Silvia Eugenia Castillero

  • Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo de Ernesto Lumbreras

    La palabra en acto 

    Ernesto Lumbreras, Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo, Bonobos Editores. Toluca, 2012.

     

    Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo, el reciente poemario de Ernesto Lumbreras, es un libro vertebrado en el transcurrir del tiempo. A manera de diario, los poemas —numerados desde el uno hasta el cien— pasan como instantes, son instantáneas de una realidad fragmentada, percibida desde el presente fugaz al que sólo se accede desde el pasado: “Empezó el Ayer con los mejores clarines de querer alcanzarme. No lo logrará. Mi pasado es un nudo corredizo en el cuello del fantasma, montado a caballo y en pleno galope.”

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    En el libro, multiplicidad de instantes se entrelazan para lograr un entramado de anécdotas íntimas, de las cuales llegan a los lectores sólo destellos de su resplandor, la estela de las cosas contempladas; no las cosas sino su resonancia, la manera en que impactan en la percepción y desde allí —hechas añicos en aras de un nuevo nombrarlas— nos transmiten el temblor: estremecimiento.

    Las palabras tremolan, tiemblan en su sonoridad: cantan y significan, se yerguen dentro del poema como palabras en acto, en el instante mismo de su nacimiento se transfiguran, y lo hacen sin escenarios, sin tramoya, llegan directo a su decir. Así los instantes se alargan en un tiempo continuo, formando el tejido de esa mirada que los une —que los hace durar, extenderse desde el pasado hacia el futuro—, los vuelve espacio, morada.

    Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo es un viaje, camino dantesco en ascenso al Cielo que incluye un recorrido por la historia del poeta, historia de su propia palabra, de las vicisitudes de esa palabra, para lograr (lo dice él mismo al final del libro) “perturbar al Universo”, una ráfaga de luz, de aurora en el sentido en que lo querría María Zambrano: “no estar visible en lugar alguno del universo, presente siempre en la más ciega oscuridad”.

    Allí están las estrellas en el ojo del sapo en busca del abismo para brillar, para salir de sí mismas y conquistar otra manera de ser en el mundo. ¿No es eso lo que les va sucediendo a las palabras en el transcurso de un poema? Es signo y sentido unidos en el argumento sensible de la palabra vuelta música, tiempo, razón, rumor, límite y confín. En este libro Lumbreras traza el recorrido de un tiempo que se va aglutinando en cada poema, en cada fragmento, para ofrecernos una continuidad del ser de las cosas vividas, desde la infancia hasta el sexo, desde Adán y Eva hasta Marcial Maciel, desde el romancero hasta sus grandes maestros: Borges, Blanca Varela, Rafael Cadenas, Valerio Magrelli, Antonio Porta, Juan Bañuelos, Mario Luzi.

    El recorrido posee una topografía en tres planos: el “Pueblo de arriba” con un tono volátil: “Arroyo del Limbo donde se mira (con la garganta abierta) un jabalí”, para luego cambiar al tema de la patria en “Interludio con castillo de pólvora, calaveras lloronas y mariachi fantasma” con algunas postales de nuestro país a manera de corridos: “Con el guitarrón del ciego/ Rasgado hasta descarnarse/ Invocamos el lucero/ de la noctámbula patria.” La última parte, “Pueblo de arriba”, posee la densidad de quien ya recorrió y vivió y puede mirar de frente la infancia y la muerte: “En un umbral de las selvas vírgenes, respiró con violencia un tapir. Ese miedo animal me despertaría cinco noches seguidas durante mi infancia.”

    Continuidad: en este libro el universo dura porque hay una profundización del tiempo y, como lo dice Bergson,  “cuanto más profundicemos en la naturaleza del tiempo, tanto más comprenderemos que duración significa invención, creación de formas, elaboración continua de lo absolutamente  nuevo”. Por ello me parece un acierto que durante el transcurso de la lectura aparezcan enigmáticas fechas hacia el futuro y aunque el poeta nos explica el porqué, hay en ese juego una intuición que va más allá y que apunta en el viaje hacia un estado del alma.

    Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo podría pensarse una culminación de algunos elementos que ya se apuntalaban en El Cielo (1998) y en Encaminador de almas (1999), un viaje por lo desconocido del lenguaje para trazar rutas nuevas, y en ese andar reúne lo popular y lo mítico; hay un enfoque religioso o más bien místico pero que Lumbreras baja a las aceras. Podríamos decir que desde esos dos libros el autor sigue siendo un paisajista de sensaciones y que la forma mejor lograda es el collage: imágenes que se superponen a paisajes interiores.

    Ernesto Lumbreras busca romper lo poético en su fórmula externa, no copia ni repite, en su poema dieciocho leemos: “No me gusta la métrica del sí, el oleaje de todas las obligaciones (consteladas, vespertinas, adyacentes) y que en el mejor de los casos viene y va sin acabar de irse o de tocar para mí el aldabón de un libro cerrado, incómodo, de compartir una mesa con frutas del trópico”. Poeta de los objetos menores, de los espacios olvidados, de instantes inadvertidos o inacabados, Lumbreras forma una serie de cuadros que culminan justo con el mapa del cielo. Su juego es ese ir y venir de la inmensidad a lo intrascendente: los poemas son huellas del poeta, su caminar por aquí y por allá, colección de objetos de todo tipo que ha ido guardando y que uno a uno lo conectan con una vivencia, un recuerdo, una idea, una persona.

    Nostalgia y júbilo se van hilando a través de esa mirada ruda del sapo que no es más que una constelación de lo sutil e inalcanzable resguardados en la memoria, en las sensaciones, en el tiempo interior. Desde poemas líricos de un romancero que va enredándose a lo largo del libro (“Llevando un ramo/ de flores silvestres/ (y un coyote/ sobre mis huellas) / he cruzado el mundo/ de los vivos/ para decirte: te amo…”) hasta poemas de una prosa filosófica (“William Wordworth dijo: ‘La buena poesía es el desbordamiento espontáneo de sentimientos poderosos.’ En repetidos momentos he leído esta sentencia del poeta del Preludio; naturalidad y potencia, ni duda cabe, poseen mejores atributos que artificio y sutileza. Personalmente no descarto ni el primer par ni el segundo; me despierta gran simpatía el estado de alerta, la corazonada, el método de composición, el relámpago.”)

    La poética de Lumbreras linda con la oración, con la muerte, es una excavación de la voz para llegar a los ecos de ultratumba. Y va más allá a erigirse como un templo que le canta a la vida desde el asombro y la quietud.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Silvia Eugenia Castillero

    (Ciudad de México, 1963). Poeta y ensayista. Estudió la licenciatura en letras en la Universidad de Guadalajara y posteriormente un doctorado en letras hispanoamericanas en la Universidad Sorbonne Nouvelle de París. Tiene un libro de ensayos: “Entre dos silencios, la poesía como experiencia” (Tierra Adentro, Ciudad de México, 1992). En poesía ha publicado: “Como si despacio la noche” (Secretaría de Cultura de Jalisco, Guadalajara, 1993), “Nudos de luz” (con serigrafías de Rigoberto Padilla, Ediciones Sur y Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 1995), “Zooliloquios” (edición bilingüe, traducción al francés de Claude Couffon, Indigo Editions, París, 1997) y “Zooliloquios – Historia no natural” (CONACULTA, colección Práctica Mortal, Ciudad de México, 2003). Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en los períodos 1993-1994 y 1998-1999. En 2000 obtuvo la beca de estancia para traductores, otorgada por el Ministerio de Cultura de Francia, para traducir una muestra de “Nueva Poesía Francesa” de próxima aparición. Actualmente es directora de la revista literariaLuvina de la Universidad de Guadalajara.

