luis vicente de aguinaga

  • Cuatro poemas | Luis Vicente de Aguinaga

     

    A una cicatriz

     

     

    Tanto sin verte, compañera.

    Y, sin embargo, ahí estuviste

    todo el tiempo, ligeramente curva,

    como el último trazo

    de una inscripción en lengua extraña.

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  • Los tiempos de Antonio Gamoneda | Luis Vicente de Aguinaga

     

    Suele creerse que los poetas encuentran su destino desde la juventud, cuando es fácil reconocerlos como miembros de tal o cual generación y, por ello mismo, como abanderados de ideas, hábitos y gustos presuntamente novedosos. Toda una panoplia de antologías, premios, festivales y actos publicitarios da forma, para bien o para mal, a ese destino. Cuando esto sucede, la vida parece reducirse a los términos de un currículo y el talento, en caso de haberlo, se atiene a las veleidades de la época. read more

  • De la intimidad, de Luis Vicente de Aguinaga | José Homero

    Vicios privados, virtudes públicas

     

    Luis Vicente de Aguinaga, De la intimidad. Emociones privadas y experiencias públicas en la poesía mexicana, FCE, México, 2016, 131 p.

     

    “No existe otro poeta mexicano alrededor del cual se haya tejido mayor número de mitologías”, sentenció Vicente Quirarte en referencia a Ramón López Velarde, por entonces en su centenario natal. Por su parte, José Luis Martínez observó que en México, de un modo u otro, siempre terminamos celebrando la poesía y la prosa velardeanas. read more

  • Orden aleatorio, de Luis Vicente de Aguinaga | Gerardo Lino

    De otros órdenes

     

    Luis Vicente de Aguinaga, Orden aleatorio (Cincuenta poemas 1989-2014), unam / Textos de Difusión Cultural / Serie Presente perpetuo, México, 2015, 97 p.

     

    Una palabra no dicha atraviesa este libro: desasosiego. También la voz nostalgia, callada, trasmina sus arquitecturas. Igual esplende la sigilosa bienaventuranza. Porque hay aire por todos lados; mucha agua; personas. Penumbras, luces, acallamientos: relato, introspección y canto.

    A la altura de los raros narradores, estos poemas infunden atmósferas; algunas reconocibles, si la voz poética usa términos cotidianos; otras, no: combinan significados en apariencia no conexos o, mejor dicho, que no se habían conectado de esta forma. Algunas atmósferas refieren guerras todavía no historiadas; luchas en playas sin mares, en golfos sin costas; o rodeados por las aguas, los incomprendidos personajes, moviéndose sin comprender, ya han dejado su huella en una memoria que sólo pudo imaginarlos –precoz lectura–. read more

  • Guía de forasteros, de Jorge Ortega | Luis Vicente de Aguinaga

    De identidades e inminencias

     

     

    Jorge Ortega, Guía de forasteros, Bonobos / Conaculta, Toluca, 2014, 121 p.

     

    Conviene preguntar y preguntarse de vez en cuando con qué suerte ha corrido el clasicismo poético en México. En su día, Jorge Cuesta dijo con buen estilo y mejores argumentos que la poesía europea se implantó en México en el más universal de sus avatares, el petrarquista, de modo que su desarrollo posterior obedeció a ese origen como se obedece a un condicionamiento estructural, no como se responde a un mero incidente. Universal, el modo petrarquista lo fue por sus aspiraciones, desde luego, pero también por su influencia. Petrarquistas fueron Ronsard, Garcilaso, Shakespeare y Sor Juana, cada cual a su modo. No lo han sido menos Pedro Salinas, Pablo Neruda, Rubén Bonifaz Nuño, Jaime Sabines y Javier Sicilia. Cuando se afirma que determinada poesía moderna tiende al clasicismo, lo cierto es que tiende al petrarquismo. read more

