El abismo. Asomos al terror hecho en México de Rodolfo J. M. (ant.)

03
ene

Varia­ciones sobre el miedo  

La des­dicha es diversa. La des­gra­cia cunde mul­ti­forme sobre la tierra. Desple­gada sobre el ancho hor­i­zonte como el arco iris, sus col­ores son tan vari­a­dos como los de éste y tam­bién tan dis­tin­tos y tan ínti­ma­mente unidos. ¡Desple­gada sobre el ancho hor­i­zonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de feal­dad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una con­se­cuen­cia del bien, así, en real­i­dad, de la ale­gría nace la pena. O la memo­ria de la pasada beat­i­tud es la angus­tia de hoy, o las agonías que son se orig­i­nan en los éxta­sis que pudieron haber sido.

Edgar Allan Poe, “Berenice”

 

La única pasión de mi vida ha sido el miedo.

Thomas Hobbes.

 

¿Qué es el ter­ror sino esa sen­sación de abismo ante el anun­cio de la caída, ese vér­tigo en el que se der­rumba toda posi­bil­i­dad de ser, toda posi­ble iden­ti­dad? El ter­ror, expre­sión cum­bre del miedo, es sin duda de las emo­ciones más prim­i­ti­vas que reg­is­tra la condi­ción humana. Desde el prin­ci­pio de los tiem­pos, todas las sociedades han refle­jado a través del arte los temores más trascen­den­tales. El miedo es despro­tec­ción y ansiedad, deses­peración de un alma que busca la sal­ida, es un lugar donde nadie quiere estar porque es hor­ri­ble y señala, con su flecha de fuego, una única direc­ción: el hor­ror. Salvo que algo suceda a tiempo, pues todo se pone en riesgo, los límites entre lo real y lo irreal, entre lo posi­ble y lo imposi­ble, entre lo racional y lo irra­cional, se desdibujan.

Si acep­ta­mos que los géneros lit­er­ar­ios están ahí, entre otras cosas, para señalarnos que la lit­er­atura es un sis­tema (aunque cada obra sea única), resulta imposi­ble no adver­tir la con­stelación que trazan el ter­ror y lo fan­tás­tico. El esce­nario histórico en el que ambos géneros alcan­zan un lugar ines­per­ado y tienen su momento de esplen­dor es el del desar­rollo de la his­to­ria mod­erna; el surgimiento de la cien­cia mod­erna y el conocimiento cien­tí­fico, junto con la Ilus­tración, procla­man la figura de la razón como her­ramienta de conocimiento y superación de los males del hom­bre, que impone una doc­t­rina que sólo recono­cerá como legí­timo aquel conocimiento plau­si­ble de ser ver­i­fi­cado por la expe­ri­en­cia, bajo el par­a­digma de la cien­cia exper­i­men­tal: “La cien­cia pos­i­tiva es una dis­ci­plina de la mod­es­tia; y ésa es su vir­tud. El saber pos­i­tivo se atiene humilde­mente a las cosas; ya no pide causas, sino sólo leyes” (Auguste Comte). El arte denun­cia y pro­pone una nueva mirada. De hecho, hacia finales del siglo xviii habrá de nacer un movimiento cul­tural e ide­ológico como el roman­ti­cismo, que llega para reivin­dicar una cos­mo­visión difer­ente sobre el ser humano y la nat­u­raleza, y pone el foco sobre los aspec­tos no racionales del sujeto: la sen­si­bil­i­dad, la imag­i­nación, la cre­ativi­dad, el sueño, lo incon­sciente, la locura. El ter­ror y lo fan­tás­tico abor­dan, además, lo sobre­nat­ural, ese gigante que aparece siem­pre car­gado de sen­tido y se man­i­fi­esta, quer­amos o no, como la rebe­lión de lo incon­sciente, de lo reprim­ido, incluso de lo olvi­dado. De este modo, podría exten­derse lo que Italo Calvino pro­puso para el género fan­tás­tico, el hor­ror: el tema cen­tral de estos relatos es el prob­lema de la real­i­dad de lo que se ve; la esen­cia de la lit­er­atura fan­tás­tica es la relación que surge entre la real­i­dad del mundo que cono­ce­mos medi­ante nues­tra per­cep­ción y la del mundo del pen­samiento. Ambos géneros rep­re­sen­tan, a su modo, la real­i­dad del mundo inte­rior y sub­je­tivo; se trata de relatos que abren a la sim­bología colec­tiva, traen mon­struos, apari­ciones dia­bóli­cas y ater­rado­ras, cuyos sig­nifi­ca­dos a veces no es con­ve­niente esclare­cer, pues ese camino suele con­ducir a la sim­pli­fi­cación y el empo­brec­imiento. Si el lla­mado “real­ismo” con­firma toda idea dom­i­nante de lo que enten­demos por real­i­dad exte­rior, orga­nizán­dola y encuadrán­dola den­tro de cier­tos límites, el ter­ror prob­lema­tiza la rep­re­sentación de lo real favore­ciendo la idea de “con­struc­ción” de la real­i­dad. En este sen­tido, puede decirse que estos géneros ponen sobre la mesa el cues­tion­amiento pro­pio de toda lit­er­atura: la relación entre real­i­dad y ficción.

