poesía

  • Patria | Por Gerardo Deniz

    Mil olvidos y dos recuerdos me bastan para armarla.

    El olvido se perdona, pues cumplía entonces yo dos años:

    hablo del churro de mi desayuno tempranero.

    Los recuerdos tienen menos de veinte años.

    Unos son los campos junto a Soria,

    secos, entristecidos al filo de noviembre,

    que recorrí con mi amigo al atardecer,

    mientras dentro de mi cráneo resonaban,

    inexplicablemente,

    los largos arpegiados del coral de César Franck.

    Y al fin, un mes después,

    cuando, en el jirón restante

    de la calle del Caballero de Gracia,

    entré a la tienda aquella para que cuidasen de mis fotografías,

    y tras el mostrador surgió una muchacha seria

    y me miró

    y por unos segundos sentí deshacerse, disolverse,

    mi peculiar y genuino sobretodo helveticomexica

    y fui un viejo lascivo judío o morisco

    requiriendo de amores en silencio

    a una doncella cristiana de hermosura casi inimaginable. Y amargo como Pafnucio:

    —¿Por qué das tal poder a una creatura?

     

    Escribo esto a mediodía (hora de otoño), a midi, ses fauves, ses famines,

    y mi graznido de pigargo al arrojarme al espacio postrero, mi Weltinnenraum,

    paseando, inexplicablemente nervioso, por los pasillos huecos del aeropuerto de Barajas,

    viendo desfilar anuncios y avisos de aerolíneas nunca vistas

    que van —pero de veras— a todos mis mundillos,

    a Kuwait, a Helsinki, a Ánkara y Angkor, a Sidney, vía Djakarta.

    Era también el mediodía (hora de Greenwich)

    y cuando por fin me arrellané en mi asiento en el avión

    sonaba, quedo, música de Debussy

    para despedirme de mi Eurasia (un mes atrás, cuando llegué,

    la música de fondo era, muy propiamente, de Granados).

    Ahora, a luchar con el sol, para llegar a México a las 11 p.m.,

    portador de unos turrones de avellana

    y de un fardo invisible de recuerdos que añadir a un montón ya desmesurado.

     

    Soy un borbotón de magma superfluo, brotada en la superficie terrestre.

    Los bomberos, llamados con urgencia, aseguraron

    que jamás habría peligro, que sencillamente fuera siendo cubierto el adefesio

    con placas de amianto. Mamá tomó fiel nota

    y, pasado el puerperio, diseñó diversas placas de amianto

    y encargó que manufacturasen doscientas,

    mientras mi padre se encogía de hombros y predecía

    que todo aquello no serviría para nada.

    Tenía razón, pues, todavía hoy,

    las placas recortadas en amianto, a imagen y semejanza de mamá

    no embonan ni a golpes, las junturas se niegan

    y el magma inagotable rezuma y escurre sin reposo;

    para colmo, se caen más y más placas

    y se quiebran, las tiran o las roban.

    De ahí la singularidad inútil de mi existencia, si es que fuera tal.

     

    Retrocedamos. Reptando —vaga anímula—,

    me llevaron a conocer el mar a Santander.

    Tan grande fue mi emoción, que eché a andar.

    Por ese mar, supe pronto, se va a América, donde no tenemos nada que hacer.

    (Algo análogo repetí en 1962,

    cuando, como un Balboa cualquiera,

    tomé posesión del Océano Pacífico en mi propio nombre

    —y es sabido que por él se llega hasta Borneo.)

    Pero, de momento, mi destino manifiesto fue el lago Léman,

    en cuyas aguas me metí y cuyas seiches conocí en —relativamente—

    felices años.

     

    Cuando regresé un rato a la península, en el 92,

    la Confederación Helvética envió a saludarme

    un automóvil con placa y escudo y todo

    de la República y Cantón de Ginebra

    que vi pasar, discreto y eficaz por una carretera navarra.

    Pero días atrás ya había respirado todo el aire de Francia en Roncesvalles

    y a su zaga, para mí, el de Europa entera,

    el aire de mi Helvecia y de Croacia,

    de mi Escandia, mi Munster, mi puszta, mi Circasia y mi Carelia.

    Poco después volvía a Francia labortana,

    durante un par de horas, la mitad de las cuales en Ciboure,

    donde no se vio a nadie pero los ojos se me anegaron al cruzar

    hacia una casa simple, del XVII, con una modesta indicación:

    “Dans cette maison est né Maurice Ravel”.

     

    Pronto cruzamos al revés la frontera, hacia el Baztán,

    donde vi a las brujas y brujos en las cuevas de Zugarramurdi y cruzó la carretera un enorme gato negro,

    descendiente rectilíneo de los que en otros tiempos

    ennoblecían los aquelarres con su belleza impar.

    Qué quieren que haga yo, si uno de mis zarcillos

    se enrosca —ya hacía mucho entonces—

    en aquella Vasconia que conocí tan poco,

    pues no vi ni las cadenas arrebatadas al miramamolín,

    que cuelgan en la catedral de Pamplona,

    donde no pude entrar porque la estaban reparando.

     

    Mediterráneo. —Donde, según el anarquista Elysée Reclus,

    el alma se despereza en uno de los climas más tonificantes del globo (apud. J. Verne).

    (Ah, no se me olvide, mide un titipuchal de miriámetros cuadrados.)

    Acaso me asomaría a él teniendo menos de un año; qué importa,

    pero en el año de semimilenario colombino, lo conocí en Cambrils

    mientras unos barquichuelos volvían de pescar sardinas,

    pese a no haber alcanzado el Egeo ni, por ende, el Euxino argonáutico

    donde el Cáucaso se refleja, ácido y gramaticalmente enrevesado.

    Luego, desde Barcelona, el Mediterráneo nocturno que contemplé

    fue sólo un poco de agua sombría y chapoteante.

     

    Mi único viaje a París

    fue —¡casi nada!— cuando estaba a punto

    de cumplir cuatro años.

    Todo era inmenso (o acaso era yo chico):

    el fuego del soldado desconocido y el arco del triunfo,

    las escaleras interminables de Montmartre,

    y desde el primer piso de la Eiffel

    un barco diminuto por el Sena.

    Cuatro años más tarde me pasearon tristemente por la Cannebière desierta,

    “Meurent les boches”, garabateado con gis en un muro. Y las sirenas.

    En el puerto un submarino prehistórico, larguísimo, no lejos del barco donde partiríamos mañana.

    —Amandes ou sorbet? —preguntaba un camarero irreprochable

    (almendras rellenas de polvo o bolanieve como las que nos lanzábamos los escolares en Ginebra).

     

    La travesía mediterránea se dio mal,

    me mareé, pero al atardecer

    del otro día se oyó gritar —¡África, África!

    y se vio acercarse una hermosa orilla argelina verde y cálida.

     

    De Orán a Casablanca hubo dos tandas sucesivas,

    curiosa la primera, mirando andenes con mujeres moras

    como fantasmas de mediodía

    (pero al recomponerse la blanca envoltura

    una de ellas dejó ver, un solo instante,

    una larga falda verde lechuga alegre),

    y el tren se fue atiborrando de facinerosos.

    Me dormí entre los brazos de mi madre

    y soñé con la línea de mi lago,

    el huerto, los conejos, mi gata Feliciana y acaso el tango “Celos”

    en los cafés al aire libre.

    Al despertar mi padre nochempié me informó —con orgullo, supongo, por tener un vástago tierno y geográfico—

    que habíamos pasado por Fez de madrugada.

    Fez, donde no muchos años antes

    llevaron de vacaciones a Ravel, ya fulminado,

    y el director del instituto de estudios islámicos,

    ceremonioso y perifrástico le sugirió, cortés,

    componer alguna obra de ambiente árabe,

    y le fue respondido dificultosamente —ataxia, apraxia, agrafia, alalia…—

    “Si escribiese algo árabe, sería más árabe que todo esto”.

    Lo dijo Ravel cubierto de gatos —“saben cuánto los quiero”—,

    en tanto que a mí me habrían de llamar, en dos o tres editoriales, aprovechando un título del odioso Drieu,

    L’homme couvert de femmes

    porque dieciséis secretarias cada mañana

    pasaban a verme y por mi bendición,

    mermando mi forzada labor en pro de la marxismo-leninismo-castrolatría,

    en tanto que otras muchas, en general más feas, apretaban el paso al cruzarse conmigo.

    Y es fácil entender tan opuestas reacciones

    ante un señor nada mal y algo desconcertante

    que pasa, anima sdegnosa, saludando apenas,

    escucha pero nunca aconseja,

    constelado de prestigios tan indiscutibles como insondables,

    que cuando le preguntan evoca con aplomo la costa soleada de su natal Turquía

    —si bien otros dicen saber de buena fuente que es español aunque no se le note,

    así como también consta que timonea una pequeña familia común y corriente.

    ¿Qué hacer ante él sino platicar un rato y, si no, persignarse y escapar velozmente?

    En su oficinita sobresale de la pared un pilar de cemento

    que luce en rojo un montón de paralelas: son las estaturas

    de algunas visitantes diarias y el científico lo explica en detalle a quien soporta oírlo.

    Sentada al pie de esta escala, una asidua le espetó estas memorables palabras:

    —Te envuelve un misterio que jamás podrás imaginarte.

    —Ah, caray. Yo nada más me creí un visitador de caleidoscopios competente,

    avezado en los ritos y piruetas concomitantes.

     

    En el aeropuerto de México

    la luz verde me salvó de tener que abrir mi saco de viaje,

    atiborrado de turrones y libros vascos

    que hoy por hoy ya me han robado.

    Recibido por cuatro de familia,

    advertí un pelotón de mujeres, toda la lira,

    acompañado por un quinteto de ancianos

    que, con salterio y todo, empezó a tocar valses nacionales viejos.

    Las reconocí a todas y del grupo se alzó un murmullo de frases evocadoras:

    (en primera fila una niña bonita sólo se agitaba,

    con un chupón outsized entre los labios.)

    Tienes mucho que dar pero no lo sabes ofrecer; Eres un apasionado y eso no tiene objeto; Eres el colmo de los colmos del amor, sin ser nada empalagoso; Sí, Joan, mucho, mucho… mucho, mucho; Eres un cabrón tierno; ¿Así lo hacen de bien en esas tierras adonde vives?

    El acento de esta última pregunta

    me sorprendió y busqué con la vista a su autora. Inquirí:

    —Y tú, ¿en qué vuelo has venido? Anteanoche nos despedimos para siempre en Madrid.

    —A lo mejor tengo una capa del supermán. Pero no te alarmes, que esta misma noche tengo que volver.

