Judith Castañeda Suarí

  • Talud, de Yuri Herrera | Judith Castañeda Suarí

    Hilos atemporales

     

    Yuri Herrera, Talud, Literal Publishing, 2016, 64 p.

     

    Dentro de Talud, breve libro de Yuri Herrera, el cuento más antiguo se ve separado del más reciente por unos veintiocho o veintisiete años. Sin embargo, ni esto ni el hecho de haber sido publicados antes en distintos medios, como nos dice el propio autor en la nota preliminar, merma ese cierto aire de unidad que posee la obra del autor nacido en Actopan, Hidalgo.

    Son varios los aspectos que otorgan dicha característica al volumen editado por Literal Publishing, más allá de la brevedad común a los doce cuentos, entre ellos el tema fantástico y la pérdida o la carencia de identidad en algunos de sus personajes. read more

  • Pasos pesados, de Gunter Silva | Judith Castañeda Suarí

    Devorados

    Judith Castañeda Suarí

     

    Gunter Silva, Pasos pesados, Myrdle Court Press, Inglaterra, 2016, 156 p.

     

    Con Pasos pesados, su primera novela, el escritor peruano Gunter Silva Passuni pone ante nosotros una obra inscrita en la narrativa de formación y centrada en la figura de Tiago E. Molina, estudiante universitario con una biografía que, si bien es difícil a causa de su orfandad, de unos estudios y un empleo simultáneos, también se parece a la vida de muchos jóvenes no sólo en Perú. read more

  • Tratado de las espirales, de Víctor Roberto Carrancá | Judith Castañeda Suarí

    La arquitectura de lo onírico

     

    Víctor Roberto Carrancá, Tratado de las espirales, Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla/Ediciones Atrasalante, 2015, 105 p.

     

    Los sueños. De ellos se ha dicho que escapan a la voluntad y a la responsabilidad de quien los genera, que son las almas, libres de la prisión de la materia, o procesos inútiles para quien los tiene, sin más. En los sueños también se ha tratado de encontrar un segundo rostro desde hace siglos, algo que puede ir de la predicción de nuestro destino a la consecuencia de un trauma olvidado, dándoles así una razón de ser.

    No sólo desde las artes adivinatorias o el psicoanálisis se intenta la exploración de este sitio y su libertad. En la literatura, un ejemplo se encuentra en Tratado de las espirales, libro de cuentos de Víctor Roberto Carrancá. Aquí, como en El espejo del solitario, su obra anterior, Carrancá se adentra en la narrativa fantástica, dándole a los sueños una forma distinta. Pueden ser una especie de tumor, la razón de los celos de una anciana o la vívida y larga visión de un asesinato, pero todos, al final, forman parte de la misma estructura, aglutinándose alrededor de un solo personaje, el Dr. Gabriel Sarcise, quien en este volumen ocupa el lugar que en El espejo del solitario perteneciera a José el Solitario. read more

  • Filibusteros, de Sebastián Gatti | Judith Castañeda Suarí

    Una estructura distinta

     

    Sebastián Gatti, Filibusteros (y su fábula), Ediciones de Educación y Cultura, Puebla, 2015, 126 p.

     

    Con el paso del tiempo, la forma y el soporte de una obra literaria cambian. Pienso en las ediciones digitales o en aquel experimento de 1959 en el que Theo Lutz, estudiante de matemáticas, filosofía e informática, introdujo en una computadora dieciséis fragmentos de El castillo, de Franz Kafka. Después la programó para que buscara sustantivos y verbos, y el resultado fue un poema escrito por la máquina en varias tarjetas. “No todos los espejos están cerca”, “no aldea es tarde”, “un castillo es gratis”, “cada agricultor está distante”, fueron algunas de las frases que no requirieron de una mano que las compusiera a la manera tradicional, es decir, nadie se sentó al escritorio ni preparó hojas blancas y una máquina de escribir, y tampoco la mano que introdujo los fragmentos de Kafka a la computadora necesitó empuñar un bolígrafo y llenar el papel con trazos, con tachaduras. Considerando esto, la transformación de las estructuras que dan sustento a una obra –la epistolar, por ejemplo, la historia construida a base de recortes de periódico, el trozo de realidad que no obedece al inicio/nudo/desenlace tradicional–, ¿qué otras posibilidades hay para la experimentación?, ¿una computadora que escriba no lo que le dictamos, sino nuestros pensamientos sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra? Tal vez. Mientras se hace realidad este escenario, creo que uno de los caminos para la experimentación es el regreso a las viejas huellas y el ajuste de éstas a nuestros pasos, como medir sílabas en plena era del verso libre. read more

