Juan Rulfo

  • Rulfo y Arreola: poéticas coincidentes | Felipe Vázquez

     

    Cifrar el silencio en la escritura, la ambigüedad de alta tensión, la fragmentariedad, la poesía en prosa, la brevedad, la capacidad para poblar de sentido los vacíos de la trama narrativa, la potencia de la enunciación, la renuncia a la escritura y su condición de escritores imposibles son recursos, estrategias y cualidades literarias que hermanan a Juan Rulfo y a Juan José Arreola. La visión del mundo, la temática y la construcción de personajes singularizan a cada autor, lo que dio pie a que Rulfo fuera considerado regionalista y, Arreola, cosmopolita; pero si los leemos a partir de sus propuestas escriturales, a partir de la forma en que articulan el texto literario, descubriremos que tienen más afinidades que diferencias. read more

  • Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza | Gabriel Wolfson

    Montones de indios

    Cristina Rivera Garza: Había mucha neblina o humo o no sé qué, México: Penguin Random House, 2016, 245 pp.

     

     

    Hace ya casi diez años que Felipe Vázquez publicó –en esta misma revista, Crítica, número 126– un muy sólido ensayo sobre la posibilidad de que fuera real cierta ‘leyenda negra’ en torno a la supuesta intervención de Arreola, la pequeña ayuda del amigo Arreola, en la estructura de Pedro Páramo. Vázquez se toma mucho trabajo, 54 pacientes y concienzudas páginas ya en la versión en libro (de 2010, y que casi nadie cita en relación con esta polémica), no para asentar que Arreola ayudó a Rulfo, sino para demostrar que, con el material a nuestra disposición hasta ahora, es imposible clausurar toda posibilidad de tal ayuda. read more

  • Sí se culpe a todos | Por Fernando de León

    Juan Rulfo

    Juan Rulfo

    Nota preliminar de Oser Serón

    Debo aceptar que como bibliófilo el destino me puso en la ruta de verdaderas joyas inéditas que más tarde pude dar a conocer: como un segundo fragmento de la novela trunca de Juan Rulfo El hijo del desaliento de la cual él sólo publicó el fragmento “Un pedazo de noche”.

    Al respecto te aclararé que no conocí a Juan Rulfo. No sólo eso, sino que no conocí a nadie que lo hubiera logrado. Pero lo vi una vez en Zapotlán el Grande. Para ser precisos: la noche del 26 de agosto de 1940. Él, como yo, era también parte del público de una conferencia que ofrecería el historiador de Sayula, apellidado Figueroa Torres. Un grupo de escritores había organizado un Ateneo, al parecer, por iniciativa del propio Alfonso Reyes. Rulfo me atinó una vez con su mirada torcida, como la colilla de su cigarro que contra toda ley universal de gravitación se negaba a caer y tuve la impresión de que me lanzaba esa mueca que en él se podría llamar sonrisa. Sujetaba con pereza una carpeta ajada y parecía lamentar no tener una silla libre alrededor donde dejarla. La conferencia comenzó y el historiador anunció mediante un título pomposo y puntalmente hiriente que hablaría de la traición y los traidores en Zapotlán el Grande. Fue, en efecto, un recorrido por la documentada infamia de cada habitante de aquella población y de cada uno de sus ancestros. No dejó títere con cabeza y la pena ajena se volvió en mí una nausea más física de lo que hubiera creído pues, quizá debido a las tostadas de cueritos que me había comido una hora antes, me asaltó un retortijón que me llevó a paso veloz a buscar el baño de la biblioteca donde se efectuaba aquella denigración pública.

    Entre sombras encontré el interruptor del baño de hombres sólo para descubrir con horror que la única taza estaba tan en el olvido que había sido invadida por una telaraña enorme con su respectiva araña capulina al centro. Incómodo y urgido resolví meterme al baño de mujeres, casi limpio y sin arañas, esperando que ninguna entrara —ninguna mujer— en ese momento, pues me vería con mayor horror que el que yo sentí por la capulina. Haciendo del cuerpo estaba cuando una situación nueva se presentó: se fue la luz. Una tiniebla total inundó la Provincia de Ávalos y tentaleando, no sin miedo y asco, logré salir del baño de mujeres.

