Un álgebra entre gatos de William Bronk

Traducción de Gabriel Bernal Granados

Para ir a Machu Picchu uno va primero a Cuzco, la ciudad india más importante, todavía, del Perú y alguna vez su capital cuando los incas dominaban. El solo terreno donde se asienta se alza a más de dos millas de altura; y aunque ésta era altura suficiente, Cuzco se encuentra a ras de suelo y parece sacado y excavado de él, del lodo y las piedras y del barro cocido y convertido en tejas. Visto desde arriba, desde la colina que se encuentra fuera del pueblo, donde la enorme fortificación y refugio sigue en pie a cuatro siglos del sitio de los españoles, las tejas de los techos de Cuzco hacen un solo y vasto techo, como una red camuflada y agujereada sólo aquí y allá por los domos abombados o las pesadas torres de las iglesias. Es una ciudad vieja y la ruina parece endémica; después de cada temblor de tierra, la ciudad vuelve a su condición de piedra y barro esenciales. Pero no toda la ciudad. Esas paredes macizas y sin mezcla de cemento que fueron construidas antes de la conquista española y que han servido desde entonces como cimiento para edificios posteriores aún están ahí, tan inmóviles como las montañas.

Para ir a Machu Picchu, nos levantamos temprano y fuimos a la estación del tren. Nos habían dicho que haría frío, pero no estaba más que húmedo y desangelado. En los escalones de la estación, y en la calle frente al mercado opuesto, que todavía no estaba abierto, había mujeres indias esperando en silencio como gente que ha venido temprano a ver una representación, y le eran tan ajenas al bullicio de las primeras horas de la mañana como si hubieran estado sentadas ahí toda la noche. Sus mercancías estaban junto a ellas dispuestas para los compradores, en sus canastas de pan y de fruta o, sobre pequeños fogones de carbón, sus ollas de sopa y sus sartenes de guisado. El patio de la estación del ferrocarril estaba desierto. En ese momento, vino el jefe de la estación y abrió su oficina. Alberto vio nuestro coche al final del patio y fue a traerlo como alguien que va a traer un caballo del pastizal. Regresó con el conductor y una suerte de camioneta montada sobre ruedas para rieles. Nos subimos y de inmediato emprendimos la marcha; nadie más iba a Machu Picchu ese día. Moviéndonos atrás y adelante, subimos un rato, atravesamos un cerro y descendimos a un valle de río —el valle de Urubamba, el Río Sagrado de los incas, que se levanta casi a la vista del Pacífico, fluye hacia abajo y se interna en los altos Andes para unirse al Amazonas, y así cruza a todo lo ancho el continente hasta disolverse en el Atlántico.

El valle se ensancha y estrecha. Hay grandes llanos donde se libraban las batallas, hay terrazas escarpadas en las partes altas de las laderas de las montañas, hay fuertes y pueblos y flores antiguos —nubes completamente iluminadas por el sol de un amarillo escoba—. Detrás de las montañas cercanas hay sierras más altas cubiertas de nieve. Hacia el final del viaje, casi abruptamente, el aspecto rocoso, árido, de las cumbres se convierte en el verde espesor de la selva. Cuando el tren llega a un alto cerca de un puente, las montañas han empujado prácticamente el lecho de la vía en el río y estamos casi una milla más abajo que cuando emprendimos el camino en Cuzco. Desde aquí hasta las ruinas en el cerro de Machu Picchu son cinco millas de una carretera sinuosa que nos lleva de nuevo a aquella distancia, a un tercio de la altura de la que hemos descendido.