  • Algo tan trivial, de Fausto Alzati Fernández | Judith Castañeda Suarí

    Avalancha

     

     

    Fausto Alzati Fernández, Algo tan trivial, Festina Publicaciones, México, 2015, 100 p.

    I. Pienso en la mano de Fausto Alzati Fernández, autor de Algo tan trivial. Es un dibujo negro en el papel. Mantiene la misma posición, parece un puño presto al golpe mientras un tono rojizo le colorea los nudillos, la yema de unos dedos que presionan el teclado como si quisieran romperlo, o bien sostienen con demasiada firmeza un bolígrafo, si hemos de atender a su dueño cuando afirma: “Comencé a escribir a mano. Eso cambió todo el modo en que escribo. El modo en que pienso. El modo en que explico qué me pasa día a día. En la computadora se corrige y se regresa. Con la pluma sigues y te equivocas y sigues”. read more

  • Cuentos para leer sin compasión, de Horacio Quiroga | Judith Castañeda Suarí

    Quiroga de nuevo visitado

     

    Horacio Quiroga, Cuentos para leer sin compasión, Conaculta, México, 2015, 378 p.

     

    I

    Propongo, para una obra clásica, un entorno más semejante a algo probable que a la generalización, un escenario donde, como para escribir, no existe una receta que deban seguir quienes se acercan a la lectura. En él, las novedades que llenan las librerías semana a semana, mes con mes, ocupan el primer plano, espacio donde es importante llamar la atención de posibles compradores. Envueltos en tal dinámica, los aparadores cambian su apariencia muy pronto mientras, afuera, las personas asomadas a estos anaqueles se vuelven testigos del viaje de un título, el cual inicia tras los cristales frontales y, después de hacer un alto en alguna de las mesas interiores, concluye en el área que el comercio le asigna según su temática. read more

  • El hijo de la virtud, J. P. Longobardo | Judith Castañeda Suarí

    Forma y fondo

     

    J. P. Longobardo, El hijo de la virtud, ViveLibro, España, 2014, 300 p.

     

    Dos líneas de tiempo transcurren paralelas a lo largo de las páginas de El hijo de la virtud. La primera de ellas comienza el 7 de agosto de 2011 con un incendio, con una estampida humana que huye de Dharavi –“el suburbio más oscuro de Mumbai”, en palabras del autor– y una joven pálida “mujer y niña a partes iguales” que se abre paso, tratando de avanzar en sentido contrario, hacia la zona devorada por las llamas. read more

  • Para subir y caer, de Juan Carlos Reyes | Judith Castañeda Suarí

    Inasible

     

    Juan Carlos Reyes, Para subir y caer, Tierra Adentro, México, 2015, 96 p.

    Reúnes datos, cuentas bolígrafos, tantos de tinta verde, azul y roja, cuentas libros, piezas metálicas de determinado grosor y largo, después anotas esas cifras en un registro o bien las ingresas a un documento electrónico. ¿Por qué? Quieres saber cuántas piezas metálicas del mismo calibre hay en la primera estantería del fondo. Seguridad, conocimiento. De cualquier modo, tendrás la sensación de que algo se te ha escapado. Un artículo de papelería que olvidaste en la gaveta más pequeña, un volumen que se encontraba en el estante al momento de hacer el recuento pero que ahora no está pues alguien lo tomó o lo robó o lo cambió de lugar. Y entonces vuelves a contar o a revisar, desarrollando así una obsesión. read more

  • Murallas, de Gabriel Bernal Granados | Judith Castañeda Suarí

    Delgada línea de frontera

     

     

    Gabriel Bernal Granados, Murallas, conaculta, 2015, 88 p.