  • Efraín Huerta y el “sentido humano” de la poesía | Luis Vicente de Aguinaga

    para Carlos Ulises Mata y Emiliano Delgadillo

    Si es verdad, como escribió en su momento Wallace Stevens, que la poesía misma es el asunto de todo poema,1 también lo es que cada poeta expresa de maneras distintas, con matices variables y emociones a veces divergentes, las experiencias que la poesía va deparándole con el paso del tiempo. El poema, para decirlo de otro modo, siempre habla de poesía, pero el idioma del poeta (su lengua y, en última instancia, su habla) cambia inevitablemente al filo de los años. Palabra en el tiempo, según la conocida fórmula de Machado, la poesía se transforma en la medida que también lo hacen los materiales que le dan sustento. read more

  • El pez no teme ahogarse, de Luis Vicente de Aguinaga | Felipe Vázquez

    El diálogo diacrónico de los poemas

     

    Luis Vicente de Aguinaga, El pez no teme ahogarse. Lecturas de poesía mexicana Arlequín, Guadalajara:, 2014, 144 pp.

     

    Poesía y crítica fueron un binomio indisoluble en los poetas modernos. El poeta no podía ser moderno si no era, al mismo tiempo, crítico. En el ocaso del discurso estético de la modernidad, la poesía crítica y el poeta crítico han estado en continua retirada, pero quizá esos atributos de la modernidad literaria perduren de manera definitiva en la práctica poética, pues los poetas del siglo XXI no pueden omitirlos a riesgo de proponer una poesía sin capacidad profética, es decir, una poesía sin capacidad para inscribirse en su tiempo, read more

  • Vestigios de Javier Sicilia | Por Luis Vicente de Aguinaga

    Volver desde las ruinas

    Javier Sicilia, Vestigios, Era, México, 2013, 65 pp.

    En el México de las últimas décadas, pocos libros de poemas han aparecido rodeados de tanta y tan variada información periodística, política y personal como Vestigios, de Javier Sicilia. read more

  • Todo un pasado por vivir de Luis Vicente de Aguinaga | Por Alejandro Silva Solís

     Bajo un tenue resplandor plateado

    Luis Vicente de Aguinaga, Todo un pasado por vivir, La Zonámbula/Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 2013, 160 p.

    En “Nuestro padre Sainte-Beuve” del libro El XIX en el XXI, Christopher Domínguez Michael se adhiere al método del crítico francés que: “prefería conocer la biografía del autor para juzgar su obra”, porque: “En la mayoría de los casos […] es imposible entender el crimen sin el criminal”. Concuerdo con Domínguez Michael en que, a veces, conocer datos sobre la vida del autor sirve para apreciar su obra, pues la literatura no está hecha de textos abstractos e inmutables que se trasladan, sin mediadores ni cambios, del autor al lector sino que está conformada por diversos agentes (editores, diseñadores, programadores, tipógrafos, bibliotecarios, entre otros) que hacen posible el paso del texto de éste a aquél, y que, al presentar el escrito bajo un cuidado editorial, en un diseño y unos materiales determinados, influyen en la experiencia de lectura que el texto depara.
    Uno de los mediadores más olvidados de la crítica moderna ha sido el cuerpo, tanto el del autor y del lector cuanto el del libro, olvido que ha reducido nuestra relación con las obras literarias. Y escribo “nuestra relación” en vez de “nuestra interpretación” porque nos vinculamos con los libros no sólo por medio de la mente sino también del cuerpo: oliendo sus páginas, admirando su diseño, deslumbrándonos con su tecnología, sonriendo o llorando ante lo que dicen, etcétera; y porque leer un texto cuando tenemos gripe no es lo mismo que hacerlo cuando estamos sanos, de igual modo que leer un poemario en su primera edición difiere de hacerlo en las Obras Completas o en una antología. Todo esto para decir que uno de los atractivos de Todo un pasado por vivir  —recopilación de ensayos, relatos y aforismos publicado por Editorial La Zonámbula— es la presencia del autor en sus textos. Mas no resalto el aspecto autobiográfico per sé —pues me daría lo mismo que lo que Luis Vicente De Aguinaga escribe sobre sí sea falso— sino el escuchar a alguien respirando en esas letras; alguien que me invita a acompañarlo y que habla mi lenguaje en lo que escribe —encuentro analogías entre su vida y la mía— y en cómo lo hace.
    Luis Vicente nos comparte, por ejemplo, algunos de sus músicos favoritos:  Ali Farka Touré, Ry Cooder, Bob Dylan, Arturo Meza, The Sensational Space Shifters, Robert Plant, George Harrison, J. J. Cale; Patti Smith, Charlie Musselwhite, Norah Jones, Leonard Cohen…; los momentos poéticos que vivió en un concierto de Paul McCartney: “Porque, si bien hay que pagarlo a precio de oro, uno acaba por instalarse dentro de una cápsula de casi tres horas de felicidad ininterrumpida, lo suficientemente amplia y reconocible para bailar, sonreír, cantar a gritos y verter un par de lágrimas…”; su admirable ignorancia olímpica: “No sé cuántos jugadores haya en los equipos de hockey sobre césped. […] No sé si en el bádminton y el ping-pong la cuenta se lleve como en el tenis […] No sé qué quiera decir ESPN.”; su reflexión sobre “la urgencia de renovar los textos de [las convocatorias para los concursos de obras literarias inéditas] en función del carácter que se le quiera imprimir a cada certamen”; algunas de las nochebuenas y navidades que añora en 2002: “las que mi hermano y yo pasamos en Tepic, la que ambos pasamos en Tijuana con mi padre, las que pasé con Teresa y nuestros amigos en Montpellier, o aquella del tren atiborrado entre Barcelona y Madrid, o la veracruzana con mi madre, Guillermo y mi abuela”; ciertos poetas que le gustan: Neruda, Vallejo; González Martínez, Rubén Bonifaz Nuño, Eduardo Lizalde, Octavio Paz; Paul Celán, Franc Ducros; y, lo más íntimo, algunas de sus vivencias como padre: que el parto en que nació Matías, su primer hijo, “fue largo y traumático”, mientras que el de su segundo hijo, Lucas, resultó “razonablemente breve y ágil”; que Lucas cumple años el mismo día que el abuelo paterno, esta escena con Matías:

