Juan Carlos Reyes

  • Crónicas desde Londres | Por Juan Carlos Reyes

    Sin asiento asignado

    Gunter Silva Passuni, Crónicas desde Londres. Cuentos y relatos, Atalaya Editores, Lima, 2012, 122 p.

    Viajar entre Lima y Londres hoy puede tomar, en avión, cerca de catorce horas. En barco, dependiendo de la ruta, puede llevar semanas: en Crónicas de Londres, a Gunter Silva le toma sólo algunas páginas. Hace el viaje de ida y vuelta con pocas palabras, y en ninguno de los viajes le es ya posible desprenderse del equipaje, sin importar si éste fue adquirido en Perú o en el Reino Unido. read more

  • Librerías de Jorge Carrión | Por Juan Carlos Reyes

    Hacer aviones de papel

    Jorge Carrión, Librerías, Anagrama, Barcelona, 2013, 342 p.

    En 1949, el antropólogo Clyde Kluckhohn publicó por vez primera su clásico libro Anthropology, pero fue hasta 1974 que el Fondo de Cultura Económica publicó la traducción que tengo sobre el escritorio al escribir estas líneas. El autor realiza una metáfora que recordé someramente mientras avanzaba mi lectura de Librerías. read more

  • Inventario | Por Juan Carlos Reyes

    I don’t suppose anybody ever deliberately listens to a watch or a clock. You don’t have to. You can be oblivious to the sound for a long while, then in a second of ticking it can create in the mind unbroken the long diminishing parade of time you didn’t hear.
    William Faulkner

    Siempre había temido —o tal vez soñado— que algún día la policía tocaría a su puerta: demasiada televisión, demasiados calmantes o demasiados policías. Cuando uno de los oficiales con una grasienta voz le pidió tras la madera que abriera, sospechó una inundación: en cuanto abriera la puerta, no serían los policías quienes esperaran al otro lado sino una enorme ola que inundaría todo el departamento. El lugar se llenaría de agua salada, de peces fríos e inaprensibles, con pequeñísimos dientes que los morderían por debajo del agua sin que se dieran cuenta. Julia siempre había tenido un miedo, completamente irracional —dicen los que saben de esto—, al mar, a los estanques, a las peceras, a los vasos muy llenos: al agua.  Abrió la puerta, y para su tranquilidad, eran dos policías con uniforme azul: suficiente televisión, suficientes calmantes, suficientes policías. Y entraron, y con ellos la enorme ola que Julia tanto temía.

    En casi ninguna libreta las páginas están numeradas, pero las libretas lo están. Entre dos hojas de la número 00, Julia encuentra un volante de papel bond. En una sola tinta que en algún momento fue roja y ahora es casi anaranjada, la “Consejera Alejandra” se anuncia como lectora del tarot y el espejo. Afirma ser una gran conocedora y “orientadora” de los problemas de la vida humana, los cuales resolverá por muy difíciles que sean. Julia lee omitiendo errores y añadiendo signos de admiración e interrogación que no hace falta sumar aquí: “Sufre de algún mal desconocido, no tiene suerte en el amor, tu pareja te abandonó y no sabes qué hacer: Yo soy la solución. Dudas de alguien, problemas de dinero o en la salud, su salud marcha mal, le persigue la mala suerte y los fracasos. Tiene problemas con los hijos desobedientes. Retira envidias, alcoholismo, salaciones y males puestos. Sufre por un ser ausente. Ella le devolverá la tranquilidad a su hogar por medio del TAROT y el ESPEJO. Consúltela hoy mismo y su vida cambiará. Ayuda en problemas matrimoniales, reúne a los separados.” Julia lee el mismo volante varias veces y no sabe que se encontrará con muchos más, con cientos de ellos. Pierde su tiempo en este primer papel doblado que encuentra en la primera libreta que abre. Y no puede dejar de preguntarse si la advertencia final es estúpida, enigmática o valiente: “FAVOR DE NO CONFUNDIRME CON OTRAS PERSONAS.”

