Juan Leyva

  • Tres poemas | Juan Leyva

    Bote pateado

     

    a la memoria de Gabriel Vargas

     

     

    vamos pateando botes

    vacíos por la canica read more

  • Dos poemas | Por Juan Leyva

    TU VOZ

    ronroneo de bobinas
    luz en polvo
    rumores o siseos de celuloide
    gis de sombras read more

  • Para qué sirve la literatura

    Enseñanza y revelación, abismo o tarda droga… La obra literaria se despliega en un rayo a un tiempo didáctico y desquiciante no exento de placer…

    Y sin embargo, el hecho de que hoy más que nunca tengamos que hablar de la importancia de leer subraya —como nada— la anemia escolar en que sobrevivimos. Leer y escribir se practican de manera precaria o incipiente, y quienes lo hacen ya de tiempo muestran debilidades incluso en el empleo de los géneros expresivos que más necesitan. Se infiere una enorme falta de reflexividad en ambas prácticas, la ausencia de una lectura de calidad que despliegue las llaves de la escritura (y del pensamiento).

    Autor, iglesias, príncipes, estados conocen los valores inductivos del texto, que no ha dejado nunca de ser un área de disputa por los saberes. Paulatinamente, los maestros se afanan por una iniciación escolar que parta de las vivencias del lector para ingresar al mundo de la obra, y no por imponerla como baúl de verdades y bellezas inobjetables. Leer y escribir, escuchar y hablar a partir del descubrimiento de su importancia en la vida se convierten en núcleo de esta enseñanza.

    Hoy día, sin embargo, el Estado posee muchos canales para inducir los saberes básicos del funcionamiento social; de ahí su falta de interés en enseñar o promover cualquier lectura (la educación en serio parece preocuparle aún menos). Una sociedad, no sólo el Estado, se interesa en modular información para sus miembros, pero sabe o debe saber que sólo puede hacerlo de manera limitada, porque cada uno es dueño de un potencial que lo lanza, tarde o temprano, a sus búsquedas personales. Nuestro problema es que ni siquiera nos dotamos del mínimo instrumental para la ruta.

    Leer y escribir forman parte de un instrumental que jamás —como en cualquier oficio— está del todo completo ni dura para siempre, sino que cambia, se atrofia y se renueva (leer es un continuo aprendizaje). Es una tarea sobre la cual —al igual que muchas en México— no hemos acabado de tomar rumbo… Nada urge… No faltará a quién culpar de las consecuencias… ni a quién pedirle fiado para afrontarlas…, pero están ahí y estarán, aunque a veces ni aun los más urgidos de la lecto-escritura parezcan dispuestos a aceptarlo. El texto, en tanto modo de plantear conductas y situaciones, sigue esperándonos; mas, hoy por hoy, leer no es chic ni es guau, y aun corre el temidísimo peligro de ser intenso.

    Hace poco, en una de esas reuniones decembrinas, un amigo del mundo gerencial me preguntó cómo era posible ganarse la vida dedicado a escribir, investigar o enseñar literatura. En su lógica de productos y rendimientos, le extrañaba que alguien pudiera dedicarse a las letras. Le dije que el mercado era magro porque en México se lee poco y se enseña poco la literatura. Me dijo que el problema del escaso mercado para los literatos era que no traducíamos los valores de la literatura a los económicos, o sea, no explicábamos los costos en dinero de no leer o no saber leer (parece que la ocde lo está logrando). La conversación terminó por diluirse entre las opiniones de los demás y el hecho mismo de que estábamos ahí para encontrarnos, y no para una charla monotemática. Estuve de acuerdo en la importancia de explicar a los tomadores de decisiones el costo económico de no guardar contacto con la literatura (mi duda es si realmente no lo entienden, como veremos). Por lo demás, hay avances en esa línea entre quienes se dedican a evaluar la lecto-escritura en las aulas. Y si tal no es mi enfoque, afirmo que leer literatura es allegarse el máximo logro que produce el oficio de hacer textos.

    Semanas después, en plática con el director del más importante centro de enseñanza de literatura de México, le recordé mi invitación a un diálogo sobre las preguntas clave: qué enseñar (qué obras); para qué (objetivos prácticos —las llamadas competencias y habilidades que pueden adquirirse para la vida profesional estudiando literatura—, además de los de orden político, ético y cultural), y con qué instrumentos (técnicas, metodologías, teorías). En su opinión, es grave no entender lo que se lee y no lograr comunicarse por escrito, y es la literatura el medio más eficaz para contrarrestar estos problemas (que en el fondo son relacionales y repercuten en la vida toda).

