colum­nas de Domingo Breve, Los once de la tribu, Safari occi­den­tal y, sobre todo, en De eso se trata: Juan Vil­loro, sin duda alguna, se encuen­tra en su mejor momento.

Algu­nas de las reseñas de la nov­ela no han esca­ti­mado las cucharadas al momento de ensañarse con el per­son­aje de Juan José; de pusilán­ime a resen­tido, pasando por clavado y meque­trefe —como sucede con el per­son­aje inter­pre­tado por Leonardo DiCaprio en la película Rev­o­lu­tion­ary Road—, se ha dejado de lado una insin­uación que bien mirada es casi una evi­den­cia incrim­i­na­to­ria en la nov­ela: la inces­tu­osa relación del padre con la hija, que a todas luces per­turba la comu­nidad de los amantes. Reparar en este punto es impor­tante tanto en la par­tic­u­lar­i­dad del relato como en la gen­er­al­i­dad de la vida: es fun­da­men­tal tener pre­sente, pese a lo mucho que dis­frute­mos fla­gelán­donos por nues­tras pér­di­das, que para man­dar un amor al carajo tam­bién se nece­sita de la con­se­cuente coop­eración de la pareja.

Sin lugar a dudas, Lla­madas de Áms­ter­dam ha lle­gado para impon­erse en el canon de esas nou­velles que, como Aura o Las batal­las en el desierto, han hecho tanto de la ciu­dad de Méx­ico como de la memo­ria un lugar inolvid­able y per­ma­nente, aña­di­endo un dis­trito anál­ogo a la ya muy vasta geografía de nues­tras nos­tal­gias. Si con la nov­ela de Fuentes aprendi­mos que el pasado es un pre­sente diferido y con las pal­abras de Pacheco ate­so­ramos un Méx­ico pre­cioso que duró un par de sex­e­nios, con Vil­loro apren­der­e­mos a col­gar el telé­fono antes de que una voz esten­tórea nos deshaga nues­tra difusa iden­ti­dad al anun­ciar impa­si­ble “tamales, calien­ti­tos, tamales, oaxaqueños”.

Nada me resta ahora sino cer­rar con la oscura lumi­nosi­dad de ese amoroso des­en­can­tado que fue Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátri­das: “En la vida, en real­i­dad, no hace­mos más que cruzarnos con las per­sonas. Con unas con­ver­samos cinco min­u­tos, con otras andamos una estación, con otras vivi­mos dos o tres años, con otras cohab­ita­mos diez o veinte. Pero en el fondo no hace­mos sino cruzarnos (el tiempo no interesa), cruzarnos y siem­pre por azar. Y sep­a­rarnos siempre.”

 

* Bar­rio que, en mi opinión, rep­re­senta la paler­mización de la cir­cun­stan­cia mexicana.


Juan Vil­loro, Lla­madas de Áms­ter­dam, Almadía, Oax­aca, 2009, 88 p.


Escrito por Rafael Toriz

Ensay­ista mex­i­cano (Xalapa, 1983). Estudió música y lit­er­atura en la Uni­ver­si­dad Ver­acruzana. Ha sido dis­tin­guido con men­ción hon­orí­fica en el Con­curso Inter­na­cional de Ensayo con­vo­cado por la Orga­ni­zación de las Naciones Unidas (ONU) y la República Islámica de Irán (2001). Fue becario en el área de ensayo de la primera gen­eración de la Fun­dación para las Letras Mex­i­canas (2003–2004). Es ganador del Pre­mio Nacional de Ensayo “Car­los Fuentes” (2004). Tex­tos y tra­duc­ciones suyas han sido pub­li­ca­dos en libros antológi­cos y revis­tas espe­cial­izadas en cien­cia, lit­er­atura, arte y teatro de Argentina, España, Esta­dos Unidos, Méx­ico, Venezuela e Italia. Fue becario del Fondo Nacional para la Cul­tura y las Artes en el área de literatura.

  • Ser­gio Rodríguez Blanco

    Como nos tiene acos­tum­bra­dos Toriz, esta reseña es un tor­bellino sex­ual en el que la nov­el­eta de Vil­loro se con­jura con una dina­mita alta­mente explo­siva: polvos de López Velarde y de Leonardo DiCaprio sólo pueden resul­tar en una gran bomba. SRB

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