    Merodeando entre mis cosas, Matías encuentra un cuaderno de apuntes y se pone a hojearlo.
    —Ese cuaderno es mío —le digo—. Me sirve para trabajar.
    —Sí, ya sé —me responde—. Aquí apuntas cosas para dar clases.
    —No. Más bien ahí tomo notas que después me sirven para escribir poemas.
    Guarda silencio un par de segundos, cosa rara en él, y dispara:
    —Pero ¿por qué tienes que ser poeta? Los poetas son muy feos: tienen los pelos parados.

    He escrito que encuentro analogías —similitudes colmadas de diferencias— entre mi vida y la de Luis Vicente de Aguinaga. Por ejemplo, que él nació en octubre y yo en abril; que a él le hacen “ojitos cariñosos”, además de los libros, los discos, pero a mí nada más los libros; que él ya es un escritor formado, mientras que yo soy apenas un “penoso rascatripas debutante” como se describe Luis Vicente, en el ensayo “Mark”, donde se compara con Mark Knopfler “alma, voz y razón de ser de un grupo muy famoso de los años ochenta, Dire Straits. Sin embargo, la niebla de estas oposiciones se disipa gracias a presencia de “cierta clase de luz”, a veces muy intensa, en su vida y la mía: los hijos.
    Se me dirá que si baso el valor de este libro en que me identifico con la vida de su autor, así como en que me conmovió hasta el escalofrío el párrafo: “Si algún deseo puedo formular, si tengo ese derecho, que sea nomás el de que un hipotético lector de las presentes líneas viva esta noche una experiencia parecida [a las de cualquiera de las navidades o nochebuenas que Luis Vicente recuerda en 2002]”, mi juicio está mal sustentado. Posible crítica con la que disiento por dos razones. Primero, ya que si bien desde 1949, en el ensayo “The Affective Fallacy”, Wimsatt y Beardslye “se opusieron a una tradición de crítica afectiva que se remonta a Geogrias, Horacio y  Longinus, y que todavía tenía importancia en los discursos de lo sublime del siglo XVIII, en los que la grandeza de la literatura se juzgaba por su capacidad para conmover al público”, y abogaron por un lector que no se deja llevar por sus emociones al leer un texto y, en cambio, lo analiza y valora según la manera en que se producen en él los significados. Wimsatt y Beardsley incurrieron  —como afirma Karim Littau en Teorías de la lectura. Libros, cuerpos y bibliomanía, libro del tomo también las citas anteriores— en otra falacia: la cognitiva, que hace de la literatura sólo “una ocasión para la interpretación”, al centrarse en la comprensión que el lector obtiene de un texto y relegar las sensaciones que experimenta. Y segundo, porque Todo un pasado por vivir me gustó, sí, porque me encuentro en él pero también, y sobre todo, por su estructura y lenguaje.
    Para abundar en la estructura de este libro debemos volver a los hijos, porque es precisamente esa clase de luz la que organiza no sólo mi vida sino también los textos de Todo un pasado por vivir. Libro que inicia con el relato del nacimiento de Lucas y tiene una estructura astrológica. Veámosla. Posee doce subcapítulos, que son los signos del zodiaco, y cada signo tiene un promedio de cuatro ensayos. Estos signos están situados en el libro de manera convencional excepto por un detalle: que Aries, en vez de ser el primer signo o subcapítulo del libro, es el último. Ahora bien, los signos —o subcapítulos— son un breve relato autobiográfico vinculado con la relación padre-hijo. Y si los signos zodiacales son los subcapítulos del libro, los “capítulos” son las estaciones del año. Las comillas en la palabra capítulos