libros

  • Liquidaciones de Eduardo Sabugal

    Una lucha que no termina

    Eduardo Sabugal, Liquidaciones, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012, 88 p.

     

    Me gusta pensar que el acto de creación literaria está estrechamente vinculado a una lucha, un forcejeo con temas y estructuras, pero también con formas y atmósferas. Un género que refleja muy bien este proceso es el cuento: cada nueva historia es un nuevo principio y una oportunidad para enfrentar una idea y estética distintas. Incluso autores como Edgar Allan Poe, famoso por sus cuentos sombríos y sus atmósferas nebulosas, se dio tiempo para abordar el humor, la parodia e, incluso, la fantasía científica. La lucha en un cuento tiene varias implicaciones: heterogeneidad que a veces es vista como un defecto en lugar de virtud; estilos distintos que, para algunos, es signo de indecisión o de mero bosquejo cuando, en realidad, es una muestra de la búsqueda de nuevos retos desde cero. Maurice Blanchot, en De Kafka a Kafka, refiere que si el escritor no encuentra obstáculos es porque no ha dejado el punto de partida. La condición volátil del cuento, la cuidadosa selección de elementos y herramientas a utilizarse hacen que el trayecto esté sembrado de riesgos que, indefectiblemente, conducen a una escritura que forcejea con el error y el acierto; lo contenido y lo exacerbado. read more

  • El último espejo de Erika Mergruen

    El camino y la fiesta 

    Erika Mergruen, El último espejo, Posdata, Monterrey, 2013, p.

     

    No sé qué sería de nuestra literatura si todo en ella fuera como parece: concretamente, si todos los escritores se comportaran de acuerdo con las reglas nunca escritas, pero inflexibles, del lugar común. Sólo habría la “vida literaria” que obsesiona a tantos dentro del gremio y que no importa a casi nadie fuera de él. No habría nada más que las élites, quienes las critican y quienes intentar ingresar en ellas; nada más que las poses, el gran esfuerzo destinado a mantener la percepción del talento y el poquísimo talento realmente empleado en la escritura, la publicación, la distribución y la crítica. Etcétera. read more

  • Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo de Ernesto Lumbreras

    La palabra en acto 

    Ernesto Lumbreras, Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo, Bonobos Editores. Toluca, 2012.

     

    Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo, el reciente poemario de Ernesto Lumbreras, es un libro vertebrado en el transcurrir del tiempo. A manera de diario, los poemas —numerados desde el uno hasta el cien— pasan como instantes, son instantáneas de una realidad fragmentada, percibida desde el presente fugaz al que sólo se accede desde el pasado: “Empezó el Ayer con los mejores clarines de querer alcanzarme. No lo logrará. Mi pasado es un nudo corredizo en el cuello del fantasma, montado a caballo y en pleno galope.”

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    En el libro, multiplicidad de instantes se entrelazan para lograr un entramado de anécdotas íntimas, de las cuales llegan a los lectores sólo destellos de su resplandor, la estela de las cosas contempladas; no las cosas sino su resonancia, la manera en que impactan en la percepción y desde allí —hechas añicos en aras de un nuevo nombrarlas— nos transmiten el temblor: estremecimiento.

    Las palabras tremolan, tiemblan en su sonoridad: cantan y significan, se yerguen dentro del poema como palabras en acto, en el instante mismo de su nacimiento se transfiguran, y lo hacen sin escenarios, sin tramoya, llegan directo a su decir. Así los instantes se alargan en un tiempo continuo, formando el tejido de esa mirada que los une —que los hace durar, extenderse desde el pasado hacia el futuro—, los vuelve espacio, morada.

    Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo es un viaje, camino dantesco en ascenso al Cielo que incluye un recorrido por la historia del poeta, historia de su propia palabra, de las vicisitudes de esa palabra, para lograr (lo dice él mismo al final del libro) “perturbar al Universo”, una ráfaga de luz, de aurora en el sentido en que lo querría María Zambrano: “no estar visible en lugar alguno del universo, presente siempre en la más ciega oscuridad”.

    Allí están las estrellas en el ojo del sapo en busca del abismo para brillar, para salir de sí mismas y conquistar otra manera de ser en el mundo. ¿No es eso lo que les va sucediendo a las palabras en el transcurso de un poema? Es signo y sentido unidos en el argumento sensible de la palabra vuelta música, tiempo, razón, rumor, límite y confín. En este libro Lumbreras traza el recorrido de un tiempo que se va aglutinando en cada poema, en cada fragmento, para ofrecernos una continuidad del ser de las cosas vividas, desde la infancia hasta el sexo, desde Adán y Eva hasta Marcial Maciel, desde el romancero hasta sus grandes maestros: Borges, Blanca Varela, Rafael Cadenas, Valerio Magrelli, Antonio Porta, Juan Bañuelos, Mario Luzi.

    El recorrido posee una topografía en tres planos: el “Pueblo de arriba” con un tono volátil: “Arroyo del Limbo donde se mira (con la garganta abierta) un jabalí”, para luego cambiar al tema de la patria en “Interludio con castillo de pólvora, calaveras lloronas y mariachi fantasma” con algunas postales de nuestro país a manera de corridos: “Con el guitarrón del ciego/ Rasgado hasta descarnarse/ Invocamos el lucero/ de la noctámbula patria.” La última parte, “Pueblo de arriba”, posee la densidad de quien ya recorrió y vivió y puede mirar de frente la infancia y la muerte: “En un umbral de las selvas vírgenes, respiró con violencia un tapir. Ese miedo animal me despertaría cinco noches seguidas durante mi infancia.”