El sonido del río está por todos lados, y al verlo parece que está casi bajo los pies de uno, aunque se encuentra mucho más abajo. Henchido y vigoroso desde las altas montañas y constreñido por ellas, tiene la tensión de una pieza tirante de acero que rodeara las montañas. Presiona cerca de la base oriental del cerro de Machu Picchu, incluye el ligero levantamiento de Huayna Picchu y retorna abruptamente para seguir el trazo de la base occidental. El sitio está casi rodeado por el río. Las montañas están alrededor de nosotros como una muchedumbre. Son tan macizas que parece imposible que tantas puedan estar tan juntas. Estamos en ellas. Es como el bajo Manhattan visto desde una posición a medias arriba del piso, desde un lugar retrasado en un edificio. Porque en estas montañas, como con aquellos edificios, todos los demás posibles atributos han sido suprimidos en favor de la cercanía, en favor del surgimiento. O, si a uno se le recuerda la música, es música como podría parecerle a alguien parado justo en medio de un solo de órgano, exultante, afirmativo y serenamente compuesto. Así, en lo que de otro modo sería una quietud total, escuchamos el río debajo de nosotros y vemos las montañas alrededor como si las escucháramos.

Quienquiera que haya construido esta ciudad debe haberle sido sensible a su situación y haberse sentido atraído por ella. Antes de la conquista, los indios de las tierras altas tenían una civilización mucho más desarrollada que la de los indios de la selva. Se ha dicho, con razón, que Machu Picchu era una fortificación segura contra los indios de la selva. Sin duda era un lugar seguro. Los españoles, por ejemplo, que estaban locos por el oro y lo buscaban en todas partes, soportando cualquier tipo de dureza, nunca encontraron Machu Picchu. Tampoco existe ningún indicio de que fuera atacado o capturado por tribus hostiles que sabían de su existencia. El foso del río y las laderas escarpadas que conducían a la ciudad le daban una seguridad casi obsesiva. Pero el aspecto general de Machu Picchu es de serenidad más que de obsesión. Ciertamente, una seguridad tan grande como cualquiera hubiera podido desear se habría alcanzado en cualquier cantidad de lugares cercanos con un esfuerzo mucho menor. Así que debió haber otra razón. Sin duda era un lugar sagrado; es fácil sentir que lo era. Muy probablemente aquí, como en cualquier otra parte de los Andes, se le rendía culto al sol, quizás a algún otro dios menor, así como al dios creador, Viracocha. Pero éstos no son suficientes para dar cuenta de la calidad de Machu Picchu, que no sólo es hermoso sino hermoso de una manera especial. Hay templos y dioses en otros lugares y la mayoría de los lugares son feos o al menos de una belleza limitada. Los lugares sagrados son rara vez hermosos pero, cuando lo son, es como si algún dios extraño hubiera intervenido y tomado el mando. Hoy día, es este Dios Extraño el que parece haber sido motivo de culto en Machu Picchu.

Ha habido aquí una especial reverencia por el sitio mismo. El sitio es tan impresionante y se ha desarrollado con tal éxito que reverencia parece una palabra adecuada. Esta consideración por el sitio supuestamente debe ser una cualidad de la mejor arquitectura moderna, y a veces lo es. Esta antigua ciudad tuvo esa cualidad hace mucho tiempo. El terreno y su fondo fueron puestos a prueba por sus mejores valores de la misma manera en que un bloque de piedra a punto de ser esculpido es estudiado por el escultor que pretende desarrollar su concepción a partir de él. Y es verdad, hay una gran reverencia por la piedra en Machu Picchu. Aquí y allá, una roca se ha dejado en pie donde siempre debió haber estado, pero en un punto vuelto conspicuo merced al edificio de la ciudad que lo rodea. Unos cuantos planos pequeños fueron cortados y retirados de sus superficies naturales para hacer pequeñas repisas en donde quizá se colocaron ofrendas. En un lugar, hay una enorme saliente o realce situado de manera tal que forma una cueva debajo. La roca a la derecha de la entrada de la cueva está hermosamente tallada en amplias facetas, en una forma que ahora llamaríamos abstracta. La cima de este mismo realce se ha usado como cimiento para el muro de un edificio redondo parecido al Templo del Sol en Cuzco. Adentro de este templo —o de este edificio, porque realmente no sabemos qué uso se le daba— la roca natural se ha conservado como una tosca obstrucción, que cubre la mayor parte del área circundada. Resulta claro que la roca natural era valorada y respetada. La ciudad está construida en un plano oblicuo y tiene, por tanto, muchas escaleras. Algunas están dispuestas hacia arriba y otras están simplemente cortadas en la pendiente de la roca. Las escaleras conducen finalmente al punto más alto en la cima de la loma. Allí hay otra roca, una roca tallada. Tal vez cortada sea una palabra mejor, porque no está ornamentada; pero las relaciones entre sus planos y superficies son las de una escultura. Toda el área alcanza difícilmente los seis pies de alto. Arriba de la amplia base, a la roca se le ha dado la forma rotunda de un poste de cuatro lados. Éste es el poste al que los sacerdotes amarraban el sol en los solsticios para obligarlo a que volviera nuevamente cuando había alcanzado su declinación más lejana. Los españoles encontraron estos postes-para-amarrar-el-sol, o intihuatanas, como los llamaban en la lengua indígena, en otra parte de Perú, y los destruyeron como objetos de culto pagano. Nunca encontraron éste. Es muy hermoso, a la vez simple y sutil; y aunque figura aquí como el clímax de la ciudad, su modestia es tal que logra su efecto siendo esa cosa casi única, un monumento discreto. Venir aquí ahora, encontrarlo igual e inmóvil después de tantos siglos, reviste la clase de arrobo que debe acompañar a la apertura de una tumba egipcia sin muescas.

