Luis Miguel Rivas

  • Servicio al cliente

    Hay gente que confunde el buen servicio con la sumisión. Pero en el restaurante La Dolce Vita tienen una visión distinta y consideran que el mejor homenaje que se le puede hacer a un cliente es  ponerlo en contacto con meseros de carácter firme y actitud crítica, que constituyan un reto para el comensal y pongan a prueba su capacidad argumentativa. “El cliente siempre tiene la razón, pero no en esta empresa” es el lema de la Dolce Vita. A mí me gusta eso: los camareros con criterio, los empleados que te hagan sentir que estás frente a un ser humano sólido y estructurado y no frente a un apocado súbdito que opera como simple mecanismo para la satisfacción de tus caprichos.

    Ahí estaba yo, en La Dolce Vita, un miércoles de otoño, a la dos de la tarde, con un hambre voraz, el plato en la mesa y dentro del plato una suculenta porción de pastas. Me disponía a mandar la primera cucharada cuando vi, con asombro y azoramiento, surgiendo a intervalos casi regulares, entre raviole y raviole, la sinuosa presencia de un pelo castaño. Siempre creí que eso solo ocurría en los chistes o en las escenas absurdas de las comedias. Pero ahí estaba el pelo, surcando el plato, como desperezándose en ondulaciones alargadas, con cierto desparpajo no exento de armonía y hasta de cierta magnificencia. Casi podría decir que era hermoso y que contribuía a la agradable presentación del plato, como puesto por el decorador en un último arrebato de inspiración. Pero era un pelo. Si no tuviera esa idea de fealdad que se le ha atribuido históricamente a un pelo dentro de un plato tal vez habría admirado y celebrado su aparición. Quizás cuando el mesero me preguntara cómo me había parecido la comida hubiera contestado: “deliciosa, y sobre todo me encantó la presentación, qué hermoso pelo, que lindo resaltaba y cómo se contorneaba en la superficie de las pastas, se ve que lo habían cuidado muy bien. Felicitaciones”. Pero no ocurrió así porque mi criterio está demasiado deformado por los prejuicios. Así que lo primero que hice fue llamar al mesero.

    –          Disculpe –le dije con educación, apenas llegó- Mire, hay un pelo en mis pastas.

    El mesero me miró entre atónito y ofendido, como si le estuviera diciendo que su padre era un violador. Luego observó el plato con la evidente intensión de comprobar la equivocación para luego hacerme sentir mal por la vulgaridad del comentario. Pero tras unos instantes de sesudo análisis tuvo que rendirse ante la evidencia. Era un pelo. Respiró hondo.  No lo podía creer.

    –          Permiso – me dijo y se inclinó tomando el pelo con sus dedos en forma de pinzas.

    Lo levantó y lo puso sobre la mesa, encima de una servilleta. Mientras lo analizaba movía la cabeza a los lados, todavía inmerso en esa etapa de la elaboración del duelo que los sicólogos llaman la negación. Se quedó pensativo y de un momento a otro, como si cayera en cuenta de un dato clave, miró hacia mi cabeza con gesto de sospecha.

    –          Disculpe, yo conozco el pelo de todas las personas que trabajan aquí y este pelo no pertenece a ninguna de ellas ¿No será suyo? – dijo clavándome la mirada-  ¿De casualidad no tiene usted problemas de caída de cabello?

    Ahora fui yo quien lo miró atónito y ahora era yo el que no lo podía creer. Me pase la mano por la cabeza y lo miré fijo.

    –          No, joven –dije con aplomo-  Yo sí tuve un comienzo de alopecia hace unos meses, pero lo controlé con un tratamiento a base de miel y jugo de cebolla, aplicando la mezcla dos veces al día. Muy efectivo.

    El hombre me miró con incredulidad, lo que me produjo gran enojo dado que no soporto que pongan en duda la seriedad de mis palabras ni la efectividad de mis recetas. Entonces miré hacia su cabeza con desconfianza y ataqué directo.

    –          ¿Y usted? ¿No será más bien un pelo suyo?

    Su rostro acusó el enrojecimiento de la indignación y si el gesto pudiera traducirse en palabras diría: “cómo se le ocurre”. Pero supo contenerse y habló con decoro.

    –          No señor –dijo señalando el pelo puesto sobre la servilleta- como podrá ver ese es un pelo crespo y el mío es ondulado –señaló su cabeza- A mí se me parece más a la configuración de su pelo -remató apuntando a mi melena.

    Yo me mantuve firme.

    –          Pues yo tengo firmes sospechas de que puede ser suyo –contesté.

    –          Disculpe, pero no veo en que puede usted apoyarse para lanzar semejante acusación – infló el pecho y se metió los dedos entre la cabellera- como usted podrá ver mi pelo es…

    Su suficiencia me colmó y no lo dejé terminar. Decidido a acabar con el asunto de una vez por todas, me arranqué un pelo y lo puse al lado del que había en la servilleta.

    –          A ver… mire bien… ¿Le parece que estos dos pelos se parecen mucho? – pregunté, retador, casi airado.

    El hombre se inclinó.

    –          A decir verdad si tienen su parecido.

    –          ¡¿Parecido?! ¿Se le parece mucho a usted este pelo elástico, con emulsión equilibrada –dije señalando el mío- a este otro brillante y pegajoso – continué señalando el que había salido del plato- y al que se le nota a kilómetros el alto contenido graso?

    –          El alto contenido graso pudo haberlo adquirido dentro del plato. Recuerdo usted que la salsa tiene mantequilla. Además si observa bien –dijo volviendo a analizar los dos pelos que teníamos sobre la mesa-  notará la ondulación de ambos…

    No me aguanté más y con un movimiento rápido extendí la mano y arranqué un pelo (para ser preciso un manojo, tal vez cinco o seis) de la cabeza del mesero.

    –          Ayyy -se alcanzó a quejar.

    –          Shhiiiittt – Lo increpé llevándome el dedo a la boca- Mire que se pueden enterar los clientes.

    –          Pues por mí que se enteren – dijo irritado, levantando la voz.

    –          Ahh sí, el muy independiente –le reconvine con sorna mientras hacía jarra- ¿Es que acaso no tiene hijos? ¿No se da cuenta de que si se enteran los clientes van a empezar a desconfiar del restaurante y dejaran de venir y el negocio entrará en decadencia y los dueños se verán obligados a disminuir gastos y como usted sabe cuando una empresa tiene que rebajar costos empieza por deshacerse del personal de servicio y a la primera persona del servicio que despedirán será a la que protagonizó el escándalo que produjo la desbandada de los clientes y la subsecuente decadencia del negocio?

    El hombre que me había escuchado en silencio, primero con cierto desagrado y con mayor interés a medida que mi argumento tocaba el drama su propia realidad, se quedó pálido, mirándome fijo con un gesto de verdadera preocupación. Yo, enojado, puse su pelo recién arrancado sobre la mesa en una servilleta, al lado de los otros dos. Era claro que el pelo desconocido y el del mesero tenían un corrosco más pronunciado que el del mío. Además tenían el mismo color. Los señalé mirando al mesero con gesto de triunfo.

    –          ¿No ve el corrosoco de ambos? Son dos pelos ondulados, de textura media y color castaño oscuro. ¿Y ahora qué tiene para decirme?

    El hombre negó con la cabeza.

    –          Observé los matices, no sea burdo, señor.  Olvida usted el tipo de estructura. Mire que este es ondulado cinótrico, ¿no ve la forma oval?…. Y mire el mío: es rizado ulótrico ¿No lo ve?  Observe la forma elíptica.

    Me quedé callado mirando el  pelo de ondulado cinótrico de forma oval (el desconocido) y el rizado ulótrico de forma elíptica (el del mesero). El imbécil tenía razón. Lo miré preocupado.

    –          Entonces si este pelo no es mío ni suyo ¿de quién es? –dije. Para restablecer mi dignidad me enoje y hablé moviendo el dedo índice ante su nariz – Solo quiero que sepa una cosa: ¡Yo de este restaurante no me voy sin saber a quién pertenece este pelo. Y si no me ayuda a averiguarlo seré yo quien haga el escándalo ahora!

    El mesero, ya ilustrado sobre las posibles consecuencias de un alboroto, dejó ver por primera vez un rasgo de humildad.

    –          Yo no lo sé, señor, pero le juro que no pertenece a ninguno de mis compañeros. Yo los conozco a todos, trabajamos juntos desde hace más de diez años y ninguno ha tenido, tiene ni tendrá un pelo ondulado cinótrico.

    Ante su flaqueza y aprovechando mi recién ganada superioridad, continué inquisidor.

    –          ¿Y conoce usted a alguien cercano o con acceso a este restaurante que tenga pelo cinótrico?

    –          Sinceramente, a nadie, señor –confesó apenado.

    Yo seguí con tono amenazante, disfrutando de su abatimiento.

    –          ¿Entonces qué propone que hagamos?

    –          No lo sé – me dijo compungido- pero por favor no los meta a ellos en esto. Yo asumo la responsabilidad. Tuvo que ser alguien de afuera. Tal vez los del restaurante de enfrente que nos tienen envidia porque nuestra clientela ha aumentado mucho durante el último año. Estoy seguro de que enviaron a algún cinótrico para que estropeara nuestros platos….