    “Isabel Morales Sánchez (1892) se casó con Antonio Ahumada Díaz (1885), un hombre que estuvo al servicio de las guardias rurales de Juárez. De ese matrimonio nacieron, primero, José y Cecilia, ambos muertos: uno en su cuna y otro durante la Revolución. Los demás hermanos fueron Gracia, Josefina, Miguel, Saúl, y Pancho.  De Miguel se sabe que fue boletero de ferrocarriles toda su vida, y vio pasar miles de trenes, y vio viajeros, y vio maletas, y vio destinos, pero nunca salió de la pequeñísima caseta en donde vendía los boletos que a otros llevarían tan lejos como él nunca pudo imaginar. Pancho trabajó para el cacique del pueblo como tenedor de libros de siete ranchos (Lengua Larga, Laguna de Palitos, Bacalao, Santa Fe, Cañas de Santa Rita, Tolomé y Chietla), y murió cuando un caballo lo pateó en la cara. Gracia murió de tuberculosis a los 16 años. Josefina se dedicó a coser vestidos para las mujeres del pueblo. Hizo decenas de vestidos de novia. Se probó todos soñando con casarse algún día, pero murió en un pueblo cercano. Saúl intentó huir con la hija de un hacendado, pero al ser descubiertos fue a parar a la cárcel. Su padre lo esperó sentado fuera de la prisión durante dos días seguidos, en el momento en que salió, lo subió a un caballo al que golpeó en las enaguas y el nombre de Saúl jamás se volvió a pronunciar.”

    La libreta 00 es particular: está llena de códigos de barras perfectamente recortados de cajas, latas, etiquetas, libros, cartones. Ninguna hace referencia al producto al que perteneció en el pasado. Una lista de códigos, que leídos por el aparato correcto, harían un inventario de productos que alguna vez alguien tuvo en sus manos. Listas para hacer listas que no llevarían a ningún lado. Entre las páginas de esta libreta, Julia encuentra también decenas de comprobantes de correo registrado: paquetes y cartas enviadas a la misma dirección cada dos o tres semanas.

    En la libreta 00 sólo hay tres párrafos entrecomillados, las demás páginas están llenas de dibujos esquemáticos de mecanismos que parecen de relojería. No hay ningún reloj dibujado, sino sólo maquinarias internas, engranes, resortes, diminutos contrapesos y manivelas. En cada página hay uno diferente y es imposible decir qué moverían tales mecanismos. El detalle en los dibujos es grandioso, como si los dibujos se hubieran copiado de algo que estuviera bajo una lupa. Los tres párrafos dicen: “¿Cómo se podría describir? Se puede decir o hacer lo que se quiera, lo escencial no es lo que se tiene delante, se ve, se oye, se desea, se toca o se violenta”; “El 42 por ciento de los adultos americanos no puede señalar Japón en un mapamundi…y casi el 15 por ciento no puede localizar los Estados Unidos”; e “Isaac Newton en 1665 planteó el método de cálculo, que es la base para mucho de las matemáticas modernas; la composición espectral de la luz junto con las bases de la óptica; la ley de la gravitación universal, y las leyes básicas de la mecánica. Tenía entonces 23 años.”

    “Tenía meses, tal vez años sin pensar en ti. Ni siquiera en un sueño lejano y apacible, aquéllos donde pasan cosas que ya sabes, que en algún momento deseaste y en la inexplicable variabilidad del presente extrañas como en un callejón oscuro. Y te vuelvo a ver, estática, como en una fotografía que alguien tomó de manera descuidada: y me doy cuenta de que recordaba perfectamente tu sonrisa. Sobre todas las cosas, sobre todos los deseos, sobre todos los recuerdos, tu sonrisa. Y pensé en una canción de cuna, en una melodía que podría hundir submarinos, como un terremoto vibrante y metálico. No sé dónde perdí tu recuerdo, tal vez sólo lo había reservado para hoy, para el día en que la nostalgia me abrazara con tanta fuerza. Para hoy que algo lejano se manifiesta como en una sesión espiritista, sin que nadie lo invoque con reales deseos de su presencia, sin que sea posible pensarlo sin miedo a que de verdad flote en el aire. Y mientras tanto, escribo esto en una estúpida libreta que llora a diario por no tener mejores historias o ideas, cierro los ojos y no te veo como creía que eras, sino como esperaba que fueras. Parpadeo y la siguiente vez ya no veo nada, solo figuras vacilantes de colores que recuerdan el inicio de alguna película de vaqueros de mi infancia. Pero abro de nuevo los ojos, y de ti y de todo sólo queda un brillo distante, como una luciérnaga que ha superado la muerte farsante, luciérnaga brillante que sólo de cicatrices me habla.”