    Continuidad: en este libro el universo dura porque hay una profundización del tiempo y, como lo dice Bergson,  “cuanto más profundicemos en la naturaleza del tiempo, tanto más comprenderemos que duración significa invención, creación de formas, elaboración continua de lo absolutamente  nuevo”. Por ello me parece un acierto que durante el transcurso de la lectura aparezcan enigmáticas fechas hacia el futuro y aunque el poeta nos explica el porqué, hay en ese juego una intuición que va más allá y que apunta en el viaje hacia un estado del alma.

    Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo podría pensarse una culminación de algunos elementos que ya se apuntalaban en El Cielo (1998) y en Encaminador de almas (1999), un viaje por lo desconocido del lenguaje para trazar rutas nuevas, y en ese andar reúne lo popular y lo mítico; hay un enfoque religioso o más bien místico pero que Lumbreras baja a las aceras. Podríamos decir que desde esos dos libros el autor sigue siendo un paisajista de sensaciones y que la forma mejor lograda es el collage: imágenes que se superponen a paisajes interiores.

    Ernesto Lumbreras busca romper lo poético en su fórmula externa, no copia ni repite, en su poema dieciocho leemos: “No me gusta la métrica del sí, el oleaje de todas las obligaciones (consteladas, vespertinas, adyacentes) y que en el mejor de los casos viene y va sin acabar de irse o de tocar para mí el aldabón de un libro cerrado, incómodo, de compartir una mesa con frutas del trópico”. Poeta de los objetos menores, de los espacios olvidados, de instantes inadvertidos o inacabados, Lumbreras forma una serie de cuadros que culminan justo con el mapa del cielo. Su juego es ese ir y venir de la inmensidad a lo intrascendente: los poemas son huellas del poeta, su caminar por aquí y por allá, colección de objetos de todo tipo que ha ido guardando y que uno a uno lo conectan con una vivencia, un recuerdo, una idea, una persona.

    Nostalgia y júbilo se van hilando a través de esa mirada ruda del sapo que no es más que una constelación de lo sutil e inalcanzable resguardados en la memoria, en las sensaciones, en el tiempo interior. Desde poemas líricos de un romancero que va enredándose a lo largo del libro (“Llevando un ramo/ de flores silvestres/ (y un coyote/ sobre mis huellas) / he cruzado el mundo/ de los vivos/ para decirte: te amo…”) hasta poemas de una prosa filosófica (“William Wordworth dijo: ‘La buena poesía es el desbordamiento espontáneo de sentimientos poderosos.’ En repetidos momentos he leído esta sentencia del poeta del Preludio; naturalidad y potencia, ni duda cabe, poseen mejores atributos que artificio y sutileza. Personalmente no descarto ni el primer par ni el segundo; me despierta gran simpatía el estado de alerta, la corazonada, el método de composición, el relámpago.”)

    La poética de Lumbreras linda con la oración, con la muerte, es una excavación de la voz para llegar a los ecos de ultratumba. Y va más allá a erigirse como un templo que le canta a la vida desde el asombro y la quietud.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Silvia Eugenia Castillero

    (Ciudad de México, 1963). Poeta y ensayista. Estudió la licenciatura en letras en la Universidad de Guadalajara y posteriormente un doctorado en letras hispanoamericanas en la Universidad Sorbonne Nouvelle de París. Tiene un libro de ensayos: “Entre dos silencios, la poesía como experiencia” (Tierra Adentro, Ciudad de México, 1992). En poesía ha publicado: “Como si despacio la noche” (Secretaría de Cultura de Jalisco, Guadalajara, 1993), “Nudos de luz” (con serigrafías de Rigoberto Padilla, Ediciones Sur y Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 1995), “Zooliloquios” (edición bilingüe, traducción al francés de Claude Couffon, Indigo Editions, París, 1997) y “Zooliloquios – Historia no natural” (CONACULTA, colección Práctica Mortal, Ciudad de México, 2003). Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en los períodos 1993-1994 y 1998-1999. En 2000 obtuvo la beca de estancia para traductores, otorgada por el Ministerio de Cultura de Francia, para traducir una muestra de “Nueva Poesía Francesa” de próxima aparición. Actualmente es directora de la revista literariaLuvina de la Universidad de Guadalajara.

  • Reseña literaria de `Ciudad fantasma. Relato fantástico de la ciudad de México´

    El regreso de la ensoñación

    Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte (ants.), Ciudad fantasma. Relato fantástico de la ciudad de México (xix-xxi), Almadía, 2013, t. I, 276 p.

     

    La literatura fantástica ha cobrado popularidad en los últimos años. Uno de los ejemplos más visibles es la obra de J.R.R. Tolkien. A raíz de las adaptaciones cinematográficas, ha conseguido nuevos lectores en todo el mundo. Se han esbozado algunas explicaciones para este auge, quizá la más frecuente es la evasión cada vez más necesaria ante una cruda realidad: ante la sangre o la falta de oportunidades generada por las crisis económicas que marcan muchos países es mejor refugiarse en mundo imaginarios. Como sucede con cualquier fenómeno cultural, este boom ha sido acompañado de burdas imitaciones cuyo único propósito es vender historias predecibles aderezadas con elementos fantásticos.

