Tareas no hechas

  • Servicio al cliente

    Hay gente que confunde el buen servicio con la sumisión. Pero en el restaurante La Dolce Vita tienen una visión distinta y consideran que el mejor homenaje que se le puede hacer a un cliente es  ponerlo en contacto con meseros de carácter firme y actitud crítica, que constituyan un reto para el comensal y pongan a prueba su capacidad argumentativa. “El cliente siempre tiene la razón, pero no en esta empresa” es el lema de la Dolce Vita. A mí me gusta eso: los camareros con criterio, los empleados que te hagan sentir que estás frente a un ser humano sólido y estructurado y no frente a un apocado súbdito que opera como simple mecanismo para la satisfacción de tus caprichos.

    Ahí estaba yo, en La Dolce Vita, un miércoles de otoño, a la dos de la tarde, con un hambre voraz, el plato en la mesa y dentro del plato una suculenta porción de pastas. Me disponía a mandar la primera cucharada cuando vi, con asombro y azoramiento, surgiendo a intervalos casi regulares, entre raviole y raviole, la sinuosa presencia de un pelo castaño. Siempre creí que eso solo ocurría en los chistes o en las escenas absurdas de las comedias. Pero ahí estaba el pelo, surcando el plato, como desperezándose en ondulaciones alargadas, con cierto desparpajo no exento de armonía y hasta de cierta magnificencia. Casi podría decir que era hermoso y que contribuía a la agradable presentación del plato, como puesto por el decorador en un último arrebato de inspiración. Pero era un pelo. Si no tuviera esa idea de fealdad que se le ha atribuido históricamente a un pelo dentro de un plato tal vez habría admirado y celebrado su aparición. Quizás cuando el mesero me preguntara cómo me había parecido la comida hubiera contestado: “deliciosa, y sobre todo me encantó la presentación, qué hermoso pelo, que lindo resaltaba y cómo se contorneaba en la superficie de las pastas, se ve que lo habían cuidado muy bien. Felicitaciones”. Pero no ocurrió así porque mi criterio está demasiado deformado por los prejuicios. Así que lo primero que hice fue llamar al mesero.

    –          Disculpe –le dije con educación, apenas llegó- Mire, hay un pelo en mis pastas.

    El mesero me miró entre atónito y ofendido, como si le estuviera diciendo que su padre era un violador. Luego observó el plato con la evidente intensión de comprobar la equivocación para luego hacerme sentir mal por la vulgaridad del comentario. Pero tras unos instantes de sesudo análisis tuvo que rendirse ante la evidencia. Era un pelo. Respiró hondo.  No lo podía creer.

    –          Permiso – me dijo y se inclinó tomando el pelo con sus dedos en forma de pinzas.

    Lo levantó y lo puso sobre la mesa, encima de una servilleta. Mientras lo analizaba movía la cabeza a los lados, todavía inmerso en esa etapa de la elaboración del duelo que los sicólogos llaman la negación. Se quedó pensativo y de un momento a otro, como si cayera en cuenta de un dato clave, miró hacia mi cabeza con gesto de sospecha.

    –          Disculpe, yo conozco el pelo de todas las personas que trabajan aquí y este pelo no pertenece a ninguna de ellas ¿No será suyo? – dijo clavándome la mirada-  ¿De casualidad no tiene usted problemas de caída de cabello?

    Ahora fui yo quien lo miró atónito y ahora era yo el que no lo podía creer. Me pase la mano por la cabeza y lo miré fijo.

    –          No, joven –dije con aplomo-  Yo sí tuve un comienzo de alopecia hace unos meses, pero lo controlé con un tratamiento a base de miel y jugo de cebolla, aplicando la mezcla dos veces al día. Muy efectivo.

    El hombre me miró con incredulidad, lo que me produjo gran enojo dado que no soporto que pongan en duda la seriedad de mis palabras ni la efectividad de mis recetas. Entonces miré hacia su cabeza con desconfianza y ataqué directo.