Cuando se traspasa el límite de la razón, cuando las cosas no pueden ser pen­sadas, nace el miedo; no hay psi­coanáli­sis que pueda amainar ese tem­blor que hace vibrar lo descono­cido, lo incom­pren­si­ble. Pues sufrir es estar en un lugar descono­cido que sub­yuga, somete y a la vez fascina. ¿Cómo podrían los aspec­tos más tene­brosos del mis­te­rio uni­ver­sal no causar ese estremec­imiento en el ser humano, rodeado de tanta cotid­i­anei­dad asfixi­ante, si las fuerzas de lo descono­cido pujan hondo y rompen todas las leyes de un mundo que con­sid­er­amos real para dejarnos tir­i­tando en el medio del caos exis­ten­cial? Y el ver­dadero arte es siem­pre estremec­imiento. Así es como la lit­er­atura, cuando comulga con la poesía —su esen­cia— abre al abismo. Quizá sea ese el punto en el que el hor­ror se torna sub­lime, el vér­tice pre­ciso en el cual incor­pora a la belleza.

La lit­er­atura y el mal han abierto, entre tan­tos abis­mos, el de la lib­er­tad, ese espa­cio ilim­i­tado en el que el orden estable­cido ya no es para el hom­bre un lugar donde des­cansar. El ter­ror niega la obligación del bien y nos anun­cia, en con­se­cuen­cia, la paradoja del instante, algo del orden de la plen­i­tud, esa ten­sión inigual­able que vibra entre el éxta­sis y el hor­ror. La lit­er­atura de ter­ror crea delib­er­ada­mente el mal, y nos enfrenta tam­bién a esa vieja trampa judeocris­tiana que es la culpa; en el hor­ror, la lit­er­atura toma el mal como objeto, enfrenta luces y som­bras, y explota su treme­bunda y angus­tiante belleza.

Las gri­etas del ter­ror han san­grado desde siem­pre; y en su genealogía es imposi­ble pasar por alto las voces de E. T. A. Hoff­mann, Edgar Allan Poe, Howard Phillips Love­craft. La lit­er­atura de Poe, su “demo­nio de la per­ver­si­dad”, acus­aba e impulsaba al hom­bre a come­ter ese “acto gra­tu­ito” que no tiene razón de ser y sólo comete el hom­bre que esconde su deseo de muerte porque allí, en esa búsqueda atávica, com­pul­sión de la especie, busca la vuelta a la unidad, esa unidad orig­i­nal que es la per­fec­ción a la que todo anhela regre­sar: para Poe, la mate­ria tiende a aniquilarse pues todo lleva a la destruc­ción y feli­ci­dad total; la muerte está ya en la vida y lle­vará a la vida puesto que es un regreso a la unidad. Así, entonces, aquel ter­ror versaba sobre la pro­fun­di­dad mis­te­riosa de la exis­ten­cia, sobre los grandes temas de la condi­ción humana, e inter­rumpía el mundo cotid­i­ano para enfrentarnos a nosotros mis­mos y arro­jar inter­ro­gantes sobre la cultura.