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    México no es ajeno a este auge y es cada vez más frecuente encontrar libros con esta temática. La mezcla es bastante heterogénea: distopías, ciencia ficción, terror, surrealismo. Incluso se han revalorado autores que en su época pasaron desapercibidos como Francisco Tario o Emiliano González. Algunos han empezado a nombrar esta nueva ola como “literatura de la imaginación” o “ficción especulativa”, aunque todavía falta un análisis más concienzudo de esta tendencia y, sobre todo, que el filtro del tiempo separe las obras valiosas de aquellas cuya única intención es aprovechar la moda y encontrar un lugar en el mercado.

    En este contexto, Almadía publica el primer volumen de Ciudad fantasma. Relato fantástico de la ciudad de México (xix-xxi). Por principio de cuentas, la antología es interesante porque apuesta por el relato de fantasmas, una vertiente de la literatura fantástica que ha sido poco frecuentada en los últimos años por los escritores mexicanos. Sin embargo, si sondeamos el pasado, podremos comprobar una amplia tradición de estos relatos en las leyendas que se popularizaron en la época colonial. Mujeres fantasmales penando en las calles por un amor perdido; ahorcados en perpetuo lamento por su suerte; ánimas deambulando en busca de una venganza imposible. Con el tiempo quizá la imitación de la literatura mexicana de las vanguardias extranjeras, como el realismo o el decadentismo, hizo que las leyendas coloniales cayeran en desuso o, simplemente, fueran archivadas en el folclor.

    Ciudad fantasma no se plantea como una antología que seleccione lo mejor de esta narrativa en México, sino como una reunión de textos que invocan lo fantasmal teniendo como escenario y protagonista a la ciudad de México. El prólogo de Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte —responsables de la selección— no pretende debatir la pertinencia de los autores compilados y sólo ofrece algunas líneas generales de su apuesta. Esto me parece positivo ya que evita discusiones ociosas y deja en el lector la crítica. El riesgo, como sucede en cualquier antología que aborda un tema y un contexto, es qué tanto se cumple con parámetros abstractos o sujetos a diversas interpretaciones. En el caso de Ciudad fantasma se apela a la ambigüedad del espectro y, además, a historias en las que la ciudad de México es telón de fondo o, incluso, protagonista. Estos requerimientos dejan fuera a autores que mencioné anteriormente, identificados con el género fantástico, como Tario, González y otros más que lo abordaron ocasionalmente pero cuyas tramas no tocan la figura del fantasma o no se ubican en la ciudad de México. Esto puede causar extrañeza en los lectores que esperan la inclusión de plumas afincadas en este terreno, sin embargo estas ausencias fueron suplidas por autores no tan conocidos como Rodolfo JM o Bibiana Camacho, cuya inclusión refresca el panorama de las antologías demasiado acostumbradas a reciclar una y otra vez al canon nacional.

    Hechas estas precisiones, la primera crítica que se le puede hacer a Ciudad fantasma es la selección de un fragmento de la novela La noche oculta, de Sergio González Rodríguez. La objeción no es por la calidad del texto sino porque rompe con la homogeneidad del libro. Esto resalta si consideramos que una buena historia de fantasmas debe tener, para resolver el suspenso creado por la atmósfera o la anécdota, una conclusión. En el caso del fragmento de González Rodríguez asistimos a una sesión espiritista y a un desarrollo demasiado largo, propio de la narrativa de largo aliento, que exige para su correcta apreciación la historia completa. Si a esto le sumamos que La noche oculta es el único fragmento de novela de la antología, el texto parece un tanto metido a fuerza.

    Pasando al resto de los autores incluidos resaltan, en primer lugar, los que abordan la clásica historia de fantasmas explotada por autores clásicos del género como Dickens, Algernon Blackwood o M.R. James. Tramas en las que el protagonista —escéptico en la mayor parte de los casos de lo sobrenatural— tiene un encuentro con un ente del más allá o con personajes extraños en escenarios en los que el tiempo parece detenerse. Cuentos como “Venimos de la tierra de los muertos”, de Rafael Pérez Gay; “La noche de la Coatlicue”, de Mauricio Molina, o “Los habitantes”, de Héctor de Mauleón, llevan el modelo clásico a tiempos y escenarios contemporáneos. Ambos delinean con mesura una anécdota que se enrarece gradualmente. También, no venden la trama de antemano, siembran pistas que dosifican el interés y dejan una sorpresa —una imagen en algunos casos— para redondear el final. “Lanchitas”, de José María Roa Bárcena, es el que más se apega a los viejos cuentos: el protagonista —un sacerdote— es requerido para dar auxilio espiritual a un moribundo. Los siguientes días regresa al lugar de los hechos que, como siempre sucede, está deshabitado. El sacerdote encuentra alguna señal irrebatible de que estuvo ahí y, entonces, se cierra el círculo. Roa Bárcena refleja en “Lanchitas” algunas características del romanticismo del siglo xix: una atmósfera lúgubre, paisajes desencantados y claroscuros que acompañan la mirada.

