narrativa

  • El cataclismo de prender un cerillo

    Arte de Merlina Krönic

    Arte de Merlina Krönic

    ¿Qué hay? Algo. Una pulsión. De entrada eso hay. La lucidez de un continuo sembrado de manera equitativa en cualquier cosa, y que no sugiere desperdicio de tipo alguno, libre, por naturaleza, anterior a reglas y leyes; anterior, vigente y posterior a la ficción del tiempo, sin remaches ni muletas. Un vibrar profundo e invisible, esparcido por todo este campo, por todo este tiempo, por todos los campos y todos los tiempos, y cuya existencia se me muestra palpable de pronto, indudable e imposible de probar, pero no hace falta. read more

  • La fuente de la inopia por Eduardo Sabugal

    I

    No sabe que más allá del barrio de Santiago hay una figura con alas que lo espera pacientemente como una enredadera, ni sabe que su futuro está tatuándose poco a poco en este instante en el que piensa en ella; no intuye siquiera que los acontecimientos se están inscribiendo como manchas dactilares en un pergamino de miel. Mateo no sabe que ya le están poniendo a correr la liebre mecánica más allá de los recovecos de la sala imperial de la voluntad y más allá también de la imaginación que le devora y le dicta los métodos para disfrazar sus deseos. Galgo absurdamente lento sentado aquí bajo el ladrillado y delante de su botella de cerveza. Sus dedos reciben el frío vidrioso de la cerveza y sus ojos se pierden allá en la puerta centenaria y en la iglesia de Santiago, mientras aquí en el porche los hombres no hablan sino con gestos etílicos, como aprendidos en una mímica ancestral y remota, teatro viril del cansancio indigente. Franqueado por esos dos abandonos, el del borracho anegado en su silla y el del tiempo que corrompe, que lacera con sus signos de piedra. Mira aquella puerta, confín de un imperio reducido, desvalida entre tanta cosa nueva y fútil, árboles miserables e intrusos, un corral satírico en forma de parque para tanta sangre y tanta voz guardada bajo la tierra. El bar le comunica la-fuente-de-la-inopialo contrario de lo que perciben sus dedos en la botella de vidrio, es como si esa mesa de metal y ese espejo sucio sobre la barra le marcasen un inicio, un lugar de origen, para tanta serpiente de humo que su conciencia ha comenzado a disparar mucho más allá de esas calles y este tiempo. Ignora que el ojo de Santiago regaba con agua sulfurosa una galera  roja en donde escurría desde una viga la sangre de los toros asesinados en la noche. No sabe que la silla que ocupa era la perspectiva secreta de un cholulteca que intercambió cuatro solares por una muerte. Y tampoco sabe nada si estira el ovillo hacia el otro extremo, no imagina siquiera el corte que hará para intentar sacar a Susana de un estanque agitado de sueños. Está ahí, comiendo habas y garbanzos, planeando oscuramente un regalo mientras en su garganta pasa el fermento acuoso de cuatrocientos granos de cebada; digiriendo un aroma a lúpulo, está muy a su pesar cayendo en las tretas de la proyección. Y la noche zumba un galope de carretas o de cascos lodosos, escurre el hálito sonoro entre alamedas borradas, eco imposible que emana de la noche y de los muros viejos. Y el eco se reduce a un susurro imperceptible en este ángulo, como si esta esquina a donde Mateo ha llegado, fuera una invisible rasgadura en el cuadro, un intersticio que el pintor ha olvidado y en donde la pintura impregna los dos lados de la tela. Ha caminado hasta aquí después de pagar las cervezas y atravesar la calle, ahora con la convicción de su empresa voltea como para despedirse de la luz del porche, de las mesas metálicas, pequeño óleo luminoso en la manta negra que sostiene la luna. Ha emprendido una fuga horizontal en una calle de arbolitos que desemboca en un punto de fuga empobrecido, atenuado por el alumbrado escaso que se empina como cuellos de gansos verdes sobre la calle olorosa a grasa. El caminar se hace rápido a pesar de la densidad de la penumbra y de los fortísimos olores de los molotes y las quesadillas, de los esquites que arden en despostilladas ollas de peltre azul. Se entretiene mirando los dragones de humo que revolotean sobre los anafres, las diminutas luciérnagas rojas que se esconden en el carbón, las sombras, las ventanas. Espera poder encontrar a Raimundo en su guarida y pedirle que sea el guardián y el testigo de su complicado cometido. Detrás de las cortinas, la luz hace que Mateo alcance a ver la ventana de la casa en una suerte de descubrimiento dichoso. Enmarcado por una herrumbrosa cornisa, el cristal en el muro es un alveolo luminoso. Ella ha cambiado de posición en el sofá de rayas negras y blancas, Lucía tiene apoyado el libro sobre sus muslos, sigue la lectura con una dificultad focal, la vista cansada transfiere el cansancio a todo el cuerpo que se ovilla en el sofá cebra, Raimundo fuma y la ve y no puede dejar de pensar el cómico parecido de Lucía con la posición del Chac Mool. Hace unas horas, en el encierro de sus cuerpos, en el ingrávido periplo del deseo, ninguno de los dos pensaba en estas horas en donde Eros los ha dejado después del crujir de labios, embrutecidos y amodorrados en la aporía de la noche y en la caricia tenue y lenta del tiempo. El tabaco en la boca de Raimundo y las letras torcidas en los ojos de Lucía sólo son dos conchas marinas ancladas en el silencio arenoso tras la lascivia marítima. En ese remanso Mateo irrumpe con explicaciones enroscadas como caracoles a causa de la urgencia. Los dos amigos escuchan y saben que el caracol se metamorfoseará en carta, en número, en mano abierta y legible como una constelación. Mateo ha dicho ángel, Susana, Catedral; y con esas tres palabras, Raimundo y Lucía han logrado triturar una concha como de sarro y han entendido los surcos en la palma como si fuesen gitanos, han comprendido la figura de la constelación con sólo tres astros y han dejado el cigarro y la cómoda cebra adormilada para salir con Mateo a torear la fortuna que brilla como una cefeida en lo oscuro de la noche. Olvidándosele quizá a Mateo que la fortuna no tiene forma de osamenta arbórea sino de rueda, y olvidándosele también que la policía municipal a esas horas también tiene manera de moverse. Esas formas que tiene la existencia para trocar la corona azarosa de un alce en aplastamiento giratorio, son precisamente las cosas que ignora Mateo y por eso ahora camina junto a dos guardianes que ya miran de lejos la cúpula de ladrillo y azulejos, y más arriba, recortándose en la noche de manchas nubosas, la lintercilla, el globo y la cruz. Los tres ya alcanzan a divisar las moles erguidas de basalto, torres de un templo barroco y neoclásico que albergan como en una hornacina sonora las campanas que hacen ondular el espacio sobre los tejados y tinacos, sobre los tendederos y los postes. Ya les ha explicado él el motivo de la caminata, ya les ha dicho cómo usará el arco y la segueta, y les ha prevenido de los posibles riesgos que merodean la catedral. Raimundo se imagina, sin embargo, que las miradas delatoras podrían venir de las ventanas que tiene el templo, y que en el interior muchos ojos muertos podrían cobrar claridad, imagina el Moisés con la serpiente de metal de Villalpando y le da un temor absurdo. Ahí está ya el imafronte, primero darán un rodeo, caminan mirando los ángeles que miran el cielo y escupen una pobre luz sobre el mundo, los watts que esos focos conceden bastarían para confundir a cualquier parroquiano con Francisco Becerra o a cualquier petrificada escultura con un policía. Caminan por el enverjado de la esquina noroeste del atrio, recorren los noventa y ocho metros para volver a quebrar a la derecha, ahora están mirando la parte trasera de la Iglesia, Mateo señala la próxima esquina y recuerda a Raimundo que esa esquina será su lugar de vigía. Los muros tienen el grosor de conciencias litúrgicas, y las composiciones atroces que cree ver Mateo en la esquina le hacen pensar en otros vigías, en indios descalzos que reptaban por las lenguas de Satán para poder venir a espiar este templo con techo de paja, tiempos en donde las capillas se habían infestado de indios casados y con otras indecencias. Jinetes manieristas descargando ornamentación para el templo amorfo, transformal y vestido de formas. Como si todo ese vestir las formas no fuera otra cosa que el mismo gesto de ensayar una mutilación, espacio infinito para el acto de terminación y consagración, para el suceso repetitivo de la amputación. Lucía hubiera preferido que Mateo robara un vaso de oro de colores que hay en el interior, o las jarras de plata, pero se alegra de su fácil tarea de atalayar desde la esquina poniente hasta donde sus ojos alcancen. Segundo vigía para que el cortador del ángel siga su impulso, Lucía se ha detenido en la banqueta y ha prendido un cigarro, la comunicación será uno o dos silbidos, recuerda que no sabe silbar pero lo mismo le da gritar que aventar una piedra o ponerse a cantar. El ángel de cuerpo entero es idéntico a sus compañeros verduscos que rodean la iglesia, ahí empotrados sobre el enverjado de hierro y bronce. Son sesenta pilastras toscanas que detienen a los querubines y Mateo ha escogido no sabe porqué supersticiones el segundo del tramo largo del oeste, mira la víctima, se imagina la cara de Susana cuando le lleve no la oreja ni el rabo sino todo el cuerpo angelical de esa corrida nocturna. Trepa el enrejado y empuña la segueta como quien alza un cuchillo sobre su propio hijo para el sacrificio, dejará sólo treinta y nueve seres alados custodiando el templo, sabe que esos ángeles tienen algo de profanos, algo de secular, pues los ha puesto ahí el poder burgués de finales del XIX. Comerciantes ociosos piensa Mateo mientras corrige el ritmo de los dientes diminutos que muerden el metal verde de la pata del ángel. El querubín se resiste más de lo que pensaba y sospecha que estas criaturas terrenales son un poco más fuertes que los que están en el interior tocando la flauta en el órgano menor, como si el estar a la intemperie y expuestos al fluir urbano los hubiera hecho más robustos en sus raíces, como si su temple metafísico hubiera recibido más bendiciones por estar sufriendo la cagada de las palomas. Desde luego hubiera sido mejor llevarle la inmaculada en bronce que está en la parte superior del tabernáculo pero ahora no hay opción, la víctima comienza a cojear, sólo es necesario tomarlo de la nuca y doblar el tobillo, la sustitución del serrar por el doblar ha logrado lesionar un poco abajo de la rodilla, ahora esa parte de la extremidad a dejado ver un enorme boquete, agujero bordeado de esquirlas por donde se pueden ver las entrañas de aire del ángel. El cortador vuelve a la segueta, que esta a punto de perder los dientes en la batalla contra el divino aleteo de la escultura verde y negra. Mateo que no soporta ya estar colgado de la pilastra y con los pies en la reja y sin silbidos ni señas de sus guardianes, da una torsión final al empedernido soldado celeste, el resultado es que toda la corporeidad de la figura penda ahora de un delgado hilo de hierro. Es hermoso ver la frágil consistencia del ser ahora, como si de verdad se hubiera humanizado un poco, el tobillo verde sigue intacto adosado a la pilastra y no queda más remedio que llevarle mutilado, vencido, horizontal por vez primera y envuelto en unos trapos. Lucía corta más trozos de sábana para que su amigo se lleve el trofeo bien envuelto, escondido bajo los trapos, amarrado de alas y brazos para que no huya, Mateo ha comenzado a sospechar hasta de la molotera desvelada que lo mira como si fuese un agente secreto del INAH o la reencarnación de Palafox y Mendoza.