    Habían pasado un par de minutos desde el apagón y mis ojos ya se acostumbraban a la oscuridad cuando choqué con una luciérnaga. No: era el cigarro de Rulfo. Era Rulfo el que salía de la sala como un fantasma sólido que casi me tumba. Acto seguido, el coordinador de la lectura encendió un fósforo y por esa pobre luz pude ver que todos los presentes habían aprovechado el apagón para irse de la molesta conferencia sin tener que despedirse. Rulfo entre ellos. En el piso, justo donde choqué con él, había quedado su carpeta. La levanté del suelo con la esperanza de regresársela apenas nos volviéramos a encontrar, pero eso ya no sucedió.

    La carpeta contenía un capítulo recién escrito de una novela de Rulfo que se llamaría El hijo del desaliento. El capítulo se titulaba “Sí se culpe a todos” y, seguramente lo llevaba consigo pues pensaba mostrárselo a Don Alfonso Reyes cuando terminara la conferencia.

    Ahora es sabido que casi veinte años después, en 1959, publicó en las páginas de  la Revista Mexicana de Literatura otro capítulo de esa novela inconclusa: “Un pedazo de noche”, pero gracias a mí y a aquel encontronazo, el texto inédito de Rulfo “Sí se culpe a todos” se difundió en las páginas del suplemento Diorama de la Cultura, del Excélsior en 1962, y aquí lo reedito para morbo de otros bibliófilos.

     

    sí se culpe a todos*

    juan rulfo

     

    Gente que no conozco, gente que ya no existe. Yo sólo sepulto a gente que no conozco. Siento que ése es mi trabajo: no conocerla. Hace poco trajeron a mi madre muerta. Hacía tiempo que no la veía pero no la había olvidado. La reconocí por su cabello que todavía parecía estar vivo, que se movía con el viento y se encogía con la lluvia. Cuando la vi le dije a mi ayudante que a ella yo no la iba a enterrar y supo clarito que ella algo me llamaba, pues yo no sepulto gente conocida.

    Un día decidí que ya no volvería a hacerlo. El día en que sepulté a mi hijo. Fue tan fácil meterlo en su cajita. Estaba ligerito. El agujero que cavé no fue grande ni profundo; no era necesario. Pero cuando arrojé sobre él la última palada de tierra me dije “Ya no. Ya nunca”. Y lo he cumplido: todos los días sepulto a alguien y me pagan por eso. La gente que no conozco y que ya viene muerta es la mejor gente del mundo: por enterrarla alguien más me da para comer, sin hablarme me distraen y los difuntos tampoco se aburren cuando les hablo.

    Una vez que llegué de malas al cementerio, al otro, al de la ciudad en la que antes trabajaba: fue la vez en la que Pilar rompió su promesa de ya no ser mujer de la calle. Claro, yo la conocí por las calles de esa ciudad, y no llevábamos ni tres veces de vernos cuando ella me dijo que le siguiéramos juntos; con lo que yo ganara de sepulturero estaba bien, que nos alcanzaría para vivir, pero dos meses después de que nació nuestro bebé llegó la noche cuando se rindió y se fue de nuevo a las calles a buscar clientes y volvió con dinero diciéndome que lo único que me pedía era que la dejara dormir de día, y que no le reprochara nada. Por la mañana, en el cementerio, no se me quitó el coraje hasta que saqué a un fulano de su cajón y lo agarré a patadas: el muerto me aceptó el berrinche y cuando lo bajé de nuevo a su fosa yo ya me sentía más tranquilo. Hablar con un vivo, incluso uno que se dijera mi amigo, nunca fue tan consolador como aquello. La gente muerta es la única que se deja querer.

    Pilar no. Me dejó cada noche con nuestro bebé al que le pusimos mi nombre: Claudio Marcos y el chiquito lloraba cada rato como sabiendo que su madre andaba de regreso por la mala vida. Yo le cambiaba el pañal y le daba tortillas sopeadas en caldo de frijol, pero ni cuando estaba limpio y sin hambre paraba de llorar. Como no podíamos dormir ninguno de los dos, nos fuimos a la cantina: a lo mejor viéndome consolarme con una botella de charanda se consolaba él también. A veces funcionó y se quedó dormido en un equipal, a veces su llanto se mezcló con las canciones de José Alfredo que sonaban en la sinfonola. Parecían llorar la misma pena.

