Pablo Sánchez

  • El novelista frente a la democracia liberal | Pablo Sánchez

    Podría empezar con una cita de Borges, como hacen tantos, pero como últimamente da miedo desafiar la ira de María Kodama, empezaré con una anécdota trivial que no por trivial deja de ser sintomática. Hace poco tiempo vi en las calles de esa ciudad –para algunos mágica y, para mí, aburridísima– llamada Sevilla, el anuncio de una previsible película estadunidense de tema sobrenatural, con fantasmas y ese tipo de seres fantásticos. No vi la película porque creo que no hacía falta perder el tiempo y el dinero, y ni siquiera recuerdo el título, porque seguramente no merece ser recordado, pero sí guardo en la memoria el muy sutil eslogan publicitario que acompañaba la imagen: “basado en hechos reales”. Sí, como lo oyen: basado en hechos reales, ni más ni menos. read more

  • La vida póstuma | Pablo Sánchez

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    Mi nombre es Max von Sydow, y creo que eso dice ya bastante acerca de qué tipo de persona fue mi padre. No hace falta tampoco pensar mucho para deducir que, con un punto de partida así, mi vida no ha sido fácil. Aunque qué vida es fácil. read more

  • La muerte del autor

    Ya en el hospital, mientras llega el día de la operación, muchos me preguntan: ¿y qué haces mientras tanto? ¿Escribes?

    La buena voluntad de suponerme escritor tenaz y luchador y buen profesional (y  en el fondo, el mito terapéutico de la palabra artística). No escribo nada, desde luego; me saldría, como siempre, el chorro elegiaco pero eso es lo que menos me conviene ahora. No necesito que ningún médico me lo diga: ya tengo bastante con mi propia muerte como para pensar en la de mis chavales, los personajes, que tienen tendencia a morírseme y a veces de manera poco agradable. Pienso, entre enfermera y enfermera, si me interesará pronto literaturizar la experiencia del hospital: rentabilizarla, en suma. read more

  • Crítica 149

    Para el número 149 de la revista “Crítica” nos acompañan Alberto Chimal, Adolfo Castañón, Juan Antonio Masoliver, Carlos Ríos, Eduardo Saravia, Eusebio Ruvalcaba, Pablo Sánchez, Javier Munguía, Luis Felipe Lomelí, Gabriel Wolfson, Alejandro Badillo, entre otros escritores.Haz clic en la revista para leer la versión digital.

    SUMARIO:

    Matías Serra BradfordLa resurrección de las reliquias 3Alejandro  Lámbarry

    Cholultecas 6

    Alberto Chimal

    Tolstoi descubre las cualidades de la minificción 15

    Adolfo Castañón

    El variable peso de la risa 19

    Juan Antonio Masoliver Ródenas

    Seis poemas 29

    Javier Elizondo

    Somos lobas 40

    Silviano Santiago

    Los astros dictan el futuro 45

    Gustavo Cobo Borda

    Pasa Baudelaire 59

    Juan Carlos Reyes

    Jim bajo la lluvia 61

    Mauricio Medo

    Poemas 65

    Carlos Ríos

    El amigo de mi padre 73

    Eduardo Saravia

    Tres Poemas 88

    Eusebio Ruvalcaba

    Juego de luces 94

    Pablo Sánchez

    La muerte del autor 99

    Rosana RicárdezCuentos para dormir damiselas 108Willy Gómez Migliaro

    El soporte físico 111

    Javer Mungía

    E. Serna: el arte como una forma elevada de entretenimiento 116

    Luis Felipe Lomelí

    Una isla bajo el volcán 133

    Elkin Restrepo

    Tres Poemas 137

    Théophile Gautier

    El club de hashisianos 143

    Gabriel Wolfson

    El virus de la contingencia 161

    Daniel Bencomo

    De cómo en la fluorita cabe el universo 168

    Francesca Dennstedt

    De huecos, puertos y poesía 170

    Luis Arturo Guichard

    Ligero flete a pulso 174

    Ángel Ortuño

    Dos notas de dos 177

    Alejandro Badillo

    Una búsqueda sin motivos 180

    Margarita Pintado

    Los improbables orígenes del Yo 183

     

