Leonarda Rivera

  • La razón estética de Chantal Maillard | Leonarda Rivera

     

    Publicado en 1998, La razón estética (Laertes, Barcelona) fue el primer distanciamiento que tomó Chantal Maillard del pensamiento de María Zambrano. Mientras era catedrática de estética en la Universidad de Málaga escribió dos libros ya clásicos dentro de los estudios zambranianos: La creación por la metáfora. Una introducción a la razón poética (Anthropos, 1992) y El monte Lu en lluvia y neblina. María Zambrano y lo divino (Diputación Provincial de Málaga, 1990). A éstos habría que sumarles La razón estética, un libro en el que Maillard intenta ir más allá de la razón poética de Zambrano. Este “ir más allá” no queda muy claro al principio, sin embargo su propuesta resulta esencial no sólo para entender su obra filosófica sino también la poética. read more

  • La filosofía del límite como filosofía de la cultura, de Carlos Girón | Leonarda Rivera

    Habitar el limes

     

     

    Carlos Girón, La filosofía del límite como filosofía de la cultura, Fondo Editorial Estado de México, México, 2015, 174 p.

     

    A finales de los sesenta, Eugenio Trías publicó su primer libro, La filosofía y su sombra, y su irrupción en el escenario intelectual barcelonés coincidió con el nacimiento de las grandes editoriales y la renovación misma de la vida cultural y artística de Barcelona. A Eugenio Trías le tocó ser parte de ese gran proyecto que emprendió la editorial Salvat en los años setenta: la ampliación de su enciclopedia. Y muchos escritores e intelectuales de la época circularon por las oficinas de la editorial para dejar su colaboración. En El árbol de la vida, Trías narra su experiencia como encargado de la sección de filosofía, y de los diversos cambios culturales que fue sufriendo la ciudad en el periodo de la transición posfranquista. Durante esos años, Eugenio Trías fue el introductor de algunos textos del pensamiento francés en el mundo de habla hispana. Por ejemplo, la primera traducción de Jacques Derrida se produjo en una pequeña colección de cuadernos de Anagrama. Él mismo tradujo “La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas”.

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  • K.L. Reich, de Joaquim Amat-Piniella | Leonarda Rivera

    El infierno sobre la tierra

     

     

    Joaquim Amat-Piniella, K.L. Reich, Libros del Asteroide, Barcelona, 2014, 289 p.

     

    El llamado cine del holocausto o de la memoria nos ha acostumbrado que al escuchar “campos de concentración” o “genocidio nazi” pensemos en los millones de judíos que fueron victimados por el régimen nazi. Pero no debemos olvidar que en los campos de concentración había personas de muchas nacionalidades, entre ellas españoles. read more

  • Chantal Maillard: La escritura es mi casa | Por Leonarda Rivera e Ingrid Solana

    A finales de noviembre del 2014 tuvo lugar, en la ciudad de Barcelona, el festival de filosofía “Barcelona Pensa”, organizado por la Facultat de Filosofía de la Universitat de Barcelona. Como parte de este festival, se llevó a cabo una intervención poética por parte de Chantal Maillard en el “Pipa Club Bar” donde la poeta filósofa ofreció una lectura acompañada de fotografías de la obra de David Escalona. Aprovechando la estancia de Chantal Maillard en la ciudad, conversamos con ella.
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  • Imago urbis | Por Leonarda Rivera

    Así como hay pensadores que han hallado su metáfora en el bosque, hay otros cuyo discurso parece inseparable del tema de la ciudad. De éstos, Eugenio Trías ha hecho de la imagen de ésta el espacio propio para su discurso. read more

  • Música para destruir una ciudad | Por Leonarda Rivera

    De las ciudades quedará sólo el viento que pasaba por ellas
    Bertolt Brecht

    (Versión 7)

    Debo confesarles que nombré cientos de veces esta ciudad
    cuando no la conocía/
    Cuando toda ella era sólo un hermoso nombre
    doblado en cientos de papeles

    Debo decirlo como si estuviera a punto de acusarla de algo muy grave
    o como si la fuera a dejar por siempre

    Y sin embargo esta tarde no encuentro el tono exacto
    ni el coraje suficiente
    para decir lo mucho que me duele el peso de su aire
    la extensión de su cielo cada una de sus calles

    Esta tarde quisiera destruirla en un acto de venganza
    con la furia y la fuerza de ese antihéroe que no soy