Las cualidades de Intihuatana, la modestia, la efectividad y la belleza de la piedra tallada son características de toda la ciudad. Es difícil decir cómo esa piedra gris plana puede lograr un efecto semejante. Hiram Bingham, quien se encontró con esta ciudad intacta pero vacía en 1911, y quitó la maleza que había crecido sobre ella, se refiere a un muro de Machu Picchu como el más hermoso de América. Podría carecer de sentido insistir en este superlativo, pero no hay razón para ir en contra. Incluso si partimos del presupuesto de que estos constructores no tenían herramientas de hierro o acero no sentimos la necesidad, cuando miramos este muro, de condescender con las técnicas primitivas. Ninguna herramienta o saber a nuestro alcance pudo haberlo hecho mejor. Podríamos pensar, en un orden distinto, en los shaker, quienes con su trabajo en madera consiguieron una perfección llana similar. Estas superficies de piedra fueron trabajadas y pulidas a un grado justo de este lado de la línea donde la textura estaría perdida. Cuando una piedra se encuentra con otra las superficies retroceden ligeramente formando una pequeña muesca en todas sus junturas. Y sin duda son las juntas más que cualquier otro factor lo que hace la perfección. Como no se usó mortero, era necesario que cada piedra coincidiera con todas las demás piedras que tocara y, a diferencia del ladrillo o el bloque de construcción, éstas no constituyen unidades regulares e intercambiables. Probablemente ninguna piedra fue cortada igual que otra. En muchos casos éstas son ásperamente rectangulares, pero cada una tiene sus variaciones en tamaño y forma. El ángulo interior de una está perfectamente reflejado en el ángulo exterior de otra adjunta, e incluso después de todo el tiempo transcurrido, no hay un solo espacio entre ellas. Esta correspondencia, además, no era solamente de la superficie sino que se extendía a la profundidad de la piedra misma. Cuántos periodos de paciente esfuerzo debió requerir cada una para darnos ahora la gran satisfacción de un orden armonioso, de piezas que se juntan una vez siquiera, incluso a pesar de que las piezas en este caso no sean más que piedras.