    No perdí la oportunidad para echar más leña al fuego. Le hablé mirándolo con gesto exageradamente preocupado.

    –          Y lo más grave es que me temo que en este momento haya pelos en los platos de los demás comensales. Tal vez esos clientes no son tan avezados como yo y no lo han notado. Pero no faltará…

    –          Noooo, no diga eso – balbuceó aterrorizado.

    –          Y lo más grave aún –completé – es que yo estoy perdiendo la paciencia y si usted no encuentra en cinco minutos al dueño de ese pelo cinótrico estoy dispuesto a gritar a voz en cuello lo que acaba de pasar aquí.

    El hombre flaqueó y por un momento pensé que caería desmayado. Pero no me compadecí. Pasé la mano por la garganta e hice ademán de prepararme para un grito. El mesero se restregó varias el rostro con las palmas de las manos y con tono quedo dijo como para sí mismo.

    –          Ay Dios mío… ¿Y ahora quién podrá ayudarme?

    No había acabado la frase cuando oímos la respuesta estridente.

    –          Yoooooooooooooooooo.

    Miré sorprendido buscando el origen del grito. Ahí estaba, con sus antenas bamboleantes, metido en una trusa anaranjada con capucha y un corazón amarillo cosido en la mitad del pecho. Había surgido desde debajo de una mesa,

    –          ¡El Chapulín Colorado! – gritó emocionado el mesero sin importarle que escucharan de las otra mesas…

    El Chapulín dio un brinquito y empezó a mover las manos con los puños apretados, mientras balanceaba su cuerpo, con las piernas semiabiertas y las rodillas levemente dobladas.

    –          ¡No contaban con mi ….

    Esta situación colmó mi paciencia y no lo dejé terminar la frase.

    –          ¡No nonono no!…. Un momentico, Chapulín. Este es una asunto entre el señor – señalé a la mesero-  y yo… Y no necesitamos súper héroes.

    –          Pero es que yo vengo precisamente… – empezó a decir el chapulín

    –          ¡No! No permito intervenciones – dije cortante.

    –          Pero es que yo…

    –          Usted no tiene nada que ver aquí, Chapulín.

    –          Pero es…

    –          Que no.

    –          Pero…

    –          Que no.

    –          Pe..

    –          ¡Que no! –grité salido de casillas.

    En ese momento todos los clientes habían volteado sus cabezas hacia nosotros, pero yo seguí concentrado en el Chapulín mientras le  señalaba la puerta de salida.

    –          ¡Tenga la amabilidad, Chapulín Colorado, y se retira que este no es un sketch para usted. Respete las comedias ajenas.

    Mi determinación fue tal que el Chapulín no pudo apelar y empezó a retirarse arrastrando su martillo de plástico. Caí en cuenta de la gente que nos miraba y temiendo por el futuro laboral del mesero me dirigí a ellos.

    –          Disculpen señores, aquí no ha pasado nada, fue solo un malentendido con el señor –señalé al Chapulín que ya estaba cruzando la puerta-  pero afortunadamente ya todo ha sido solucionado. Por favor continúen con su almuerzo y disculpen de nuevo.

    La gente volvió a sus platos haciendo comentarios en vos baja. El mesero y yo dirigimos a la vista hacia la puerta. De un momento a otro el Chapulín volvió aparecer, asomando la cabeza, dijo un desganado: “se aprovechan de mi nobleza” y volvió a perderse en la calle.

    El mesero me miró con desagrado. Evité su mirada bajando al mía. Entonces noté que sobre las baldosas, en el trayecto que había cruzado el Chapulín había una senda de varios pelos evidentemente ondulados y castaños.  Sin dudar un instante tomé uno y lo puse sobre la mesa, al lado del pelo que había salido del plato y los analicé. Eran idénticos, castaños, cinótricos, de forma oval.

    –          Ahhhhh…  Por ahí era que iba el agua al molino – dije satisfecho de mi descubrimiento.

    El mesero asintió con los ojos muy abiertos, con la emoción de quien por fin soluciona un enigma.

    –          Dígame una cosa – le pregunté- ¿Viene el Chapulín Colorado a menudo a comer a este restaurante?

    –          No… de vez en cuando, cuando no está en servicio.

    Sonreí tranquilizado.

    –          Está bien, por ahora está todo solucionado – dije palmoteando al mesero.

    –          ¿Ahora está satisfecho? –me preguntó con una sonrisa.

    –          No del todo. Primero cámbieme el plato y luego nos olvidaremos del asunto.

    El mesero asintió, fue a la cocina y a los pocos minutos me trajo un nuevo plato de pastas sin pelo. El plato era lindo pero sentí que de todos modos faltaba algo. Sin embargo empecé a comer.


    Escrito por Luis Miguel Rivas

    Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá – 1997).

  • ¿Qué es la bobada?

    Estábamos tomando ron al fondo del billar, en un sótano ubicado a tres o cuatro cuadras de la Casa de Nariño, en Bogotá, cuando Leonardo Tangarife empezó a contar la historia:

    “Eranse un niño rico bobo y un niño pobre bobo. Porque la bobada no reconoce clases sociales”

    –Disculpame – interrumpí- primero aclaranos qué entendés por “bobada”.

    Leonardo miró como si le estuviera diciendo una completa bobada y siguió sin contestar.

    “El niño rico bobo era muy inteligente. Y el niño pobre bobo también. Porque la bobada no discierne intelectos. El niño rico bobo-inteligente se sentía muy orgulloso por ser rico e inteligente. Y el niño pobre bobo-inteligente también se sentía muy orgulloso por tener la inteligencia que tenía a pesar de ser pobre y a veces se sentía orgulloso de ser pobre. El niño rico bobo-inteligente-orgulloso era un consentido social y despreciaba al niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso, que estaba resentido con la sociedad y a su vez odiaba al niño rico-bobo- inteligente-orgulloso.

    Esta historia nunca hubiera ocurrido si cada uno hubiera vivido por siempre en su mundo, rodeado de niños ricos el niño rico y de niños pobres el niño pobre. Porque durante mucho tiempo el niño rico bobo-inteligente-orgulloso-consentido vivió exclusivamente rodeado de los suyos; se limitaba a despreciar levemente a los niños ricos más pobres, que lo odiaban levemente y a odiar levemente a los niños ricos más ricos, que lo despreciaban levemente. El niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso-resentido, por su parte, sin contacto con niños ricos, solo despreciaba levemente a los niños pobres más pobres que lo odiaban levemente y odiaba levemente a los niños pobres más ricos que lo despreciaban levemente

    -¿Me siguen? – preguntó Leonardo.

    Todos asintieron. Yo no.

    -Más o menos – dije.

    Leonardo dio otro sorbo a su ron y siguió sin prestarme atención.

    “Así fueron las cosas mientras en la Ciudad Boba existió un sector exclusivo para que nacieran, crecieran, se reprodujeran y murieran los niños ricos y otro sector donde solo nacían, crecían, se reproducían y morían los niños pobres. Sólo sabían los unos de los otros por la televisión y por las películas. Los niños ricos despreciaban a los niños pobres de lejos (aunque no levemente) y los niños pobres odiaban a los niños ricos a la distancia (aunque no levemente), como se desprecia o se odia a los personajes de las películas. Pero como la Ciudad Boba empezó a crecer con desmesura, cada vez hubo menos lugares exclusivos y el niño rico bobo-inteligente-orgulloso- consentido y el niño pobre bobo-inteligente-orgulloso-resentido, se tuvieron que encontrar en persona.

    Coincidieron una noche en la entrada al concierto de un grupo de rock que visitaba la ciudad. (Al niño rico bobo y al niño pobre bobo les gustaba la misma música). Ambos habían soñado largo rato con el concierto y ambos llegaron tarde ese día. El teatro se había llenado y solo quedaba cupo para una persona. El niño rico bobo había comprado una boleta carísima para la tribuna preferencial y el niño pobre bobo tenía una boleta para la misma tribuna, que se había ganado en el concurso de una marca de pasta dentífrica. Ambas boletas eran válidas pero, por equivocación o mezquindad, los organizadores habían vendido ese espacio a la empresa dentífrica y la habían vuelto a vender al público. Para el niño rico bobo no había confusión posible. Como no le cabía en la cabeza la idea de tener que disputar lo que para él era indisputable encaró hacia la entrada mirando de soslayo al niño pobre bobo.

    -Yo pagué esta boleta – dijo- el que no tiene para comprarla que no entre.

    El niño pobre bobo, con la boleta de cortesía en la mano, se quedó parado tratando de digerir lo que había escuchado. Luego corrió tras el niño rico bobo y lo tomó, apretándolo, del brazo.

    -¿Y esta nena para donde cree que va? Ese puesto es mío, pelao – dijo adelantándose.

    El niño rico se sintió violentado y se limitó a mirar desde arriba, con un desprecio tan auténtico y hondo que parecía venido de mucho antes de él y tan inapelable como la constatación de una ley de la naturaleza. Había en el desdén una convicción tan profunda que el niño pobre bobo se quedó turbado unos instantes. Esa mirada que lo borraba de plano, hasta entonces inédita para él, obró como un golpe físico en el estómago, que lo dejó sin aire. Se demoró unos segundos para reponerse y fue tras el niño rico bobo que ya avanzaba liberado de la incomodidad. El concierto había empezado.