    En cada libreta que Julia sacaba de los anaqueles, aparecían las mismas obsesiones en diferentes maneras y formatos. Pero cada una o dos libretas que bajaba al azar, encontraba un nuevo elemento, alguna nueva lista, algún objeto hermosísimo aplanado durante años entre sus páginas. En la libreta 00 encontró lo que quiso pensar eran listas de lectura. Páginas y páginas de nombres de libros enumerados. Con un número precediendo a cada título, eran pocos los que estaban ya tachados. En la primera lista de la libreta, sólo aparecían 00 00000000000000000000 y 00000000000000000000. Los inventarios recorrían decenas de páginas, listas interminables: doscientos, trescientos, algunas veces los títulos —vistos horizontalmente— parecerían gráficas desniveladas y cambiantes. En algunas de las listas, al calce, o en espacios vacíos en la página, se incorporan subíndices: 2.1, 67.1, 245.2: tal vez libros adquiridos, encontrados o deseados cuando la lista ya estaba terminada. El inventario terminaba con una fecha. Después, comenzaba de nuevo, algunas veces en el mismo orden, otras con ligeras diferencias y los libros que estuvieran antes en subíndices, aparecían ahora con un número propio que regularmente conservan en toda la libreta. Los que no aparecían en las subsecuentes listas son los que lograron rayarse en las anteriores. A algunos se les podría dar seguimiento de la primera a la última lista de la libreta.

    “Clonazepam. Solución. 2.5 mg/ml. Gotas. Caja con frasco con gotero con 10 ml. Fórmula: Cada ml contiene: Clonazepam 2.5 mg, vehículo cbp 1ml. Cada ml equivale a 23 gotas. Dosis: la que el médico señale. Vía de administración: Oral. Las gotas deben mezclarse con té o jugos de frutas y administrarse con cuchara. LAS GOTAS NUNCA DEBEN ADMINISTRARSE DIRECTAMENTE EN LA BOCA. Su venta requiere receta médica, la cual se retendrá en la farmacia. Su uso prolongado aún en dosis terapéuticas puede causar dependencia. No se deje al alcance de los niños. Consérvese a temperatura ambiente a no más de 280 C. El uso de este medicamento durante el embarazo y la lactancia no está suficientemente valorado, queda a juicio del médico su empleo en estos casos. Ocasiona somnolencia y depresión de los reflejos osteotendinosos, inconvenientes que impiden el manejo de vehículos y maquinaria. No se administre si se ha ingerido alcohol.”

    Entre todas las libretas que Julia sacó, encontró una única fotografía. El retrato de una mujer ya viejo y amarillento que en la parte trasera tenía un nombre: 0000000000000000 y una fecha: 00000000.  Con el cabello largo, recogido en una coleta muy apretada, la boca tal vez pintada, una ceja parcialmente levantada y camisa blanca. Parecía una fotografía para un documento oficial, algún pasaporte o título. Junto a la fotografía, Julia encontró también un barquito de papel aplastado entre las páginas. Seguramente si lo intentara desdoblar para que flotase en un estaque, se hundiría de inmediato.

    “Me gustaría llamarme Aiko Takemitsu y ser hijo de un desconocido. No conocer a mi padre más que por historias que de tan falsas se vuelvan bellas. Y algún día enterarme de que soy el fruto de una terrible y feroz violación, y que por ello se me ha considerado maldito durante toda mi vida. Y así, tener escusas para todas las tiranías que a cualquiera pudieran ocurrirse. Y todos dirían: Es Aiko Takemitsu, y su vida fue marcada por el dolor, y nada lo puede salvar, y nadie lo puede amar, y nadie lo quiere amparar, y nadie lo desea enfrentar, y nada lo intentará detener.”