Hay otra obra en piedra en Machu Picchu de belleza igual a ésta. También hay edificios y partes de edificios en los cuales las piezas de roca dentada están apiladas casi al azar sobre barro espeso. Uno de estos edificios toscos, sorprendentemente, da al pequeño espacio abierto que Bingham llama la Plaza Sagrada porque los otros dos lados (el cuarto es un precipicio) están ocupados por finos edificios que él suponía eran templos. Las piedras realmente grandes, de muchas toneladas de peso, de uno de ellos debieron haber sido muy difíciles de excavar, darles forma y ponerlas en su sitio. Y hay otros ejemplos de triunfo técnico. En un pequeño edificio detrás de este templo hay una piedra cortada con un virtuosismo puro que parece casi lúdico. Dispuesto en una esquina, forma parte de dos paredes y hay treinta y dos ángulos diferentes cortados en sus lados. Y ahí está ese edificio ya mencionado cuya pared curva concuerda con una roca levantada en la cual se basa. Ya que esta pared se inclina hacia adentro, como la mayoría de las paredes indias, a la superficie de cada una de las piedras que la componen debió dársele cualesquier grado tanto de curva exterior como de inclinación interior para contribuir a la forma total del edificio. Es costumbre —desde luego justificada— hablar de la habilidad ingenieril de estos constructores y admirar sus técnicas, o más bien los resultados de sus técnicas, ya que no hemos descubierto realmente cómo trabajaban. Y sin embargo, para los ojos modernos, la profunda impresión de la ciudad en su conjunto no es una de habilidades técnicas. No obstante lo admirable que esto pueda ser, los hemos superado hace mucho tiempo en cuanto a herramientas y métodos. Pero nada de lo que hayamos podido hacer a este respecto supera a Machu Picchu en belleza. Se trata de algo más que la ciudad de un ingeniero o de un tallador de piedra. Una y otra vez uno se admira frente al concepto imaginativo de una pared o de un edificio o de una posibilidad de realización en relación con lo cual las habilidades calificadas son sólo una herramienta, no obstante cuán necesaria sea. Es en este sentido que Machu Picchu es un lugar importante, y en este sentido también que no hemos avanzado, que el tiempo desde entonces ha oscilado hacia atrás o adelante a medida que hemos intentado, con el estorbo de nuestras habilidades mucho más numerosas y variadas, conseguir un grado de perfección que se alcanzó de una manera muy simple hace mucho tiempo. No es probable que lo hagamos mejor.

Cuando los aventureros españoles llegaron por primera vez a la parte occidental de América del sur en el siglo xvi, encontraron que toda el área de los Andes estaba dominada por un grupo de indios cuyo regidor era denominado el Inca. El término Inca se extendía al pueblo del Inca y su civilización. Este grupo dominante decía que había venido de la región de Tiahuanaco, cerca del lago Titicaca, pero parece probable que fuese más bien del área cercana a Cuzco de donde comenzaron a expandirse a través de las montañas, como los romanos se expandieron a través del Mediterráneo. Y también como los romanos, absorbieron e hicieron uso de otras grandes civilizaciones que los habían precedido. Por tanto, merced a su propia invención o a la de sus predecesores, eran dueños de muchas habilidades y productos ya consolidados. Maíz y papas, entre otros alimentos, se habían hibridado y crecido en abundancia en miles de terrazas artificiales construidas en laderas escarpadas adonde el agua a veces se traía por canales desde muchas millas de distancia. Las terrazas y los canales aún pueden verse. Había finos textiles de diseño y belleza intrincados, cerámica sofisticada. Podían trabajar bronce y metales preciosos y los españoles, que estaban familiarizados en casa con los trabajos en piedra más finos de Europa, se sintieron deslumbrados por las grandiosas construcciones que vieron en Cuzco y sus alrededores. Había un concepto de organización que había conquistado y ordenado un vasto imperio y lo había interconectado a través de miles de millares de caminos bien pavimentados, algunas de cuyas partes aún están en uso. Este imperio y sus caminos eran sin duda la creación de los incas y de ningún otro pueblo anterior. Casas de posta estaban colocadas a lo largo de los caminos en intervalos frecuentes, y en ellas había relevos de corredores entrenados de modo que los mensajes pudieran enviarse con gran rapidez de un confín a otro del imperio. Se dice que varios cientos de miles de millas se recorrían a diario. Tan consolidada en muchos sentidos estaba esta civilización que resulta curioso que no tuviera una lengua escrita. Los mensajes que los corredores llevaban por los caminos estaban en forma de quipus o grupos de cuerdas de colores anudados de varios modos a varios intervalos. He aquí a un pueblo que, en el desarrollo de una lengua escrita, se había saltado toda forma de escritura pictórica para pasar a un sistema abstracto tan alejado de la lengua hablada o de las imágenes visuales como nuestras cintas estenotípicas o nuestros sistemas de tarjetas perforadas.