    Hacía tiempo que había enviado las mismas preguntas a cinco o seis colegas. Y aunque a todos les pareció un tema importantísimo y mi solicitud era sólo esbozar ideas —no grandes disertaciones—, no hubo respuesta. A pesar de ello, en mis búsquedas pude leer un artículo de Helena Modzelewski: “Enseñanza de la literatura para una apertura a la alteridad” (Actio, noviembre, 2006, internet), y consultar la revista Didáctica (Asociación Mexicana de Profesores de Lengua y Literatura).

    Por su parte, a principios de año el doctor Moreno de Alba —director de la Academia Mexicanade la Lengua— se refirió de nuevo al tema que le inquieta desde hace lustros: las deficiencias en la enseñanza del español en nuestro país y lo costoso que resultan: “si se enseña a comprender lo que se lee y a expresar lo que se desea decir, las demás asignaturas como biología, historia, literatura y matemáticas serán fáciles para los niños” (Milenio, 5-I-2009, p. 43). El doctor advertía que en este momento la ocde ya no sólo nos sitúa mal en enseñanza de matemáticas, sino en lectura. Vieja verdad que hoy se toma algo más en serio (si lo dice la ocde…). Y así, se anuncia para el verano la aparición de los resultados de una investigación: La enseñanza del español en México (unam), que no sólo estudia el problema, sino que ofrece estrategias y soluciones.

    Pero obsérvese: hará tal vez quince años un amigo me comentó que un rector de la unam se había referido —en charla informal— al hecho de que los aspirantes a alumnos de esa casa tenían excesivas dificultades para entender lo que leían y, claro, para trasmitirlo. A su turno, mi amigo le hizo notar que el mismo problema —y muy extendido— se tenía entre los profesores e investigadores de la propia Universidad (hecho indicado hace ya dos décadas en un análisis confidencial a cargo de un connotado intelectual en torno a las capacidades del personal de investigación de un segmento de esa universidad). Recientemente, otro amigo me explicaba su asombro ante la dificultad para hacerle comprender a sus compañeros —¡dedicados a la edición de libros!— el significado corrupto de algunos de sus actos y —peor—, a uno de ellos, la impertinencia de corregir un párrafo que sólo estaba mal a los ojos de ese corrector. En el fondo, el problema es el mismo: graves dificultades relacionales, problemas para entender lo que se lee o se escucha y también para reproducir el discurso ajeno y trasmitir el propio. Un texto o un discurso pueden estar bien hechos, ¿pero serán comprendidos? ¿Qué tanto de sí y del otro comprende quien no puede comprender ni lo obvio? Más allá de simulaciones (es decir, soy corrupto, pero hago como que no), tal incomprensión tiene su base en la dificultad para entender al otro y formar sociedad, una sociedad para todos y no para minorías o el cultivo de privilegios.

    Terry Eagleton, en Después de la teoría (2005), al referirse a la enseñanza de las humanidades y las artes, subrayaba que lo más sospechoso a los ojos de políticos y empresarios es aquello que aparentemente no sirve para nada; como en el fondo les parece peligroso, al mismo tiempo que lo combaten, lo han arrinconado en las universidades (aunque no siempre: por ejemplo, en México hay universidades que no enseñan literatura). En realidad, sienten una amenaza en el potencial transformador que representan la cultura y el pensamiento reflexivo —imposible o muy difícil sin cultura letrada.

    A juicio de Eagleton, el potencial creativo y transformador de la cultura y las universidades radica en la claridad con que desembocan, tarde o temprano, en la conciencia de que su finalidad primera y última es la búsqueda de mejores condiciones de vida para todos. Por eso pensar y leer es peligroso: basta un poco para poner en tela de juicio nuestro egoísmo y mediocridad social, política y económica; nuestra falta de interés en el otro y nuestra indisposición para mejorar la comunidad; nuestra enorme precariedad intelectual y ética.

    En tal situación, Eagleton propone una visión amplia de los estudios literarios que, en el contexto inglés, y sobre todo a partir de la obra de Raymond Williams, han derivado en los estudios culturales. En su opinión, la teoría cultural ha ampliado nuestra comprensión de la literatura y de todas las artes al hacernos ver que la obra es producto no sólo del autor sino de muchas otras cosas; al persuadirnos de que “uno de sus productores es el lector, el espectador o el oyente (…) Nos hemos vuelto más sensibles al juego del poder y deseo que hay en los artefactos culturales, a la variedad de formas en que pueden confirmar o refutar la autoridad política. También entendemos que esto es al menos una cuestión tanto de su forma como de su contenido. Ha aflorado una sensación más acusada de cuán estrechamente las obras de la cultura pertenecen a sus épocas y lugares específicos; y cómo esto puede enriquecerlas en lugar de menoscabarlas. (…) Se ha prestado mayor atención a los contextos materiales de estas obras de arte, y a cómo tanta cultura y civilidad han tenido sus raíces en la infelicidad y la explotación. Hemos acabado por reconocer la cultura en el sentido más amplio como un territorio en el que los condenados y los desposeídos pueden explotar significados compartidos y afirmar una identidad común”. Eagleton se cuida de señalar que la comprensión de una obra es al menos una cuestión tanto de su forma como de su contenido porque la forma posee una semántica, una propuesta de sentidos en su propia organización, que a menudo se pierde de vista.

