Sonia Hernández

  • La literatura como invocación de espíritus y apariciones | Sònia Hernández

     

    La reflexión alrededor de la escritura (las estrategias, mecanismos, andamiajes o trampas que se utilizan a la hora de crear una composición narrativa) ocupa una parte muy relevante en la obra de Bárbara Jacobs (Ciudad de México, 1947). No se trata únicamente de metaliteratura porque la mera literatura sea el tema principal de cuanto escribe, tampoco de autoficción porque de su propia biografía construya personajes, sino que muestra al posible lector –directamente y en un ejercicio casi impúdico– sus instrumentos y su oficio para erigir su construcción. read more

  • Vicente Rojo, el pintor de letras | Sònia Hernández

    Vicente Rojo no sólo se puede definir como uno de los artistas plásticos mexicanos más destacados de su tiempo. Tampoco como el renovador del diseño gráfico de su país, un trabajo desde el que ha educado y disciplinado la mirada de –por lo menos– dos generaciones de mexicanos, que han aprendido la belleza de la cultura a través de los diferentes espacios gráficos que él ha creado y ordenado. read more

  • La renuncia

    El doctor Masoliver ha paseado por muchas ciudades de todo el mundo: Londres, París, Buenos Aires, Lisboa, Rapallo, Estocolmo, Villahermosa, San Luis Potosí… Ahora, en esa villa en la que siempre es primavera, le gusta salir a pasear justo en el momento en que la luz empieza a amarillear, justo antes del crepúsculo. Es el momento de su recorrido junto al mar, aunque lo hace a la saludable distancia que siempre le ha gustado mantener entre el mar —como otros muchos fenómenos— y él.

    Saluda educadamente a cada una de las personas con las que se encuentra porque no recuerda los nombres que corresponden a cada rostro —son tantas las caras con las que ha convivido a lo largo de su vida: los compañeros del colegio, los colegas de la universidad, los alumnos, las amantes, los muchos hermanos…—, y no podría perdonarse ser desconsiderado con sus vecinos. Adora este pueblo privilegiado y mimado por el sol. Al principio, le costó adaptarse, sobre todo a la peculiar manera de hablar de la población. Quizás porque había convivido con tantas lenguas diferentes a lo largo de su vida, cuando llegaba a un lugar, antes que nada quería saber qué lengua se hablaba allí. En sus primeros paseos por aquella villa, cuando algún lugareño se acercaba a saludarle, invariablemente, lo que primero inquiría era “Señor, disculpe, ¿qué lengua es la que habla usted?”, una pregunta que siempre violentaba a sus interlocutores y que, incluso, le reportó alguna impertinencia como respuesta.

    Después de tantos idiomas con los que aprendió a mirar el mundo en sus diferentes manifestaciones, al final pedía a su interlocutor que especificara la lengua de la misma manera que hubiese solicitado que le facilitaran el código para interpretar los signos de la realidad. De la misma manera, después de haber vivido en las consideradas como las ciudades más bellas del mundo, había ido a instalarse a un lugar tan anodino como aquel pueblo en el que ni siquiera el clima deparaba sorpresas, puesto que siempre era primavera. Ni siquiera el mar, constantemente gris, ni la arena más gris todavía, casi negra, conseguían dotar de atractivo a la villa en la que había nacido y que abandonó con la firme decisión de no volver, tan firme que había perdurado casi una vida entera. Y sin embargo, ahora idealizaba aquel mar como de cemento. A pesar de la renuncia que hizo en su juventud, era el lugar en el que había nacido, y eso, en algún momento u otro, acababa por tener un significado muy concreto.

    Además, allí la gente sólo sabía que era hijo de aquel pueblo y nada más. Les bastaba con aquella credencial y con el prestigio que suponía que lo hubiese abandonado tan joven para conquistar su magnífica reputación de profesor aclamado por las universidades más vetustas y las ciudades más idealizadas. Pero ninguno de sus vecinos podría saber nunca qué había sucedido a lo largo de todos aquellos años de ausencia, un día tras otro. Sabían el nombre de su madre y el de su padre, y tenían más que suficiente. Por aquel mar que bañaba la villa habían visto marcharse a muchas personas, y llegar a otras tantas, y desconfiaban tanto de los que un buen día habían dejado de ver como de los que llegaban inesperadamente. Él también desconfiaba de la gente cuyo idioma desconocía, por eso nunca viajó a países en los que se hablase una lengua que considerase imposible de aprender. Consideraba imprescindible conocer el código que regía las relaciones.