     

    -¡Te dije que ese puesto es mío! –dijo el niño pobre bobo con un estrujón.

    -¡Seguridad! – gritó el niño rico bobo sin mirarlo. Pero los guardias estaban ocupados en otro sector del teatro.

    El niño rico bobo se soltó con fastidio y miró hacia el fondo del teatro, a través del otro, como si fuera transparente. Luego movió la mano con displicencia y exhaló un fastidiado “bahh” mientras seguía. El niño pobre, aturdido, solo atinó a contestar con un golpe brutal en el estómago. El niño rico bobo apenas pudo reaccionar y cayó pálido en el piso, sin poder concebir semejante deshonra. Hasta ahí llegó el altercado porque el niño rico bobo fue llevado a la enfermería y el niño pobre bobo al puesto de policía. Ninguno de los dos pudo entrar al concierto y más tarde, atendido uno y liberado el otro, se fueron, picados, cada uno a sus respectivas casas.

    Durante los días siguientes el niño rico bobo se la pasó tratando de digerir la burda ofensa de que había sido objeto. El recuerdo de la agresión no lo abandonó un slo momento y no pudo parar de pensar en el modo de reivindicar su honor. Una noche volvieron a coincidir en una fiesta. (Porque a ambos les gustaban los mismos tipos de fiestas). El niño rico bobo buscó la ocasión y cuando estuvo cerca del niño pobre bobo, sin darle tiempo de reaccionar, lo traspasó delante de los presentes con un sofisticado arsenal de palabras y gestos filosos como cuchillos, labrados con refinamiento, dirigidos no al cuerpo sino a la base del ser del niño pobre bobo, que revelaban ante los demás, con contundencia y sinuosidad, su tosca esencia y que dejaban en el aire la vaga idea de una naturaleza inferior.

    Las cuchilladas entraron directo y a fondo en el espíritu del niño pobre bobo, que no estaba preparado para librar batallas en esos terrenos. Embotado por los navajazos sin navaja salió del lugar y volvió quince minutos más tarde con un cuchillo de verdad. Fue directo hasta el niño rico bobo y le metió una puñalada en el pecho (el mismo sitio donde él había sentido sus estocadas). El niño rico bobo cayó al suelo brotando sangre. El niño pobre bobo se acercó lentamente, lo observó largo rato como si mirara a través de él y luego de hacer un “bahh” largo y artificial, le escupió la cara. El niño rico bobo sintió un doble impacto en el alma y en el cuerpo y por primera vez tuvo que mirar hacia arriba para ver al otro. Al hacerlo se encontró con unos ojos encendidos como brasas que se clavaban en los suyos ahítos de desprecio y chabacana arrogancia. La urgencia furibunda de defender su honor le hervía por dentro, pero no podía levantarse ni hablar. Esa impotencia hizo que eclosionara dentro de él estado del alma que desconocía: el resentimiento. Desde ese instante se convirtió en un niño rico bobo inteligente-orgulloso-consentido-resentido.

    Mientras se curaba de sus heridas el niño rico bobo se pasó rumiando el resentimiento recién surgido. Comprendió que las armas sutiles de las palabras y los gestos no eran suficientes frente a la contundencia de las armas concretas del niño pobre bobo. Se dedicó a aprender el manejo del cuchillo y fortaleció su cuerpo con ejercicios físicos. El niño pobre bobo, por su parte, no podía curarse de las palabras y gestos que lo seguían punzando, no porque los considerara verdaderos sino por la potencia violenta e inapelable con que habían sido dichas. Entonces se dio cuenta de que tenía que endurecer su espíritu y aguzar sofisticados puñales inmateriales si quería protegerse y herir de verdad a fondo, no solo en el cuerpo sino en la esencia del contrincante.

     

    Una tarde el niño pobre bobo se acercaba al cine municipal para ver una película norteamericana cuando vio al niño rico bobo. (Porque a ambos les gustaba el mismo tipo de películas). De inmediato hacia él y empezó a insultarlo con las palabras más alevosas y degradantes que había descubierto escarbando en los rincones más negros de sus adentro. El otro se quedó pretrificado y el niño pobre bobo se sorprendió al ver que lograba, solo con palabras, heridas más profundas y dolorosas que las que estaba acostumbrado a propiciar con el cuerpo. Al oír las injurias el niño rico bobo sintió que sus venas arrastraban torrentes de lava volcánica. Arremetió contra el agresor con toda la furia de su orgullo pisoteado y le metió una cuchillada en el mismo punto en que había recibido la suya en la fiesta. Luego se arrimó al cuerpo boqueante que se retorcía en el suelo, lo remató con una ráfaga de vejaciones que duplicaban las que había recibido, y terminó con un grueso escupitajo. Inmovilizado y adolorido, el niño pobre miró hacia arriba y se vio visto por los mismos ojos torvos de odio ciego y acribillado por la misma rabia sin matices, oscura, chiquita y sin fondo, que tantas veces había visto en el espejo.

    La cosa se volvió un toma y dame continuo. Con el tiempo cada uno aprendió a manejar a la perfección no solo sus propias armas sino las que inicialmente eran exclusivas del otro. Se herían y se degradaban por turnos. Si pasaban algunos días sin encontrarse se buscaban. Y así se convirtieron en una sola rabia a dos voces que andaba suelta por la ciudad. Se fueron rebosando el uno del otro. Los movía la urgencia de dañar, de hundir, de recuperar el orgullo vulnerado hundiendo el del otro, tirando por el suelo a quien le había derribado, hasta que un día el golpe fuera tan contundente que el adversario ya no pudiera levantarse.

    Y ese día llegó. Los ataques y contraataques se sucedieron sin pausa, cada vez más sofisticados y violentos. No volvieron a encontrarse ni en cine ni en teatros porque ambos abandonaron sus rutinas y gustos para dedicarse por completo a la tarea de acabar con el otro. Se les veía caminar por las calles de Ciudad Boba, ojerosos, huraños, mal trajeados, envejecidos de súbito, obcecados en pensamientos oscuros como sus presencias. Terminaron pareciéndose a tal punto que quien presenciara alguna de sus batallas no podía distinguir quién era quién.

    Llegó un momento en el que no tuvieron suficiente con ellos mismos. El niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso-resentido convenció a otros cuatro niños pobres del peligro que representaba su enemigo. Juntos, lo buscaron y lo apalearon hasta dejarlo sin sentido. Días después el apaleado sorprendió a los agresores acompañado de diez niños de los suyos y tomó venganza sin compasión. El grupo del niño pobre bobo aumentó a veinte integrantes y el del niño rico bobo a cuarenta; el otro subió a sesenta y el enemigo a ochenta y así la rabia de los dos niños del principio se convirtió en un odio generalizado que dividió a la ciudad en dos.

    Despúes de una batalla, en la que el límite de la ofensa y el daño se había excedido hasta la deformación, el niño rico-bobo-inteligente-orgulloso-consentido-resentido decidió acabar de una vez por todas con el asunto. Se apareció en el barrio del niño pobre bobo (ya no había ningún espacio exclusivo en la ciudad) con un revólver. Y lo mató delante de sus amigos. Pero antes de hacerlo lo dejó mal herido en el suelo, se acercó y lo miró fijamente a los ojos para que ni en los insondables terrenos de la muerte se le olvidara el profundo desprecio que merecía. Antes de recibir el tiro de gracia en la cabeza el niño pobre bobo alcanzó a ver reflejada en la mirada oscura del otro, como en un espejo de aumento, sus propios ojos henchidos de una ira que ya no cabía en él. Luego murió.

    Hace algunos años en Ciudad Boba se usaba la expresión: “se murió de rabia”. Ahora se utiliza una más actual y precisa: “no pudo morir de la rabia”. Porque luego de que lo mataron, el niño pobre no pudo morir completamente. Se quedó a medio camino, carcomido por el resquemor, denso, en ese espacio intermedio que hay entre la vida y la muerte. Su rabia era tan pesada que no lo dejó despegarse de la tierra. Al día siguiente resucitó, buscó a su asesino y lo asesinó después de humillarlo delante de sus familiares. El niño rico, recién asesinado, tampoco murió del todo; resucitó a la mañana siguiente, buscó al resucitado y volvió a matarlo. Entonces el recién muerto volvió a resucitar para volver a matar y ser matado y resucitar y matar y ser muerto y resucitar y matar. Y así siguieron. Así siguen: matándose y resucitando, sin descanso, sin pausa, abrumados de desprecio y odio, víctimas y vengadores, con palabras y cuchillos, con gestos y pistolas, inteligentes y orgullosos, consentidos, resentidos y consentidos-resentidos, con su riqueza y su pobreza que ya son la misma cosa, hasta el fin de los tiempos, tal vez”

    Leonardo terminó su historia y miró el vaso. Se tomó lo último que quedaba y buscó al mesero con la mirada.

    -¡Joven! –gritó- hágame el favor y me trae otro ron doble.

    Luego hizo un gesto con la mano, abarcándonos a todos y volvió a hablarle al mesero.

    -Y lo que estén tomando todos estos bobos amigos míos.

    En sus palabras se sentía cierta irritación, como si su propia historia lo hubiera molestado.