    En otras libretas, hay también recortes de periódicos de hace más de 00 años. Nunca páginas o planas completas, muchas de las veces ni siquiera notas completas. Mendrugos de la realidad fragmentada de manera deliberada: tal vez para que nadie descifre lo que de verdad se entendía sobre el hecho; tal vez para que cualquiera entendiera el hecho sin tomar en cuenta su contexto, autor o cualquier otro rastro de subjetividad que manchara la realidad del periódico amarillento recortado con todo cuidado. Los recortes se hacían seguramente con tijeras, porque se eliminan palabras, fragmentos, y quedan formas rectangulares de las que sobresalen secciones menores transformándose así en piezas perdidas de un rompecabezas imposible de armar. Por ejemplo: “Vietnam, donde por primera vez EU aplicó su experiencia tomada de la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos estratégicos a distancia, lanzando sobre aquel país 7.5 millones de bombas. Según datos, en promedio fueron soltados sobre Vietnam 47 kilos de bombas por persona. E igual perdieron.”

    Julia nunca contó las libretas, una vez que abrió la primera se dio cuenta de que no tenía caso: no había tiempo de revisarlas todas, y decidió ir tomándolas al azar. Una vez que revisaba una, la dejaba sobre alguno de los enormes pedazos mal recortados de alfombra que cubrían el piso de cada uno de los cuartos. Alguno de los días contó los anaqueles: 00, con 0 repisas cada uno. Si hubiera realizado algún cálculo, se habría dado cuenta de que en cada anaquel cabían aproximadamente 00 libretas, y así, darse cuenta de que estaba frente a más de 0000000 libretas. Algunas tienen notas aleatorias sobre sueños, secciones de relatos, anécdotas, listas interminables de cifras, nombres, lugares, precios, claves indescifrables, otras únicamente están llenas de recortes de periódicos, la gran mayoría tiene libros transcritos en su totalidad. A las pocas horas de comenzar a revisar cada vez con más afán libretas que tomaba sin orden alguno, Julia se perdió en un abismo infinito de palabras e imágenes. Conforme pasaba el tiempo se dio cuenta de que ya no sabía cuándo estaba leyendo directamente al anciano, a algún escritor reconocido, a un periodista, un panfleto, un volante publicitario o el instructivo de una lavadora.

    Demasiada televisión: no abrieron ninguna gaveta. El cuerpo estaba ya sobre una mesa de la que escurría sangre: cubierto por un plástico negro que bien podía ser una bolsa de basura partida por la mitad. Por su mente pasaron rápidas imágenes: uno de los policías la esposaba, la acusaban de un asesinato que no había cometido, o que había cometido y que juraba no recordar; el cuerpo cubierto por el plástico negro se levantaba y la mordía en el cuello, la devoraba poco a poco ante la vista hierática de los policías; por debajo de la puerta comenzaba a entrar agua y el cuarto comenzaba a inundarse, ella subía a la mesa junto al cadáver para no mojarse pero el agua seguía subiendo de nivel hasta que todo el cuarto se inundaba. Los policías se ahogaban y ella intentaba aguantar la respiración, el cadáver se hundía como una hoja de papel en una cubeta. Uno de los policías la tocó en el hombro y repitió una pregunta que ella no había escuchado la primera vez. Ante el cadáver ella no contestó de inmediato aunque ya sabía la respuesta. El anciano, de unos 80 años, tenía una cicatriz enorme que lo recorría por el centro del cuerpo, rompiéndolo en dos mitades desiguales. El hilo amarillento que unía ambas partes recorría desde la garganta hasta el pubis. Un pene y unos testículos contraídos y marchitos se habían salvado de la disección. Fue hasta la tercera vez que la pregunta se repitió que ella resumió con un monosílabo no conocer al hombre. Pensó que estaba segura de no saber quién era, pero eso sólo lo pensó, y repitió su corta respuesta.