    Fuera como fuese, el profesor Masoliver vivía ajeno al sentir y al parecer de sus vecinos. Formaban parte del paisaje, como el mar gris. Había venido para quedarse, para disfrutar de las temperaturas siempre cálidas que nunca llegaban a ser caniculares y para salir a pasear en el momento del atardecer sin sorpresas ni contratiempos. Muchas de las ciudades en las que había vivido, pese a sus maravillas —en todas ellas había encontrado una amplia variedad de tesoros y riquezas— terminaron por ser inhabitables por la humedad y el frío. Siempre sentía frío. De otras se había visto obligado a marcharse por el desorden de su urbanismo, porque se había cansado de intentar, sin éxito, familiarizarse con el nombre de las calles —que, por otro lado, siempre tenía la sensación de que cambiaban de ubicación— y calcular el tiempo exacto de un itinerario. Detestaba deambular desorientado, como si no supiera adónde estaba yendo. Le parecía absurdo perderse en una ciudad en la que llevaba años viviendo.

    Aunque las hubiese abandonado, en todas esas ciudades había sido feliz. Ahora lo sabía, aunque los recuerdos confundieran e intercambiaran los escenarios. Había conocido a muchas personas distintas y eso le había permitido comprender de cuántas cosas es capaz el ser humano, la insondable diversidad de posibilidades que da la existencia, las múltiples manifestaciones que puede llegar a alcanzar la energía.

    Y todas esas personas hablaban lenguas diferentes que él fue aprendiendo alternativamente, según las necesidades que impusiera la comunicación. Comprobó que dentro de una única lengua existen muchos lenguajes y que a veces comunicarse es imposible porque las mismas palabras en el mismo idioma pueden tener significados muy diferentes para los interlocutores. También aprendió que los silencios tienen, asimismo, significados, y que a veces el silencio se propaga, y que los gritos, con frecuencia, no permiten que se escuche lo que se está diciendo.

    Todas las ciudades en las que el profesor Masoliver había paseado estaban habitadas por muchos hombres y muchas mujeres. Ellas casi siempre eran muy bellas, y no sólo porque el doctor las quisiera ver de aquella manera, sino porque cada una de ellas abría una sugerente puerta a un nuevo mundo lleno de misterios, de revelaciones y de epifanías que estaban le estaban esperando. Y entonces ya no había nada más importante que las promesas que aguardaban detrás de aquellas puertas. Era necesario cerrar unas para abrir otras porque justo en el momento de franquear el umbral, el profesor Masoliver ya estaba descubriendo que no era sino decepción lo que iba a encontrar. Pero antes de sucumbir a la desolación, ya había entrevisto una nueva puerta que quería abrirse a un territorio ignoto aunque ya imprescindible. Y así siempre, hasta el final del amor, hasta que la encontró a ella, cuando ya estaba muy cansado, tanto que ni siquiera hubiese tenido fuerzas para apoyarse en el quicio ni para imaginar tan sólo el crujido que hacen algunas bisagras al permitir abrir el ángulo del misterio.

    Por eso tuvo que renunciar a ella, porque sabía que ella estaba al final del amor, porque ella era, por fin, la llegada a un punto donde poder descansar después de tanto tránsito y de tantas decepciones. Fuera de ella ya no habría nada más, y por fin podrían construir una casa, un hogar cálido y desordenado como el de Génova, con las ventanas abiertas para no dejar de percibir el estrépito del puerto; o una casa como la de Lisboa, sombría y húmeda, pero siempre caldeada por una melancolía difusa con la que convivirían aun sin ser suya, como se acostumbró a vivir, incluso sin saber ni una sola nota de música, con el piano que un excéntrico inquilino había abandonado en su apartamento de Manhattan.

    Ella habría tratado de convencerlo de que tomase algunas lecciones porque de pequeño siempre soñó con tocar el piano —¡lecciones a su edad!—, porque ella siempre hacía sentir a las demás personas que todo era posible y que había tiempo para todo, incluso para el amor. El profesor Masoliver hubiese estado a punto de creerla, pero por suerte no lo hizo, sino que acudió a rescatarlo su sempiterna sensatez. No en vano era un reputado profesor.

    Ella, como todas las demás mujeres, se había quedado en una de aquellas ciudades por las que él se perdía con frecuencia. A veces no recordaba en cuál, de la misma manera que con frecuencia se había perdido porque creía estar en Londres cuando en realidad estaba en Roma.