  • Sobre relojes de cuco y encrucijadas de la novela en español

    En la bibliografía sobre teoría del arte no suele citarse con frecuencia uno de los enunciados más sugerentes y cínicos sobre la relación entre creación artística y sociedad. Me refiero a las famosas palabras de Harry Lime, el personaje interpretado por Orson Welles en El tercer hombre, la película de Carol Reed con guión de Graham Greene. Por si alguien no lo recuerda, resumiré la memorable escena. Harry Lime es un canalla que se enriquece en la Viena posterior a la II Guerra Mundial traficando y rentabilizando vilmente incluso el dolor de niños enfermos. Su maldad combina elocuencia y autojustificación, lo que le convierte en un cínico ejemplar. Ante la posibilidad de ser recriminado o sentirse culpable por sus crímenes y por la maldad del mundo moderno, recurre a un argumento perverso pero inquietante. El fragmento debería ser lectura obligatoria en todos los talleres de guionistas y dice algo así: “En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Angel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, quinientos años de democracia y paz y ¿qué tenemos? El reloj de cuco.”

    Naturalmente, no cuesta mucho encontrar las trampas del argumento desde el punto de vista teórico, pero ni siquiera así pierde su encanto y su capacidad estimulante. Y, por otro lado, no deja de haber una lucidez macabra que extrañamente no ha caducado. Porque la ecuación entre guerra y arte, entre poder y literatura, es fundamental en la historia de géneros como el novelístico y hoy presenta rasgos novedosos que podemos empezar a diagnosticar y también encrucijadas ante las que han de situarse creadores, críticos y lectores. No se trata de negar la autonomía del arte y caer en un burdo determinismo sobre el poder de los contextos históricos; bastaría pensar en el carácter semiprofético de Kafka, señalado por Canetti o Kundera, entre otros, que demuestra cómo la literatura puede incluso anticipar colapsos históricos. Pero eso no significa que el escritor, por mucha aureola mítica y pseudodivina que tenga, esté al margen de las tensiones históricas del presente en el que vive. Es más: su condición de intérprete polivalente y sutil del tiempo que le ha tocado vivir es parte crucial de su valor cultural.

    En ese sentido, el texto de El tercer hombre me hace pensar que la paz es siempre deseable, pero lo que no me queda del todo claro es que algunas formas de paz generen buenas novelas. Vargas Llosa definía en los años sesenta al novelista como un carroñero que se nutre de la descomposición histórica de las épocas de crisis, y su propia obra de entonces se basaba en recuperar un realismo nada mágico pero sí bastante crítico. Aunque esa propuesta no estaba de acuerdo con el optimismo revolucionario propugnado desde Cuba, sí podríamos decir que formaba parte de la visión utópica del arte como preludio de la subversión social. Pero podríamos multiplicar los ejemplos de lecturas sobre la correlación entre violencia histórica y evolución literaria. Hay quien afirma, por ejemplo, que la literatura argentina nace y se estigmatiza con la violencia esencial de Facundo y El matadero, y no olvidemos que según García Márquez el gran mito aportado por la narrativa latinoamericana quizá sea el dictador, que tiene una evidente base empírica y que tanta prosperidad ha mostrado en algunas de las mejores novelas en español del siglo XX. Por tanto, a nadie se le puede escapar la fertilidad artística de la violencia y del conflicto histórico; pensemos en Guerra y paz, o en todo el cine derivado de la guerra de Vietnam, o en el impacto que las guerras mundiales han tenido en la literatura de vanguardia y en el existencialismo literario. De la misma manera, se me ocurre que, por ejemplo, la novela española de la democracia (es decir, la novela de los últimos veinticinco años) tiene el síndrome del reloj de cuco: mucha paz y estabilidad, pero poco riesgo literario, ninguna conmoción y demasiados pactos entre caballeros. O sea que tal vez Orson Welles no andaba tan desencaminado; a la novela le sientan especialmente bien el caos y las convulsiones, la mala conciencia y la polémica, el radicalismo y los extremos opuestos, porque todo eso favorece su sentido inquisitivo y problemático, su riqueza de significado ideológico, su valor como resonancia magnética que descubre la vida oculta del cuerpo social.