    Escrito por Luis Miguel Rivas

    Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá – 1997).

  • Crítica 152

    Revista-Portada Enrique Serna, Luis Miguel Rivas, Mauricio Uribe, Eduardo Sabugal, Daniel Bencomo, Claudina Domingo, Alejandro Badillo, Roxana Artal, Fernando de León, Minerva Reynoso, son algunos de los autores con los que arrancamos el 2013 en el número 152 de nuestra revista Crítica.Haz clic en la imagen o aquí para leer la versión digital de Crítica

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  • ¡Qué lindo es el orto!

    Para los amigos del parque Rivadavia

    El primer orto que yo conocí se llamaba José Roberto. Era un compañero de la universidad, en Medellín, Colombia. José Roberto Ortiz era su nombre completo, pero nunca nadie lo reconoció por las palabras con que lo bautizaron sino por esa especie de apócope de su apellido, que tal vez algún compañerito de la escuela le puso en un remoto recreo, pretendiendo abreviar la palabra con un término tan largo como el original: orto. read more

  • La primera persona en persona

    Para Juan Gabriel Vásquez (el verdadero).

    Si hablo tanto de mí no es tanto porque yo me importe mucho sino porque es el único tema sobre el cual me siento con alguna autoridad para decir algo. Y porque tengo qué hablar, necesito hablar. Yo nací hablador. Hay mucha gente así. Yo no sé de dónde sacaron en mi pueblo eso de que el que no tiene nada qué decir entonces que se quede callado. Yo hablo precisamente porque no tengo claro lo que tengo qué decir. A ver si lo voy aclarando. Y algunas veces, después de mucho hablar incoherencias, digo algo que se acerca a lo que necesito decir y que no sé lo qué es. Va saliendo. Pero no sale así como así. Eso que necesito decir es huidizo y está hecho de palabras aporreadas y temerosas que no quieren dejarse ver. O que me gobiernan en secreto desde la oscuridad sin que yo sepa su nombre y se aterrorizan ante la sola idea de que las descubra.

    Cuando uno empieza a hablar las palabras asustadizas se esconden, se acurrucan calladas en el rincón más oscuro, para que uno no las vaya a ver. Yo por eso hablo y hablo, de todo y de nada, de cosas que no existen o que existiendo tampoco existen, de cosas que imagino o sueño, de cosas que ni siquiera sé, de cosas que ni me importan y de las que ni siguiera me doy cuenta de que estoy hablando, y hablo y hablo para que las palabras apaleadas (su miedo es tan terrible, tan profundo, que estoy seguro de que en algún momento fueron brutalmente apaleadas), se sientan en confianza, entre amigos, viendo que uno, que es donde ellas viven, se va llenando de palabras como ellas y que las dice sin pudor ni temores ni consideración, que las deja salir como son. Y cuando las palabras acurrucadas en el rincón se dan cuenta de eso, se desenroscan lentamente, asoman la cabeza y después de mirar que no haya palos o golpes a la vista, empiezan a pronunciar sus nombres. Se dicen a sí mismas. Sale, por ejemplo, la palabra “rabia” (que escondí yo mismo para evitar los problemas generados con sus salidas inoportunas), saca un poco la cabeza, mira a los lados y luego de titubear unos segundos dice en voz baja, con pudor: “rabia”. Y algo alumbra en ese momento. Con decirlo a la palabra se le desinfla el pecho y como que se tranquiliza un poquito. Son palabras muy nerviosas, hay que saberlas tratar. Por eso hay que hablarles mucho.

    Yo hablo escribiendo, así con estas letras que voy organizando y que ustedes van leyendo; lo que me da la ventaja de que nadie se ve obligado a aguantar mi presencia y cualquiera puede escabullirse en mitad del primer párrafo sin que yo me dé cuenta y sin sentirme ofendido. Por eso me extiendo hablando y si me abandonan en la próxima frase, muy problema suyo. Hablo tanto que antes de hablarles esto que les estoy hablando ya lo había hablado en mi cabeza antes de escribirlo y mientras lo escribo lo sigo hablando y después de escrito sigo hablando sobre lo escrito y lo corrijo y le cambió un signo de puntuación y borro una frase y pongo otra mejor (o peor), conversando con lo ya hablado, volviendo a decir lo que consideré que no había quedado correctamente hablado o de la manera en que yo quería que fuera hablado.

    Y siempre yo. ¿Ven? Como ustedes. Pero en mi caso soy yo el que siempre está dentro de mí. Buscándose el nombre. Viendo a ver cómo es que me llamo en realidad. Hablando y hablando y hablando, de mí. Soy la primera persona en persona.

  • La mañana del diente de león

    Tareas no hechas

    La mañana del diente de león

     

    Hay mañanas limpias, limpias por dentro de uno; ya sabemos que todas las mañanas son iguales de distinta manera, dependiendo de cómo esté uno por dentro. Esta era linda en el pecho de él. Y también preciosa por fuera. El sol apelotonado entre dos montañas como un dibujo de niño, llenando de amarillo el aire y haciendo fulgurar los colores vivos de la flores en los antejardines; la calle limpia y vacía a esas horas del domingo, la gente saludable y vital con sus ropas deportivas; y él, recién bañado, bien dormido, fresco, con un soplo de entusiasmo sin propósito inflando el pecho y el alma templada de contentura sin razón y agradecimiento abstracto.

    En el parque un globo se libera del manojo del vendedor y sube lentamente seguido por la mirada estupefacta de una niña de trenzas; junto a la fuente un perro noble se deja pellizcar por una criatura que apenas alcanza a ponerse en pie; más allá un grupo de pequeños saltan y se empujan tratando de atrapar una mota de Diente de león que ondula descendiendo con parsimonia; al lado de él la niña de trenzas con los ojos perdidos, toda ella transportada en el globo que asciende tan lento como desciende la mota de Diente de león, y que llega ahora a la altura del séptimo piso del edificio de enfrente donde, tras la baranda de un balcón, se ve una cabecita rubia relumbrante bajo el Sol y unos pequeños brazos que se mueven en señal de llamado.

    Camina hacia el edificio y ve crecer y hacerse nítida la figura del niño que sonríe, se agacha y estira la mano entre las barandas, apuntándole con el índice y el dedo del medio, extendidos a manera de doble cañón. Y luego oye la detonación, el “pum” escandaloso desde el séptimo piso. Él se lleva la mano al pecho, trastabillea, prolonga una caída rimbombante sobre la acera y desde el suelo, como quien hace el mayor esfuerzo en medio de un dolor insoportable, estira los dedos y gatilla con el pulgar mientras de sus labios moribundos sale el “tañu, tañu”. El enemigo parece recibir el impacto abajo del hombro izquierdo porque allí pone su mano mientras se tambalea, cae sentado en el suelo del balcón y luego de arrastrarse unos centímetros junta energías y logra disparar no una sino cinco veces con alevosía, rabia y sincero espíritu de venganza. El cuerpo del hombre tirado en la acera sufre cinco sobresaltos consecutivos, después de los cuales emprende su último acto en este mundo, que consiste tratar de dominar el temblor de la mano para apuntar directamente al corazón del francotirador. Lo logra, suenan un “tañu” y un “pum” y otro “tañu” y el rubio del séptimo piso recibe los tres impactos, en el pulmón derecho, en el cuello y en el corazón. Cae, se arrastra, se reincorpora malamente y con dificultad trepa la baranda hasta ponerse de pie en el borde, desde donde intenta un disparo que no alcanza hacer porque su cuerpo exánime y malherido es arrebatado siete pisos abajo por la fuerza de la gravedad a una velocidad mil veces mayor que la de un globo o una mota de diente de León, hasta que choca contra el pavimento con un ruido seco seguido por un trackk splashhh horrísono y breve.

    El hombre se levanta con los ojos desorbitados. Mira al parque, mira a la calle, mira al balcón y vuelve a mirar hacia la calle, en donde empieza a arremolinarse la gente. Levanta la mano con los dedos todavía extendidos a manera de doble cañon y ve el humo casi imperceptible que todavía sale de entre las uñas.

     


    Escrito por Luis Miguel Rivas

    Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá – 1997).

  • Quedarse es otra forma de partir – Quinta parte

    Cuando supe que el grupo se llamaba Vengallados, la sospecha de que todo esto consistía en una historia escrita por un tipo que quería salir rápido del asunto me pareció menos peregrina. Pero no le di importancia al tema y concluí que de todas maneras el problema no era mío y que quien quedaría mal sería el autor; al fin y al cabo aunque el nombre me parecía feo tampoco me importaba demasiado. De todas las personas que conocí esa noche, puedo afirmar que ninguna carecía de por lo menos una mínima pizca de ingenio y sentido común como para que se le fuese a ocurrir la idea de ponerle el nombre de Vegallados a cualquier cosa.