    También habían quedado atrás los discípulos, y los hijos, la trascendencia. Tuvo relaciones similares con unos y con otros. Agotadoras. Durante mucho tiempo había estado obligado a dar mucho de sí mismo sin tener claro cuál era la recompensa, pero lo hacía, porque formaba parte de sus rutinas, de sus costumbres, de lo que la vida había reservado para él.

    Por tanto, alguna indefinible parte del profesor Masoliver se había quedado para siempre en sus alumnos y en sus hijos. Cabía esperar que los segundos tardarían más en olvidarlo que los primeros. Rogaba a Dios, a la Suerte o al Azar que nada malo les sucediera. Le gustaba pensar en ellos a través del filtro de la memoria, de lo ya vivido, a la misma distancia saludable que disfrutaba observando los destellos reflejados en el mar.

    Alguno de sus hijos había heredado prematuramente su biblioteca, porque tampoco quiso llegar a la villa de la eterna primavera cargado de libros. Los más necesarios ya los había leído tantas veces que casi los sabía de memoria, así que podría recordarlos sin problema siempre que lo deseara. Y por los que había escrito él mismo sentía como si realmente no fuesen consecuencia de sus esfuerzos. Sí, los escribió en algún momento de su vida y debieron de formar parte de su ser, pero ya no significaban nada. Con cada libro sucedía algo parecido a lo que ocurría con cada una de las mujeres que formaban su colección de esposas. Buscaba lo mismo, la promesa de una respuesta aparentemente escondida detrás de lo que creía tan claramente sugerido. El profesor Masoliver probablemente desaprobaría la comparación entre una mujer, una puerta y una portada de un libro; pero sí que es válida en esta ocasión. Hay muchas demostraciones que aun siendo lógicas molestan al profesor.

    Una vez terminados los libros, tampoco ninguno de ellos acabó reportándole la epifanía que estaba persiguiendo. Sólo escribía para buscar, para entender, para desentrañar todas las dudas, los pensamientos que consiguen alterar las constancias vitales, la memoria que destruye. Y escribió mucho, de ahí su prestigio, aunque ahora ya no le importa. Curiosamente, no encontró ninguna respuesta válida, al parecer, para él, pero muchas otras personas agradecieron sus libros por esclarecedores, por reveladores y por saber mostrar muchos mundos que se hallan escondidos detrás de los aspectos más cotidianos de la existencia. Cuanto más frustradas eran sus preguntas y más inútil le parecían las pesquisas, más sabios se hacían los demás, y cada vez constituían una amenaza mayor.

    Esa fue tal vez la razón por la que también acabó renunciando a todos sus libros. No sabía para qué escribía, mientras que en su conciencia crecía la sospecha de que estaba contaminando a otras personas con sus veleidades y sus mentiras. Temió que en algún momento alguien acabara descubriendo que era un impostor —¡he ahí la verdadera epifanía!— y se viese arrojado a una situación sin duda incómoda.

    Había llegado, por tanto, también al final de la literatura. Otro final. Todo para acabar descubriendo que tantos esfuerzos no habían servido para nada. La perdurabilidad era una patochada. Ojalá sus discípulos, sus hijos y sus mujeres acabaran olvidándole pronto. Para todas aquellas ciudades en las que había vivido sería, incluso, más fácil. Los lugares que hemos visitado indudablemente hacen mella en nosotros, las experiencias allí vividas, los pensamientos que nos abordaron, los fenómenos que hemos presenciado… Sin embargo, los viajeros, aunque sean tan ilustres como el profesor Masoliver, no pueden dejar huella alguna tras su paso, que se une al de tantas y tantas personas a lo largo de la historia. En una discusión durante una lección magistral, el profesor incluso se aventuraría a afirmar que las ciudades en sí no existen o no tienen ningún significado directamente relacionado, sino que sólo existen como tales en el momento en que alguien las menciona o las imagina. ¿Podría haber alguna persona de todas cuantas había conocido que en ese preciso momento, el del paseo al inicio del atardecer, estuviese pensando en él? ¿Le ayudaría eso a existir de alguna forma?

