La expansión de las cosas infinitas de Juan José Macías

La hoja fresca entre la hierba que arde por Daniel Bencomo

La actu­al­i­dad de la poesía escrita en Méx­ico sostiene cuando menos dos polos estéti­cos desde los cuales se reflex­iona y se delínean hor­i­zontes, ses­gos pecu­liares ante el canon o tradi­ción nacional. No se trata de dog­mas suscritos a pie jun­til­las, pero alrede­dor de estos polos se trazan zonas de coin­ci­den­cia entre comu­nidades de autores. Haciendo a un lado la reflex­ión ero­siva del con­cepto de tradi­ción, aco­taré somera­mente la nat­u­raleza de los polos estéti­cos a los que me refiero.

Por un lado, existe una amplia zona que con­sid­era que el poema, ante todo, debe ser un reg­istro de impeca­bles hechuras, de claros vue­los retóri­cos, cuya fac­tura sub­je­tiva afirma a un Yo lírico que debe ser el por­tavoz de una expre­sión priv­i­le­giada y comu­ni­cante; es decir el poema como objeto que nos hace par­tic­i­par del mundo desde la visión única, emo­tivísima del bardo; con­sid­era además que es ade­cuado, para sal­va­guardar el tesoro de la poesía nacional, adscribirse a los rit­mos y a las pre­ocu­pa­ciones propias que la han car­ac­ter­i­zado: rit­mos y métrica esta­bles y un tratamiento solemne del poema como objeto de rev­elación metafísica cert­era, a través de una asim­i­lación dis­ci­plinada de lo que enten­demos por tradi­ción mexicana.

Por el otro lado, la segunda amplia zona opta por cues­tionar el ejer­ci­cio lírico y la imper­turba­bil­i­dad del sujeto poético, desde intu­iciones que recur­ren a la ironía, al escep­ti­cismo, a la prob­lema­ti­zación for­mal e int­elec­tual del objeto-poema, al uso de neol­o­gis­mos, slang e hib­ri­dación de idiomas; todo ello remite a la estética siem­pre ren­ov­able y en mutación de lo que enten­demos por van­guardia, aunque ya sin la pre­ten­sión de desple­garse vio­len­ta­mente con­tra una ver­dad anquilosada para imponer una por anquilosar, mediando un escep­ti­cismo pro­pio de la mod­ernidad tardía. Se opta aquí por aten­der a influ­en­cias dis­tin­tas, entre las que se dis­tinguen poéti­cas estadunidenses y sudamer­i­canas. Hay en este polo estético una apuesta por la con­tin­gen­cia, por lo impre­visto, por la desacral­ización del objeto poético. Una apuesta por res­o­nan­cias difer­entes en el poema, la aceptación de for­mas no per­fec­tas, la dilu­ción de la expe­ri­en­cia solip­sista en pos de la fres­cura y el dese­qui­lib­rio que fra­casa y, por ello, se celebra.

Es cierto que durante los últi­mos años ambas pos­turas han dado lugar a una intensa polémica en torno a lo que debe priv­i­le­gia­rse en una obra. Creo que tal polémica, cuando es bien reflex­ion­ada no puede ser per­ni­ciosa y, además, hace patente que la idea de tradi­ción es, en todo caso, la de un cuerpo que debe acep­tar sus muta­ciones, sin recur­rir a pos­turas “human­istas” —pues todo poema es en cierto sen­tido inhu­mano— o a lla­mamien­tos cua­si­chovin­istas. Creo tam­bién que la exce­siva rad­i­cal­i­dad en los pos­tu­la­dos de los que aquí hago un esbozo pueden con­ducir a una prác­tica frívola y poco gen­erosa: cada poética debe encon­trar el equi­lib­rio entre el estado de inocen­cia —lo dicho, lo dion­isíaco— y el estado de alerta —lo apolí­neo, la forma de lo dicho—, como bien entiende Edgar Bayley.

Decidí este preám­bulo para ubicar la obra de Juan José Macías (Fres­nillo, 1960), pues ocupa un lugar pecu­liar en tales asun­tos: el de dar el paso a un lado y dis­cur­rir poéti­ca­mente por una senda para­lela. Lo que marca una difer­en­cia en el tra­bajo de Macías con­siste en reen­cauzar la lírica hacia la expe­ri­en­cia filosó­fica. El segundo tre­cho de su pro­duc­ción poética tiene como pre­gunta ini­cial la pre­gunta por la pal­abra y, con ello, por el ori­gen del hom­bre, si se atiende a Rilke: “Canto es exis­ten­cia.” La pre­gunta por la pal­abra es una pre­gunta a su vez por la poesía. Sus poe­mas par­tic­i­pan con serenidad de aque­llo que está en la base de su incur­sión poética, la expe­ri­en­cia del pen­samiento. Quizás el mejor ejem­plo de ello es el libro La expan­sión de las cosas infinitas.

