Rolando Sánchez Mejías

  • De aforística dispersa | Rolando Sánchez Mejías

    De las dialécticas del amor

    El amor, como casi todas las cosas, tiene dos caras: instruye y destruye. Dependiendo del desequilibrio, la preponderancia de una de sus caras, recibiremos demasiada instrucción o demasiada destrucción. Hay quien prefiere el amor como sucedáneo de una pedagogía de la vida. Y así halla enseñanzas hasta en las más imperceptibles palpitaciones del corazón, elaborando las más refinadas estrategias contemplativas. read more

  • Ritmo hesicástico, podemos empezar | Por Rolando Sánchez Mejías

    Creo –o soñé que creía creer– que a cierto filósofo, al mostrársele una catedral, le inquirieron, entre malévolos, curiosos y cazurros: “¿Puede su señoría verla de golpe?” read more

  • Escrituras

     

    El tren va a partir.

     

    Breve filosofía del tren: ad infinitum.

     

    Mis manuscritos en las piernas.

     

    El recital en Matanzas va a ser insulso.

     

    Mi hijo (como aquella vez) recogerá jazmines para el té, en el patio donde el viejo poeta parecía un mujik elegante.

     

    ¿Cómo puede ser medida la soledad?

     

    En el tren.

     

    Es decir vas ad infinitum el tren golpeará el Tiempo se abrirá paso en la costra de realidad y en su propia realidad es decir el tren será abolido y tendrás tu cuota de soledad.

     

    ¿Pero cómo explicar lo que es imposible explicar?

     

    O mejor: “De lo que no puedas hablar mejor cállate.” (Wittgenstein.)

     

    Amo de una manera especial a los gatos.

     

    Eso es, saltar.

     

    ¿Pero cómo explicar lo del gato en relación con la idea que tengo del salto y del tren?

     

    Nada, que mi gato no será nunca tu gato.

     

    Ya tú lo sabes.

     

    No obstante: “Quien me oiga asegurar que el gato gris que ahora juega en el patio es el mismo que brincaba hace 500 años dirá que estoy loco pero.” (Schopenhauer.)

     

    Entonces vuelves a saberlo pero de una manera novedosa a través de otro viejo y voluntarioso filósofo.

     

    Y así ad infinitum.

     

    El viejo poeta también estaba harto.

     

    Harto de las flores harto de su voz harto de su borrache­ra harto de sus perversiones harto de parecer un mujik, en fin.

     

    Él fue en su tren.

     

    Iba en tren con su cuota de soledad y a cada rato sacaba la botellita y se empapaba la barba fracasada su conversión, etc.

     

    Pero la soledad del gato es superior.

     

    Es como la soledad de un tren solo.

     

    Yo aspiraba desde niño a una conversión de mi soledad, es decir yo amaba las cosas de otra manera.

     

    Eso quiere decir que ahora las amo de una manera distinta de aquella vez.

     

    Por ejemplo en estos momentos puedo levitar pero no tiene sentido.

     

    Bueno sí habría una conversión hacia afuera.

     

    No sé cómo explicarles esto que para mí tuvo algún sentido.

     

    ¿Qué sentido hay entre el viejo poeta recitando y mi hijo recogiendo flores?

     

    Las flores estaban destinadas a un té futuro escapado para siempre.

     

    Ya para entonces el viejo poeta estaría muerto.

     

    Muerto ad infinitum.

     

    ¿Y cómo explicar a mi hijo en su soledad actual?

     

    Son tiempos difíciles, empezaría así.

     

    La dificultad esencial de estos tiempos: la capacidad de levitar sin razón.

     

    En una callecita de Armenia vi levitar a un hombre.

     

    Se levantó a unos 10 cm. del suelo.

     

    Después se sentó y abrió una lata de cerveza que le ofreció un turista.

     

    Parecía (el armenio) un dios maligno de cejas pobladas en una postura de abandono pero en realidad.

     

    Esa tarde ella me habló de mi incapacidad de amar.

     

    Lo que es igual a mi incapacidad de conversión.

     

    Esa tarde el pene colgaba como un péndulo en el espejo (esa tarde fuera del Tiempo y no obstante era otra la realidad desde el punto de vista de ella).