Es verosímil que esta ciudad serenamente ordenada y ampliamente abstracta fuera construida por los incas. En ausencia de registros escritos sólo hay tradición oral. Los conquistadores tuvieron contacto directo con la tradición oral pero nunca vieron la ciudad, y aunque se refirieron a lugares que no habían visto, esas referencias son inciertas y confusas. Después de una larga investigación, Hiram Bingham, quien encontró la ciudad, concluyó que era más antigua que el primer gobernante en ser llamado Inca, aunque también concluyó que el último gobernante en ser llamado así fue llevado ahí para ocultarlo de los españoles. Asoció los orígenes de la ciudad con los aumatas, cuya civilización había declinado muchos siglos antes del surgimiento de los incas. No sabemos. ¿Podemos dudar de que una gran parte del tremendo atractivo de Machu Picchu reside en nuestra incapacidad para dar cuenta de su origen? Éste se encuentra fuera de la tradición y descendencia de la civilización occidental. No es nuestra herencia ni fueron ellos nuestros ancestros. Esta ciudad, sobre todo, es inconsistente con nuestra idea común de pueblo primitivo. El impacto que Machu Picchu tiene en nosotros no se suaviza con datos y explicaciones. Uno se acuerda del capitán del cuento de Conrad, “El copartícipe secreto”, confrontado por su inesperado doble, su propia imagen desnuda sale del mar y se le aproxima por uno de los lados del barco. Porque la imagen que vemos como a través de estas paredes, o caminando por estos corredores y escaleras, es nuestra propia imagen, y el impacto es más poderoso por ser inesperado e inenarrable. No quiero decir con esto que esta ciudad se parezca de una manera superficial a una capital moderna o incluso a una pequeña ciudad moderna, no más que los atuendos incas colocados sobre maniquíes en los museos podrían parecerse a algo que nosotros pudiéramos vestir, aun adaptándolo. El parecido —que de ninguna manera es un parecido sino una identificación— se da en un nivel mucho más oscuro y amplio que ignora los particulares de un lugar o un periodo para apuntar más bien a una comunidad de aspiraciones y valores. Es algo parecido a lo que se produce cuando escuchamos una lengua nueva cuyas palabras y gramática, o incluso sus mismos sonidos, nos resultan totalmente extranjeros. Sin embargo, no sólo reconocemos el discurso humano: escuchamos nuestras propias entonaciones y entendemos las actitudes emocionales que se expresan o se intuyen o se disimulan. Podemos sentirnos fuertemente atraídos o repelidos sin un intérprete. Y estas ruinas son casi más elocuentes que el lenguaje. Qué gran ciudadela era ésta, después de todo. La grandeza de sus templos no estaba en sus tamaños, que habrían admitido sólo a unos cuantos sacerdotes y acólitos. Sus casas son sólo cuartos fríos y diminutos a pesar de los refinamientos de sus paredes de piedra. Pero es una ciudad. Nadie habla de ella en términos de menor respeto. Lugares modernos mucho más extensos son sin lugar a dudas pueblos y aldeas. Es la quintaesencia, el completo y perfecto sumario de una ciudad. Y sus casas son casas de verdad y queremos vivir en ellas de la misma forma en que queremos vivir en las casas que construimos para jugar cuando éramos niños. Nos hablan con esa clase de inmediatez y perfección. Pertenecemos aquí porque somos humanos y porque estos constructores eran humanos en el mejor y más profundo sentido que podamos imaginar, aunque usaran otras palabras y otra gramática en su lenguaje y sus herramientas y materiales fueran diferentes de los nuestros.

