La imagen de la literatura mexicana de Nexos

El título, sin serlo mucho, es más escandaloso de lo que merecería. Esto no es más que una notita sobre cierto rasgo —en general involuntario, más bien no muy importante y que no obstante no deja de llamar la atención— proyectado por los textos que publicó la revista Nexos entre enero y marzo bajo el encabezado común “Novedad de la narrativa mexicana”.

No sé si habrá más entregas de la serie, no sé si después harán otras sobre la “Novedad de la poesía mexicana” o “del ensayo”. Pero hasta ahora, y pese a la rotunda delimitación del encabezado, los textos parecen más bien deslizarse hacia la sinécdoque favorita de nuestro medio, y no sé si sólo del nuestro: la narrativa es la literatura, lo cual, para evitarse dudas, se diría mejor de la siguiente forma: la narrativa, y de preferencia la novela, es toda la literatura.

Un par de artículos son mucho más claros al asumir su campo restringido: se enumeran narradores y se habla sólo de narrativa, o de la crítica en torno a los narradores. En  el resto, al menos en algún distraído minuto, se tiende a la confusión: “Leo la literatura mexicana contemporánea con reverencia”, se dice en uno; en otro se habla de la “confianza en la salud de la literatura mexicana” que incluso le ha reavivado a su autor la “capacidad de asombro”.

¿Éste es todo el problema, una mínima imprecisión en el uso de dos palabras? No: junto a eso, la forma en que se asume, sobre todo en las primeras entregas de la serie, el tema o falso tema de la generación de los setenta. Los críticos de Nexos, creo yo, han hecho demasiado caso al modo en que, en general, ha sido planteado el tema de la generación de los setenta por los mismos escritores de la generación de los setenta: para empezar, han hecho caso a la supuesta existencia de tal cosa como esa generación y ese tema. Pero sobre todo, se han plegado al hecho de que, en buena medida, la generación de los setenta haya sido reducida automáticamente, buscándolo o no, a una generación de narradores por muchos de quienes han dicho alguna cosa sobre ella.

En alguna de esas primeras entregas se habla de las relaciones de algunos narradores de los setenta con las artes plásticas. ¿No habría sido importante hablar de sus relaciones con la poesía? ¿O será justamente que casi no las hay, que son frágiles y no muy fecundas? ¿Y eso no se refleja en el hecho de que varios de esos narradores hayan configurado nóminas de autores o breves teorizaciones sobre el tema sin incluir a ningún poeta, sin atender a ninguna relación con la producción poética de sus contemporáneos (y viceversa, claro)? Por una parte, los críticos se circunscriben al ámbito de la narrativa pero en la práctica leen literatura donde escriben narrativa; por otra, no trazan relaciones con la poesía (o con el teatro) aun si casi no haya tales relaciones.

En todo caso y más bien, habría que cuestionar o interpretar la ausencia de esas relaciones, esas líneas. Todo esto es un poco exagerado, de acuerdo, pero no dejo de pensar que esa reducción de la literatura a la narrativa promovida, en fin, por mi generación —la anterior, eso sí, ya nos había abierto el camino—, y ahora reproducida por varios textos de la serie de Nexos, le resulta muy grata a la industria editorial y mediática, que prefiere no tener que lidiar con poemas, ensayos, con cualquier cosa que no sea claramente una novela o, en fin, con cualquier cosa que, siendo lo que sea, no acepte llamarse “novela” en la portada o no acepte que en la contraportada, supuestamente para atraer al lector, se diga que “este libro [esta biografía, este conjunto de artículos, estas crónicas, este puñado de sermones] se lee como una novela”. Pongámonos más exagerados, por qué no.