     

    A lo largo de las poco más de ochenta páginas que componen el libro de Gabriel Bernal Granados flotan con insistencia varias preguntas: ¿quién narra? ¿Cuál es el hilo que une los seis relatos? ¿Se trata de cuentos, de una novela breve?

    Me parece que a cada una de ellas corresponde la misma respuesta: la solitaria palabra de tres sílabas que da título a la obra, Murallas. Aunque no se trata de esas enormes paredes construidas para defensa de un fuerte, de una ciudad; más bien imagino dichos muros como un conjunto de derrumbes, como algo muy endeble que se presenta frente a los posibles lectores para colapsarse. read more

  • Paternoster row | Por Judith Castañeda Suarí

    RC Sasha y oso

    Mi amado es quien me ofrece compañía,
    mi Dios, el que alivia mi corazón.
    Dentro de mí su aliento, su punzón,
    torna el tormento en grandiosa alegría.

    ¡Oh, quedaos!, no es menester pedirlo,
    fecundad mis surcos vuestra simiente.
    Mi pequeña ánima os será fiel siempre,
    alabándoos con su canto de mirlo.

    No importaría hallarme en el averno,
    saldar mis pecados entre sus llamas,
    pues miel y no castigo sempiterno

    es vuestro amor para las pobres almas.
    Para ellas, es Paraíso un Infierno
    alzado con gloria de vuestra palma.