     

    En eso iba pensando, costal al hombro, mientras caminábamos las calles del barrio Lamartine, cuando llegamos a una casa vieja de ladrillo a la vista, con ventanales y puertas grandes en arco, de madera dura. La puerta verde tenía un aldabón en forma de cabeza de león, por cuyas fauces entró la mano de La guerrillera sicológica para golpear tres veces sobre la base de metal con una fuerza salvaje. Nos abrió el mimísimo Guáchico Pérez en persona, un tipo que no tenía nada que ver con el Guáchico que yo tenía en la cabeza. Este era rubio, de ojos azules, una cara ancha de piel lozana que se iba angostando hacia adelante en los huecos de las mejillas y concluía en una nariz grande y aguda que hacía que cuando él miraba de frente uno sintiera que le apuntaban. Al vernos sonrió con unos dientes blancos y parejos. Beatriz se lanzó de inmediato en sus brazos como una verdadera naúfraga. El anfitrión la consoló dándole palmaditas en la espalda por espacio de cinco minutos, tiempo en el cual yo permanecí con el costal terciado, esperando poder ingresar en la casa, descargarlo y zafar al gato de mi espalda.

     

    Beatriz se calmó y nos presentó. “Me han hablado tan bien de usted que me cae mal”, pensé decirle, pero le dije: “Mucho gusto, Adolfo Rivas”. Guáchico me abrazó con fuerza y me dio una calurosa y hasta dulzona bienvenida. No me indignó tanto que me dijera que era un placer conocerme o que esa era mi casa o que sospechaba que íbamos a vivir muchas cosas juntos, sino el hecho de sentir que lo que me decía era profundamente sincero, y lo peor: que era verdad. Luego del saludo me tomó por el codo y nos invitó a pasar.

     

    El patio era amplio, en el centro había una pequeña fuente de baldosas pintadas con motivos de payasitos y bufones, coronada por un angelito gordo y empeloto de cuyo sexo surgía un chorro de agua; “el sexo de los ángeles es masculino”, colegí en ese momento; al lado izquierdo de la fuente un alto muro, que iba hasta la casa, fosforecía cubierto de buganvilias en diversos tonos de rosado; y a la izquierda había una mesa grande que algún día fue el comedor para una familia numerosa, bajo un cobertizo que abarcaba esa mitad del patio. Sentados alrededor de la mesa los cuatro integrantes fundadores del grupo gesticulaban y manoteaban hablando de algo importante. Cuando nos acercamos interrumpieron la discusión y saludaron sonrientes. Guáchico dijo nuestros nombres y yo saludé a uno por uno, sin soltar el costal, sintiendo la amabilidad de los apretones en la mano y la agudeza de las uñas del gato en la espalda. Luego seguimos hasta el fondo de la casa en donde me liberé del fardo.

     

    – Lo primero que hay que hacer es deshacernos del gato – dije sin darle tiempo de hablar a Beatriz.

     

    Guáchico se quedó pensando un segundo, salió para el fondo de la casa sin decir nada y luego regresó con una pala y una barra metálica para cavar.

     

    – Vamos a enterrarlo en el patio.

     

    Salimos de nuevo al patio y al pasar por el cobertizo nuestro anfitrión le explicó a los del grupo que nos disponíamos a enterrar un gato que hacía parte de un caso que más tarde les contaría y que siguieran ellos deliberando por unos minutos. Los del grupo asintieron y continuaron un debate que parecía empezar a hervir. Nos detuvimos al lado del muro de buganvillias y Guachico empezó a descuajar la tierra con la barra. Beatriz y yo nos quedamos viéndolo hacer. Cuando había sacado una considerable montaña de tierra tomó el gato de la cabeza y lo paró sobre su patas en el fondo de la fosa. Como el lomo erguido quedaba un poco más alto del nivel de la superficie Guáchico se paro sobre él y su cuerpo fue descendiendo mientras las patas entumidas del cadáver del gato se hundían en la tierra. Luego echó la montaña sobre el hueco, apelmazó la tierra, se limpió la palmas de las manos una con otra, caminó hasta nosotros y siguió de largo en dirección al cobertizo. Beatriz y yo lo seguimos.

     

    Los Vengallados estaban abosortos en una discusión sobre los conceptos esenciales que definían el espíritu de la organización y el tipo de personas que albergaría. La polémica se había dado porque una parte del grupo decía que el concepto de “humillados” era insuficiente para abarcar la totalidad de atropellos a la dignidad y al honor humanos, que se daban a todas horas en todas partes con infinidad de matices. Los de este grupo decían que había diferencias entre los “ningunos”, los “ninguneados” y los “humillados”. El grupo opositor, el de los ortodoxos, afirmaba que el concepto de “humillado” se refería a una situación o condición humana de sometimiento moral y degradación espiritual ejercida por un poder autoritario y perverso, y que era un fenómeno universal, sin matices y que constituía el único sentimiento que justificaba la respuesta ejemplificante de la supresión física del humillador, previa humillación, si fuere posible. Así lo dijeron. En ese momento Guáchico dijo que iba a interrumpir de nuevo para hacer la presentación oficial de los dos nuevos compañeros. “¿Dos?” me pregunté extrañado porque en realidad yo solo había ido a acompañar a Beatriz y hasta ese momento de mi vida no había tenido problemas con la humillación sino con el apego. Pero no contradije a Guáchico porque a esas alturas ya le estaba tomando afecto. Así que hice parte de la reuníón y esa tarde comencé a crear lazos con el grupo de personas que habría de acompañarme en los eventos extraños y caóticos que rodearon a mi primer asesinato verdadero.

    (continará…)

     

  • La vez que todos fuimos Jairo

    A mí me gustan las mujeres tristes. Eso digo hoy. Pero en esa época ni siquiera lo había pensado. Por eso cuando los otros muchachos dijeron:

    —¿Y a vos cómo te gustan las mujeres?

    Yo me tomé otro trago de ron y dije lo primero que se me vino a la cabeza:

    —Las monas pero que no sean teñidas.

    Estábamos en el parque de Envigado y era un sábado por la tarde. Nos habíamos reunido para hacer una tarea de trigonometría. Yo en verdad no era de la gallada de los otros tres muchachos, pero el profesor me había metido en el grupo con ellos para hacer el trabajo y ahí estábamos: Mumi, El Pollo, Chepa y yo.

    Chepa era de esos que uno cree que va a vivir toda la vida con una sonrisa en la cara. Las compañeras del colegioLa Sallese morían por él, y los profesores y todo el mundo lo querían. Tenía tenis de todas las marcas, en los recreos comía de todo lo que quería, nunca perdía años y no pagaba bus del colegio porque lo recogían en una camioneta Bronco llantabalón con chofer y guardaespaldas. Era primo de Gustavo Gaviria, el primo de Pablo Escobar, el amigo de Jorge Mesa, el alcalde de Envigado.

    Nos habíamos reunido en su casa, en toda la esquina del parque de Envigado. Era un apartamento más grande que una casa vieja, con el piso blandito de alfombra por todas partes, con porcelanas raras que hacían muecas y contorsiones y jarrones con dibujitos de colores como hechos por un niño que supiera pintar muy bien, puestos en repisas brillantes.

    Mientras hacíamos la tarea una señora de uniforme nos llevaba sánduches y galleticas y pasteles y jugo y gaseosa. Los papás de Chepa se habían ido para Europa de paseo y él estaba solo con la señora de uniforme. Cuando terminamos de hacer la tarea, Chepa sacó una botella de whisky y nos sirvió de a vaso a cada uno. Bebimos y El Pollo, con su manera de hablar de capitán del equipo, dijo que saliéramos un rato, que nos aireáramos, que viéramos gente, que nos tomáramos algo en el parque.

    Nos fuimos para una de las heladerías del parque y nos sentamos en las bancas de afuera. Chepa pidió una botella de ron, hielo, limonada y cuatro vasos. Servimos y ellos empezaron a hablar de mujeres. Yo casi no hablé porque no tenía mucho qué decir sobre el tema. El Pollo tenía 17 años, usaba el carro del papá como si fuera suyo, había vivido en Estados Unidos, tuvo muchas novias y fue a muchas discotecas y conocía muchas cosas de la vida. De lo que no sabía nada era de estudio. En el colegio se lo gozaban mucho por bruto, pero él no se inmutaba porque se sentía superior a todos y sabía que ninguno tan joven como él tenía tanto dinero propio y tanta vida de hombre grande. Los que se lo gozaban el lunes le hacían caritas el viernes para que los invitara a salir por la noche en el carro con peladas. Esa tarde El Pollo habló de las mujeres con las que había estado y dijo que le gustaban sobre todo las trigueñas. Levantó el vaso lleno y todos brindamos con ron.

    Mumi se llamaba Jaime Alberto, tenía 16 años y medía 1,85. Tenía un cuerpo de buldózer que no combinaba con esa carita de niño que a la gente le daban ganas de acariciar y unos ojitos apagados que lo hacían parecer medio dormido a toda hora. Por eso las muchachas del colegio le habían puesto ese apodo. Mumi vivía en el barrioLa Pazy el lugar más lejano que había visitado en la vida era Manizales, donde tenía unos primos. Su papá era empleado en una empresa y su mamá cuidaba la casa y a los dos hijos menores. De los que estaban esa tarde, Mumi era con el que yo más había hablado y era al que más conocía. Por eso no le creí ni pío cuando empezó a contarnos aventuras en fincas y paseos con morenas y monas y negras y trigueñas. Luego dijo, hablando duro y sin mirarme a mí, que de todas a él las pelirrojas pecosas eran las que lo enloquecían. Y nos mandamos otro trago.

