Antología de mundos imaginarios | Por Luis Bugarini

En 1940 se publicó en Buenos Aires una Antología de la literatura fantástica firmada por Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. Nadie imaginó que el volumen, en apariencia convencional y de poco grosor, tendría consecuencias en el panorama de las letras hispánicas. Sus efectos, a más de seis décadas de distancia, siguen nutriendo la manera en que dialogamos con otras tradiciones literarias. Un ejercicio de estadística aplicada a esa antología: de los sesenta y cinco autores incluidos, cincuenta y tres escriben en una lengua distinta del español (con predominancia de la inglesa), y de los doce restantes que sí lo hacen, ocho son argentinos. Los restantes cuatro son Don Juan Manuel, José Zorrilla, Ramón Gómez de la Serna y Elena Garro. Ésta aproximación a nombres, números y nacionalidades, permite deducir la excentricidad del género fantástico en lengua española. Aunque esa cualidad, en este caso particular, no significa ausencia o falta de cultivo.

Por el dominio que han ejercido escritores de lengua anglosajona sobre el género fantástico, sería fácil repartir cualidades intrínsecas a cada uno de los pueblos. Así, los franceses serían los genuinos poseedores de la literatura erótica, los ingleses de la fantasía y la ciencia ficción y los alemanes de la música y la filosofía —Ortega y Gasset enfatizó la pertinencia de la lengua alemana para las abstracciones filosóficas. Pero este ejercicio es un gigante de barro y se desbarata con el primer tifón de excepciones.

Esa Antología es uno de esos legados poco visibles pero muy presentes en la tradición literaria en lengua española. A causa de las apasionadas lecturas de Borges de escritores anglosajones —Kipling, Stevenson, Carlyle—, y del repaso disciplinado de los cuentos que Scheherazade relataba cada noche para salvar su vida, Borges tendió un puente entre tradiciones por el que numerosos escritores han incursionado en una forma literaria que igualmente funciona para plantear las interrogantes de la condición humana.

La colaboración entre Borges y Bioy Casares —quizá la más lúcida y perdurable que se haya dado en la literatura en nuestra lengua— además de la Antología, generó una serie de investigaciones policiales con dos personajes ficticios: Isidro Parodi y Bustos Domecq. Ambos argentinos abrevaron la forma de la novela y el cuento policial de la tradición anglosajona. Esa influencia también produjo otra antología: Los mejores cuentos policiales (1962), que ambos escritores realizaron años después.

Atribuirle a Borges el descubrimiento de los juegos fantásticos por parte de los escritores en lengua española, confiesa una ingenuidad, pero no así reconocerle el hecho de fundar una poderosa estética: la de la inteligencia aplicada a la ficción. Por su énfasis en los juegos de la imaginación, en la aparición rigurosa de lo súbito, y en el carácter perdidizo de la realidad, su escritura invita a postergar la secuencia de hechos visibles para preguntarse qué hay detrás de ellos.

Una aproximación al género fantástico presenta un problema de origen: la palabra fantasía se ha diluido. La realidad, por su parte, sufre una escisión a causa del arte contemporáneo: Duchamp no contempló las consecuencias del ready made. ¿Cómo definir a lo fantástico? ¿Cuáles son sus límites? Roger Caillois, en la antología de lo fantástico que realizó para Gallimard, lo identificó como una “tentativa de agresión a la realidad”; David Pringle, por su parte, como el “conjunto de historias que tratan de lo maravilloso, lo mágico y lo sobrenatural”. Las definiciones, estudios y tratados sobre el género se multiplican y aún con todo, el lector sabe cuando vive la experiencia de lo fantástico.

Ciencia ficción y fantasía no son términos equivalentes. Cada género tiene características propias. Vuelvo a Pringle y en la introducción a su libro Ciencia ficción: las 100 mejores novelas, encuentro una definición del género que puede lograr el asentimiento general: “es una forma de narrativa fantástica que explota las perspectivas imaginarias de la ciencia moderna.” La escritura de ciencia ficción en lengua española detona en muchas direcciones. La influencia anglosajona se disipa aunque aporta lo mejor de sí, y se abren nuevas puertas a la originalidad de los pueblos hispanoamericanos.

Así, la tarea de Borges, a la distancia, se difunde y fecunda la tradición literaria.

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Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


 Escrito por Luis Bugarini

(Ciu­dad de Méx­ico, 1978). Es escritor y crítico literario.