    Discurro en la penumbra de los pasillos, en el silencio de cuando los otros se recogen para dormir, sólo a la espera del día, de las habitaciones ahítas de los favores tibios del Altísimo. Mejor es la mañana, el mediodía o la tarde, las horas entre la prima y la nona. También me apetece más la actividad de los hombres en la calle y no el silencio, escuchar cómo hablan de tipografías, de manuscritos y miniaturas, de la última redada en busca de títulos dañinos, de nunca finalizar ella, confundida con la primera, con las que seguirán hurgando hasta en el último brote nacido de mano del Creador para limpiar a sus hijos de la herejía.
    Olvídome de la noche con sólo tocar la claridad en los muros, la derramada sobre las baldosas. No importa si el blanco no es para mí, si abomino de él porque hace tiempo me fue arrebatado. Es grande bendición tenerlo en los dedos y no hallarme cercado por la oscuridad y los espacios vacíos, por las plegarias, fórmula vedada para mis labios. Y es que lo claro puede ocultarme, no así la noche: es en esa vastedad donde vuelvo a ser la criatura de niebla que vi dentro de los ojos de aquel hombre, atormentados por el terror.
    En un principio él no vino a esta casa, sólo sus órdenes, su sombra, vertida en quienes revolvieron cada celda, en quienes con gran diligencia arrancaron el relleno a los reclinatorios, vaciaron armarios y desprendieron hojas a cualquier libro que sospecharan pernicioso: el enorme de bordes gastados, el de tapas más gruesas, el de páginas sin encuadernar, el abierto por mitad sobre el escritorio. Así, en ausencia, dicho hombre encontró el tan buscado sustento de un proceso.
    Lo escribí. Negar tal autoría hubiera sido igual a negar la misericordia de Dios al otorgarnos en ofrenda a su Hijo o la presencia de Su mano en el mundo temporal y en el inmaterial. ¿Cómo atreverme a hacerlo? Habría tenido para mí el filo de los remordimientos además de esta oscuridad. Decir “no salió de mi mano”, declarar repudio a esas líneas…, no; mis hombros no están preparados para semejante lastre. Lo escribí, repito a los recuerdos del proceso, a los juristas del Santo Oficio, hoy meras lápidas cruzadas de quiebres bajo la custodia de ángeles con alas de mármol. Y no encuentro mal ninguno en ello; ¿existe acaso falta en amar a Dios y en afirmarse suyo incluso más allá de los dominios del Padre, en pedir para mi seno Su luz, Su presencia? No.
    Pero el tribunal no lo entendió así. Sus funcionarios recitaron el soneto letra a letra. El soneto y su borrador. Destilaron putrefactos humores los catorce versos y las ocho líneas sin métrica ni rima, volviéronse una insinuación al Maligno en voz de esos hombres vestidos de negro. Mi deseo de alivio, de compañía, la blanca grandeza que torna en Paraíso el reino de sulfuro y fuego, tomó para sí las vetas rojas de la lujuria y de la soberbia que declara sincero un falso sentimiento y lo esgrime como estandarte.
    Grité, mi rostro tinto en ira. Ésa es una calumnia, vosotros calificáis de pecado un deseo del corazón, el más puro, el de caminar siempre junto a nuestro Creador. Nadie atendió mis palabras. Por el contrario, continuaron agregándole torsiones a aquel cuerpo de víbora: la simiente de Dios en mi alma se tornó en algo abominable, en un apetito libidinoso contra natura, la sensación de tener cerca la presencia divina que, nada más invocarla, planta un Paraíso Celestial sobre los infiernos, fue una afirmación impronunciable hasta para el más necio blasfemo: el Infierno y el Cielo están hechos de la misma sustancia, luego son idénticos.
    El proceso terminó en un “retractaos, pedid perdón, idos al menos con limpieza en el alma”. Terminó en una sentencia a la hoguera.
    Ese fuego aún por venir señaló el final de un domingo apenas en su hora tercia, domingo iniciado mucho antes cuando, con las manos atadas, desnudo hasta la cintura y montado en un asno, me arrastraron detrás de una voz que enumeraba mis faltas.
    La vergüenza. Tan sólo recuerdo los gritos en mitad de una plaza muda. Proferíalos alguien de quien conservo la voz chillona y nada más, su discurso, en el que con suma abundancia se repetían las voces herejía, blasfemia, infiernos, eternidad, aberración, discurso que después convocó a los demás a escupirme a la cara, a arrojarme puñetazos y rocas, insultos aún más dolorosos por venir de criaturas salidas, como yo, de la mano divina.