se deben a que más que eso, las reflexiones o aforismos que son las estaciones del año en Todo un pasado por vivir son como astros que atraen hacia sí a los signos zodiacales que les pertenecen, no de manera convencional, situando a los textos que les corresponden después del inicio del capítulo sino colocando algunos de esos textos antes del comienzo del capítulo y, otros después. Por ejemplo, en lugar de que después del inicio del capítulo Otoño sigan los relatos y los ensayos incluidos en los signos zodiacales que ocurren en otoño (Libra, Escorpio y Sagitario) antes del capítulo Otoño están los textos de Libra, y luego los de Escorpio y Sagitario. Esta relación: un signo antes de la estación, y dos después, ocurre en todos los capítulos.
    Con base en este orden, la estructura del libro es cíclica, porque Todo un pasado por vivir termina con el inicio del capítulo Primavera. De modo, que leemos los ensayos de Aries antes que el capítulo Primavera, mientras que, los de Tauro y Géminis después; pero este después es, en realidad, antes, porque luego del final del libro lo que sigue es el inicio. Y sí, los primeros ensayos que leemos son los de Tauro y Géminis. Aquí debemos agregar que, amén de por el nacimiento de los hijos, el libro se ordena según la fecha de escritura de los textos, que se sitúan de acuerdo con el mes en que nacieron: los terminados en noviembre se localizan en el subcapítulo Escorpión, los concluidos en junio, en el de  Géminis, y así de manera sucesiva, sin importar que entre el primero y el último ensayo de un signo medien años de diferencia ni que el primer ensayo que leemos de un signo haya sido escrito después que el último del mismo signo.
    ¿Tienen los ensayos concluidos en julio el carácter que, según el horóscopo, define a los cáncer?, ¿corresponde la personalidad de cada texto con las peculiaridades que el zodiaco señala para su signo? Ni lo creo ni mi flaco interés en el zodiaco me permite responderlo. Con todo,  lo que sí puedo decir es que la organización de los ensayos en el libro (y su portada, que es una representación de Acuario, con barbas derramando agua de un ánfora) obedece a la creencia de Luis Vicente de Aguinaga en la casualidad, la coincidencia, o lo que, en Signos vitales. Verso, prosa y cascarita, De Aguinaga describe como: “esta forma de necesidad, esta suerte de satisfacción o equilibrio de las cosas que sólo puede atribuirse a la dinámica del azar objetivo surrealista”. En ese otro libro de ensayos, Luis Vicente recurre a Breton para definir azar objetivo como el “azar a través del cual se manifiesta, de forma todavía misteriosa para el hombre, una necesidad cuyas razones le son desconocidas por más que vitalmente la sienta como tal”. Y añade que esta necesidad se revela en las casualidades, hechos en los que se concilian, de manera fortuita, un deseo con una realidad, como si nuestras vidas estuvieran determinadas por los caminos que trazan los astros y nosotros, lo ignoremos o sepamos, seguimos rutas ya andadas.