    Cierta nativa audaz se adelantó:

    —¿Sabes cómo se llama este vals viejo?

    —Sí. “Algo se pesca” (recordé Cambrils), y cuando oigo ese título me acuerdo de ti.

    —Desagradecido.

    Saludé al grupo con una elegante inclinación de cabeza y una sonrisa casi imperceptible.

    Media hora más tarde comía yo en familia los tacos variados de la medianoche al sur de la ciudad.

    Contaba yo y contaba, y sin dejar de bromear sentí que todo aquello se transformaba en Acapulco treinta años atrás, o mejor sólo veinte. Nel mezzo

    —porque acababa de escuchar el mejor elogio

    en labios de la que me llevó a ver un Acapulco imposiblemente azul.

     

    ¿Hasta dónde se va por este mar, decíamos?

    Hasta Borneo —y es un caer de ángeles la hora.

    Entonces dos ángeles vieron que las hijas de los hombres eran bellas

    y las amaron: lo hondo del beso en cruz está en el centro,

    Il pleut —c’est merveilleux. Je t’aime.

    Nous resterons à la maison:

    Rien ne nous plaît plus que nous-mêmes

    Par ce temps d’arrière-saison [Carco]

    (Saltaban chapulines testarudos contra el vidrio.)

     

    Escribí por ahí que mi infancia no fue feliz, pero sí interesante.

    Ahora entiendo que así fue toda mi vida.

     Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.


     Escrito por: Gerardo Deniz

    Poeta mexicano, su nombre verdadero es Juan Almela, a quien a veces dedica poemas. Nacido en Madrid, en 1942 emigró a México como resultado de la Guerra Civil española. Estudió Química y es traductor del sánscrito y del ruso, entre otras lenguas. La erudición es parte fundamental de sus poemas, construcciones ásperas, irónicas y corrosivamente originales en las que hace uso de los más diversos conocimientos para describir situaciones cotidianas de una forma a primera vista desconcertante. De esa manera logra recuperar, en novedad paradójica y con aparente aridez poética, emociones simples, como la ternura o el rencor. Coincide con Gabriel Zaid y Eduardo Lizalde en haber introducido en la poesía mexicana un tono antisolemne. Publicó su primer libro, Adrede, en 1970 y Gatuperio, en 1978. En 1986 apareció Enroque y desde entonces el ritmo de su producción se ha vuelto más constante. Destacan sus obras: Picos pardos (1987), Mansalva (1987), Grosso modo (1988), Mundos nuevos (1991), Amor y Oxidente (1991) y Alebrijes (1992).

    (La fotografía fue tomada por Fernando Fernández en Chapultepec).

  • Ravenhill

    roger_santivañez

    Roger Santiváñez

    1
    Césped cubierto de hojas otoñales
    Ciertas ramas en lo alto ya están secas
    Su ocre color entre el verde primaveral
    Resistiendo la metamórfosis combina

    O puede ser un raro grosella que
    Tal vez a ella le encantara en
    La intimidad de esta mañana con
    Templativa una ardilla sube por

    La rueda de una bicicleta en su
    Parqueo y la luz es tan clara
    Aún sin sol mas algo ensombrece
    Súbitamente el mundo enloda

    Su quietud bañándolo de impercep
    Tibles gotas celestes cada vez más
    Locas me impelen a dejar esta

    Terraza color de las estrellas ausentes
    Ahora en la luciérnaga del diurno
    Afán por registrar la dulzura

    Impregnada tras los cristales serenos
    Donde brilla la calma y se limpia
    La muerte transformada en belleza

    Una fresa que con toda su pereza
    Se derrama en la boca del amor

    2

    Ahora es casi roja la rama extrema de la
    Copa izquierda & cerca de ella principian
    Los verdes a tornarse primero pardos des

    Dibujado amarillo hacia el marrón claro
    Protestan con el viento en derredor mas
    En otra esquina mi visión aus

    Culta ramajes ya completamente se
    Cos muertos dulce papelillo aún
    No desprendido del tronco leve

    Mente suspendido en el aire móvil
    Junto a la tristeza de las negras
    Fallecidas ramificaciones perdidas

    Ya todo el árbol es rojo pero se ve
    Desnudo pleno de una quietud insana
    En la paz de los foliolos débilmente

    Removidos por súbitas pequeñas ventiscas
    Sonrisas de las chicas que pasan
    Bancas vacías & hacia el fondo

    La perfecta longitud del césped inusual
    Mente verde tal un campo de fresas
    En verano mas ahora no sólo la dulzura

    Del templado clima llega a esta sima

    3

    El campo es infinito declive del poniente
    Ignorada corriente en los pinares una lástima
    El árbol grosella casi ha desaparecido

    Sólo el costado izquierdo del ramaje
    Se muestra amarillento e imperceptible
    Viento ondea el cabello de la niña

    Que camina enigmática por el bosque

    4

    Limpio nítido verdor helado
    Cae la hoja solitaria las negras
    Ramas cruzadas cimbran su

    Soledad ya están algunas muertas
    Otras aún se encienden antes de
    Secarse totalmente cuando el clima

    Va enfriando el mundo & su belleza
    Se torna triste claridad de la mañana
    Ausencia en las amontonadas hojas no

    Recogidas en medio del bosque des
    Asido invierno que te aproximas
    Busca modos de existir en la

    Callada quietud invita a la soñada
    Refracción de la luz inmóvil sobre co
    Pas no más ardientes & sin embargo

    Frescas núbiles en su delicado esplendor
    Naïve resistiendo el embate del frío
    De la estación frugal brillo negado

    Por el escondido sol cercano al mediodía
    Los matices del verde representan las va
    Riables subjetivas del poema antes de

    Morir en la estampa de un desnudo cielo

    5

    El sol enmarca el arco en la ventana
    Muévense dorados los altos ramajes otoñales
    Levísimas hojas descienden sus vuelos rituales
    Mientras trato de escribir la zona lozana

    Donde mora el secreto capullo de la tarde
    Escondido entre los gnomos seguro imaginarios
    Reales cuando el verde & azul cielo arde
    Al exacto compás de ingrávidos anuarios

    Visión templada cerca del paisaje amarillo
    Creando la ilusión de un bosque oculto
    En la ciudad que olvida & abre su pestillo

    Tiempo sin memoria oscura será consulto
    Nitidez tan clara sume su bordado anillo
    Siendo pleamar soleado de Amor insepulto

    6

    Los foliolos amarillos brillan dorados todavía
    Forman ligeras filigranas que el cielo ansía
    Ramas raquídeas se extienden hacia el negro
    Tiempo de morir solo en el azul yo integro

    Los distintos colores heridos a su modo
    Por un sol frío y lejano que acomodo
    A mi canción tan triste como ella
    En el declive de los ángeles grosella

    Angeles larvados pronto en el invierno
    Liberados por la nívea caída de la nieve
    Para darme fugaces el sonido eterno

    Que las niñas guarden en su seno
    Cuando sientan que habrá nadie que lleve
    El vacío duradero que ha de poseerse pleno

    7

    Ya no hay más brillo en las altas copas
    Sólo un pqueño árbol anaranjado se enciende
    A un costado de mi visión que nadie entiende
    Sólo rosas azules desoladas en su sola razón de opas

    Viento levanta & transporta las hojas perdidas
    Otras caen recién de los apus tristes verdolaga
    O se amontonan oscurecidas como miel que empalaga
    El otoño & su poesía depre aún así las horas queridas

    Las ramas cada día más peladas y desnudas
    Atraviesan la inmóvil agonía del frío paisaje
    Vuelan sus hojas como el ave nueva soltando su plumaje

    Hay tanta paz a esta hora de la mañana partida
    Hacia qué estelas viajará de impalpaple azur
    Nadie lo sabe sino este canto que viene del sur

    8

    Soledad mirando las hojas muertas volar
    Amontonarse en un rincón por la máquina del
    Tiempo el césped retoma su limpidez

    Verde intenso al tocamiento inmaterial de
    La luz apolínea & su dorado esplendor fugaz
    Unas horas pletóricas antes de morir también

    Con todo lo que existe & canta sinembargo
    Una canción al final del día recordada si
    No memoria de un afán perdido & recobrado

    Sólo en el instante del poema remolino de
    Las hojas deprimidas igual a lo que se va
    Sin dejar rastro rápido tránsito de quien

    No regresa jamás a un lugar a un amor
    En el que fue feliz un atardecer cuya
    Fecha se deshizo hoja seca de este otoño

    9

    Y están peladas las ramas de arriba
    Semejan lanzas erguidas o neuronas crispadas
    Mezcla de retorcidos ramajes selva umbría

    Contemplo tras el ventanal transparente
    El laberinto vegetal de viejas maderas
    Resecas cortezas cuarteadas agrietan

    El tiempo de los versos finales se aproxima
    Llora en silencio el bosque suavizado por un
    Sol que no quema ni calienta pero ilumina

    Iluminaba porque hoy todo está sombrío
    & sinembargo lucido en una claridad
    Especial líquida pura nitidez celeste

    Sólo se siente la aireada soledad
    El trazo instantáneo de la brisa sobre
    Cierta danza parpadeo de foliolos

    Todavía verdes un poquito resistiendo
    El rumbo inexorable de los astros
    Desconocido afán insisten rubios

    Pétalos mas se destiñen papelillo
    Trozado montones del olvido en
    El que muere el poema plural

    10

    Hitos posicionados en la amplitud de mi visión
    Se abre el mundo a la nueva estación súbita
    Mente proyectada en la luz cascada matinal

    Esta sería la canción con que sueña el
    Ruiseñor una sola vez perdido por su
    Deseo virginal sugerido rito del amor

    Donde muere la rosa más pura de este
    Bosque visitado en las tempranas horas
    Desoladas quietud escondida como tú

    Al volver a recordar el planeo de la
    Nada en la premura divina del in
    Minente descenso cocido al corazón

    Hielo derretido sin las huellas de
    Nadie mentido anhelo procura frío
    Abrigo del vértigo ancestral aproxima

    Clamores anunciando amores extinguidos
    Hacia el fondo de la verde extensión
    & los troncos falleciendo inmortales pre

    Téritos trémulos recortados cual figuritas
    Para el álbum nuevamente níveo nunca
    Más albo que alveólos albaricoque

    Albricias alban alabando la banda azul

    (Compuesto en octubre, noviembre y diciembre de 2012. Philadelphia)

    Texto pub­li­cado en la edi­ción 155 de Crítica


    Escrito por: Roger Santiváñez

    Nació en Piura, en 1956.Siguió Artes Liberales y Ciencias de la Información en la Universidad de Piura. Obtuvo el bachillerato en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Antes de la muerte (1979), Homenaje para iniciados (1984), El chico que se declaraba con la mirada (1988), Symbol (1991), Cor cordium (1995), Santa María (2002), Eucaristía (2004), Dolores Morales de Santiváñez (Selección de poesía 1975 – 2005) y Amastris (2007). Y en prosa poética narrativa la nouvelle Santísima Trinidad (1997), Historia francórum (2000), y el libro de relatos El Corazón Zanahoria (2002).

