Rosana Ricárdez

  • En tránsito | Rosana Ricárdez

    Corrimos. Corrimos tanto. Pensamos que habíamos corrido tanto y eran apenas unas cuadras, aunque lo suficiente para sentirnos a salvo. La niña y yo estábamos tan cansadas que, por un momento, me sentí libre. Corrijo, ella estaba asustada. Yo, en cambio, libre. Me sentí libre y enseguida culpable, de esas ocasiones en que dos sentimientos forman un continuum, pensamientos inmediatos, de ésos de indeleble pero delgadísimo borde que se suceden, fronterizos y de difícil distinción. Pero no era un sentimiento de libertad, era una facultad conferida, facultad que sentí momentáneamente mía. Decidí escapar y creí sentir el poder de esa decisión. Decidimos escapar corriendo. read more

  • Rosas negras, de Ana García Bergua | Rosana Ricárdez

    Escarabajo encandilado

     

    Ana García Bergua, Rosas negras, Ediciones Era, México, 2015, 201 p.

     

    La originalidad ha sido y será uno de los temas al que podamos referirnos cuando hablemos de literatura: que si éste me remite a aquél, que si el tráfico de ideas es el único reino real de este mundo, que si mis referentes exclusivos son también los varios miles de escritores en el mundo. Al final, la literatura seguirá tratando del cómo. Rosas negras es eso. Un cómo no sólo ameno sino divertido, con mucha ironía y con una precisión asequible sólo para la ficción. read more

  • Cuartos oscuros, de Jorge Marchant Lazcano | Rosana Ricárdez

    La noche que nunca ha gestado el día en cuartos oscuros

     

    Jorge Marchant Lazcano, Cuartos oscuros, Tajamar Ediciones, Santiago de Chile, 2015, 238 p.

     

    La soledad, la oscuridad del ser, la belleza y la muerte son elementos que permanecen, tras cuatro novelas y al menos treinta y ocho años de escritura, en Jorge Marchant Lazcano. Existen escritores obsesionados con ciertos temas, pero lo que él hace es un repaso de manera diversa, rayano la experimentación, para ver de qué forma existe un acercamiento más a la literatura –quizá al público- y a él mismo, acaso su personaje. read more

  • De la infancia, de Mario González Suárez | Rosana Ricárdez

    Vidas ya vistas

     

    Mario González Suárez, De la infancia, Ediciones Era, México, 2014, 142 p.

    Hablar de la infancia es invocar la memoria, apelar al recuerdo, detenerse un instante o lo pertinente para pensar y recapitular; cortar de ahí y pegar acá, hacer el esfuerzo y traer del ayer al hoy algo soterrado, cuya agitación desata un torrente de nuevos pensamientos o reconfiguraciones de ellos.

    De la infancia es la reedición, en Biblioteca Era, de la novela de Mario González Suárez publicada por Tusquets en 1997. El primer texto al que me remitió el título fue a Infancia, de J.M. Coetzee. La relación aparece de manera evidente por el nombre pero también por la invocación a la memoria. Sin embargo, al cabo de dos páginas, la primera referencia se aleja para aproximarse a Las batallas en el desierto. Se aproxima pero no se reduce a la novela de José Emilio Pacheco; cohabita hasta distanciarse poco a poco. read more

  • La incertidumbre que viene desde dentro | Rosana Ricárdez

    Abro los ojos. Sigo acostada. Al parecer todo está igual, apacible. Son las diez de la mañana de un verano normal. Normal, traducido, es rutina. Lo cierto es que prefiero los días de verano. La grisaille sólo se me da por dentro. Me levanto. De ti no se sabe nada aún. Las cortinas, delgadas y gruesas, derecha e izquierda, están cerradas. Deseo que así permanezcan un rato más. Como de costumbre, corro una del par. Al momento, veo en la terraza a una mujer haciendo alguna forma de tae kwon do o arte marcial que asumo oriental y, por supuesto, desconozco. read more

  • La dueña del Hotel Poe, de Bárbara Jacobs | Rosana Ricárdez

    Autorretrato con collar, hotel, autores y espinas

     

    Bárbara Jacobs, La dueña del Hotel Poe, Ediciones Era-conaculta-uanl, México, 2014, 455 p.