El hor­ror de la lit­er­atura es sin duda el mismo hor­ror que pertenece a la real­i­dad; no es un hor­ror fic­ti­cio. Lo real es tam­bién base del ter­ror (como es base de lo fan­tás­tico), y así como nada se crea desde la nada —de nihilo nihil fit—, la imag­i­nación sólo amplía los con­fines de lo posi­ble. Pero la real­i­dad es siem­pre una con­struc­ción histórica y, en nue­stros tiem­pos, se ha encar­gado de ofre­cer­nos un ban­quete que nos obliga (pues no siem­pre se puede ele­gir) a famil­iar­izarnos con el hor­ror; lo obsceno —todo aque­llo que debiera per­manecer fuera de escena— se sienta todas las noches a nues­tra mesa a la hora de la cena. Las expre­siones más explíc­i­tas y nau­se­abun­das del dolor, el golpe bajo y el mal gusto están a la orden del día, los medios masivos de comu­ni­cación refle­jan con saña la bar­barie del mundo en que habita­mos. Basta con encen­der el tele­vi­sor y sin­tonizar cualquier canal para enfrentarnos a una lam­en­ta­ble nat­u­ral­ización del hor­ror. Resulta sor­pren­dente com­pro­bar cómo la evolu­ción del cine de ter­ror ha ido de la mano del crec­imiento de la insen­si­bil­i­dad social, cómo en la actu­al­i­dad cualquier noti­cia­rio de tele­visión resulta defin­i­ti­va­mente más vio­lento que cualquier película de ter­ror de la década de los ochenta, por ejem­plo. Hoy, el cine de ter­ror ha per­dido el com­po­nente fan­tás­tico para dar lugar a la pura verosimil­i­tud de lo aber­rante, y parece haber dejado de lado aquel hor­ror indeci­ble, inenarrable y uni­ver­sal del ter­ror, tal como lo evo­caba Howard Phillips Love­craft. Y es que el arte, ya lo sabe­mos, se debe siem­pre a las cir­cun­stan­cias históri­cas que atraviesa.

En el arte, cuando hor­ror y belleza se sien­tan a la misma mesa, es posi­ble hablar de una estética del hor­ror; y tam­bién, por con­sigu­iente, de una ética. Cuando el hor­ror no tiene ética, cuando no se ocupa de calar en lo más pro­fundo de la deses­peración exis­ten­cial, de embar­rarse hasta el tué­tano para encon­trar en el cen­tro de la condi­ción humana la raíz del mal, la causa del bien, el camino lleva a un calle­jón sin sal­ida: la flecha dis­para justo al cen­tro de lo inhumano.

La lit­er­atura de ter­ror trans­forma lo real medi­ante el des­cubrim­iento de lo que per­manece en las som­bras; el ter­ror entra en esa zona incon­sciente de la psique humana que se enfrenta a la ley y man­i­fi­esta nues­tras caren­cias, sacando a la luz aque­llo que las sociedades reprim­i­mos; gol­pea las puer­tas del mundo de lo incon­ciente, ese mis­te­rio inabar­ca­ble que nos define tam­bién como suje­tos. Pues los fan­tas­mas nacen allí donde la iden­ti­dad se quiebra. Y es que el ter­ror es una sub­ver­sión del deseo; lo sub­vierte y lo socava, por eso es goce: el límite sub­ver­sivo es violencia.

Ahora bien, en un mundo como el nue­stro, rebe­larse al racional­ismo no puede ser otra cosa que la locura. En el árbol genealógico del género, Niko­lai Gogol, William Hope Hodg­son, lord Dun­sany, Howard Phillips Love­craft, entre otros, ofre­cen  una vuelta al mundo mágico de la mitología tradi­cional y pagana, a ese mundo que se pierde y que ellos luchan por rescatar sin que puedan evi­tar caer en el ter­ror abso­luto. Y puesto que hay pér­dida, hay goce; y sub­ver­sión tam­bién de la mod­ernidad, pues del otro lado de la razón habita el exceso.

El arte debe trans­gredir las leyes, abrirse a una mirada crítica del mundo, y ser con­ciente de la época que le toca vivir. Cuando la lit­er­atura de ter­ror, lejos del sen­sa­cional­ismo, irrumpe y se impone ante el lec­tor como una vía de escape, de sal­vación, de acceso al paraíso o al infierno, toma ese estre­cho  y esen­cial ramal de la expre­sión humana que, como decía Love­craft, “será como siem­pre un atrac­tivo para audi­en­cias lim­i­tadas con una sen­si­bil­i­dad especial”.

