Cuestiones Othonianas | Por Gabriel Wolfson

Othón escribió el Idilio salvaje. Así le diré, el Idilio salvaje o sólo el Idilio. Todos sabemos que no se llama así, que se llama En el desierto. Idilio salvaje. Pero uno dice el Idilio salvaje y no pasa nada, incluso uno sólo dice el Idilio y, para el caso de Othón, no pasa nada tampoco, todo mundo sabe de qué estamos hablando. Othón escribió el Idilio salvaje y ese sencillo acontecimiento ha hecho necesarios varios libros sobre Othón. Los hizo necesarios sin duda para sus autores, pero seguramente también para muchos de sus lectores, para ciertos ambientes literarios o incluso para eso que, sumados muchos de esos ciertos ambientes literarios, damos en llamar, si el desánimo no nos vence, el ambiente literario mexicano. Todos son libros no sobre el Idilio sino sobre Othón, pero ninguno habría sido escrito de no haberse escrito el Idilio. Desesperadamente eluden el tema del Idilio porque sienten que, así hable de cierta calle de San Luis Potosí o del “Himno de los bosques” o del general Reyes, cada frase está deletreando los versos del Idilio. Lo siente el primero de esos autores pero no lo dice. Lo siente, muchísimo, uno de los lectores de ese primer comentario y siente entonces que tiene que escribir un comentario en respuesta, pero en ese nuevo comentario ni parece hablarse del Idilio ni se aclara que el deseo de escribirlo vino como reacción a otro comentario donde se habla pero no se habla del Idilio. Y así. Todos queremos hablar del Idilio pero hablamos de otros asuntos, nos apasionamos o creemos apasionarnos con otras discusiones othonianas, llegamos incluso a creer en la existencia de tal cosa clara y sólida como las ‘discusiones othonianas’ o en la necesidad de un adjetivo como ‘othoniano’, que desde el interior de México regalamos generosos al mundo. Nos creemos poseedores de un tesoro; un modesto tesoro y unos aún más modestos poseedores, sí, pero al fin animados por pertenecer a la misma cofradía del secreto othoniano, y sobre él seguimos acumulando provincianas capas que engrandecen lo secreto del secreto othoniano. Así estas líneas que, más bien, con toda propiedad comienzan ahora: uno de los primeros libros sobre Othón, quizá el primero, es un monumento, como lo enfatiza el mismo Jesús Zavala, su autor. En las últimas páginas Zavala recorre estremecido el sendero post mortem de Othón, uno de cuyos momentos culminantes ocurre en 1934: “La pluma tiembla en nuestros dedos y el espíritu se sobrecoge de espanto, dolor y desaliento: pero una voz más poderosa que nuestros sentimientos, la voz de la verdad histórica, nos obliga a revelarlo”.  ¿Pues qué pasó? Pasó que un grupo de admiradores de Othón quiso trasladar sus restos a un mejor lugar, puesto que se hallaban en una tumba vulgar perdida entre muchas otras tumbas vulgares. Se organizó entonces una gran comitiva de notables para que el 28 de noviembre —aniversario luctuoso de Othón, pero también cumpleaños de su viuda— se exhumaran los restos. El problema fue que el edil Rincón Gallardo, representante del Ayuntamiento y básicamente la autoridad responsable, supuso que, una vez paleada la tierra, encontrarían veintiocho años después un ataúd sólido y manejable, dispuesto para que cuatro peones lo sacaran con cuerdas y luego se lo echaran al lomo para trasladarlo. Lo que sigue es un sketch miserable y risible, excepto que Zavala no se ríe: después de varios sonrojos, indecisiones y tropiezos, alguien llega con una “endeble cajita de madera corriente, pintada de blanco, de las que comúnmente sirven para enterrar a los ‘angelitos’ de nuestra gente humilde. De ella puede juzgarse por su precio: DOS PESOS Y CINCUENTA CENTAVOS DE NUESTRA MONEDA. Agustín Vera nos confesó que se estremeció de horror, y nosotros carecemos de palabras para expresar nuestra vergüenza y nuestro dolor”.  Las mayúsculas —ahora versalitas— son de Zavala: las necesita como contraste con el minúsculo, “modesto monumento” que siguió encabezando la nueva tumba de Othón, y como guía para el “monumento digno de su alcurnia” que, según dice en la última página de su libro, en diversas e infructuosas ocasiones él y otros devotos othonianos habían promovido. Y cierra así: “Ahora nosotros, ante la imposibilidad material de levantarle un monumento escultórico y arquitectónico digno de la grandeza de su genio, le hemos erigido el de la publicación de sus Obras completas y el de su biografía, con la esperanza de que su recuerdo renazca y viva imperecederamente en el corazón de las futuras generaciones”.  ¿Y cómo se erige un monumento con palabras? El libro de Zavala pesa, sin duda: es del tiempo en que el papel de los libros no se escogía bajo el criterio de poder fácilmente triturarlo a los tres meses. Pesa también, claro, por la acumulación de datos, de alucinantes encomios, de paternales y dulcísimas reprimendas: “Su deporte favorito fue la caza. Tal deporte constituyó una laguna en su exquisita sensibilidad poética y en su amor a la naturaleza. ¿Cómo pudo este orfebre de la poesía sacrificar, en aras de dicha afición, los animales más inocentes e inofensivos, como las liebres, los patos y los venados, en lugar de las bestias más feroces y dañinas? Era ingenuo y bondadoso; pero también cruel como un niño”.  ¿En qué estaría pensando Zavala, por cierto, cuando habló de aquellas bestias feroces y dañinas? ¿Imaginaría a Othón disparándole a algún regidor insensible a la poesía? Como quiera, su libro pesa, como buen monumento, principalmente por una razón: por haber construido la imagen de Othón sólo a partir de la información más opaca de su vida pública: anécdotas de buen tono, programas de recitales y ceremonias, crónicas para ser leídas en el kiosco de la plaza mayor. El Othón de Zavala: una especie de franciscano que deviene maestro de ceremonias que deviene poeta y campesino que finalmente deviene Pedro Infante interpretando a Juventino Rosas. Sobre las olas del desierto, un modesto pero heroico funcionario retoca los versos que leerá en la próxima graduación de profesoras normalistas. Othón es, efectivamente, un rostro pétreo, un muñeco de sílice a riesgo de romperse con una ventisca, ya no digamos con un terremoto. ¿Y cómo conciliar esta rocosa efigie con el Idilio, con ningún idilio? Primero unas palabras sobre Josefa Jiménez Muro, esposa y viuda de Othón. En realidad, mucho más viuda que esposa: estuvieron casados veintitrés años, y ella, como suele decirse, le sobrevivió otros cuarenta y tres: Josefa muere en 1949, a los pocos meses de creada la OTAN y de que se fundara Adidas, o bien, digamos, una semana antes de que naciera Gene Simmons, el futuro líder de Kiss. Pero dos años antes, probablemente a raíz de que Zavala publicara sus ediciones de obras othonianas, Josefa le escribe al devoto estudioso de su marido: “…mientras que [usted] levantaba en alto el talento de Manuel, dando a la admiración pública el mérito de sus composiciones, a mí me arrojaba a la cara la inmundicia de la sucia acción de mi marido y elevándome con esto un puñal en el corazón cuya herida me sangra, y la tendré hasta que muera, pero la obra de usted no quedó con ninguna laguna”.  Retórica justificada la de Josefa aunque, me imagino, nada nueva en ella. Como quiera, sirvió: cuando en 1952 Zavala publica su biografía, acepta comenzar el apartado sobre el Idilio, pese a saberla falsa e inverosímil, con la increíble versión de Josefa: “Un año antes de morir, el poeta expresó a su mujer —doña Josefa Jiménez de Othón— el deseo de escribir un poema cuyo asunto era escabroso. Esta procuró disuadirle de su propósito; mas aquel replicó que sólo lo haría para comprobar que era capaz de acometer todos los temas. Y como su mujer le argumentara que nadie pensaría en eso y que ella era la única que padecería con la creencia en la realidad del episodio, el poeta le repuso que sus temores se disiparían si lo aplicaba a un amigo”.  Después, es cierto, Zavala ve improbable esta versión de la viuda sobre el Idilio como un simple reto técnico, un juego de salón para sustituir al insustituible billar al que era afecto Othón, pero es que Zavala quiere pasar rápido por ese pedrusco de 1904 que, como una mancha de ácido en el pulido mármol, podría corroer el monumento que proyecta. Al final, su versión es una fantasía más increíble aún que la de Josefa: según Zavala, dos amigos de Othón viajan a El Paso, ahí conocen a la propietaria de un hotel, un rayo de sol sobre el cabello de la mujer les recuerda casualmente algún verso del Idilio que por supuesto recitan, ella los escucha y solloza, luego va a su cofre de cachivaches y les dice que ella es la protagonista de aquel poema mientras saca el manuscrito “perfumado y amarillento”.  