    Sabía que la única fórmula válida para sobrellevar la responsabilidad de la existencia era aferrarse al presente, a cada segundo. Lo demás no existía. La memoria puede confundirse muy fácilmente con el sueño o con el pensamiento, que no es más que mera especulación, o una creación abstracta de un órgano, el cerebro, que no produce nada material, nada tangible. Eso lo sabía bien, y por eso tenía que tener cuidado para no dejarse embaucar por las trampas de su mente. Durante mucho tiempo había conseguido mantenerla controlada con trabajo y con esfuerzo. Por eso era el mejor en su disciplina. No había profesor que preparase sus clases y sus publicaciones como él. No podía asegurar que había nacido para eso porque no creía en los destinos preasignados ni en ningún tipo de predisposición inherente ya desde el momento de nacer. Entonces, como no sabía para qué había nacido, dedicó todos sus esfuerzos a ser el mejor en aquello a lo que la casualidad o la oportunidad dispusieran.

    Así consiguió no pasar desapercibido en ningún sitio, como tampoco lo hacía en esa tranquila villa donde siempre es primavera, aunque hubiese sido más apropiado que siempre fuese otoño. El profesor Masoliver, como la mayoría de sus vecinos, ya tiene una edad respetable. Y disfruta cada día como si se tratase del primero en el que se descubre la explosión de las mimosas, tan efímeras. Y busca las glicinas, que eran las flores que su madre cuidaba en el jardín de la casa de la infancia. Pero prefiere no ir más allá en los recuerdos, sólo hasta el jardín de las glicinas. Asimismo, tampoco se permite evocar el rosal que había en el jardín de Londres, ni la buganvilla del de Génova, o tal vez era al revés, o a lo mejor se equivoca, o bien todo es mentira. Ya sólo existen las glicinas, porque las mimosas desaparecen tan rápido que a veces ni siquiera le ha dado tiempo a observarlas. Y eso sirve para que se dé cuenta que a lo largo de sus muchos años, probablemente, hubo muchas tardes primaverales y soleadas como esta, aunque él lo hubiese ignorado. O tal vez no. Quizás sí las aprovechó en alguna de aquellas ciudades. Hubo un mes de abril magnífico en Londres, y un diciembre en Estocolmo. Las dos urbes igualmente iluminadas, por eso se mezclan los recuerdos cuando no deben. Por supuesto que debió de haber otras muchas tardes como esta, pero no va a hacer ningún esfuerzo por recuperarlas. Puede ser que solamente las haya imaginado. Con frecuencia fantaseó con paseos acompañado de una mujer por calles que no reconocía, como tampoco era capaz de identificar la cara de la mujer que a veces piensa que es solo una y otras cree que son demasiadas como para atribuirle una personalidad concreta.

    Va a tener que hacer un esfuerzo para no imaginarse a sí mismo junto a la mujer que le ha llevado al final del amor. Ha renunciado a ella, no ha querido mirarla de frente para que no suceda como con las mimosas. Es un principio que a la vez es el final y solamente produce miedo o nostalgia, porque es el espejismo de la maravilla imposible. Esa mujer es algo parecido, sólo sirve para disparar las especulaciones más inútiles, puro pensamiento, pura invención del profesor Masoliver, que ha renunciado a tantas cosas. A estas alturas ya ni siquiera puede servir de musa, puesto que ha renunciado a su escritura; tampoco puede ya imaginarla en mitad de una calle de adoquines sentada en el suelo reclamando que él la ayude para que puedan salvarse los dos. Sabe por experiencia que el amor tampoco conduce a nada.

    Ha vuelto para quedarse, lejos de ella. Solo. Eso significa que nada de cuanto vio o hizo tuvo ninguna utilidad. Pero eso tampoco está dispuesto a aceptarlo. Todas esas experiencias están en algún sitio aunque en este momento no vayan a ir a socorrerlo de la angustia que siente después de su paseo, después del deber cumplido. Ha vivido mucho y era el momento de regresar. Esta villa no tiene apenas nada en común con la que él abandonó hace tanto tiempo, así que tampoco puede considerarse que lo suyo haya sido un regreso en el sentido estricto de la palabra. Ha llegado a un lugar en el que creyó dejar algo, pero eso tampoco significa que quiera recuperar nada. No ha venido con ese ánimo.

    Hace tiempo que acabó la búsqueda que le empujó a marcharse de este lugar. Tal vez sucedió en el momento en que renunció a sus libros o a las luces de Estocolmo o a las calles de Londres, o cuando decidió que ninguno de los libros que había ido atesorando tenía utilidad alguna, o cuando tuvo la certeza de que había sido incapaz de sentir el amor que en algún momento creyó que debía sentir.