    Una noche me pasé de copas. Apenas podía con mis huesos. Estaba casi sólo en la cantina. Los que quedaban estaban más borrachos que yo. Nadie me dijo: “cuidado con la criatura.” Nadie me aconsejó: “vete despacio, por las piedras”. Nadie me avisó que yo ya ni podía ni caminar bien y apenas abracé a Claudio Marcos, di dos pasos y tropecé; me fui de lado contra la pared. Mi chiquito se dio contra el muro en la cabeza y no volvió a llorar nunca más. Cuando me paré y lo levanté vi la mancha de sangre en el muro y aún borracho comprendí que había matado a Claudio Marcos. En su nombre me había matado a mí mismo. Ojalá alguien me hubiera visto. Ojalá alguien me hubiera ayudado o, por lo menos, ojalá alguien me hubiera dado de golpes hasta matarme ahí mismo. Pero no había nadie en su juicio. Si alguno abrió un ojo cuando nos caímos pensó que soñaba una pesadilla. Yo hubiera querido soñarla solamente, despertar y escuchar el chillido del bebé pidiendo comida, pidiendo a su madre, pidiendo vivir hasta zafarse de nuestras miserias. Pero no. Ésa pesadilla es mi vida. No se despierta de algo así.

    Un día le dije a Pilar que con esa vida suya que llevaba sólo podría tenerla quieta el día que la sepultara, pero ni eso iba a poder ser, porque luego de enterrar a Claudio Marcos le dejé una nota como esas que dejan los suicidas, pero que decía “Sí se culpe a todos: a mí y a ti y al mundo podrido, por la muerte de nuestro bebé” y me largué de regreso al pueblo del que un mal día salí.

    Lo sé: lo mío es enterrar gente muerta. Eso de morir se lo dejo a los demás. Yo los sepultaré con gusto, siempre y cuando no los haya conocido.

     

    * “Sí se culpe a todos”. Diorama de la Cultura, Excélsior, 2 de septiembre de 1962, p 14.

      Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.


    Escrito por Fernando de León

    Fernando de León nació en Guadalajara, Jalisco, en 1971. Fundador y subdirector de la revista El Zahir. Editor de la revista Luvina. Es autor de los libros de cuento: La estatua sensible (1996), La obscuridad terrenal (2001), Cárceles de invención (2003), La sana teoría (2006), Apuntes para una novísima arquitectura (2007); y la novela Historia del ojo y lo volátil (2010).

  • Un tiempo suspendido. Cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo de Roberto García Bonilla

    Juan Rulfo: cronología de su vida y de su obra por Alberto Cue

    ¡Pensar que ese bloque del Yo encuentra sus partes fuera de él!

    Paul Valéry

     

     

    En años recientes, sobre todo a partir de la celebración de los cincuentenarios de sus dos libros, se publicaron algunos títulos enfocados a la relación de la vida y la obra de Juan Rulfo, con particular atención en la biografía del escritor. Destacan principalmente dos biografías: Noticias sobre Juan Rulfo (2004), de Alberto Vital, y Un extraño en la tierra, de Juan Antonio Ascencio (2005). En marzo de 2009 (con dato de edición de 2008) se publicó Un tiempo suspendido. Cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo, de Roberto García Bonilla, y un año después, en marzo de 2010, apareció la segunda edición. Los tres títulos indican, tras medio siglo de crítica rulfiana y una inmensa cantidad de trabajos, el creciente interés por la figura del escritor, interés siempre menor que el que ha despertado su breve pero admirable obra literaria, pues la biografía propiamente dicha se ha esbozado durante muchos años a partir de referencias dispersas, en forma de anécdotas, algunas más legendarias que otras, y en trabajos parciales y tentativos.1

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  • La voz agónica de la Revolución por Enrique Serna

    Los movimientos culturales siempre van a la zaga de los estallidos sociales, porque hace falta una distancia temporal para calibrar su importancia histórica. La literatura de la Revolución dio sus mejores frutos a mediados del siglo XX, cuando Daniel Cosío Villegas y Jesús Silva Herzog ya daban por muerto el impulso libertario y justiciero de 1910. Su diagnóstico fue acertado, pues el apogeo de la corrupción en el sexenio de Miguel Alemán puso en marcha un proceso degenerativo que tocó fondo en el último tercio del siglo XX, cuando los gobiernos de Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y Salinas de Gortari reprimieron salvajemente a la población y llevaron el país a la bancarrota. Los estertores de la dictadura del PRI han vacunado a varias generaciones contra la retórica de los logros revolucionarios, de manera que en la actualidad una importante corriente de opinión condena la Revolución en bloque y considera que no dejó nada bueno para el país. Pero al menos en el campo de la narrativa sí tuvo un efecto positivo, pues gracias a ella un pueblo tradicionalmente sumiso, condenado a la inexistencia, adquirió una fuerte personalidad literaria, aunque los encargados de modular y decantar el lenguaje de la tribu, el español rudimentario de los campesinos alzados en armas, hayan puesto en su boca una crítica acerba de la gesta social traicionada.

