Venenos de Dios, remedios del Diablo. Las incurables vidas de Villa Cacimba de Mia Couto

Traducir desencuentros por: Francesca Dennstedt

Venenos de Dios, remedios del Diablo: una escritura hace por sobrevivir en un país que, desde su reciente independencia, aspira a crear no sólo su historia sino también su lengua e identidad. Para Mia Couto, la literatura juega un papel importante dentro de la búsqueda de un lenguaje que sirva tanto para comunicarse como para traducir la cultura; es decir, un lenguaje que mezcle, de manera natural, el portugués de Portugal con el de Mozambique y con las lenguas nativas, lleno de neologismos propios de la palabra oral, y que, de forma constante, aluda al folclor mozambiqueño. Tal parece ser la línea central en que se desarrolla la propuesta literaria de este escritor, con la cual se ha ganado la atención de la crítica y la comparación con escritores como Guimarães Rosa y Mario de Andrade.

En Venenos de Dios, remedios del Diablo, el escritor busca poner a prueba el discurso de la traducción y hacer explícitas sus implicaciones; no necesariamente por medio de juegos con el lenguaje ni mediante la creación desmesurada de neologismos, sino poniéndolo a prueba a la hora de interactuar como mediador entre dos culturas. La novela narra la historia de Sidonio Rosa, un médico portugués que llega a Villa Cacimba buscando a Deolinda, una mulata que conoció en Portugal y de quien se enamoró. El médico rápidamente se entera de que la mulata está fuera del pueblo; decide esperarla mientras ayuda a curar un brote de meningitis. A partir de entonces, Sidonio comienza a frecuentar la casa de doña Munda y Bartolomé Sozinho —padres de Deolinda— con el pretexto de curar a Bartolomé, quien supuestamente agoniza desde hace tiempo, encerrado en el cuarto y convencido de que morirá de la misma manera que su abuelo: convertido en lagarto. Desde el primer capítulo, el lector asiste a un diálogo entre Sidueño —nombre que el doctor recibe en la Villa— y Bartolomé Sozinho, un diálogo lleno de tensiones entre la cultura portuguesa y la mozambiqueña, donde el portugués quiere imponer su discurso mientras busca recurrir a imágenes familiares para entender el de los habitantes de la Villa. Por ejemplo, la gente del pueblo cree que la enfermedad es causada por encargo o por maldición, y llaman a los enfermos desandariegos; pero Sidueño afirma que “las enfermedades poseen causas objetivas” y que, aunque “es un bonito nombre: desandariegos…”, la enfermedad se llama meningitis. De esta forma, el portugués —tanto el personaje como la lengua— se enfrenta a la inventiva capacidad lingüística de Villa Cacimba, a sus diferencias culturales, que no siempre se pueden entender o traducir, aunque hablen el mismo idioma:

—¿Llovía en el sueño?

—Ay, Doctor, usted sufre de un exceso de poesía, ¿acaso llueve en los sueños?

—¿Yo? ¿Poesía?

—No es un mal reciente. Ya anda poeteando desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, cuando me aconseja que corte las bebidas…

—¿Cree que eso es poesía?

—¿Entonces no lo es? ¿Cortar la bebida? Uno puede cortar los árboles, cortar la ropa, cortar no sé dónde, pero dígame, Doctor, ¿qué cuchillo corta el líquido? Sólo el cuchillo de la poesía.

—Usted es el que anda muy inspirado estos días, mi querido Bartolomé.

—¡Ah, es verdad! Hay otra más: dice que beber me provoca gota. Sabiendo los litros que bebo, Doctor, es necesaria mucha poesía para hablar de gotas…

El lenguaje también funciona en la novela como una forma de resistencia para no perder la memoria. Desde el comienzo de la historia, tanto los lectores como Sidueño nos enfrentamos a una trama compleja de recuerdos que se contradicen y se reinventan a través de la imaginación, para poder sobrevivir en un país que está enfermo, ya sea por el exceso o la falta de memoria. Nos enfrentamos a un rompecabezas que podemos o no armar, pero ante el cual nos descubrimos limitados: “el portugués confiesa sentir envidia de no tener dos lenguas, y poder usar una de ellas para perder el pasado. Y otra para burlarse del presente”.

Doña Munda y Bartolomé Sozinho mantienen a Sidueño en la Villa con la promesa de que Deolinda está por regresar. Por medio de cartas que doña Munda le entrega, la mulata le pide a Sidueño que cuide de sus padres y les regale, entre otras cosas, una televisión. A lo largo de la trama, el doctor se da cuenta de los engaños de la pareja: Deolinda está muerta. La trama se complica y se desdobla: ella pudo haber sido violada por Bartolomé, quien puede o no ser su padre; o bien, está muerta por causa de un aborto o por alguna enfermedad no tratada. La pareja inventa o no estas historias para conseguir la ayuda del extranjero: “Que el extranjero entendiese la razón y perdonase el motivo. Pedir es mejor que robar. Y si Dios no nos ayuda, ¿cómo rechazar la ayuda del diablo?” Finalmente, Sidueño se percata de que en África él no es una persona, sino una raza a la que se puede manipular porque no entiende cómo funciona y sobrevive la gente de Villa Cacimba.