    Hay otro grupo de cuentos que se aleja de la tradición y busca lo fantasmal con una mezcla de fantasía y terror. En este punto es cuando no sabemos si la intención de los autores fue buscar la figura del fantasma desde otra perspectiva o si nos encontramos ante narraciones fantásticas que, simplemente, plantean un personaje extraño sin necesidad de vincularlo con un aparecido que aún merodea en el mundo de los vivos. Uno de los cuentos más interesantes es “Espejos”, de Bibiana Camacho: la trama va más allá del espejo como metáfora y lo utiliza como un objeto que moldea la locura del personaje. La anécdota se centra en una mujer que alquila un departamento y que, comisionada por sus vecinos, visita a sus caseros —una pareja madura— para comentarle los problemas del edificio. La plática comienza pero es interrumpida de inmediato por las apariciones y desapariciones del hombre y la mujer en los espejos que tapizan la habitación. Al final, desorientada, la inquilina tendrá dificultades para distinguir el mundo real y el condensado en la superficie de los espejos. Otro matiz tiene “El año de los gatos amurallados”, cuento de Ignacio Padilla, en el que plantea un territorio con tintes apocalípticos, con reminiscencias de los horrores cósmicos de Lovecraft, en donde los gatos asedian a los humanos que viven en un mundo oculto, subterráneo.

    “¿Con qué sueña el vampiro en su ataúd?”, de José Ricardo Chaves, y “A pleno día”, de Rodolfo J.M., apuestan por el relato de vampiros. El primero es, para mi gusto, la pieza más débil de Ciudad fantasma: un desempleado hereda una propiedad que le permite vivir sin trabajar y traficar ocasionalmente con drogas. Un día una muchacha lo visita esperando encontrar al antiguo dueño. El hombre le da hospedaje y ella se queda. Entablan una relación sentimental marcada por las drogas que consumen cada vez más. El autor dedica bastante espacio a narrar la vida de la pareja y llega un momento en que uno olvida que está leyendo una historia fantástica. Entonces entra en escena Henry Irving, un hombre que le renta una parte de la casa. Con el tiempo, el protagonista descubrirá a su inquilino como vampiro, ya que todas las noches chupa la sangre de la muchacha mientras está inconsciente por las drogas. El cuento llega a un clímax sexual entre los dos hombres y termina con la muerte de la muchacha y el vampiro. En todo el cuento hay una sensación de gratuidad, sobre todo en la segunda parte: los acontecimientos parecen valer sólo por su extravagancia pero no deparan ningún giro a la trama o plantean una relación más compleja entre los personajes.

    “A pleno día” basa su apuesta en un mosaico de perspectivas del asalto a un banco y en la caracterización de los asaltantes como exiliados españoles vampiros. El cuento maneja las voces de los testigos como elementos que descorren el misterio de los hombres que son sorprendidos por la luz solar que los destruye poco a poco.

    Por último, me gustaría destacar la selección de tres autores del canon nacional: José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo y Artemio de Valle-Arizpe. El primero participa con “La fiesta brava”, el cual aborda el concepto del doble que, en muchas tradiciones, es vinculado con el fantasma. El relato de Elizondo es “Teoría del candingas”, que retoma a un ser en el límite de lo fantasmagórico y lo terrenal, un demonio citadino que se mueve en silencio y cuya figura es usada por las madres para asustar a sus hijos. Estos autores no son habitualmente relacionados con lo fantástico, sin embargo podemos encontrar en otras obras suyas referencias explícitas o más sutiles del género. En el caso de Pacheco, recuerdo “Langerhaus”: un hombre descubre que un amigo de la infancia nunca existió y que, incluso, podría ser él. Elizondo tiene aspectos en su narrativa que abrevan de lo fantástico en la evocación, con juegos temporales y oníricos. Cuentos como “Allá…”, incluido en Retrato de Zoé y otras mentiras parten de lo sensorial pero crean un mundo de ensueño. En “Allá…” el punto de partida es el ámbito íntimo de una mujer que cose un botón mientras mira por la ventana y se sumerge en un viaje por la memoria. Artemio de Valle-Arizpe es el más representativo de la antología por su labor recopilando leyendas de la Colonia o, como en su novela El canillitas, recreando con un lenguaje lúdico y humorístico la misma época. “La llorona”, cuento breve que forma parte de Historias, tradiciones y leyendas de calles de México, da cuenta de la clásica historia de fantasmas de la ciudad de México, cuyos orígenes se pueden rastrear hasta tiempos prehispánicos: la mujer que recorre las calles agobiada por la muerte de un hijo.

    Hecho este recuento, se puede ver una amplia temática y estilos de los autores seleccionados por Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte. Como comenté al principio de esta nota, el tema fantasmal es un terreno ambiguo como para hacer una antología homogénea: algunos relatos son cuentos de fantasmas clásicos —siguiendo o renovando su tradición— y, otros, una buena cantidad, pertenecen a la narrativa fantástica que podría participar en cualquier compilación del género y cuyo acercamiento al fantasma ocurre sólo con una interpretación amplia. Me parece que la segunda parte de esta antología podrá dar más bases para el análisis. Ciudad fantasma. Relato fantástico de la ciudad de México (xix-xxi) es una pieza más de este reencuentro de la narrativa mexicana con lo fantástico. Sólo falta saber si los fantasmas, en particular, serán un tema importante en el futuro o si, por el contrario, seguirán como una vertiente marginal que aparece de vez en cuando en los aparadores.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad

  • Envés del agua de Luis Armenta Malpica

    Los tantos nosotros

    Luis Armenta Malpica, Envés del agua, prólogo de Luis Alberto Arellano, Secretaría de Cultura de Jalisco, col. Clásicos Jaliscienses, Guadalajara, 2012, 249 p.