    Quisiera decirles a todos ustedes que el libro que la nombraba
    ya no existe
    Que ese libro escrito en trece versiones quedará inédito
    para siempre
    y cada versión será sólo
    un fragmento de mí retornando a la misma ciudad
    a veces bajo el sol de mayo
    otras
    bajo las lluvias inhóspitas de invierno

    Conozco la entrada a esta ciudad
    como quien conoce la malla que divide el vacío
    y sí
    odio esta ciudad
    Odio sus veinticuatro meses jaula
    sus quince días de octubre
    sus sombras que trasmutan en falsas sonrisas
    que  cuelgan de un ala
    que se despliega durante todo el mes de junio

    Si hubiera tenido el valor suficiente la habría destruido
    Y junto a ella tu nombre de pocas letras
    habría ardido veinticuatro grados de furia
    Tu falso nombre
    Tu falsa sonrisa

    Pero he aquí que este personaje
    ha perdonado a la ciudad y te ha perdonado a ti

    Las palabras me han revelado un secreto:
    la fuerza que destruirá la ciudad emana de ella misma

    Las palabras me han revelado otro secreto:
    la fuerza que te destruirá
    está en ti ya desde hace mucho tiempo…

    11p


    Escrito por Leonarda Rivera

     

    Obra grá­fica de Rafael López Castro

  • Don Juan desciende a los infiernos

    para Lenny Garcidueñas

    Audaz e insolente. La peculiar fascinación que ejerce la figura de Don Juan en el imaginario colectivo parece no tener límites. Don Juan es uno de los fenómenos más extraños de la historia de la literatura, aunque en principio no pertenezca a ella. Más extraño es verlo dentro del discurso filosófico. En Kierkegaard, por ejemplo, Don Juan representa la imagen del estadio estético por excelencia, pues éste supone una fuerza negativa, instintiva, frente a los otros estadios por los que atraviesa el ser humano, que son el estadio ético y el religioso. Pero antes de Kierkegaard, el movimiento romántico vio en Don Juan a uno de sus principales emblemas a la hora de ilustrar la creciente tensión entre intelecto y pasión. Don Juan asumió entonces la metáfora del corazón frente a la tiranía de la razón. No hay que olvidar que Don Juan es anterior al nacimiento de la Modernidad: es hijo de la Edad Media y de la Teología. No obstante, llegado el momento, será capaz de absorber uno de los problemas que acarrea el individualismo moderno: la soledad.[1]

    Visto desde una historia de las ideas, Don Juan es producto del sentimiento de una época. Hijo nato del barroco español, reproduce en su interior el horror vacui (horror al vacío) en tanto sentimiento de la época. En Don Juan hay un vacío originario, absoluto, que él intentará llenar con una sucesión de rostros, pero como se trata de un vacío ontológico nunca se colmará. El placer no remediará ese vacío originario ni evitará su marcado descenso a los infiernos.

    A mediados del siglo pasado, la filósofa española María Zambrano recupera en su discurso la figura de Don Juan. A diferencia de los románticos, para ella Don Juan no representa la imagen del corazón ardiente ni mucho menos la metáfora del corazón. Don Juan es, para María Zambrano, el círculo de la soledad absoluta. No puede amar porque el absoluto que hay en su interior no le permite salir de sí mismo; nació para no amar a nadie y para ser amado por todas. Pero la tragedia de Don Juan es su no-fragmentariedad; imposible que se haga pedazos; es el espejo que se contempla a sí mismo mientras se desgasta. Es el amor propio. El egoísmo. Su discurso no es posible sin la muerte, el peligro. Don Juan es el animal que recorre las entrañas del discurso del amor. “La vida de Don Juan es un sucederse a sí mismo, en lo mismo, pero recomenzando a cada instante, como si la vida fuera solo un instante reflejado indefinidamente en una larga galería de espejos.”[2]

    La figura de Don Juan que recupera María Zambrano es el de Tirso de Molina, que a pesar de haber nacido en época cristiana no puede sentir remordimiento, y su única manera de amar es con un intenso y fugaz arrebato. Pero no es un ser frío. Suponer que la frialdad le es intrínseca sería evidenciar la huella del hastío en él. El Don Juan de Tirso tiene todo, menos hastío. Espejo de sí mismo, le sobra la soberbia necesaria como para hacer un convite con los muertos.

