Proyector para chacales. Memoria de parricidas en el cine

Y desde entonces procuraron hacer lo que aún

no habían probado: sudar un baño turco,

robar en una tienda, vender diarios en la madrugada,

apostar en el hipódromo, decapitar un gallo y

matar al padre. Cada cual mató al suyo simbólicamente.

Antonio Di Benedetto. Los suicidas

 

 

No te burlarás de las preferencias cinematográficas de tus padres y respetarás en todo momento sus propensiones por muy abominables que te resulten. Lo anterior forma parte de un decálogo de autoayuda que comencé a escribir cierta vez que pensaba en el parricidio. No olvido que una de las primeras formas conscientes del parricidio simbólico es deplorar las filiaciones –o al menos los apegos— culturales de los progenitores. Distingo en mis expedientes un soplo parricida más antiguo a esto. En el moneto más rudamente glandular de mi adolescencia fue reestrenada La viuda negra de Ripstein. Había que verla, a costa de mentirles a los padres. Tras diseñar un plan criminalmente intachable, aduje un trabajo en equipo para la materia de Civismo y obtuve permiso y fondos para atreverme en el fragor barriobajero del cine Marina. En dominar la culpa y sujetar mis miedos invertí más de lo deseado, lo cual significó entrar a una sala en penumbras de piso pegajoso ya iniciada la película. Trastabillé en un pasillo con escalinata y di con la catedralicia humanidad de un hombre que buscaba asiento: era mi padre. El inciso “a” de mis opciones al percatarme de ello fue acometerle con fuerza y salir huyendo mientras sus cien kilos rodaban escaleras abajo, hecho que me hubiese precipitado de lleno a la orfandad completa porque mi madre iba delante de él. No fue necesaria esa medida tan rigurosa; por nuestro bien nos libró de ello la miopía del padre, que sólo espetó un sordo “¡quiubo!” Parricidio: matar a los Parra. read more