    Luego habló Chepa. Todos sabíamos que Chepa a sus 17 años lo había vivido todo, que había viajado por medio mundo, que había estado en todas partes con todas las mujeres, que lo que dijera nos iba a dejar retorcidos de envidia y aburridos de nuestra vida tan chiquita. Hasta al mismo Pollo se le olvidó su sonrisita de sobradez y puso cara de atención mientras oía a Chepa. Pero Chepa sólo habló de una mujer de la que se había enamorado y que no había vuelto a ver. Dijo que se la había comido una vez y había empezado a pensar en ella a toda hora todos los días. “Quedó tragao después de que se la comió”, pensé. La buscó mucho pero nunca la volvió a encontrar. Después de eso había estado con muchas mujeres y no era lo mismo. No contó historias descrestantes. No nos quiso humillar con su experiencia. Sirvió un ron doble para cada uno y volvimos a brindar.

    Esperaron a que yo dijera algo. Como no dije nada, me preguntaron que cómo me gustaban las mujeres. Entonces me tomé el otro ron y dije que las monas pero que no fueran teñidas. Chepa, que sólo era un año mayor que yo, sonrió, me dio un golpecito como de cariño en la espalda y me miró como si estuviera mirando a un nieto. El Pollo pidió una botella más y le preguntó a Chepa qué íbamos a hacer esa noche. Yo no supe si en el “qué íbamos a hacer” estábamos incluidos Mumi y yo. En ésas estábamos cuando por la acera de las heladerías del parque vi aparecer a la muchacha.

    Era trigueña, de la estatura mía, que no tengo que empinarme en los buses, los ojos achinados y el pelo negro en churruscos que le tocaban los hombros. Tenía botas de cuero con flecos color café, una falda hasta un poco más arriba de la rodilla, chaqueta negra y debajo una camiseta pegada al cuerpo que dejaba ver la rayita donde empiezan los pechos. Se notaba mucho en medio de la gente. La vi desde que estaba chiquita en la esquina. Se fue creciendo hacia nosotros, caminando suelto, sin importarle nada, yéndose un poquito a los lados. Tenía la pestañina regada. Se notaba que hacía poco había estado muy triste en un rincón o frente a una amiga y que se había secado la cara y había respirado hondo antes de salir a caminar tambaleándose.

    No dije nada sino que me quedé viéndola. El Pollo, que me vio mirando tan fijo, también volteó y la vio. Entonces interrumpió la charla y les dijo a los demás que miraran. Ella caminaba como si no hubiera nadie en las calles, mirando a nada. Y se acercaba a nosotros. El Pollo se paró y sonrió.

    —Pa’ donde va, mi amor —le preguntó cuando pasó por el lado de nosotros.

    —Por ahí —dijo la muchacha.

    —Venga. La invitamos a un traguito.

    La muchacha se le paró de frente al Pollo, se balanceó un poquito y lo miró fijo a los ojos.

    —¿Y qué están tomando?

    —Lo que usted quiera, mi amor.

    La muchacha movió la cabeza para donde estábamos y nos vio a todos mirándola. Después miró la mesa con las botellas de ron y los vasos con limonada sobre la mesa.

    —Pues sí, voy a aprovechar que aquí están tomando trago de señorita.

    El Pollo le puso la mano en la cintura y le dijo a Mumi que trajera una silla. Mumi, sonriendo, trajo la silla. La muchacha se sentó al lado del Pollo. Pidió un ron doble y vivo y se lo tragó de un trago. Luego se quedó mirando hacia la nada. Cuando Chepa le iba a poner conversa desde el otro lado de la mesa, la muchacha dijo pasito que iba al baño. Casi no se para. Salió trastabillando.

    —Llevémonosla pa’ tu casa —le dijo El Pollo a Chepa, estirando la cabeza por encima de la mesa—. Ahí está el programa.

    Chepa se quedó callado un ratico, movió la cabeza arriba y abajo y nos miró a Mumi y a mí.

    —Ustedes qué dicen.

    Mumi y yo nos miramos y nos reímos con escalofrío.

    Cuando la muchacha volvió, Chepa la invitó con nosotros al apartamento a tomarnos otro traguito.

    —Listo —contestó la muchacha mirando nada. Después de volver del baño la pestañina se le había regado otro poco.

    Nos tomamos otro ron doble. Chepa y Pollo pagaron la cuenta y nos fuimos tambaleando los cinco hasta el apartamento.

    La señora de uniforme estaba encerrada en una pieza del fondo y, según Chepa, ya no salía. En la sala había un sofá grande, una mesa bajita con superficie de vidrio y otros tres sillones pequeños de la misma familia del sofá. En la pared del lado colgaba un espejo gigante y detrás del sofá había un escaparate repleto de botellas de distintas clases. La muchacha se tiró en uno de los sillones pequeños a pesar de que El Pollo la estaba jalando para el sofá. Mumi se sentó en otro sillón, y yo en el que quedaba desocupado. El Pollo se sentó solo en el sofá. Chepa fue al escaparate, sacó la botella de whisky y vasos, volvió al centro de la sala y dejó todo sobre la mesita de vidrio. Luego salió hacia el fondo de la casa. El Pollo se inclinó hacia la muchacha.

    —¿Cómo te parece el apartamentico?

    —Mmuuyy boooniiiito —dijo ella, como cansada.

    Levantó la mano muy despacio, se limpió con los dedos la parte de abajo de los ojos y luego se miró las yemas untadas de pestañina y humedad. “La tristeza cansa mucho”, pensé. Levantó la cabeza y se quedó mirando fijo a la pared. Como que cayó en cuenta de que le tocaba hablar y dijo, sin dejar de mirar la pared:

    —¿Y ustedes cómo se llaman?

    —Yo me llamo Carlos —dijo El Pollo, y luego nos señaló a Mumi y a mí—, y ellos son Jaime Alberto y Manuel.

    Yo quería decir mucho gusto y usted cómo se llama o algo así, pero en ese momento llegó Chepa con un recipiente lleno de cubos de hielo y le dijo a la muchacha:

    —Yo me llamo Luis Alfonso, mucho gusto —después le dijo a Mumi que sirviera el whisky. Mumi lo sirvió y brindamos.

    Ella se volvió a mandar el trago de un solo trago. Puso el vaso sobre la mesita, se tiró hacia el espaldar del sillón y, sin decir nada, sin avisar ni despedirse, se quedó dormida como una piedra.

    —Se murió —dijo Mumi.

    Todos nos paramos. Chepa se acercó a ella, le puso la mano en el corazón y luego en la boca.

    —Está muerta, pero de la rasca —dijo.

    Nos volvimos a sentar en silencio. Chepa se sentó al lado de El Pollo en el sofá. Servimos otro whisky y nos lo tomamos mirándonos las caras y sin hablar. El ambiente se hubiera quedado así callado de no ser porque la muchacha pegó un ronquido tan fuerte que nos sacó de los pensamientos. Entonces la miramos, nos miramos y nos dio risa. Quedamos otro rato en silencio hasta que de un momento a otro El Pollo se paró. Se puso en mitad de la sala, miró a la muchacha y dijo:

    —Espérensen y verán.

    Se le acercó, se arrodilló y le puso la mano en el muslo. Le miró la cara un momento, subió la mano, la metió debajo de la falda y allí adentro empezó a moverla haciendo círculos. Mumi y yo nos inclinamos hacia adelante con los ojos bien abiertos. Chepa, recostado en el espaldar del sofá, miraba sin mucho interés mientras hacía sonar los hielos contra las paredes del vaso. La muchacha empezó a respirar fuerte y a dar unos suspiros grandísimos.

    Mumi y yo estábamos concentrados y la respiración también empezó a aumentársenos. El Pollo, con la otra mano, le abrió la chaqueta y debajo de la camisa ceñida empezó también a hacer círculos. La muchacha se quejó lo más de rico, y hasta Chepa se paró tambaleante del sofá y se puso a mirar con interés. El Pollo le quitó la chaqueta a la muchacha. Como estaba pesada, le dijo a Mumi que le ayudara a correrla un poquito para sacarle la camisa y Mumi, con risita nerviosa, le ayudó. Cuando la vimos sin nada de la cintura para arriba respiramos hondo. El Pollo se puso a darle besos en uno de los pechos y le hizo señas a Mumi para que lo hiciera también. Mumi, como sin saber qué hacer, empezó a darle picos en el otro pecho. El Pollo me miró de reojo mientras hacía como si estuviera tomando de una cantimplora. Separó la boca del pecho.

    —Hacé algo, home —me dijo.

    Lo primero que se me ocurrió fue quitarle las botas. Chepa se acercaba cada vez más y nos miraba. Mientras jalaba una de las botas levanté la cabeza y nos vi a todos en el espejo: teníamos las caras desencajadas, como si tuviéramos cólico. El Pollo le desabrochó la falda y volvió a meter su mano allí. Entonces por encima de los jadeos de la muchacha y el silencio bruto de nosotros se oyó una voz, una súplica:

    —¡Jairo!

    Todos nos quedamos como en estatua un segundo. Luego separamos las bocas y las manos de la piel de la muchacha, nos enderezamos, nos miramos y luego la miramos a ella medio empelota sobre el sillón.