    María Zambrano percibe que la soledad de Don Juan es una soledad específica. No es la soledad del amor no correspondido o la soledad del amor ausente, sino la soledad absolutista. La soledad de Don Juan nace de la imposibilidad de amar.  Es un ser único. Espejo de sí mismo. Representa la imagen del círculo que, una vez que se cierra, nunca vuelve a abrirse. “El círculo mágico se cierra y el individuo como Don Juan, espejo de esta situación viene a quedar aislado, más que solo, a solas en el espacio y en el tiempo; especie de móvil físico perdido en un espacio y en un tiempo ilimitados  […] Y como al fin es un hombre, se cree dueño de esta infinitud espaciotemporal.”[3]

    El Don Juan de Tirso de Molina ni por un instante imagina que alguna mujer pueda hacerlo feliz, no lo cree posible y no le importa. No busca sino en cada una cierta cantidad de goce, que tampoco supone será mayor que el camino a obtenerlo; él sabe que el placer absoluto no está ni puede estar en las caricias de una mujer. Los placeres del mundo son limitados, lo único ilimitado en este mundo es la energía del propio Don Juan. María Zambrano ve en él la encarnación del absolutismo en la existencia individual.

    Don Juan es el centro del discurso siempre, un discurso potente y absoluto que se despliega con tal fuerza que es capaz de absorber todos los elementos que van apareciendo en su derredor. El personaje de Tirso de Molina recrea su tragedia de forma más indiscutible. Su tragedia es el inevitable descenso a los infiernos. Pareciera que su destino ha sido marcado previamente. De haber existido un oráculo en su vida le habría predicho: “Tendrás el amor de todas las mujeres, tendrás todo el placer posible, pero tu corazón no sentirá amor jamás.” De tal forma que Don Juan será sacrificado a la Historia. El corazón de Don Juan consumirá muchos corazones sin consumirse jamás. Pero Don Juan no es un ser frío, sino todo lo contrario, no es que no ame, ama fugazmente, pero no tiene al amor como un ideal.

    Esta es la gran diferencia con los donjuanes del romanticismo. El Don Juan de los románticos, como un buen hijo de la época, persigue un ideal. El Don Juan que irrumpe en el discurso de María Zambrano está lejos del ideal romántico; se acerca, en todo caso, a la imagen presente en aquel preludio de Baudelaire que arroja a Don Juan a los infiernos.

    Al comienzo hacía referencia a otro de los libros emblemáticos del donjuanismo moderno, El diario de un seductor de Kierkegaard, donde el autor danés reinventa a su manera algunas insignias de nuestro timador. El Don Juan de Kierkergaard es cristiano como el Tirso de Molina, es cierto, pero es frío, perverso, enemigo de las mujeres y acechador cauto y experto en ellas. Entre él y el Don Juan de Tirso hay un abismo insondable. Para José Ortega y Gasset —y un poco antes Ramiro de Maeztu—, el Don Juan por excelencia es el de Tirso, pues no sólo representa el sentimiento de una época, sino también es el símbolo de aquella España inquieta, caballeril y andariega que tenía por fuero sus bríos y por pragmática su voluntad. Don Juan es el instinto sobre la ley, la fuerza sobre la autoridad, el capricho sobre la razón.

    Ni Ramiro de Maeztu, ni Ortega y Gasset, ni mucho menos María Zambrano reducirán a esta figura a la tradición literaria. Para ellos Don Juan es ante todo una energía bruta, instintiva, petulante pero inagotable, triunfal y arrolladora. Los tres defienden el origen español de Don Juan y centran sus estudios en las obras pertenecientes al barroco español: El burlador de Sevilla o el convidado de piedra, de Tirso de Molina, y Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. Al respecto, Maeztu sugiere que el Don Juan de Tirso es más fuerte que el de Zorrilla, pero el de Zorrilla es más humano, más completo, más satisfactorio. La diferencia fundamental consiste en que el de Tirso nunca se enamora y el de Zorrilla sí. El de Tirso es exclusivamente un burlador. O, como lo dirá María Zambrano, el de Tirso es una galería de espejos: si no se enamora, el mundo será suyo, enteramente, sin responsabilidad. No dará cuentas a nadie de sus actos. Será al mismo tiempo el poder absoluto y la libertad absoluta. Pero será también la reencarnación del vacío absoluto. El personaje de Tirso es la representación del círculo que no exhibe fisura alguna. Y por más mujeres que tenga en su vida, nunca conocerá el amor. Descenderá a los infiernos solo. Ese es su sino trágico.