     

    Si hay algo que quienes se lanzan en la canoa de la experimentación deben saber es que puede pegar o no; que el resultado puede hacerlos afortunados o todo lo contrario. El riesgo es adrenalina; y soterrado hay un sentimiento de satisfacción, orgullo y ego en el experimento, pero pocas veces conciencia acerca de una posibilidad de pérdida o, sin miramientos, de fracaso. Se necesita de una fuerza profunda y enorme para aceptar que tal experimento –en el que uno ha fincado sinnúmero de esperanzas, pues por algo se arriesga– puede fracasar.

    Veamos. En la contraportada de La dueña del Hotel Poe se lee: “Texto que viaja de la narración convencional hacia la metaliteratura (…) es un ejercicio fronterizo, un arriesgado experimento en los límites entre ficción, autoficción y no ficción que pone de cabeza (no una sino varias veces) la construcción novelística de la verosimilitud.” En efecto, es un experimento cuyo resultado puede dejar al lector en el limbo por el que transita, read more

  • La fragilidad del campamento de L.M. Oliveira | Por Rosana Ricárdez

    En el país de la falsa tolerancia

    L.M. Oliveira, La fragilidad del campamento. Un ensayo sobre el papel de la tolerancia, Almadía, México, 2013, 149 p.

    Nuestra sociedad es ignorante porque somos ignorantes; nuestra sociedad es fundamentalista porque somos fundamentalistas: somos nuestros propios enemigos. Ante este panorama, la tolerancia funge como opción para sentar las bases de la discusión acerca de aquello que durante años nos hemos empeñado en llamar democracia y, de ser posible, la construcción a largo plazo de una sociedad donde cada uno viva mejor, incluso desde la diferencia —o precisamente por ella.
    La fragilidad del campamento. Un ensayo sobre el papel de la tolerancia es en el fondo una discusión propuesta por el autor para pensar en la democracia de las sociedades actuales. Aunque a la mitad del libro pareciera un monólogo donde a Oliveira poco le importa si lo que piensa queda claro para alguien más —pues él es autor y lector—, el texto se mueve en una voluntad de diálogo. Quizá de eso se trata, de encontrarse con un otro para compartir una charla que lleve al intercambio, defensa y refutación de ideas. Porque, eso sí, nada de falsa tolerancia, ese país donde todas las ideas son respetadas a fin de evitar la confrontación. De hecho, sólo en la confrontación existe la (verdadera) tolerancia.
    El valor del ensayo radica en ser una iniciativa para replantear el tema de la democracia, en la contemporaneidad, desde la tolerancia. En este sentido, es un recorrido de conceptos que se concatenan al final. La manera en que Oliveira plantea el tema es asequible pues lo hace de manera secuencial. Si bien existen discusiones filosóficas sobre el tema, el autor —con todo y citas— hila temas cotidianos con reflexiones muy suyas de la tolerancia y de quien la practica, el tolerante, y de cómo es y no este sujeto.
    Los primeros tres capítulos son un señuelo para el lector, debido a la metáfora que Oliveira establece de la sociedad, en donde ésta es un campamento infranqueable hasta el momento en que otros campamentos, los extraños, idean tácticas para penetrarla. Con tino, apunta que ninguna fortaleza adolece de lados débiles. Es entonces que presenciamos el nacimiento de la ciencia de la fortificación —no sin cierta paranoia social de la persecución y el ahínco de los bárbaros a penetrar la fortaleza propia.