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  • Un caso de fervor

    Jorge Aguilar Mora, La sombra del tiempo. Ensayos sobre Octavio Paz y Juan Rulfo,

    Siglo XXI Editores, México, 2010, 136 p.

    ¿Quién es Jorge Aguilar Mora? En alguna ocasión reciente, un grupo de escritores mexicanos jóvenes escuchó tal nombre y se hizo la pregunta. Varios eran buenos lectores de Bellatin, Fadanelli, Sada o González Rodríguez; sobre el crack se soltaron en general comentarios duros y terminantes, pero en cualquier caso todos manejaban los nombres de sus integrantes y algunos títulos de sus obras; se hablaba de Toscana, González Suárez, Parra, Enrigue, si bien, junto al conocimiento de montones de nombres, afloraba el escepticismo conforme las fechas de nacimiento de otros autores nombrados se acercaban a las de los jóvenes escritores; Villoro parecía una asignatura obligada, evocable gratamente por unos y con tedio por otros; y aun había quien se decantaba por el canon de rarezas, de Tario a Alain-Paul Mallard. Pero de Aguilar Mora apenas llegó a deslizarse una referencia borrosa: “Creo que vive en Estados Unidos”.

    Como quizá les pasó a otros lectores de generaciones posteriores a la de Aguilar Mora, yo llegué a sus libros atraído por esa especie de ejercicio honesto y masoquista en que ha consistido la crítica que le ha dedicado Christopher Domínguez. Entre mis ensayos favoritos de Christopher, el destinado a Reyes en Tiros en el concierto: ante uno de los más normativos de los escritores mexicanos, Christopher puede hacer los deberes a un lado y distraerse un poco, intentar una lectura sesgada, no tan definitiva y territorializante como otras suyas y sí en cambio molesta, inconforme, impertinente. Y lo mismo ha ocurrido con algunos escritores que, en cierto sentido, le quedan en el extremo opuesto: ya no Reyes sino Revueltas, Salazar Mallén, recientemente Fabre, y también Aguilar Mora: en su devoción lectora, en su entrega a una verdad sólo emergente en el espejeo entre escritura y mundo, Christopher ha intentado, digamos, traerlos al redil, y sin embargo no ha podido dejar de fascinarse con ellos, autores que, si Christopher sólo hablara desde ese redil, no podrían ni mucho menos fascinarlo.

    Yo no sé si sea cierto lo que dice Christopher de Aguilar Mora: “tiene más lectores, devotos e irritados de los que su personalidad, entre hosca y mustia, haría sospechar”. Yo sospecho, más bien, que en México lo leen unos pocos o muchos académicos, quienes siguen sus pistas en el rastreo de obras como la de Guzmán o como las de autores —Nellie Campobello, Rafael F. Muñoz— que Aguilar Mora, casi en solitario, puso de nuevo en circulación. Fuera de ese ámbito, y del de algunos entre quienes hubieran leído y admirado sus novelas de los setenta, tengo la impresión de que se lo lee y se lo comenta muy poco, sobre todo dado el interés que, me parece, podría acarrear involucrarlo en el juego crítico de la literatura mexicana, sumar sus libros más decididamente a nuestro panorama, contraponer su escritura a muchas escrituras nuestras que, sin darnos cuenta, se abocan a exploraciones minúsculas en espacios que, pareciendo gigantes o seductores, están en realidad acotadísimos: algo así como una rutina sudorosa en el gran gimnasio de las transnacionales de la edición. Y aquí aprovecharía de nuevo otra frase de Christopher: “Yo le profeso una admiración plagada de dudas y querellas; admiración honrada pues no exige ni recibe correspondencia alguna”, porque creo que da en otro clavo: acaso a Aguilar Mora no se lo comenta porque, como no vive aquí ni participa en las mesas redondas o los consejos de redacción de las revistas, no da premios ni becas ni escribirá en retribución —y porque, por decirlo de alguna manera, no ha dado el famoso “salto” a Anagrama.*