    La literatura es uno de los modos más complejos en que puede presentarse un discurso; como tal, y como cualquier obra de arte, la obra literaria es “un nexo vital entre la política y la experiencia personal; da a las necesidades y deseos humanos una forma que se puede debatir públicamente, enseña nuevos modos de subjetividad y combate las representaciones recibidas” (Eagleton, La función de la crítica, 1999). La literatura no sólo ofrece informaciones pragmáticas, descriptivas o analíticas, sino que coloca esas informaciones en la perspectiva de la pasión y los sentimientos, la corporalidad y la vivencia específica del sujeto. La importancia de saber leer —y de leer literatura— radica, pues, en su poder para aumentar nuestra capacidad de comprensión del mundo y de nosotros mismos, para hacernos reflexionar incluso en los linderos más sutiles de nuestro ser y el de los otros, sin que ello signifique nunca estar hablando de la verdad absoluta o de ideas irrefutables.

    Descifrar los códigos complejos —con la pasión y exactitud del arte— nos dota para abrir, cerrar y hacer nuevos códigos: la clave de toda estructura. La forma nos pone en contacto con el código fundamental de una obra, y de ninguna manera debe evadirse en pro de acercamientos que sólo generen interpretaciones identificatorias, empáticas o proyectivas, aunque se trate de la más noble de las causas.

    Según Eagleton, estamos ante el problema de cómo se constituye la verdad, la objetividad y, nada menos, la virtud. Asumamos, pues, que leer es un tema epistemológico, ético y político cuyo olvido tiene un costo en dinero, pues nos conduce a gastar nuestros recursos en una labor de autosabotaje propia de un escuadrón de dementes: actuar cada día, y a toda prueba, en pista y campo, en foros y cámaras, en la vigilia y en el sueño, contra el objetivo de toda universidad y toda institución, que es —como se ha dicho— trabajar por una vida mejor para todos. Suicidarse es menos patológico.

    Aunque ya lo he escrito en otro lado, me voy a permitir la repetición: trabajar por una vida mejor para todos es centrarse en las razones últimas de lo humano y de la convivencia. Lejos de quienes plantean que no hay universales, Eagleton sostiene que debemos subrayar la base primera de nuestra posibilidad de identificarnos con el vecino y el habitante más lejano de nuestro planeta: la corporalidad y sus necesidades (incluido un hábitat favorable), entre las cuales se hallan el conocimiento, el amor y la comprensión. Si se ha sostenido que no hay esencias, que todo es cultural y contingente, nuestro autor propone —en cambio— que no debemos olvidar lo característico de lo humano: haber nacido para nada en especial (lo que implica un largo periodo de adiestramiento infantil para la vida mediado por los afectos) y, por lo tanto, ser aptos para una transformación constante que reconstruye a cada momento el sentido de la vida sólo a partir de nuestra posibilidad de mejorar.

    Y no hay posibilidad de mejora sin reflexión. El conocimiento de sí y del mundo —ese ir y venir entre el yo interior y el ámbito externo— es indisoluble del conocimiento y reconocimiento del otro: “La objetividad puede suponer una apertura desinteresada a las necesidades de los demás (…) No es lo contrario del interés personal y las convicciones, sino del egoísmo” (Después de la teoría). Por eso la objetividad es tan difícil. Requiere un esfuerzo moral a toda prueba: “nadie que no esté abierto al diálogo con los demás, que no desee escuchar, argumentar con honestidad y reconocerlo cuando esté equivocado puede hacer progresos reales investigando el mundo”.

    Preocuparse por otro significa darle confianza, fincar las condiciones para que la adquiera; y regateársela no habla más que de nuestra propia inseguridad. Preocuparse por otro es trabajar recíprocamente en la construcción de las condiciones para desempeñarnos de lo mejor en lo que más nos gusta. La aparente gratuidad de las artes y las humanidades es uno de sus rasgos más ominosos a la vista de la racionalidad del capital, pero, con todo —y por eso—, esas áreas siguen siendo cultivables, ya que es en ellas donde a menudo surge la pregunta de si no sería necesario transformar la realidad para prosperar, en vista de la aguda conciencia sobre la calidad de vida en un mundo como el actual.