     

     

    II

     

    Era el pez de agua que salía de un fruto, era el alambre de óxido que miraba enroscarse en la verja del parque. Era la noche, que trayéndole la sensación olvidada del agua tibia, se le ofrecía ahí para dejarse trenzar en un sólo gesto. Andar, sentir el aire en su fragmentación infinita, era de nuevo distraer el demonio apagado con el inmóvil nocturno que se desgajaba en esa calle y que extendía sus tenazas líquidas más allá, convirtiendo la plaza, aún fuera de su mirada inyectada de vacío, en una arena mutilada, en un rumor de árboles que fermentan lo verde. Y así, sin la promesa de huellas y virando en la esquina para luego cruzar en diagonal el rectángulo de siempre, respira lo inmóvil del rumor, la frescura de las piedras que le comunican un silencio secular, como si esa calle empedrada quisiera contrastar el ronroneo de falsa marea del follaje con el vacío mineral que duerme bajo las fogatas astrales. El parque es un territorio que exorciza la pesada geometría de las camas, un aire con sombra verde. Es la palma que le anuncia la germinación de contornos implacables. El Pachis camina en las grietas de esa palma, bajo el cono de luz de los faros y metiendo el zapato en la laja rectangular erosionada, evitando que la suela invada la frontera entre cuadro y cuadro. Sonríe la nicotina en dientes oscuros, observa la fuente y mira de reojo, con rapidez de siervo a punto de recibir la garra, al cura de metal que no hace nada, héroe fijo en su inercia dorada, como si el empuñar la bandera le permitiera seguirse sosteniendo ahí en las alturas y al mismo tiempo le transmitiera irónicamente esa coloración de atuendos toltecas. No hizo caso a los gritos confusos que manaban de un vehículo repleto de estudiantes; se coloca un caparazón de tortuga para las lanzas inútiles del exterior, voces, griterías, insultos e invitaciones, se doblan en el caparazón y caen como agua sucia bajo sus pies.

    Esta noche también conversará hasta que la lengua se le esconda como una cola de roedor bajo el paladar. Hablará primero en silencio, como cuando salió del hospital y descendió la rampa empedrada, sin voz al principio, tal y como lo hizo cuando su pisada rompió las ramas secas que bordean la pirámide, luego, sin que él mismo lo note, su voz adquirirá volumen y entonces el silencio de Cholula se irá surcando poco a poco con las palabras que salen de su boca. El interlocutor de piedra será el mismo, escucha indiferente, apenas una cabeza que sale de un muro, enorme como la de un toro. Interlocutor nocturno al que el Pachis viene con fiel constancia para platicarle, para regañarle, para descargarle el pesado fango de una conciencia enmarañada en palabras. Vicente T. Mendoza, dice la placa bajo la cabeza. El conversador ignora por completo que las cabezas inmóviles tengan nombres y pretende descubrir los rasgos, las letras doradas en el muro, las aristas del monumento, los rasgos de la cabeza de bronce siguiendo el método de los murciélagos, que lanzan sus ondas sonoras para descubrir los cuerpos sólidos delante de ellos, animales torpes y ciegos, radares inteligentes, así el Pachis husmea la ciudad desde los ecos de su pensamiento. La música nuestra fija la personalidad del mexicano, dice al pie de la cabeza que escucha al hombre mientras el aire se llena de un olor a orín de gato y a basura fermentada, porque a esas horas los basureros siguen repletos y las calles vacías, y porque el mercado está cerca y la putrefacción juega con los vientos a favor y los olfatos caninos que vagabundean por la plaza. En un muro, a la izquierda del hablador, anuncian la lucha libre, es un cartelito azul y blanco pegado en un pilar amarillo que crece y se curvea hasta convertirse en un arco, después ese arco se agranda en la perspectiva multiplicándose asombrosamente. Esta repetición la observa cuando quita la vista de la cabeza que emerge del muro y la clava entonces en la arcada. Cuarenta y cinco arcos ha contado el Pachis una noche, pero ahora no cuenta arcos sino ceremonias, acontecimientos que sólo en su memoria encuentran raíz y final y que en su plática la voz convierte en discursos y transforma las heridas en una lengua audible como los ladridos de Zardoc que avisan que una ambulancia zumba en la distancia o que la lluvia va a comenzar. Los regresos siempre son los más difíciles y hay que dejar la vía del tren o las aceras aledañas al mercado para emprender el viaje que lo regrese a su cama desde donde mira un tronco negro cansado de hacer nudos en la inclinación del terreno. Todavía podrá ir por ahí, tomarse una cerveza en ese lugar en donde hay vacíos y mesas, luego tendrá que retornar. Como un escarabajo que empuja su bola de excremento, caparazón que en la indiferencia quitinosa repite en espejo convexo los breves segmentos de la luz lunar. Sísifo empujando su amasijo nocturno, como un odio ancestral rodando en el derrumbe histórico, como el esfuerzo de mula serrana. Sedimentación lenta al ascender por la rampa, y se pregunta entonces el escarabajo si esa madrugada de sueño también disolverá la bola de mierda, la esférica recolección de errores y estrellas. Intuye ya el cerrojo, la droga que lo dejará sin las ramas elaboradas esa noche, el momento de la paz y el vaso con agua, el botón blanco en la lengua y el trago que firma la alianza de Morfeo con Guadalupe para quitarle el lodo del tiempo. Pacto secreto en ese círculo diminuto sobre su lengua en donde está bailando, en calidad de blanca y farmacéutica ofrenda para la patrona, una flor de adormidera. Y se tenderá en su cama, afuera habrá otros caminando en el patio, él escuchará sus ruidos. Y se irá quedando dormido mientras recuerda lo que ha dicho su voz y su mente. Mañana saldrá de nuevo con el canto de los grillos y el azul de la tarde, cruzará las rejas y bajará la rampa, se hallará de nuevo en el parque como si el mundo todo fuera otra vez el párpado de adán.