    La sombra del tiempo reúne dos largos ensayos sobre dos figuras prominentes de las letras mexicanas, Paz y Rulfo. Sin embargo, como en otros trabajos críticos de Aguilar Mora —ejemplarmente, en Una muerte sencilla, justa, eterna—, uno se encuentra no sólo con disquisiciones más o menos afortunadas sobre tal o cual autor, tal o cual tendencia literaria: uno se topa con un sujeto encumbrado por su escritura, alguien que halla en la prosa —aun en la prosa crítica— el único espacio quizá para desentenderse de las restricciones del pudor, la caridad o la conveniencia: para combatir la incesante desubjetivación de nuestra tempestuosa o tediosa vida social. En la actualidad, y no sin cierta desesperación, muchos ensayistas se esfuerzan —o dicen que se esfuerzan— por ligar su trabajo crítico o académico a su propia vida, como si, digamos, se dieran cuenta de que el Sistema Nacional de Investigadores pudiera evocar una cadena de producción que los aliena de su trabajo y frente a la cual sólo puede reaccionarse merced a unas cuantas semillas autobiográficas regadas en la llanura de la retórica académica, o mejor, mediante un párrafo introductorio donde se “confiesa” el interés privadísimo que movió a la elección del especializado y árido objeto de estudio. Diría incluso que, mientras más se dice tal propósito personalizador, más nos encontramos al final con las puras buenas intenciones, o, en el peor de los casos, con emulaciones irreflexivas de una tendencia, por otra parte, llena de sex-appeal.

    Muchos años después, frente al pelotón del conacyt, Monsiváis descubriría que eso que escribía desde las páginas de La cultura en México iba a llamarse, sencilla y prestigiosamente, Estudios culturales. Muchos años después, también, tampoco, tal vez a Aguilar Mora ya no llegaría a interesarle saber que su forma, su impulso de escritura iban a atormentar las cabezas de muchos ensayistas e iban incluso a aparecer como la soñada derrota de la barrera entre práctica y análisis, entre objeto y sujeto de estudio. En el ensayismo, sin duda, hay más de un camino, y en las páginas de esta revista he indicado mi admiración por escritores como Saborit o González Rodríguez, que están muy lejos de exhibir su vida en sus textos. Como se apuntó arriba, desconfío de quienes programáticamente nos someten al desfile de sus minucias y miserias personales suponiendo que tales confesiones —y aun el gustito cínico de jugar con tal suposición— son materia necesaria y suficiente para el ensayo. Pero también, qué remedio, me siento quizá más lejos de quienes, entregándonos prosas pulcras y llenas de gracia, puedan escribir sin que nada de lo que escriben, y sin que el hecho mismo de escribir, les afecte en absoluto.

    Y esto para decir que, en todo caso, en Aguilar Mora hubo desde antes, o desde siempre, una escritura que, se tratara de novelas o ensayos, se anclaba confiada, casi candorosamente, en su biografía: del hermano muerto en el ya referido Una muerte sencilla, justa, eterna al azoro frente al nacimiento y la existencia del hijo en el libro que nos ocupa. O bien, los desencuentros entre Aguilar Mora y Paz, las alteraciones de la ferocidad y la cordialidad en esa relación, que son ya

    también, desde luego, materia vital de Aguilar Mora, y como tal, el punto de partida de este libro. Que ya de entrada, en la introducción, hay un posicionamiento categórico y de apariencia muy poco dialogante no queda duda: “Otra de las motivaciones —que anuncio aquí porque tal vez no sea muy evidente en el cuerpo de mi ensayo— es componer un lamento: Octavio Paz perdió mucho tiempo y mucha inteligencia tratando de ser quien no podía ser. Su fracaso no es trágico, es patético: quiso cambiar su pasado, quiso cambiar al Octavio Paz que no había sido para que correspondiera con el Octavio Paz famoso y reconocido, y ahí se perdió en un laberinto más destructor que el de la soledad, el laberinto del narcisismo dogmático y dictatorial. No aprendió nada de lo que había criticado: adoptó las actitudes de las figuras políticas que aborrecía. Y no aprendió nada de lo que había leído: la poesía no fue su compañera, no fue su destino, fue su instrumento, fue su escalera para subir a la sima (sic) del desvarío.”