    En la colección Clásicos Jaliscienses han aparecido antologías y compilaciones de Paula Alcocer, Carmen Villoro, Ricardo Yáñez, Raúl Bañuelos y Jorge Esquinca, entre otros poetas. Tratándose, como se trata, de libros de considerable grosor, formato generoso y encuadernación de pastas duras, amén de una fotografía del autor y un prólogo que sitúa la obra en el contexto que le corresponde, lo normal es pensar que la más reciente publicación de Luis Armenta Malpica —aparecida en esta misma colección— es cualquiera de las dos cosas: un extracto selectivo de libros ya publicados o una reedición integral de poemarios anteriores. Envés del agua, sin embargo, no es antología ni compilación: es un libro extenso, ambicioso y original, algunos de cuyos apartados (tres de un total de seis) ya se habían editado antes como poemarios autónomos. read more

  • En un laúd —la catedral de Silvia Eugenia Castillero

    La visión completa de algo incomprensible

    Silvia Eugenia Castillero, En un laúd —la catedral, Gobierno del Estado de México, Toluca, 2012, 120 p.

     

    “Poseedor del habla, poseído por ésta, cuando la palabra eligió la tosquedad y la flaqueza de la condición humana como morada de su propia vida imperiosa, la persona humana se liberó del gran silencio de la materia. O, para emplear la imagen de Ibsen, golpeado por el martillo, el mineral insensato se ha puesto a cantar.” La cita proviene de “El silencio y el poeta”, de George Steiner, y sirve para acercarse a las premisas compositivas de esta catedral que cabe en un laúd o de él brota. read more

  • Parábola de la cizaña de Federico Vite

    Los estigmas y la tormenta

    Federico Vite, Parábola de la cizaña, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2012, 104 p.

     

    En aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo. Él les contestó: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

    Mateo 13, 36-43

     

    parábola de la cizaña

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    Según la tradición cristiana, Francisco de Asís fue el primero en recibir los estigmas en sus manos, como señal de su unión con Cristo. Las marcas aparecieron en los mismos sitios del cuerpo donde, de acuerdo con los evangelios, Jesús fue herido. Además del de Francisco, el catolicismo apenas ha reconocido como auténticos un puñado de casos, pero el tema parece haber sido visitado con más frecuencia por el cine de suspenso.

    Parábola de la cizaña, de Federico Vite (1975), retoma este motivo para construir la historia de Xavier, un ladronzuelo que recibe tales marcas en sus manos y su frente a la par que se intensifican las voces que le ordenan alimentar a una jauría de perros y anunciar un cataclismo, voces que él atribuye a un origen divino, pero que siempre oscilan entre la sacralidad y la locura.

    Justamente, el primer capítulo de la novela abre estas dos posibilidades: “Al ver los estigmas en la mano y en la frente, cualquiera de los ahí reunidos hubiera pensado que ese cuerpo fue la geografía de una batalla entre dos misterios que se impactaron sin tregua: la demencia y la fe.”

    Xavier no es precisamente un hombre de fe, si bien descubrimos que las voces —que el narrador atribuye a Tomás de Aquino— vienen de un pasado más lejano al comienzo de la historia. Albañil que, en compañía de Luis, aspira a dar un gran golpe, la existencia de Xavier transcurre entre el consumo de droga y el deseo por Karla, la mujer que comparte con su compañero de correrías.

    Todas estas circunstancias son descubiertas por el lector a manera de recuento, porque Federico Vite lo instala, desde la primera página, en la conclusión de la historia: el momento en que Xavier muere decapitado por una lámina desprendida durante una tormenta. Su cuerpo mutilado a mitad del patio de la prisión es, a la vez, el cierre de la historia y la imagen inicial para que el lector, en una especie de rebobinado, recorra los acontecimientos precedentes.

    De esta manera, Parábola de la cizaña parece hacer uso de estrategias narrativas ya presentes en “Viaje a la semilla”, de Alejo Carpentier”, al narrar los acontecimientos en sentido inverso al desarrollo natural de las acciones, o de Rayuela, de Cortázar, al dejar abierta la posibilidad de más de una secuencia de lectura.

    Y tal vez en este juego es donde se encuentre el sentido del título de la novela. Porque si bien, en primera instancia, “Parábola” remita a un relato con una intención moral o edificante, también alude a una curva simétrica respecto de un eje, que se traza alrededor de un solo foco. Pareciera que los acontecimientos narrados en la novela de Federico Vite se ajustan más a la definición geométrica de la parábola: los acontecimientos, narrados en retrospectiva, abren y cierran con la misma incertidumbre sobre la demencia y la fe anunciada en el primer capítulo. Y es este conflicto, justamente, el que hace las veces de directriz de la parábola.

    Vite apuesta por los capítulos breves, centrados en una sola escena, como si la historia pretendiera ser contada a partir de una secuencia fotográfica donde cada una de las piezas muestra los elementos esenciales para que el lector reconstruya los espacios faltantes.

    Esto deriva en un lenguaje que busca la intensidad a partir de la síntesis. Así, el primer capítulo comprime en ocho líneas los elementos centrales de la historia: la estancia de Xavier en prisión, la tormenta que se convertirá en el leit-motiv de la novela y, finalmente, el conflicto interno del protagonista que se debate entre la fe y la locura.

    La tormenta que acaba con la vida de Xavier es el elemento que enlaza las historias de lo demás personajes quienes, a semejanza del protagonista, son acuciados por señales y voces similares que les advierten sobre la catástrofe o sus sobre sus propios destinos. No hay uno solo de los personajes de Parábola de la cizaña que no se vea afectado, de una manera u otra, por aquéllas.