    En este mundo, ese campamento es llamado democracia, “y ésta da la impresión de estar edificada de forma tan sólida que parece no haber manera de derrumbarla, [pero] no hay fortalezas inexpugnables, la democracia también es un campamento frágil [cuya defensa debemos adaptar] a las formas de atacarla: el fundamentalismo, la indiferencia”.
    El segundo señuelo es tragado por el lector. So pretexto de una anécdota en donde discute con una lingüista que afirma carecer de acento, Oliveira dispone la mesa para el tema: solemos estar cegados por la necedad al grado de desacreditar al otro; “cuando alguien se halla sumergido en su realidad, es fácil que tenga la impresión de que sus nociones básicas son compartidas por todos”.
    Aunque por momentos pareciera mera candidez (“¿Qué importa, hablando de filosofía, si las personas saben o no qué es trascendental, sustancia, primer motor? Por más que busco, no encuentro el papel que el conocimiento de estos conceptos tiene en la vida cotidiana”), Oliveira sabe recurrir a la exageración para contraponer ideas y sortear las dificultades de explicar al lector la trascendencia de comprender conceptos (y prácticas): vida democrática y tolerancia, así, de la mano.
    Aun cuando el autor intenta discutir con filósofos cuyo concepto de tolerancia se halla en la superioridad de alguno de los individuos (supone una jerarquía de los mismos), no lo logra y zanja el tema para quedarse con lo que considera conveniente para su propósito. Escoge su definición de tolerancia con todo y justificación “[la tolerancia] es necesaria para fundar una sociedad menos injusta y con más libertades, cuando filósofos y ciudadanos la desdeñan, ponen el peligro los logros que la humanidad ha alcanzado a lo largo de los siglos: las libertades, los derechos, la idea de la igual dignidad de todos”.
    Asimismo advierte que la humanidad no debe dormir en sus laureles tras haber logrado la defensa de ciertos derechos, pues la barbarie siempre puede resurgir. En capítulos posteriores retoma esta idea: “siempre será posible que el mundo que damos por sentado se nos caiga a pedazos”, como le sucedió a Erasmo de Rotterdam y a Stefan Zweig. También porque “la justicia es un proyecto cotidiano que fácilmente se viene abajo si nos descuidamos”.
    El tercer señuelo es el ejemplo de intolerancia religiosa. Imposible de eludir. Y no se trata de la (mancillada) Inquisición sino del protestantismo, de esa veta religiosa inaugurada por Juan Calvino que pretendió (y rindió frutos) disentir del catolicismo. Ofrece el caso de Miguel de Servet y la intolerancia que sufrió por parte de Calvino, a grado tal que éste lo humilló y condenó a morir en la hoguera.
    Los capítulos intermedios sirven para que Oliveira vacíe ideas, unas menos ingeniosas que otras. Unas más académicas que otras (con citas de por medio). Es hasta el capítulo dieciocho donde la discusión con el lector es reanudada, no por el título (La barbarie) sino por la confrontación con los miedos, el miedo de nombrar las situaciones por lo que son: barbarie. Y retoma con ello el hilo del capítulo dos sobre el resurgimiento del mal que, en la civilización, se creía extinto.
    Los bárbaros son los crueles y los violentos, los insensibles, aquellos que se dejan llevar por el vicio de la intolerancia. La barbarie es el imperio del daño que debemos contener, que no erradicar (porque es imposible): en tanto haya humanidad habrá mal.
