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  • Los ojos de la ira | Peter Ackroyd

    Traducción de Jordi Doce

     

    Es tal vez la más famosa de las canciones de Blake, recitada por sus contemporáneos más cultos y cantada por los escolares del siglo xx como un himno profano:

    The tiger

    Tiger, tiger, burning bright,

    In the forests of the night:

    What immortal hand or eye

    Could frame thy fearful symmetry? read more

  • La lenta muerte de la crítica literaria académica

    Por: Peter Ackroyd | Traducción de: Alberto Sierra Méndez

    Ahora que se escriben frenéticas cartas en The Times sobre el estado de la crítica artística contemporánea es bueno recordar que hay problemas de la crítica más severos en otra parte. La crítica literaria —para referirnos al ejemplo más importante pero menos discutido— está ahora casi paralizada; esto no tiene que ver con los reseñistas, quienes realizan una función pública necesaria y quienes, en cualquier caso, nunca aspirarían a las vertiginosas alturas de “los críticos”. Me refiero a los críticos universitarios, los cuales publican largos artículos en revistas arbitradas, escriben libros sobre Henry James o Samuel Johnson y, en suma, están por encima de Grub Street y sus alrededores. En diez años no han producido nada original. Aún no leo a un crítico académico contemporáneo que escriba más inteligentemente, o lea más cuidadosamente, que un buen reseñista. Aún tengo que conocer a alguien que no sea un siervo voluntario de alguna de las modas ideológicas que mantienen a la academia en la esclavitud.

    La Universidad de Cambridge viene al caso. Fue aquí donde se fundó el “estudio” de la literatura inglesa y donde ha degenerado ahora en un sinnúmero de disputas académicas sobre una tendencia u otra: confundiendo a los estudiantes y provocando ataques generalizados de nervios entre los profesores. Cambridge había sido, hasta hace poco, el tranquilo hogar de críticos liberales, humanistas, que escribían ensayos sobre La tempestad y que, por lo que sé, nunca le hicieron daño a ninguna alma viviente. Pero su humanismo se hizo cada vez más chapucero y la atmósfera cambió. El socialismo y la sociología se pusieron de moda y hubo una crecida de críticos marxistas que discutían los libros como si fueran un agregado de la teoría social. Y ahora los franceses, o cuando menos los discípulos de los franceses, han llegado armados con textos y meta-textos, dispuestos a jurar que el suyo es el único modo de leer libros. Y, cuando todos los demás se han acobardado, ¿qué puede ser más atractivo que un complejo conjunto de instrucciones terriblemente rígido sobre cómo leer y cómo escribir? Para los asediados académicos que no saben lo que están haciendo o por qué lo están haciendo, esto les llega como una bendición inesperada. Es como volver nuevamente al libro de primaria.

    Esto es, por supuesto, una historia abreviada pero algo muy parecido es el contexto de dos libros de dos académicos: Explorations, de L. C. Knights,y The unnatural scene, un estudio de las tragedias de Shakespeare, de Michael Long. Hay algo en esos libros más profundo que sus diferencias en tono y método, aunque ambos podrían negarlo: Cambridge. Los libros fueron concebidos, nacieron y se desarrollaron en esa atmósfera, y se nota.

    El problema central puede plantearse de manera muy sencilla: ¿qué es esta literatura que aceptamos sin poner en duda, y cuáles son sus características particulares que la hacen susceptible de ser enseñada y objeto de conferencias? Estas preguntas merodean en alguna parte de la mayoría de los libros de crítica académica, con la punzante duda que tiene que ser constantemente apaciguada: que tal vez, después de todo, la literatura no sea realmente una disciplina universitaria. Así, Mr. Knights, en este civilizado conjunto de ensayos sobre una variedad de tópicos literarios, se siente obligado a describir la literatura como “una forma de conocimiento”, como un “medio irremplazable para llegar a verdades que son de la máxima importancia para nosotros”. Quien preguntará ¿cuáles son esas verdades?, no necesitaría esperar una respuesta, porque no hay ninguna. “Verdad” y “conocimiento” se sugieren pero nunca se definen; le prestan una espuria fuerza al argumento crítico sin iluminarlo en ningún momento.