    Luis, el cómplice de Xavier, abre/cierra la cadena de señales en el último capítulo de la novela: “—¿Crees en Dios, parna? —pregunta Luis a Xavier, quien observa con lujuria las piernas de Karla, recostada en la cama, metros atrás del sillón en el que Luis se dispone a consultar a sus espíritus—. ¿Dime la verdad, crees en Dios?”

    Pero estas mismas inquietudes sobre la existencia y voluntad divinas, así como la inminencia del cataclismo están presentes en los demás personajes cuyas vidas se conectan directa o accidentalmente con la de Xavier: el enano que se vuelve confidente suyo en prisión y que comparte los últimos instantes de su vida; Francisco, el taxista asaltado por Luis y quien sueña con reconstruir su familia; Catalina, pareja del taxista, que refiere aquel sueño premonitorio sobre su muerte, la cual será ejecutada, tal como la vislumbró, por uno de sus vecinos; el periodista que cree haber encontrado una lógica oculta entre la serie de acontecimientos violentos ocurridos durante los últimos días en la ciudad y que planea preparar un reportaje para dar cuenta de ello.

    De esta manera, Parábola de la cizaña se convierte también en una reunión de personajes videntes, atormentados por esos atisbos de futuro que no alcanzan a comprender y que obstruyen el desarrollo de sus propios anhelos individuales: ninguno de los personajes conseguirá acercarse siquiera a esos sueños que los sacarían de la marginalidad.

    En este sentido, la novela ofrece una mirada uniforme, sin contrastes. La llegada de la tormenta apocalíptica es inminente y nadie lo duda. El carácter de castigo divino de ese fenómeno meteorológico es compartido también por cada uno de los personajes: no hay, ni de lejos, alguna explicación diferente que permita dudar por un momento sobre las aseveraciones de Xavier o de cualquiera de los personajes.

    Incluso dentro de prisión, aunque Xavier es objeto de las burlas de los demás presos, éstas se acallan con facilidad apenas empiezan a manifestarse las primeras señales de la tormenta. Pareciera entonces que todo el mundo contenido en Parábola de la cizaña está convencido de la inevitabilidad del fenómeno que vendrá a poner fin a lo que conocen.

    A poner fin y no a redimir, porque la posibilidad de la redención parece descartada desde el inicio mismo de la novela. Aunque Xavier parece pretenderla y Luis, en las páginas finales, plantea la posibilidad de un castigo o un arrepentimiento, éstos no tienen como finalidad la transformación de la vida de ningún personaje sino, en todo caso, su término.

    Dos personajes parecen ser los únicos que entrevén la posibilidad de transformar sus vidas: Francisco y Catalina hacen planes, la víspera de la muerte de ella, para viajar juntos a conocer a la familia de él, para establecerse y formar una familia, pero el asesinato de la mujer trunca esta posibilidad.

    Incluso el primer capítulo, que narra el cierre de la historia, enfatiza esta nulidad del sacrificio de Xavier: apenas un cuerpo a mitad del patio inundado de la prisión, bajo una tormenta que no cesa y que, pese al tono apocalíptico con que se le anuncia a lo largo de la novela, parece tener efectos únicamente en las vidas de los personajes pues del entorno sólo sabemos generalidades: las calles y las casas inundadas, los vehículos y los cuerpos arrastrados por la inundación, pero ningún asomo de otros sobrevivientes más allá de quienes, a lo largo de la novela, han sido transmisores de las señales que vaticinaban el desastre.

    Como si la tormenta y la consecuente inundación de la ciudad fueran tan sólo el escenario indispensable para mostrar los conflictos individuales de los personajes de la historia, quienes, en menor grado que Xavier, por supuesto, se debaten todo el tiempo entre la demencia y la fe.

    Parábola de la cizaña, entonces, resulta más una exploración de las luchas espirituales de los personajes que el desarrollo de una trama apocalíptica o una historia de suspenso religioso.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Gregorio Cervantes Mejía

    Actualmente es redactor de la revista Crítica, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Es autor del libro de cuentos Cambios de Estación (Secretaría de Cultura de Puebla, 2001). Fue incluido en las antologías Los mejores cuentos mexicanos, edición 2002 (José de la Colina, ant.; Joaquín Mortiz); Antología de narradores en Puebla, Insólitos y Ufanos (Jorge Arturo Abascal Andrade, ant.; UAP, México, 2003); De claro en claro… Cuentos sobre el Quijote (AA. VV., Ediciones de Educación y Cultura, México, 2005); Fuego cruzado. Jóvenes narradores de la zona centro del país (Fondo Regional para la Cultura y las Artes, Zona Centro/Conaculta, México 2006).

  • Malagueta, Perus y Bacanazo de João Antônio

    Es marketing

     

    João Antônio, Malagueta, Perus y Bacanazo, Adriana Hidalgo, Argentina, 2012, 232 p.