Así que, después de todo, en esta primera, tartamuda y renga versión sobre el Idilio, la historia deviene historia de amor, lo que acaso borraría toda “inmundicia”: términos estos, amor e inmundicia, mutuamente excluyentes en la ejemplar cabeza de Zavala. Porque detrás de su anécdota en apariencia inofensiva se esconde por fuerza toda una novela: Othón y la mujer —Guadalupe Jiménez, según Zavala— sostuvieron más de un encuentro, Othón se enamoró y ella también, Othón supo que su deber era volver al seno conyugal, Othón le escribió a la señorita Jiménez un poema de consuelo y despedida, y ella lo atesoró como un recuerdo invaluable y silencioso. Ahora bien: ¿qué poema es ése? Cualquiera menos el Idilio, un idilio sin cursivas, sin salvajismo y sin desierto: Zavala parece haber leído otro poema u otra cosa, o bien parece haber concluido que Othón definitivamente no escribió el Idilio. No sólo eso: su libro suma 290 páginas más 46 de iconografía dispuestas para no hablar del Idilio y menos aún en el apartado a él dedicado: el monumento a un señor Othón que jamás habría podido escribir el Idilio. Velador del alma mexicana, Zavala se propone rescatar a Othón de su propio poema, de su propia anomalía y entonces ganarlo en efecto como efigie esculpible para las plazas públicas. Un libro como un aplauso unánime, una ovación cerrada que oculta el gargajo de un tuberculoso: frase tremendista y artificiosa sin duda, aunque Othón quizá habría apreciado la palabra ‘gargajo’. ¿Por qué? Por su precisión, por su eufónica precisión: a Othón, como a tantos, le gustaban las cantinas y los billares, y si no le gustaban por lo menos los frecuentó como si le gustaran, y en el trance de verse obligado a describir no la sierra y sus favoritos peñascales sino el ambiente de cantinas y billares seguro habría echado mano de ella, de la palabra ‘gargajo’, que incluso habría podido rimar con otra de sus predilectas, ‘tajo’, como el “horrendo tajo” del Idilio: “al pie minada por horrendo tajo”, dice el verso. El verso en cambio que del Idilio más se grabó en la cabeza del casi adolescente Alfonso Reyes fue “¡Mal hayan el recuerdo y el olvido!” El 15 de agosto de 1910, en la Escuela de Jurisprudencia, Reyes leyó su conferencia sobre “Los Poemas rústicos de Manuel José Othón” y citó ese único verso. Reyes tenía veinte años, su padre había sido protector y mecenas de Othón, pero ni él ni su padre tendrían mayor idea de que en pocos meses se desataría una guerra que daría al traste con esa vida de mecenazgos y altísimos poemas de circunstancia, guerra que además volvería vergonzoso, sacrílego, o mejor aún: inexistente, nunca escrito, el poema que Othón compuso pocos días antes de morir, dedicado “Al señor general Díaz”. Como quiera, el aún joven consentido y predilecto de México Alfonso Reyes dedicó su conferencia, en efecto, a los Poemas rústicos, mucho menos obsesionado que todos nosotros con el Idilio, pero cuando, hacia el final, inevitablemente tuvo que decir algo sobre el Idilio, dijo, en pocas palabras, que no podía decir nada sobre el Idilio: “Nos hace daño el drama poético de Manuel José Othón. Quizá más tarde todo lo descifremos: quizá nos descubran el enigma los libros huérfanos”.  La argumentación de Reyes, segura y sobrada hasta entonces, palidece al final, tras tropezar con el contaminante Idilio, y sin embargo habría que resaltar esto: aunque con incomodidad, Reyes habló explícitamente de la anomalía del Idilio, de su contraste con el resto de la obra canónica de Othón: contraste molesto porque, a reserva de negar la existencia del Idilio, como Zavala, impedía concluir para siempre la efigie marmórea y cívica de Othón. El frustrado monumento proyectado por Reyes: el de un maestro rural, descuidado, humilde, ensimismado en las sobrias verdades esenciales y que al transmitir la seguridad de sus nociones clásicas garantiza la salud de sus pupilos. Maestro rural que, desde luego, ni por asomo frecuentaría cantinas y billares ni gustaría jamás de un término como ‘gargajo’ para rimarlo con ‘tajo’ o ‘cuajo’ o ‘bajo’. Maestro rural que, además, en mala hora habría escrito ese poema, el Idilio: la junta de damas se espantaría al saberlo y negaría la aportación a la colecta para mandar a esculpir el busto. Quien en cambio sí escribió sobre el gusto de Othón por cantinas y billares, y de hecho llenó un pequeño libro únicamente con eso, fue Artemio de Valle-Arizpe. Lo escribió en 1924 y no lo publicó hasta 1958. ¿Por qué? Quizá esperó a que muriera la viuda, a quien no le habrían gustado las anécdotas de este Anecdotario. Viuda muy diferente, por cierto, que algunas legendarias viudas de las letras latinoamericanas, herederas de fortunas, albaceas de copyrights y dosificadoras de pálidos inéditos, quizá hasta expurgadoras o editoras de epistolarios y