Uno siente que los edificios de Machu Picchu, que ya eran viejos en la época de la conquista española, son más de nuestro tiempo que los edificios que se construirían después —las iglesias de Cuzco, por ejemplo, en los restos desmigajados y derruidos de su esplendor barroco—. La antigüedad de estos edificios coloniales españoles ahora parece demasiado obvia: están, como solemos decir, “fechados”. Los edificios de Machu Picchu, por otro lado, ni están desgastados ni son anticuados y, literalmente, no están fechados; su tiempo de origen es desconocido. Como resultado curioso, este contraste nos lleva a reflexionar sobre la poca profundidad de los siglos de nuestra propia tradición europea, tan llena de detalles intrascendentes como una tarde aburrida y tan trivial en esencia como los cambios de la moda en el vestido de un año a otro. En Machu Picchu es como si el tiempo no fuera una sola y ordenada progresión en la cual todos los hechos humanos tomaran su lugar en la misma escala. Es por lo menos como si hubiera varias escalas de tiempo separadas; es incluso como si, para ciertos logros de gran relevancia, esta ciudad por ejemplo, hubiera un presente continuo que hiciera de estas cosas algo siempre contemporáneo. El sentido común tiene grandes limitaciones; y aunque podría definirse bajo ciertos aspectos como lo que la experiencia nos ha enseñado y se conforma a la experiencia, son con frecuencia nuestras experiencias absurdas las que terminan por conformarse, a su vez, al sentido común.

Ésta es una ciudad fantástica. No tiene nada que ver con el sentido común que un grupo salvaje y primitivo, en un periodo remoto, hubiera construido, en este punto inaccesible en medio de los Andes, una ciudad de belleza semejante a costa de tanta labor y cuidado. Sin embargo aquí está, y debemos aceptarla como una realidad, no como parte del sentido común. Es verdad que rechazamos prácticamente toda nuestra experiencia —la realidad—, que pedimos que nuestros sentidos sean confirmados. Decimos, “¿Qué era ese ruido?” o “¿Viste un flash?” Una y otra vez, sin siquiera ser preguntados, explicamos a los niños lo que los niños ven y oyen, o supuestamente han visto y oído. Esto es sentido común en su nivel más simple —lo que sea que hayamos acordado haber sentido en común; y como acordamos cada vez más ampliamente, y la experiencia confirma nuestros acuerdos, poco a poco dejamos de rechazar el mundo externo y el sentido común de la sociedad se desarrolla en complejidad—. Quizás incluso la idea del mundo externo como materia de sentido común se desarrolla de esta forma. Es interesante, por ejemplo, sopesar cuáles podrían ser las actitudes hacia la realidad externa de un ser humano en completo aislamiento, sin nadie más para confirmar y corroborar esas impresiones sensuales que parecen ser nuestra primera reacción instintiva a rechazar y negar como realidad. ¿Habría mundo entonces? Una vieja pregunta filosófica es si existe el sonido donde no hay nadie para escucharlo, como cuando cae un árbol en un bosque deshabitado. Pero quizá la pregunta se vuelve más importante, y nos dice más acerca de nosotros mismos, si la formulamos de la siguiente manera: qué tanto, en cuanto sonido que viene del exterior, puede escuchar una persona que ha estado siempre sola en ese bosque como su solo ocupante, con nadie para confirmar sus impresiones sensuales. Pero desde luego que nosotros no vivimos solos en un bosque. Vivimos con otras personas que pueden confirmar nuestras impresiones en cuanto externas. Las ideas sobre el sentido común crecen y cambian. Es sentido común casi totalmente aceptado en nuestro mundo de hoy que, si volamos al este de Nueva York y seguimos en la misma dirección, no tardaremos en regresar a los Estados Unidos por la costa oeste. Incluso cosas más fantásticas que ésa empiezan a aceptarse como hechos inconstestables; y no obstante, qué impresiones más inverosímiles y extrañas seguimos teniendo. En su mayoría, restamos importancia a estas impresiones y las ajustamos para que se conformen al sentido común tal y como éste existe —a lo que ya en el pasado ha sido comúnmente aceptado—. Seguimos rechazando la realidad a menos que haya sido confirmada y aceptada en otra parte por otro pueblo. Desde luego que hacemos esto en diferentes grados. En las artes, y en la ciencia teorética, por ejemplo, la realidad  no siempre se rechaza y el sentido común a veces crece o se altera por nuevas respuestas a preguntas tales como las que nuestros sentidos proponen.