    Esta creencia, que se ejemplifica en varios relatos del libro y casi siempre tienen que ver con los hijos de Lui Vicente, se explicita en una de las reflexiones de Invierno: “Un amigo se refiere —mitad en broma, mitad en serio— a sus vidas anteriores. Yo me resigno a pensar que toda vida es anterior, incluso ésta. Todo cuanto hayamos vivido es irremediablemente anterior”. Pero es hasta el tercer párrafo que se nos aclara la antinomia del título Todo un pasado por vivir: “Envejecemos al tomar conciencia de todo el pasado que nos queda por vivir. Saber que se ha vivido es poca cosa junto a darse cuenta de que ha pasado el tiempo y no hemos podido averiguar qué significa ese transcurso”. O sea, todo futuro es pasado porque, al momento de vivirlo, el futuro se vuelve pretérito; de manera que la vida puede ser vista como una serie incesante de regalos que no revelan su contenido al ser abiertos, sino que, como los presentes que arrumbamos durante la fiesta, esperan a que regresemos a ellos para descubrirnos su significado. En otras palabras, en Todo un pasado por vivir se cree en que sólo columbramos el sentido de lo vivido en retrospectiva
    De ahí que, ante la imposibilidad de averiguar el significado de nuestra vida conforme la vivimos, Luis Vicente de Aguinaga opone el canto, la escritura como un medio de (auto)conocimiento. Pero una escritura que acepta al cuerpo y las emociones que produce, así como al azar y a la razón. Al final del libro nos enteramos de cómo quisiera, Luis Vicente de Aguinaga, cantar: “Primero me resigné a no saber leer ni escribir música; después me resigné a no saber tocarla ni cantarla. Hoy me conformaría con ser un instrumento musical. No un Steinway ni un Bösendofer Imperial; no el consabido Stradivarius ni una Gibson Les Paul del ’54. Me bastaría con ser un buen bajo eléctrico, tal vez el típico Fender Precision, y que mi voz fuera indistinguible del pulso cardiaco del bajista en turno”. Es decir, más que un súper instrumento musical, desea ser uno bueno y cotidiano, uno que pueda acompañar a otro ser humano y le permita expresarse. Deseo que, con Todo un pasado por vivir, conmigo se cumplió.
    Pero hablemos ahora del lenguaje: es conciso y claro. Cualidades que se ejemplifican en la sencilla y precisa manera en que Luis Vicente de Aguinaga describe, en “La contraseña”, su perspectiva del Nobel mexicano: “Paz, arbitrario y exacto, como una especie de cirujano clarividente que pudiera saltarse la toma de radiografías y hundiera el bisturí con rapidez y conocimiento de lo invisible, no titubeaba en la elección de sus asuntos: los determinaba, más que con rigor, con fiereza [ensayo que termina de la manera siguiente]: el entusiasmo que, de forma eslabonada, he sentido por otros autores y materias en los últimos veinte años no habría sido el  mismo de mantenerse mi exaltación original por Octavio Paz. Pero nunca he puesto en duda esa vehemencia. También es verdad que los primeros deslumbramientos, lejos de ahorrarnos deslumbramientos posteriores, nos ayudan a vivirlos con mayor intensidad y provecho” .
    En resumen, es la presencia de un ser humano caminando entre las líneas de Todo un pasado por vivir; así como la prestancia de un libro que permite una lectura ágil (márgenes amplios; formado en las fuentes Arno Pro para el cuerpo de texto —12 sobre 16—, y la sin serifa Avenir, para los títulos y las cornisas) lo que hizo que Todo un pasado por vivir me haya atrapado desde el primer párrafo y que, conforme lo iba leyendo, ese gusto (con pocas excepciones como ensayos que no me dijeron nada:  “James Bond en Atemajac”, “¡Zi-Zou!”, “La multitud en primera persona” y “El vals del astronauta”; o las erratas de las páginas: 96, 98 y 113) se mantuviera y creciera “bajo un tenue resplandor dorado” como el que perlaba las cosas en las madrugadas en que Luis Vicente llevaba en brazos a Matías y lo arrullaba, o aquel que ilumina mi casa durante las noches en que Yasmín y yo le canturreamos a Orso hasta que, a él o a nosotros, nos vence el sueño.