     

     

    III

     

    Cree ver en la esquina del bar Reforma una imagen ya vista, y entonces su memoria comienza a fraguar sus ingredientes esféricos. Imágenes torcidas en su propia claridad que adquirirán la fuerza de una luz matutina en el muro de cal. Mira en la banqueta a un anciano que hace estandartes, y en el piso, como si se tratase de un perro, contempla un reloj de arena. El Pachis sabe que no hay que hacerle caso al relojero deshabitado y tras regañar a la imagen, envuelve sus pasos en voluntariosa marcha en dirección de la fuente. Observa la arcada enorme que aparece delante de sí, y sonríe agregando el arco de su dentada amarillenta. En la esquina contraria un hombre abraza un bulto de trapos y se asombra de que alguien hable con el vacío, cree ver una especie de díptico de marfil, mostrando los horrores del discurso. Ha visto atravesar al loco en dirección de la fuente y no piensa en otra cosa que no sea su fracaso rotundo, en su ofrenda frustrada, en la partida de Susana. Antes bastaban las farolas de aguarrás para identificar el final de una calle y el comienzo de una sombra, de un encuentro, de un peligro; bastaban los huacales protectores para que los árboles, aislados del comercio terrestre, se mantuvieran independientes y exentos de las manos que mezclan. No podían existir laberintos en donde todo era trazo de avenida, camino certero, entidades claras y distintas. Ahora todo es vaso comunicante, homogeneidad pegajosa que impide diferencias, una calle ya no termina ni empieza sino que fluye oscuramente en las ramificaciones de piedra, en los olores densos, en las figuras humanas que unen con una bicicleta un arbusto y una banca de piedra. Vasos comunicantes, red continua en la aparente discontinuidad que se adhiere como una mosca al sucio y opaco cristal de la ciudad. Mateo mira una chimenea diminuta color plateada pegada a un cilindro que avanza lentamente sobre cuatro ruedas de hule, luego atraviesa la calle y se interna en el parque. El camotero conoce a el Pachis y le vende el dulce por tres almendras. No le obsequia el dulce porque sabe cuánto estima el Pachis los intercambios y sabe también que en esa cavidad, detrás de los ojos ausentes hay una ceremonia casi ritual y que la compra venta adquiere ahí en ese paraje lejano una dignidad de infantil regocijo. El dulcero también intuye que la numismática y la nigromancia se emparentan ocultamente más allá de estos suelos. Luego el silbato en nota sostenida, se extiende como un lamento, y asciende en el aire lentamente como calcando en la espesura de la hora, otros silbatos y otras noches. Alejándose cada vez más de la espalda del Eremita, el carrito metálico avanza con su pequeña combustión interna, dejando en el hueco callejero esquirlas diminutas de carbón y un borrador ya de silbido que empujan al Eremita a su desértica degustación del camote y a la pasividad de lo inaudible. El cortador del ángel ha ido a buscar las manos para quien cortó una esbelta figura celestial pero ella no ha estado en donde debería estar. Con la flor en la mano, y casi recién cortada, el hombre siente una espina abriéndole la palma de la mano, no sabe ya que hacer con su vano regalo. Siente que esa amputación clandestina sólo fue una máscara de su cotidiana estupidez, de su esterilidad cotidiana. La angustia le hace saber con certeza que el horrible tobillo de metal sobre la pilastra, allá lejos, en aquella catedral, será ahora un oscuro signo de la absurdidad que envuelve todo cuanto existe para él. No alcanza ya a comprender los verbos, y si dice cortar se remite a la desnudez de lo cortado. Mateo camina como abrazando a un niño cobijado contra el frío, en sus brazos transporta el verde querubín inútil bajo los trapos. Ya no sabría decir en dónde parece más aterrador e inhumano, si en la serie de figuras que hacía ronda sobre la reja o en la ceguera impuesta por el manto ocultador. Cree ver a un hombre que se maravilla ante la noche inmensa que comienza ya a destilar sus gotas de inercia, de maña y de rito. Y en verdad se maravillaba de la cristalización del tubérculo y del intercambio feliz que él cree que se realiza con tres almendras que saca del bolsillo convencido de que son monedas. Había visto a ese hombre otras veces, unas noches como limosnero absorto detrás de las mesas de los cafés que se extienden a lo largo de los arcos, otras como una silueta de oso empinándose sobre los matorrales de la plaza; lo había escuchado hablar con un reloj pulsera inexistente en una noche de tabaco, lo había visto bailar mirando los mosaicos veteados en aquel lugar de música electrónica, y lo había visto darle de comer a Zardoc, el perro que duerme en la acera del Reforma, fiel a su dueño. Deja de ver esa cara, repara ahora en los mecates que amarran la tela de su envoltorio. A esa hora del fracaso era indistinto cualquier rostro, le daba la impresión de haber podido entrar en ese momento en un salón de espejos y no reconocer ningún rasgo, ninguna facción. Tenía la opaca certidumbre, la evidente puñalada consciente, de saber que el único rostro existente en ese pulsar sanguíneo y nocturno era de metal verdusco, angelical y envuelto en retazos de sábana. El envoltorio parecía adquirir la categoría de tesoro devaluado, de decapitación auspiciada y olvidada. Creía ver una guillotina de aire elevada sobre esa plaza, sobre ese sucio parquecito, sobre ese hombre que come un camote inclinado sobre sus propios movimientos convulsos, una cuchilla cortando la tensión engendrada sobre la arcada y sobre las copas de los laureles de la india que parapetaban la iglesia, amarilla e inerte en su indiferencia ante el rodar de mil cabezas irreconocibles, confusión de amputaciones temporales y matéricas, como las bolsas de plástico que llegaban impulsadas por el aire a cubrir las mojoneras de la calle Hidalgo y a pegarse en los pies de la fuente de la inopia después de haber sorteado en el aire los arbustos. Esa fuente como ruina de un centro, como desvalido gesto de conservación axial, círculo intermedio entre Juárez y el cura inmóvil. Mateo aguantaba mal el crecimiento tortuoso de su envoltorio, como si de verdad una hinchazón angelical fuera a desenvolver los trapos y mediante una reveladora presencia inexpugnable fuera de un golpe a descubrir la miseria de todo San Pedro. El Pachis camina con restos de dulce en la boca, y se dirige al habitual monumento, a su rutinario coloquio con aquel perfil humano que nunca se mueve de su disminuido muro. Ahora no le habla de frente, le esta gritando cosas en la nuca, pero la nuca es una plancha gris y plana. Se sostiene con manos negras de mugre en aquella nuca obscena que le reprime un grito de coraje, ya no hay rostro que reciba la oración pagana de hoy. Inofensivo, amputado de razón, no sabe que puede dar tres pasos y rodear el monumento y así hacer nacer de nuevo la figura a la que diario le habla. No puede distinguir esa horrible pared lisa de lo que el cree que es un valle de escuchas y se esfuerza y se enfurece por el engaño. Más allá en el centro del corredor, bajo las vigas de madera podrida, un hombre está sentado con un montón de trapos a su costado, el Pachis lo observa intrigado, mirando con atención lo que reposa junto a las piernas del desconocido, luego ve como este se levanta sosteniendo su carga y se dirige al corazón de la plaza; entonces lo sigue cautelosamente y lo ve saltar la ligera muralla de arbustos que circundan la fuente. El Pachis se ha detenido con temor en el primer arco y contempla al desconocido que en estos instantes está metiendo el bulto que trae en las manos en el agua turbia de la fuente. Mateo observa dos, tres burbujas de aire ascender a la superficie y luego el temblar de