    Casi con el tono de la intolerancia por el que disiente, Oliveira trae a colación dos casos que estrujaron a quien tuvo noticias de ellos: aberraciones del hombre. Primero el caso de Elisabeth Fritzl, secuestrada por Josef Fritzl, hija y padre, durante veinticuatro años; segundo, el de Natascha Kampusch, austriaca secuestrada durante ocho años. (Aquí Oliveira incurre, me parece, en una falta cuando asegura que fue violada sexualmente. No peco de candidez cuando hago el señalamiento: aunque inferimos que hubo agresión sexual, la víctima nunca admitió tal violación, y ello me parece una barrera de seguridad impuesta por ella para con el resto de la humanidad, que ésta infringe al ponerle nombre y apellido –violación sexual-. Ninguna autoridad validó la agresión sexual. Suficiente tenía ya Kampusch con la privación de la libertad para insistir en llamarla violación sexual. El País, 01-04-2012 y 08-05-2013.)
    Oliveira aprovecha estos casos para ejemplificar que “el hombre puede tomar decisiones equivocadas sólo por el hecho de no pensar en la subjetividad de los demás”, no sin advertir que la humanidad debe cuidarse de albergar esperanzas sobre la desaparición de la barbarie; al contrario, debe aprender a vivir con ella y a luchar en su contra, porque en la medida en que sea admitida será contenida y repelida. Ante ello, la indignación juega un papel fundamental.
    Pero, ¿quiénes habitan esta barbarie? La respuesta, por fortuna para los amantes de respuestas prontas y expeditas, es develada: los cínicos, los desalmados, los ignorantes, los fundamentalistas.
    Los cínicos, no a la manera de Diógenes de Sínope, son los que “desprecian la civilidad y abusan de ella, egoístas que ascienden y viven a costa de los ciudadanos solidarios y tolerantes que se preocupan por la concordia, la estabilidad y la justicia”. (Debo apuntar que los cínicos existen y los veo por doquier, pero aún no he tenido el placer de conocer a los ciudadanos de los que habla Oliveira: los siempre solidarios y tolerantes. Quizás ahora es el autor quien peca de candidez o de una visión dicotómica que, por desgracia, no existe salvo en la teoría.)
    Los desalmados, también nombrados cero empáticos, son aquellos incapaces de sentir solidaridad por el otro, aquellos erosionados de empatía —término tomado del psiquiatra Simon Baron-Cohen—. Se refiere a los incapaces de relacionarse con el prójimo de otra forma que no sea como objeto, impelidos para comprender el sentido de yo-y-tú. Oliveira aclara que se habla de empatía “cuando suspendemos nuestra perspectiva unilateral y ponemos atención en los demás”, ello supone la consideración del otro en tanto sujeto. En ese sentido, tolerancia y empatía se abrazan.
    Los ignorantes. Aquí no se habla a partir de la ignorancia (la duda) que genera conocimiento sino de la miope, pues quienes la ostentan no saben que son ignorantes. Lejos de “trabajar por el bien común se aferran a sus intereses”, por lo que resulta evidente que no reconocen la diversidad. El ensayista no escatima en ejemplificar y lo hace de manera directa. Si alguno tiene oídos para oír, oiga: “Los ignorantes miopes limitan su participación democrática, cuando la practican, a votar. Eligen al candidato más por la influencia que sobre ellos ejercen la televisión, los llamados líderes de opinión y la propaganda política, que por los programas de gobierno propuestos y por el bien común.”
    Por último, no menos escabroso, aparecen los fundamentalistas, para quienes existe una única forma de ver el mundo, de vivir. Por lo que sobra señalar que la tolerancia no habita en ellos ni puede ser desarrollada. Sólo admiten un camino. Ante estos habitantes (nosotros): la indignación.


