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  • Los árboles que poblarán el Ártico de Antonio Deltoro

    Cambio climático

    Antonio Deltoro, Los árboles que poblarán el Ártico, unam/Ediciones Era, México, 2012, 99 p.

     

    Pasmado, quieto y zurdo por definición propia, Antonio Deltoro (Ciudad de México, 1947) ha desplegado una obra tan radical como discreta, libre de las vociferaciones del provocador, pero también del evangelio de los marginales: la poesía como una “religión de la espera”. Contrario a buena parte de sus colegas y contemporáneos, ha sido partidario de la demora reflexiva, el ocio atento y la inmovilidad acechante. Un volumen de ensayos y cinco libros de poemas en poco más de treinta años confirman aquella artesanía de la lentitud —cuyos productos, en efecto, parecen los “favores recibidos” de una fe y no los postulados de una ciencia. Con palabras de Antonio Machado, nuestro autor parece aconsejar sin pedagogías:

     

    Sabe esperar, aguarda que la marea fluya

    —así en la costa un barco— sin que el partir te inquiete.

    Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;

    porque la vida es larga y el arte es un juguete.

    Y si la vida es corta

    y no llega la mar a tu galera,

    aguarda sin partir y siempre espera,

    que el arte es largo y, además, no importa.

     

    Antes que la industriosidad, Deltoro privilegia la laboriosidad: una paciente manufactura, un zurcido invisible. Si hay acción, ésta apenas logra distinguirse del reposo: la poesía como una prolongada sedimentación de lo real. Su textura resinosa o ambarina permite a los seres, objetos y sensaciones apresados —o, mejor dicho, repantigados— en ella desafiar la liquidez de nuestra época. Nada podría desanimar más a Deltoro que las jornadas de excavación que Seamus Heaney realiza a campo abierto, las maratónicas caminatas que Robert Frost emprende por el bosque de los símbolos, la ejercitación de los músculos formales que practica Rubén Darío o la extenuante minería mental de Alejandra Pizarnik. A la luz meridiana pero estroboscópica de sus poemas, todo cuanto acontece en ellos es fruto de una sosegada contemplación. Recostado a la sombra del mundo, podemos imaginar a Deltoro aguardando el instante en que las imágenes se depositan silenciosa y blandamente en su regazo. No por nada su poética se ampara en el “quietismo” —y aquí me refiero a esa corriente homónima de la mística española, cuya creencia (de acuerdo con Miguel de Molinos, su fundador) es que Dios se complace en manifestarse y actuar en los corazones invadidos por la quietud. “El quieto no tiene oficio. / En el espacio”, advierte Deltoro, “le bastan cuatro palmos de tierra / y en el tiempo, en su tiempo, lo inmóvil y lo inmenso son lo mismo.”

    los-arboles-que-poblaran-el-articoCarente de la nocturna gravedad que caracteriza a los poetas parcos y morosos, Deltoro es uno con sentido del humor (“porque la vida es larga”, según la cita de Machado, “y el arte es un juguete”). Provoca una sonrisa de complicidad y asombro, con cuidado de jamás arrancarla —su delicadeza impediría una reacción tan visceral—. Muchos de sus poemas poseen, incluso, una envidiable cercanía con el divertimento; en tanto celebraciones de la inocencia, recuperan para los lectores aquellos “días descalzos” en que aún no aprendíamos a recorrer la tierra con pies de plomo. De ahí que la sonrisa —pausada, lúcida y desconcertante— supla como finalidad al conocimiento, esa melancólica conquista de la madurez. Deltoro comparte con James Joyce un mismo concepto de epifanía: el alumbramiento o parto natural de la belleza, no su crianza, mucho menos su sistemática multiplicación.

    En Los árboles que poblarán el Ártico, aquella “prolongada sedimentación de lo real” ha incorporado, de manera previsible, nuestra crisis ecológica. En “Primavera”, por ejemplo, el cambio climático no empujó a Deltoro a redactar una elegía, forma predilecta entre poetas que cultivan los pasatiempos de la compasión y la superioridad moral; antes bien, lo impulsó a reescribir el Apocalipsis con la frescura del Génesis:

     

    Me suenan a milagro,

    pero en estos cantos

    anida otra catástrofe.