  • En un laúd —la catedral de Silvia Eugenia Castillero

    La visión completa de algo incomprensible

    Silvia Eugenia Castillero, En un laúd —la catedral, Gobierno del Estado de México, Toluca, 2012, 120 p.

     

    “Poseedor del habla, poseído por ésta, cuando la palabra eligió la tosquedad y la flaqueza de la condición humana como morada de su propia vida imperiosa, la persona humana se liberó del gran silencio de la materia. O, para emplear la imagen de Ibsen, golpeado por el martillo, el mineral insensato se ha puesto a cantar.” La cita proviene de “El silencio y el poeta”, de George Steiner, y sirve para acercarse a las premisas compositivas de esta catedral que cabe en un laúd o de él brota. read more

  • Crítica 154

    Revista-154

    Además de Juan Villoro, en el número más reciente de “Crítica”, mayo—junio, número 154, han sido publicados Matías Serra Bradford, Josu Landa, Leonarda Rivera, León Félix Batista, Felipe Vázquez, José Aníbal campos, Víctor Armando Cruz, Daniel Bencomo, Samuel Putman, Hugo César Moreno, Rocío Cerón, Rubén Gil, Balam Rodrigo, Félix Terrones, Álvaro Luquín, Rafael Mendoza y, en la sección de libros “La vigilia de la aldea” Luis Vicente de Aguinaga, Héctor M. Sánchez, Gregorio Cervantes, Ángel Ortuño, Alejandro Badillo, Miguel Hernández, Eduardo Sabugal y Silvia Eugenia Castillero.

    Haz clic en la imagen para leerla.

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  • Cuatro poemas de Silvia Eugenia Castillero

    ULRICA

    Ulrica habría de morir,

    de un lado se creaban nuevas esferas,

    el tic-tac del mundo,

    del otro Ulrica amaba al último hombre.

    Habría de morir.

    Predecía en sus pasos por la nieve

    los futuros hallazgos. Sabía ir pasando

    hacia el futuro: descorrer el umbral read more

  • Eloísa de Silvia Eugenia Castillero

    Amores difíciles, pasiones desastrosas

     

    Qué suerte la mía encontrarte esperándome.

    El mundo se desintegra y nosotros enamorados.

    Líneas de Ilsa Lund (Ingrid Bergman) en Casablanca

     

    Eloísa de Silvia Eugenia Castillero

    Desde sus primeros versos, la Eloísa de Silvia Eugenia Castillero se instaura en un tiempo suspendido que “se alarga” como una gota de agua hasta formar una maleable estalactita verbal… He aquí la materia de su discurso: el tiempo sin tiempo, sin principio visible ni fin probable, del amor ideal(izado): “Eloísa espera. / Un silencio de quilla de barco / al romper las aguas atraviesa cada/ trazo del tiempo, / allí suspendida una gota se alarga / se alarga, / la espera inconclusa/ colgando / de cualquier veta. / Puede ser una rama / rodeada de vacío, / queriendo volcarse en algo, / caer por fin, romperse.” (Las cursivas son de sec). A partir de un puñado de palabras llave (tiempo, espera, silencio, vacío), Castillero construye un ámbito crepuscular doblemente signado por la ausencia y la espera. Una espera erigida en el apocalipsis íntimo que supone la partida del amado (Abelardo tácito, elidido, fantasmal) bajo “un cielo incendiado / —lejanísimo y superficial— / un espectro provisional de luces” que evoca la plasticidad ominosa de los paisajes de Edvard Munch en los que, como en uno de los versos de Silvia Eugenia, “el mundo se caía”. Es interesante confrontar las imágenes desoladoras de esta Eloísa contemporánea con una anotación del Diario del artista noruego fechada en 1892 para constatar de qué misteriosas maneras los lenguajes y sus símbolos se corresponden: “Paseaba por un sendero (…) —el sol se puso— de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio —sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad— (…) yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza”. “Allí me ahogue, / en ese azul desbordado / que tú volviste fin del mundo”, prosigue Eloísa en perfecta consonancia con el apunte del artista. Más allá de la fijación del locus poético en un oscuro y lejano referente pictórico (la Oslo de Munch, con su incandescente cielo de fondo), el escenario evidente de la dilatada espera de la amante es la ciudad de su célebre pasión, un París pluriforme y multitemporal, paisaje interior antes que real, en el que confluyen las voces que habitan estas páginas (diferenciadas por distintas familias tipográficas): la de la poeta cuyas palabras insuflan vida a su heroína trágica; la de la propia Eloísa-Penélope que teje el sudario verbal de su paciente espera hecha de “instante[s] partido[s] en muchos tiempos”; otra más, Eloísa futura o visionaria, que apostilla el discurso de su gemela histórica desde la reconocible urbe contemporánea en que el descenso de la Torre Eiffel es “una trampa del futuro” y los semáforos, los jardines, los bulevares, los canales y las plazoletas se vuelven símbolos aciagos de un naufragio latente, del amor amenazado que es, en realidad, todo amor.