     

    Ciertos libros me obligan a pensar más en las circunstancias de su edición que en su contenido. Algunas veces es precisamente la sensación de falta de sustancia, o su ausencia, la que me empuja a su puerto de origen. Malagueta, Perus y Bacanazo me planteó este problema en dos ocasiones, pues al tratarse de una traducción hay algo así como una repetición de decisiones editoriales que no comprendo del todo. No obstante, me parece que tengo más claras las circunstancias que rodearon a la edición brasileña que las que motivaron a Adriana Hidalgo a publicarlo en español. De alguna manera, lo que pretendo hacer al escribir esta reseña es explorar la pregunta¿por qué reeditar Malagueta, Perus y Bacanazo? Ya sabemos que la recepción de la literatura brasileña, por lo menos en México, no es muy buena. Uno puede culpar a las barreras del idioma, a la falta de interés de las editoriales que puede remitirse a la rivalidad histórica entre España y Portugal o a la falta de lectores de textos que, como este, se presentan con el traje de gran literatura y no dejan de ser el escritor promedio brasileño. Para ponerlo en términos más simples: ¿por qué un alemán elegiría leer a Elena Garro si tiene la posibilidad de leer a Inés Arredondo?, ¿por qué leer a Fogwill si tienes a Borges? O, siendo más dramáticos, por qué elegir a Carlos Fuentes si se tiene un Juan Rulfo. Con esto me refiero a que esperaba más de una editorial como Adriana Hidalgo, que se ha dedicado a difundir en hispanoamerica a Clarice Lispector, Guimarães Rosa o João Gilberto Noll. No sé si estoy exagerando pero las circunstancias que rodean al libro me dan motivos suficientes para cuestionarlo.

    tapa Cuentos Joao Antonio copyJoão Antonio tenía 26 años cuando se publicó Malagueta… Su edad sorprendió a la crítica, que inmediatamente le dio el reconocimiento por su obra excepcional otorgándole dos premios Jabutí —hecho inédito en la historia de la literatura brasileña—. Lo que me llama la atención es que su supuesta excepcionalidad se debe a que “su libro marcaba el fin de una cierta subrepresentación de la capital paulista en la literatura brasileña”, a una envidia por el auge de la literatura en Río de Janeiro donde convivían autores como Machado de Assis y Lima Barreto. Incluso las regiones inhóspitas del Brasil prometían gran literatura: el antes mencionado, Guimarães Rosa y Graciliano Ramos. Pareciera que la crítica paulista necesitaba con desesperación encontrar a su escritor prodigio. Además, un incendio quemó los manuscritos del cuento que cierra el libro y que le da nombre. La verdad es que el cuento no se perdió del todo como algunos quisieron afirmar. Se salvó casi por completo a través de transcripciones que el propio autor había hecho para editores y amigos. Pero los rumores sirvieron como estrategia publicitaria, pues sugerían que la genialidad del autor era tal que había reescrito el cuento de manera perfecta. Cuando un amigo lo cuestionó sobre la situación y el título del libro, João Antônio respondió: “Quédate tranquilo, Caio. Es marketing.”

    Malagueta, Perus y Bacanazo es un libro de cuentos que, a grandes rasgos, hablan de los bajos mundos de la capital paulista. Sus personajes son jugadores de snooker, soldados o aficionados al arte de patear corcholatas. De alguna manera, la mayoría de los textos reunidos pertenecen a la literatura del malandragem, ese género cuyo parentesco sería la picaresca española, pero que en el periodo del modernismo brasileño se convirtió en una estrategia más para representar el folclor: el malandro, más que ser un anti-héroe, es el héroe del bajo mundo por excelencia. Siguiendo la estética malandra, João Antônio presenta a sus personajes por medio de un narrador en tercera persona que en ningún momento los juzga. A diferencia de libros como el Lazarillo de Tormes, en Malagueta… los personajes no aprenden ninguna lección y existen porque son parte esencial de São Paulo. En este sentido, la narrativa de João Antônio me recuerda a Rubem Fonseca, aunque en este último sí se podría decir que existe una crítica a la sociedad burguesa: sus personajes siguen siendo personajes-tipo. Algo que me llama la atención en los textos es la especie de promiscuidad que hay entre el narrador y sus personajes: por medio del estilo indirecto libre y de un lenguaje que no intenta ser fiel al cotidiano sino que busca la estilización para representar, en este caso, su crudeza, borra la noción de alta cultura y cultura marginal, para que tanto narrador como personaje compartan un mismo espacio. Por otro lado, la estructura del libro es sugerente; se divide en tres partes: “Cuentos generales”, “Cuartel” y “Snooker”. Digo esto porque el libro comienza con cuentos sencillos, con personajes poco desarrollados y con un lenguaje promedio, para después pasar a textos más complejos. La verdad es que se trata de una estrategia más de marketing —como en casi cualquier texto literario— que no termina de funcionar. Siento que más que un libro de cuentos, es decir, un libro seleccionado y diseñado por el propio autor que pretende seguir algo —sea lo que sea que este algo signifique—, es el resultado de premios literarios, como bien señala el propio autor: “Podría hablar de todos los cuentos del libro. Citar que casi todos ganaron premios aquí y allí, más allá.”