    Formó parte de los colectivos La Sagrada Familia (1977 – 79), Hora Zero (1980 – 1981), Movimiento Kloaka (1982 – 1984) y Comité Killka (1989 – 1990)

    Desde el 2001 estudia y trabaja en Temple University, Filadelfia, USA, donde actualmente culmina un Ph. D. en Literatura Latinoamericana.

  • Tres poemas de Luis Germán Robles

    LUCIDEZ

     

    Dales gusto y mátate

    de la manera más violenta

    y creativa que encuentres.

     

    Trabaja duro

    para que prospere

    el que te aplasta.

     

    Muérdete la lengua de rabia

    hasta arrancarla,

    asfíxiate de ira

    con tu silencio

    cobarde.

     

    Que te taladre el cerebro

    la envidia a las estrellas de rock,

    del cine deportes negocios

    al cabo te tragas la aspirina:

    triste compensación por la prometida

    dosis de morfina,

    animándote los días

    con su voz de motivador best seller

    para pensar

    que tú, sí, tú

    también puedes ser como ellos.

     

    Pónchate con un picahielos el corazón.

    Danos el gusto.

     

     

    PANEGÍRICO

     

    Debí hacerle caso al olor a tierra mojada:

    presagio de tu presencia en la puerta.

     

    Nunca nos vimos bajo el sol.

    Hacía frío todo el tiempo

    y al acurrucarnos bajo los tejados

    dudaba entre anhelar un beso

    o unos calcetines secos.

     

    Nunca fue nuestra la lluvia

    ni entendimos nada.

     

    Recitabas mis libros

    mientras otro te fecundaba.

     

    Percutida por martillos en el vientre,

    abandonada bajo tu sábana

    sangrabas esa membrana

    que llamabas “mi bebé”.

     

    Gemías por mi paciencia

    y una vez satisfecha

    vaciabas tu cubeta

    de deseo

    en otros muslos.

     

    Una secreción espesa

    te había drenado

    de mi pecho

    hacía mucho.

     

    Sólo mi paciencia quedó en tus manos.

     

    Te encontré después en una zanja

    con la sangre seca

    del pubis a los tobillos

    vestida con serpentina.

     

    Pasaron años hasta la última temporada de lluvias.

    El timbre sonó al mismo tiempo que el primer relámpago.

    Ya no eras bonita, y nunca fuiste brillante.

    Me abrazaste con las piernas,

    en cada una de las gotas

    en tu cara

    Se asomaba la pérdida

     

    En este rincón se habla por lo bajo

    de las acrobacias con que colmaste a todos.

    Sus murmullos hacen eco en mi cabeza:

    un coleteo de los renacuajos en las grutas.

     

    Espero que entierren a la lluvia junto a ti.

     

     

    UN VIEJO

     

    Con las arrugas

    salpicadas de angustia

    y el temblor de café

    motivándole las manos

    el viejo

    mira en una dirección

    por donde nadie aparece.

    Texto publicado en la edición 155 de Crítica


    Escrito por Luis Germán Robles

  • Seis poemas de Pedro Serrano

    CARDENAL

     

    Un diminuto sol recién salido

    de adentro de la tierra,

    un carbón al rojo aventado al aire

    en la cresta diurna reflejando

    entre los sicomoros y la luz,

    adviento en la perplejidad, mi padre,

    testigo del milagro en una urna,

    clavel en el corazón clavado en alas

    dentro de la armería parda del bosque.

     

     

    NO ES LA CORNEJA

    (CUERVO Y NIÑO)

     

    Un cuervo gris, ceniza en el áspid de la palmera

    como si toda la socarronería del mundo

    lo hubiese puesto ahí,

    en la lengua de la mañana,

    a punto de volar o caer.

    Una piedra asida a la rama

    tras los ronquidos del mar.

    Cáscara de granizo en un fruto pesado,

    granada más que ennegrecida.

    Picotea el cuervo la laja de agua,

    para que de allí surja el frescor

    con que un almendro se sostiene.

    Chirría antes de volar.

    Detrás, un niño avizora el amanecer,

    como un sol único en la arena.

     

     

    CONCENTRACIÓN

     

    En el centro de la primavera

    las bestias recorren el camino del mundo

    llevando orugas y cencerros, olores y pulgas,

    su rumiar y mascar, las bestezuelas

    (quería meter así,

    con ternura arcaica y franciscana,

    esta palabra, curruca, se acurrucan)

    a la altura del sol que se somete.

    Calcinada mondando la orilla del bosque

    estás en el parpadeo de lo que llamamos día,

    recogiendo la violencia de la luz,

    sometiendo su resplandor

    al acecho de las hojas,

    a la oscuridad fresca con que los árboles la tejen,

    misma iluminación y sombra estática

    en el billar del universo.

    Como un golpe de suerte

    pega un tordo contra la ventana,

    su pecho naranja primavera.

    Se alza la catedral húmeda y verde

    como un trapo mojado

    en las manos inmensas del universo.

     

     

    EL AÑO QUE VIENE

     

    Ha caído una nevisca, no la esperaba.

    Todavía oscuro, creí que llovía, que

    lo que golpeaba en el techo translúcido

    era la lluvia,

    y pensé en el día gris que venía.

    De repente vi la pureza blanca,

    el asomo a una paz, lo quieto del jardín

    cubierto por una pelusa,

    una gasa de blancura entredejando manchones verdes,

    desde la cocina,

    en pendiente hacia arriba, hacia la calle

    entre las ramas ahora peladas,

    desde el oscuridero.

    En el césped queda el trazo fino del venado,

    que hace cuna en la película de nieve,

    su huella al descubierto.

    Lo blanco es una ligereza.

    Atrás, una capa de cuentas desparramadas

    en la terraza de cristal. Me asomo.

    No se puede pisar sin que suene.

     

     

    EL AÑO QUE LLEGA

     

    Como una plancha de plata bulle el día,

    un pescado en la sartén del amanecer

    crepitando entre frío y calor

    en la marea naranja que lo baña,

    inundando mástiles y truenos,

    blanqueando el horno del paisaje.

    Un aceite de niebla lame las varas del romero,

    los aros de cebolla chisporroteando,

    la hojarasquería que ruge.

    No es hambre lo que bulle en las tripas

    en esta olla de invierno,

    sino la proyección de caldos continuos,

    la carne blanca y las espinas y huesos,

    en el halo plateado de las hojas,

    en el aura que nos desvanece.

    No es hambre lo que nos trae aquí

    sino el vaho común que se concentra,

    la cocina crujiente en su consumación,

    su producción en todo.

     

     

    JOGUINA

     

    Como una joguina

    de torres garcía

    se desprendería

    maría, maría,

    se caería el sombrero,

    se caería la vida,

    se caería en pedazos

    el juguete entero.

     

    Las piernas, la risa,

    el torso, los brazos,

    todo el hecho en tierra

    de tu vida entera,

    María, María,

    como una joguina

    de torres garcía

    te desprenderías.

    Texto publicado en la edición 155 de Crítica


    Escrito por Pedro Serrano

  • Un nudo en la garganta de Samariá

    Efraín Bartolomé

    Efraín Bartolomé

     

    HACIA LAS MONTAÑAS BLANCAS

     

    Música griega en el camino a Omalos.

    Vibran las cuerdas limpias del bouzuki en la negra mañana y, aunque ya son las seis, no hay asomo de sol.

    A diferencia de nosotros que ya esperábamos, boleto en mano, desde veinte minutos antes de la hora, el sol haraganea.

    El clima, sin embargo, es delicioso en este amanecer del 15 de septiembre de 2008.

    Es negra la mañana, y mi mujer y yo —abdomen tenso, ojos de asombro, vaga ansiedad— vamos a las Montañas Blancas.

    A las Montañas Blancas en la mañana negra.

    Contra lo que pensábamos, el camión viene lleno.

    No obstante, tenemos los asientos panorámicos a un lado del chofer.

    Salimos de la apretada terminal a las estrechas calles de Xaniá y en la primera cuadra nos asalta, de frente, la más perfecta Luna sobre los edificios.

    Ya va cayendo, gloriosa, hacia el poniente, pero aún se mantiene arriba de los ojos: la oscuridad acentúa su belleza a medida que dejamos atrás las luces de la zona urbana.

    La Luna en el corazón: hacia ella avanzamos, dóciles y maravillados, acatando el mandato.

    No puede haber mejor augurio ni bendición mayor para iniciar el viaje.

    Ahí está su imponente redondez al alcance de todas las pupilas pero la gente sigue hablando del mundo cotidiano, como ajena al milagro.

    Pareciera que sólo mi amada y yo vemos el amarillo tierno del disco sobrecogedor, sus delicados rayos…

    Oh Luna de Apuleyo…

    Está tan extremadamente bella que siento que no la merezco.

    Voy hacia mi niñez o el niño aquel que fui viene y se muestra en la pantalla interna, a caballo, hundiéndose en la noche o en la madrugada, por caminos bordeados de follajes boscosos y Luna en esplendor.

    Ahí voy: aquí vengo.

    Poco importa, viendo el prodigio sideral, que la hora oscura nos impida ver una de las carreteras más espectaculares de toda Creta: es la zona de olivares y naranjales que ahora duermen en la oscuridad.

    La Diosa reina en el horizonte.

    Un giro en la carretera hace que se nos pierda pero aparece pronto: casi a punto de hundirse.

    Una vez más se oculta y se muestra de nuevo: más bella mientras más baja está, mientras más al alcance de la mano parece.

    Está a punto de tocar la línea del horizonte y un nuevo monte súbito dificulta su visión.

    Sigue un macizo montañoso y no la vemos más.

    Allá vamos: a las Montañas Blancas en la mañana negra…

     

     

    ASCENDIENDO AL ABISMO

     

    Ya sin Luna nos percatamos de que hemos entrado a una carreterita de curvas pronunciadas y continuas.

    El autobús parece gigantesco en esta estrecha franja: sus hábiles movimientos remueven la adrenalina y aceleran el corazón.

    Curvas y curvas y curvas en ascenso.

    La Luna debe estarse hundiendo ahora y sólo vemos cordillera y acantilados.