    Tanto en la versión de Tirso de Molina como en la de José Zorrilla, Don Juan es el centro donde orbitan los elementos que en el momento indicado atravesarán su discurso. Uno de esos elementos es la figura del Comendador; éste representa la cara de la historia, de aquella historia sacrificial que no perdona jamás, y que pide a gritos le ofrenden sangre humana. En la versión de José Zorrilla, Don Juan se trasforma por un momento, se vuelve otro cuando encuentra a Doña Inés y es capaz de sentir amor por ella. Pero hay una reputación que le precede. El Comendador no sabe de la trasformación de Don Juan ni puede verlo, porque la historia tiene que aguardar a que el cambio se manifieste en actos antes de constatarlo. A veces, para la historia, las palabras pierden su fuerza cotidiana y ya no tienen honor, y por tanto no pueden legitimar ya mundos, y las palabras de Don Juan no pueden mostrar su conversión. El resto lo hace la fatalidad. Don Juan mata al Comendador y pierde con ello el amor de Doña Inés para siempre. El hecho de perder a su amor, a la única que atravesó su corazón, alterará todo el discurso. Doña Inés morirá de su aflicción y Don Juan volverá a su discurso seductor. Pero ya no será el mismo. Ya no puede ser el mismo. Ahora sabe lo que antes no sabía. Sabe que existen la bondad y el amor en el mundo, pero no para él. Este crimen está presente en las dos versiones, pero, en la versión de Zorrilla, Don Juan se salva por el amor que la niña Inés sintió por él; no importa que la haya perdido en vida, al menos en algún momento de su existencia “sintió” amor. Su alma se salva del sufrimiento eterno, no irá al infierno (recordemos que ambas obras están insertas en un discurso católico). El alma de Don Juan se salva porque Dios es testigo de su corazón. Y le perdona por haber amado y por haber sufrido. Mientras que en la versión de Tirso de Molina, Don Juan tiene que descender a los infiernos llevado de la mano del implacable Comendador.

    Cuando la figura de Don Juan aparece en el discurso de María Zambrano, su concepto del descenso a los infiernos ya está más que acotado y con un sentido distinto, aunque no deja de ser sugerente verlo desfilar ahí. En María Zambrano el descenso a los infiernos no tiene un sentido religioso sino ontológico; el descenso no es al fuego eterno sino al interior de los ínferos del ser.

     


    [1] Cfr. Ian Watt, Mitos de individualismo moderno, Cambridge University Press, Madrid, 1999 .

     

    [2] María Zambrano, La razón en la sombra (comp. Jesus Moreno Sanz), Siruela, Barcelona, 2004, p. 551

    [3] María Zambrano, España, sueño y verdad, Edhasa, Barcelona, 1998, P. 71

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Leonarda Rivera

    (Uruapan, 1984). Mereció el Premio Estatal de poesía Carlos Eduardo Turón 2010. ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, en el área de Jóvenes Creadores, 2005. En el 2007 la Secretaría de Cultura de Michoacán editó su libro La noche que derramó el vaso

  • Crítica 154

    Revista-154

    Además de Juan Villoro, en el número más reciente de “Crítica”, mayo—junio, número 154, han sido publicados Matías Serra Bradford, Josu Landa, Leonarda Rivera, León Félix Batista, Felipe Vázquez, José Aníbal campos, Víctor Armando Cruz, Daniel Bencomo, Samuel Putman, Hugo César Moreno, Rocío Cerón, Rubén Gil, Balam Rodrigo, Félix Terrones, Álvaro Luquín, Rafael Mendoza y, en la sección de libros “La vigilia de la aldea” Luis Vicente de Aguinaga, Héctor M. Sánchez, Gregorio Cervantes, Ángel Ortuño, Alejandro Badillo, Miguel Hernández, Eduardo Sabugal y Silvia Eugenia Castillero.

    Haz clic en la imagen para leerla.

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  • María Zambrano: Una lectura del realismo español

    MARÍA-ZAMBRANO

    Más de dos décadas después de la publicación de Meditaciones del Quijote (1914), de Ortega y Gasset, su concepto de “salvación”[1] reaparece en el discurso de María Zambrano. “Salvación” de las cosas pequeñas, reconocimiento del otro, reaniman la lectura que la filósofa lleva a cabo del realismo español. Su segundo libro, publicado en el exilio, Pensamiento y poesía en la vida española (1939), no sólo plantea la existencia de un conocimiento poético, sino que despliega todo un entramado que insinúa una vuelta al realismo como una de las alternativas a la crisis del pensamiento occidental. read more

  • Contraépica

    No hay nada en el interior de esta historia

    que otros no hayan contado

    Nada que el silencio no pueda atravesar con una avispa ahogada

    Ni verdad ni mentira que no se puedan quemar

    junto a esta carpa cubierta de aceite

    Ciudad imantada

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