     

    Corno era otra la realidad cuando el viejo poeta regresó en su tren.

     

    Iba dormitando.

     

    La saliva le goteaba en su barba canosa.

     

    Había leído unos cuantos poemas y había sido elogiado por un tropel de poetas jóvenes.

     

    Luego regresó en su tren.

     

    Dormitando (¿muriendo?) contra la ventanilla.

     

    Aquella tarde tuve una maravillosa conversación con ella.

     

    ella. Estás incapacitado para amar porque tu realidad. (El pene como un péndulo etc.).

     

    yo. Tú amas crees en la realidad pero tu soledad es ad infinitum.

     

    (En la sábana su cuerpo vivo o sea en circunstancias en que esas palabras tienen algún sentido.)

     

    ¿De qué sirve la prosa?

     

    Hay un cuento muy didáctico al respecto.

     

    En el convento de una selva un monje duda dela Eternidad.

     

    Le parece muy largo ese tiempo.

     

    Entonces sale al bosque y ve un pájaro encantado.

     

    Lo persigue hasta la noche sin resultado.

     

    Opta entonces por regresar sin el pájaro.

     

    Pero ocurre que el convento ya no es el mismo.

     

    Todo ha cambiado casi todo ha muerto.

     

    Imagínense que han pasado 20 años que le han parecido al monje un par de horas.

     

    Y yo me pregunto, ¿si hubiera capturado al pájaro encantado qué hubiera sucedido?

     

    Mientras escribo esto oigo a Szymanowski.

     

    Es un compositor polaco lo que quizás explique su violín doloroso ad infinitum

     

    Doloroso y ad infinitum como un pájaro encantado.

     

    A veces la música es puro dolor pero al fin y al cabo eso no parece tener importancia.

     

    ¿Es que en tiempos de desamparo también sobran los músicos los prosistas etc?

     

    Al subir el tren vi a la señora con su hijo hidrocéfalo de ojos verdes como la muerte.

     

    Nos sentamos cerca ella junto a él algo impenetrable divino una realidad como una cripta entonces él cabeceó en un bostezo de extraña nobleza (¿como la muerte?).

     

    Pero al fin y al cabo la muerte no es ese problema.

     

    Ella me lo hizo saber aquella tarde.

     

    (¿Cómo decir lo que ella no quiso decir?)

     

    No obstante algo se volvió vital torpe entre los dos y la imagen del péndulo fue modificada hacia.

     

    Lo supe al subir al tren.

     

    Como lo supo el viejo poeta al subir al suyo, ya de vuelta, sabiendo que aquello era la muerte contra la ventanilla más allá la realidad etc.

     

    Dentro del tren su soledad como el vacío perfecto, cuestión que ignorábamos afuera al agitar las manos el tropel de jóvenes escritores.

     

    La historia de la señora y de su hijo hidrocéfalo quizá sea la misma, lo único que cambia son las circunstancias.

     

    Como otra es la historia de Nietzsche loco en su tren.

     

    Otro filósofo viejo y voluntarioso.

     

    Los bigotes enormes y debajo los labios secos.

     

    Labios que murmuraban ininteligibles serenos y absolutos.

     

    Tren de Turín a Basilea.

     

    Una campesina lleva una cesta por donde asoma su cabeza una gallina.

     

    El tren entra en el túnel de San Gotardo.

     

    30 y pico de minutos de absoluta oscuridad en tren.

     

    (¿Absoluta como la muerte?)

     

    La gallina en uno de los instantes de los 30 y pico de minutos le da por picotear contra la cesta es decir contra el silencio absoluto de la oscuridad en tren.

     

    Y en ese mismo instante Nietzsche canta su último poema.

     

    El canto era tan intenso como la vida.

     

    Porque Nietzsche ya había resuelto el problema de su vida y de su muerte.

     

    (Lo que se llama matar 2 pájaros de un tiro.)

     

    O sea de manera absoluta sin que mediaran los labios la gallina la campesina el traqueteo del tren los 30 y pico de minutos es decir todo lo de más acá donde tú y yo estamos mientras.

     

    Una vez un niño le dijo a un amigo mío: Veo los bigotes que no tienes.

     

    Entonces mi amigo miró a su gato tan distante en su interior (el gato).