    –          ¿Y usted? ¿No será más bien un pelo suyo?

    Su rostro acusó el enrojecimiento de la indignación y si el gesto pudiera traducirse en palabras diría: “cómo se le ocurre”. Pero supo contenerse y habló con decoro.

    –          No señor –dijo señalando el pelo puesto sobre la servilleta- como podrá ver ese es un pelo crespo y el mío es ondulado –señaló su cabeza- A mí se me parece más a la configuración de su pelo -remató apuntando a mi melena.

    Yo me mantuve firme.

    –          Pues yo tengo firmes sospechas de que puede ser suyo –contesté.

    –          Disculpe, pero no veo en que puede usted apoyarse para lanzar semejante acusación – infló el pecho y se metió los dedos entre la cabellera- como usted podrá ver mi pelo es…

    Su suficiencia me colmó y no lo dejé terminar. Decidido a acabar con el asunto de una vez por todas, me arranqué un pelo y lo puse al lado del que había en la servilleta.

    –          A ver… mire bien… ¿Le parece que estos dos pelos se parecen mucho? – pregunté, retador, casi airado.

    El hombre se inclinó.

    –          A decir verdad si tienen su parecido.

    –          ¡¿Parecido?! ¿Se le parece mucho a usted este pelo elástico, con emulsión equilibrada –dije señalando el mío- a este otro brillante y pegajoso – continué señalando el que había salido del plato- y al que se le nota a kilómetros el alto contenido graso?

    –          El alto contenido graso pudo haberlo adquirido dentro del plato. Recuerdo usted que la salsa tiene mantequilla. Además si observa bien –dijo volviendo a analizar los dos pelos que teníamos sobre la mesa-  notará la ondulación de ambos…

    No me aguanté más y con un movimiento rápido extendí la mano y arranqué un pelo (para ser preciso un manojo, tal vez cinco o seis) de la cabeza del mesero.

    –          Ayyy -se alcanzó a quejar.

    –          Shhiiiittt – Lo increpé llevándome el dedo a la boca- Mire que se pueden enterar los clientes.

    –          Pues por mí que se enteren – dijo irritado, levantando la voz.

    –          Ahh sí, el muy independiente –le reconvine con sorna mientras hacía jarra- ¿Es que acaso no tiene hijos? ¿No se da cuenta de que si se enteran los clientes van a empezar a desconfiar del restaurante y dejaran de venir y el negocio entrará en decadencia y los dueños se verán obligados a disminuir gastos y como usted sabe cuando una empresa tiene que rebajar costos empieza por deshacerse del personal de servicio y a la primera persona del servicio que despedirán será a la que protagonizó el escándalo que produjo la desbandada de los clientes y la subsecuente decadencia del negocio?

    El hombre que me había escuchado en silencio, primero con cierto desagrado y con mayor interés a medida que mi argumento tocaba el drama su propia realidad, se quedó pálido, mirándome fijo con un gesto de verdadera preocupación. Yo, enojado, puse su pelo recién arrancado sobre la mesa en una servilleta, al lado de los otros dos. Era claro que el pelo desconocido y el del mesero tenían un corrosco más pronunciado que el del mío. Además tenían el mismo color. Los señalé mirando al mesero con gesto de triunfo.

    –          ¿No ve el corrosoco de ambos? Son dos pelos ondulados, de textura media y color castaño oscuro. ¿Y ahora qué tiene para decirme?

    El hombre negó con la cabeza.

    –          Observé los matices, no sea burdo, señor.  Olvida usted el tipo de estructura. Mire que este es ondulado cinótrico, ¿no ve la forma oval?…. Y mire el mío: es rizado ulótrico ¿No lo ve?  Observe la forma elíptica.

    Me quedé callado mirando el  pelo de ondulado cinótrico de forma oval (el desconocido) y el rizado ulótrico de forma elíptica (el del mesero). El imbécil tenía razón. Lo miré preocupado.

