México

  • Parábola de la cizaña de Federico Vite

    Los estigmas y la tormenta

    Federico Vite, Parábola de la cizaña, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2012, 104 p.

     

    En aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo. Él les contestó: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

    Mateo 13, 36-43

     

    parábola de la cizaña

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    Según la tradición cristiana, Francisco de Asís fue el primero en recibir los estigmas en sus manos, como señal de su unión con Cristo. Las marcas aparecieron en los mismos sitios del cuerpo donde, de acuerdo con los evangelios, Jesús fue herido. Además del de Francisco, el catolicismo apenas ha reconocido como auténticos un puñado de casos, pero el tema parece haber sido visitado con más frecuencia por el cine de suspenso.

    Parábola de la cizaña, de Federico Vite (1975), retoma este motivo para construir la historia de Xavier, un ladronzuelo que recibe tales marcas en sus manos y su frente a la par que se intensifican las voces que le ordenan alimentar a una jauría de perros y anunciar un cataclismo, voces que él atribuye a un origen divino, pero que siempre oscilan entre la sacralidad y la locura.

    Justamente, el primer capítulo de la novela abre estas dos posibilidades: “Al ver los estigmas en la mano y en la frente, cualquiera de los ahí reunidos hubiera pensado que ese cuerpo fue la geografía de una batalla entre dos misterios que se impactaron sin tregua: la demencia y la fe.”

    Xavier no es precisamente un hombre de fe, si bien descubrimos que las voces —que el narrador atribuye a Tomás de Aquino— vienen de un pasado más lejano al comienzo de la historia. Albañil que, en compañía de Luis, aspira a dar un gran golpe, la existencia de Xavier transcurre entre el consumo de droga y el deseo por Karla, la mujer que comparte con su compañero de correrías.

    Todas estas circunstancias son descubiertas por el lector a manera de recuento, porque Federico Vite lo instala, desde la primera página, en la conclusión de la historia: el momento en que Xavier muere decapitado por una lámina desprendida durante una tormenta. Su cuerpo mutilado a mitad del patio de la prisión es, a la vez, el cierre de la historia y la imagen inicial para que el lector, en una especie de rebobinado, recorra los acontecimientos precedentes.

    De esta manera, Parábola de la cizaña parece hacer uso de estrategias narrativas ya presentes en “Viaje a la semilla”, de Alejo Carpentier”, al narrar los acontecimientos en sentido inverso al desarrollo natural de las acciones, o de Rayuela, de Cortázar, al dejar abierta la posibilidad de más de una secuencia de lectura.

    Y tal vez en este juego es donde se encuentre el sentido del título de la novela. Porque si bien, en primera instancia, “Parábola” remita a un relato con una intención moral o edificante, también alude a una curva simétrica respecto de un eje, que se traza alrededor de un solo foco. Pareciera que los acontecimientos narrados en la novela de Federico Vite se ajustan más a la definición geométrica de la parábola: los acontecimientos, narrados en retrospectiva, abren y cierran con la misma incertidumbre sobre la demencia y la fe anunciada en el primer capítulo. Y es este conflicto, justamente, el que hace las veces de directriz de la parábola.

    Vite apuesta por los capítulos breves, centrados en una sola escena, como si la historia pretendiera ser contada a partir de una secuencia fotográfica donde cada una de las piezas muestra los elementos esenciales para que el lector reconstruya los espacios faltantes.

    Esto deriva en un lenguaje que busca la intensidad a partir de la síntesis. Así, el primer capítulo comprime en ocho líneas los elementos centrales de la historia: la estancia de Xavier en prisión, la tormenta que se convertirá en el leit-motiv de la novela y, finalmente, el conflicto interno del protagonista que se debate entre la fe y la locura.

    La tormenta que acaba con la vida de Xavier es el elemento que enlaza las historias de lo demás personajes quienes, a semejanza del protagonista, son acuciados por señales y voces similares que les advierten sobre la catástrofe o sus sobre sus propios destinos. No hay uno solo de los personajes de Parábola de la cizaña que no se vea afectado, de una manera u otra, por aquéllas.

    Luis, el cómplice de Xavier, abre/cierra la cadena de señales en el último capítulo de la novela: “—¿Crees en Dios, parna? —pregunta Luis a Xavier, quien observa con lujuria las piernas de Karla, recostada en la cama, metros atrás del sillón en el que Luis se dispone a consultar a sus espíritus—. ¿Dime la verdad, crees en Dios?”

    Pero estas mismas inquietudes sobre la existencia y voluntad divinas, así como la inminencia del cataclismo están presentes en los demás personajes cuyas vidas se conectan directa o accidentalmente con la de Xavier: el enano que se vuelve confidente suyo en prisión y que comparte los últimos instantes de su vida; Francisco, el taxista asaltado por Luis y quien sueña con reconstruir su familia; Catalina, pareja del taxista, que refiere aquel sueño premonitorio sobre su muerte, la cual será ejecutada, tal como la vislumbró, por uno de sus vecinos; el periodista que cree haber encontrado una lógica oculta entre la serie de acontecimientos violentos ocurridos durante los últimos días en la ciudad y que planea preparar un reportaje para dar cuenta de ello.

    De esta manera, Parábola de la cizaña se convierte también en una reunión de personajes videntes, atormentados por esos atisbos de futuro que no alcanzan a comprender y que obstruyen el desarrollo de sus propios anhelos individuales: ninguno de los personajes conseguirá acercarse siquiera a esos sueños que los sacarían de la marginalidad.