    Quise hacerles notar su equivocación; a esos seres anónimos y a mis acusadores. ¿Acaso ellos no ansiaban contar con el consuelo de nuestro Dios, acaso sus deseos eran distintos al de poseer un alma sin mácula, hogar adecuado para la presencia del Altísimo, acaso sus trabajos y fatigas no habrían de purificarlos según los mandamientos del Señor? Pero fue imposible defenderme; por la mordaza y por el ardor de los azotes del religioso calvo, tan poco asistido por la razón como quienes corrieron a presenciar el cumplimiento de mi sentencia en aquella plaza.
    Luego de esa fecha vino la oscuridad de una celda. Y la hoguera.
    Se repitió el paseo en la plaza, el asno cedió su puesto a un carromato de madera del cual tiraban dos caballos sin crines, huesudos, y pregonaron mi falta los diablos, las llamas del sambenito ardiendo hacia abajo. Era el inicio de la mañana y el poste, la leña nueva y el estrado para los funcionarios del Santo Oficio ya esperaban.
    Escuché el discurso que mucho antes, en el tribunal, había registrado el notario: mi nombre y lugar de residencia, mi descripción, la de un encanecido y enjuto varón de 45 años, los cargos a través de los que me hice merecedor de una sentencia de muerte.
    Dejé de prestar oído en cuanto esa sombra solicitó clemencia para mi alma, haciendo eco de la otra, la nocturna, que me instó a reconocer mis pecados, a limpiar mi espíritu a fin de presentarme en pureza frente al Creador. ¿Cómo se atrevían esos seres a adornar el tufo de su aliento con la blanquísima guirnalda de la palabra divina?
    Di un respiro largo, cerré los ojos y recité mi soneto; la cercanía de la muerte por fuego estaba quebrantando mi voluntad. Miel y no castigo sempiterno es vuestro amor para las pobres almas, repetí hasta marcar mi lengua con dichos versos, para ellas, es Paraíso un Infierno alzado con gloria de vuestra palma.
    Las palabras huecas de quien oraba por mi salvación, registradas en más de un acta, así como las mías, se rompieron cuando un brazo enguantado de negro se asió al mío para conducirme escalinatas arriba. Subí contándolas. Nueve, el número de círculos en el Infierno. Y después el fuego, y la piel carbonizada y el tormento del humo cerrándome los canales de la nariz; ¿en verdad mis versos poseían un calado, un cimiento ancho y profundo para sustentarse en él y no caer pese a las calamidades? Volví a llenar mi pecho con el aire de la hora tercia, rendí la cabeza. Debía imaginarme como un infante ansioso, a la espera del regreso de su padre y de los relatos de su viaje, con los que poblaría sus sueños de doncellas cubiertas de seda azul y dragones atravesados por la lanza de un santo.
    El aire nuevo no sólo me limpió el pecho; con él también liberé mi alma de sus dudas. Los nueve círculos del averno desaparecieron, las dagas anaranjadas de la hoguera todavía sin encender tomaron la apariencia de una alfombra de pétalos cubriendo un pasadizo al Jardín Celestial. La leña y el poste serían un punto en el trayecto.
    El brazo del guante negro me colocó de espaldas contra el poste, ató mis manos y rodeó con esa misma cuerda mis hombros, mis piernas. El soneto volvió a mi mente. Mi amado es quien me ofrece compañía, dije y ensayé ese inicio con otras palabras, Él marchará conmigo más allá del final de los tiempos, tenderá hacia mí Su mano antes de que tropiece, murmuré, los ojos siempre cerrados.
    Entonces alguien confundió este gesto con la pronunciación de una fórmula de adoctrinamiento y me acercó a los labios un crucifijo dorado, pequeño, donde el Hijo de Dios agonizaba casi sin rostro, los brazos apenas un par de hilos a punto de desprenderse del tronco. Me volví porque no quise descansar mi fe en tal baratija y porque vi a quien estaba sosteniéndola. De poseer el enemigo malo una apariencia para confundirse entre los humanos era aquella, una de oscuridades agazapadas al fondo del sayo, una de dientes idénticos a cuchillas y brasas debajo de los párpados.