    –          Entonces si este pelo no es mío ni suyo ¿de quién es? –dije. Para restablecer mi dignidad me enoje y hablé moviendo el dedo índice ante su nariz – Solo quiero que sepa una cosa: ¡Yo de este restaurante no me voy sin saber a quién pertenece este pelo. Y si no me ayuda a averiguarlo seré yo quien haga el escándalo ahora!

    El mesero, ya ilustrado sobre las posibles consecuencias de un alboroto, dejó ver por primera vez un rasgo de humildad.

    –          Yo no lo sé, señor, pero le juro que no pertenece a ninguno de mis compañeros. Yo los conozco a todos, trabajamos juntos desde hace más de diez años y ninguno ha tenido, tiene ni tendrá un pelo ondulado cinótrico.

    Ante su flaqueza y aprovechando mi recién ganada superioridad, continué inquisidor.

    –          ¿Y conoce usted a alguien cercano o con acceso a este restaurante que tenga pelo cinótrico?

    –          Sinceramente, a nadie, señor –confesó apenado.

    Yo seguí con tono amenazante, disfrutando de su abatimiento.

    –          ¿Entonces qué propone que hagamos?

    –          No lo sé – me dijo compungido- pero por favor no los meta a ellos en esto. Yo asumo la responsabilidad. Tuvo que ser alguien de afuera. Tal vez los del restaurante de enfrente que nos tienen envidia porque nuestra clientela ha aumentado mucho durante el último año. Estoy seguro de que enviaron a algún cinótrico para que estropeara nuestros platos….

    No perdí la oportunidad para echar más leña al fuego. Le hablé mirándolo con gesto exageradamente preocupado.

    –          Y lo más grave es que me temo que en este momento haya pelos en los platos de los demás comensales. Tal vez esos clientes no son tan avezados como yo y no lo han notado. Pero no faltará…

    –          Noooo, no diga eso – balbuceó aterrorizado.

    –          Y lo más grave aún –completé – es que yo estoy perdiendo la paciencia y si usted no encuentra en cinco minutos al dueño de ese pelo cinótrico estoy dispuesto a gritar a voz en cuello lo que acaba de pasar aquí.

    El hombre flaqueó y por un momento pensé que caería desmayado. Pero no me compadecí. Pasé la mano por la garganta e hice ademán de prepararme para un grito. El mesero se restregó varias el rostro con las palmas de las manos y con tono quedo dijo como para sí mismo.

    –          Ay Dios mío… ¿Y ahora quién podrá ayudarme?

    No había acabado la frase cuando oímos la respuesta estridente.

    –          Yoooooooooooooooooo.

    Miré sorprendido buscando el origen del grito. Ahí estaba, con sus antenas bamboleantes, metido en una trusa anaranjada con capucha y un corazón amarillo cosido en la mitad del pecho. Había surgido desde debajo de una mesa,

    –          ¡El Chapulín Colorado! – gritó emocionado el mesero sin importarle que escucharan de las otra mesas…

    El Chapulín dio un brinquito y empezó a mover las manos con los puños apretados, mientras balanceaba su cuerpo, con las piernas semiabiertas y las rodillas levemente dobladas.

    –          ¡No contaban con mi ….

    Esta situación colmó mi paciencia y no lo dejé terminar la frase.

    –          ¡No nonono no!…. Un momentico, Chapulín. Este es una asunto entre el señor – señalé a la mesero-  y yo… Y no necesitamos súper héroes.

    –          Pero es que yo vengo precisamente… – empezó a decir el chapulín

    –          ¡No! No permito intervenciones – dije cortante.

    –          Pero es que yo…

    –          Usted no tiene nada que ver aquí, Chapulín.

    –          Pero es…

    –          Que no.

    –          Pero…

    –          Que no.

    –          Pe..

    –          ¡Que no! –grité salido de casillas.

    En ese momento todos los clientes habían volteado sus cabezas hacia nosotros, pero yo seguí concentrado en el Chapulín mientras le  señalaba la puerta de salida.

    –          ¡Tenga la amabilidad, Chapulín Colorado, y se retira que este no es un sketch para usted. Respete las comedias ajenas.