    Y sin embargo, es claro —aun si no incluyera Aguilar Mora explícitas indicaciones al respecto— que nadie que no considerara importante, estimulante, aprovechable una cierta obra le dedicaría mucho tiempo de la propia vida para leerla, pensarla, anotarla y construir argumentos sobre y contra ella. Porque eso es lo que hace Aguilar Mora: construir argumentos (y al publicarlos, los somete al escrutinio y al diálogo, desde luego) y no simplemente acumular juicios implacables —a menudo espectaculares en el caso de que sean negativos; aburridos y no obstante, como con Paz, proliferantes cuando positivos—. Así, su ensayo —por su discurrir reflexivo y filosófico, también por su inclemencia y contundencia, cercano al ensayismo de Gutiérrez Girardot— arranca, por ejemplo, con una línea de Paz, un solo verso inaugural, con el que abrió la primera de sus “Vigilias” que a su vez abrieron la andadura de Taller, la revista de fines de los treinta. Una línea: “…y la naturaleza, frente a mí, muda e indiferente”, luego de la cual Aguilar Mora ha de trazar un esbozo de cierta poesía posromántica que tuvo que lidiar, por fin, con la intemperie, con la cancelación de la ilusoria trascendencia —y su acompañante, la sinceridad “como un valor moral de la poesía”—, ejercicio poético que, aunque se desdobla en las voces de Vallejo, Huidobro o Martín Adán, parece concentrarse, como lo enfatiza Aguilar Mora, en José Asunción Silva. ¿Por qué? Porque, como se lee varias páginas adelante, el trabajo poético de Paz arranca en el punto donde Silva —con los versos finales de “La respuesta de la Tierra”: “La Tierra, como siempre, displicente y callada, / al gran poeta lírico no le contestó nada”— lo había dejado, en esa “constatación definitiva de que la naturaleza no significa nada”. Sin embargo —y para esto Aguilar Mora ha de leer minuciosamente un ensayo temprano de Paz, “Razón de ser”, y traer a colación muchas más obras de las vanguardias latinoamericanas—, al poco tiempo del punto inaugural de las “Vigilias”, Paz la emprende contra esas vanguardias, mezclando y confundiendo sus límites y objetivos, como si, para el caso mexicano, todas las tentativas cupieran en la empresa de los Contemporáneos, o como si todo fuera una herencia común de Valéry: “de manera asombrosa —escribe Aguilar Mora—, en menos de un año, Paz había cambiado hacia una dirección exactamente contraria a la que se había propuesto en la primera de las ‘Vigilias’”, una dirección que pareciera haber olvidado la lección antitrascendental ya presente desde Silva o la lección antisimbolizante de cierto Novo y, añade Aguilar Mora, de varios de los narradores de la Revolución.

    Hasta aquí, un resumen de los argumentos sólo de la primera parte del ensayo sobre Paz, un ensayo que tarda en arrancar, que luego parece desperdigarse en ligerezas, y que al final, no obstante, se amarra y resuelve brillantemente como resultado de un arduo y paciente trabajo. Se le pueden discutir varios asuntos al resto del ensayo —yo, por ejemplo, discutiría la rapidez con que Aguilar Mora se desentiende de los estridentistas, o bien la preeminencia que otorga a “Piedra de sol”, un poema donde, me parece, mucho se subrayan las contradicciones entre la forma y la composición del texto, y sus postulados u objetivos “teóricos”—, pero no que no se sostenga en una lectura me­ticulosa —el detalle que sólo puede brindar el fervor, el fervor crítico—, coherente y argumentada de la obra de Paz, ni que deje de ofrecer ideas estimulantes sobre ésta. Por ejemplo, la manera en que el Paz estructuralista de los sesenta reescribe la obra del Paz casi antivanguardista de los cuarenta, como para escribir ahora unos ya imposibles poemas surrealistas que en­tonces no escribió. O por ejemplo, en torno a El arco y la lira, las reflexiones de Aguilar Mora sobre la estructura del pensamiento y el discurso pacianos: si Paz siempre demandó autocrítica pero fundamentalmente de las pasiones políticas, Aguilar Mora hace ver lo necesario de un estudio que analice no sólo las tesis expuestas por Paz en sus ensayos, sino las formas poco autocríticas y las condiciones de posibilidad de tales tesis, algo que, a mi gusto con reveladores resultados, habían probado ya Bolívar Echeverría al enfrentarse con El laberinto de la soledad y el propio Aguilar Mora con La divina pareja.