    Parafraseando la célebre sentencia de Tolstói, podría afirmarse que si todas las parejas felices lo son cada cual a su manera, los amores desdichados parecen todos cortados con la misma tijera. De una intuición similar parte el poeta Eduardo Chirinos al afirmar en la cuarta de forros del volumen que: “Admitir que el París contemporáneo es un palimpsesto del París medieval es admitir que cualquier historia de amor que ocurra en esta ciudad es un palimpsesto de la que sufrieron Abelardo y Eloísa”. En este sentido, la historia de los trágicos amoríos de los amantes filósofos es, de algún modo, modelo y emblema de todos los amores malogrados. Conocida o no la historia de Pedro Abelardo y su pupila Eloísa, su impronta subsiste en los cimientos de la ciudad emblema, resplandece en sus tabiques: “De la piedra, Eloísa, / vuelves incandescente, de cada piedra / eres extraída en un cúmulo de años (…) / Pero la piedra te arrebata, / sólo mis sensaciones te reconocen, ruedas / entre los bloques extraídos del suelo, cantos / agudos y esculpidos te arrastran del detalle / hacia el tiempo tumultuario y amorfo.”

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    Más aún: esa huella de los amantes y de la ciudad que los contiene pervive también, además, en la tradición romántica de los amores difíciles y las pasiones desastradas, en la morosa relación histórica de sus relatos, de Rojo y negro a El diablo en el cuerpo.

    En la confluencia en que pasado, presente y futuro se superponen y se confunden hasta formar un único espacio atemporal y abigarrado, una Ciudad Luz crepuscular iluminada por la espera y el deseo, Silvia Eugenia Castillero alza un monumento a los amores sin ventura, a todos los amantes a quienes, como a Abelardo y Eloísa, como a Oliveira y La Maga, como a Ilsa y Rick, siempre les quedará París.

    Texto publicado en la edición 143 de Crítica


    Silvia Eugenia Castillero, Eloísa, Aldus-Universidad de Guadalajara, México, 2010, 80 p.

    Escrito por Víctor Cabrera

    (Arriaga, Chiapas, 1973) es peatón metido a fabulista, poeta y editor. Ha publicado la plaquette Diez sonetos (edición de autor, 2004) y el libro de fábulas y ficciones breves Episodios célebres(Instituto Mexiquense de Cultura, 2006). Algunos de sus versos han sido recogidos en la muestra Un orbe más ancho (UNAM, 2005) y las antologías Los mejores poemas mexicanos Edición 2005 (Planeta/Joaquín Mortiz-FLM, 2005) y Anuario de poesía mexicana 2005 (FCE, 2006). Autor del libro de poemas Signos de traslado, (en prensa). Actualmente es becario del programa Jóvenes creadores, del Fonca.