    La luz del sol va mostrando, poco a poco, el árido paisaje soberbio.

     

    Llegamos a Lakki: un pueblo de casas blancas que se deslizan en un acantilado casi vertical.

    El camión se detiene en lo alto, en una pequeña plaza rodeada de cafés y restaurantes, cerrados a esta hora.

    Suben dos setentonas señoras griegas vestidas de negro.

    ¿Cómo se baja a aquellas casas hermosas que cuelgan en la ladera?

    El viaje continúa: arriba nos espera la rocosa cordillera sin árboles amparando las hondas oquedades.

     

    Seguimos ascendiendo.

    Aparecen sólidas casas aisladas en oteros, una por acá, otra por allá, entre cerros y escasos olivares.

    El paisaje y el espíritu cretense: a un tiempo roca  y olivo.

    La cordillera se va mostrando cada vez más alta y muestra nuevos perfiles a medida que ascendemos.

    Allá la nueva cresta rocosa y su nueva silueta caprichuda: allá, siempre más allá…

    El tiempo se alarga entre curvas y curvas en ascenso.

    Si la pendiente sigue así, esta carreterita tallada en roca viva nos va a llevar directamente hasta el Olimpo.

    “¡Qué miedo…!”, dice mi amada de pronto, en voz bajita, apretando mi brazo mientras pasamos por una estrecha curva.

    Pero seguimos subiendo en el inmenso autobús: enorme en relación a la carreterita, pero insignificante ante los volúmenes de la cordillera.

    Aparece de pronto un colmenar pequeño entre las grandes rocas: una gota de miel en medio del desierto.

    Estamos avanzando hacia la parte media de la elevada cadena de montañas que atraviesa Creta de Este a Oeste: las Montañas Blancas: Lefka Orh o Levka Ori.

    La más alta de las cumbres de esta cadena es el Monte Ida (2456 metros sobre el nivel del mar) en una de cuyas grutas nació nada menos que Zeus.

    En una de esas cuevas nació y en otra de ellas lo dejó su madre Rea al cuidado de la ninfa Amaltea y de los Curetes o Dáctilos del Ida que, como lo indica su nombre, eran diez, justo como los dedos de las manos.

    Estos Curetes entrechocaban sus escudos y producían un ruido ensordecedor para impedir que el llanto del dios niño alcanzara los oídos de Cronos y despertara su furia devoradora de su propia estirpe y temerosa de la castración.

    Una cabra que los mitógrafos llaman también Amaltea, igual que la ninfa, alimentaba a Zeus.

    Cuando Amaltea murió, Zeus la puso en el firmamento como la constelación de Capricornio y usó su piel para formar su égida, su escudo protector.

    Uno de los cuernos de la cabra nodriza es el Cuerno de la Abundancia.

    El Monte Ida tiene tres metros más que el Pico Pachnes, que alcanza sólo 2453 metros y a cuyo pie pasaremos en el trayecto de hoy.

    Dice un rumor, y no hay que dudarlo mucho en esta tierra de titanes, que los montañeses del Pachnes están acumulando rocas en su cumbre para que sea más alto que el Psiloritis, actual nombre del Ida.

    Y muy cerca de estos territorios nuestro autobús avanza.

    Y la cumbre allá arriba, y otra, y otra más, y la respiración que se detiene y la contracción abdominal y el vértigo y el escalofrío y el sudor en las manos…

    El camión baja notoriamente la velocidad, casi se detiene, avanza muy despacio: pasa lenta y cuidadosamente junto (o sobre) una fractura de la carretera.

    ¡Uff…!

    Ya pasamos: la respiración se normaliza poco a poco.

    Y abajo el acantilado y arriba las cumbres que no cesan y siguen creciendo y los pinares que han salido de no sé dónde y hacen un poco más amable la visión de los escarpes violentos.

    Allá abajo se abre un ancho horizonte y una densa neblina.

    Y de pronto, como una aparición: cabra negra en roca blanca.

    Y otra cabra blanquísima de barba noble y pelo largo y lacio.

    Pinos enanos en la roca viva.

    “¡Mira esa curva allá abajo: una omega perfecta!” dice mi culta esposa que ríe cuando le leo estas últimas líneas.

    “Malvado…”, agrega, mientras yo veo la omega, ciertamente perfecta.

    La cordillera sigue y sube pero nosotros empezamos a bajar ligeramente hacia un vallecito rodeado de montaña al que hemos accedido después de una curva que nos quitó la respiración por largos segundos.

    Borregos blancos triscan entre las piedras blancas.

    Un poco más adelante nos detiene un rebaño nutrido: el camión avanza lentamente y las educadas cabras se hacen a un lado arracimándose en una masa compacta y melenuda.

    Bajan aquí las griegas enlutadas.

    Los loquitos seguimos.

    Por un ratito avanzamos sobre terreno sin acantilados.

    Ah, qué descanso…

    El camión se detiene: hemos llegado a Omalos.

     

     

    TERRITORIOS DE LA BUENA MADERA

     

    El caserío último de Omalos se llama Xyloskalos: ¿madera buena?

    Sí: es una referencia a las escaleras con pasamanos rústicos que, al menos a lo lejos, nos dan seguridad junto al abismo.

    Construcciones de piedra sobre piedra.

    Al fondo del pequeño valle y las casonas en la roca se levanta una cumbre poderosa y escarpada  que parece de mármol, alabastro o cuarzo.

    Caminando hacia ella, pasando la tienda con sus mesas al aire libre donde los caminantes se preparan para iniciar la acción, se encuentra la entrada a la enigmática Garganta de Samariá.

    Hemos leído muchas veces la recomendación: si no se tiene hábito de caminar o se carece de buena condición, es mejor no intentarlo.

    También hemos leído que muchos de los que han hecho la travesía y han salido maravillados de ahí, no la repetirían por el esfuerzo físico que demanda.

    Vemos y oímos caminantes de todas las edades y de todas las lenguas, aunque no se ven griegos.

    Hay que pagar cinco euros por persona y vamos por los boletos.

    En la tienda descubrimos un cayado elemental y, por eso mismo, precioso, como los que se ven en las ilustraciones bíblicas…

    Animo a mi mujer a comprarlo.

    Ahora sí, zapatos ajustados, sombrero en su sitio, hombre a manos libres y hembra con cayado de pastor de cabras, nos disponemos a iniciar el descenso.

     

     

    LOS PRIMEROS PASOS

     

    Damos los primeros pasos hacia el abismo.

    A la derecha el barranco y más allá la pétrea montaña blanca que, no obstante su tamaño, sólo a veces nos la muestra el tupido follaje.

    Bajamos con paso dudoso y pupila muy alerta por escaleras de piedra resbaladiza y pasamanos de madera que zigzaguean en pronunciada pendiente.

    Por estas escaleras bajaremos mil metros en la primera hora hasta alcanzar el lecho del río Omalos.

    Nos esperan casi veinte kilómetros de caminata por estos territorios desconocidos que retan nuestra curiosidad y aguijonean nuestro espíritu.

    Los escalones van encontrando su lugar entre raíces que se abrazan con todo lo que tienen a las rocas.

    El cielo, la montaña, las piedras y los grandes troncos imantan la mirada y nos detienen a cada minuto.

    Y dan ganas de detenerse a cada paso y meter todo en el alma pero si sucumbimos a nuestros deseos no saldremos nunca de aquí.

    Y hay que dar el siguiente paso porque habrá que descender de estas cumbres y continuar por el lecho de la Garganta hasta alcanzar las Puertas de Hierro, unos quince kilómetros adelante, para luego seguir, por otros tres o cuatro en terreno más plano, hasta alcanzar el mar: partiremos la isla desde el Golfo de Xaniá en el Mar de Creta, hasta Agia Roumeli en el Mar de Libia.

    Me propongo dedicarme a la contemplación y anotar sólo cada quince minutos.

     

    Hace un buen rato que iniciamos el descenso y ahora que son las 8:15 seguimos descendiendo, rodeados por este bosque de Pinus brutus, el árbol típico de la Garganta.

    La trementina, que ya no se extrae (aunque los árboles más viejos aun muestran antiguas cicatrices), probabiliza los incendios en cierta época del año.

    Aparecen pequeñas estaciones para prevenir y combatir el fuego.

    Encontramos letreros con la advertencia de que se pase rápido porque es zona en la que pueden caer piedras.

    En el silencio vemos los grandes troncos, vivos y muertos, asidos a las rocas como manos enormes.

    En el silencio…

     

     

    EN CAÍDA LIBRE

     

    8:20 Breve descanso en el primer manantial.

    Agua purísima.

    La piedra es resbaladiza y sudo desde hace rato.

    Mi frente es otro manantial.

    Seguimos el camino descendente.

    Troncos abruptos, anchos, poderosos.

    Caminamos al filo del acantilado por vías que los hombres cruzaron desde varios milenios antes de la era cristiana.

    Y lo hicieron sin estos escalones y sin estos zapatos especiales para la caminata.

    En los sitios peligrosos hay pasamanos trémulos en los que es preferible no apoyarse.

    Con frecuencia aparecen, en medio del sendero, raíces tan pulidas como la roca.

    Y es gracias al continuo gotear del paso humano.

    Celebro a mi mujer por venir junto a mí, tan decidida: ahí viene bajo su sombrero y tras de su sonrisa, apoyada en su báculo homérico que le da seguridad en la vereda empinada y a mí en el corazón.

    Que los demás se queden en las playas o vayan por los caminos de Pablo el cristiano: nuestro ritual poético es muy otro.

    Esto es Creta por dentro: los huesos y los músculos y las venas de Creta.

    Y su imaginación y sus mitologías.

    A Creta trajo Zeus a la espléndida Europa bien montada en su lomo.

    El mismo dios enloqueció ante el roce del vello ensortijado y aquella humedad tibia.

    Yo si lo sé de cierto

     

    8:32. Sigue el descenso.

    Habla el follaje con carraqueos y profundas guturaciones de aves.

    Entre ellos destaca un sonido animal, más o menos continuo, una mezcla enigmática entre canto y gañido: voces de la montaña.

    En ciertos puntos se dejan ver las cumbres montañosas sobre el denso follaje.

    Son las 8:45: ha pasado una hora.

    Casi en caída libre: hemos bajado mil metros en altitud en los primeros tres kilómetros de longitud.

    Ahora las pendientes parecen apaciguarse y he dejado de sudar tan copiosamente como hace rato.

    A juzgar por la pendiente suavizada, estamos a punto de tocar el fondo.

    Miro las colosales rocas: bloques gigantes que arrancó de cuajo el terremoto de la roca viva.

