Reynaldo Jiménez

  • Tres poemas

    CUANDO LLEGUE el tiempo dile que aún es temprano

    que hay una fiesta diminuta bajo el zapato

    que dejaron tirado y fue pescado como ombligo

    de innacido tirano desterrado

     

    dile sin embargo que nunca será demasiado tarde

    para aliviarle resaca al espantapájaros que baila

    con los cuervos de vicente volatilizándose al ras

    de aquel apuro por llegar a tiempo a su momento

     

    las campanas tibetanas no se cansan de alzar

    la suave alegría de la mañana intocada librada

    batalla en un detalle del follaje que sacude

    tan sólo un rumor que no ha llegado

     

    cuando pienses en quien te ha mordido

    no lo mates con el relámpago de tu dolor

    lo arrancado no se encuentra suelto

    del envío abisinio del esclavo sobrevivo

     

    a la penuria con su éxtasis salado

    a la migraña desde el poso de un abismo

    a la encrucijada con hambre de espantajo

    a la mordedura de lo mismo que te abre

     

    dile al emisario del abismo que he salido

    en busca de una senda en otras manos

    camino al lugar donde borra el destino

    a su predestinado a tiempo de ser a tiempo

     

    es el espejo clásico extraviado en el ático

    es la confianza ruda de una sola mano

    es el tráfico incendiado por las horas

    es la hoja que arrancaron los que amaron

     

    cuando escuches que algo llega a enredarte

    salta hacia la capital de la alegría

    se trata de un lugar que está en tu axila

    o entre los pliegues de esa prestada camisa

     

    cuando llegue el tiempo y se haya ido

    con los ojos dados vuelta como un zombi

    sobre el hilo eléctrico de las conexiones

    en un espejismo privado hacia la hora

     

    y se haya ido tu distancia con el frío

    hasta contarte la dulzura ríspida del sonar

    de la montaña tras la montaña de los años

    ellos mismos confundidos con sus sombras

     

    ser tan rápido como el abismo que imanta

    o tan agudo al desenvolver tus agonías

    para desplegarlas en el mantel del picnic

    mientras al mirarlas las hormigas muerden

     

    cuando el tiempo traiga su ángel sin guardia

    dispense al dragón por su inocencia tácita

    por el silencio fogoso que comprende

    los breves movimientos de guadaña

     

    rasga el cereal para el futuro pan de los colores

    sopla la paja del sombrero incrustación de velas

    tu autorretrato como mortaja de tu otro

    por un camino que se vuela y se difunde

     

    al sinfondo del campo sigue el pulso

    tallando la callada espesura paralela

    una espiga enredadera en una espina

    palabra vera para aquello que no vino

     

    el destino se propague por temblarte

    dile apenas que me fui a la playa

    con la canoa y unos remos habitados

    por la marea sin peso la marejada

     

     

     

     

     

     

     

    la incierta felicidad desprende un rumor de pátinas para la llovizna

    es la mañana siempre y la noche nunca se desgarró mientras crece

    la luz vacía sin vacilar estira los brazos novia inconstante del hambre

     

    se dividen las jornadas en un arremolinarse las hojas se conciben

    las preguntas del precipicio que suele aparecer a eso de las doce

    fatiga del viento contra los amplios entretelones con sus moscas

     

    me quedo mosca contra el atrapapeles contra el rol agusanado

    manzana en la boca del divino cerdo corazón del banquete

    pierdo confianza en el tiempo para encintar los labios de apagón

     

    la soledad es un puente pulpo en todas direcciones gira el muy

    soplón y atiende a cada una de las dudas que carcomen la pieza

    de estalactita pura como el abismo maternal incluso tierno

     

    con sus mansedumbres ovejíadas me deja en la estocada

    a un palmo de certeza a media distancia de vida íntima supurada

    diseminación de bordes de botellas verdes azules transparentes

     

    sobre todo los filos agudos de la transparencia antigua de embrujar

    en la inacabable cola del cometa oroboro que rodea con espinas

    el sagrado corazón de este zancudo

     

     

     

     

     

    llegó el ángel del deterioro el gran angular de diagonales

    con las alas apagándose en una pasión de sufrimiento tal

    que a palos de ciego mortificaba la yacente carne aguzada

    por los inminentes gusanos de seda que irían a deshilarla

    en los pasillos cada vez menos hospitalarios sacudíanse

    esas alas del cabrón con su campanita al cuello y su lirio

    en especie de ojal que rechinábale el rabillo perspicaz

     

    sus melenas cambiantes como un coral en plena espuma

    se agitaron un instante para que otros ojos habitasen

    aquella inmediación entre la zona viva y la que partirá

    en cualquier momento neutro se trata de la misma bronca

    con que las luces de las distancias agujerean el pecho

    la continencia espectral de un sucedáneo entre el daño

    al correr de esas distancias con sus dioseznos apretados

     

    iba corroyendo ese filón manantial que ensordecía

    traía catástrofe a la primera línea fugaz del trampolín

    desde donde saltaban sin sentidos los tres monos

    sus partos de susurro o labia o confidencia al oído

    de ese guardiancillo desmelenado sacudiendo adornos

    en todos los cuartos del cuchicheo adonde se posaran

    alas de murciélago sobre un lago esmeralda de la sed

     

    junto al martirio del lecho el lechoso légamo invernal

    raíz arrancada de linfas poderosas que discurren

    sin más por el zarpazo suave del hálito del ángel del

    desgaste con sus oros el orate de gas haciéndose

    parte de lo que arranca la carne de su nido adentro

    o su afuera en los campos inminentes

    en los afluentes de distancias que acaparan el ansia

     