    En último término, la imagen del Paz poeta que traza Aguilar Mora nos remite, me parece, a la de aquel frente a quien Paz muchas veces quiso enseñar distancia: Alfonso Reyes. Es cierto, como enfatizó Anthony Stanton, que cuando Reyes lee El arco y la lira experimenta una lejanía insalvable, y que las diferencias son fáciles de percibir sobre todo cuando se contrasta El arco… con El deslinde. Sin embargo, como apunta Aguilar Mora, el pensamiento poético ya consolidado de Paz resulta sumamente cercano al del Reyes armonizador, capaz de subsumir vanguardias y radicalismos nuevos o viejos bajo el signo de la conciliación: “La sensación final —escribe Aguilar Mora— es que Paz no quiso admitir las posiciones contradictorias como lo que eran: otras ideas tan legítimas como las de la armonía universal, y no sólo confirmaciones paradójicas de ella. Su gran debilidad fue la insistencia en concebir la teoría de la poesía como el único camino para regresar al origen. Esta idea hubiera reforzado su autenticidad si Paz la hubiera confrontado con otras convicciones igualmente coherentes pero opuestas a su idea de ‘vuelta’. No lo hizo. Para él, esa relativización de la teoría era algo inaceptable. Estaba más interesado en imponer una verdad que en afirmar una fe” como también al del Reyes genealogista que, discretamente, acaba siempre por situarse como núcleo o vértice de sus constelaciones culturales: “En algún momento, que yo ahora no sabría precisar, a Paz lo devoró la figura social del poeta en detrimento de la interioridad de su quehacer poético. ¿Dónde comenzó esa autofagia? No pregunto ‘cuándo’ porque me parece más importante indagar en qué punto de articulación de su proyecto vital como poeta y como pensador cedió finalmente ante la presión del espejismo de ser ‘un poeta’ y no de ser un simple ser humano que, con el lenguaje en el cuerpo, se enfrenta a los misterios de este mundo, el único que había para él y para todos los hombres.”

    Y son estas conclusiones las que, creo, hacen que el ensayo de Aguilar Mora permita una aproximación a la obra de Paz mucho más enriquecedora de lo que en principio podría pensarse, una aproximación que, en vez de invitar a voltear la vista hacia otro lado, genere de verdad muchas más lecturas: ¿no podemos empezar a ver a Paz de manera más humilde y sencilla, más como un apasionado curioso y singu­lar, como un deslumbrante caso de fervor, en vez de como un iluminado, un hombre total, una sinécdoque de la cultura, una suma de lo mejor de la nación? ¿Más como un escritor —esto es, un hombre que a veces escribe, como Christopher justamente lee a Revueltas— y no como una Ley espiritual del pueblo?

    En la misma introducción del libro a la que me referí arriba, Aguilar Mora presenta su ensayo sobre Rulfo fundamentalmente como un ejercicio de devoción. Una devoción que compartimos muchísimos, claro, pero que mediante trabajos críticos como el de Leonardo Martínez Carrizales —Juan Rulfo: los caminos de la fama pública— y el de Felipe Vázquez —Rulfo y Arreola: desde los márgenes del texto— puede interpretarse como una devoción generacional: aquella que, desde los sesenta, asimiló el mito de la genialidad de Rulfo y arrancó sus propias lecturas a partir de darlo por hecho: asentado el genio inefable, queda sólo cantar las bondades de lo indescifrable, o en todo caso descri­bir los rasgos del jeroglífico rulfiano. Ahora bien, en el texto de Aguilar Mora aparecen la devoción y bastantes cosas más, entre otras una disposición crítica, lo que en todo caso alimenta de mucho mejor forma la entrega devota. Y entre otras, también, y de manera aún más acentuada que en el texto dedicado a Paz, aquel anclaje, verdadera dependencia del ensayo con respecto a las peripecias vitales del autor. Por ejemplo, una página magistral, donde se cuenta cómo conoció Aguilar Mora la obra de Rulfo: gracias a una serie de equívocos narrados con mano sobria, nada espectacular, el adolescente va a dar a casa de Sergio Magaña, con quien encarna la antigua práctica ritual del maestro y el discípulo y quien una tarde, sorprendido porque su joven visitante no ha leído Pedro Páramo, le lee en voz alta, completa, la novela de Rulfo. Junto a ello, con momentos muy altos, varias páginas deshilachadas sobre la paternidad, reflexiones a veces privadas, herméticas, que remiten oblicuamente a lo expresado sobre el símbolo y la trascendencia en el ensayo sobre Paz: aun así, o quizá gracias también a ellas, uno lee ahí a un tipo obcecado, tan lúcido como por otra parte ciego, cegado por ciertas obsesiones, es decir: uno lee a un ensayista verdadero. En este sentido, leer La sombra del tiempo, y en particular el ensayo sobre Rulfo, no es sólo leer un li­bro sobre Paz y Rulfo —lo que ya valdría la pena—, sino leer, inequívocamente, un libro de Aguilar Mora: puede haber ahí po­ca humildad y poca cordialidad con los benévolos lectores, pero también una efectiva necesidad intelectual y expresiva.