    Si alguien se dedicara a buscar de qué libros son las citas, se podría hacer una historia detallada de las lecturas del autor de las libretas. Se hace evidente que en algunos casos leía tres o cuatro libros al mismo tiempo, porque las citas se van intercalando. “La persona a quien yo quiero está encerrada en el maletero de un coche, en la puerta del hotel, con el estómago lleno de Valium, y pienso si aún tendrá ganas de orinar. Mi hermano, a quien odio, ha regresado de entre los muertos”; “Cerrando los ojos se dijo que no miraría el avión, que no se dejaría contaminar por lo peor de sí mismo, que una vez más iba a pasar sobre la isla”; “Antes de 1800 los zapatos para el pie izquierdo y el derecho eran iguales”; “Lo encontré envejecido. Tanto como seguramente estaba yo. Pero no. Él había envejecido mucho más. Estaba más gordo, más arrugado, por lo menos aparentaba diez años más que yo cuando en realidad sólo era dos o tres años mayor.” En todos los lugares que sobran entre frases o recortes de periódico, aparecen palabras sueltas que de sumarse podrían formar un texto entero indescifrable hasta leer todas las libretas; o la copia de un texto completo pero dividido palabra por palabra; tal vez una lista de objetos perdidos, sueños o deseos.

    “Los cumpleaños son irrelevantes. Ninguna fecha establecida nos da la clara consciencia del envejecimiento, de que la vida y el tiempo han pasado irremediablemente, o de que en algún momento, no se sabe justo cuando, nos convertimos en adultos. No son las fiestas de graduación ni las bodas o los funerales los eventos capaces de mostrarnos el ímpetu arrasador del tiempo, sino detalles mucho más, a simple vista, insignificantes. Por ejemplo, cuando al pasar por una calle que recorrías en tu infancia, de pronto, como si el derrumbe hubiera ocurrido ante tus ojos, un edificio, una casa, o una manzana entera, ya no está ahí, y en su lugar queda un terreno vacío con un letrero que pone en venta parte de tu memoria. Queda sólo un cementerio lleno de mausoleos desiguales en homenaje a todas las veces que pasaste por ahí, consciente o inconscientemente, mirando el lugar a través de la ventana de un auto.”

    En la libreta 000 Julia lee un nuevo párrafo entrecomillado y piensa por un segundo que las palabras le hablan directamente a ella, que alguien confía en su poder de guardar secretos y le susurra casi al oído: “¿Sabes? A ratos me siento infantil, vulnerable, diminuto. Lo mejor de todo es que casi me gusta. Presiento que respiro como cuando lo aprendí a hacer. Me siento en la banca de un parque después de meses de no salir de casa. Un insecto que desconozco ronda por la banca y brinca a esta misma página y me veo en él. Contempla la nada porque nada tiene, no teme nada porque desconoce todo. Sólo camina, explora, besa las letras con sus múltiples patitas y cuando ya no tienen nada que decirle, levanta el vuelo: pero no muy lejos, porque necesita saber dónde quedaron esas letras, por si algún día vuelve a necesitarlas. Un mareo singular escapa del marco de los lentes, de la vaga línea entre lo claro y lo difuso. Sonrío apenado mientras pienso en todo lo fantástico que me he perdido de la vida, en cada prodigio que he dejado escapar justo frente a mis ojos. Tal vez fue un simple error de cálculo, porque de ser un insecto, podría ser uno maravilloso.”

    La libreta número 00 contiene una transcripción entera de 0000000000000000000 con una letra inmensamente cuidada, al punto de que cada palabra parece dibujada con extraordinario cuidado. A lo largo de la libreta el color de la tinta cambia dos veces, nunca la letra. Sería complicado revisar si la trascripción está completa o es exacta. Tal vez ni el mismo 00000000000000000, que dedicó casi toda su vida a escribir el libro lo podría decir. Esto se repite decenas, tal vez cientos de veces en las libretas, en algunos casos ni siquiera están anotados los títulos de los libros o los nombres de sus autores. Múltiples listas devoran las libretas como un incontrolable grupo de insectos: listas de registros bibliotecarios, de autores, de lugares, de nombres, de materiales o quizá calibres de tornillos.