    En este sentido, la novela ofrece una mirada uniforme, sin contrastes. La llegada de la tormenta apocalíptica es inminente y nadie lo duda. El carácter de castigo divino de ese fenómeno meteorológico es compartido también por cada uno de los personajes: no hay, ni de lejos, alguna explicación diferente que permita dudar por un momento sobre las aseveraciones de Xavier o de cualquiera de los personajes.

    Incluso dentro de prisión, aunque Xavier es objeto de las burlas de los demás presos, éstas se acallan con facilidad apenas empiezan a manifestarse las primeras señales de la tormenta. Pareciera entonces que todo el mundo contenido en Parábola de la cizaña está convencido de la inevitabilidad del fenómeno que vendrá a poner fin a lo que conocen.

    A poner fin y no a redimir, porque la posibilidad de la redención parece descartada desde el inicio mismo de la novela. Aunque Xavier parece pretenderla y Luis, en las páginas finales, plantea la posibilidad de un castigo o un arrepentimiento, éstos no tienen como finalidad la transformación de la vida de ningún personaje sino, en todo caso, su término.

    Dos personajes parecen ser los únicos que entrevén la posibilidad de transformar sus vidas: Francisco y Catalina hacen planes, la víspera de la muerte de ella, para viajar juntos a conocer a la familia de él, para establecerse y formar una familia, pero el asesinato de la mujer trunca esta posibilidad.

    Incluso el primer capítulo, que narra el cierre de la historia, enfatiza esta nulidad del sacrificio de Xavier: apenas un cuerpo a mitad del patio inundado de la prisión, bajo una tormenta que no cesa y que, pese al tono apocalíptico con que se le anuncia a lo largo de la novela, parece tener efectos únicamente en las vidas de los personajes pues del entorno sólo sabemos generalidades: las calles y las casas inundadas, los vehículos y los cuerpos arrastrados por la inundación, pero ningún asomo de otros sobrevivientes más allá de quienes, a lo largo de la novela, han sido transmisores de las señales que vaticinaban el desastre.

    Como si la tormenta y la consecuente inundación de la ciudad fueran tan sólo el escenario indispensable para mostrar los conflictos individuales de los personajes de la historia, quienes, en menor grado que Xavier, por supuesto, se debaten todo el tiempo entre la demencia y la fe.

    Parábola de la cizaña, entonces, resulta más una exploración de las luchas espirituales de los personajes que el desarrollo de una trama apocalíptica o una historia de suspenso religioso.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Gregorio Cervantes Mejía

    Actualmente es redactor de la revista Crítica, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Es autor del libro de cuentos Cambios de Estación (Secretaría de Cultura de Puebla, 2001). Fue incluido en las antologías Los mejores cuentos mexicanos, edición 2002 (José de la Colina, ant.; Joaquín Mortiz); Antología de narradores en Puebla, Insólitos y Ufanos (Jorge Arturo Abascal Andrade, ant.; UAP, México, 2003); De claro en claro… Cuentos sobre el Quijote (AA. VV., Ediciones de Educación y Cultura, México, 2005); Fuego cruzado. Jóvenes narradores de la zona centro del país (Fondo Regional para la Cultura y las Artes, Zona Centro/Conaculta, México 2006).

  • Tu materia son los huesos de Andrés Téllez Parra

    La memoria enterrada

    Andrés Téllez Parra, Tu materia son los huesos, Magenta, México, 2012, 69 p.

     

    Andrés Téllez Parra (Ciudad de México, 1979) construye con oficio un libro sobre el fin del mundo, sobre el mundo de los muertos, pero también sobre el mundo de los vivos, tal vez de los vivos que están aún por morir. Un retrato apocalíptico y onírico que se aleja de los lugares tan comunes como viciados sobre zombis, hecatombes nucleares o pandemias virales que tanto llenan hoy estanterías y mesas de novedades. Como dice Salvador Gallardo Cabrera en la contraportada del libro, se habla de un mundo “en estado de desaparición, de un mundo después del fin del mundo”. read more

  • La escuela del aburrimiento de Luigi Amara

    De las drogas escondidas en algunos libros

    Luigi Amara, La escuela del aburrimiento, Sexto Piso, México, 2012, 287 p.

    En La tempestad, de Shakespeare, Próspero se desplaza de una isla a otra con el tedio como motivo latente. Siendo aún duque de Milán, cede las responsabilidades de su gobierno a su hermano Antonio y se encierra de manera voluntaria en su biblioteca —su primera isla— para ponerse a estudiar sus libros de ocultismo. La segunda isla es real y a ella llegan accidentalmente Próspero y Miranda, su hija, después de que Antonio, aprovechando la distracción del duque en los libros, se alía con Alonso (rey de Nápoles  y antiguo enemigo Próspero), pone a la milicia de su lado, se levanta en armas, usurpa el ducado y, en un barco viejo e inservible, pone a padre e hija. Después de salvarse y rehacer su vida en la isla, Próspero utiliza aquel conocimiento aprendido en los libros como instrumento de dominio sobre sus habitantes, en parte para librarse de las odiosas tareas domésticas (esclaviza a Calibán y condiciona la libertad de Ariel a cambio del cumplimiento de sus órdenes), pero quizá también para escapar del aburrimiento de aquel sitio. Leer y dominar son actividades que no sólo materializan el principio del saber cómo poder, sino que además representan modos de evasión del tedio. Los libros que fueron el remedio contra el aburrimiento de la vida cortesana y los asuntos del gobierno en Milán funcionan algún tiempo en aquella isla fantástica que Próspero conoce, conquista y a la que ya está habituado, pero que al final de la obra abandona porque, según confiesa en el epílogo, se siente viejo y cansado. Ha perdido “el poder de su magia”. read more