Uno piensa, una y otra vez, en lo extraña que resulta esta ciudad. Descansa en una especie de silla entre dos cumbres, Machu Picchu y Huayna Picchu. La segunda es alta, escarpada y tan próxima que da la impresión permanente de ser vista a través de un telescopio. Cerca de su cima, en una posición tal que parece que las paredes que las soportan van a deslizarse, fueron construidas extensas terrazas agrícolas; y arriba de ellas, en una suerte de tapanco formado por una roca volada, hay nichos y pórticos bellamente construidos. Esto se encuentra a unos cien pies arriba de la ciudad propiamente dicha. El camino de subida y la vista hacia abajo son aterradores para cualquiera no habituado a las alturas. El viajero se pone nervioso con facilidad y prefiere descender de lugares donde los viejos habitantes se mueven con facilidad y compostura. Y, no obstante, es fácil imaginar que lo que les pasó a los indios después de la conquista española fue algo más o menos similar a esto —pérdida de control y compostura en una sociedad en su conjunto—. En poco más de un año, un imperio bien organizado, bien armado, vasto y próspero, se desmembró y rompió merced a un puñado de españoles. El Inca, un descendiente divino, fue secuestrado y asesinado. De ahí en adelante la sociedad se fue a pique rápidamente y nunca más se repuso.

Sin embargo no todo se destruyó. Ahora Machu Picchu es una ciudad vacía, y estuvo vacía probablemente durante muchos siglos. Si reviste un interés y un atractivo para nosotros hoy día, este interés es algo diverso al de un anticuario puro —aunque podría ser eso, desde luego, de igual modo que podría no ser nada, como para el hombre en el vestíbulo del hotel, en Cuzco, para quien era “un viaje interesante, pero no hay nada que ver allí”—. Cuán cierto es que rechazamos el mundo externo, que éste se vuelve demasiado fantástico para creerlo, y podemos salir de un encuentro como si no hubiera hecho ninguna impresión en nosotros, a menos que la experiencia de nuestros sentidos sea confirmada de una manera convincente. De la misma forma en que la experiencia, aquí o en cualquier otro lado, nos perturba y maravilla, así esto se encuentra más allá del sentido común. Lo que hacemos está condicionado, y de hecho casi determinado, por la larga tradición de una civilización que ha llegado hasta nosotros a través del conocimiento de la historia de las primeras civilizaciones europeas y del Oriente medio. Esa tradición, en sus varias formas, está tan extendida en la actualidad que casi ningún sitio escapa de ella. ¿Qué lugar o pueblo civilizado se encuentra fuera de ese círculo de influencia? Aun si, a diferencia del hombre de Cuzco, aceptamos nuestra experiencia, la realidad externa construida dentro de nuestra tradición pierde en realidad el interés porque no hay nadie que se encuentre lo suficientemente “fuera” para confirmarla. Cuán satisfactorio es que los indios que encontró Gheerbrant en su expedición a las selvas del alto Amazonas se sintieran conmovidos y deleitados por la música de Mozart. Podría haber, por lo visto, una realidad tan vasta como el hombre, y podría ser que nuestra tradición no estuviera compuesta únicamente por accidentes y excentricidades. Machu Picchu se encuentra totalmente fuera de nuestra tradición, tan alejada de nosotros en el tiempo y el espacio como para no sentirnos tocados por ella. Nos confirma y corrobora. Encontramos aquí nuestra propia imagen reflejada, y es como si fuéramos a encontrar un álgebra entre gatos, o una Cristiandad entre los marcianos.

Texto publicado en la edición 153 de Crítica


Escrito por William Bronk