Luis Vicente de Aguinanga

  • Envés del agua de Luis Armenta Malpica

    Los tantos nosotros

    Luis Armenta Malpica, Envés del agua, prólogo de Luis Alberto Arellano, Secretaría de Cultura de Jalisco, col. Clásicos Jaliscienses, Guadalajara, 2012, 249 p.

    En la colección Clásicos Jaliscienses han aparecido antologías y compilaciones de Paula Alcocer, Carmen Villoro, Ricardo Yáñez, Raúl Bañuelos y Jorge Esquinca, entre otros poetas. Tratándose, como se trata, de libros de considerable grosor, formato generoso y encuadernación de pastas duras, amén de una fotografía del autor y un prólogo que sitúa la obra en el contexto que le corresponde, lo normal es pensar que la más reciente publicación de Luis Armenta Malpica —aparecida en esta misma colección— es cualquiera de las dos cosas: un extracto selectivo de libros ya publicados o una reedición integral de poemarios anteriores. Envés del agua, sin embargo, no es antología ni compilación: es un libro extenso, ambicioso y original, algunos de cuyos apartados (tres de un total de seis) ya se habían editado antes como poemarios autónomos. read more

  • Tres poemas de Luis Vicente de Aguinaga

    DE REOJO

     

    Alguien, alguna vez,

    te ha visto de reojo.

    Alguien, hace un minuto, ahora mismo,

    te olió, te oyó acercarte,

    advirtió en tu silueta

    que una promesa se cumplía,

    dio nombre con tu cuerpo

    a otro cuerpo que sólo imaginaba

    y renunció a mirarte por más tiempo:

    renunció a ti, se abandonó a sí mismo,

    miró sencillamente hacia otra parte.

    read more

  • Cada cosa se disgrega en palabras

    Sin duda los principales rasgos diferenciales de la poesía moderna y contemporánea de Latinoamérica respecto a la europea y la norteamericana son la voracidad, el eclecticismo y el sano descontrol con que los poetas han absorbido ejemplos, lecturas, influencias y modelos de todo el mundo y todas las épocas. En términos generales, desde la perspectiva práctica de los poetas latinoamericanos no parece haber conflicto ni dificultad en dialogar con Homero y la Biblia simultáneamente, con Dante y con Petrarca, con Baudelaire y con Valéry, con Williams y con Eliot, combinándolos y hasta confundiéndolos, llegado el caso. Clasicismo latinizante y coloquialismo, petrarquismo cancioneril e irracionalismo surrealista, intimismo y objetivismo, canción popular y barroquismo son algunos de los aparentes extremos que pueden verse asociados con suma desenvoltura y familiaridad en poetas como José Coronel Urtecho y Gilberto Owen, José Lezama Lima y Carlos Martínez Rivas, Rubén Bonifaz Nuño y Alberto Girri, Gerardo Deniz y Raúl Zurita, sin que de ahí deba inferirse que tales poetas carezcan de peculiaridades o marcas distintivas.

    Poeta de pocos libros y de libros breves, Antonio López Mijares (Guadalajara, 1951) es, en vista de lo anterior, un buen hijo de la tradición poética latinoamericana. Debo añadir en seguida que López Mijares, hijo de dicha tradición, lo es de toda ella en su conjunto más que de algún precursor en especial. Figurar en compañía de sus madres, padres, hermanos, maestros o amigos literarios, más que angustiarlo, parece animarlo y hasta divertirlo. Si en el título de su nuevo libro consta la palabra poemas es únicamente después de la palabra epígrafes. En unos, los poemas, queda registro de una realidad austera y sencilla; en otros, los epígrafes, más bien se anuncia que nada es tan simple como parece, que basta una biblioteca para entender que todo en el mundo está relacionado con todo lo demás y que, por ello mismo, es casi como si nada lo estuviera. En unos, los poemas, las pequeñas cosas del mundo —el perfil de un pájaro, la luz del anochecer— buscan su forma; en otros, los epígrafes, el poeta confirma que las palabras y las cosas existen por separado y que, por sí solo, “el fruto no dice”.