    Por supuesto, los literatos académicos siempre han dependido de esta imprecisión para reforzar la demanda por sus estudios y, de hecho, la torpeza y la confusión pueden a menudo ser tomadas por virtudes; ésta es la peculiar característica de los estudios literarios que se reclaman “una forma de conocimiento” al mismo tiempo que rechazan cualquier investigación especial o general por no ser concreta, no estar presentada refinadamente o no ser humana. Pero el problema es más amplio. Describir la literatura como una forma de conocimiento, y luego dejar el asunto en la vaguedad como Mr. Knights hace, es hacerla rehén de la fortuna ideológica. Una “forma de conocimiento” que en realidad no tiene ninguna forma está deplorablemente mal equipada para resistir las lisonjas de cualquier moda sociológica, ideológica o crítica que sea arrastrada a la escena. De ese modo el marxismo, el estructuralismo, el formalismo, la crítica práctica, e incluso el simple y viejo humanismo, son suministrados alternativamente de acuerdo con el colegio, la política y la edad del autor, y la inteligencia del estudiante.

    Mr. Kinights es, sospecho, un honesto, viejo humanista él mismo; su ideología viene de Coleridge y Arnold y es uno de los que sostiene cosas como “la unidad” del trabajo creativo y—más importante— su utilidad moral. Como Knights dice, “cuál, para decirlo crudamente, es su utilidad moral, educativa e incluso política”. O, para decirlo todavía más crudamente, si los estudiantes llegan a Cambridge a estudiar literatura, y a mí se me paga para enseñarla, gracias a Dios, tiene que ser útil. Si no lo fuera la facultad de literatura se derrumbaría como un castillo de naipes.

    Hay algo más en juego aquí, pero es un terreno difícil de cruzar en un pequeño artículo: sin embargo, por mucho que los profesores puedan discutir complejidades morales y fragilidades de la respuesta, no obstante lo mucho que Mr. Knights pueda disculparse en su libro por parecer demasiado “predeterminado” para extraer ejemplos o lecciones morales, por más refinado y cuidadosamente expresado que sea, lo que los críticos académicos tratan y gustan hacer es devaluar el lenguaje escrito y convertirlo en un simple vehículo para la transmisión de ciertas verdades y valores humanos. Como dice Knights de La tempestad : “nos ayuda a enfrentar con algo que no es tristeza ni desesperación las dificultades y limitaciones de la vida”. No sorprende que las academias estén en confusión cuando los críticos literarios se complacen en trillados sermones, cuando una obra es utilizada como calmante, y cuando la crítica se convierte en una suerte de adjunto de la filosofía moral. Cuando la literatura es examinada en este contexto, permanece subordinada a cualquier teoría nueva, por brillante y entretenida que le sea impuesta; no se le concede una forma por sí misma. Michael Long no es un humanista, hasta donde uno puede distinguirlos estos días, pero ha adoptado un lenguaje cuasi-científico que está cercanamente alineado al estilo más urbano de Knights. En el libro de Mr. Long se encuentra también ese énfasis constante en la utilidad de lo que él y sus colegas están haciendo: “convertir la experiencia de sus tragedias [de Shakespeare] en una especie de entrenamiento en la intensidad de los sentimientos, en el refinamiento de la respuesta emocional”. Hubo un tiempo en el que sólo los predicadores y psicólogos realizaban esa impráctica tarea. Y para Long también la crítica literaria se convierte en un vago sustituto de la sociología y la teoría ética: “Las obras contienen una comprensión sutilmente ejecutada, en la base de su visión trágica, de la distancia social y los sistema de estratificación, de etnocentrismo…” Pobre Shakespeare, para Knights se convierte en teólogo y para Long en sociólogo. Y la literatura, cuando es vista en esos términos estéticos y morales, va a dar, atada y amordazada, a manos de los académicos con una tarea que cumplir. No es sorprendente que los estudios literarios se estén derrumbando; cuando antes mejor. (1976)