El abismo. Aso­mos al ter­ror hecho en Méx­ico es el intento de SM de realizar una antología de género den­tro de una colec­ción de lit­er­atura juve­nil. Sabe­mos que los rótu­los están siem­pre ahí para definir lo indefinible, para delim­i­tar lo que no siem­pre tiene forma, y a veces la lit­er­atura de género se ve injus­ta­mente despres­ti­giada frente a lo que lla­mamos la alta lit­er­atura. Quizás algo de la suma de rótu­los —ter­ror, lit­er­atura juve­nil—, o de cier­tos pre­juicios en torno a ello, sea a veces lo que ter­mina aneste­siando el tan deseado efecto, ese escalofrío de la imag­i­nación que alcanza el cuerpo y lo devora por un momento.

Los cuen­tos de El abismo, escritos en su total­i­dad por autores con­tem­porá­neos, se ale­jan del roman­ti­cismo del gótico, esa exquis­itez de las for­mas; aunque en algunos casos no ten­gan reparos, sin embargo, en incluir den­tro de la trama esce­nas de con­tenido erótico o sex­ual. Parecieran ale­jarse tam­bién, como bloque tex­tual, de lo que Jaques Bergier car­ac­teri­zara a prin­ci­p­ios del siglo xx como el cuento mate­ri­al­ista de ter­ror, al tiempo que descono­cen, en su may­oría, los san­gri­en­tos Shud­der pulps de la década de los treinta, la per­ver­sión car­ac­terís­tica del giallo y la escat­ología metafísica cer­cana al gore de autores como Clive Barker —procla­mado por Stephen King como el futuro del ter­ror—. Es nece­sario remar­car que la total­i­dad de los tex­tos que com­po­nen esta antología toman con éxito, del gran mae­stro —el rey del hor­ror con­tem­porá­neo—, su ley suprema: la de enraizar lo sinie­stro y lo pro­fun­da­mente adverso en la cotid­i­anei­dad más abso­luta. En este sen­tido, los relatos del abismo fun­cio­nan en tanto que despl­ie­gan su mirada fan­tás­tica en el seno de un paisaje recono­ci­ble por todos sus lec­tores, un Méx­ico que va desde la noche de las calles aledañas al Tem­plo Mayor en el DF a las ramas de los arbus­tos de la selva del Méx­ico inte­rior, pasando por el mez­cal, los tlacuaches, el mole, el Pala­cio de Bel­las Artes.

Algunos de los autores que par­tic­i­pan de esta antología hablan acerca de su deseo por superar la cin­e­matografía, empresa difí­cil si las hay, que no llega a buen puerto. No evaden efi­caz­mente a Hol­ly­wood, sino que en cierto sen­tido se lim­i­tan a igno­rarlo, razón por la cual exhiben cierto atraso, sin con­tem­plar tam­poco la rica tradi­ción cin­e­matográ­fica del ter­ror mex­i­cano, que va de Car­los Enrique Taboada a Guillermo del Toro y los nuevos tal­en­tos habil­i­ta­dos por éste. Algu­nas de las excep­ciones intere­santes para destacar son: “Pal­abras oscuras”, de Car­los Alvahuante, un per­fecto relato de fan­tas­mas que nada tiene que envidiarle a la tradi­ción japonesa o a pelícu­las como Kilómetro 31; “Foto de familia”, de Imanol Caneyada, que —por su per­ver­sión— se acerca a los más sinie­stros cuen­tos de Joe Hill y par­tic­ipa de cierta res­o­nan­cia de los ya men­ciona­dos Shud­der pulps; “Cica­triz”, de Andrés Acosta, cuyo final abierto lo hace partícipe de géneros como el slasher; y “Post-mortem”, de Omar Del­gado, que hace buen uso de la alteri­dad sinies­tra sin men­cionar la religión vudú, y cuyo inex­orable final recuerda estremec­imien­tos de filmes como La ser­pi­ente y el arco iris.