    Pero no verlo no bastó, el chirriar de esas pupilas me quemó el rostro, mostrándome que los azotes de aquel religioso calvo parecerían caricias entre doseles comparados con los latigazos de la hoguera, que el domingo inaugurado con la vergüenza, con el discurso que describía mis faltas, estaba próximo a terminar.
    No acepta el favor divino, quiere para sí la condenación eterna pues se sabe carne de los avernos, miradlo con fijeza cada uno, estad prestos a reflejarse en él y tened en cuenta lo malsano de su ejemplo, escuché antes de pronunciar de nuevo mi soneto, ahora como si fueran los santos óleos, murmurando mientras el verdugo se acercaba, la tea en una mano y el poema en la otra.
    Dejé de oír, miré a medias. Los racimos de puños crispados y cabezas entre los edificios grises del tribunal, su escarnio a gritos, las miradas hacia uno y otro flanco en la mesa de los funcionarios, fueron una pintura inacabada. En tal quietud movióse el fuego de la tea al papel y en seguida a la hoguera. Mi alma, Tu compañía, respondí a tal luminosidad, Tu compañía, Tu andar sobre la huella de mis plantas, Tu sombra como sombra de mi sombra… No lo hubiera hecho. La devoción que motivara aquellas palabras se volvió cristal quebrado, tomó semejanza de la mueca de aquel que me acercara la baratija en forma de cruz y acabó recitando el soneto para mofarse de mí.
    Los inquisidores, al final, fueron asistidos por la razón; el tribunal ejecutó a un pecador, a un blasfemo con el cuerpo lleno de lascivia, orgulloso de cargar su falta más allá de la muerte. Aunque no fue un alma corrupta quien llenó el papel de versos y consagró el fruto de su creación al Señor, agregándolo a las Sagradas Escrituras justo en la página donde da inicio el Nuevo Testamento. No; el soneto y su borrador los compuso un deseo sincero, exento de suciedad; el blasfemo vio la luz en la plaza y perfilóse merced al lomo del asno y los azotes y las escalinatas y el verdugo de fuego.
    Aún me mueve a compasión ese inocente, ese descubridor del infierno, pues como alma libre del cautiverio de un cuerpo todavía estoy expuesto a aquellos tormentos no dirigidos a la carne. A pesar de eso en muchas ocasiones, yo mismo con el halo blanco del mundo al ser tocado por una tea en medio de la oscuridad, hablo con él como entonces, mientras los familiares removían las cenizas ya frescas del auto de fe. Estúpido, creíais estar en comunión con el buen Dios y mirad en qué agonía terminasteis, digo, junto a su oído, y mi reclamo lo confina a un círculo donde el castigo consiste en murmullos de nunca terminar.
    Y lo veo, una antorcha bajo la mañana. Y vuelvo a sentir las ataduras, la caricia del elemento purificador, el nudo corredizo del humo. Y me conduelo por causa suya, porque después de aquella noche se tornó imposible su existencia.
    Cuando los familiares del tribunal habían limpiado mucho más de un montículo de cenizas, cuando otros registros sepultaron el de su proceso en los archivos, él seguía en esta casa, la que fue suya, rondando pasillos desiertos, extrañando en sus pies el frescor arenoso del embaldosado, siempre con una perla en mitad del corazón: la esperanza de purgar una falta ignorada y encontrarse con celeridad ante la presencia palpable de Dios, porque nada más invocar su nombre no le bastaba; el soneto, después de todo y como aseguraran los teólogos, carecía de cimientos bastantes.
    Y entonces ocurrió. La soledad de las celdas empezó a desasosegarse con andares presurosos y enormes escritorios de pino y roble, con cajas, con pergaminos casi hechos polvo y actas donde se alargaba el suplicio de recientes condenados. De sólo ser eso habría continuado a la espera del Paraíso, pero tal movimiento alcanzó los murmullos de su castigo, tornándolos ayes sin pausa, confesiones a gritos ante la amenaza de otra vuelta, de otro azote, de otro instante.