    La poesía de López Mijares parte de una convicción, a saber: que todo tiene significado pero casi nada tiene sentido. A semejante dilema, que define como “la ironía de atarse al/sentido”, el poeta responde componiendo frases que desmonta él mismo paralelamente. Con qué puede hacerse un poema, en efecto, sino con “palabras que le devuelven/nitidez a lo inexpresable”:

     

    qué sabe

    el pez

    anegado

    sino transparencia

    con quién entonces ese

    ahíto reiterativo

    difuso

    pez de plata espejeando en la pecera vacía

    pelea

    deseoso

     

    Ignoro si el pez del fragmento que acabo de citar proviene de un poema de Vicente Aleixandre, como indica el epígrafe del poema correspondiente, o de una pintura de Paul Klee. Tanto da. Prefiero ver en él una versión conjunta del “pájaro solitario” de San Juan de la Cruz y del “mulo en el abismo” de Lezama Lima. Las primeras palabras de la cita (“qué sabe/el pez/anegado/sino transparencia”) insinúan que la ignorancia del pez y la pureza del agua son la misma cosa o podrían serlo. Más aún, si el pez de López Mijares está solo en el fondo del vacío, tenemos que las nociones de soledad y profundidad se le adhieren a los elementos previos de transparencia e ignorancia. Con esas cuatro abstracciones puede formarse una cadena conceptual que a la postre resultará bastante útil para leer Epígrafes, poemas.

    El poeta, simultáneamente, ignora y percibe. Si está sumido en la oscuridad, en la oscuridad percibe y en la oscuridad ignora; si está en la luz, ignora en la luz y en la luz percibe. No sabe qué sentido tenga lo que ve, lo que oye, lo que toca, pero se las arregla para ver, oír y tocar diciendo. En uno de los veinticuatro poemas de su libro, el que se titula “El tordo: versiones”, López Mijares intenta describir un pájaro. Y es importante que trate de hacerlo, desde luego, pero no lo es menos que lo haga leyendo un poema de William Carlos Williams traducido por Octavio Paz, “El tordo”, que hace las veces de lente. López Mijares no escribe una versión del poema de Williams; no lo traduce ni lo parafrasea: escribe, literalmente, una versión del pájaro, un traslado imposible del animal viviente a un medio que no es ni puede ser el suyo, una transubstanciación (y ruego de inmediato que me sea disculpada la elección de tan categórico y teológico vocablo). Así como la realidad es incapaz de hablar acerca de los objetos que la componen, así también el poema balbucea o enmudece ante un ave modesta, un pajarito sin lujos ni ambiciones, un “meollo de carne jaspeada”, una “pizca de no sé”, una

     

    cabeza

    engastada

    en un latido

     

    Aun así, el poeta es capaz de presentir “la consumación del pájaro en su vuelo”. También sospecha, con Alberto Girri, que lo irreal es apenas y tremendamente “lo real sin objetos”. Dicho de otra forma: si el pájaro alcanza plenitud en el aire, cabe maravillarse a la vez por la grandeza del vuelo, por la pequeñez del ave y por el vacío que habrá de liberar tras de sí con cada uno de sus aleteos.

    Esa “consumación”, esa plenitud, no es por lo tanto equiparable al horror vacui de ciertas corrientes artísticas, ya que su razón de ser no es llenar lo vacío para suprimirlo sino integrarse a él para reafirmarlo. Se trata, incluso, de una superación de la carencia desde la carencia misma, como si el poema fuera un objeto pobre capaz de remediar todas las pobrezas. El poema, parece decirnos López Mijares, es un propagador de carencias, un agente disgregador, un artefacto disolvente, y en la expansión de su pobreza (en el contagio de su pobreza) radica, irónicamente, su riqueza:

     

    Cada cosa, cada cosa

    se disgrega en palabras,

    miseria colmada, poema.

     

    Ignorancia, soledad, transparencia y profundidad confluyen, pues, en el mestizaje poético de López Mijares. No es anormal que, puesto a repartir cantidades de significancia e insignificancia entre yo y , el yo encarnado por el poeta se quede con la segunda en “Miento sobre el mundo”, uno de los poemas de su libro: “para la insignificancia estoy/para la significancia estás”. Tampoco es anormal que “Impromptu”, otro de sus poemas, lleve inscrito un verso de Mallarmé referido precisamente a la majestuosa extrañeza de las cosas del mundo, lápidas o piedras: “quieto bloque aquí caído de un desastre oscuro” (traducido por Xavier de Salas, dicho sea de paso, más como un heptámetro yámbico que como un alejandrino). En la insignificancia conviven la cosa y palabra, el pájaro y el aire, la sílaba y el silencio, la certeza de la materia y las “inclemencias del pudo ser”. Al recordar a una “joven intacta” y “su contorno eterno”, el poeta, conmovido, entiende que su deber es resguardar la vida, no sólo el recuerdo de la vida: “Preserva, lengua del pobre,/la derruida perfección/de aquella claridad”. En esa “lengua del pobre”, débil e incolora, caben las palabras de todo lo insignificante, los nombres de todas las cosas del mundo.

     Antonio López Mijares, Epígrafes, poemas, prólogo de Arturo Ipiéns, La Zonámbula, Guadalajara, 2012, 56 p.