    —¡Jairo! —repitió ella con los ojos cerrados— ¡Mi amor!

    El Pollo dio un paso atrás, respiró, abrió y cerró los ojos varias veces, miró serio y empezó a organizarse la camisa. Chepa se puso a mirar a la muchacha como esperando que le explicara algo. Yo me senté otra vez en el sillón. Mumi no sabía qué hacer y se quedó al lado de ella.

    —¡No te vas, Jairo! —dijo la muchacha con los ojos cerrados. Hablaba como si se fuera a ahogar—. ¡Hacémelo! ¡Hacémelo!

    Entonces estiró la mano y cogió la de Mumi, que estaba a su lado. Lo jaló hacia ella. Mumi se dejó llevar, mudo del susto. La muchacha extendió las piernas a los lados y puso a Mumi en la mitad, luego le pegó un tirón y lo hizo inclinarse hacia su cara. Lo besó despacito primero y luego lo besó del todo. Lo cogió por las nalgas y empezó a moverse como si fuera a bailar. La cara de atembao de Mumi se convirtió de un momento a otro en la cara de un hombre mayor, de un tipo de esos que va pa’ donde va sin que nadie pueda hacer nada.

    Chepa, El Pollo y yo miramos sin decir ni mu los movimientos de ese bulto sobre el sillón: primero suaves y con ritmito, luego más rápidos y menos organizados y al final despelotados y bruscos como una pelea de perros y gatos. El agite terminó de un momento a otro con un grito triste y alegre de Mumi y con su caída como costal de papas sobre la muchacha que se quería seguir moviendo y repetía:

    —Más, Jairo, mi amor, más, más, Jairo.

    El Pollo reaccionó de una. Levantó a Mumi casi desmayado y lo ayudó a acostarse sobre la alfombra. Se desabrochó la correa, se desabotonó el pantalón y tambaleante de ron y whisky se fue sobre la muchacha que decía con más fuerza, casi gritando, como despierta:

    —Jairo, Jairo, Jairo.

    Y El Pollo se movió con todas las ganas con que se movería Jairo y la besó en la boca con ese amor con que Jairo la debió haber besado alguna vez.

    Chepa y yo mirábamos y yo pensaba que El Pollo era cada vez menos él y cada vez más Jairo, y luego, cuando el ritmo se aceleró otra vez como si el mundo se fuera a acabar, El Pollo no era nada sino una explosión y después un talego vacío y después otro cuerpo desmadejado que se alcanzó a poner de pie para tirarse en la alfombra al lado de Mumi.

    La muchacha todavía pedía un poco más de Jairo. Chepa me miró y yo le dije “dale”, porque para qué voy a decir mentiras: estaba muy asustado. Con que me hubiera tocado ver ya era suficiente. Chepa estaba raro. Se notaba que tenía ganas, pero cuando caminó hacia el sillón lo hizo despacio, como pensando. Ocupó el nombre y el lugar de Jairo y el de los otros dos Jairos que habían estado antes. La muchacha seguía respirando como un moribundo, y Chepa empezó a moverse encima de ella, pero de un momento a otro paró en seco, la dejó sola pidiendo más Jairo, fue hacia la mesita de vidrio y se sirvió un whisky grande. Mumi y El Pollo estaban roncando en la alfombra. Chepa tomó un trago y se quedó pensativo mirando a la muchacha.

    —Jairo —dijo Chepa como para él mismo.

    —¿Quién será? —pregunté.

    Chepa se tomó otro trago y habló más fuerte, pero sin mirarme:

    —¿Cómo se haría querer así?

    Dejó el vaso sobre la mesita, enderezó la espalda, se compuso el pantalón y se metió la camisa por dentro.

    —Ayudáme —me pidió.

    Le acomodamos otra vez la ropa a la muchacha y le pusimos las botas. La llevamos cargada hasta el baño. Chepa abrió la ducha y le metimos la cabeza en el chorro. Pegó un grito de susto.

    —Tranquila, tranquila —le dijo Chepa—. ¿Usted dónde vive?

    —En Itagüí —dijo ella atontada, sin despertar del todo.

    —¿En qué parte? ¿Se acuerda dónde?

    —En San Pío —balbuceó ella.

    —¿Qué es eso? —preguntó Chepa mirándome.

    —Un barrio, yo sé por dónde —respondí.

    La abrazamos entre los dos, cada uno por un lado, y así salimos del apartamento y fuimos hasta el parqueadero del edificio como si fuéramos un combo de amigos de hace años que se hubieran emparrandado juntos. Nos montamos en uno de los carros de los papás de Chepa. Nunca he vuelto a montar en un carro tan bonito. La sentamos adelante, al lado de Chepa, y se volvió a quedar profunda. Yo me fui atrás, explicando el camino. Cuando llegamos a San Pío, Chepa paró el carro. Le acarició el pelo y le humedeció la cara con agua para despertarla. Ella abrió los ojos extrañada. Chepa le dijo que la traíamos a la casa, que habíamos llegado al barrio, que dónde vivía. Ella, sin entender nada, señaló una esquina y por ahí volteamos. Luego nos mostró un callejón y dijo que ahí vivía. Chepa fue hasta allá. Ella abrió la puerta sin aterrizar todavía y dijo gracias. Caminó metiéndose en el callejón. Cuando se iba a perder en él, Chepa tocó el pito.

    —¡Oiga! —gritó.

    La muchacha paró en seco y volteó.

    —¿Quién es Jairo? —dijo Chepa, desgañitándose.

    La muchacha se quedó quieta y callada un momento. Se devolvió hasta el carro. Se apoyó sobre la ventanilla. Nos miró a Chepa y a mí como reparándonos, como sin entender. Los ojos se le encharcaron. Arrugó la cara y dijo con rabia y dolor de estómago:

    —¡No me hablen de ese hijueputa!

    Dio la vuelta otra vez y se perdió corriendo por el callejón. Chepa me llevó hasta mi casa. No hablamos en todo el camino.


    Escrito por Luis Miguel Rivas

    Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá – 1997).

  • Quedarse es otra forma de partir – Cuarta parte

    No había acabado de retirar el dedo del timbre en el caserón de Villa Crespo cuando La guerrillera sicológica abrió la puerta mirándome con ojos desorbitados y sin saludar ni decir nada estiró su brazo y me entró de un envión. Tenía el pelo agarrado en una moña redonda que daba la impresión de una segunda pequeña cabeza sobre su cráneo; el rostro estaba embadurnado con una sustancia blanco-verdosa, que solo dejaba al descubierto un par de círculos alrededor de los ojos; llevaba una especie de pijama amplia y de tela delgada con flores de colores y unos guantes de caucho ciñéndole las manos como un cirujano.

    – ¡Lo maté Adolfo! – dijo verosímilmente compungida- ¡y ahora tengo que deshacerme de él! Me condujo hasta la sala y en el trayecto, no sé porqué, caminamos agachándonos como si el techo fuera más bajo que nosotros. Al cruzar el corredor se detuvo bruscamente, extendió el brazo e hizo un gesto dramático. En mitad de la sala yacía un gato grande como un perro, gordo como un marrano, pinteado como una vaca y crispado como un gato, puesto patas arriba, tieso, enhiesto, solidificado, como una porcelana que hubiera caído al revés. A su lado había un balde amarillo y dentro de este una sierra de albañilería. Beatriz se acercó al balde, tomó la sierra con una mano y con la otra señaló al gato.

    – Me miró como me mira Juan Carlos a veces y no lo soporté más… Ahora tengo que deshacerme del cuerpo… Ayudame, – dijo mientras agarraba la pata posterior derecha del cuerpo fosilizado del gato – esto sí le va a doler… ahora va a comprender cómo son los dolores del alma.

    – Vos estás de hospitalización – le dije sin moverme de mi lugar. Me miró fijo y levantó la sierra. Si no estuviera tan convencido de que Beatriz me apreciaba, hubiera dado vuelta y habría salido corriendo de la casa. Contuvo la respiración unos segundos y luego fijó la mirada en el cuerpo rígido que tenía en la mano.

    – Tengo que deshacerme de él, ¿no has visto ese documental de la asesina en serie que descuartiza a sus víctimas mientras va cocinando?

    – Pero vos no sos una asesina en serie.

    – Eso es lo que vos creés. Aunque yo estaba convencido de lo que creía, la seguridad con que La guerrillera sicológica hablaba era tal que siempre me hacía creer que estaba equivocado, así en el fondo siguiera estando seguro de que no lo estaba. En ese momento yo sabía que lo que ella decía sí era cierto, pero que no era verdad. Miré al gato embalsamado colgando de su mano.

    – ¿Y quién es esta pobre víctima?

    – Calipso, el gato de Juan Carlos.

    – ¡Beatriz! ¿Y qué culpa tenía el pobre gato? – Me miró como él me mira a veces- Beatriz bajó los hombros y adoptó un tono humilde – en serio, con el mismo desprecio, te lo juro.