    Desde esa perspectiva, ¿cuál es el balance que podemos hacer hoy, sin alardeos proféticos o decadentistas y sin propagandas más o menos encubiertas? Si algo parece claro, como regla fundamental del campo del poder en el nuevo milenio en el mundo occidental o en fase creciente de occidentalización, es la hegemonía de la democracia más o menos liberal y de la economía de mercado. Tal vez sea ese el horizonte ante el cual debemos movernos, en un sentido o en otro, de forma propositiva o de forma reactiva, como votantes y como lectores. Es cierto que hay evidentes focos de resistencia desde la sociedad civil y experimentos de dudoso futuro como el neobolivarismo chillón y recalcitrante del sin par Hugo Chávez, pero la gran alternativa, el socialismo real, perdió la batalla hace algunos años y su sortilegio, la sagrada Revolución, ya no tiene efecto mágico y menos aún literario. El mundo desarrollado promueve constantemente la expansión del capital defendiendo sus efectos benéficos y una imagen generosa, y convenciéndonos de que no hay más opciones que los males menores de la democracia. Las apariencias engañan, naturalmente, pero el fin del sueño revolucionario ha favorecido la aceptación de una cierta paz o tregua histórica que se sostendrá hasta que todo vuelva a explotar y alguna nueva crisis como la que ahora sufrimos nos devuelva a la triste realidad de que el mundo nunca ha dejado de ser injusto.

    Con todo, y a pesar de las lamentables excepciones que conocemos, diríamos que hay un cierto progreso en la democratización de sociedades como las latinoamericanas o las del Este de Europa, o al menos hay un declive de las estructuras autoritarias o totalitarias, a lo que habría que añadir la expansión global del capital como realidad económica irrefrenable. No voy a ser optimista, porque como decía Cioran los optimistas son más propensos al suicidio que los pesimistas, pero quizá habría que admitir que no estamos peor que en el siglo XX, que desde luego es difícil de superar en el cómputo de atrocidades, genocidios y destrucción masiva. En realidad, el mundo no está en paz, claro que no; simplemente ahora hay otras formas de violencia que afectan quizá más a la población civil que a la militar, pero lo más importante es que la posibilidad de crear un gran modelo para la transformación del mundo está en crisis, después de los relativismos posmodernos, las descentralizaciones del conocimiento, y también, para qué negarlo, la lección histórica que supone el horror en nombre de ideologías redentoras. En ese sentido, la paz europea actual es la paz del mercado y de la derrota del socialismo.

    Sin darle la razón al egocéntrico de Francis Fukuyama, el autor de la teoría del fin de la historia en 1990, es cierto que vivimos un momento de occidentalización y poderío capitalista, que en España, por ejemplo, es verdaderamente abrumador e incluso presenta una carga fundamentalista. En mi país, el empresario, que ha sido tantas veces el malo de novelas y películas, ha pasado a convertirse casi en un héroe social, en un altruista creador de empleo, generoso y desprendido, y el capitalismo, lejos de ser un modo opresor y antiigualitario de organizar la producción de bienes para la convivencia, es un nuevo pacto social del que muy pocos, sobre todo entre los intelectuales y artistas, se quejan públicamente. La competitividad y la productividad son los valores máximos, y aunque algunos opongan a esos valores otros menos venales como la solidaridad, hay una cierta impostura en esa solidaridad biempensante y autocomplaciente de ricos que ayudan a los pobres. Obviamente, el caso de México es distinto por su irregular democratización y por la heterogeneidad socioétnica no resuelta, pero el poder también quiere venderse internacionalmente como producto liberal marcado por el pragmatismo tecnócrata tan habitual de nuestros tiempos.