    Escrito por Rosana Ricárdez

  • El idealista y el perro de Guillermo Fadanelli | Por Rosana Ricárdez

    De mero idealismo

     

    Guillermo Fadanelli, El idealista y el perro, Editorial Almadía, México, 2013, 146 p.

     

    Poca relación podría establecerse, a priori, entre un idealista y un perro cualquiera. Menos aún si los artículos, en lugar de indefinidos, fueran definidos pues la especificidad desconcertaría: el idealista y el perro… ¿De quiénes se trataría? Fadanelli establece tal relación.

    El idealista y el perro, de Guillermo Fadanelli (Ciudad de México), es una segunda vagancia por su pensamiento, continuidad del elogio publicado en 2008, aunque recargado pese a mediar, de él mismo, Insolencia, literatura y mundo (Almadía, 2012). Se trata de un libro de ensayos, cada uno a la Michel de Montaigne del siglo xvi; un segundo vagar por el pensamiento, quizá porque se le hizo costumbre intentar conversar con el lector para que dejara de ser sólo espectador, quizá porque se le hizo costumbre dejar de lado las notas al pie de página que la modernidad (y la Santa Academia) ha hecho con el ensayo, quizá porque, cansado de las citas rigurosas, hace lo que le place, o quizá por mera madurez.

    En Elogio de la vagancia (Lumen, 2008) advierte ya que el lector tiene entre sus manos una introducción. ¿A qué? A su mente, tal como vaga en el baño o en la cocina, en un parque cualquiera o cuando corre por Chapultepec y, lejos de pensar en los temas profundísimos de la humanidad, se interpela sobre el desquicio del tránsito, la contaminación, las mujeres, los engaños, las mentiras y la literatura; a su pensamiento arbitrario y vago que pasa de un tema a otro sin mayor justificación que la voluntad; a su deseo de hablar un minuto sobre la (inexistente) demencia de los bebedores y el otro de la libertad de los juicios, de la novela o de la técnica. No obstante, lo que sucede en El idealista y el perro es peculiar pues, por cierta soltura, el texto goza de mayor madurez. Si bien existen algunos descuidos-erratas en la forma (así es el vagar), Fadanelli los justifica al decir que la perfección y la obsesión son pretensión. La limpieza no le va. Más allá: acusa a aquellos autores demasiado cuidadosos de pedantes y advierte que desconfía de ellos: “A ojos de un idealista la esencia de las cosas o su sentido no se altera por la presencia de unos cuantos accidentes en la superficie: el idealista sale en busca de su perro y no le importa si el camino que debe tomar para ello es el de la razón, la beatitud o las artes.”

    Pero sus descuidos-erratas se deben, quizás, a un descuido adrede para justificar el constante errar en el mundo, nuestro errar; el andar sin rumbo que se traduce en el vagar que, por fuerza, significa equivocarse sin morir en el intento ya que sólo la muerte, gran tema de la literatura, aniquila el error.

    Para el lector juicioso este compendio de vagancia resultará curioso a primera vista, en tanto los ensayos no se dividen en capítulos —ese lector juicioso se dará cuenta que no hay índice— sino en subtítulos: dieciséis. (Imposible evitar pensar en el Monólogo de Molly Bloom, en ese paseo por el pensamiento vago.)

    Retomo la idea de madurez en su escritura. Paradójicamente, leo en Fadanelli y en su vagancia cierta precisión en el lenguaje, mayor holgura y desparpajo al no justificar la inclusión de un tema, pero exactitud al hablar de él, a sabiendas del lugar al que desea llegar.

    Los temas abarcan desde seres vivos (mujeres, jóvenes, perros) hasta la condición humana (pedantería y antipatía), pasando por sustantivos escalofriantes que también reflejan esa condición humana (soledad, olvido, soltería, brevedad, placer, censura), sin dejar atrás la literatura y la muerte, ésta de alguna manera en binomio mujer-muerte.

    Tal vez sea por cuestión de género que resulto propensa a hablar de las constantes referencias a la mujer —y con ello no imploro a las feministas, antes todo lo contrario—. Resulta curiosa la forma en que apela a ella: Fadanelli reconoce su audacia, la que Eva atribuyó a la serpiente –a fin de cuentas ésta también en femenino. En “Un comienzo” apunta: “las mujeres pueden hacer el mal desde la quietud o la calma”; en “Mujeres”: “Con qué ligereza son capaces de declarar su amor a una persona a la que no ven desde mucho tiempo atrás. Escriben a hombres ideales, que no concretos” y “Si creemos en la existencia de las mujeres, tenemos en consecuencia que depender de la muerte”.