    Texto publicado en la edición 150 de Crítica


    Escrito por Luis Vicente de Aguinaga

    Ha publicado cinco libros de crítica y ensayo literario y diez de poemas: Fractura expuesta (poemas), 2008; Trece (poemas), 2007; Otro cantar. Invitación a la crítica literaria (ensayo), 2006; Signos vitales. Verso, prosa y cascarita (ensayo), 2005; La migración interior. Abecedario de Juan Goytisolo (crítica literaria), 2005; Lámpara de mano. Sobre poemas y poetas (crítica literaria), 2004; Reducido a polvo (poemas), 2004; Por una vez contra el otoño (poemas), 2004; Cien tus ojos (poemas), 2003; Rumor de la ciudad al hundirse. Lectura de ‘Paisajes después de la batalla’ de Juan Goytisolo (crítica literaria), 2003; La cercanía (poemas), 2000; El agua circular, el fuego (poema), 1995; Piedras hundidas en la piedra (poemas), 1992; Nombre (poemas), 1990; Noctambulario (poemas), 1989.

    Su blog: http://aguinaga.blogspot.com

     

  • Crítica 145

     

    En la Crítica 145 recordamos a Eliseo Diego, entrevistamos a Luis Felipe Fabre y recomendamos el cuento de Oliverio Coelho. También nos acompañan Juan Leyva, Renato Leduc, Luis Vicente de Aguinanga, Rafael Cadenas, Alejandro Badillo entre otros colaboradores.

    SUMARIO:

    Juan Leyva
    Renato Leduc y la huella de López Velarde 3Renato Leduc
    Ramón López Velarde: poeta de sol y de sombra 10

    Luis Vicente de Aguinaga
    La memoria inconforme 19

    Rafael Cardenas
    Poema 31

    Yanira B. Paz
    Poesía, Lenguaje y poder 32

    Marianne Gruber
    Hacia el castillo 40

    Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco
    Heredar a Eliseo Diego 51

    Josu Landa
    Extinciones 69

    Elkin Restrepo
    Una pareja del campo 73

    Jorge Ortega
    Tres poemas 102

    Oliverio Coelho
    Treinta dólares 106

    Gabriel Wolfson y Octavio Moreno Cabrera
    Entrevista a Luis Felípe Fabre

    Luis Alberto Arellano
    Tres poemas 138Gabriel Rodríguez Líceaga
    Dioses con ojeras 142

    Agustín Calvo Galán
    Dos poemas 149

    Alejandro García
    Andrés Henestrosa, el último liberal 153

    Daniel Bencomo
    La hoja fresca entre la hierba que arde 167

    Alejandro Badillo
    Poner en crisis la memoria 171

    Víctor Cabrera
    Temple de alto octanaje 174

    Héctor Iván González
    Un espacio donde nada florece 176

    Héctor M. Sánchez
    Ciencia y belleza 179

    Víctor Alejandro Ramírez
    Del pasmo al movimiento 183

    Judith Castañeda Suari
    Completar el rompecabezas 186

    Antonio Moreno Montero
    El factor Reyes 189

     

  • Obra entera. Poesía y prosa de Rafael Cadenas

    La identidad silenciosa por Luis Vicente de Aguinaga

    Nacido el mismo año que Juan Gelman y Francisco Urondo, un año antes que Antonio Gamoneda y María Victoria Atencia y un año después que José Ángel Valente y Enrique Lihn, Rafael Cadenas (Venezuela, 1930) parece confirmar en cada una de las páginas que ha publicado aquello que Samuel Beckett insinuara en su ensayo sobre Marcel Proust, a saber: que no decir “yo”, al escribir, es imposible. Adversario, sin embargo, de la egolatría, Cadenas por lo general se plantea la escritura como la última intemperie genuina de la humanidad. “No quiero estilo, / sino honradez”, ha escrito en uno de sus poemas. También ha escrito, a contrapelo de casi todo lo que se haya opinado en el mundo acerca de la poesía, que “no hace falta música / para un dicho / real”.

    El yo de Cadenas, por lo tanto, se quiere silencioso y escueto. Como en los mejores libros de Valente y de Gamoneda, en los mejores de Cadenas —pienso en Memorial, en Amante― aparece, al trasluz, el rostro de un hombre serio, de pocas palabras, firme a la hora de negar, parco a la hora de afirmar, incapaz de humoradas o desplantes. Como en los mejores libros de Gelman y de Lihn, en los de Cadenas el discurso no se confirma en su fluir sino en su interrumpirse. Propenso al aforismo, a la sentencia, Cadenas evita proferir, con todo, verdades enormes o regañinas generalizadoras, limitándose (lo digo con perfecta conciencia: limitándose) a verificar la existencia del mundo en sus manifestaciones más humildes, a la manera del que acepta que un modesto rayo de sol a través de la persiana basta para confirmar el vigor de todas las estrellas.