     

    ¿Qué hacen silbando ahí?

     

    Vienen de abajo,

    en dirección contraria

    a las barrancas;

     

    ¿conquistando la cima?

     

    Su aparición

    parece buena señal

    para la piel friolenta

    y los frutales,

    pero algo me dice

    que son malas noticias.

     

    Los pájaros de voz más grave

    volarán hacia el norte

    desplazando, a su vez, cantos nativos.

     

    Los seguirán los árboles

    que poblarán el Ártico.

     

    La estampa de unos árboles sustituyendo el paisaje blanco del Ártico ¾tal y como podría ocurrir, en efecto, a consecuencia del calentamiento global¾ representa bien el deshielo de la actual poética de Deltoro. Como esos témpanos que se resquebrajan y derriten a mitad del océano, sus versículos han ido adelgazándose hasta conformar versos de arte menor; los grandes bloques estróficos de antaño se reducen a archipiélagos de sentido, en controlada deriva por la página. El empleo de la rima asonante y de formas cerradas como el hai-kú convive eficazmente con el característico verso libre, plástico y abierto, de Deltoro. La dicción ensayística, la paradoja y el aforismo, tres elementos centrales de su discurso, implementan una mayor economía de medios. Un ejemplo es el poema “Sobrevivencia”, donde se apuesta por un uso racional, sustentable incluso, de la imaginación y la memoria. En vez del trueno y el rayo ¾manidas metáforas de la revelación poética, del hallazgo intempestivo¾, Deltoro invoca la lluvia que, para decirlo con Borges, “es una cosa / que sin duda sucede en el pasado”. Antes que en la caída de la lluvia, nuestro autor se detiene en su filtración subterránea:

     

    Qué maravilla reducirse,

    concentrarse,

    no salir,

    no abarcar,

    quedarse con la lluvia,

    no con el trueno y el rayo

    que enceguecen

    al oído y al ojo

     

    cuando caen

    juntos, los dos,

    al mismo tiempo.

    (“Sobrevivencia”)

     

    En resumen, Los árboles que poblarán el Ártico es el deslumbrante cambio de estación de una obra que no oculta el efecto invernadero que la amenaza, pero que insiste en hacer florecer la rosa zurda del diestro lenguaje. Una rosa que, contra toda solemnidad ecologista, se abre sin por qué, sin reparar en las contingencias ambientales de la belleza.

    Texto publicado en la edición 153 de Crítica


    Escrito por Hernán Bravo Varela

  • Reseña de `La bomba de San José´ de Ana García Bergua

    Contra la carcajada fácil

    De vez en cuando algún reseñista o crítico pone sobre la mesa la solemnidad de la literatura mexicana. Este reproche se hace cuando se analiza la tradición del género humorístico en el país y la poca atención que le dedican los autores contemporáneos. Parecería que el canon privilegia las obras plenas de simbolismo, de referencias intelectuales, juegos reservados para la academia. Los humoristas pasan como excéntricos que, simplemente, evitan hablar de asuntos más serios. Estos elementos me vinieron a la mente después de leer La bomba de San José, novela de Ana García Bergua (México DF, 1960), porque no había sido afortunado mi encuentro con obras publicadas en los últimos años que se promovían como humorísticas pero que, para mi gusto, sólo se quedaban en la caricatura. A contracorriente de la carcajada fácil vinculada a lo grotesco o la tendencia que lleva al extremo una trama hasta volverla inverosímil, La bomba de San José apela a una interesante construcción de personajes y a una historia que va in crescendo hasta desembocar en un carnaval del que nadie sale ileso. Antes de dar más referencias sobre el tema principal, debo señalar la habilidad de la autora para hilar un discurso creíble cuyos matices abarcan la oralidad, la confesión, la sátira y las claves de un misterio que, página tras página, alarga su resolución dejando enganchado al lector hasta las últimas páginas. read more