    Juan Carlos Montidialli era su vecino. Cuando Beatriz lo vio por primera vez se enamoró del todo. Se lo hizo saber de modo enfático y persistente, a través de todo tipo de mensajes: simbólicos, directos, crípticos, agresivos, sutiles, verbales, escritos, audiovisuales, corporales y mixtos. Juan Carlos, sorprendido, daba las gracias y lamentaba sinceramente no poder corresponder con similar vehemencia dado que no sentía especial atracción hacia las mujeres. Beatriz insistía y Juan Carlos volvía a decir: “En serio, no depende de mí, no me gustan las mujeres. “Eso es lo que vos creés”, le contestaba Beatriz segura de que el heterosexual que en esencia era Juan Carlos permanecía reprimido solo en virtud de la falta de oportunidades para expresarse y de una adecuada motivación.

    – Ya fui heterosexual y no me gustó. Me gustan los hombres. Soy gay –Aclaraba Juan Carlos.

    – Eso es lo que vos creés – contestaba Beatriz que no cejó en sus esfuerzos por recuperar al hombre que nunca había tenido.

    Estaba segura de lograr su objetivo y la estimulaba recordar la historia de su tío Rodrigo, un gay enfático, exacerbado y completamente femenino, que cuando estaba borracho se convertía en todo un varón. Se le secaba la canoa. Con unos tragos de más su voz chillona pasaba a ser un estruendoso vozarrón de macho alfa y la sutil delicadeza de sus gestos adquiría la forma de rudos puñetazos descargándose sobre la mesa. Se metía la camisa por dentro y gritaba a voz en cuello: “¡A ver cuáles son los varones que hay en este hijueputa negocio, pues!”. Sus mejores amigos homosexuales le disculpaban, condescendientes, tamaña debilidad pero no dejaban de avergonzarse un poco y empezaron a sacarle el cuerpo cada que empezaba a beber.

     

    Beatriz le insistió tanto a Juan Carlos con el amor que terminaron haciéndose amigos. Y cada que podía le contaba la historia de Rodrigo, instándolo a embarcarse en la búsqueda de su esencia olvidada. Al cabo de algunas semanas de amistad Juan Carlos la vio tan desesperadamente enamorada y tan segura de lo que decía que por pura solidaridad decidió intentar enamorarse de ella. Su corazón femenino no soportaba ver a una mujer sufriendo por la falta del amor de un hombre que en este caso podría ser él. Se emborrachó muchas veces al lado de Beatriz, buscando que emergiera su verdadera esencia varonil, pero aparte de vomitar sobre al alfombra y caerse de una silla nunca ocurrió nada fuera de lo normal. Ensayaron sumergiéndose en los excesos y se aplicaron con tanta devoción a los alucinógenos que a veces se les olvidaba que lo que estaban buscando era tener sexo. Beatriz recuperaba el rumbo, insistía y volvía a insistir y Juan Carlos intentaba y volvía a intentar, siempre sin resultados, hasta que un día, decepcionado de sí mismo, dijo “ya no más”.

    – ¡Cobarde! – replicó Beatriz- ¡te vas a ir sin intentarlo todo!

    Se sintió agraviada, abandonada, y asumió esa condición con tal convencimiento que Juan Carlos sintió culpa por el dolor que generaba su cobardía y aceptó con estoicismo (y casi con placer) las posteriores y consecutivas retaliaciones de su vecina herida. La misma energía desproporcionada que había usado para asediarlo con amor la dispuso para avasallarlo con odio y aplicó una táctica de guerra de guerrillas que incluía ataques sorpresa, escándalos callejeros, insultos furtivos e intempestivos y revelaciones públicas de sus debilidades íntimas. Juan Carlos recibía los vituperios en silencio, como el precio que debía pagar para expiar sus culpas, y cuando se encontraba con Beatriz en la calle bajaba la cabeza y se encogía sobre sí mismo como tratando de desaparecer. El asedio logró anularlo. Se encerró en su casa y durante varios meses su único contacto con el mundo fue Calipso. Los amigos se preocuparon y a instancias de uno de ellos empezó a salir a la calle y a romper poco a poco su lúgubre burbuja. El esqueleto de su alma se irguió de nuevo y su época apocada se opacó por fin. Una tarde se toparon en la tienda de la esquina y Juan Carlos no sólo la miró a los ojos sino que lo hizo con cierta suficiencia. “Debe estar yendo a terapia” se dijo Beatriz, y supuso, por la rapidez de los resultados, que podría tratarse de Martín Valiente. Los comentarios agudos de La guerrillera sicológica dejaron de ser impactos letales y ahora Juan Carlos respondía con un desdén reciente, como quien a la luz del día mira un costal deshilachado que en la noche le había parecido un monstruo. Era un desprecio sin énfasis que después languideció hasta convertirse en mera indiferencia.

     

    Esa tarde Beatriz había lavado las cortinas del ventanal y estaba engastando en el borde de la tela el tubo metálico que servía para colgarla, cuando Calipso, que acostumbraba merodear dentro de la casa, empezó a acariciarse en sus piernas, con ese típico utilitarismo felino que le hubiera dejado sin cuidado si el animal no se hubiera parado frente a ella para mirarla con las cejas levantadas y con una sardónica sonrisa a medio camino igual a la que mostraba el Juan Carlos de los últimos tiempos. Entonces dejó de meter el tubo en la tela y se puso a mirar al gato con tanta fijeza y con tanto odio reconcentrado que Calipso sintió la evidencia de la animadversión y se crispó presto al ataque. La guerrillera sicológica no pudo soportar tamaña insolencia y sin darle tiempo de exponer un segundo más su amenaza le asentó la varilla con todas sus fuerzas en la base del occipucio con tal precisión y eficacia que el gato cayó en el acto sin un gesto ni una exclamación y quedó como congelado en esa posición eternamente crispada, a punto de atacar por siempre. Beatriz se quedó quieta y ya no pensó en el gato sino en su odiado Juan Carlos amado e imaginó con placer el dolor que sufriría y con temor las represalias que podría tomar si descubría que ella había sido la asesina. Fue ese el momento en el que me llamó para decirme que lo había matado y que fuera a su casa.

    – Pero entonces no podés dejar el más mínimo indicio – la interrumpí yo, a su lado, mirando el cuerpo del delito.

    – Por eso lo quiero cortar en pedazos.

    – No es el mejor método.

    – ¿Y entonces qué se te ocurre que puedo hacer en este momento? En ese momento, precisamente, sonó el teléfono. Beatriz dudó en contestar pero finalmente se decidió. La voz que escuchó al otro lado la tranquilizó y le devolvió los ánimos. Habló un rato y al colgar era otra persona.

    – Era Guáchico Pérez –dijo con una sonrisa pura, transparente- me acaba de decir que no puedo dejar indicios.

    – Que es exactamente lo que te estaba yo diciendo…

    – Ayudame a organizar – dijo sin haberme escuchado y volviendo a poner la sierra dentro del balde- y nos vamos para donde Guáchico. Allá nos desharemos del cuerpo.

    Puedo decir sin pecar de calumniador que Guáchico Pérez fue la persona que sembró y abonó en la cabeza de Beatriz esas ideas oscuras que la llevaron a hacer no sólo lo que había hecho hasta el momento sino también todo lo que hizo después. Guáchico estaba por esos días empezando a fundar el Grupo de los Vengallados: Venganza de los Humillados, y la había llamado para recordarle la reunión de esa tarde. Estoy seguro de que ese grupo había contribuido mucho para que La guerrillera sicológica estuviera como estaba esa tarde.

     

    Colgamos la cortina, guardamos el balde, limpiamos el piso y metimos el cuerpo tieso en un costal. Salimos a tomar el subte rumbo a la casa de Guáchico, donde enterraríamos al gato y participaríamos de una reunión en la que los Vengallados se consolidaría como grupo y empezaría a configurar las acciones que luego lo harían tristemente famoso, a saber: promoción, difusión y estímulo del asesinato de todo tipo de humilladores y una invitación generalizada para que los humillados del mundo empezaran a responder al asesinato sicológico con el asesinato físico.

     

    Mientras viajábamos en el subte, con las uñas del gato engarrotado clavándose en mi espalda a través del costal, le comenté a Beatriz que me parecía muy sospechoso (“muy inverosímil” fue la expresión que usé) que Gúachico la hubiera llamado en el preciso momento en el que yo le decía que debía emplear otro método para deshacerse del cuerpo; como si se tratara de un guión escrito por un tipo desesperado por terminar pronto de escribir la historia. Levantando los hombros me contestó:

    – Sincronicidad junguiana.

    Me quedé tratando de entender.

    – O la mano del guionista – le dije.

    (continuará…)

  • Quedarse es otra forma de partir – Tercera Parte

    Creo que debo dejar la terapia por un tiempo. Por lo menos hasta que mi sicólogo, Martín, esté un poco mejor. Eso digo ahora, pero en ese momento yo ni siquiera estaba seguro de que fuera a pasar de la primera cita. Beatriz tomó el teléfono de mi oficina, marcó el número que había en la tarjetica y me pidió una cita para el día siguiente, 17 de mayo, fecha en la que está consignado el comienzo de mi terapia con el doctor Martín Valiente. Era un día gris, con un cielo cansado y aburrido, muy parecido al interior del edificio donde quedaba el consultorio. Solo que el edificio era más lúgubre y que en la oquedad de sus pasillos el sonido de los pasos reverberaba y era devuelto por un eco trascendental, como cuando Dios habla en las películas. Tomé el ascensor hasta el piso 12 y toqué la puerta. Martín me abrió:

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