    Luis Vicente de Aguinaga, Todo un pasado por vivir

    Escrito por Alejandro Silva Solís

  • Debajo de la palabra debajo| Por Luis Vicente de Aguinaga

    Baudelio Lara, Aquí no hay un bosque, México: Quimera / Universidad de Guadalajara, col. Bitácoras, 2013, 81 pp.

    Los primeros tres libros de poemas de Baudelio Lara se publicaron entre 1992 y 1998, a un paso que, de tan rápido, hacía presagiar una producción voluminosa para los años que vendrían. El primero, La luz a tientas, apareció en 1992, y el segundo, Duermevela, en 1994. Sin embargo, tras publicar su tercer poemario, El ángel ebrio, en 1998, Lara se concedió una especie de largo fin de semana que sólo habría de concluir quince años más tarde, con la publicación de Aquí no hay un bosque. Pausas más largas, por supuesto, se han registrado en la historia de la poesía. Lo llamativo en ésta, la pausa entre un libro y otro de Baudelio Lara, no es tanto lo que haya durado ─una década y media─ sino el hecho de que no parece haber alterado el estilo del poeta ni la forma que desde un principio ha tenido de ordenar sus libros.
    Aquí no hay un bosque tiene, grosso modo, la misma extensión que los poemarios anteriores de Lara (entre sesenta y ochenta páginas) y está organizado con arreglo al mismo patrón. A los poemas de temario más íntimo, tono más personal y prosodia más cotidiana siguen otros comparativamente más breves y experimentales, de fraseo entrecortado y contenido culturalista. Esta clase de mezcla puede confundir a los eternos defensores de la “unidad temática y formal”, verdadera plaga que, al menos en el México de las últimas décadas, amenaza con anclar a cada poeta en su propio metro cuadrado de monotonías y repeticiones poco interesantes. El estilo de Lara, en este sentido, es binario, no unitario. En él confluye la perspectiva de un sujeto inocente y hasta crédulo con la de un individuo maduro, escéptico y desconfiado.
    Todo buen poeta logra convencer a su lector, así sea por un instante, de que la poesía debe ser escrita como él ha resuelto escribirla. Cuando yo leo a Baudelio Lara no me cabe ninguna duda respecto a que la poesía tiene que ser irónica. Pero, apenas lo pienso, me siento insatisfecho: decir que Lara es un poeta irónico es haberlo dicho todo sin haber dicho nada que valiera la pena. La ironía, en Lara, es una fatalidad, no una elección; una condición del ser, no una estrategia verbal; un principio, no un fin. El mundo es uno, diría Lara, pero el mundo y la palabra que lo nombra son dos (en los días optimistas) o ninguno (en días más optimistas todavía).
    Me retracto una vez más e intento decir lo anterior de otra manera. Baudelio Lara no concibe la realidad en términos de mundo y palabra sino de cuerpo y deseo. Lara no entiende la realidad como el total abrumador de la materia sino, en todo caso, como su encarnación sintética en objetos e individuos concretos, palpables e irrepetibles. La palabra, por su parte, no designaría ese objeto, este individuo, aquel cuerpo, si no la moviera un deseo de aproximárseles. La ironía convencional, entendida como una insalvable distancia entre palabra y mundo, resultaría ser casi lo contrario de la ironía como la entiende Lara, fusión tenaz del cuerpo y el deseo:

    Al cuerpo, el deseo le corresponde como la sombra al objeto, pegados él a ella y ella a él, como la impureza en el Espejo. Así, mientras el Sol dure y la claridad de la Luna permita entrever los cantos inciertos de la presencia esperada.