    “Hoy pensé en el suicidio por primera vez. Y no sé si es la tristeza, la melancolía o la belleza la que me abruma hasta las lágrimas. Absurdamente, lo único que me asustó en cuanto pensé en matarme fue el dolor que pudiera sentir en el proceso. Es irracional porque ni siquiera pensé en el método. Seguramente existe más de una manera de matarse en la que el dolor es mínimo o nulo, pero no pensé en ello. Sólo reparé en mi dolor, y me di cuenta de que nunca lo haría, de que mi cobardía era tal, que el pensar en el dolor era una trampa que yo mismo tendía para recular, para guardar el revólver, para enredar de nuevo la soga, para cerrar el bote de pastillas, para desafilar la hoja de afeitar contra una piedra, para vaciar cualquier estanque, para no mirar al vacío. Para seguir atrapado aquí, temiéndole a todo, desconfiando de nadie. Escribiendo palabras ajenas con la ilusión de volverlas mías, con la ilusión de convertirme de pronto en una mancha en la alfombra en la que nadie repararía.”

    El testamento era muy claro: Julia tiene nueve días para vivir en la casa y puede llevarse lo que quiera de ella. Si sus deseos o necesidades así se lo demandan, puede extraer muebles, alfombras, lámparas, libros, ropa. Al amanecer del décimo día, la casa deberá ser derrumbada con todo lo que quede dentro. Y sin quererlo, Julia desperdició un día en su departamento intentando recordar quién era ese anciano. Intentó inútilmente adjudicarle algún encuentro en la calle, en algún café perdido y olvidado. Repasó mecánicamente la lista de personas que había conocido de paso en su vida, y ninguna coincidió con aquel hombre abierto en canal sobre una plancha de metal. El segundo día, tomó un taxi que la llevó a la dirección indicada por un abogado enjuto y mal encarado que leyó una única cuartilla casi en la puerta de la morgue. La casa estaba lejos de la ciudad, el taxi cobró casi todo el dinero que Julia traía. La llave que le fue entregada junto con las instrucciones del testamento abrió la puerta principal. Una piso nada más, a la derecha una pequeña cocina, y una puerta cerrada, a la izquierda un marco sin puerta que daba entrada a una sala inmensa que atravesaba lo que anteriormente hubieran sido varios cuartos. Entre cada uno de ellos no había puertas, sino que se habían demolido de manera precaria agujeros enormes en los muros para poder pasar de cuarto en cuarto. Y a lo largo de todos ellos, decenas de anaqueles de metal completamente llenos de libretas de lomo negro. Julia no deseaba llevarse nada, su plan inicial era únicamente visitar el lugar por pura curiosidad y dejar que en ocho días la casa fuera demolida exactamente como el anciano la había dejado el día de su muerte. Asumía que nada le pertenecía, que su nombre estaba en el testamento por un error, alguna confusión azarosa cuya explicación le parecía absurdo buscar. Pero sacó una primer libreta y, desde entonces, ese sería el epicentro de su vida.

    Ésa fue tal vez la libreta que más desconcertó a Julia. En lugar de palabras, entre cada página había un formulario arrancado de una revista o del periódico. Cada uno era distinto. Todos estaban llenos con nombre, dirección y otros datos que cambiaban de formulario en formulario. Muchos de ellos eran para subscribirse a revistas o diarios. Otros tantos para sumarse a causas altruistas que apadrinaban niños hambrientos, analfabetas, enfermos, moribundos. La gran mayoría era para inscribirse a cursos por correspondencia: reparación de radios, detective privado, diseñador automotriz, reparación de planchas y licuadoras, cerámica y piezas ornamentales, jardinería, cría de gusanos de seda, entrenamiento canino, peletería o taxidermia. Julia está resolviendo un rompecabezas que nadie construyó para ser armado. Se empeña en ensamblar algo cuyas piezas no están hechas para coincidir. Le cuesta mucho trabajo convencerse de que no hay pistas, de que todo es azaroso y que el motivo de su presencia en ese lugar quede siempre entre las sombras.

    “Tal vez  habíamos usado el mismo vagón del tren decenas de veces, pero hasta ahora la notaba, apenas la percibía. Estoy seguro que sería más fácil llamarla triste, meditabunda, ajena o distraída. No, era una mujer común y corriente. Tal vez su ropa era, peculiar, memorable en algún sentido. Era tan anodina, tan insignificante, que era en todo el tamaño del término: una completa extraña. Y una extraña era lo que estaba buscando. Y las posibilidades de que llegue a este pequeño párrafo, entre cientos de miles de palabras, serán el dado que tendremos que tirar juntos, aunque ella nunca lo sepa.”