    Restituyóse la vergüenza, los cuestionamientos acerca de la legitimidad de un tribunal nombrado por el Señor para ser Su representante en este mundo, para juzgar y castigar a título Suyo. Regresó el potro, reducido a astillas detrás de sus recuerdos, y las amonestaciones para cesar de hablar con falsedad y limpiar una conciencia, las vueltas al garrote, los “por Dios sacratísimo, ya os he declarado cuanto conozco, recorreré mi memoria a fin de daros una respuesta satisfactoria, mas ¿qué queréis que os diga, de qué verdad se trata?, sí, hay marranos en mi familia, sí, pretendemos postrarnos ante la presencia del Crucificado y nos guardamos de comer carne de cerdo, deteneos, por caridad…” Volvió también la gasa que evitaba al Hijo de Dios el sufrimiento de presenciar una tortura.
    Y ese ingenuo poeta engrosó tales interrogatorios con lamentos fuera de tiempo. Y por sus gritos recibí aire en abundancia, una piel distinta y un esqueleto fuerte, pero continuó mi carencia de sangre. Y siendo menester buscarla, empecé a caminar por donde alguna vez se dibujó su sombra, cada noche, al filo de la hora de los demonios, en la mano una tea hecha con la voz de los supliciados vuelta luz azul.
    Los nuevos habitantes de la casa corrían a esconderse bajo los dinteles o aferraban crucifijos sin Cristo y, de cara a la pared, recitaban las frases huecas de cualquier devocionario, pensando que su miedo les confería el volumen justo para nombrarlas oración. Y yo devoraba ese miedo, gotas blanquecinas, mitad humor germinativo mitad agua, sin embargo insuficientes para teñir de rojo mis vasos muertos.
    Tal situación un día también cambió; hubo mayor actividad en la casa: brazos con hatos de pliegos, sirvientes repoblando la celda de quien escribió el soneto. Gracias a esos hombres sucios y gruesos, de jubón grasiento, me asomé a aquella habitación; antes nunca lo hubiera hecho. Descubrí una mesa enorme, cinco tablones fijos al muro del fondo, tres sillas de piel claveteadas de plata, monásticas, un pequeño frasco y una pluma gris, papeles diseminados sobre la mesa.
    Alguien entró. Más espectro que hombre. Seguí sus pasos desde la puerta, lo vi pasar un pañuelo sobre su coronilla calva, quitarse las antiparras y alisar su túnica antes de sentarse. Alcanzó uno de los pliegos, acarició la pluma del frasco. Una sombra lo interrumpió.
    Y cuando imaginaba la santidad de los versos que saldrían de aquella mano suspensa, la búsqueda de la correcta acentuación, la delicadeza en las palabras, el espectro vació lacre en la esquina inferior derecha del documento que le ofreció quien lo interrumpiera. Proceso, sentencia, folio, a tantos de tantos del año de Nuestro Señor, leí por encima del sello carmín, de la posterior firma en negro. Era un dueño de vidas, y la tinta del frasco sirvió no para hacer cantar al papel, sino para silenciar a uno de aquellos prisioneros.
    Grité, como los habitantes de las mazmorras. Mi voz abrió una ventila al fondo del pasillo superior. Una mañana o tarde, presente inesperado en la oscuridad de aquella casa, escurrió por la escalera. Ambos espectros se quedaron inmóviles. Estamos en un lugar muy antiguo, dijo sin alzar la vista el sentado, acomodándose de nuevo las antiparras, innumerables recovecos hay en estas construcciones, señor secretario, de techo a sótano, seguro fue un viento pasajero, no debéis preocuparos, venga, acompáñeme, debo comunicaros un mensaje para los alguaciles. Salieron, luego sus sombras doblaron el pasillo y desaparecieron en la sala principal.
    A partir de ese encuentro mi transcurrir tomó la apariencia de un pico golpeando las baldosas y terminó por atar las manos de cada hombre a su crucifijo. Día y noche, aun dormidos, los ocupantes de la casa rodeaban su cuello con el hilo de cuentas negras. Antes eso habría bastado para colmar mis venas; luego del escudo de armas de lacre, de la firma al calce en el acta, dejé que las gotas blanquecinas del miedo penetraran la porosidad del suelo. Ni siquiera iba a intentar beberlas cuando me saciaría sólo la sangre de quien autorizó una sentencia con una pluma y dos o tres de giros de la mano.
    Pronto ese hombre estuvo a solas en la celda de la gran mesa. Fue un domingo, doble de tantos, de aquel durante el cual quemaran un soneto y a su autor. El funcionario del Santo Oficio regresó mientras la plaza aún exudaba humo. No tenía las antiparras pero lo reconocí; los gruesos cristales no hacían sino resaltar el amarillo de esos ojos entre el negro de los demás. Soltó su cuerpo en la misma silla y enterró la cabeza entre sus brazos. Lo escuché en el aire de la hora sexta. Se quejaba de la gruesa tela oscura de su túnica, de la hoguera duplicada en lo alto cuando hasta la noche del sábado el tiempo había sido fresco.