las ondas en la piel de agua dibujando círculos concéntricos que van desapareciendo poco a poco. Mira la figura momificada en tela y fácilmente hundida ahí en lo profundo de la fuente, luego huye de ahí antes de que alguien se percate del ahogo llevado a cabo por esas manos destructoras. Las aporías de todos los discursos vienen a concentrarse en este ahogo oculto, como un segundo acto del ultraje primero, como si ahora, después del cortar y ocultar, el ahogo profundo fuera la última estación de una noche hecha para la destrucción y la muerte. Asesino fortuito, Mateo no sabe que es lo que realmente se ha muerto con ese regalo inconcluso, con esa ofrenda camuflada en el sinsentido del desperdicio; piensa amargamente que aún habiendo entregado la ofrenda a Susana, las cosas no serían muy distintas. La zona peatonal por donde Mateo emprende la retirada le recuerda el sillón cebrado de sus amigos, comprende entonces lo rotundo de las empresas tontas, se avergüenza por la solidaridad y encuentra cruelmente estúpido la alternancia de la chillante línea amarilla con el negro del asfalto, como si en esa simultaneidad de colores estuviera mirando alternativamente el robo del querubín y el ahogo del sentido. Ahora camina por una acera que le hará alejarse para siempre de sus propias verdades sacrificiales. Al saltar los arbustos, el Pachis ha caído de bruces en el pasto con olor a excremento de perro, se ha levantado rápidamente como quien es perseguido, de hecho está volteando hacia atrás para comprobar si alguien lo persigue, como para verificar si una mano enemiga lo ha empujado para hacerlo caer en la alfombra infecta del césped. Nerviosamente mete las manos en busca del tesoro, encuentra el bulto de trapos húmedos, sonríe al contacto frío del agua, después el universo entero se ha convertido para él en una dádiva siniestra en la que se escurre la memoria de su infancia y la conciencia de todos sus demonios, exorcizados mentirosamente con su propia risa. Y así, riéndose, columpiándose como orangután recompensado, cargando y repartiendo mal el peso del ángel, este hombre siente que ha entrado en un lugar del que lo habían expulsado, en una sala amplia llena de melocotones y peras, en un abismo de arena vidriosa. La noche raquítica después del desangre es una reliquia que no comunica ya nada, y sin embargo entra en la frescura vegetal al pie de la pirámide y se empaña en los vidrios de los camiones de redilas inertes junto al mercado, sube por las tejas y techumbres para entrar en los sueños de gárgolas adosados a muros color marrón. Sugiere las plegarias y los suicidios, tensa las líneas de fuerza que flotan sobre las calles y los edificios. Es una noche ignota como la de ayer y como la de mañana, que se introduce en la memoria como un remordimiento en un confesionario. Con un rumor lento y pausado, con nubes rotas, desarmonizadas aquí y allá, formando un cielo de tonos azules para hacer apenas visible la silueta del ángel, que reposa en la ventana, aún escurriendo gotas grises; perfil oscuro que nace en una celda por la gracia de la luz lunar que está alumbrando los traspatios y los mosaicos del hospital. Noche como desvencijada galera en el naufragio de la lengua y de la razón, en donde una fuente es el oráculo secreto que anuncia ahogos y flotaciones. Un círculo de agua en el centro de un parque como ruina de una voluntad y como signo de un sórdido emperramiento vital después del diluvio. El cortador del ángel imita lo que corta y entra sin saberlo en un impulso de muerte, sin resistencia, sin intentar salvar algo en el naufragio. Arropado con la presencia de lo que encuentra en su propia prisión, el embrutecido ya no sabe si la noche es la otredad haciéndose juez o si es la prolongación de su conciencia que reclama el crecimiento de sus trepadoras incansables; la elaboración de un discurso, justo ahí, al pie de su ventana en donde el nuevo escucha tiene alas y gotea el agua de la inopia. Incendiada la mapoteca ya no hay psicogeografía posible y él ya no sabe si está imaginando o mirando en una fuente una serie de ondas acuáticas en donde está a punto de nacer algo o de sumergirse en la infinita concavidad de la conciencia. Feliz y exhausto, este profeta experimenta la metamorfosis de lo sacro, como si el barroco aleteo hasta su ventana lo estuviera revistiendo de un atuendo dichoso. El Pachis custodia la novedad que como emergida de un lago divino, ha imantado a los demás. Da órdenes a los que esperan en el pasillo, para que entren uno por uno a ese santuario de mosaicos rosas y paredes de cal, algunos han subido de inmediato, en cuanto el eremita entró y subió la escalera abrazando eso. Otros se han congregado poco a poco, olvidando sus recorridos sistemáticos, alzando la vista hacia el cuarto del horrendo sin tiempo, asumiendo lentamente la génesis de algo que se les escurre en ese mismo instante como si se tratase de una excrecencia involuntaria, una lluvia sucia que bajara invisiblemente por las tejas de barro y se metiera en sus cuerpos, en sus resonancias mentales. Sacerdote con gestos de chimpancé administra la contemplación solicitada como una curación, imita con una infinita sonrisa el gesto médico de la dotación de calmantes. En sus muecas podridas hay algo de liturgia y de clínica, como si en su proceder ceremonioso estuviera consagrando un ídolo o llamando torpemente huestes remotas para que cubran los muros potentes y las rejas herrumbrosas, que ahora parecen más oxidadas al compararse con la carne misma de la hierofanía recién llegada. El recinto tan rectangular en el encierro no conoce estas formas que adquiere la procesión. La arquitectura parece desencajar en este nuevo espacio creado con sustancias desconocidas, como si de pronto las ventanas con sus protecciones, las macetas grises y las columnas bajo la escalera, estuvieran borrándose imperceptiblemente en un desierto arenoso y lleno de bultos informes que juegan, en sus escondites, a ser anacoretas mutilados. Insuficiente piedra para tanto templo que ya está edificándose secretamente en los terrenos de la inconsciencia. Recargado bajo el dintel de la puerta de su celda ha visto ojos vidriosos que lo miran de una forma distinta. Sus palmas barnizadas de mugre, cuarteadas de arrugas reciben los cilindros delgados de papel blanco. Las tiene extendidas ante sí y mira sus manos absorto, como intentando encontrar ahí algún signo pero su mente no puede detenerse en esa escena orgánica, baladí y extraña; vuelve rápidamente a su aturdimiento inicial, a su devoción que comienza a enroscarse en una figura verdosa. Empuña en esas manos cenizas los cigarrillos que le dan esos paseantes errantes, recibe el tabaco indiferentemente y sus dientes, al sonreír, salen del pergamino de su rostro como piedras mal puestas. Abolidas las señas de identidad  para el juicio y la cárcel, en este ojo líquido que repite el gesto más antiguo del mundo dentro de los límites circulares; nociones que antes hacían de brújula en el valle autárquico finalmente son abolidas, no para ser suprimidas sino para ser cargadas como cadáveres, por siempre y en todos los caminos, como una culpabilidad que no cesa de repetirse aún en la noche de la liberación. Los árboles no cesan de juntar sus altas ramas y el oleaje del follaje baja poco a poco su rumor para que la noche resucite entonces en muros manchados de moho y en adoquines perdidos bajo los pasos de un hombre.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    Es maestro en Lengua y Literatura por la Universidad de la Américas. Ha publicado en revista y suplementos. En 2003 obtuvo la beca Foescap para jóvenes creadores. En 2010 la Secretaria de Cultura de Puebla le publicó su primer libro “Involuciones”.