    Los límites son creativos, no anuladores del crecimiento humano, e implican siempre la conciencia plena de la otredad, del otro irreductible que nos inventa y se reinventa a sí mismo a partir de nuestra presencia. Lejos de combatirlos, debemos tenerlos en mente y cultivarlos. Ser eficientes implica ser creativos en un mundo de respeto al otro. En caso de error, para eso debemos contar con la ley, la norma, que en una sociedad letrada sólo en última instancia debe requerirse por la fuerza.

    Pero he aquí nuestro drama: en una sociedad iletrada la alta calidad relacional, la conciencia de los límites, la creatividad, caen en el sinsentido y desaparecen porque siempre habrá alguien que nos mime, es decir, nos autorice a no comprender al otro y comprendernos, o nos bloquee la posibilidad de crear formas de estar juntos sin anularnos, en suma, de ser mejores.

    Yo no propongo un culto a la letra por sí misma; lo que ocurre es que en sociedades complejas y de grandes dimensiones la convivencia depende  de formas secundarias de contacto, es decir de una comunicación pese a la ausencia; en eso resulta imposible retroceder: sería mejor que nos volviéramos diestros, apagar la televisión, pensar un poco, leer, saber del otro en sus propias palabras.

    No leer es cerrar la puerta al pensamiento. Una sociedad que no piensa está condenada al fracaso. El pacto tácito de no-lectura que nuestra sociedad ha creado con un Estado deficiente es una ruta hacia los más grandes peligros, pero hay un problema anterior: para distribuir la lectura es primordial distribuir el empleo y, por ende, la riqueza. Sólo se lee después de haber comido. ¿Hay que esperar a que lo diga la ocde?

    Un volumen como el que se anuncia para el verano es más que plausible, pero mejor sería si las decisiones que se tomen no acaban reduciéndolo a un instrumento más para aceitar la gestión del gobierno (y fagocitar los recursos que aportan los contactos internacionales).

    Escrito por Juan Leyva

  • Ettore Schmitz (en arte Italo Svevo) en la vida cotidiana

    Traducción de Juan Leyva

    Conocí a Ettore Schmitz en mi juventud; no contaba yo aún con 17 años cuando me enamoré de quien sería mi esposa, que entonces tenía 15, y me correspondía.[1] Nos comprometimos prácticamente sin pedir la opinión de nuestros padres. Fue así como aprendí a conocer la profunda humanidad y falta de prejuicios de mi futuro suegro, los cuales demostró desde el primer momento (aunque no lo supe entonces, sino apenas recién casado). La mamá de Letizia, mi pequeña prometida, se preocupaba por mi asiduidad y por la disposición de su hija, y suplicó al marido que interviniera para que yo dejara en paz a la joven. En el fondo no era mala idea: éramos todavía unos muchachillos, y era de temerse que la mía fuera una pura infatuación y que Letizia acabara por sufrir. El marido vio la cosa desde un punto de vista muy sereno, y prometió hablar no conmigo, sino con su hija. Lo hizo con bonhomía, para hacerla afrontar el problema con seriedad, estudiando a fondo sus sentimientos; y con una especie de parábola (ya he contado el episodio, pero lo repito porque pienso que revela a un tiempo lo más profundo del hombre y del escritor). Habló a Letizia de un campesino que, habiendo ido a la feria para comprar un caballo y no habiéndolo encontrado, había vuelto a casa, naturalmente a disgusto, con un asno. “Ahora que te has comprometido con afecto tan precoz —le dijo—, trata de entender bien qué es lo que quieres, para no arriesgar tu porvenir; no decidas antes de una buena reflexión, no vayas a optar por el asno si en realidad lo que quieres es un caballo.” Parece que mi mujer no se equivocaba puesto que, a tantos años de distancia, todavía no se ha declarado insatisfecha.

    Les he contado un episodio que caracteriza a mi suegro, que tenía una personalidad profundamente humana e inspirada en un interés extensivo a todo ser viviente, hombres o animales. Por estos últimos cultivaba un afecto que se revela en muchos de sus textos, como “La madre”, “El perro Argos”, “La burla lograda” y otros. Solía decir que mientras más conocía a sus semejantes más se aficionaba a las bestias. Entre los hombres, le interesaban sobre todo los jóvenes. ¿Era su frescura lo que lo atraía? ¿O era una nostalgia que lo llamaba a la juventud, a él, mayor sí, pero que se sentía tan viejo? Es verdad que hacia mis amigos y yo, estudiantes imberbes que no alcanzábamos los 20 años, él, que tenía alrededor de 50 y había por tanto llegado a una madurez y una segura y cómoda posición social, demostraba una comprensión cordial, por lo general inexistente entre ambos grupos. Le complacía ocuparse de nuestras cosas, participar de nuestras vicisitudes, siempre generoso en consejos y, creo, incluso en ayudar a quien lo necesitara. Nos inspiraba una confianza en la vida que él mismo, en lo más hondo, estaba lejos de sentir.