    ¿Qué tiene que ver todo esto con la literatura? Bueno, la pregunta vendría a ser ésta: ¿vamos hacia la producción en serie de relojes de cuco o reaparecerá el espíritu borgiano, en este caso de los Borgia? Desgraciadamente, yo diría que gracias al increíble auge de la mercantilización literaria vamos hacia el “modelo suizo”. Creo que hay muchos lectores que coincidirán conmigo en que, al menos en lengua española, no vivimos un momento de especial esplendor novelístico, de incentivos vitales a través de la correspondencia entre literatura y realidad; por supuesto, hay novelas unánimemente apreciadas y apreciables y muchísimo movimiento literario, pero la sombra persistente del boom todavía aqueja y acompleja a la narrativa en español y lleva a comparaciones más que nunca odiosas. La nostalgia de la audacia de otras épocas es comprensible: sobre todo, porque yo diría que se ha impuesto hoy una cierta tibieza literaria, un apaciguamiento general de las exigencias después de décadas de agitaciones literarias y extraliterarias. Es comprensible la necesidad de paz, de tregua tras tantas revoluciones soñadas y gritadas, y ya nadie puede sostener cabalmente los idearios bohemios y el espíritu redentor de lo que fue la literatura antes de que la posmodernidad barriera con todo para hacernos creer, en el fondo, que lo de la muerte de Dios no era tan grave. Pero el panorama novelístico hoy me parece peligrosamente conservador y conformista. Es, sin duda, muy presuntuoso y anacrónico hablar de crisis de la novela, puesto que todas las llamadas crisis literarias no son más que procesos de transición y renovación estéticas, y ahora estamos en uno de esos procesos. No obstante, algunos indicios de apatía y desorientación merecen una mirada crítica.

    Lo que quisiera preguntar, desde mi posición absolutamente subjetiva e implicada y con intereses en juego que no me cuesta admitir, es qué literatura debemos defender, propiciar o premiar en un contexto como el actual. La legitimidad literaria siempre está en permanente disputa, y este momento no es la excepción. Me parece importante definir el horizonte de posibilidades y criterios para la novela hoy, al menos en el ámbito hispánico (ya no me atrevo a hablar de toda la novela occidental). Sé que, evidentemente, todo tiene que ser provisional y que cualquier diagnóstico envejecerá rápido, pero me gustaría pensar que es posible todavía proponer nuevas opciones y luchar para que se seleccionen algunas expectativas literarias y no otras.

    Volvamos al caso de Vargas Llosa y utilicémoslo como guía. Podemos hacer tres calas en la trayectoria del novelista peruano y extraer algunas conclusiones sobre cada época literaria. El primer Vargas Llosa, el de los años sesenta, es el de los grandes esfuerzos abarcadores, las novelas tecnificadas pero no opacas, el análisis de las fuerzas sociales sin recurrir a nada fantástico ni mágico; la modernidad en versión latinoamericana, la herencia de Faulkner y demás. El segundo Vargas Llosa sería el que con La tía Julia y el escribidor certifica la posmodernidad latinoamericana: humor, discursos no clausurados, autorreferencialidad, en definitiva una relajación con respecto a la desmedida ambición de sus primeras novelas. Y el tercer Vargas Llosa sería el anticipado por La guerra del fin del mundo pero confirmado bastante después con La fiesta del chivo: el autor del best-seller de calidad, atractivo pero transparente y sin sorpresas, capaz de mantener la eficacia narrativa a costa de renunciar, por ejemplo, a cualquier tipo de experimentación, lo que compensa con una pequeña trampa que hoy en día es tan abundante y que podríamos resumir con el tópico cinematográfico que dice “basado en hechos reales” (que se suele ofrecer casi como una disculpa previa ante el espectador).

    Vargas Llosa, evidentemente, puede escribir lo que quiera y no tiene que demostrarle nada a nadie, pero lo que llama la atención es la excelente recepción crítica de La fiesta del chivo, que para muchas voces autorizadas es comparable a cualquiera de sus obras maestras. Pero ¿realmente es comparable, como novela sobre la dictadura, a Conversación en La Catedral, un tipo de novela que hoy nadie publica y que quizá nadie escribe? Evidentemente, la calidad no es empíricamente mesurable y los tiempos han cambiado mucho entre una y otra novela, pero ¿no hay acaso una significativa evolución en las prioridades estéticas del novelista peruano?