     

    Aunque este sería su gato y no el mío ni el tuyo como ya pudimos darnos cuenta.

     

    De esta misma forma yo no puedo penetrar la historia de la señora y de su hijo hidrocéfalo.

     

    Será porque nuestros motivos para estar aquí presentes no son los mismos.

     

    Los ojos de la señora: inmensamente pequeños de esa falsa profundidad que hay en los ojos de todos los viejos (incluidos los filósofos anteriores y el viejo poeta ahora muertos de una manera absoluta).

     

    Los ojos del niño hidrocéfalo: como la superficie de 2 verdes lagos soñolientos casi inverosímiles ninguna prosa podrá narrarlos así que.

     

    Ojos ad infinitum.

     

    Pero es un tren lechero hacia Matanzas entonces sus ojos me observan de una forma particular que no puede describir, es el precio que hay que pagar por la falta de absoluto en las palabras.

     

    la señora. Parece que va a llover.

     

    yo. Sí, es posible que llueva.

     

    (El hidrocéfalo señalando con la cabeza un par de nubes pendulares y muy grises.)

     

    la señora. Qué bueno porque hace calor.

     

    (¿Cómo decir lo que a la señora le da lo mismo decir?)

     

    (¿Cómo decir lo que el hidrocéfalo no puede decir?)

     

    (¿Cómo decir lo que el viejo poeta y los viejos filósofos no supieron o no pudieron o no quisieron decir?)

     

    El hidrocéfalo levanta su índice hacia el cristal bamboleando la cabeza con 2 lagos absolutos.

     

    la señora (señalando al niño.) Él toca de lo más bien el piano y usted escribe ¿verdá?

     

    Por los manuscritos los ojos cansados como la muerte (son tiempos difíciles más o menos de desamparo) todo lo que por prosa acumulativa era esa realidad que estaba frente a la señora y su idiota.

     

    la señora (señalando al niño). Él toca unas cuantas cositas de Mozart.

     

    Entonces la risa la estupidez la saliva del idiota colgando de un instante del Tiempo el índice aún enlazado al par de nubes grises y pendulares.

     

    la señora. A ver mi’jo enséñale tus manos a este muchacho que escribe.

     

    En un túnel de luz donde estamos vivos en la blancura real de una intensidad tal que.

     

    La Habana, 1990

    Texto publicado en la edición 148 de Crítica


    Escrito por Rolando Sánchez Mejías

    (Holguín, Cuba, 18 de junio de 1959), escritor. Reside en Barcelona desde 1997. Premio Nacional de la Crítica de Cuba 1993 y 1994.

    Estudió química industrial en Cuba. Cultiva la prosa de creación literaria y ensayística y la poesía, y ejerce de profesor de creación literaria. Ha vivido durante algunos períodos en Francia y Alemania. Imparte cursos y conferencias en numerosos países. Fundador, en 1993, en La Habana, del grupo Diásporas, así como de la revista del mismo nombre. Algunos de sus relatos, ensayos y poemas han sido antologados y/o traducidos a varios idiomas, entre ellos al inglés, alemán, francés, checo y al portugués.

    Obras

    • Collage en azul adorable (Letras cubanas, 1991)
    • Cinco piezas narrativas (Extramuros, 1992)
    • La noche profunda del mundo (Letras cubanas, 1993)
    • Derivas (Letras cubanas, 1994)
    • Escrituras (Letras cubanas, 1994)
    • Cálculo de Lindes (Aldus, México, 2000)
    • Historias de Olmo (Siruela, Madrid, 2001)
    • Cuaderno de Feldafing (Siruela, Madrid, 2003)
    • Cuaderno blanco (Linkgua, Barcelona, 2006)

    Incluido también en el libro colectivo Nuevos narradores cubanos a cargo de Michi Strausfeld (Siruela, 2000, 2002)

    Ha antologado:

    • Mapa imaginario. Nuevos poetas cubanos (La Habana, 1995)
    • 9 poetas cubanos del siglo XX (Mondadori, Barcelona, 2000)
    • Obras maestras del relato breve (Océano, Barcelona, 2002)
    •  Antología del cuento chino maravilloso (Océano Ámbar, 2003)