Hay un verso de Juan José al que acudo con fre­cuen­cia: “Aquí brota arbo­lado.” Ese “Aquí” nos hace recor­dar una de las car­ac­ter­i­za­ciones que hace el filó­sofo alemán Mar­tin Hei­deg­ger del ser humano: el hom­bre (o Dasein, como él lo llama), es un Aquí. Sólo el Aquí puede estable­cer una dis­tan­cia remi­siva con el mundo, difer­en­cia de quien nom­bra con aque­llo a lo que nom­bra: un Aquí que funda en su pen­samiento un hor­i­zonte de mundo, basado en la posi­bil­i­dad y en la fini­tud. Ser y tiempo, la obra más famosa de Hei­deg­ger, está cifrada en un lenguaje fenom­e­nológico de con­sid­er­able com­ple­ji­dad. En ella se anal­iza lo que hace hom­bre al hom­bre: su capaci­dad de fun­dar un mundo sobre la tierra; y ante todo, definir al Ser ya no como el sus­trato estable de la tradi­ción metafísica euro­pea, sino pen­sar al Ser como acon­tec­imiento, como suceso que se des­oculta fugaz­mente en la pal­abra poética; tal des­ocul­tamiento pre­cisa de la espera. Cito a Hei­deg­ger porque es una ref­er­en­cia impre­scindible para Macías, que se adscribe a su pen­samiento con fre­cuen­cia y lo alude en su pro­duc­ción lírica, desde un lenguaje que tiene como única arma retórica su limpi­dez y precisión.

En Expan­sión de las cosas infini­tas, el sujeto lírico no pro­tag­on­iza: desde las pal­abras acerca a nues­tra intu­ición lo que ya no puede ser dicho. Sólo después que en la lec­tura de los ver­sos hemos dejado atrás la pal­abra, para percibir aquel rema­nente en el silen­cio, es cuando al fin brilla el verso como cor­pus ver­bal, en un acto de refrac­ción lumi­nosa que se pro­duce por vía de la paradoja:

 

No aspiro más que a la decepción

Escribo para lo único ileg­i­ble: la pureza.

 

El acto puro de escribir es entonces el de inco­mu­nicar la pureza. Hacer leg­i­ble lo ileg­i­ble. Lo que no tiene sen­tido, que es al mismo tiempo la base de todo sen­tido posi­ble. Si el hom­bre se aísla del sen­tido, del darle direc­ción y final­i­dad a todos sus actos, el mundo aparece como no disponible. No hay nada. El mundo no se presta. El mundo no es. He ahí su ori­gen. Sólo el tedio nos hace com­pren­der lo que nos con­sti­tuye: en el tedio apare­cen, cer­canas e indisponibles, todas nues­tras posibilidades:

 

el mundo nece­sita una cri­sis de tedio

el tedio es la ver­dadera fisonomía de la con­cien­cia —su despertar

hacia la mon­stru­osa vacuidad del mundo

 

ser pre­scindibles nos vuelve incomparables

 

El tedio hace ser con­sciente y, al mismo tiempo, posi­ble, pre­scindible, incom­pa­ra­ble, a “ese dios insu­fi­ciente que es el hom­bre”. El tedio nos hace ser humanos; sólo pade­cién­dolo puede acae­cer el asom­bro y lograr tam­bién una expe­ri­en­cia com­pleta. El asom­bro nos hace, a difer­en­cia del tedio, sen­tir todas las posi­bil­i­dades del pre­sente, de lo que mana bril­lante e indisponible y que puede pen­sarse sólo como acontecimiento.

Agru­pa­dos como cic­los de poe­mas numer­a­dos del uno al cero, cada poema en Expan­sión de las cosas infini­tas nos con­vida con su ali­mento paciente, de brillo y de pres­en­cia. Los motivos que des­en­ca­de­nan la poesía de este libro, siem­pre son fun­da­men­tales: ser humano, ser tiempo, ser pal­abra, ser poesía. La may­oría de los poe­mas se dis­tinguen por su con­cisión, por su pun­tu­al­i­dad, por su dis­posi­ción a lo reflex­ivo. En el idioma alemán la pal­abra con la que se nom­bra al poema es Gedicht, en franca relación con la partícula dicht que tiene el sen­tido de lo denso, lo espeso, lo con­cen­trado. En Expan­sión de las cosas infini­tas podemos sen­tir cómo cada poema se con­vierte en un núcleo que irra­dia: es mate­ria con­cen­trada devenida con­cen­tración. Nos invita a acer­car “al alma propia las ore­jas”, para escucharnos a nosotros mis­mos al mismo tiempo que escuchamos al mundo. No hay egoísmo. A decir de Hugo Mujica: “Se oye lo que llega, se mira desde sí.” Hay que apren­der a escuchar, porque aguardar es la condi­ción prop­i­ci­a­to­ria; a decir de Macías:

 

Escucha esa cas­cada jamás vista

esa caída de agua que refresca el oído desde lejos

y que per­mite pensar

 

En este libro no escuchamos a un poeta que nos quiere decir qué tan alta­mente vive su “yo” el mundo. Escuchamos a alguien que escucha. Cada poema funda un lugar desde el cual el mundo se sabe, se cree, se crea intenso. Tal lugar se llama siem­pre sen­sación, se llama mundo, pero se llama tam­bién uno mismo.

 

puedes imag­i­narte la playa o puedes pen­sar el desierto

ahora imag­ina un grano de arena

fuera de estos amplios y pro­fu­sos recintos

 

un único grano de arena existiendo

en no se qué confines

 

un pajar por ejemplo

donde sue­len alo­jarse las agujas

 

un único grano de arena —¿puedes verlo?—

y estás cre­ando el mundo nuevamente

 

La única com­ple­ji­dad for­mal que admite es, como decíamos, la de la pre­cisión; dis­tante tam­bién del solip­sismo lírico, el tono y los reg­istros de Juan José Macías col­man las fron­das de su árbol genealógico, el cual crece en el diál­ogo con poetas como Sile­sius, Leop­ardi, Hölder­lin, Rilke y el Eliot de Los cua­tro cuar­te­tos; pero sobre todo con los poetas que, a cierto con­trar­ritmo de la actu­al­i­dad poética argentina, han ger­mi­nado la semi­lla de lo esen­cial en su poesía: Anto­nio Porchia, Roberto Juar­roz y Hugo Mujica —los dos primeros son incluso el motivo prin­ci­pal de otro más reciente libro de ensayos de Macías, La expe­ri­en­cia del pen­sar. Dis­tante de las poéti­cas que asumen con ries­gos estilís­ti­cos la tar­do­mod­ernidad, Juan José Macías se aleja tam­bién con pau­latina con­stan­cia de la escuela zacate­cana, de esa figura señera de exquis­ito lirismo que es Ramón López Velarde. Y se hace cer­cano, casi íntimo, con un poeta poto­sino que, sabe­mos, ha leído con toda aten­ción y amis­tad poética. Me refiero a Félix Daua­jare. Con estrecha cer­canía, en los ver­sos de Juan José vibra un íntimo acom­pañarse con los ver­sos de Daua­jare, tal en uno de los últi­mos poe­mas del poto­sino: “me falta sola­mente asen­tar / una pal­abra inex­presable”. A fin de cuen­tas, ambos son poetas que bus­can un lugar, el único viable para ellos, a saber: el de pen­sar una lejanía y tornarla algo pro­fun­da­mente cercano.

 

hacia donde cam­ina la música del piano

o más bien se extingue su rema­nente de sonido

 

más allá de donde los min­u­tos se extravían

en tanto las horas duermen

 

supong­amos que hay una hoja fresca de eucalipto

per­dida entre la hierba seca.

 

La obra poética de Juan José Macías no busca los reflec­tores, está hecha de inten­si­dad y espera; es como las piedras que saben esplen­der en la cer­rada noche con la tenue luz.

 

Texto pub­li­cado en la edi­ción 145 de Crítica


Juan José Macías, La expan­sión de las cosas infini­tas, Man­tis Editores/Selo Sebas­tiao Grifo, Guadala­jara, 2010


Escrito por Daniel Bencomo

(San Luis Potosí, 1980). Ha pub­li­cado un cuaderno en la colec­ción Can­tera la voz (2004, Casa López Velarde, S.L.P.), el libroA­puntes en el Baño (2005, Edi­ciones Sin Nom­bre / NOD), y De Maitines a vísperas (2008, Ayun­tamiento de S.L.P.). Ha real­izado tra­duc­ciones del alemán. Obtuvo el pre­mio de poesía Manuel José Othón en 2007 con Morder la piedra. Durante 2008 tuvo un estí­mulo del FECA-SLP como creador joven, y real­iza un pos­grado en Filosofía e His­to­ria de las Ideas por la Uni­ver­si­dad Autónoma de Zacatecas.

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