En el caso de “Samaná”, de Bernardo Esquinca, donde la his­to­ria de una maldición famil­iar se apodera de la vida de una pareja, el ter­ror reli­gioso aparece de la mano del vudú, y si bien el género ter­rorí­fico no ter­mina de hacer su estal­lido, es intere­sante que esa unión se desar­rolle sin men­cionar a los zom­bis, que son el sub­pro­ducto más fuerte de la religión vudú y que tan de moda están en la actu­al­i­dad lit­er­aria; sin embargo, aunque ter­mine siendo un muy buen relato de sus­penso, es una pena que la his­to­ria no dé en el clavo en cuanto al miedo al exo­tismo y al ter­ror religioso.

Es de cel­e­brar, en “La que reposa debajo”, de F. G. Haghen­beck, cuyo  pro­tag­o­nista es “el primer artista de la muerte en Méx­ico”, la deses­peración sub­y­a­cente que lleva al pin­tor ator­men­tado por su musa a arran­carse los ojos; y resulta muy intere­sante la apari­ción de la figura de Lilith, aunque es una pena que la ref­er­en­cia a un per­son­aje de tal enver­gadura sea la del bas­tante infan­til “comic gótico de culto” Crim­son, en lugar de la de la mitología hebrea, puesto que de este modo aque­lla deses­peración queda algo dilu­ida en la tibieza de las referencias.

Con una trama inteligente y desen­fadada, “Gourmets”, de Cecilia Eudave, roza tan­gen­cial­mente algunos ele­men­tos del ter­ror escat­ológico para caer den­tro de la comi­ci­dad de un grupo de cocineros que se deleita ante los plac­eres de la carne; mien­tras que “El duelo” de Ale­jan­dro Badillo, inserto en un paisaje de cierta deca­den­cia, toca una nota más cer­cana al estu­por —más alle­gado a la cien­cia fic­ción que al ter­ror—, lo que lo acerca a muchos relatos de autores como Fredric Brown o a cier­tos capí­tu­los de The twi­light zone. Por su parte, en el mis­te­rio de un cuerpo con­ver­tido en ser­rín óseo espar­cido por la alfom­bra, “Taracán”, de Mario González Suárez, resulta un relato atra­pante que tiene un antecedente inob­jetable en el “El almo­hadón de plumas”, del gran Hora­cio Quiroga.

Por su coque­teo con el ter­ror reli­gioso, con el tema de la pos­esión, y con el céle­bre demo­nio Legión, alu­dido desde el título para con­tar la his­to­ria de un frat­ri­cidio, podríamos colo­car “Es muchos mi nom­bre”, de Fed­erico Vite, junto con los cuen­tos desta­ca­dos como pertenecientes al género ter­ror; pero lo cierto es que el relato poco agrega a la remanida temática de las pos­e­siones y al tema de la asim­i­lación de la pos­esión demo­ni­aca con la esquizofre­nia, abor­dada en pelícu­las como El exor­cismo de Emily Rose. Sí es intere­sante allí el tema sug­erido del trián­gulo amoroso entre her­manos, ya pre­sente en céle­bres relatos lati­noamer­i­canos como “La intrusa”, de Jorge Luis Borges.

En “Per­ras”, Eve Gil real­iza el mila­gro de la lit­er­atura lati­noamer­i­cana clásica y se enraiza con cierto real­ismo mágico que hace que el cuento fun­cione bien aunque no sea estric­ta­mente un relato de ter­ror. Algo sim­i­lar sucede con “¿Alguien le ha visto?”, de Karen Chacek, descon­cer­tante strange tale que tam­poco par­tic­ipa del género, en el que nos acer­camos, desde los ojos de una niña, a ese otro mundo habitado por fan­tas­mas, que a veces nos inter­pela y nos arras­tra sin que podamos tomar con­cien­cia; y con “Que te recu­peres”, de Pepe Rojo, donde una joven y ambi­ciosa bruja logra a través de lo invis­i­ble destrozar la vida de unos cuan­tos hom­bres y de cuanto obstáculo se inter­ponga en su camino.

Cabe destacar tam­bién el hom­e­naje que, con su “San­ti­ago Ver­gara”, Anto­nio Malpica  hace a Jorge Luis Borges, cre­ando un per­son­aje que, en su obsesión por la per­cep­ción min­u­ciosa del tiempo, el movimiento y las trans­for­ma­ciones, recuerda la locura del gran Funes, el memorioso.