    Dispuesto, así, a tomar el pulso de unos pocos objetos y personas, Cadenas apoya su pensamiento en la incertidumbre y su palabra en la cortedad, infundiendo en su lector ―ha sido mi caso, por lo menos― un sentimiento de insatisfacción que, tras algunos esfuerzos y tanteos, lo compromete finalmente a trabajar en el cumplimiento del poema. Y no es que haya que descifrar ni aclarar nada en la poesía de Cadenas, que no se atarea con referencias ocultas ni consiente misterios artificiales. Más bien ocurre que las nociones mismas de construcción y de composición parecen impacientar a Cadenas al punto de hacerlo concebir la poesía como una renuncia, incluso como un abandono. Su energía, su entusiasmo ―un entusiasmo ceremonial, afín a ciertas formas de atención o concentración en lo sagrado―, son asimilables, por todo ello, a la felicidad paradójica de los que asisten a su propio vaciamiento y a su propia desintegración, habiéndolos propiciado casi siempre por vía religiosa: “Si callas / todavía te oyes tú, / el muy lleno, / que nada vales / (o sólo vales en tu errancia).”

    Ésta, la segunda edición de la Obra entera de Cadenas, básicamente se distingue de la primera en la incorporación de una docena de poemas que, titulados Desde Boston, acaso datan de la estancia del poeta en dicha ciudad a fines del siglo pasado. También añade al prólogo de José Balza otro de Darío Jaramillo Agudelo. Complementarios, ambos prólogos constituyen sendos recorridos lineales por la vida y la obra de Cadenas (más por la obra, el de Jaramillo Agudelo; más por la biografía, el de Balza) y, cada uno en su estilo, invitan a leer esta Obra entera de principio a fin. Lo cual es factible, pero no indispensable: la coherencia de los poemas, notas, aforismos y ensayos de Cadenas radica no tanto en la eventual concatenación de sus libros como en la reiteración y desarrollo de una misma convicción, de una misma fe que, de tan milimétrica y frágil, apenas logra manifestarse de manera explícita en versos esporádicos o en poemas brevísimos como éste, de Memorial: “Un momento separado de todos los momentos / tiene años esperándote fuera de los años.”

    El tú al que se dirigen las palabras que acabo de citar, así como el tú invocado en el poema que reproduje más arriba, es desde luego uno mismo con el yo que dice no querer “estilo”, sino “honradez”. Esta penetrante y sencilla herramienta expresiva ―presentar el yo como un tú― es tal vez la única que Cadenas emplea sin desconfianza. Cualquier otro asomo de retórica le parece una veleidad, cuando no una imposición inadmisible. Los dos volúmenes de aforismos (Anotaciones y Dichos) y los dos ensayos de aproximación al hecho literario (Realidad y literatura y En torno al lenguaje) que Cadenas ha escrito, así como sus profundos Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística, en última instancia pueden leerse como lanzas rotas en pro de la sencillez y la desnudez de la palabra.

    Cadenas habita sus poemas en la medida que los entiende como espacios abiertos, potencialmente acogedores. Obsérvese de qué manera se refiere a la palabra: “palabra, / casa sin atavíos”. Obsérvese, luego, cómo habla del cuerpo (del suyo propio y de todo cuerpo humano): “Lugar de la presencia, / lugar del vacío”. Cobra sentido, así, que para Cadenas el poema sea el punto donde logran juntarse palabra y cuerpo, donde la más estricta realidad exterior se hace interior, y donde, por lo mismo, la identidad personal responde a la enorme sencillez del universo.

     

    Texto publicado en la edición 137 de Crítica


    Rafael Cadenas, Obra entera. Poesía y prosa (1958-1998), prólogos de Darío Jaramillo Agudelo y José Balza, Fondo de Cultura Económica, México, 2009, 2ª ed., 733 p.


    Escrito por Luis Vicente de Aguinaga

    Ha publicado cinco libros de crítica y ensayo literario y diez de poemas: Fractura expuesta (poemas), 2008; Trece (poemas), 2007; Otro cantar. Invitación a la crítica literaria (ensayo), 2006; Signos vitales. Verso, prosa y cascarita (ensayo), 2005; La migración interior. Abecedario de Juan Goytisolo (crítica literaria), 2005; Lámpara de mano. Sobre poemas y poetas (crítica literaria), 2004; Reducido a polvo (poemas), 2004; Por una vez contra el otoño (poemas), 2004; Cien tus ojos (poemas), 2003; Rumor de la ciudad al hundirse. Lectura de ‘Paisajes después de la batalla’ de Juan Goytisolo (crítica literaria), 2003; La cercanía (poemas), 2000; El agua circular, el fuego (poema), 1995; Piedras hundidas en la piedra (poemas), 1992; Nombre (poemas), 1990; Noctambulario (poemas), 1989.

    Su blog: http://aguinaga.blogspot.com