    Mi determinación fue tal que el Chapulín no pudo apelar y empezó a retirarse arrastrando su martillo de plástico. Caí en cuenta de la gente que nos miraba y temiendo por el futuro laboral del mesero me dirigí a ellos.

    –          Disculpen señores, aquí no ha pasado nada, fue solo un malentendido con el señor –señalé al Chapulín que ya estaba cruzando la puerta-  pero afortunadamente ya todo ha sido solucionado. Por favor continúen con su almuerzo y disculpen de nuevo.

    La gente volvió a sus platos haciendo comentarios en vos baja. El mesero y yo dirigimos a la vista hacia la puerta. De un momento a otro el Chapulín volvió aparecer, asomando la cabeza, dijo un desganado: “se aprovechan de mi nobleza” y volvió a perderse en la calle.

    El mesero me miró con desagrado. Evité su mirada bajando al mía. Entonces noté que sobre las baldosas, en el trayecto que había cruzado el Chapulín había una senda de varios pelos evidentemente ondulados y castaños.  Sin dudar un instante tomé uno y lo puse sobre la mesa, al lado del pelo que había salido del plato y los analicé. Eran idénticos, castaños, cinótricos, de forma oval.

    –          Ahhhhh…  Por ahí era que iba el agua al molino – dije satisfecho de mi descubrimiento.

    El mesero asintió con los ojos muy abiertos, con la emoción de quien por fin soluciona un enigma.

    –          Dígame una cosa – le pregunté- ¿Viene el Chapulín Colorado a menudo a comer a este restaurante?

    –          No… de vez en cuando, cuando no está en servicio.

    Sonreí tranquilizado.

    –          Está bien, por ahora está todo solucionado – dije palmoteando al mesero.

    –          ¿Ahora está satisfecho? –me preguntó con una sonrisa.

    –          No del todo. Primero cámbieme el plato y luego nos olvidaremos del asunto.

    El mesero asintió, fue a la cocina y a los pocos minutos me trajo un nuevo plato de pastas sin pelo. El plato era lindo pero sentí que de todos modos faltaba algo. Sin embargo empecé a comer.


    Escrito por Luis Miguel Rivas

    Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá – 1997).

  • ¿Qué es la bobada?

    Estábamos tomando ron al fondo del billar, en un sótano ubicado a tres o cuatro cuadras de la Casa de Nariño, en Bogotá, cuando Leonardo Tangarife empezó a contar la historia:

    “Eranse un niño rico bobo y un niño pobre bobo. Porque la bobada no reconoce clases sociales”

    –Disculpame – interrumpí- primero aclaranos qué entendés por “bobada”.

    Leonardo miró como si le estuviera diciendo una completa bobada y siguió sin contestar.

    “El niño rico bobo era muy inteligente. Y el niño pobre bobo también. Porque la bobada no discierne intelectos. El niño rico bobo-inteligente se sentía muy orgulloso por ser rico e inteligente. Y el niño pobre bobo-inteligente también se sentía muy orgulloso por tener la inteligencia que tenía a pesar de ser pobre y a veces se sentía orgulloso de ser pobre. El niño rico bobo-inteligente-orgulloso era un consentido social y despreciaba al niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso, que estaba resentido con la sociedad y a su vez odiaba al niño rico-bobo- inteligente-orgulloso.

    Esta historia nunca hubiera ocurrido si cada uno hubiera vivido por siempre en su mundo, rodeado de niños ricos el niño rico y de niños pobres el niño pobre. Porque durante mucho tiempo el niño rico bobo-inteligente-orgulloso-consentido vivió exclusivamente rodeado de los suyos; se limitaba a despreciar levemente a los niños ricos más pobres, que lo odiaban levemente y a odiar levemente a los niños ricos más ricos, que lo despreciaban levemente. El niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso-resentido, por su parte, sin contacto con niños ricos, solo despreciaba levemente a los niños pobres más pobres que lo odiaban levemente y odiaba levemente a los niños pobres más ricos que lo despreciaban levemente

    -¿Me siguen? – preguntó Leonardo.