    Creo que el prestigio de La fiesta del chivo informa convenientemente de los valores actuales y de cómo el libre mercado se está convirtiendo en la fuerza reguladora de la actividad literaria hoy. Podríamos multiplicar los ejemplos de esta confluencia entre prestigio crítico y rentabilidad comercial: pensemos en la tercera novela de un autor de culto, difícil, como Ricardo Piglia, que se mete, como es sabido, en un monumental y lamentable lío al ganar ni más ni menos que el premio Planeta de Argentina con una novela que además fue llevada al cine: Plata quemada. El tema de los premios literarios daría para mucho más, pero es demasiado obvio. La más sutil penetración del capital en la literatura es aquella que tiene que ver con la propia creatividad, con las poéticas de los escritores, con sus cosmovisiones que ya no alientan revoluciones y que cada vez muestran menos resistencia al mercado. Pensemos en la alta productividad de un autor deliberadamente superficial como César Aira. Pensemos en el increíble éxito de una novela conciliadora y fácilmente digerible como Soldados de Salamina, de Javier Cercas (novela que, probablemente, han leído muchos de los lectores de novelas como La sombra del viento). O en cómo Javier Marías, después de una novela espléndida como Mañana en la batalla piensa en mí, trató de vender una autobiografía como novela o experimento seudonovelístico para satisfacer la creada demanda de sus lectores, lo que dio lugar a un texto menor como Negra espalda del tiempo, con el cual Marías se permitía algunos ajustes de cuentas mientras se concentraba para su verdadero proyecto novelístico, la morosa trilogía Tu rostro mañana. Ciertamente, ahora, cómodamente instalado en el mercado, Marías ha podido llevar a cabo un proyecto de largo alcance, un proyecto de los de antes, discutible pero sin duda ambicioso, un reto importante desde el punto de vista estético.

    El malogrado Roberto Bolaño había decidido que su magna obra 2666, publicada póstumamente, fuera editada en cuatro novelas para satisfacer las necesidades económicas de su familia. Finalmente ha sido editada en un solo volumen denso y respetable, pero sigue quedando el dato como evidencia de la manera en que los escritores están aceptando cada vez más las reglas de juego de la potente industria editorial. No me entiendan mal: tienen derecho, sin duda. No entiendo por qué todos los ciudadanos pueden moverse en el mercado sin recriminaciones cotidianas y sin embargo se les exige a los escritores un ascetismo y una integridad moral implacables, como si tuvieran que trabajar de día en una mina y por la noche escribir para ser dignos representantes de la clase artística. En cierto modo, se trata de un pacto fáustico sumamente tentador: el mercado ofrece el sueño de la profesionalización para no tener que seguir en el inframundo de las correcciones o los cursos de lengua española, pero a cambio el escritor tiene que someterse a la disciplina del mercado y autocensurarse.

    En realidad, el problema no es de comodidad social, sino de complicidad ideológica y falta de espíritu crítico. Criticar el mercado por nostalgia o por una idea de pureza original, o atacarlo con los peores denuestos globalifóbicos, son dos actitudes igual de ingenuas ante el poder ambivalente y camaleónico del capital. Y el libre mercado es el modelo económico de la democracia que predomina hoy y que nos presentan constantemente como la mejor garantía de paz, especialmente, claro, en los países ricos (porque, por si alguien no se había dado cuenta, en el mercado siempre hay quien gana y quien pierde). La receta es paz y prosperidad según las reglas de la competencia; a partir de ahí, la cultura y el conocimiento son parte fundamental de la lucha por el poder hoy y el mercado tiende a asimilarlos, restándoles autonomía y sometiéndolos a la supuestamente infalible ley de la oferta y la demanda. En ese contexto, demonizar el mercado como en los viejos tiempos tiene algo de retórica paleomarxista; el problema es que en países como España hemos pasado al polo opuesto, glorificando la armonía mercantil como la Arcadia en la que todo abunda y los buenos, inteligentes y guapos triunfan con todo merecimiento. Una de las consecuencias más tristes de procesos como la “alfaguarización” es la claudicación ante una industria editorial que trata denodadamente de sustituir el capital simbólico por capital real pero que lo hace con más disimulo, por ejemplo, que la editorial Planeta, paradigma del best-sellerismo. No, la resistencia ante el mercado sigue siendo necesaria, incluso aunque no podamos estar fuera de él. Los trabajadores están en el mercado, pero no tienen la misma responsabilidad social que el empresario. Algo parecido, por supuesto, ocurre en la actividad literaria.