    Volvamos a la edición de Adriana Hidalgo. Es la primera vez que me encuentro un libro de esta editorial con apartado crítico. Mi primera impresión fue grata porque creo que las editoriales interesadas en publicar literatura no comercial deberían de prestar más atención a esto tipo de detalles y brindarle al lector algún tipo de contexto. Aquí haré una interpretación maliciosa: ¿por qué elegir Malagueta, Perus y Bacanazo como el libro que necesita contextualizarse?, ¿por qué abrir con un ensayo —bastante superficial, por cierto— de António Cândido, el crítico brasileño por excelencia? No lo sé. Me suena a que, de alguna manera, los editores sabían que el libro podía ser un riesgo y necesitaban que algo más lo sustentara. Y ahora voy a ser más maliciosa. Aparte del ensayo de Cândido y el epílogo escrito por Rodrigo Lacerda, hay un texto del propio João Antônio que se publicó por primera vez en la tercera edición del libro. Copio un fragmento:

     

    Sobre mi nombre podrán oírse las mejores y las peores cosas. Jamás las crean. Unos suelen decir: “No sirve para nada.” Otros: “Es una buena persona.” Incluso hay quienes dicen que escribo bien. Estén tranquilos, que esos tres tipos son inofensivos como pajaritos. Sólo buena gente que habla de más. Ahora, hay un grupo que se expresa: “Es un lindo muchacho.” En cuanto a estos, yo les recomiendo, en confidencia, “¡mucho cuidado!” Allí están los que hacen elogios tontamente y traición crudamente.

    Para comenzar, diré que temo el juicio de esta conversación de quien esto escribe. Probablemente dirán que estoy posando y armando una burda fanfarronada para entretenerlos y, una vez aparecido mi libro, encuentre en las prosas blandas aquí expuestas un vehículo que los llevará a las librerías.”

    Me permito la cita larga porque es un excelente ejemplo que resume mi postura ante el libro. Debo admitir que el autor entiende de mercadotecnia y sabe que no puede ser fanfarrón deliberadamente o perderá credibilidad. Pero ahí está: todo lo que rodeó a la publicación del libro en Brasil fue un vehículo para llevarlo a las librerías. Obviamente, estamos hablando de un mercado editorial con necesidad de la publicidad para sobrevivir. Pero ¿qué pasa con la publicación en español?, ¿por qué publicar un libro cuyo éxito literario reside en el orgullo paulista? Y más relevante aún, ¿hay lectores reales para Malagueta, Perus y Bacanazo? Supongo que la estrategia de markenting seguida por la editorial argentina tendrá que ser muy buena, por lo menos en México, si quiere que Malagueta, Perus y Bacanazo llegue a las librerías[1].

     


    [1] Ignoro cuál sea la recepción en Argentina. De entrada, puedo decir que el libro tiene más posibilidades de ser leído puesto que la relación entre ese país y Brasil es mucho más cercana. Además, tiene una tradición de literatura picaresca mucho más fuerte que en México. Pienso, por ejemplo, en Roberto Arlt. Sin embargo, y tomando esto en cuenta, sigo dudando de que Malagueta, Perus y Bacanazo sea un escritor impresindible en lengua castellana que se pueda equiparar a los otros autores brasileños publicados por la editorial.

    Texto publicado en la edición 153 de Crítica


    Escrito por Francesca Dennstedt

    (Tijuana, 1988) es estudiante de Literatura en la Universidad de las Américas Puebla. Ha publicado crítica en la revista Separata. Revista de pensamiento y ejercicio artístico. Ha participado en diversos talleres de creación literaria. Actualmente trabaja en una tesis sobre la poesía de Luis Felipe Fabre.

  • Tu materia son los huesos de Andrés Téllez Parra

    La memoria enterrada

    Andrés Téllez Parra, Tu materia son los huesos, Magenta, México, 2012, 69 p.

     

    Andrés Téllez Parra (Ciudad de México, 1979) construye con oficio un libro sobre el fin del mundo, sobre el mundo de los muertos, pero también sobre el mundo de los vivos, tal vez de los vivos que están aún por morir. Un retrato apocalíptico y onírico que se aleja de los lugares tan comunes como viciados sobre zombis, hecatombes nucleares o pandemias virales que tanto llenan hoy estanterías y mesas de novedades. Como dice Salvador Gallardo Cabrera en la contraportada del libro, se habla de un mundo “en estado de desaparición, de un mundo después del fin del mundo”. read more

  • La escuela del aburrimiento de Luigi Amara

    De las drogas escondidas en algunos libros

    Luigi Amara, La escuela del aburrimiento, Sexto Piso, México, 2012, 287 p.

    En La tempestad, de Shakespeare, Próspero se desplaza de una isla a otra con el tedio como motivo latente. Siendo aún duque de Milán, cede las responsabilidades de su gobierno a su hermano Antonio y se encierra de manera voluntaria en su biblioteca —su primera isla— para ponerse a estudiar sus libros de ocultismo. La segunda isla es real y a ella llegan accidentalmente Próspero y Miranda, su hija, después de que Antonio, aprovechando la distracción del duque en los libros, se alía con Alonso (rey de Nápoles  y antiguo enemigo Próspero), pone a la milicia de su lado, se levanta en armas, usurpa el ducado y, en un barco viejo e inservible, pone a padre e hija. Después de salvarse y rehacer su vida en la isla, Próspero utiliza aquel conocimiento aprendido en los libros como instrumento de dominio sobre sus habitantes, en parte para librarse de las odiosas tareas domésticas (esclaviza a Calibán y condiciona la libertad de Ariel a cambio del cumplimiento de sus órdenes), pero quizá también para escapar del aburrimiento de aquel sitio. Leer y dominar son actividades que no sólo materializan el principio del saber cómo poder, sino que además representan modos de evasión del tedio. Los libros que fueron el remedio contra el aburrimiento de la vida cortesana y los asuntos del gobierno en Milán funcionan algún tiempo en aquella isla fantástica que Próspero conoce, conquista y a la que ya está habituado, pero que al final de la obra abandona porque, según confiesa en el epílogo, se siente viejo y cansado. Ha perdido “el poder de su magia”. read more