    No tuvo oportunidad de levantarse otra vez. Para vengar la afrenta hecha a las estrofas del poeta, muerto por segunda vez cuando el tribunal ocupó su casa, me arrojé sobre su cuello. Al voltearse pude ver mi nuevo cuerpo. Nunca he sabido si fue por mi premura o por el diluvio universal que eran sus pupilas, pero no pude reconocerme. Parecía una mera lechosidad en la penumbra de la habitación y no un alma.
    El hombre quiso enterrarme las uñas. Me guardé los insultos; las palabras eran para el espectro del escritor, en cambio ese asesino, copia fiel de otros tantos, tendría las dentelladas, la piel arrancada de sus huesos, su sangre corriendo por mi garganta.
    Al terminar la ejecución, los funcionarios regresaron para encontrar un fruto de carne cruda desprovisto de su vaina. Llenaron la celda con lo malsano de su vómito, con rezos imposibles de separar de los gritos, con el revoloteo de buitre de sus túnicas. No podía ser él, impensable, hace unas horas lo habían visto poniéndose de pie en la plaza, dijeron, iba sudoroso y enfermo pero lo cubría una piel.
    Ni entonces ni al levantar un corro de sombras alrededor de su tumba, los funcionarios pensaron localizar copia alguna de aquel soneto merecedor del Infierno. Y al encontrarla, y cuando la cotejaron con el acta correspondiente, no se les ocurrió que con el acto de quemarla condenarían a uno de los suyos al fuego.
    El inquisidor aún respiraba cuando le abrí el vientre. Rogó misericordia, creyó aferrar mi muñeca al crispar sus manos, me salpicó de sangre y al final cesaron las convulsiones. Lo miré, semejaba un tronco seco. Su rito funerario consistió en recibir mis dedos en sus entrañas, en otorgarme la piel de su torso para la preparación de un pergamino que no fue necesario curtir, como supuse, pues nunca me serví del líquido de sus ojos ni de la ponzoña que hinchaba sus partes pudendas ni de su estiércol; un roce de mis palmas resultó suficiente.
    Con el pliego hecho una superficie adecuada para la escritura, debía elegir la tinta. Me acerqué al frasco puesto en mitad de la mesa y dudé. Las palabras se arrancan de las entrañas, me dije al mirar el recipiente por segunda vez, y los pactos entre un humano y los infiernos se sellan con sangre.
    Sumergí más de tres ocasiones la pluma en el charco nacido del vientre del inquisidor y en seguida empecé a transcribir el soneto y su borrador. Fecundad mis surcos vuestra simiente, mi pequeña ánima os será fiel siempre, alabándoos con su canto de mirlo, leí a la par, de tal manera no será menester llegar al Cielo, para ser digno… Me regocijé pensando que el poeta anterior a mí se complacía enredado en la tea del pasillo. Y el posterior auto de fe en torno a esa copia de sangre y piel humana, el humo que llenó la plaza hasta después de vísperas, terminó saciándome.
    Nunca volvió la sed. Tampoco el condenado por hablarle a su buen Dios con papel y tinta, con los sonetos de su alma. Y yo, pared por encima de los muros, cielo raso debajo de las vigas de roble, permanecí aquí, testigo de la mudanza del tribunal subalterno, de la llegada de cajones de libros con alguna rasgadura en el lomo, de redadas nuevas y Biblias en lengua vulgar ocultas a prisa entre las tapas de un título de piadosa interpretación.
    Me encuentro a solas. Si por ventura fuera posible, a falta de una esperanza de Paraíso, sentir de nuevo la vieja sed, vestiría aquella túnica de nata, dibujaría surcos en el embaldosado. Infinita inutilidad esa; los nuevos inquilinos consultan documentos de filosofía y ciencias, de historia, y en ellos han aprendido a no temerle a los espíritus en pena.


    Escrito por Judith Cas­tañeda Suarí

    Escribo cuen­tos y tra­bajo en una libr­ería. Y aunque eso sea algo para cel­e­brar, los años siem­pre estarán con­t­a­m­i­na­dos con dos man­chas negras: la ausen­cia de mi abue y mi profe, Ale­jan­dro Mene­ses. Los extraño desde el primer minuto.