    Sí es cierto que la curiosidad o la necesidad voraz de respuestas habían empujado sus pasos durante mucho tiempo. Sin embargo, como nunca consiguió identificar cuál era la pregunta, jamás recibió la epifanía de la respuesta. Otro esfuerzo de tantos, inútiles todos.

    La mujer que podría haberlo conducido al final del amor se llamaba igual que su madre. Cuando la conoció, le embargó una apacible sensación de descanso, como si ya hubiese llegado a la meta impuesta mucho tiempo atrás, donde podría descansar. Por fin. Sintió que ella, tan inoportuna, tan inconveniente, podría darle significado a todo. Entonces tuvo miedo. Temió ser víctima otra vez de sus especulaciones, de sus trampas, de su turbada inteligencia. Su experiencia le decía que no podía ser cierto, que muchas puertas habían sido abiertas para mostrar sólo la tristeza del sinsentido.

    También tuvo que hacer ímprobos esfuerzos para convencerse que no hay círculos que se cierran, que tal perfección sólo es una abstracción matemática y que la geometría nunca tendría nada que ver con la existencia de los seres humanos. El hecho de que ella también se llamara Camila era sólo una irritante coincidencia que no podía empujarlo a cometer una estupidez como la que a veces fantaseaba. El mismo nombre, al inicio y al final del amor. La mujer que en principio debería haberle dado todo: la vida, las palabras, los pechos, el misterio, la infancia…; y la mujer que volvía a prometerlo todo: el descanso, la protección, la mentira necesaria para calmar los terrores… El profesor Masoliver se negó a aceptar que la respuesta a la pregunta de tantos años fuese tan sencilla. La joven Camila no podía darle significado a toda una historia. No aceptaría jamás que había regresado a aquella villa donde siempre era primavera —la estación en la que todo renace— como si todavía fuese el chiquillo que se marchó jurando que jamás volvería.

    Con frecuencia, cuando franqueaba con alguna de sus mujeres una de todas aquellas puertas que parecían llevar al placer y la placidez, creía percibir al otro lado alguna señal que le resultaba familiar, el olor o la voz de su madre. Y justo ahora, el profesor Masoliver no podría negar que se dejaba llevar en esa aventura como el niño ansioso que se cree a punto de recibir todo lo que se le ha sido negado injustamente. Al otro lado de cada puerta estaba Camila, la abstracta madre, esperando para tranquilizarlo, para darle todas las respuestas y desvanecer el miedo que tanto le ha dolido. Y puede decirle, desde el otro lado de la puerta, que la muerte no existe porque ella, que lo engendró a él, nunca vivió, por lo que nunca pudo quererle.

    El profesor Masoliver sabe que la joven Camila, la mujer que puede conducirle hasta el final del amor, también puede darle la respuesta que ha venido a buscar a la villa de la infancia. Ella que todavía no ha atravesado ningún umbral, sabe descifrar las voces del otro lado porque es la mujer que ha buscado en tantas otras mujeres. La ha encontrado por fin. Y por eso ha de renunciar a ella. No podría aceptar que era solamente eso lo que buscaba. Sería demasiado absurdo.

     

    Texto publicado en la edición 148 de Crítica


    Escrito por Sonia Hernández

    Escritora y poeta española. Ha publicado una celebrada antología de relatos, Los enfermos erróneos, y poemarios como Los nombres del tiempo o La casa del mar.

    Además, Hernández es una colaboradora habitual como crítica literria en medios como La Vanguardia y en revistas como Quimera, Qué leer, entre otras. También habría que destacara su labor como coordinadora de Quaderns de Vallencana, revista de la fundación Juan Ramón Masolive.

  • El verano sin hombres de Siri Hustvedt

    Hustvedt sigue escribiéndose

    En la mayoría de casos, los lectores o simpatizantes de determinados autores dan por hecho que la autobiografía es una parte importante de una obra literaria, sea del género que sea. En el caso concreto de Siri Hustvedt –sin duda una de las autoras más interesantes del panorama internacional–, jugar a buscar los elementos autobiográficos sedimentados en sus obras ha sido el entretenimiento que más ha ocupado a la crítica y la prensa. Dejando de lado lo que haya podido confirmar u obviar en sus intervenciones públicas, la autora nunca ha puesto demasiado difícil seguir determinados rasgos a partir de los que reconstruir unas circunstancias que dan como resultado unas vidas muy concretas, que interesan por cuanto tienen de general o universal. read more