Maria van Rysselberghe

  • Los cuadernos de la Petite Dame | Maria van Rysselberghe

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    Traducción de Armando Pinto

     

    1. Pierre regresó temprano esta mañana; con él las entrevistas se traman de inmediato, sin preámbulos. Leyó extractos de un gran artículo aparecido hace unos diez días en Pravda; artículo no sólo duro para Gide, sino que parece negar todo lo que él reprocha a la urss. Pierre agrega: “Esta defensa es lamentable, grotesca, y eso va a permitirme tomar una posición clara en mi artículo: que uno no siga a Gide en su conclusión, pase, pero que uno niegue lo que ha visto, eso no”. Está también muy perturbado por la nueva actitud de la urss, esta adhesión espontánea al proyecto de mediación anglo-francesa. Cree que los rusos sabotean la Revolución española. Gide tiene un día muy cargado –vista a Rivet para el joven Queneau–, salida con Catherine (a ver no sé qué exposición) y a las seis visita a Magdeleine Paz, a la que asiste Pierre. Salen de ahí sin haberla encontrado de interés; en el fondo, ella no viene sino para tener una entrevista con Gide para Le Populaire. Después de la comida, conversación sobre las mismas cuestiones palpitantes. Creo que después de la nueva actitud adoptada por la urss el deseo de Pierre de retornar a España se ha derrumbado (él habría sido corresponsal en España para el asunto de la propaganda). Gide muestra un montón de cartas interesantes; una le dice a Gide: “Usted ha ayudado a liberar a algunas víctimas de Hitler, considere a todas aquellas que gimen en los campos de concentración de la Rusia soviética”. Lo que hace decir a Pierre con un tono amargo: “Cree usted, Gide, que será en la prisión dónde encontraremos a nuestros verdaderos hermanos?”

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  • Los cuadernos de la Petite Dame | Maria van Rysselberghe

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    Traducción de Armando Pinto

    1. Mis amigas partieron y estamos solos a la hora del té. Nos parece que hay un tiempo infinito que nos ha alcanzado. Me cuenta que ha recibido una visita urgente de Yves Allégret, de su mujer y de Pierre Naville, su cuñado. Quieren que Gide intervenga o se incluya en una petición al gobierno noruego, que acaba de pasar una ley que impedirá que Trotski intente demandar a sus difamadores y, con ello, espera forzarlo a irse. Pero Gide les hace comprender que es a la vez vano e imposible; de inmediato le colocarían la etiqueta de trotskista.

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  • Los cuadernos de la Petite Dame | Maria van Rysselberghe

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    Traducción de Armando Pinto

    Gide parte para Cuverville en el tren de la mañana, sin justificar su partida, y a mí me parece una prueba de que piensa ir a España. Pierre lo conduce a la estación.

    El padre Doncoeur viene a Vaneau a las once, seguro de encontrar a Gide, y por eso se desconcierta mucho cuando le digo que está ausente. Me pregunta si yo estoy al corriente y si puede hablarme. Viene del arzobispado. El cardenal Vernier es muy favorable a la iniciativa, bajo ciertas condiciones por supuesto: dos delegaciones mezcladas representando tanto como sea posible el mapa espiritual de Francia –un fin único, la piedad: impedir las masacres–, que todo mundo actúe en perfecto acuerdo –nada de tiempo que perder–. El padre Doncoeur es un personaje enérgicamente simpático: su aspecto, un rostro simple y decidido y pronto familiar, una intensidad moral emotiva al primer contacto, la palabra directa, clara, confiada, un espíritu libre que te hace sentir absolutamente cómodo. Herbart regresa –yo lo presento como secretario de Gide, al corriente de todo y encargado de reemplazarlo hasta su retorno (él regresa esta noche)–. Herbart viene de la embajada a donde fue a buscar sus papeles que están en regla. Se entera de que el gobierno ha abandonado Madrid y se ha trasladado a Valencia, y que ve con agrado la tentativa de la delegación. El padre Doncoeur repite dónde estaba. De inmediato advierto entre el padre Doncoeur y Herbart una posibilidad de entendimiento, de acuerdo recíproco, lo cual es muy curioso dados los muy feroces prejuicios de Herbart y, en este caso, su voluntaria falta de tacto; la disposición, la claridad, la precisión, la franqueza del padre se imponen visiblemente a Pierre, y advierto que entre ellos dos las cosas van a dar pasos de gigante.

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  • Los cuadernos de la Petite Dame | Maria van Rysselberghe

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    Traducción de Armando Pinto

     

    París, del 21 de octubre al 12 de noviembre de 1936

     

    Gide regresó a París el miércoles 21. Tiene muy buen aspecto, como rejuvenecido. Sabe que es el día en que los Groet comen conmigo; él comerá con nosotros pero nos dejará inmediatamente después para ir a Vendredi. Pero hacia las seis pasa Alix a decirme que han recibido un pequeño telegrama de Malraux invitándolos a comer. Malraux viene de España y espera regresar de inmediato. Acordamos que por la noche Gide y yo los alcanzaremos. Cuando Gide llega a comer me dice que acaba de estar justamente un buen rato con Malraux en la nrf y que no tiene la intención de acompañarme esta noche. Me dice también que viene de llevar sus notas a la imprenta y que serán impresas en cinco o seis días a partir de ahora. read more