    Los huesos de la Tierra, según el mito de Deucalión y Pirra, que repoblaron la Tierra tras el diluvio, después de descifrar el enigma que Temis les impuso: de los huesos de su madre  (la Tierra) que arrojó Pirra tras de sí, renacieron las mujeres; de las que arrojó Deucalión renacieron los hombres.

    Nos acogemos a su amparo y reconocemos en ellas nuestro origen mineral.

    ¿Dónde poner el ojo tan desnudo?

    ¿Dónde, que no conmueva como lo hace ahora?

    Toco el imponente monolito y en su interior me reconozco.

    El ancestro en la piedra.

    Me inclino, reverente, pongo mi frente cálida contra la piedra fresca.

    Cierro los ojos.

    Y digo que está bien…

     

     

    EN EL LECHO ESCABROSO DEL OMALOS

     

    9:05. Descendemos junto a la morrena de grandes piedras blancas por pendientes un poco menos pronunciadas pero fuertes aún.

    Nos encontramos otro manantial: un grupo de caminantes descansa.

    Algunos toman algo.

    Nosotros continuamos.

    Y aunque hace un rato parecía que ya pronto terminaría el descenso, seguimos descendiendo, aunque las pendientes son cada vez menos abruptas.

    Las piedras, sin embargo, parecen más resbaladizas por aquí.

    Se escucha el melodioso rumor fresco de un arroyo.

    Árboles milenarios, troncos fosilizados, hayas y cipreses asidos a las piedras.

    Esa mole debió haberse movido porque partió la base del árbol que, a pesar de todo, aún la sujeta.

    Las fibras leñosas, como músculos rotos, muestran su poderío: la gran piedra lo desgajó, lo partió en dos, pero aún no ha podido desprenderse.

    Lucha de la materia mineral contra la vegetal: gemelos enemigos.

    Hagan su apuesta…

    Cruzamos la morrena, menos escabrosa ahora, y descendemos hacia el arroyo vivo que baja entre las peñas.

    Bebemos su agua fresca y transparente.

    Ahhhh…

    Junto a un ciprés magnífico (Cupresus sempervirens var. Horizontalis) hay una pequeña construcción.

    Un cartel advierte que aquí se hallaron restos de un santuario romano dedicado a Apolo y a Diana, que data del siglo vi de nuestra era.

    Ahora es la humilde capilla de Agios Nicolaos.

    La curiosidad nos toma de la mano y la seguimos un rato por los alrededores.

    En un sitio propicio  hago mi ofrenda a Diana.

    Una vez que termino nos sentamos en una enorme piedra, tras otra piedra todavía más grande y, aislados de toda posible mirada humana, nos integramos al silencio.

    Tomados de la mano nos declaramos una vez más en unión sacra invocando los altos poderes de la Diosa.

    En espacios como estos mi cabeza científica se vuelve primitiva e invoca magia simpática.

    La Diosa habla conmigo…

    ¡Bufe el eunuco…!

     

    9:30. Dejamos el santuario y descendemos por entre troncos corpulentos siguiendo el cauce del río cuyos murmullos nos acompañan desde hace un buen rato.

    Bajamos un poco el ritmo y nos absorbemos en el entorno: roca, agua, árbol, luz, milagro, en todas sus infinitas combinaciones y variantes, de un paso al siguiente.

     

     

    CAUCE DE LOS PRODIGIOS

     

    10:05. Descanso breve en nuevo manantial.

    Un poco de agua fresca y un dátil excelente.

    En el mercado de Monastiraki, en Atenas, nos abastecimos con los magníficos higos y dátiles ultraenergéticos que estas tierras producen.

    A pesar del esfuerzo en el descenso, a pesar del sudor de la primera hora, estamos avanzando sin dificultad, con una sensación mercurial de ligereza.

    Cada vez que es posible nos separamos de la vereda y dejamos que el espíritu se pierda y revuele a sus anchas.

    Luego seguimos por el sendero sorteando piedras y raíces de formas y magnitudes diversas.

    Vamos de asombro en asombro.

    Cedemos ante el fuerte poder de ciertos árboles, de ciertas rocas soberbias, de ciertos troncos vivos, de ciertos troncos muertos.

    Cavidades, abultamientos, tajos, heridas, cicatrices, retorcimientos, volúmenes: todo entra por la pupila y se acomoda en el alma.

    Algo se nos impone inesperadamente: una alta pared rocosa y desmesurada.

    ¿Cómo se sostienen aquellos pinos en las paredes verticales?

    En la mole rocosa hay un abrigo casi sobrenatural en el que se nos pierde la mirada.

     

    10:36. Después de casi tres horas alternamos ascensos y descensos.

    Vamos por el lecho rocoso mucho más plano ahora aunque sigue descendiendo.

    Aquí estamos, ante estas continuas manifestaciones de la fuerza de la Tierra  en las laderas, en las cimas, en las simas…

    En la Garganta de Samariá se han encontrado fósiles de 180 millones de años.

    Piedra y poderío, accidentes geológicos, poder de la catástrofe en su justo sentido, poder total.

    Katastrophe, una palabra griega desde luego: trastorno: lo que yacía en el fondo sale a la superficie y el paso de los siglos y milenios va revistiendo de nueva flora y fauna las aristas hostiles.

    La mirada y la mano y el paso de los hombres hacen el resto.

    Estamos a los pies de la cumbre Avlimanakou.

    En las pequeñas grietas de las grandes paredes rocosas anida el milagro: la Anthemis samariensis, una flor blanquísima de centro amarillo.

    Sus verdes hojas, sus pétalos blanquísimos, su precioso y dorado gineceo, apuntan hacia el sol.

    Nosotros apuntamos hacia el mar pero nos interesa más el trayecto que la meta.

     

     

    EN EL SANTUARIO DE SANTA MARÍA

     

    11:00. Hemos llegado a Samariá, la mitad del camino.

    Vemos las edificaciones a lo lejos y nos aproximamos poco a poco.

    Cruzamos un puente entre peñascos sobre el seco cauce del río y arribamos a las pétreas construcciones.

    En 1962 la zona fue declarada parque nacional y la gente tuvo que abandonar el viejo asentamiento cuyos restos vemos hoy: la capilla y unas cuantas construcciones más.

    La Garganta ha estado habitada desde tiempos paleolíticos y toda la historia de Creta ha pasado por aquí: huellas del hombre prehistórico, restos de santuarios romanos, ruinas de algún castillo veneciano, vestigios de iglesias bizantinas, recuerdo de fortalezas otomanas, y capillas aún vivas como ésta que le da su nombre a la Garganta: Samariá, Sa María, erigida en honor de Santa María Egipciaca.

    En las épocas de guerra y revolución los cretenses han hallado refugio y cobijo en los accidentados nichos de Samariá.

    Los cimientos antiguos, los viejos senderos, los cultivos, los olivares en terrazas, forman un paisaje único junto al esplendor magno de la Naturaleza.

    Las construcciones que permanecen son usadas para los guardabosques y como puestos de sanidad.

    La Garganta es ahora Reserva de la Biósfera y está bajo la protección de la unesco desde hace varios años.

    Nos detenemos a tomar un refrigerio junto a la capilla.

    Luego recorremos las pétreas construcciones, sus ecos y escalones y nichos y oquedades.

    La efímera memoria de los hombres: la deleznable historia individual.

    Pero aquí sigue el Hombre…

    Lo fugitivo permanece y dura.

     

     

    AGRIMI Y CENTAUREA

     

    La cabra salvaje (Agrimi: Capra aegagrus cretica) ha habitado en Creta desde tiempos prehistóricos y es el más grande mamífero de esta isla de la cual es nativa.

    Los machos tienen grandes cuernos que se enroscan hacia atrás.

    Una bien definida barba negra ennoblece su cabeza.

    Una raya oscura recorre su lomo desde el cuello hasta la cola y se cruza con otra que viene de las patas delanteras.

    Una especie de collar rodea su cabeza barbada y otra línea oscura recorre el vientre desde el pecho hasta la zona genital.

    Los ejemplares muy jóvenes son tan delicados como los ciervos.

    Agrimi o Kri-Kri es ahora una especie protegida por la Convención de Berna.

    Se dice que habita salvaje en Samariá pero que es muy difícil verla, salvo en contadas ocasiones.

    ¿Tendremos suerte?

     

    Una placa metálica con letras aún legibles me informa sobre las plantas medicinales y aromáticas de la zona: Ceratonia siliqua (algarrobo europeo), Myrtus communis (mirto o arrayán), Pistacia lentiscus (lentisco), Nerium oleander (adelfa, la flor de la seducción), Cistus creticus (cistus de Malta), y (¡oh Maravilla: se agita, Sagitario orgulloso, mi corazón nefelibata!) Centaurea redempta, una planta que el centauro Quirón usaba como cicatrizante: así se lo enseñó a Asclepio, uno entre sus ingentes discípulos.

    También abundan la Sideritis syriaca o té de montaña y, desde luego, espliego, albahaca, orégano, salvia, tomillo, mejorana  y menta piperita.

    El ojo distraído vaga por entre juegos de luz y sombra y da con cosas inesperadas: abrigos rocosos, cuevas, construcciones y corrales de piedra, por acá y por allá.

    Y en todos esos sitios hay vestigios arqueológicos de la presencia humana.

    Crecen higos, olivos y granados bajo el amparo de las altas cumbres: junto a un olivo añoso me retrata mi amada.

    El camino está limpio y da un gran gusto ver que nadie tira basura fuera de su lugar.

    A cada rato, cada kilómetro por lo menos, hemos visto cajas rojas, metálicas, que guardan extinguidores.

    De pronto nos percatamos de que ya son las doce y que hay que seguir.

    Arriba el sol poderoso, que no hace demasiada mella en nosotros gracias al alto follaje, nuestros sombreros, y el protector solar.

     

     

    ARTE Y NATURALEZA

     

    El murmullo del viento: el pinar que respira.

    Kratofanías, caprichos de la madre Tierra, la presencia de una fuerza descomunal y distinta, otra.

    Me sumerjo en mí: escucho el rumor claro del agua, del viento, de mis pies contra la piedra suelta.

    Las paredes se alzan hasta quinientos metros en algunos puntos y se separan hasta trescientos, formando pequeños vallecitos; o se juntan de pronto, de modo imprevisible, hasta sólo tres metros en un punto al que aún no hemos llegado.

