Martín Kohan: Es un sujeto enamorado el que canta boleros y tangos | Francisco Serratos

 

Roland Barthes diseccionó el amor como un discurso, como una naturaleza muerta cuyo cuerpo, igual que los de un animal, está vacío y sobrevive como un prototipo: un esqueleto. Lo único que nos queda es su lenguaje, su retórica, sus fórmulas y sus canciones. Lo vivimos en la medida en que repetimos ese lenguaje y nos volcamos hacia los lugares comunes. A lo largo de la historia, desde el romanticismo, con ciertas variantes y rodeos, ese lenguaje se ha presentado como un discurso de la pérdida, de la imposibilidad y, muy pocas veces, como un acto revolucionario –pienso en los esfuerzos del feminismo actual por descolonizar el deseo–. De hecho, Fragmentos de un discurso amoroso fue publicado en 1977, a casi diez años del movimiento de 1968, un momento cumbre en la redefinición del amor y que Barthes, reacio al empuje de la época, pareciera criticar como un fracaso. Por el contrario, Alain Badiou –tal vez es el único filósofo contemporáneo que contempla el amor como una forma de revolucionar la realidad social– lo considera, junto con el arte, la política y la ciencia, como una de las circunstancias que definen al sujeto contemporáneo. Desde entonces, pareciera que otros pensadores y escritores evitan hablar del amor por no caer en el lugar común, aunque tampoco se atrevan a reinventarlo.

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