diarios. Josefa Esther Jiménez y Muro fue viuda pero no legendaria ni heredera de nada. Othón no legó dinero, propiedades ni derechos de autor productivos. Dejó, eso sí, su nombre para que se lo pusieran a un cine, del que Josefa Esther, ya viuda, fue boletera. Según Montejano, también fue guardacasas de un teatro y de una “raquítica pensión”. Viuda muy pobre, Josefa. Pero no sería porque el alcoholismo llevara a Othón a despilfarrar su fortuna: nunca hubo fortuna. Othón no tuvo dinero ni para alcohol ni joyas ni viajes de descanso. Lo cual no impidió que bebiera mucho. Mucho más de la mitad de las anécdotas del Anecdotario versan sobre el consumo de alcohol de Othón, ese sí legendario según Valle-Arizpe. Coñac, por encima de cualquier otra bebida: la más fuerte y, quizá entonces como ahora, la más cara. Pero Othón no era Ignacio Aguirre, el personaje de Guzmán y el rey del coñac de las letras mexicanas: Othón era pobre y, al menos como paréntesis de su vida contemplativa y árida, un bebedor profesional. Inventaba extrañas y explosivas bebidas, según Valle-Arizpe, quien también alude a una “despampanante borrachera del tamaño de una catedral gótica”;  lo movía a veces un ánimo pantagruélico, de brutales comilonas de varios días y la única borrachera adjunta; catalizaba el trago su inspiración poética; lo consumía la culpa resacosa por evidentemente no cumplir sus continuas promesas de dejarlo; y, como lo corrobora Urbina en el Apéndice, mucho lo movía para ir a la Ciudad de México la imagen imparable de la fiesta, la embriaguez perpetua modernista. Buena imagen la de Urbina: “Llegaba Manuel José a la capital de la República, como estudiante en vacaciones”,  o bien: “Visitaba las urbes con atolondramiento/ de colegial en fiesta. Todo su pensamiento/ era gozar del mundo, del placer y del vino”:  un pequeño Othón de pantalón corto, en las antípodas del amargo versificador del desierto, dispuesto a recuperar la amargura a base de excesivos coñacs. Otra aún mejor imagen, de Valle-Arizpe: Othón jugando billar. Carambola. Othón jugando horas y horas, solo, arremangada la camisa, el sol declinante, el cigarro consumiéndose, y él rumiando carambolas como si rimara consonantes para sus primeros y muy malos poemas. Othón pasa muchas horas solo, horas muertas. Parece un personaje de Di Benedetto, en vez de la llanura argentina la llanura sofocante de San Luis Potosí, de Coahuila. Así que, pocas veces, cada que puede, se va a la Ciudad de México. Y ahí, según nuevamente Valle-Arizpe, una vez tiene Othón una aventura con una capitalina, “una de esas muchachas de guitarra, tequila y carcajada”  (¿una de esas? ¿Pero a qué se refiere don Artemio?) que toma la iniciativa y que, de acuerdo con nuestro informante, espantó a Othón, lo intimidó. Mucho menos verosímil resulta, en cambio, la versión de Valle-Arizpe sobre el Idilio. La mujer se llamó, según él, Guadalupe Rodríguez y, como le gusta enfatizar, no era india sino saltillense divorciada de un español y amante de Othón. Amante, dice Valle-Arizpe, quien además apunta, como de pasada, con la ligereza de quien conoce la verdad o simula muy bien conocerla, que Othón no sólo le envió el Idilio a su amigo Juan B. Delgado sino que acostumbraba leerlo a sus amigos, suponemos que en las cantinas, aunque sin pensar en publicarlo. Entonces, según Valle-Arizpe, un día llegó el propio Valle-Arizpe para sugerirle a Othón que en un primer soneto atribuyera el affaire a un amigo. Y listo, asunto arreglado. Othón tendría entonces cuarenta y seis años, Valle-Arizpe veinte. Lo importante aquí no es remarcar lo inverosímil de la versión de Valle-Arizpe, sino entresacar las posibilidades que laten debajo de su aparente seguridad. Por ejemplo: el que Othón hubiera podido tener una o varias amantes, más allá de que la “india brava” del Idilio no calificara como tal en el propio Idilio. Por ejemplo: que Valle-Arizpe arrancara la curiosa moda entre algunos letrados mexicanos de certificar que la india brava fuera quizá brava (“una de esas”) pero no india. No india.
*Fragmento del ensayo inédito de igual nombre

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Escrito por Gabriel Wolfson

(Puebla, 1976). Ha pub­li­cado el libro de cuen­tos Bal­lenas (Tierra Aden­tro), el de prosa Caja (UD-LAP), “Los restos del ban­quete” (Libros Magenta, 2009) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética).

Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica y pro­fe­sor de la Uni­ver­si­dad de las Américas-Puebla.