    Mujer-muerte-literatura, en trinomio, más arte. ¿De qué más podría hablar un escritor? La literatura en tanto manifestación artística capaz de plantear escenarios y de permitir que el escritor se camufle, por minutos, de pitonisa. Humillación resultaría ser objeto de desgracias que, a través de la literatura, no hubiera previsto: “La literatura ayuda un poco en tales cuestiones. De lo contrario estaríamos refiriéndonos a un oficio inútil. Es diligente adelantarse a los males físicos antes de que éstos ocupen la casa del cuerpo. (…) Es bueno abrir las ventanas y escuchar el sonido que produce la olla donde seremos cocinados.”

    El escritor piensa: mujer-muerte-literatura, y descortesía sería no hacerlo si esta mujer-muerte piensa en uno todo el tiempo. La literatura es la invitada para allanar el camino, para dejar atrás la estupidez humana como una herencia irrebatible; para tener memoria, arma necesaria para enfrentar a los tiranos; y para aceptar que lo amado nos es misterioso y así vivir al menos con algunos cuantos cominos de decoro.

    El libro es, como todo ensayo, una disección del autor: “le otorgo un gran valor al hombre mediocre que no hace daño a nadie y que considera que su presencia casi todas las veces es innecesaria”. ¿Falsa modestia? ¿El autor se tira para que el lector lo levante? Desconozco la respuesta, pero no en vano coloca estas palabras en el apartado titulado “Mujeres”, precisamente en el fragmento donde describe la relación que existe entre el hombre inclinado al bien con sus obsesiones personales, en la descripción del vanidoso, el cobarde, el fantoche versus el humilde, el bueno, el que pasa desapercibido. ¿Se trata de Fadanelli? Claramente sí y no: sí, porque es la descripción que hace de un hombre bueno cuya humildad merece reconocimiento. No, porque pertenece al idealista y no al real, pertenece a la descripción del que ha reflexionado y, concienzudamente, define el objeto, sin el vacilamiento del vagar, sin la desmesura del impulso, sin la originalidad del que se enfrenta por vez primera a lo desconocido, sin el ímpetu irreverente del primerizo que se avienta por no quedarle opción de recular.

    Sin duda —ahora que lo pienso, me gustaría creer que es sin duda— el lector apreciará la ausencia de citas rigurosas y, a la vieja usanza, el uso de la memoria de Fadanelli cada vez que el tema le refiere una lectura o un autor. A eso llamo madurez, a la ausencia de miedo por justificar pues para ello está la Academia (y aún así). En la literatura, el lector confía en el autor, una vez signado un pacto que compromete a enunciar no sólo verdades sino verosimilitudes.

    Me parece que el desparpajo de Fadanelli en el ensayo es similar al “no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal” de Mateo (6:34), afán acusado ya por Séneca en la epístola 98 cuando apunta “Desgraciado es el ánimo al que el futuro inquieta”. Y justamente por ello, Fadanelli no se ofusca si a alguien no le gusta su estilo. El libro está más hecho para él que para los demás, para establecer una conversación con él, aunque, como todo ensayista, albergue la esperanza de que del otro lado alguien lo escuche y quizás asienta para concluir dándole la razón. Porque, ¿qué es un ensayista si no un afanoso con ánimos de convencer al otro de su razón?

    A diferencia del francés en la edición de sus Ensayos completos, este mexicano no advierte al lector que lo que tiene en las manos “es un libro de buena fe, hecho para hallar en él rasgos de su condición y humor, con defectos e imperfecciones y modo de ser, sinceridad”, pero más vale que el lector esté consciente de la falibilidad de un libro de ensayos.


     Escrito por Rosana Ricárdez

  • Cuentos para damiselas

    APOCALYPSE NOW

    Comienzo con el fin del mundo. Después de la destrucción, reinó la nada, no el caos, esto es mucho mejor. La nada sentada: la nada nadaba. La nada sentía. La nada rumiaba. La nada pensaba. La nada, por fin, no tenía que preocuparse por el humano. La nada acabó con él. La nada acabó con la ceguera de Anders frente al Apocalipsis que su raza protagonizó. read more