    Viene a mi memoria el “recorrido” que hicimos entre las soberbias placas de grueso acero que Richard Serra instaló en el Museo Guggenheim de Bilbao: el espacio entre las placas se amplía o se estrecha en ondas imprevisibles y, mientras se avanza, uno literalmente siente el tiempo y el espacio, uno se integra al tiempo y al espacio, hasta que uno es el tiempo y el espacio.

    Richard Serra: placas de cuatro o seis metros de alto por veinticinco o más de laberíntica longitud.

    Arte y Naturaleza: qué hermosamente extraño es todo esto.

     

     

    EL OMALOS RABIOSO

     

    Dice el mito que uno de los Titanes cortó con su cuchillo la montaña de Creta y creó la Garganta.

    Bien puedo imaginar el descomunal tajo.

    Pero las aguas cristalinas del río Omalos, corriendo dulcemente entre las peñas blancas, reclaman en silencio su labor de milenios en la construcción de la imponente Garganta.

    El río Omalos: un hilo de agua en este tiempo y un torrente rabioso en primavera, después de los deshielos.

    En 1993 un grupo de caminantes fue atrapado y barrido por las bravas corrientes: los cuerpos fueron arrastrados hasta el mar.

    Todos murieron, por supuesto, y es inevitable imaginar el frágil cuerpo humano estrellándose contra las rocas formidables.

    Por eso la Garganta sólo se abre de abril a octubre, si las condiciones climáticas lo permiten.

     

     

    EL OJO Y EL PORTENTO

     

    13:15. El voluble ojo humano: se acostumbra muy pronto hasta al prodigio.

    Pero cuando ya está casi adaptado, un nuevo milagro lo despierta.

    Estamos desde hace rato en el lecho pedregoso del Omalos yendo de una ribera hacia la otra según el capricho de la orografía.

    Avanzamos por una de las partes más cerradas del gran cañón.

    Portentos y portentos rocosos, moles espectaculares, piedras desprendidas que deben pesar veinte, cuarenta, sesenta, cien toneladas cada una, arracimadas una sobre otra.

     

    Los prodigios geológicos y la música del agua que ahora es abundante.

    Miramos, observamos, admiramos, nos recogemos en nuestro maravillado interior.

    Le piden a mi amada que pose para una nueva foto.

    Así ha sido a lo largo del trayecto: cada vez que nos encontramos caminantes alguien le ha pedido permiso para fotografiarla.

    Yo, muy feliz.

    Allá viene la bella, con su cayado de pastor cretense moviéndose con  seguridad entre las piedras resbalosas de la montaña.

    Lo sabíamos: bajamos sobre advertencia: una vez en el lecho del Omalos no hay escape posible, sólo el mar.

    Y hacia allá nos dirigimos.

     

     

    LA ROCA Y EL CAPRICHO

     

    13:15. Avanzamos absortos en los caprichos de la roca.

    Absortos en su aparente inmovilidad repentinamente rota, inesperadamente quebrada, violentamente perturbada por este tajo brutal en la montaña.

    Alterado, movido, violentado lo aparentemente inmutable.

    Lo móvil es el río.

    Lo inmóvil, la montaña.

    Lo móvil y lo inmóvil…

    Y de pronto su inesperada unión: la cascada de piedra.

    La montaña se mueve, el río se detiene, y ante tales misterios:

     

    Veréis como el poeta admira y calla

    El sabio mira y piensa

    Seguramente el carbonero

    Busca las moras y las setas.

    En la roca más dura, la Eternidad escribe.

     

     

    LA ROCA INGRÁVIDA

     

    Hace unos minutos me pareció que la altura de los acantilados comenzaba a descender pero muy pronto me percaté de que era sólo una ilusión: un mero asunto de perspectiva lineal.

    Una vez más me pierdo en el silencio.

    Miro los grandes monolitos.

    Imagino una roca sin peso, la roca ingrávida…

    Montarse en ella e irse flotando por ahí.

     

    Llegamos a una gran rotonda en el boscaje, con agua, baños, bancas y mesas rústicas bajo los pinos.

    Nos sentamos en una de las bancas y tomamos algo más de nuestra frugal dotación de higos y dátiles bajo el acoso de las abejas.

    Nos alternamos en abanicarnos para comer a gusto.

    Han pasado ya cinco horas y media desde que comenzamos el trayecto y los músculos de las piernas han resistido bien.

    Las rodillas, sin embargo, comienzan a quejarse.

    Hemos pisado todo este tiempo sobre piedras, piedrotas y piedritas y los pies duelen un poco pero lo que comienza a molestar ahora es un roce de ampolla entre dos dedos.

    Un pago mínimo para tanto prodigio.

     

     

    HIEROFANÍA

     

    14:00. Tras el descanso y la restauración de fuerzas reiniciamos el viaje.

    Y de pronto, mientras vamos con paso reposado viendo las anfractuosidades de las paredes pétreas, el ojo descubre algo.

    ¡Agrimi!

    ¡La cabra salvaje!

    En una pared que no podría ser más vertical, como a unos sesenta metros de altura, vemos la cabra negra.

    Admiramos su espléndida silueta en las alturas.

    ¿Cómo puede sostenerse ahí?

    Y por si algo le faltaba, ahí está ahora: ¡otra hembra de piel rojiza!

    Y para completar la hierofanía triádica que está esperando nuestro espíritu, brota, como de la nada, otra cabra más: ¡blanca!.

    La blanca, la negra, la roja…

    ¡Agrimi…!, digo para mí mismo.

    Pero el eco insonoro de mi pensamiento me devuelve: ¡Amaltea, Amaltea, Amaltea…!

    Y una vez que Ella se ha manifestado triplemente seguimos el camino con una paz luminosa, casi sin cansancio, con los ojos bendecidos y una leve sonrisa en el fondo del alma.

    Ha bajado la luz a mi cabeza.

     

     

    SIDEROPORTES: LAS PUERTAS DE HIERRO

    A las 14:10 aparecen en el horizonte las apabullantes Puertas de Hierro: ahí están, para el pasmo y la gloria de la humanidad giratoria.

    Las vemos aparentemente cerca pero el avance hacia ellas se alarga.

    Las paredes que parecían bajar vuelven a subir.

    Ya vemos las puertas pero parece que a cada paso también ellas avanzan y se mantienen a la misma distancia.

    Pero nuestro paso sistemático se impone poco a poco y al fin las alcanzamos.

    Que no se note el cansancio porque todavía nos falta.

    Todo camino de mil kilómetros comienza con el primer paso…

    Y nosotros ya vamos en el número quince: nos faltan tres o cuatro por ahora.

    Era cierto: las paredes colosales se alzan a casi cuatrocientos metros y se cierran hasta tan sólo tres.

     

    14:40. Media hora después, por fin hemos salido: se ensancha el horizonte y el sol golpea más fuerte.

    Y ante el esfuerzo que hemos mantenido por tantas horas

    el orgullo comienza a crecernos por dentro

    como una rama tierna…

     

     

    EL DESCENSO A ESTE MUNDO

    Paso a paso nos aproximamos a una construcción pequeña, casi cúbica, desde cuyo interior un ogro gigantesco, calvo, barbón, y en camiseta, se dirige a nosotros demandando boletos con voz autoritaria y atronadora.

    Qué absurdo: boletos para salir de la Maravilla: el descenso a este mundo…

    Ya sin la protección del follaje y las altas paredes, el arduo sol nos quema.

    Un poco más allá vemos un espacio techado con muchas mesas y caminantes que beben gloriosos tarros de cerveza: nos aproximamos y seguimos su ejemplo.

    Oro para beber, fresco y espumoso después de tanta sed y de tanto calor: lo disfrutamos viendo los caprichos de las capas geológicas en la roca viva.

     

    15:00. Hay unas cuarenta personas en este sitio y poco a poco van llegando más: todas se ven cansadas pero beben su cerveza con sonrientes caras de felicidad.

    Se oyen todas las lenguas excepto el español en el que sólo hablamos mi amada y yo: Babel en la Garganta de la Montaña.

    Reiniciamos el camino: nos faltan tres kilómetros en este terreno plano para alcanzar el mar.

    Poco a poco nos acercamos a un poblado de piedra, tiempo, y gracia, donde parecen haber pasado todos los hombres.

    Nos recibe el blanco cementerio de Agia Roumeli.

    En las cercanías hay casas semiderruidas y otras recién construidas.

    Una cueva con muro y puerta recientes concentra nuestra atención allá a lo lejos.

    Corrales de piedra para cabras y ovejas que deambulan entre polvo y guijarros bajo los añosos olivos y las higueras y las vides con emparrados cercanos a las casas.

    Tres hombres que parecen brotados de la tierra, pastores y campesinos, fuman bajo unos olivos.

    Nos saludan amablemente y continuamos bajo el sol y rumbo al mar.

    ¿Cuántos años tiene ese olivo que captura la mirada?

    Casi seco en el tronco, sus ramas nos bendicen con su carga bienhechora.

    Piedra, polvo, sueño, pan y olivo: he ahí al hombre.

     

     

    EN LOS DOMINIOS DE POSEIDÓN

     

    A las 15:18 divisamos el mar: los dominios de Poseidón.

    Le traemos saludos de la casa de su hermano: el que amontona las nubes.

    Desde hace diez minutos hemos venido caminando por una calzada de cuatro metros de ancho: piedra y concreto aplanados que queman con el duro sol.

    Alcanzamos un punto en que el camino se divide: el de la izquierda conduce a Loutrós y el de la derecha, que es el que tomamos, va hacia la playa de Agia Roumeli.

    A paso, encontramos vestigios de antiguas construcciones en la cumbre y al pie de las lomas pedregosas.

    Llegamos a un pueblo blanco y florido, de calles empedradas, árboles y jardines y restaurantes tentadores.

    A unos pasos el transparente Mar de Libia.

    Alcanzamos a ver una playa exquisita: un paraíso donde se antoja quedarse para siempre… o al menos por dos o tres meses.

    La árida montaña resguarda el caserío.

    Pero como a este pueblo no llega carretera, tendremos que tomar un barco rumbo a Sfakia, el siguiente puerto, en el cual abordaremos el autobús que nos regresará a Xaniá.

    Conseguimos lugares en el ferryboat “Deskalogianni”, que parte en quince minutos y ya está recibiendo carros y gente.

    Allá vamos.

     

    15:36 Estamos ahora en el tercer piso del “Deskalogianni”.

    Vemos la montaña pedregosa y roja, con su fortaleza turca en la cumbre.

    El pueblo blanco acariciado por olas suavísimas.

    La bahía de cristalino color nunca mejor llamado aguamarina.

    El macizo rocoso frente a los ojos y la playa que parece artificio de talla y pintura, quieta en el oro feliz de esta hora resplandeciente.