A su vez, “Cat­e­dral”, de Roge­lio Flo­res, en la his­to­ria de un enlo­que­cido pin­tor obse­sion­ado con un cuadro de Jack­son Pol­lock, logra, con la fuerza de la san­gre despar­ra­mada arbi­trari­a­mente sobre el lienzo, un efecto más cer­cano a la car­ca­jada hitch­cock­iana —cierto non sense noir— que al ter­ror. Mien­tras que, en “Ruinas de ti”, de Alexan­dra Scheiman, donde una fotó­grafa antic­ipa con el dis­paro de su cámara el der­rumbe de cada obje­tivo fotografi­ado, el cen­tro de gravedad no es la antic­i­pación de la trage­dia sino la his­to­ria de una infi­del­i­dad, por lo que resulta éste un buen relato de cien­cia fic­ción, más cer­cano al costado human­ista de Ray Brad­bury que a la para­noia de Philip Dick.

Ya hacia el final de la antología nos encon­tramos con “Mar del Norte”, de Ale­jan­dro Pérez Cer­vantes, un relato apoc­alíp­tico que toma como per­son­aje cen­tral a Goyo Cár­de­nas —con­sid­er­ado uno de los primeros asesinos seri­ales mex­i­canos— para entre­cruzarlo con el padre de la crim­i­nología mex­i­cana, Alfonso Quiroz Cuarón; el cuento, vale decir, se destaca por la puesta en abismo de uno de los ele­men­tos más típi­cos de lo fan­tás­tico, la figura del doble, el dop­pel­gänger, ese que tan­tas veces no hace más que rev­e­lar el ori­gen interno del mal. Pues como sen­ten­cia Anto­nio Machado: Lo otro no existe: tal es la fe racional, la incur­able creen­cia de la razón humana. Iden­ti­dad = real­i­dad, como si, a fin de cuen­tas, todo hubiera de ser, abso­luta y nece­sari­a­mente, uno y lo mismo. Pero lo otro no se deja elim­i­nar; sub­siste, per­siste; es el hueso duro de roer en el que la razón se deja los dientes.” Eso es el ter­ror: la ame­naza de lo otro, lo que queda afuera, la duda exis­ten­cial que habilita la sub­ver­sión del deseo, ese todopoderoso que arrasa con todo.

Por último, “Oscura la noche, fría la tierra”, de Rafael Vil­le­gas, cierra esta edi­ción con la genial his­to­ria del músico Blind Willie John­son, en donde el mundo de los sueños y el de la vig­ilia se super­po­nen para hacer posi­ble lo imposible.

Todos y cada uno de los cuen­tos que con­for­man esta antología real­izada por Roberto J. M. están atrav­es­a­dos por el miedo, esa expe­ri­en­cia única y difí­cil de cat­a­logar que, por alguna extraña razón, los amantes del ter­ror per­siguen deses­per­a­dos. El acierto de estos relatos tiene que ver con el juego que despl­ie­gan en torno a cier­tos aspec­tos de lo fan­tás­tico, y con la capaci­dad de asim­i­lar estas his­to­rias a una estética propia de la nar­ra­tiva lati­noamer­i­cana. Sucede que en algunos países —como es el caso de España— a veces la nar­ra­tiva de género carga con el sello de lo forá­neo, como si la musi­cal­i­dad del texto repi­tiera el castel­lano inerte e inex­is­tente pro­pio de una tra­duc­ción barata, como si ese falso ritmo pudiera, en el intento de recon­struir una tonal­i­dad, par­alizar de hor­ror al lec­tor, en lugar de aneste­siar mala­mente la pluma del escritor. Los relatos de El abismo pueden no abre­var en las más oscuras cié­na­gas del ter­ror, pero es innegable —para dis­frute de los lec­tores— que la tradi­ción de la lit­er­atura lati­noamer­i­cana des­cansa en las espal­das de cada uno de sus autores.

Rodolfo J. M. (ant.), El abismo. Aso­mos al ter­ror hecho en Méx­ico, Edi­ciones SM, Méx­ico, 2011, 183 p.

Texto pub­li­cado en la edi­ción 151 de Crítica


Escrito por Rox­ana Artal

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