  • Valientes muchachos

    Para Anne-Laure Beye, de su amigo escribidor.

    Les images choisies par le souvenir sont aussi arbitraires, aussi étroites, aussi insaisissables, que celles que l’imagination avait formées et la réalité détruites.

    Marcel Proust, Sodome et Gomorrhe

    Cuando Antonio regresó de un viaje que prometía su consagración literaria, todos se agitaron en el bar para recibirlo como debía ser. Recuerdo, como si hubiese sido ayer mismo, la manera en que todos se organizaron para esperarlo en el mismo aeropuerto, llevarlo al bar e incitarlo —entre la ceniza de los cigarrillos y los vasos a mitad vacíos— a que cumpliera el papel que le habíamos impuesto, es decir, que nos cuente en qué barrio había vivido, con qué escritor se había cruzado, en qué editorial publicaría su nuevo libro y tantas otras interrogantes que serían despejadas por sus palabras, luminosas, cristalinas y vencedoras. Muy secretamente, sin embargo, ese interés por el amigo lejano que regresaba no tenía tanto de amistad sincera y desinteresada como de resignación frente a la vida. En otras palabras, de ganas de verificar en el retorno del amigo triunfante nuestro exclusivo ocaso, nuestra inalienable derrota. Como esos lectores que al identificarse con los héroes novelescos viven por procuración las vidas que ellos jamás llegaron a vivir, nosotros viviríamos durante un instante infinito en el resplandor europeo que Antonio no sólo conoció sino que también conquistó. De esa manera le entregaríamos un sentido —ajeno pero sentido al fin y al cabo— a nuestras vidas renunciadas a todo ardor y entusiasmo. Desde luego que en algunos de nosotros esto era inconsciente mientras que en otros, los más distantes pero con todo presentes, se trataba de un sentimiento que los llenaba de fascinación frente a la perspectiva del amigo que vuelve. read more

  • Fragmento del diario de a bordo del carabelo, empleado en el orangután

    IN NOMINE DOMINI NOSTRI IHESU CHRISTI

    Martes, 11 de septiembre

    Aquel día navegaron en el cibercafé, que era el Orangután, y anduvieron 20 horas y más, y vieron un gran trozo de culo de ciento veinte pixeles, y no lo pudieron descargar. En la noche anduvieron cerca de veinte horas, y el dueño del Orangután contó no más de diez y seis por la causa dicha.

     

    Viernes, 14 de septiembre

    Navegaron aquel día en el Orangután con su noche, y anduvieron 20 horas; el dueño contó alguna hora menos. Aquí dijeron los del cibercafé la Niña que habían visto un hacker y un phreacker; y estos nunca se apartan de entre sí, cuando más veinticinco cuadras.

     

    Jueves, 27 de septiembre

    Navegaron en el Orangután. Anduvieron entre día y noche 24 horas; el dueño contó a la gente: habían 20 usuarios. Los atacaron muchos virus; eliminaron uno. Vieron un rabo de famosa.

    Viernes, 28 de septiembre

    Navegaron en el Orangután. Anduvieron día y noche con calma 14 horas; el dueño contó trece horas. Fumaron poca hierba. Robaron dos pesos, y en los otros cibercafés un poco más.

     

    Jueves, 4 de octubre

    Navegaron en el Orangután. Anduvieron entre día y noche en 63 sitios web; el dueño contó a la gente: 46 interesados. Vinieron al local más de cuarenta warez juntas y dos gurús, y al uno dio un puñetazo uno de los hackers. Vino al Orangután un lamer y una black hat como gaviota.

     

    Viernes, 5 de octubre

    Navegaron en el Orangután. Andarían en once sitios web por hora. Por noche y día andarían en 57, porque apretó la noche algo de tráfico; el dueño contó a su gente: 45. El negocio estaba en bonanza y pleno. “A Dios –dice el propietario- muchas gracias sean dada”. Las coca-colas muy dulces y templadas: Hierba ninguna; hackers y phreakers muchos; crackers volaron al cibercafé.

     

    Lunes, 28 de enero

    Esta noche toda navegaron en el Orangután. Y andarían en treinta y seis reality sites, que son nueve horas. Después del sol salido, anduvieron hasta el sol puesto en el cibercafé la Selva en veinte reality sites, que son cinco horas. Las coca-colas las hallaron templadas y dulces. Vieron rabos de rubias y videos, y muchos DVD.

     

    Martes, 29 de enero

    Navegaron en el Orangután, y andarían en la noche los hackers en treinta y nueve sitios web, que son nueve horas y media. En todo el día andarían ocho horas. Las coca-colas muy templadas, como en abril en el estadio. El cibercafé muy tranquilo. El script-kiddie al que llaman El Dorado vino a joder.

     

    Miércoles, 30 de enero

    En toda esta noche andarían siete horas en el Orangután. De día entraron al chat trece horas y media. Vieron rabos de negras y muchos trailers y muchas tetas.

     

    Jueves, 31 de enero

    Navegaron esta noche en la Selva en treinta sitios web, y después en el cibercafé la Cabaña en treinta y cinco sitios, que son diez y seis horas. Salido el sol hasta la noche anduvieron en el Orangután trece horas y media. Vieron rabos de latinas y tetas.

     

    Miércoles, 20 de febrero

    Mandó el dueño aderezar las computadoras y henchir los refrigeradores de coca-colas porque estaban aquellas en muy pobre estado y temió que se le bajasen las ventas; y así fue…

     

    Jueves, 28 de febrero

    Anduvieron en la mesma manera esta noche con diversos motores de búsqueda en un sitio web y en otro sitio web, y en la Cabaña y en el Orangután, y de esta manera todo este día.

     

    Miércoles, 13 de marzo

    Hoy, a las ocho horas, con la mucha clientela y los motores de búsqueda Orno, dejé el local y di la vuelta para el bar Sevilla.

     

    DEO GRACIAS

    (Préstamo no. 1)

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Rubén Gil

  • Un profeta en casa

    Vi una columna de luz más brillante que el sol

    sobre mi cabeza; y esa luz gradualmente

    descendió hasta descansar sobre mí.

    Joseph Smith

     

    Llamaron a la puerta en un mal momento. Yo trataba de arreglar las bisagras de una vieja escalera de aluminio para poder alcanzar la marquesina y colocar el foco que me hacía falta para alumbrar mi patio durante la noche. Estaba  malhumorado porque se habían perdido dos remaches y sin ellos era imposible articular la escalera. El calor era asfixiante y el sol me estaba quemando el cráneo. Fue cuando sonaron los tres golpes.

    Fui a abrir de mala gana. Vi un rostro moreno, de una solemnidad exagerada, peinado relamido. El hombre traía un portafolios en una mano. En la otra una biblia. Noté un aire familiar, pero no pude precisar de dónde.

    —Señor, buenos días; vengo, si me permite, a hablarle de cosas que son muy importantes para su vida espiritual. Vivimos los últimos tiempos y es necesario que la humanidad se reconcilie con el Creador —dijo. Tomó aire para hablar otra vez pero lo interrumpí.

    —Discúlpeme —espeté—. Mire, en estos momentos estoy muy ocupado. Además soy libre pensador, muchas gracias.

    Iba yo a cerrar la puerta pero el hombre interpuso la mano con todo y biblia.

    —Es precisamente para personas como usted que predicamos, señor. Creo que no fue una casualidad que haya tocado a su puerta. Tiene usted la gran oportunidad de salvar…

    Lo interrumpí otra vez:

    —Por favor, por favor, necesito terminar lo que estaba haciendo. No tiene usted derecho a obligarme a que crea en lo que se le antoja y mucho menos a quitarme el tiempo.

    Cerré la puerta con fuerza y creo que el estruendo debió inquietar a los vecinos.

    El hombre empezó a vociferar desde la calle y logré entender algo más o menos así:
    —¡Hombres como usted sabrán a qué temperatura está el infierno!

    Dijo algunas cosas más que no alcancé a distinguir. Me volví a la puerta para soltarle una buena mentada de madre porque esto ya rayaba en una afrenta. Pero cuando abrí, el hombre iba a media cuadra, lanzando imprecaciones a los cuatro vientos.

     

    Creo que fue un par de semanas después cuando tomé el autobús para regresar a casa después de unas compras. El camión iba lleno pero por fortuna una señorita se levantó para bajar y me senté. Me entretuve unos minutos revisando si todo lo que venía en la bolsa correspondía con mi lista de necesidades.

    Poco después pude percibir un eco conocido en el hombre que venía en mi mismo asiento.

    En un escrutinio fugaz y disimulado pude corroborar de quién se trataba. Era el fanático chiflado de aquella vez, pero ahora venía sin biblia y sin portafolios. Me contrarié y pensé levantarme de inmediato. Pero cuando me disponía a hacerlo, el hombre me habló.

    —Ya lo reconocí, señor. Buenas tardes —dijo.

    —Yo también ya lo reconocí. Es usted el de las amenazas infernales del otro día —dije burlón. La gente de alrededor volteó a mirarme.

    —Me refiero a que ya lo reconocí —volvió a decir en voz más baja—. Usted es Pepe, el hijo de don Ramón. Yo trabajé en la tienda de su papá, ¿se acuerda?

    Desistí de levantarme. Como en una película velocísima, me llegaron retazos de imágenes y recuerdos. Entonces comprendí el aire familiar que me evocaba este melodramático predicador.

    —¡Jeremías! —exclamé—. ¡Jeremías Pérez. Sí, ya decía que te me hacías conocido! —dejamos de inmediato el usted.

    —Luego que me cerraste la puerta me quedé pensando que también te conocía. No en balde ya pasaron más de treinta años. Antes tenías pelo.