    Era conmigo muy afable. Nos entreteníamos a menudo con literatura italiana y extranjera (estaba yo en tercero del liceo y me encantaba el tema), y Svevo me confesó que había escrito dos libros. Ante tal homenaje, los leí con toda atención. Cierto que entonces no entendí su arte en toda su novedad y sutileza, pero me gustó muchísimo Senilidad.

    Luego nuestras relaciones se interrumpieron por varios años. Yo me fui a Turín para asistir al Politécnico, y después a la guerra, como voluntario del ejército italiano. No volví a Trieste hasta 1918, para reencontrarme con aquel que en abril de 1919 se convertiría en mi suegro y para, más tarde, estar junto a mi mujer. Desde entonces, hasta su muerte, vivimos en la vieja Villa Veneziani, donde nacieron mis hijos ―sus nietos―, o en la villa de Opicina, que le era tan querida. Le fui muy próximo incluso en el trabajo, ya que entré yo mismo a la Veneziani. Nuestrarelación era, más que de suegro y yerno, la de dos amigos de distinta edad, en la cual el más viejo cargaba el peso de una innata y grande sabiduría, refinada por una profunda experiencia en la vida y aquel bondadoso humorismo tan suyo. En esos primeros años asistí a la resignada desilusión de Italo Svevo por la falta de éxito de sus dos primeros libros, y fui testigo de la vuelta a la escritura que nos premió con La conciencia de Zeno. Así vi nacer, uno a uno, los capítulos que escribía en su estancia aislada en Villa Veneziani y, en verano, en la Opicina, que hoy se llama Villa Tykha. Supe día a día de sus vanas tentativas por dejar el cigarro, del cual era un esclavo incondicional, y que acabó por acortarle la vida. Cada día hablaba de dejarlo y cada día volvía a las andadas. Yo apostaba a menudo con él a que no sería capaz de dominarse y, por supuesto, ganaba. Pero incluso en esta eterna lucha que, en el fondo, le causaba angustia, no se guiaba más que por el humorismo. Una mañana, antes de salir, apostó por enésima vez que habría de dejarlo. Por la tarde, a vuelta del trabajo, se encontró con mi mujer y conmigo y dijo: “ay, hijos, lo he logrado, no he fumado en todo el día”. “Bravo, papá” —le dijimos; y él: “me siento verdaderamente otro, y ese otro siente unas ganas locas de fumar” —añadió, y salió disparado a encender un nuevo cigarrillo. Este invencible sometimiento al tabaco dio origen al famoso capítulo de La conciencia de Zeno. Una noche fui con él a una excursión de pesca a la que nos había invitado el fino poeta triestino Ettore de Plankenstein, a quien le fascinaba la pesca. Nos acogió en su barcaza y navegamos sobre el espejo de agua hasta el baño Savoia. Y Svevo, que era por naturaleza poco diestro, fue, en cambio, muy afortunado. Luego de mil aventuras con cañas, carnadas y el hilo, que se enredaba, tiró abordo un magnífico robalo (especie de lubina) de unos buenos kilos. Mas, desde luego, cuando volvimos a casa por la mañana, mi suegra juraba que ese pez había sido pescado… en la pescadería. El escritor convirtió esa experiencia en un episodio de su obra.

    Así, el libro fue escrito capítulo tras capítulo, reelaborado, concluido y, finalmente, consignado al editor Cappelli para su publicación. Entonces era lector y asesor de Cappelli el escritor Attilio Frescura, autor entre otros libros de uno muy interesante que había causado sensación: El diario de un emboscado.[2] Frescura, de acuerdo con el editor, propuso a mi suegro algunos cortes, hasta donde recuerdo, muy sustanciosos, que fueron aceptados por Svevo muy a su pesar. Desafortunadamente, no quedó el menor rastro de aquellos fragmentos: ni el autor ni mi suegra tuvieron la precaución de recuperar la copia; tampoco se encontró nada entre los papeles que mi suegro dejara a su muerte, y ya era demasiado tarde cuando mi mujer y yo nos interesamos en ellos. El propio editor buscó en sus archivos, sólo para asegurarnos que no había encontrado nada. Es una lástima, repito, porque quién sabe qué cosas interesantes se perdieron así para siempre.