    Todos asintieron. Yo no.

    -Más o menos – dije.

    Leonardo dio otro sorbo a su ron y siguió sin prestarme atención.

    “Así fueron las cosas mientras en la Ciudad Boba existió un sector exclusivo para que nacieran, crecieran, se reprodujeran y murieran los niños ricos y otro sector donde solo nacían, crecían, se reproducían y morían los niños pobres. Sólo sabían los unos de los otros por la televisión y por las películas. Los niños ricos despreciaban a los niños pobres de lejos (aunque no levemente) y los niños pobres odiaban a los niños ricos a la distancia (aunque no levemente), como se desprecia o se odia a los personajes de las películas. Pero como la Ciudad Boba empezó a crecer con desmesura, cada vez hubo menos lugares exclusivos y el niño rico bobo-inteligente-orgulloso- consentido y el niño pobre bobo-inteligente-orgulloso-resentido, se tuvieron que encontrar en persona.

    Coincidieron una noche en la entrada al concierto de un grupo de rock que visitaba la ciudad. (Al niño rico bobo y al niño pobre bobo les gustaba la misma música). Ambos habían soñado largo rato con el concierto y ambos llegaron tarde ese día. El teatro se había llenado y solo quedaba cupo para una persona. El niño rico bobo había comprado una boleta carísima para la tribuna preferencial y el niño pobre bobo tenía una boleta para la misma tribuna, que se había ganado en el concurso de una marca de pasta dentífrica. Ambas boletas eran válidas pero, por equivocación o mezquindad, los organizadores habían vendido ese espacio a la empresa dentífrica y la habían vuelto a vender al público. Para el niño rico bobo no había confusión posible. Como no le cabía en la cabeza la idea de tener que disputar lo que para él era indisputable encaró hacia la entrada mirando de soslayo al niño pobre bobo.

    -Yo pagué esta boleta – dijo- el que no tiene para comprarla que no entre.

    El niño pobre bobo, con la boleta de cortesía en la mano, se quedó parado tratando de digerir lo que había escuchado. Luego corrió tras el niño rico bobo y lo tomó, apretándolo, del brazo.

    -¿Y esta nena para donde cree que va? Ese puesto es mío, pelao – dijo adelantándose.

    El niño rico se sintió violentado y se limitó a mirar desde arriba, con un desprecio tan auténtico y hondo que parecía venido de mucho antes de él y tan inapelable como la constatación de una ley de la naturaleza. Había en el desdén una convicción tan profunda que el niño pobre bobo se quedó turbado unos instantes. Esa mirada que lo borraba de plano, hasta entonces inédita para él, obró como un golpe físico en el estómago, que lo dejó sin aire. Se demoró unos segundos para reponerse y fue tras el niño rico bobo que ya avanzaba liberado de la incomodidad. El concierto había empezado.

     

    -¡Te dije que ese puesto es mío! –dijo el niño pobre bobo con un estrujón.

    -¡Seguridad! – gritó el niño rico bobo sin mirarlo. Pero los guardias estaban ocupados en otro sector del teatro.

    El niño rico bobo se soltó con fastidio y miró hacia el fondo del teatro, a través del otro, como si fuera transparente. Luego movió la mano con displicencia y exhaló un fastidiado “bahh” mientras seguía. El niño pobre, aturdido, solo atinó a contestar con un golpe brutal en el estómago. El niño rico bobo apenas pudo reaccionar y cayó pálido en el piso, sin poder concebir semejante deshonra. Hasta ahí llegó el altercado porque el niño rico bobo fue llevado a la enfermería y el niño pobre bobo al puesto de policía. Ninguno de los dos pudo entrar al concierto y más tarde, atendido uno y liberado el otro, se fueron, picados, cada uno a sus respectivas casas.