    y al correr atravesaba murallas y a su dios tragaba

    y se atracó matraca de salva entre las alas de polilla

    olor a podre de frutas acidez amurallada suspicacia

    tan suspicaz el lenguaraz desangelado

    sus ojos niebla a punto de estallar nunca

    royendo el fémur del consuelo incrustación

    de zonas que se filtran por el disfraz del exangüe

     

    con túnica vertebral esa prisión de costillares

    ese costado a punto de hablar por dónde llegar otro

    al correr esas fragancias con los dones agitados

    presas en combustión a través de la salina que

    suspira párpados al fondo cuando el yacente

    en brazos de este ángel se abandona al ángulo

    justo a la cabecera de la cama junto a su relojeo

     

    hecho de huecos específicos

    compuesto como una orquesta de plumajes

    desasidos de la costura de la selva carnal

    del niño rosado que se lima los dientes

    de umbral en umbral el arpista en harapos

    entonaba su cántico a la sombra

    cristalina y vitalicia en su epicentro

     

    llegó el ángel y a su cobayo le dijo eres mío

    mi servidor eres y yo tu amortajador lo dijo

    con esa gracia de peso pluma que contiene a los

    ex presos con una especie de planicie en la voz

    resonador del juicio que habrá que abolir cuando

    sea por ahora sea hay un sudario y debajo

    antropomorfo el saltamontes su antro retuerce

     

    no querría irse no querría pasar al otro lado

    del espejuelo que lo ajustaba como un traje

    aprestado como una copia del rostro hecha

    trizas sobre una superficie de brisa terminal

    con la presión de los dientes y uñas

    el puño erizándose al contacto

    el ala perseguida por el ala

     

    pieza probable de la eternidad que se comía

    sin vergüenza alguna los rincones por entonces

    surgieron motines de ángeles amontonados

    del deterioro rondando desharrapando

    como la llama hacia la borrasca del rostro

    borra en el sudario inexorable se apolilla

    al deponer su ignorada copia sobre los rasgos

     

    Texto publicado en la edición 146 de Crítica


    Escrito por Reynaldo Jiménez

    Nació en Lima en 1959. Reside en Buenos Aires. Publicó Tatuajes (1980), Eléctrico y despojo (1984), Las miniaturas (1987), Ruido incidental/El té (1990), 600 puertas (1993), La curva del eco (1988, segunda edición, 2008), Musgo (2001), La indefensión (2001), Sangrado (2006). Dos antologías breves: Shatki (2005, selección, traducción al portugués y prólogo de Claudio Daniel) y Ganga (2007, selección y edición de Andrés Kurfirst y Mariela Lupi, prólogo de Mario Arteca.)

    También ha publicado, en prosa, Por los pasillos (1988) y Reflexión esponja (2001). Como antólogo: El libro de unos sonidos. 14 poetas del Perú (1989) y su versión ampliada El libro de unos sonidos. 37 poetas del Perú (2005). Compiló con Adrián Cangi Papeles insumisos de Néstor Perlongher (2004). Del portugués tradujo parcialmente la obra de varios poetas brasileños. Desde 1995, junto a Gabriela Giusti, produjo la revista-libro (y el sello editorial) tsé-tsé. Con Fernando Aldao, bajo el nombre de Atlanticopacífico, editó el cd La indefensión (2002), y como Ex puso a circular otra parte de sus grabaciones en internet, donde también publicó recientemente algunos videopoemas.

  • Crítica 146

     

    El último número de la Crítica del 2011 es el 146. La abre el escritor colombiano Luis Miguel Rivas, que participará en el programa de la FIL, “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”. Además nos acompañan Andrea Kurtz, Idalia Mojerón Arnaiz, Reynaldo Jiménez, Juan Villoro, Rafael Zamudio, Alberto Chimal, Eduardo Padilla, Gerardo Piña, Pablo Sánchez, Julián Herbert, Carlos A. Aguilera, Fabio Morábito, Felipe Vázquez, Alejandro Badillo, Carmen Boullosa, David Cortés Cabán, Luis Fernando Cruz Carrillo, Carlos Ulises Mata, Daniel Bencomo, Gregorio Cervantes Mejía, Víctor Hugo Martínez Bravo, Eduardo Sabugaln y Francesca Dennstedt.

    SUMARIO:

    Luis Miguel Rivas
    Escribo para que no se me olvide 3Andreas Kurz
    Confesiones de un racionalista 9Idalia Morejón Arnaiz
    Elogio del folletín 18

    Reynaldo Jiménez
    Tres Poemas 23

    Juan Villoro
    Escribir cartas: pedir que el tiempo exista 30

    Rafael Zamudio
    Las vías insomnes 54

    Alberto Chimal
    Generación Z 64

    Eduardo Padilla
    Cuatro poemas 77

    Gerardo Piña
    Oráculo 83

    Pablo Sánchez
    El liderazgo de la ficción 97

    Julián Herbert
    Cuatro poemas 105

    Carlos A. Aguilera
    El estremecimiento de los intelectuales:
    entrevista a Idalia Morejón Arnaiz 115

    Fabio Morábito
    Prosas 124Felipe Vázquez
    Seis notas sobre la poesía de Morábito 127Alejandro Badillo
    La señal 137

    Carmen Boullosa
    Cincuenta cuerpos extraordinarios 145

    David Cortés Cabán
    Seis poemas 156

    Luis Fernando Cruz Carrillo
    Diablo 159

    Carlos Ulises Mata
    La mirada hermenéutica 167

    Daniel Bencomo
    La dicha de lo dicho 173

    Gregorio Cervantes Mejía
    El peso de los recuerdos 176

    Víctor Hugo Martínez Bravo
    Con un cuerno de chivo en Wall Street 178

    Eduardo Sabugal
    La caja verde de Cristina 184

    Francesca Dennstedt 
    Un ejemplar de chotería 188