    Lo que caracterizaba a mi suegro era su enorme bondad y generosidad,  y, como ya he dicho, un humorismo bonachón. Y he aquí otra anécdota. Habitábamos en el primer piso de la Villa Veneziani, gran conjunto de casas construido por el abuelo para su familia, y que continuaba creciendo a medida que las hijas se casaban y venían a habitarlo. Así había llegado incluso Italo Svevo en 1896, luego de su matrimonio. La villa se servía de una instalación común para la calefacción. Dado que el piso bajo era ligeramente húmedo y el segundo, debido a la mayor exposición bajo techo, más frío, la caldera era forzada, en pleno invierno, a dar un mayor calor a aquellos dos apartamentos. Y nosotros, pegados uno a otro, teníamos en casa una temperatura excesiva. Ya de familia teníamos inclinación al refunfuño, mas no sabíamos que Svevo también la tuviera, pues una tarde, de regreso a casa, desahogó su protesta. Mientras se quitaba el abrigo espetó: “¡Fuera agosto!” “¿Por qué, papá”, le preguntamos, saliendo a su encuentro. “Oh, bella, para gozar un poco de fresco”. En otra ocasión, en Londres, al probarse un traje de un sastre que afectuosamente le había cuidado la línea, pidió que se lo ampliara. “Pero por qué” —preguntó el sastre casi ofendido. “Por fuerza” —respondió—, “soy bailarín de profesión y debo tener libertad de movimiento”. Hay que subrayar que mi suegro era algo corpulento y de movimientos más bien titubeantes. El sastre lo observó cuidadosamente y se quedó boquiabierto.

    Tenía un modo muy suyo, bromista y casi paradójico, de establecer un concepto. “El hombre de nuestro tiempo” —decía por ejemplo—, “cuando nace es todavía salvaje, o más bien un animalejo. Se nutre de comidas naturales y simples, y luego con dificultad se acostumbra a disfrutar aquellas más complicadas que la civilización le ofrece. Se afina por ello lentamente y deviene por completo civil sólo el día que llega a disfrutar en pleno… el gorgonzola”.

    Era incapaz de un rencor verdadero, aun ante aquellos que lo criticaban con saña. Sólo con Caprin se lo tomó muy a mal, y se quejó de Montale y Prezzolini. De un tal Ciarlantini que se había marchado a América del Sur a un viaje de propaganda fascista, y que hablando de la renovada vida literaria italiana había puesto pinto a Svevo (cierto, para el fascismo, sus personajes, que no pueden llamarse héroes, resultaban detestables), el autor se vengó deformando el nombre de Ciarlantini, y siempre que a él se refería lo cambiaba por Ciarlatani. Conseguía inmediatamente una atmósfera cordial en torno suyo. Y al propósito he aquí una anécdota más, ahora en torno a su verdadero apellido. Cuando, hacia 1910, la citada Veneziani pactó acuerdos con una gran firma alemana de Mülheim, cerca de Colonia, a fin de fabricar la pintura submarina, Schmitz fue comisionado para dirigir las tareas en aquella plaza.[3] Llegado a Mülheim, le fueron puestos a disposición siete colaboradores preseleccionados. Svevo se propuso darles el mejor trato, y les preguntó en tono cordial cómo se llamaban. El más viejo respondió: “somos cuatro Mueller y tres Schmitz”. “Bien”—respondió—, “ahora somos cuatro Mueller y cuatro Schmitz”, y el entendimiento se creó de inmediato.

    Era, como ya se ha dicho y escrito, enormemente distraído. Siempre inmerso en sus pensamientos, en sus lucubraciones; se apartaba a menudo de la vida real. De ello me parece particularmente instructivo el episodio de Villaco, adonde su familia había ido de vacaciones. Estaban por volver y la esposa debía hacer las maletas (él era del todo incapaz); por tanto, le encargó al marido que llevara a la hija de paseo. Durante éste Letizia se detuvo ante un aparador de juguetes. Mi suegro, inmerso en sus pensamientos, continuó por la calle, y después de un rato regresó solo al hotel. “¿Y la muchacha?” —preguntó  de pronto la esposa angustiada. “¿Qué muchacha?” —fue la respuesta tranquila del marido, que en aquel momento, de una muchacha, no se acordaba para nada.