    Durante los días siguientes el niño rico bobo se la pasó tratando de digerir la burda ofensa de que había sido objeto. El recuerdo de la agresión no lo abandonó un slo momento y no pudo parar de pensar en el modo de reivindicar su honor. Una noche volvieron a coincidir en una fiesta. (Porque a ambos les gustaban los mismos tipos de fiestas). El niño rico bobo buscó la ocasión y cuando estuvo cerca del niño pobre bobo, sin darle tiempo de reaccionar, lo traspasó delante de los presentes con un sofisticado arsenal de palabras y gestos filosos como cuchillos, labrados con refinamiento, dirigidos no al cuerpo sino a la base del ser del niño pobre bobo, que revelaban ante los demás, con contundencia y sinuosidad, su tosca esencia y que dejaban en el aire la vaga idea de una naturaleza inferior.

    Las cuchilladas entraron directo y a fondo en el espíritu del niño pobre bobo, que no estaba preparado para librar batallas en esos terrenos. Embotado por los navajazos sin navaja salió del lugar y volvió quince minutos más tarde con un cuchillo de verdad. Fue directo hasta el niño rico bobo y le metió una puñalada en el pecho (el mismo sitio donde él había sentido sus estocadas). El niño rico bobo cayó al suelo brotando sangre. El niño pobre bobo se acercó lentamente, lo observó largo rato como si mirara a través de él y luego de hacer un “bahh” largo y artificial, le escupió la cara. El niño rico bobo sintió un doble impacto en el alma y en el cuerpo y por primera vez tuvo que mirar hacia arriba para ver al otro. Al hacerlo se encontró con unos ojos encendidos como brasas que se clavaban en los suyos ahítos de desprecio y chabacana arrogancia. La urgencia furibunda de defender su honor le hervía por dentro, pero no podía levantarse ni hablar. Esa impotencia hizo que eclosionara dentro de él estado del alma que desconocía: el resentimiento. Desde ese instante se convirtió en un niño rico bobo inteligente-orgulloso-consentido-resentido.

    Mientras se curaba de sus heridas el niño rico bobo se pasó rumiando el resentimiento recién surgido. Comprendió que las armas sutiles de las palabras y los gestos no eran suficientes frente a la contundencia de las armas concretas del niño pobre bobo. Se dedicó a aprender el manejo del cuchillo y fortaleció su cuerpo con ejercicios físicos. El niño pobre bobo, por su parte, no podía curarse de las palabras y gestos que lo seguían punzando, no porque los considerara verdaderos sino por la potencia violenta e inapelable con que habían sido dichas. Entonces se dio cuenta de que tenía que endurecer su espíritu y aguzar sofisticados puñales inmateriales si quería protegerse y herir de verdad a fondo, no solo en el cuerpo sino en la esencia del contrincante.

     

    Una tarde el niño pobre bobo se acercaba al cine municipal para ver una película norteamericana cuando vio al niño rico bobo. (Porque a ambos les gustaba el mismo tipo de películas). De inmediato hacia él y empezó a insultarlo con las palabras más alevosas y degradantes que había descubierto escarbando en los rincones más negros de sus adentro. El otro se quedó pretrificado y el niño pobre bobo se sorprendió al ver que lograba, solo con palabras, heridas más profundas y dolorosas que las que estaba acostumbrado a propiciar con el cuerpo. Al oír las injurias el niño rico bobo sintió que sus venas arrastraban torrentes de lava volcánica. Arremetió contra el agresor con toda la furia de su orgullo pisoteado y le metió una cuchillada en el mismo punto en que había recibido la suya en la fiesta. Luego se arrimó al cuerpo boqueante que se retorcía en el suelo, lo remató con una ráfaga de vejaciones que duplicaban las que había recibido, y terminó con un grueso escupitajo. Inmovilizado y adolorido, el niño pobre miró hacia arriba y se vio visto por los mismos ojos torvos de odio ciego y acribillado por la misma rabia sin matices, oscura, chiquita y sin fondo, que tantas veces había visto en el espejo.