    —Y tú no eras tan amargado.

    —Pertenezco a la iglesia mormona, Pepe. Parte de mi tiempo lo invierto en difundir la fe. Deberás disculparme —dijo con gravedad—. Ese día no me fue bien. De las doce casas que visité, en ninguna me quisieron escuchar.

    —Creo que ese día tampoco fue bueno para mí —le dije, para atenuar su remordimiento.

    En un lapso de veinte cuadras recordamos algunas minucias de nuestra infancia callejera: los juegos de beis y las cascaritas de fut; las veces que nos agarramos a golpes.

    Me dijo que vivía unas ocho cuadras más allá de mi casa, con una anciana parienta suya. Antes de bajarme me regaló un dulce de menta como para sellar la amistad recién recuperada. Quedó de visitarme en unos días.

    Aunque le había advertido que no quería que me hablara de religión, me preparé por si acaso. Ignoraba todo sobre la iglesia mormona. Sólo había podido observar sus templos suntuosos en varias zonas de la ciudad. Con unos minutos en internet pude más o menos conocer la historia de este credo, y suponer también en qué andanzas redentoras andaba mi amigo, aunque me sobraron dudas.

    Un sábado como a las cinco de la tarde apareció otra vez Jeremías en mi casa. En un acto prosaico para delimitar territorios, me destapé una cerveza y le di un refresco de manzana. Estaba sentado en una pose muy formal, con las piernas muy juntas y la espalda recta. Yo, en cambio, puse los pies sobre la mesita de la sala. Me extendió una vieja foto donde aparecíamos en mi calle de la infancia. Reconocí a esa entrañable palomilla de la que ya no sabía prácticamente nada porque me había venido a vivir a la colonia Antiguo Aeropuerto, lejos de mi entorno familiar. En la foto aparecía borrosamente la cara del niño Jeremías que conocí, asomándose sobre los hombros de Beto el Pelón.

    Vino un recuento más pormenorizado de nuestros años recientes. Le conté de mi rutina académica, de mi divorcio. Dijo que seguía soltero. Me habló de que en la adolescencia se le había despertado mucho la fe; que había probado con varias doctrinas y que finalmente se quedó con ésta. Quise evadir el tema de la religión pero Jeremías me explicó que algo en sus adentros le decía que se aproximaba un cambio brusco en la vida de los seres humanos, y que debía yo hacer un esfuerzo por reconsiderar mi fe.

    —No, otra vez, no. Para un profesor universitario es un tema escabroso —dije sonriendo, mientras iba por otra cerveza al refri; fue cuando decidí acometer—. No me permitiría creer —agregué—, en la doctrina de un grupo de fanáticos que perpetraron una matanza de inocentes en Utha, en el siglo xix. Ni mucho menos cuando piensan que los indígenas americanos son descendientes de una de las tribus perdidas de Israel… Y eso de la poligamia de Joseph Smith y del otro fundador que no recuerdo.

    —Hemos reconsiderado esos errores. Se han superado muchas cosas. No en vano somos más de 14 millones…

    —Veo, además —continué—, que sólo predican los jóvenes. Tú ya no estás en edad.

    —Lo hago por mi cuenta, Pepe. Me siento inspirado para hacerlo.

    —¿No contravienes los cánones?

    —Depende cómo lo quieras ver.

    —Entonces eres algo así como un apóstata.

    —Soy un hombre de fe e iniciativa, nada más. Es importante hacerle ver a la gente la relevancia de la exaltación, que es nuestra capacidad para trascender a un estado de inmortalidad y divinidad, que se logra a través de tus actos. Es el pilar de nuestra doctrina. La mayoría de la gente no lo sabe. Ésa es la razón de ir a tocar las puertas. Darte la posibilidad de ser inmortal, ¿no te parece un gran regalo?

    Habló entre suspiros, ensoñadoramente. Pensé que algo andaba mal en este hombre.

    —Deberías conseguirte una mujer; eso te haría bien —dije para salir de mi ofuscación.

    Jeremías notó mi desconcierto y yo reparé en que no le había agradado mi comentario. Así que se levantó y dijo que se iba. Me despedí de él en la puerta, sin mucho entusiasmo. Le di una palmada en la espalda y le dije que podía venir cuando quisiera.

     

    El jueves siguiente me acosté temprano porque al otro día me resolvían lo de la ampliación de mis horarios en la universidad. Pero fue una noche intranquila atizada por el constante zumbar de los zancudos y los aullidos de los perros de la cuadra. Creo que logré conciliar el sueño alrededor de la una. Pero a los pocos momentos se desató un estruendo indefinible que me hizo despertar sobresaltado. La primera imagen que se me vino a la mente fue la de un avión yéndose a pique. Los muros temblaron. Por un momento se hizo un horrible silencio que dio paso a una luminiscencia enceguecedora que se filtró a raudales por la ventana. Cuando quise pararme de la cama una fuerza descomunal arremetió contra la casa.

    No sé después de cuánto tiempo desperté, aterido, con un dolor punzante en la pierna, que estaba atorada bajo los restos del clóset. Sentía la cara y el pelo cubiertos de polvo y marañas. Quise creer que se trataba de una pesadilla, pero el dolor de la pierna era real. Puse mis sentidos al máximo: ningún sonido, un olor intenso a humo, oscuridad y algo como una sensación de cosquilleo en toda la piel, muy semejante al que se experimenta con la electricidad estática. Mi mente se envolvió en una madeja de interrogantes: ¿Nos había caído encima un satélite, un bólido, un avión? ¿Cuánta gente afectada? Qué carajos… Supuse que pronto amanecería.

    Pero no amaneció. Con esfuerzo había podido zafarme y corroborar que lo de la pierna no era tan grave. Tenía magulladuras en casi todo el cuerpo, pero nada que me impidiera andar a tientas en lo que quedaba de la casa para levantar un dolorido inventario.

    Decidí salir a buscar algo que me diera indicios de lo que había ocurrido. Me dirigí a la calle, cojeando. Flotaban en el ambiente restos de un polvo renegrido. Mi casa era un baluarte de ruinas ante el panorama de destrucción generalizada. Pese a la relativa oscuridad, se podían distinguir tenuemente las cosas. No alcanzaba a explicarme qué clase de devastación era ésta. Grité algunas veces preguntando si había alguien en los alrededores, pero nada. Me costó trabajo aceptar este espectáculo inédito de casas y árboles arrasados, perros callejeros aniquilados, pero no gente.

    Yendo al azar entre cuadra y cuadra sorteando escombros, distinguí lejanamente una silueta agazapada bajo un poste de concreto aún en pie. Corrí para ver de quién se trataba. Era una muchacha de unos 25 años vestida con un suéter amarillo. Tiritaba y gemía. Me acerqué de inmediato para ayudarla.

    —¿Cómo te sientes, te puedes levantar? —le dije.

    Caminamos rumbo a mi casa; iba extenuada y polvorienta, muda. Al llegar, lloró por un largo rato y no me atreví a decirle nada. Sólo la escuchaba entre la penumbra mascullar algunas cosas. Hasta que se quedó dormida.

    En ese ínterin me dediqué a buscar algo de comer. En la cocina encontré desperdigados algunos insumos que permitirían paliar el momento: una caja de leche, una lata de atún y algunas minucias que se tienen en cualquier alacena. Del destartalado refri rescaté media torta casi descompuesta, algo de verduras y queso. También encontré por ahí cerca una cajita de cerillos. Comí con sobriedad para racionar porque las expectativas no eran halagüeñas.

    Cuando la chica despertó, ya le tenía algo de leche. Dejé que se empinara media caja porque la vi desesperada.

    —Gracias, señor —susurró.

    —No tengo mucho que darte —dije—. Soy Pepe.

    —Soy Lorena.

    Se soltó a llorar otra vez, con los brazos rodeando sus rodillas.

    —Yo venía de una fiesta cuando ocurrió todo —dijo después de un rato—. No sé cómo explicarlo… una luz muy intensa y luego un fuerte golpe. Mi carro se fue a una zanja; cuando recobré el sentido y pude salir vi coches encimados, gente muerta adentro… Traté de caminar hasta mi casa pero es muy difícil orientarse sin puntos de referencia. Además hay algo que te marea, que te…

    —Sí, lo he sentido… ¿No te encontraste con alguien, gente prestando auxilio?

    —A nadie.

    —Dónde vives.

    —En el fraccionamiento San Andrés.

    —Aún queda lejos.