    Svevo era muy musical, tenía un oído casi perfecto, y había estudiado violín. Sin embargo, no era manualmente hábil para la ejecución, por lo cual en ello dejaba algo que desear. En casa, junto con tres amigos diletantes pero excelentes músicos, se había conformado un cuarteto que interpretaba con frecuencia música clásica. Mi suegro era el segundo violín. Un día tomaron la decisión de afrontar un nuevo pasaje. En cierto momento, el segundo violín debía interpretar un solo. Svevo lo estudió concienzudamente, pero la noche que probaron juntos por primera vez su deficiente técnica lo traicionó. Luego de un par de compases se detuvo y preguntó casi irritado: “¿quién es el que desentona?”. ¡Era él! Y aquí conviene recordar que el primero que en Trieste entendió, apreció y difundió a Wagner fue Ettore Schmitz.

    También se interesaba mucho por las artes figurativas; mantenía estrecha amistad con el pintor Veruda y ayudaba, como podía, a otros pintores: Fittke, Rietti, etcétera. Tenía el don de un finísimo gusto casi pionero. Apreciaba las nuevas escuelas, las innovaciones de los jóvenes. Alrededor de 1900 hubo en Trieste una exposición  de cuadros entre los que figuraba “Las dos madres”, de Segantini, hoy en la galería de Brera. Svevo, junto con Veruda, le propusieron su adquisición al Museo Revoltella, e insistieron inútilmente, porque prefirió el “Beethoven” de Balestrieri, que en verdad no resiste la comparación.

    Tuve el privilegio de ser vecino de mi suegro incluso en el trabajo, y colaboré con él a lo largo de muchos años. Era un trabajador concienzudo, muy concienzudo y eficiente, aunque no puedo decir que amara el trabajo. Su gran pasión, en tanto reprimida, era la literatura, el escribir. Habitualmente se abstenía y cumplía las tareas asignadas con profundo sentido del deber para consigo mismo y su familia, y para quienes le habían dado la posibilidad de satisfacer las necesidades familiares. Lo dice con frecuencia él mismo en sus cartas y apuntes. Pero pese a su propósito de “eliminar… aquella cosa ridícula y dañina que se llama literatura” de su vida (Diario, 1902), apenas le quedaba un momento libre, garabateaba sus pensamientos sobre el primer papel que le caía a mano, a veces, joyas de observación y de filosofía.

    Ettore Schmitz fue un italiano impecable, y ocupó cargos directivos en asociaciones como la Liga Nacionaly la Gimnasia Triestina.Pero, más que a través de estos cargos, influyó en la vida ciudadana instruyendo, y querría decir, educando multitudes de jóvenes alumnos en el Instituto Superior Comercial Revoltella, donde enseñó por algunos años. Debe de haber todavía, más bien ya entrados en años, algunos de aquellos que disfrutaron de sus enseñanzas. Sería de veras interesante poderlos conocer y oír su opinión sobre su maestro.

    Luego de este rápido y fragmentario recorrido, me resta sólo hablar de su dramático fin, digno a cabalidad de un filósofo estoico. Gravemente herido en un banal accidente automovilístico (una patinada sobre una calle fangosa en Mota de Livenza), y después de ser rescatado junto con su esposa y su nietecito Paolo (incluso ellos no levemente heridos), mi mujer y yo lo encontramos, en plena noche, en la cama de aquel hospital, y de inmediato notamos que respiraba con dificultad. Junto a él, en otras dos pequeñas camas, descansaban —el sueño inquieto pese a los calmantes— la esposa, con fractura en la base del cráneo, y el nieto, con lesiones en la pelvis y heridas en el rostro. Estaba también el doctor Aurelio Finzi, sobrino preferido y médico de cabecera de Svevo. Para la mañana mi suegro había empeorado, el corazón no había resistido el choque y sufría de insuficiencia cardiaca. La escena era trágica y patética. La abuela permanecía semidormida, el abuelo luchaba con la respiración; el nieto, aislado por un biombo para que no se diera cuenta de lo que ocurría, jugaba con un canarito que le habían traído sus enfermeras en una jaula, para distraerlo. Mi suegro respiraba muy penosamente, pero a ratos se informaba de su esposa y de Paolo. “¿Como está mi Cioci?” —preguntaba, plenamente al tanto de la inminencia del fin. “Guardè fioi” —dijo en un momento—, “vardè come che se mori”.[4] Luego, volteando a ver al sobrino Aurelio, le pidió un cigarrillo, que el médico le negó. “Sería justo el último”[5]—exclamó. Después de un instante, al ver que su hija no podía contener las lágrimas, le dijo: “no pianzer Letizia, no xe niente morir”. Fueron sus últimas palabras. La respiración se hizo más difícil y, luego, se apagó para siempre.



    [1] He suprimido los párrafos iniciales y final del texto porque se refieren sobre todo al contexto inmediato de una exposición para la cual fue escrito en 1966; dejo, pues, únicamente aquello que constituye la semblanza biográfica del escritor. N. del T.