Hacia el final de la narración, bajo los efectos de una flor llamada besos de mulata, Sidueño deja de verse a sí mismo para incorporarse a la niebla o Cacimba que, de manera constante, cubre la ciudad. A través de esa alucinación, el doctor logra develar los secretos de la Villa: “Por eso le habían convocado; por eso había desembarcado en el pueblo. No eran los habitantes los que estaban enfermos. Era la casa”. La novela está dividida en dieciocho capítulos, pero se omiten casi todos los eventos ocurridos fuera de casa de los Sozinho. Sólo se mencionan unos cuantos: la breve conversación de Sidueño con Suexcelencia, la huida de Bartolomé Sozinho y, por último, la alucinación y partida de Sidueño. Es importante aclarar que la casa no es un personaje, como puede ocurrir en Kafka o en Beckett, sino un espacio que sujeta y construye a los personajes. De esta manera, la casa funciona como metáfora de un país, en este caso un país sin historia ni identidad definidas.

Todos los personajes de la narración —a excepción de la esposa de Suexecelencia, doña Esposita— son personajes con cualidades y defectos que en algunos momentos de la trama sirven como remedios y, en otros, como venenos. En este sentido, Sidueño es a la vez remedio y veneno para la familia Sozinho. Por un lado, busca curar a Bartolomé por medio de sus conocimientos científicos de la medicina mientras que, por otro, su raza y su falso título de doctor lo convierten en veneno. Otro ejemplo es doña Munda, quien de forma constante le pide al médico un remedio que la cure a ella, es decir, algún veneno que mate a su marido y la deje viuda. Sin embargo, el personaje de Suexcelencia es quien mejor encarna esta dualidad: a veces es el típico político ignorante que busca combatir la pobreza haciéndose rico; otras veces es víctima de la corrupción del sistema y una persona que, por honesta, termina perdiendo su puesto. Esta dualidad se explica de manera histórica: los personajes están viviendo el cambio de la colonia hacia la independencia. Mia Couto parece preguntarse cuál es el precio de dicha independencia: ser una colonia es lo mismo que tener un remedio, que estar sano. Por ejemplo, para Bartolomé significa ser empleado en la Compañía Nacional de Navegación, trabajo que pierde tras la independencia. Para doña Munda y doña Esposita la transición no significa nada, ya que siguen sujetas a su condición de mujeres. Para Suexcelencia, es la oportunidad de acabar con la pobreza. Y para el país entero, como señaló el crítico Padilha, la independencia es heredar una tierra cubierta de niebla, es estar exiliado de la propia tierra.

Me gustaría señalar un último punto de la novela: la habilidad y el sentido del humor por medio del cual se construyen los diálogos de Venenos de Dios, remedios del Diablo. Es gracias a este humor que temas tan discutidos por la literatura y por otros muchos discursos —el racismo, la misoginia, la pobreza e incluso el tema central de la novela, la poscolonialidad—, consiguen desarrollarse sin caer en el lugar común y en la caótica acumulación de exotismos para merecer la atención del lector. Este humor va desde lo simple —la ironía que encierra el nombre de doña Esposita— a situaciones más complejas, como la vergüenza que siente Bartolomé de que se le caigan los calcetines porque son lo único que sostiene sus partes privadas. O como el remedio que solicita Suexcelencia: “un producto para la eliminación radical de la transpiración. No un desodorizante sino un anulador definitivo de sudores”, porque el sudor es un defecto de los pobres y no de quien combate la pobreza. Quizá la originalidad de Mia Couto no radique sólo en la creación de un lenguaje,* sino en la forma en que consigue actualizarlo y hacer con éste una literatura de este siglo.

* A propósito de este punto, me habría gustado poner a discusión la originalidad de su lenguaje, porque tengo la impresión de que podría reducirse a una imitación de Guimarães Rosa. Pero leí la traducción al español, así que sería arriesgado afirmarlo. De la misma manera, aprovecho para mencionar que la traducción me resulta sospechosa, desde la elección de algunos adjetivos hasta la decisión de traducir algunas palabras y otras no, como en el caso de los nombres de los personajes.


Mia Couto, Venenos de Dios, remedios del Diablo. Las incurables vidas de Villa Cacimba (Trad. de Ana María García Iglesias), Almadía, México, 2010, 200 p.


Escrito por Francesca Dennstedt

(Tijuana, 1988) es estudiante de Literatura en la Universidad de las Américas Puebla. Ha publicado crítica en la revista Separata. Revista de pensamiento y ejercicio artístico. Ha participado en diversos talleres de creación literaria. Actualmente trabaja en una tesis sobre la poesía de Luis Felipe Fabre.