    —¿Usted me podría ayudar a llegar a mi casa? Necesito ver a mis papás.

    —Vamos a intentarlo, pero debemos esperar y saber qué sucedió; es posible que el gobierno ya esté movilizándose para ayudar a la gente.

    —Créame que caminé desde Santa Rosa hasta acá, no vi a nadie del gobierno, ni del ejército, ni de la Cruz Roja; en todo ese tiempo no vi nada. Eso fue lo que me dio más miedo. La gente se organiza cuando suceden cosas, pero aquí no hay nada de eso.

    —Está bien, antes necesito poner orden en mi mente y pensar cómo podría ayudarte. Yo también tengo gente de la que no sé nada.

    Sacó un encendedor y dos cigarros magullados.

    —No hay señal de celular ni electricidad. ¿Qué cree que pasó? —dijo.

    —Trato de respondérmelo. Quizá una roca de allá afuera.

    —¿Un meteorito; no se supone que ya los rastreaban… cómo pudieron no saber?

    —Es lo que creo. Pero quién podría estar seguro. Ya viste a tu alrededor, fue algo muy grande. No pasa todos los días. Pudo haber caído muy cerca o muy lejos, dependiendo de sus dimensiones, si es que algo cayó.

    —¿Por qué usted y yo estamos vivos?

    —Buena pregunta. La suerte, el lugar donde estábamos, el ángulo de donde venía la onda expansiva, qué sé yo.

    En el silencio que vino después, a la delgada luz de su cigarro, vi la cara casi infantil de Lorena; su mueca de angustia en cada gesto.

    —¿Por qué no hay viento, porqué tanto silencio? —dijo.

    —No lo sé.

    —Tengo mucha hambre —susurró.

    Abrí la lata de atún, que devoramos de inmediato.

    —Al menos para engañar al estómago —dije.

    —Siempre odié el pescado, pero hoy no —dijo, intentando sonreír.

    Pasaron muchas horas en las que hablamos a intervalos, cada cual acurrucado porque el frío arreciaba. En un momento Lorena dijo que le dolía el cuerpo y que trataría de dormir. Pero al poco oímos ruido afuera.

    —¿Hay alguien ahí? —gritó una voz masculina desde el exterior.

    Nos levantamos apresuradamente y salimos. Distinguimos la silueta de un hombre que parecía venir muy fatigado. Me alegré sobremanera de que hubiese otro sobreviviente. Cuando me acerqué, fue él quien me reconoció.

    —¿Eres tú, Pepe? Soy Jeremías —dijo, y cayó de rodillas.

    Casi lo mismo que con Lorena: entró a la casa y se puso a llorar; le di lo que quedaba de la leche.

    Hasta ese momento recordé lo que había dicho Jeremías respecto a sus augurios apocalípticos, pero me abstuve de comentar algo al respecto.

    Lorena rompió el silencio:

    —¿De dónde viene, señor?

    —De no muy lejos. Tuve que auxiliar a mi parienta que murió poco después de lo que ocurrió. Tenía otros tíos pasando el puente Centenario y fui a buscarlos, pero no encontré a nadie vivo. De ahí vengo porque me acordé de ti, Pepe. Fue complicado orientarse.

    —Es bueno verte, Jeremías. Supongo que habrá más sobrevivientes, aunque parece que de manera muy dispersa —dije.

    —No he visto a nadie, Pepe. Lo sabía… Esto que ocurre ya estaba en el plan divino —dijo—. Fuimos necios, no vimos las señales. Bien merecido está. ¡Malditos todos por no ver!

    —No es momento para hablar de eso —dije—. Hay que ver las cosas de manera racional. Tenemos que organizarnos. No tenemos prácticamente nada que comer.

    —Me empiezo a sentir muy mal; quiero ver a mis papás —murmuró de pronto Lorena.

    —¿Qué tienes? —inquirí, pero en vez de responderme vomitó.

    —Ha de ser por el susto —dijo Jeremías.

    —Me duele mucho el cuerpo, estoy muy mareada —dijo ella.

    Lorena se había acostado entre temblores y un dolor que la hacía gemir a cada rato. Nos sentimos impotentes. Yo sin ningún calmante en los restos de la alacena. Más tarde Jeremías se ofreció a salir a explorar en busca de ayuda. Yo me quedaría a cuidar de ella.

     

    Transcurrieron casi dos días (¿podíamos hablar de días en estas circunstancias?) y Jeremías no regresaba. Temí lo peor. Acondicioné un espacio para hacer un fuego porque el frío era ya insoportable. Lorena dormitaba entre la fiebre. Cuando volvía en sí por momentos, le daba cucharadas de azúcar porque era lo único que me quedaba.

    A esas alturas también estaba siendo torturado por el hambre y la sed. Había tomado la decisión de ir a buscar ayuda por mi cuenta. Pero luego de un tiempo nebuloso oí gritar mi nombre desde la calle. Pensé que soñaba, pero no. Era Jeremías.

    Salí a recibirlo con mucha alegría, imaginando que venía con provisiones o incluso con algún otro sobreviviente. Pero me sorprendí al verlo tumbado en el piso, respirando con dificultad, las manos vacías.

    —¡Apaga el fuego, apaga el fuego! —ordenó entre resuellos.

    —¡Qué pasa, qué tienes! —dije, acercándome para levantarlo. Gimió de dolor.

    —Gente…encontré gente mala. Vienen… apaga el fuego.

    Percibí que mis pies resbalaban. En una rápida inspección, me di cuenta que el piso se estaba cubriendo de una extraña capa de hielo oscuro. Llevé a Jeremías al interior. Mientras lo sujetaba sentí una humedad viscosa en su espalda; era sangre. Lo cubrí con lo que pude. Apagué la fogata.

    —Tapa las entradas —dijo con dificultad—. Es gente mala. Me dispararon.

    Desconcertado, quise mirar su espalda pero insistió en que tapara las entradas. Atranqué la desarticulada puerta; la reforcé con cualquier cosa que pudiera impedirle la entrada a alguien.

    Supuse que lo venían siguiendo y estuve atento asomándome por un resquicio pero no percibí nada.

    —Dime cómo te puedo ayudar… —dije.

    Pero Jeremías no respondió. Me acerqué a verlo, se había desmayado.

    Fue por ese momento que empezó a levantarse una borrasca desde alguna parte de este valle de destrucción; una tempestad cargada de grandes trozos de granizo oscuro tan fuera de lugar como todo en esta pesadilla.

    Me compadecí de mis dos abatidos huéspedes y de mi incompetencia para ayudarlos. Afuera los golpes de granizo estallaban sobre el montón de ruinas que había quedado de la ciudad ajetreada que conocí. Experimenté una profunda tristeza ante la imposibilidad de entender esta sucesión de calamidades. Por qué nadie pudo haber alertado a la gente. Aunque había que aceptar que este patético profeta que estaba tumbado a mi lado me había anticipado de que algo estaba por venir. Prendí otra vez el fuego. Después de una larga serie de preguntas sin respuesta me dormí.

    Abrí los ojos cuando las últimas brasas iluminaban opacamente la habitación. Lorena estaba despierta, mirándome. Afuera no cesaban los latigazos de la tormenta. Tardé un poco en reaccionar.

    —Va a ser imposible por el momento ir a buscar a tus papás —dije—. ¿Cómo te sientes?

    —Muy mal, con mucha hambre y sed. Intenté recoger un poco de agua de la lluvia, pero no sé si es agua.

    —Espero no la hayas bebido. Debemos sacar entereza de algún lado, Lorena. Las cosas están mucho peor.

    —¿Qué le pasó al señor, hay sangre debajo de él? —dijo, mirando a Jeremías—. Ha estado diciendo cosas raras entre el sueño.

    —¿Qué cosas?

    —Cosas religiosas, creo. Apenas se logra escuchar por la lluvia. Habla algo así como de vida eterna.

    —Encontró gente, pero las cosas no salieron bien. Le dispararon por la espalda. Ya no pudo decirme cómo ocurrió. Habló de personas malas que lo seguían, pero yo no vi a nadie en los alrededores. A lo mejor no sobrevive. Venía muy mal.

    —¿Es su vecino?

    —Es un amigo de la infancia que reencontré hace poco. Después de más de treinta años sin verlo. Fue un poco cómica la vez que lo volví a ver. Cuando le abrí la puerta no nos reconocimos. Venía a predicar, y como no lo quise escuchar me amenazó con el infierno. Lo vi un par de veces después, pero nunca pudo hablar de otra cosa que no tuviera que ver con el fin de los tiempos. Se cree algo así como vidente o profeta.