    La mayor parte de los que estamos más o menos cerca de la actividad literaria consideramos envilecedor y negativo el mercado, aunque no sea el Mal absoluto. Puede ser dinámico y su poder expansivo puede ser muy fructífero para la innovación tecnológica, pero en literatura me temo que sólo implica autocensura, adocenamiento y lo que Hans-Robert Jauss llamaba arte de entretenimiento, el arte que satisface una demanda preexistente. El arte-mercancía que dura en los escaparates hasta que aparece el producto que lo sustituye, y que normalmente se asocia a una marca, sea el supuesto prestigio de una editorial o la trayectoria consagrada de un autor cómodamente situado desde el punto de vista socioliterario.

    Y lo peor es que las alternativas cada vez escasean más, precisamente por la esponjosidad del mercado, que lo absorbe todo y que puede sublimar cualquier aparente transgresión, como sucede con el ejemplo más famoso: el consumo masivo de las playeras con la imagen del Che Guevara fotografiado por Alberto Korda. Pero además el mercado juega con otro factor que le da ventaja: la intercomunicación mundial es su gran baza. Hace cien años, París marcaba las tendencias artísticas y el artepurismo tenía sentido porque había una comunidad que otorgaba esos capitales simbólicos: podías vender cincuenta libros de poesía, pero bastaba con que los leyeran los inteligentes, los cultos para conseguir la legitimidad (la legitimidad es el nombre más científico que le podemos dar a lo que románticamente hemos considerado la inmortalidad). Pero hoy hay poetas y novelistas por todas partes, desde Cochabamba hasta Kiev, y la competencia es brutal, desmedida. No sólo el consumo literario, sino que la producción literaria es masiva y eso significa que, perversamente, el mercado se está erigiendo en el único instrumento discriminatorio, en la selección que permite que un escritor de Japón sea conocido en Cholula o que un cholulteca pueda ser leído en Japón.

    La masificación de la literatura no es un fenómeno nuevo, pero las proporciones actuales sí lo son. Si hoy renuncias digna y heroicamente al mercado y llevas una trayectoria oscura y anónima a la manera de Pessoa o tantos otros, corres un riesgo muy superior de ser absolutamente ninguneado por la posteridad. Ya no basta con que algún influyente crítico o creador te rescate del olvido; tienes que conseguir que ese amigo promocione tu libro entre miles, y no es una hipérbole. Alguien dirá que esa masificación es parte del sentido democrático y antielitista de la nueva cultura, por el cual la literatura ya no es un dominio exclusivo de algunos centros de poder y el acceso a la actividad literaria es mucho más extenso y diverso. Sin embargo, hay peligros evidentes detrás de ese aparente igualitarismo, y eso no significa que yo adopte una posición aristocrática a la manera del arielismo de José Enrique Rodó. No; el peligro fundamental es la automatización de los discursos como consecuencia de la profunda penetración del consumismo en la interioridad del circuito literario. En España, el resultado es sencillamente alarmante: el supuesto bienestar material de la sociedad ha generado una literatura conformista, que, cuando busca problemas, sólo sabe remontarse superficialmente (como si hablara de templarios o códigos Da Vinci) a la Guerra Civil, pero que es incapaz de trasladar la visión trágica al tiempo presente.

    De hecho, la sustitución de la tragedia por la ironía es el correlato perfecto de la suplantación de la literatura por el consumo que corresponde a una sociedad ingenuamente optimista como es la española. En España se premia abrumadoramente la ironía y se desdeña lo trágico. Con ello, la ironía acaba perdiendo su acidez y se disuelve fácilmente. La tragedia, por supuesto, no vende, salvo cuando se refiere a otros países, por ejemplo, los países latinoamericanos azotados por el narcotráfico.

    Sí, la tragedia es lo que no gusta al público español y quizá es por ahí por donde se puede ofrecer una pequeña resistencia ante el poder tremendo de las industrias editoriales. Quizá hay que volver a molestar con aquello tan poco glamouroso y comercial que llaman muerte y soledad. Pero, ¿cómo llevar a cabo un proyecto neotrágico sin caer en lo patético o en lo previsible? Todavía no lo sé, sinceramente. Esto es sólo una percepción inicial: la existencia de un vacío temático, una laguna de posibilidades literarias. Aunque creo que no es tan difícil encontrar un punto de partida para el plan de trabajo: bastaría con pensar que incluso los suizos se mueren y tal vez nunca han sido tan felices, a pesar de los relojes de cuco.