    La cosa se volvió un toma y dame continuo. Con el tiempo cada uno aprendió a manejar a la perfección no solo sus propias armas sino las que inicialmente eran exclusivas del otro. Se herían y se degradaban por turnos. Si pasaban algunos días sin encontrarse se buscaban. Y así se convirtieron en una sola rabia a dos voces que andaba suelta por la ciudad. Se fueron rebosando el uno del otro. Los movía la urgencia de dañar, de hundir, de recuperar el orgullo vulnerado hundiendo el del otro, tirando por el suelo a quien le había derribado, hasta que un día el golpe fuera tan contundente que el adversario ya no pudiera levantarse.

    Y ese día llegó. Los ataques y contraataques se sucedieron sin pausa, cada vez más sofisticados y violentos. No volvieron a encontrarse ni en cine ni en teatros porque ambos abandonaron sus rutinas y gustos para dedicarse por completo a la tarea de acabar con el otro. Se les veía caminar por las calles de Ciudad Boba, ojerosos, huraños, mal trajeados, envejecidos de súbito, obcecados en pensamientos oscuros como sus presencias. Terminaron pareciéndose a tal punto que quien presenciara alguna de sus batallas no podía distinguir quién era quién.

    Llegó un momento en el que no tuvieron suficiente con ellos mismos. El niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso-resentido convenció a otros cuatro niños pobres del peligro que representaba su enemigo. Juntos, lo buscaron y lo apalearon hasta dejarlo sin sentido. Días después el apaleado sorprendió a los agresores acompañado de diez niños de los suyos y tomó venganza sin compasión. El grupo del niño pobre bobo aumentó a veinte integrantes y el del niño rico bobo a cuarenta; el otro subió a sesenta y el enemigo a ochenta y así la rabia de los dos niños del principio se convirtió en un odio generalizado que dividió a la ciudad en dos.

    Despúes de una batalla, en la que el límite de la ofensa y el daño se había excedido hasta la deformación, el niño rico-bobo-inteligente-orgulloso-consentido-resentido decidió acabar de una vez por todas con el asunto. Se apareció en el barrio del niño pobre bobo (ya no había ningún espacio exclusivo en la ciudad) con un revólver. Y lo mató delante de sus amigos. Pero antes de hacerlo lo dejó mal herido en el suelo, se acercó y lo miró fijamente a los ojos para que ni en los insondables terrenos de la muerte se le olvidara el profundo desprecio que merecía. Antes de recibir el tiro de gracia en la cabeza el niño pobre bobo alcanzó a ver reflejada en la mirada oscura del otro, como en un espejo de aumento, sus propios ojos henchidos de una ira que ya no cabía en él. Luego murió.

    Hace algunos años en Ciudad Boba se usaba la expresión: “se murió de rabia”. Ahora se utiliza una más actual y precisa: “no pudo morir de la rabia”. Porque luego de que lo mataron, el niño pobre no pudo morir completamente. Se quedó a medio camino, carcomido por el resquemor, denso, en ese espacio intermedio que hay entre la vida y la muerte. Su rabia era tan pesada que no lo dejó despegarse de la tierra. Al día siguiente resucitó, buscó a su asesino y lo asesinó después de humillarlo delante de sus familiares. El niño rico, recién asesinado, tampoco murió del todo; resucitó a la mañana siguiente, buscó al resucitado y volvió a matarlo. Entonces el recién muerto volvió a resucitar para volver a matar y ser matado y resucitar y matar y ser muerto y resucitar y matar. Y así siguieron. Así siguen: matándose y resucitando, sin descanso, sin pausa, abrumados de desprecio y odio, víctimas y vengadores, con palabras y cuchillos, con gestos y pistolas, inteligentes y orgullosos, consentidos, resentidos y consentidos-resentidos, con su riqueza y su pobreza que ya son la misma cosa, hasta el fin de los tiempos, tal vez”

    Leonardo terminó su historia y miró el vaso. Se tomó lo último que quedaba y buscó al mesero con la mirada.