    Pero además, la devoción de Aguilar Mora (“Vivo […] para tener el privilegio de poder leer estas palabras: Vine a Comala…”) supone también un contrapunto con el primer ensayo y, sobre todo, una paradójica desmitificación: el autor de esas palabras cuya lectura justifica una vida no es más el genio inexpugnable, el creador singularísimo que se distingue con un golpe de magia del resto de los hombres, sino “ese hombre cualquiera, taciturno, que las escribió”. Y dada esa desmitificación del autor, corre natural la desmitificación de las lecturas mitificantes de Pedro Páramo: a partir de un examen cuidadoso de la mezcla de estilos directo e indirecto en varias frases de la novela de Rulfo, Aguilar Mora la presenta como la culminación de un proceso no de consolidación de los mitos —como las lecturas típicas del boom, de las que resulta ejemplar el ensayo “Juan Rulfo: el tiempo del mito” de Carlos Fuentes— sino de materialización radical de los símbolos: “No hay final para la historia, el apocalipsis ha dejado de ser un mito posterior a la experiencia humana en esta tierra, para convertirse en una forma de vivir dentro de este mundo; no hay orden en la naturaleza, pero sin el azar de la naturaleza no hay reconocimiento de que la única salud, la única belleza y la indispensable tragedia consisten en que las palabras se transformen en nuestras palabras, los objetos en nuestros objetos, el mundo en nuestro mundo. (…) En el eterno retorno de la única lectura posible de la novela, todo termina siendo literal. No se puede hacerle decir al texto, ni a los personajes, nada más de lo que están diciendo.”

    Los mitos, pues, abandonan en la obra de Rulfo su imponente pretensión de señalar el origen y se convierten, en cambio, en imágenes, las imágenes obsesivas de un autor que, de igual manera, deja de ser un sujeto genial para trabajar en cambio como un hombre común: no un escritor, alguien que confecciona novelas, volúmenes de cuentos, sino aquel que se entrega a una sola idea, a una imagen.

    Imagen ésta de escritor que, por cierto, una vez más gana para mí Aguilar Mora con La sombra del tiempo. No es sólo que, nuevamente, cierre su desbalagado ensayo con una sentencia que lo ata y que, a la vez, aleja a Pedro Páramo de ese carácter de oráculo nacional que desde hace tiempo se le ha atribuido (“No, Diego, no somos hijos de Pedro Páramo, ni él fue padre de ninguno de nosotros”), sino que, mientras avanza la argumentación, mientras se cumple propiamente con el avanzar, aparecen párrafos infrecuentes en nuestras escrituras, líneas frescas y descarnadas, alegres y patéticas, tremendas e inmediatas, nuestras. Con uno de esos párrafos me gustaría cerrar estas notas: “Como en su trato con los símbolos, Pedro Páramo, en su trato con la narración, se constituye a contracorriente: en vez de llevarnos de la ignorancia a la revelación, nos lleva del conocimiento a la ignorancia. Nos hace ver, insoportablemente, que en el origen del lenguaje hay complicidades inconfesables, quizás porque el lenguaje se propuso salvarnos de vivir a cada instante la inevitable impotencia de lo orgánico y de lo simbólico. Por eso, tal vez, el lenguaje se propuso convertirse en un símbolo de símbolos, en una protección contra las intensidades desolladas de la vida. Y gracias a él entregamos sentido, creamos sentido. Es lo único que sabemos hacer, lo único que sabemos crear, lo único que sabemos ser. No es más que ser, pero es más que morir. Es más, incluso, que vivir. Con el sentido, al menos, vivimos creyendo que nuestros destinos son una misma piel, una misma tierra, un mismo espejismo del cielo.”

     


    Escrito por Gabriel Wolfson

    Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética). Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.