    Si bien la experiencia personal brota de golpe, con intensidad, en diferentes momentos de la poesía de Lara, es la experiencia trivial, común a toda persona, la que termina seduciéndolo en la mayoría de los casos. Como el que intuye una profundidad oceánica en los humildes charcos de la calle, Lara percibe fondos vertiginosos en los muros desconchados, las parvadas de pájaros vulgares y las frases repetitivas de una conversación cualquiera, un paisaje cualquiera, una caminata cualquiera. Psicólogo de profesión, aplica ciertas pruebas de percepción multiestable (típicas de la escuela Gestalt) y adivina en ellas una invitación a perderse, pero también a reconocerse. Sobre una hoja ve impresos dos perfiles casi encontrados, frente a frente, pero también el contorno de una copa. Ve la razón de ser del primer plano en el segundo plano y olvida que su trabajo consistía en aplicar la prueba, no en averiguar qué dibujos ocultos unen y, al unir, separan todo el tiempo a todos los cuerpos en el espacio:

    traer al frente
    el segundo plano

    el beso imposible
    entre la copa y el rostro

    qué hay debajo
    de la palabra

    debajo?

    Aunque de vez en cuando escribe poemas autónomos (o, como suele decirse, “sueltos”), Baudelio Lara trabaja más bien, como acostumbran hacerlo numerosos artistas plásticos, por series. Nada raro, tratándose de un poeta que también es uno de los críticos más respetados en el medio del arte contemporáneo. Apartados enteros de sus libros, como el “Entreacto” de La luz a tientas, las “Migraciones” y las “Rilkeanas” de Duermevela o, ya en El ángel ebrio, la serie titulada “Noche: espejo”, dejan en su lector la sensación de haber visitado una galería. Uno llega incluso a preguntarse qué acaba de leer: ¿un grupo de poemas admirablemente secuenciados o un solo poema descompuesto en estrofas? La noción misma de poema, con ello, se vuelve objeto de cuestionamiento, y el espectador aprende a entrar en los capítulos de cada poemario como si fueran espacios habitados por fragmentos de un todo que al mismo tiempo es parte de otro todo: el volumen que los contiene.
    Los rasgos más identificables de la poesía de Lara son llevados en Aquí no hay un bosque a un grado todavía mayor de acendramiento. No sólo cada sección es resultado de un juego de subdivisiones y multiplicaciones: también el volumen, leído en su conjunto, parece la consecuencia de un estado continuo de fragmentación y proliferación. Series como “Sale Selene”, de ineludible devoción lunar, o “Pre(posiciones)”, donde una conocida relación de mnemotecnia gramatical ampara una secuencia de bellas meditaciones eróticas, reproducen a escala menor el diseño que gobierna todo el poemario. El silencio y el diálogo con otras voces, la soledad y el anhelo de compañía física, la noche y el insomnio jalonan este libro de Baudelio Lara. Nitzscheano a fin de cuentas, el poeta sabe que detrás, al fondo, en las espaldas y entretelones de todas las historias, de todas las palabras, de todas las canciones, vibra y ruge y murmura un gran coro de sátiros indistinguibles unos de otros, ni ángeles ni demonios, y que nadie hay, hubo ni habrá que haya traspuesto nunca las tercas y resistentes, pero también flexibles y ondulantes fronteras de lo mismo.

    Bosque Baudelio


    Escrito por: Luis Vicente de Aguinaga

    Ha pub­li­cado cinco libros de crítica y ensayo lit­er­ario y diez de poe­mas: Frac­tura expuesta (poe­mas), 2008; Trece (poe­mas), 2007; Otro can­tar. Invitación a la crítica lit­er­aria (ensayo), 2006; Sig­nos vitales. Verso, prosa y cas­carita (ensayo), 2005; La migración inte­rior. Abecedario de Juan Goyti­solo (crítica lit­er­aria), 2005; Lám­para de mano. Sobre poe­mas y poetas (crítica lit­er­aria), 2004; Reducido a polvo (poe­mas), 2004; Por una vez con­tra el otoño (poe­mas), 2004; Cien tus ojos (poe­mas), 2003; Rumor de la ciu­dad al hundirse. Lec­tura de ‘Paisajes después de la batalla’ de Juan Goyti­solo (crítica lit­er­aria), 2003; La cer­canía (poe­mas), 2000; El agua cir­cu­lar, el fuego (poema), 1995; Piedras hun­di­das en la piedra (poe­mas), 1992; Nom­bre (poe­mas), 1990; Noc­tam­bu­lario (poe­mas), 1989.