     Texto publicado en la edición 132 de Crítica


    Escrito por Pablo Sánchez

    Pablo Sánchez (Barcelona, 1970) estudió Filología Hispánica en la Universitat de Barcelona, donde se doctoró con una tesis sobre la trayectoria del escritor argentino Ernesto Sábato. Trabajó como profesor de literatura española e hispanoamericana en la Universidad de las Américas, Puebla. Vive en Sevilla y da clases en la facultad de Filología de la Universidad de Sevilla. Ha publicado numerosos artículos sobre narrativa hispanoamericana en revistas especializadas. Caja negra, su primera novela, obtuvo el Premio Lengua de Trapo, tambien  ganó el premio novela Francisco Casavell con la obra El alquiler del mundo.

  • El liderazgo de la ficción

    Es curioso cómo el género novelístico parece a menudo a punto de morir, en decadencia o amenazado por supuestas nuevas especies superiores. A lo largo del siglo xx profetas más o menos eminentes de la élite culta advirtieron de los peligros que acechaban al porvenir de la novela como forma hegemónica de la narratividad. Ahora podría estar añadiéndose otra nueva amenaza. Una vez más, lo popular ataca, pero esta vez se trata de una forma popular renovada y con un creciente prestigio: la ficción televisiva, convertida en un lenguaje cultural de notable poder simbólico y económico que está captando la atención de los que en otros tiempos sólo se maravillaban con los productos novelísticos y que ahora, por tanto, se suman a la audiencia masiva que siempre ha tenido la televisión. read more

  • Crítica 146

     

    El último número de la Crítica del 2011 es el 146. La abre el escritor colombiano Luis Miguel Rivas, que participará en el programa de la FIL, “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”. Además nos acompañan Andrea Kurtz, Idalia Mojerón Arnaiz, Reynaldo Jiménez, Juan Villoro, Rafael Zamudio, Alberto Chimal, Eduardo Padilla, Gerardo Piña, Pablo Sánchez, Julián Herbert, Carlos A. Aguilera, Fabio Morábito, Felipe Vázquez, Alejandro Badillo, Carmen Boullosa, David Cortés Cabán, Luis Fernando Cruz Carrillo, Carlos Ulises Mata, Daniel Bencomo, Gregorio Cervantes Mejía, Víctor Hugo Martínez Bravo, Eduardo Sabugaln y Francesca Dennstedt.

    SUMARIO:

    Luis Miguel Rivas
    Escribo para que no se me olvide 3Andreas Kurz
    Confesiones de un racionalista 9Idalia Morejón Arnaiz
    Elogio del folletín 18

    Reynaldo Jiménez
    Tres Poemas 23

    Juan Villoro
    Escribir cartas: pedir que el tiempo exista 30

    Rafael Zamudio
    Las vías insomnes 54

    Alberto Chimal
    Generación Z 64

    Eduardo Padilla
    Cuatro poemas 77

    Gerardo Piña
    Oráculo 83

    Pablo Sánchez
    El liderazgo de la ficción 97

    Julián Herbert
    Cuatro poemas 105

    Carlos A. Aguilera
    El estremecimiento de los intelectuales:
    entrevista a Idalia Morejón Arnaiz 115

    Fabio Morábito
    Prosas 124Felipe Vázquez
    Seis notas sobre la poesía de Morábito 127Alejandro Badillo
    La señal 137

    Carmen Boullosa
    Cincuenta cuerpos extraordinarios 145

    David Cortés Cabán
    Seis poemas 156

    Luis Fernando Cruz Carrillo
    Diablo 159

    Carlos Ulises Mata
    La mirada hermenéutica 167

    Daniel Bencomo
    La dicha de lo dicho 173

    Gregorio Cervantes Mejía
    El peso de los recuerdos 176

    Víctor Hugo Martínez Bravo
    Con un cuerno de chivo en Wall Street 178

    Eduardo Sabugal
    La caja verde de Cristina 184

    Francesca Dennstedt 
    Un ejemplar de chotería 188