    [2] La palabra imboscato tiene el mismo valor que para nosotros en español, pero también designa a alguien que se oculta para evadir algún deber, y específicamente el militar. Por el contexto, bien podría ser éste el caso. N. del T.

    [3] La suegra de Svevo poseía la patente de una pintura para barcos que evitaba las adherencias corrosivas del casco; al parecer, la familia mantenía en secreto el componente clave, que sólo miembros de ella podían aportar en la fabricación; por eso, cuando el escritor se incorporó al clan Veneziani, pasó a jugar un importante papel en tareas gerenciales por distintas partes de Europa. N. del T.

    [4] Éstas y la frase de más abajo, en dialecto triestino, con el valor aproximado de “miren hijos, cómo se muere” y “no llorar Letizia, no es nada morir”. El estilo de su escritura, salpicado de dialecto y de esos infinitivos junto a nombres pese a la necesidad de declinación, fue uno de los motivos por los cuales la crítica se resistió al principio a aceptar la obra de Svevo; como en el caso de Gógol (ucraniano) con la literatura rusa, tocó a un marginal de la cultura renovar la novelística italiana. N. del T.

    [5] Svevo juega aquí con la frase recurrente de su personaje de La conciencia de Zeno, que, como el escritor, se proponía a menudo dejar de fumar y afirmaba siempre que la que tenía en mano era “la vera ultima sigaretta”.

  • Alla bella trieste

    Por Juan Leyva

    La bora, que no el borea: un fuelle poderoso en busca de sí mismo, acordeón y deriva; dominio, furia, escoba. Es el viento de Trieste: húmedo, frío e infatigable; infatigable y húmedo y frío (hacia el invierno, nieve y aun 200 kilómetros por hora). El camino a la cuna de Svevo se torna otoñal ya a inicios de septiembre y, pronto, una niebla acaricia al tren que sale desde Venecia-Mestre hacia la frontera nororiental de Italia. Después: Croacia y Eslovenia, y al norte, Carintia, la tierra de Musil. Otro mundo: confluencias y diversidades. Quizá por ello Trieste ha querido ser como hasta ahora: amigable, abierto y tolerante (salvo etapas o episodios que nadie desearía recordar, mas no se olvidan: Pahor). También quizá por ello ha sido anzuelo para escritores e intelectuales de todo tipo, en especial desde que los Austrias le dieran gran impulso en el siglo XIX, al reforzar su carácter de puerto libre dieciochesco. De aquí salió Maximiliano hacia México: se alza, todavía, en ruta al Duino, el palacio que empezara a construir tiempo antes de embarcar; jamás podría verlo terminado.

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  • Crítica 145

     

    En la Crítica 145 recordamos a Eliseo Diego, entrevistamos a Luis Felipe Fabre y recomendamos el cuento de Oliverio Coelho. También nos acompañan Juan Leyva, Renato Leduc, Luis Vicente de Aguinanga, Rafael Cadenas, Alejandro Badillo entre otros colaboradores.

    SUMARIO:

    Juan Leyva
    Renato Leduc y la huella de López Velarde 3Renato Leduc
    Ramón López Velarde: poeta de sol y de sombra 10

    Luis Vicente de Aguinaga
    La memoria inconforme 19

    Rafael Cardenas
    Poema 31

    Yanira B. Paz
    Poesía, Lenguaje y poder 32

    Marianne Gruber
    Hacia el castillo 40

    Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco
    Heredar a Eliseo Diego 51

    Josu Landa
    Extinciones 69

    Elkin Restrepo
    Una pareja del campo 73

    Jorge Ortega
    Tres poemas 102

    Oliverio Coelho
    Treinta dólares 106

    Gabriel Wolfson y Octavio Moreno Cabrera
    Entrevista a Luis Felípe Fabre

    Luis Alberto Arellano
    Tres poemas 138Gabriel Rodríguez Líceaga
    Dioses con ojeras 142

    Agustín Calvo Galán
    Dos poemas 149

    Alejandro García
    Andrés Henestrosa, el último liberal 153

    Daniel Bencomo
    La hoja fresca entre la hierba que arde 167

    Alejandro Badillo
    Poner en crisis la memoria 171

    Víctor Cabrera
    Temple de alto octanaje 174

    Héctor Iván González
    Un espacio donde nada florece 176

    Héctor M. Sánchez
    Ciencia y belleza 179

    Víctor Alejandro Ramírez
    Del pasmo al movimiento 183

    Judith Castañeda Suari
    Completar el rompecabezas 186

    Antonio Moreno Montero
    El factor Reyes 189