    -¡Joven! –gritó- hágame el favor y me trae otro ron doble.

    Luego hizo un gesto con la mano, abarcándonos a todos y volvió a hablarle al mesero.

    -Y lo que estén tomando todos estos bobos amigos míos.

    En sus palabras se sentía cierta irritación, como si su propia historia lo hubiera molestado.


    Escrito por Luis Miguel Rivas

    Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá – 1997).

  • La primera persona en persona

    Para Juan Gabriel Vásquez (el verdadero).

    Si hablo tanto de mí no es tanto porque yo me importe mucho sino porque es el único tema sobre el cual me siento con alguna autoridad para decir algo. Y porque tengo qué hablar, necesito hablar. Yo nací hablador. Hay mucha gente así. Yo no sé de dónde sacaron en mi pueblo eso de que el que no tiene nada qué decir entonces que se quede callado. Yo hablo precisamente porque no tengo claro lo que tengo qué decir. A ver si lo voy aclarando. Y algunas veces, después de mucho hablar incoherencias, digo algo que se acerca a lo que necesito decir y que no sé lo qué es. Va saliendo. Pero no sale así como así. Eso que necesito decir es huidizo y está hecho de palabras aporreadas y temerosas que no quieren dejarse ver. O que me gobiernan en secreto desde la oscuridad sin que yo sepa su nombre y se aterrorizan ante la sola idea de que las descubra.

    Cuando uno empieza a hablar las palabras asustadizas se esconden, se acurrucan calladas en el rincón más oscuro, para que uno no las vaya a ver. Yo por eso hablo y hablo, de todo y de nada, de cosas que no existen o que existiendo tampoco existen, de cosas que imagino o sueño, de cosas que ni siquiera sé, de cosas que ni me importan y de las que ni siguiera me doy cuenta de que estoy hablando, y hablo y hablo para que las palabras apaleadas (su miedo es tan terrible, tan profundo, que estoy seguro de que en algún momento fueron brutalmente apaleadas), se sientan en confianza, entre amigos, viendo que uno, que es donde ellas viven, se va llenando de palabras como ellas y que las dice sin pudor ni temores ni consideración, que las deja salir como son. Y cuando las palabras acurrucadas en el rincón se dan cuenta de eso, se desenroscan lentamente, asoman la cabeza y después de mirar que no haya palos o golpes a la vista, empiezan a pronunciar sus nombres. Se dicen a sí mismas. Sale, por ejemplo, la palabra “rabia” (que escondí yo mismo para evitar los problemas generados con sus salidas inoportunas), saca un poco la cabeza, mira a los lados y luego de titubear unos segundos dice en voz baja, con pudor: “rabia”. Y algo alumbra en ese momento. Con decirlo a la palabra se le desinfla el pecho y como que se tranquiliza un poquito. Son palabras muy nerviosas, hay que saberlas tratar. Por eso hay que hablarles mucho.

    Yo hablo escribiendo, así con estas letras que voy organizando y que ustedes van leyendo; lo que me da la ventaja de que nadie se ve obligado a aguantar mi presencia y cualquiera puede escabullirse en mitad del primer párrafo sin que yo me dé cuenta y sin sentirme ofendido. Por eso me extiendo hablando y si me abandonan en la próxima frase, muy problema suyo. Hablo tanto que antes de hablarles esto que les estoy hablando ya lo había hablado en mi cabeza antes de escribirlo y mientras lo escribo lo sigo hablando y después de escrito sigo hablando sobre lo escrito y lo corrijo y le cambió un signo de puntuación y borro una frase y pongo otra mejor (o peor), conversando con lo ya hablado, volviendo a decir lo que consideré que no había quedado correctamente hablado o de la manera en que yo quería que fuera hablado.

    Y siempre yo. ¿Ven? Como ustedes. Pero en mi caso soy yo el que siempre está dentro de mí. Buscándose el nombre. Viendo a ver cómo es que me llamo en realidad. Hablando y hablando y hablando, de mí. Soy la primera persona en persona.