    —Por todo lo que se ve, no estaba tan errado —dijo Lorena.

    Jeremías tembló y emitió algunos murmullos. Pusimos mucha atención. De su boca dormida brotó una frase:

    —Su obra y su gloria es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre…

    Luego quedó sólo su estertor.

    —Había perros muertos en la calle —dijo Lorena después de un tiempo.

    —Sí, los vi.

    —Quizá podamos intentar comernos uno.

    Me quedé absorto. Ante estas palabras supe que habíamos llegado a una situación insostenible.

    —No, Lorena. Ya pasó mucho tiempo…

    —¡Entonces qué solución propone; usted no está tan mal como nosotros. Bien podría hacer otro intento para buscar ayuda!

    —Tienes razón, pero ya te diste cuenta de lo que está cayendo del cielo.

    El estertor de Jeremías aumentó en intensidad hasta que logró regurgitar otra frase:

    —El don que me das es la vida eterna[… Soy tu profeta y tú me has llamado…

    —Este pobre —murmuré—, ni medio muerto deja sus temas.

    Me levanté a reavivar el fuego. Me acerqué a Lorena para concentrar el calor de nuestros cuerpos. Recargó la cabeza en mi hombro. La sentí sollozar.

    Habían pasado algunas horas y la granizada de afuera no menguaba. Jeremías estaba frío y tieso cuando lo toqué, sin signos vitales. El charco de sangre era inmenso bajo él. Le quité la sábana que lo cubría, los zapatos y los calcetines porque nos podían hacer falta. Ahí quedó el cuerpo de mi pobre amigo de la infancia venido a morir justamente a mi casa en las circunstancias más insólitas, bajo el manto de destrucción que alguna suerte de la mecánica celeste nos había deparado.

    Me acurruqué nuevamente junto a Lorena, en un tiempo sin medida. Soñé con multitudes de hombres y mujeres alegres que se amontonaban afuera de mi casa, con cestas llenas de manzanas rojas, pan y cerveza bajo un sol resplandeciente. Soñaba a Jeremías tocando otra vez a mi puerta, con su biblia y su pelo relamido, diciéndome cortésmente que me esperaba esta noche a cenar en la casa de su vieja parienta.

    Desperté porque Lorena me iluminaba la cara con el encendedor. Vi su rostro a la luz de la llama, una cara fantasmal, una boca lívida que clamaba en silencio ser alimentada. Pero no podíamos hacer más que perseverar en la inmovilidad mientras afuera el mundo se anegaba y helaba de negrura. La decisión que tomé fue por ella, porque la pobre no tenía derecho a sufrir de esta manera. De haber sido mi hija, hace mucho hubiera intentado protegerla realmente del suplicio del hambre. Así que fui a buscar un cuchillo entre los escombros de la cocina. Instantes después estábamos mirando el cuerpo de Jeremías con la triste seguridad de que nos iba a prestar una última ayuda. Emití un sollozo ante lo que la desesperación nos empujaba a hacer.

    Pero repentinamente el estruendo de afuera cesó y una delicada fosforescencia fue inundando la habitación. Algo como una silueta neblinosa y radiante fue tomando forma sobre el cadáver. Las manos de Jeremías se sacudieron y después todo el cuerpo, con violencia. Esa garganta muerta emitió primero un gorgoteo y luego una frase incomprensible como en otra lengua. Aterrados, no dejábamos de mirar.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Víctor Armando Cruz Chávez

    Víctor Armando Cruz Chávez nació en la ciudad de Oaxaca, en 1969. Es autor de los libros Estaciones sobre la piedra dormida, La tinta y el dédalo, Obsesiones del escribano y Los hijos del caos. Ha sido becario del Foesca (1994-1995 / 2009-2010) y del Fonca (1996-1997). Es periodista cultural y editor. Ha publicado en diversas revistas literarias y periódicos del país. Colabora con varias instancias culturales de Oaxaca a cargo de proyectos editoriales. Ha obtenido algunos premios literarios, como el nacional de cuento “Benemérito de América” y el internacional de cuento Letras del Bicentenario “Sor Juana Inés de la Cruz”. Actualmente colabora con la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca como docente y funcionario del área de cultura.

  • Hoy desperté menos enamorado que ayer

    Me muero por saber qué pasó contigo,

    En todos estos años en que no nos vimos.

    Me muero por saber qué pasó en tu cama,

    Necesito esa cara de vulgaridad en mi cama,

    Chico Trujillo, Loca

     

    Él elige una línea argumental para desenredarse los nudos de la panza. Quiere redactar su novela familiar y recordarla para cuando esté recostado en el diván mirando las largas piernas de la psicoanalista. Es alta. Es fea. Tiene cara de caballo. Cuando la mira de frente le recuerda un caballo. Quiere asociarla con un dibujo animado, pero no le viene ninguno de la infancia. ¿Estaré tan jodido? Se pregunta y recuerda la cara de caballo. Es chistosa. Ella es chistosa. Habla chistoso y tiene cara de caballo. Si no tuviera esas piernas largas, esas nalgas poderosas. No puede dejar de verle el culo cuando lleva vestidos más o menos entallados. La tela queda atrapada entre las nalgas y éstas se dibujan tras la tela implicando una erección. read more

  • La rebelión infame

    featHay cosas que deberían oficializarse, hacerse legales para que todo marchara por una vertiente más amable, menos accidentada, pero, de la misma manera, hay cosas que jamás cambiarán, que atienden a las susceptibilidades y apuestan por la, ahora sí, oficial vertiente de la diplomacia y el uso ininterrumpido de eufemismos que lo adornen todo y dejen como meras excentricidades las actitudes de tu tía, porque si a la luna le da por cambiar de galas cada noche, a ella también, aunque con ciclos menos frecuentes que a ese satélite plagado de cicatrices de cósmico acné. read more

  • Dos textos de Alain-Paul Mallard

    FANDANGO AL BORDE DEL SENA

     

    a Hermes Andrade

     

    Afirma Claude Lévi-Strauss en una página célebre que el misterio supremo del alma humana, la gran pregunta sin respuesta de la historia cultural, es la invención de la melodía. Ayer noche fui —fuimos— a escuchar Son veracruzano en el auditorio que lleva su nombre, el del Musée du Quai Branly, heredero del venerable y polvoriento Musée del Homme, en la margen izquierda del Sena. read more

  • Un amor de verano

    chiringuito-2

    Fue uno de aquellos veranos, los primeros de la universidad, cuando Jaime era más joven y los fines de semana iba a trabajar a un bar de copas, para sacarse un poco de dinero.

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  • Objetos perdidos por Alejandro Badillo

    Uno

    Había una silla junto a la ventana. El calor se extendía en la pequeña estación de autobuses. Los pájaros eran infinitas figuras antes del vuelo. Un vaso sudaba su fiebre en la penumbra. La humedad del vidrio dejaba su huella en la mesa. Inútil esperanza porque era puro despojo, cosa inútil e inacabada. Las moscas formaron una nube inestable. Volátiles se movían en la escena. “Ayer dejaron algo”, dijo el viejo. Su compañero de trabajo —un muchacho— se acercó. El primero se balanceó en la mecedora. De gimnasta su vaivén por la precisión y el tino: los pies al aire y luego al suelo. Una secuencia donde destacaban la espalda, la camisa a cuadros y los pies alumbrados. Los pájaros, contraste entero del viejo, estaban prendidos al esqueleto de un árbol y desde ahí, al unísono, medraban. Los dos presentían nubes pero, por una absurda superstición, no lo decían. Las palabras del viejo, inacabadas todas, aún perduraban como la estela de humedad en el vaso. “¿Qué dejaron?”, preguntó el muchacho. La mano fue al vaso, pero no para beber, sólo era distracción del tacto mientras llegaba la respuesta. El viejo se levantó: imagínese su lento andar, su respiración que apenas rompía el silencio. La silla conservó la inercia del movimiento y su sombra anegó una parte del suelo. El viejo abrió un cajón y señaló con solemnidad un sobre amarillo. La mirada quedó ahí, en todo el cuerpo, vibrante y estancada. El muchacho abrió el sobre. El contenido era una hoja y una leyenda: “Vendrán más cosas”. Remiró la frase. Las palabras eran tres pájaros en la escena. En una delgada rama los imaginaba, listos para volar una vez seca la tinta de sus alas. read more