    Un nutrido grupo de semidesnudas náyades arteras se dejan amar por un mar que las tienta hasta sus más íntimos pliegues.

    ¿Qué hago yo imaginando tales cosas si me siento agotado aunque muy feliz?

    Mi muy amada, en las mismas condiciones, adivina mi pensamiento y me sonríe pícaramente.

    Y la nave va…

    A cien metros de la playa la palabra azul toma todo su sentido y llena los ojos.

    “Azul Creta”, dice mi mujer.

    Inolvidable azul…

     

    El barco hace una escala en Loutrós, un símbolo de Grecia: casas blancas con toques azules, playa y bahía de ensueño bajo el árido monte pedregoso.

    Otro pueblo para quedarse unas semanas.

    Suben turistas que también van a Sfakia.

     

    16:55. El bote atraca en el muelle de Sfakia.

    Un empleado empuja placas metálicas azules que caen con gran estruendo: son las rampas por donde bajan de inmediato grandes camiones después de los cuales desciende el resto del pasaje.

    La mayoría vienen en tours organizados y van a sus autobuses en una plaza alta de la localidad.

    Nosotros vamos, atravesando el pequeño poblado de casas blancas, a la caseta que funciona como terminal: es de madera y aquí escribo estas últimas líneas.

    Abajo resplandece el luminoso Mar de Libia y más acá los tejados de Sfakia o Chora Sfakion.

    Este pequeñísimo puerto estuvo aislado del mundo y hasta tiempos muy recientes sólo era accesible por mar.

    Conserva un aura legendaria de organización clánica con gente independiente, belicosa y dada a la venganza.

    Ahora vive del turismo y, por supuesto, también se antoja para pasar una temporada.

    El autobús a Xaniá saldrá a las 17:30, en media hora, y ya tenemos boleto de regreso.

    De haber sucumbido a la atracción de Agia Roumeli y haber tomado el último barco que llega a las siete de la noche, habríamos venido con el tiempo demasiado justo y con ansiedad innecesaria.

    Se aparece un chofer: nos dice que subamos una pequeña cuesta porque de allá partirá el camión.

    Que en ese autobús nos iremos todos.

    Hay muchos pasajeros y, si no cabemos, llamarán otro.

    Cosas de Creta…

     

     

    OTRA VEZ HACIA EL LOMO DE LA MONTAÑA

     

    17:30. Llega el camión y se llena de inmediato.

    Signos de desesperación e incredulidad en el educado cuerpo europeo de pasajeros, algunos de los cuales, como nosotros, ya tenían boleto desde Xaniá.

    Se nos dice que viene otro y, en efecto, aparece poco después: todos vamos hacia él.

    He quedado lejos de la puerta.

    Cuando ya está aparentemente estacionado hace una maniobra rara y se enfila hacia la carretera.

    Después del humano remolino quedo mucho mejor situado: justo frente a la puerta.

    Subimos en cuanto se puede y, como cualquier preparatoriano, agandallo los dos primeros asientos, los mismos de la mañana: vista panorámica, señoras y señores.

    Y otra vez a subir la montaña y otra vez a la respiración cortada y las manos sudorosas.

    Ciencuenta o cien cerradísimas curvas por kilómetro en una carreterita de cuatro metros de anchura con partes deslavadas en muchos puntos.

    Los turistas de junto, una señora en especial, se tapa los ojos y hace exclamaciones y aspavientos en cada maniobra de nuestro conductor que ni suda ni se acongoja detrás de sus lentes negros.

    Cuando estamos por llegar a la parte más alta nos encontramos con que la mitad del camino está bloqueado por grandes rocas que una enorme máquina ha desprendido haciendo obras de ampliación.

    Mi mujer platicó largamente con una muchacha inglesa mientras esperábamos: se enteró por ella de que la Garganta de Samariá recibe dos mil caminantes diarios en el verano y que recorrerla es el sueño capital de los ecoturistas europeos.

    Y nosotros ya venimos de ahí, segregando adrenalina en abundancia por estos mundos insospechados.

    Siguen las obras y la gran maquinaria que hará más tolerable la dura carretera.

    Llegará el día en que los pasajeros no contraigan sus músculos ni aprieten los dientes ni aceleren su corazón ni cierren sus ojos ni paren su respiración ni experimenten escalofríos incontrolables al pasar por aquí.

    Ya se ven señales, en algunas partes, que muestran asfalto reciente y camino más ancho.

    Ya se ven, al paso, tabernas invitadoras y alojamientos de montaña.

    Bendiciones del ingreso de Grecia a la comunidad europea.

    ¿Durarán?

    Ya en estos territorios mucho más familiares, después de tanto esfuerzo y tantas emociones, me va venciendo el sueño poco a poco.

     

    Despierto cuando faltan treinta kilómetros para llegar a Xaniá.

    Pasamos por el increíble pueblo de Vrises, donde ayer todo era una fiesta, una inmensa taberna llena de gracia y árboles y flores y personas del pueblo y turistas celebrando en mesas al aire libre en medio de jardines gozosos.

     

    Llegamos a Xaniá con los músculos convertidos en un solo dolor.

    Venimos sudados, agotados, remolidos, ajados, quemados por el sol y cubiertos por el polvo del camino.

    Nuestro cercano hotel nos da consuelo.

    Arrastramos hacia allá los doloridos pies.

     

     

    CELEBRACIÓN

     

    Ahora sí, purificados, arreglados y perfumados, salimos a la zona de restaurantes frente al Faro.

    Vamos a celebrar que salimos con bien del sueño capital y no siempre posible para muchos europeos.

    Hemos recorrido la colosal Garganta de Samariá, la más larga de Europa.

    Hemos salido con bien del recorrido y de las inconcebibles carreteras que nos llevaron y trajeron.

    Son las 8:07 y no obstante la hora, una luz de oro viejo cubre Xaniá.

    Buscamos, como anoche, la exquisita Apostolis Taverna, junto a las ruinas venecianas, y una vez más las delicias gloriosas: ensalada cretense y olivas, quesos, panes, sassiki, pescados, pulpos y calamares a las brasas, acompañados por el excelente vino blanco y seco de la tierra cretense.

    Conversación, celebración, pasión…

    Y el rayo del amor que nunca cesa por esta mujer con la que, una vez más (como casi todos los días, sin que importe que marchemos ya, con paso firme, por la tercera década), me he unido en matrimonio sacro al amparo de la mirada de la Diosa madre…

    Cerramos la sesión con otro de los puros Beduinos de Jaime: tabaco mexicano de los Tuxtlas mientras nos deleitamos con el imprescindible Raki.

    Llegamos al restaurante con luz de oro y nos vamos al amparo de la intensa noche negra.

    Qué distinto es el faro a esta hora.

    Caminamos por el paseo marítimo y al llegar a la Mezquita de Hassan cambiamos de dirección y nos orientamos a la plaza.

    Alzamos la cabeza: ahí está la madre Luna, con todo el poderío de su esplendor nocturno, reinando sobre el mar.

    Sobre Xaniá…

    Sobre Creta…

    Sobre nosotros…

    Sobre nuestras almas…

    Sobre nuestros ojos agradecidos.

    Texto publicado en la edición 155 de Crítica


    Escrito por Efraín Bartolomé

    Poeta mexicano nacido en Ocosingo, Chiapas en 1950. Estudió psicología e inició su trayectoria literaria en 1982 con la publicación de «Ojo de jaguar».

    Posteriormente publicó «Ciudad bajo el relámpago» en 1983, «Música solar» en 1984, «Cuadernos contra el ángel» en 1987, «Mínima animalia» en 1991, «Cantos para la joven concubina y otros poemas dispersos» en 1991, «Cirio para Roberto» en 1993, la edición trilingüe de «Ala del sur» en 1993 y «Partes un verso a la mitad y sangra» en 1997.

    Gracias a su gran vitalidad poética y a su labor creativa, ha recibido importantes premios literarios entre los que se cuentan el Premio Nacional de Poesía Aguscalientes en 1984, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen en 1993 y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en 1996.

     

  • Cazadores de invisible

    Venir al filo de las cosas,

    por la orilla

    doblar a cada paso, a ras

    de algo que fulgura, ser

    un cuerpo cuyo ser no encarna,

    ése que llega del umbral

    y en silencio cena con las sombras.

     

    *

     

    La luz del sol en otro tiempo,

    en sesgo por la sombra de las cosas,

    nos abría

    a la callada transparencia

    de la tarde; el nómada

    ayer en sueños de imposible

    regreso nos soñaba,

     

    y el silencio de la luz hoy roto

    por el rojo estallido de la sombra.

     

    *

     

    Oscuro y no la flor

    negra en venas de oro —imagen

    del poema según Nezahualcóyotl—

    ni el pan de arándano

    al pie de la angostura, el latigazo

    de sangre en las paredes, el tenaz

    fragor de cobras en la hoguera

    de la noche. A las rubias tuberías

    del tiempo nos abisma

    la prosa del ahora —y en la mar

    de ajenjo desemboca nuestra llama.

     

    *

     

    Sabe a flor de agave, pero

    no hablo la lengua del abuelo, él

    tampoco hablaba la del suyo, me

    precede, en cada muerto, la

    muerte de una lengua. A tepalcate

    sabe la memoria, en su vacío

    florece el hoy-calidoscopio, en sí

    arde y sueña y se deslíe. Savia

    no seré en las venas del sería, no

    abuelo del que ignora este poema.

     

    *

     

    No hay surco en flor, después

    de atar la tierra

    nómadas nacimos; el bisonte

    ido, en espagueti

    la resta del venado; cazadores

    de invisible, atravesamos

    no el viento de obsidiana, el coro

    de sirenas; ¿otra vez

    seremos, al son de los glaciares,

    mecate de perros a la orilla?

     

    *

     

    Vida interior o lo que sea

    no pidan, mis poemas

    yerran huérfanos de mí, no beben

    espejo ni sangre ni mañana, acaso

    un sorbo de vacío y tal vez

    agua fósil, herradura

    de silencio encabalgado; apura,

    inhóspito lector, este agonal

    vaso de fisuras; paraíso

    y poesía no doblan por el verso.

     

    *

     

    No muero, cada día

    hago máscaras de muerte,

    y con ellas un altar

    donde el sí acrisola

    un aria de árido laúd, quizá

    los vasos del vacío y, a veces,

    lirio en cardo y pies de colibrí,

    una silva de marfil, sonora

    soledad en la sed de mis arterias.

     

    *

     

    Quise tal vez decir el mundo,

    pulsar acaso alguna cuerda

    cuyo son viniera espejo

    del alba, del jaguar o de la nada

    —y líneas rotas de la blanca

    página surgieron, la blancura

    en esas líneas se vacía, tal vez

    dije el mundo y la nada, sin saberlo.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Felipe Vázquez

  • Tres poemas de Álvaro Luquín

    FANTASMAGORÍAS

    a mi mamá (A.K.A krusty)

     

    Ayer apareció un DVD en su habitación.

    Estaba encima de la cómoda, no tenía

    ningún mensaje.

    Lo puse en la computadora

    y no van a creer: sale Rocío flirteando

    con seres descarnados. Es impresionante,

    lleva meses desaparecida.

     

    Ni médicos, psicólogos o parapsicólogos;

    nunca mostró síntomas.

    Aunque pasaba horas frente al espejo

    según ella, con una caterva de niños

    feos, atormentados.

     

    Tenía más de cien fotografías,

    la mayoría de dudas tomar.

     

    Además de sus padres

    yo soy el único enterado

    y está prohibido hablar de eso.

     

    Lo raro es que hoy llamó una joven,

    desea exponer el caso en un documental.

     

    Y sentí algo… Algo horrendo

    en su voz.

     

     

    VIGÍA

     

    Corrías detrás

    como un devoto en resuelta inanición.

    ¿Pensabas en ella y atribuías el acto

    a su congénita opacidad?

    No importan ya tus obscenas hipótesis

    ni el aluminio que llevas como recuerdo

    en la bolsa.

    Alguien se te unió en el tramo definitivo.

    ¿No la viste? Iba a un costado de ti

    por el camellón.

     

     

    SEMBLANZA

     

    Ansioso en tiempos de bonanza

    e intrigante

    —fármacofémino alineado—

    salió temprano de la fiesta

    al revés, hacia atrás

    y no quisiste encararlo.

     

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Álvaro Luquín

  • Somos un punto de esa distancia por Rocío Cerón

    I

    No es. No. La gravedad que mata. La intención que acalla. La ascensión y el oro dentro de Catedral. No es el proverbio. La entonación del canto. El gallo. La insólita gota que perdura en capelo. No. Brilla la boca, roja, Carmen de cármenes. El rayo que sale entre sí es lo que exige la piedra.

     

    Se levanta también él. Bálsamo de Ferabrás entre sus manos.

     

    II

    Carmenta. Luz de sílbido, madera en corte de estaca o pluma salvaje que hiende sobre costado. Carmenta. Escalofrío en la nuca, padecimiento de estancia en terraza nórdica. Sobre las aguas no había ya huesos, los lobos habían enmudecido a los corderos. Cuerpo celeste donde sobrevive el nombre del hijo. Pisada ligera de las que tuvieron nombre en el verano. Árboles de hojas firmes y frutos breves. Su piel era una montaña, su sangre, espesa. Los nudillos tocaban las puertas de los mudos. Carmenta. Espejo acuoso frente a diamante negro. La herida sobrevive a toda cura. Taza humeante de ruibarbo. Sobre el mármol helado de la habitación plumas, ave hembra enunciada en rastros. C a r m e n t a.

     

    III

    Manto multicolor sobre cuerpo tendido. Escarcha de sudor y vino. Entre las pisadas ligeras del verano una reliquia de santo. Aurora boreal bajo el brazo. Espejismo del desierto en tierra nevada. Conocido territorio de la infancia.

     

    Come trufas silvestres hasta perder el sentido.

     

    Celebración de plegarias,

    rezo para los ciervos.

     

    Aerostático sobre línea metálica hasta alcanzar un punto de  e s a  distancia.

     

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Rocío Cerón

    Nació en Ciudad de México en 1972. Ha publicado los libros de poesía Estas manos (Mixcóatl, 1997), Litoral (Ediciones filodecaba- llos, 2001), Basalto (ESN-CONACULTA, 2002) y Soma (Ediciones Eloísa, Buenos Aires, 2003). Es coautora de El decir y el vértigo. Panorama reciente de la poesía hispanoamericana (1965-1979). Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2000, en el género de poesía. Es confundadora de Motín Poeta y editora de Ediciones El billar de Lucrecia.

  • Tres poemas de Balam Rodrigo

    JOB PADECE GASTRITIS O DOBLE EPIFANÍA POR UN PLATO DE MOLE

     

    Llorar la digestión…

    Oliverio Girondo

     

    En el dolor, duele hasta la luz:

     

    He leído, Dios, la dulce llaga de tu ira

    el díptico amargo de tu sílaba

    reescrita con mole en mis entrañas.

     

    He leído, sí, tu luz, tu ácido punzón

    que labra en mi carne la impura cifra

    de mi breve sino, el signo terco del glotón.

     

    Caigo dentro del corazón del plato

    ahogado en luz.

     

    Ah, bilis de mi larva oscura

    el pájaro de amargo canto que silba

    en la mi tripa bebe tus cántaros de pus:

     

    La hiel de tu mercurio negro fatiga

    el aire en mis riñones

    cava señales de alquitrán

    y anuda fuegos de hulla

    en mis cansados intestinos.

     

    He leído, Dios, la dulce llaga de tu ira

    el díptico amargo de tu sílaba

    que muerde ¿para siempre?

    mis tripas, mis entrañas.

     

    (Las mismas vísceras que anhelan

    a pesar de los prazoles y el ardor

    su enésima ración de mole

    su masoquista pasión por el dolor).

     

     

    ESQUIRLAS

     

    Varado el corazón entre la niebla

    arrastra el hombre su muerta y esquirlada sombra.

     

    Pétrea opacidad de ángeles le tañe

    —fiel tañido— los moros, los ebúrneos labios.

     

    Piernas lleva sobre hombros:

     

    Ensueña y no camina, late.

     

    ¿Acaso no otra soledad más grande

    que la de sombrada bestia nos espera?

     

    Sueña entre la niebla y no camina:

     

    Posregresa.

     

    ¿Varados latidos le yerguen y pernoctan?

     

    Hundes la mano en esta página

    y azabachadas saltan sus esquirlas.

     

    Trina(r) o murmura(r)

    zurda sombra que latida, es:

     

    Reptante y nocticida, solo animal

    de ciego andar muy mudo:

     

    Vera solitud de pájaro cardígrado.

     

     

    EL PESO DEL DOLOR

     

    Un hombre. Su espalda atravesada

    por una alta constelación de vidrios

    que brillan como dientes o espinas de sangre

    en un espejo de agua.

     

    El cielo de su dorso lleva grabado

    un nombre de letras inconclusas.

     

    No sé qué aúlla ese glifo mordido por sus lomos.

     

    Quizá diga la noche o la forma de una daga.

     

    Echa en el piso —arúspice de sol—

    semillas de vidrio para germinar

    un peso o el peso del dolor.

     

    Dice que sólo nos pide una moneda.

     

    Un puñetazo —quizá tintineante—

    que alguien pudiera darle en el estómago

    para quitarle el hambre.

     

    De reojo y de resuello lo observa su hija

    recostada en una banca.

     

    Brinca en su pecho una mujer con los pies juntos

    y ensaya un doble paso

    para hundir límpidas esquirlas.

     

    Los tres nos miran: famélica trinidad.

     

    Él grita de nuevo lo del peso

    pero el peso del aire nos asfixia.

     

    Saca el cantor del bolsillo una paleta.

     

    Nada más amargo que un vidrio de miel

    ante el martirio:

     

    El poeta es el puñado de astillas

    que atraviesan la piel de aquel hombre

    y escriben un nombre sin acentos

    en su espalda.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por: Balam Rodrigo

    Balam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Chiapas, 1974). Exfutbolista, diplomado en teología pastoral y biólogo por la UNAM. Ha publicado seis títulos de poesía: Hábito lunar (2005), Poemas de mar amaranto (2006), Libelo de varia necrología (2006), Silencia (2007), Larva agonía (2008) e Icarías (2008). Algunos de sus poemas forman parte de varias antologías. Ha obtenido diversos premios entre los que destacan el de Poesía Joven Ciudad de México 2006, el Regional de Poesía Rodulfo Figueroa 2007, el Nacional de Poesía San Román 2007 y el Nacional de Poesía Ciudad del Carmen 2008. Fue becario del Programa de Estímulo a la Creación y el Desarrollo Artístico (PECDA) del Coneculta-Chiapas, en el área de poesía, en 2005 y 2007. Ejerce la docencia en materia de Bioética, Religiones y Tradiciones de la muerte en México en instituciones del sector salud.

  • Fuga de la muerte

    Versión de Andreas Kurz

     

    Leche negra del amanecer la bebemos al atardecer

    la bebemos al mediodía y por la mañana la bebemos en la noche

    la bebemos y bebemos

    cavamos una fosa en los aires ahí se yace cómodo

    Un hombre vive en la casa quien juega con las serpientes quien escribe

    cuando oscurece escribe a Alemania tu cabello dorado Margarete

    lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas y silba por sus perros

    silba por sus judíos y deja que caven una fosa en la tierra

    nos ordena toquen para el baile

     

    Leche negra del amanecer te bebemos en la noche

    te bebemos por la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer

    bebemos y bebemos

    Un hombre vive en la casa quien juega con las serpientes quien escribe

    cuando oscurece escribe a Alemania tu cabello dorado Margarete

    Tu cabello de ceniza Sulamith cavamos una fosa en los aires ahí se yace cómodo

     

    Grita caven más hondo en la tierra los unos los otros que canten y toquen

    alcanza el fierro en su cinturón lo agita sus ojos son azules

    claven más hondo las palas los unos los otros que sigan tocando para el baile

     

    Leche negra del amanecer te bebemos en la noche

    te bebemos al mediodía y por la mañana te bebemos al atardecer

    bebemos y bebemos

    un hombre vive en la casa tu cabello dorado Margarete

    tu cabello de ceniza Sulamith juega con las serpientes

     

    Grita toquen más dulce la muerte la muerte es un Maestro de Alemania

    grita toquen más oscuro las cuerdas de los violines entonces suben como humo al aire

    entonces tienen una fosa en las nubes ahí se yace cómodo

     

    Leche negra del amanecer te bebemos en la noche

    te bebemos al mediodía la muerte es un Maestro de Alemania

    te bebemos al atardecer y por la mañana bebemos y bebemos

    la muerte es un Maestro de Alemania su ojo es azul

    te alcanza con una bala de plomo te alcanza con precisión

    un hombre vive en la casa tu cabello dorado Margarete

    nos acosa con sus perros nos regala una fosa en el aire

    juega con las serpientes y sueña la muerte es un Maestro de Alemania

     

    tu cabello dorado Margarete

    tu cabello de ceniza Sulamith