    Hay claves como PE1580 W5.4 1983, probablemente de libros de alguna biblioteca. Si se buscaran todas las claves podría ver qué libros hay en todas esas libretas, pero para qué hacer listas para hacer más listas. Se podría saber de qué biblioteca o bibliotecas se trataba, en algunos casos transcribe la clave, en otros el título y el autor del libro, en otros, nada, pero después de ese título a mano están duplicados los libros completos: tal vez porque no hay manera de saberlo, quizá son fragmentos, acaso reescrituras. Las claves son seguramente de un sistema bibliotecario reconocible por alguien experto en la materia, pero Julia asume que no tiene tiempo que perder: se ha dado cuenta de que son las piezas lo que le importa, no el rompecabezas completo. JC474P6,818,1982; H62A18,218,1986; HM24T3,918,1986; LB1028H3,518,1989; GN406G6,8,1995; P99E3,618,1997; DS79,76K7,5,2004; P50.9/O3.7/I3.9/1989. En otros casos no tiene sólo anotadas las claves de los libros, sino que ha robado las tarjetas de préstamo bibliotecario. En algunas tarjetas no hay título y sólo están las listas de nombres de las personas que algún día se lo llevaron.

    “Existen días en los que siento que el tiempo no transcurre normalmente, que se detiene inútilmente sobre mí, y el cansancio de días y semanas se acumula. Pero volteo a ver el reloj y han pasado sólo unos minutos. Supongo que así es el tiempo, avanza a su antojo y a nadie perdona.” Julia lee y entrecruza los dedos de ambas manos dejando libres el índice y el pulgar de cada mano que a su vez junta para formar un ángulo recto que termina en el centro de sus fosas nasales. Sobre las yemas de los dedos siente el aire tibio que su cuerpo intercambia con el mundo. Desde el primer día ha encendido la chimenea a partir de las cinco o seis de la tarde. Camina por los cuartos y saca alguna libreta al azar, pero siempre vuelve frente al fuego a leer. Iluminada por las llamas y una lámpara de piso, Julia adquiere un aspecto espectral. Cada libreta que hojea, la deja sobre la anterior hasta que la pila es demasiado alta para mantenerse en pie, momento en el que inicia una nueva torre. Se va cubriendo de libretas como si de ladrillos en una fortaleza se tratara. “Hace unos días presencié la muerte, un pájaro se estrelló contra una ventana. No era un ave especial, sino un  pájaro regordete de plumas difícilmente identificables entre el café claro y el gris. No era un pájaro con un hermoso canto, ni con un plumaje colorido y brillante. Escuché el golpe seco contra el vidrio e inmediatamente me asome a investigar de qué se trataba. El pájaro aturdido daba algunos últimos estertores antes de morir. Una pequeña mancha de sangre se asomaba de su pico. Lo levanté y sentí cómo su cuello ya no soportaba el peso de la cabeza. Sin que me diera cuenta por qué, lo puse sobre algunos papeles del escritorio y se convirtió en un pisapapeles durante algunas horas. Cuando el Sol se metió, pensé en enterrarlo, pero me di cuenta de la inutilidad del acto, así que lo tire al bote de la basura. Cuando regresé a pegar un recorte de periódico en una de mis libretas, me embargó tal tristeza que lloré varios minutos sin pena alguna.”

    Julia fumaba mientras leía. Muchas veces la ceniza cayó sobre las páginas porque olvidaba que tenía un cigarro entre los labios, olvidaba que era Julia y que cada minuto que pasaba frente a esas libretas era un minuto menos antes del literal derrumbe. Quería devorar cada página, cada palabra, cada libreta entera. Sólo detenía su lectura para salir a una tienda cercana por algo de comer, botellas de agua lo suficientemente pequeñas para que jamás pudieran derramarse y hacer el más mínimo charco que pudiera iniciar una inundación.

    Entre las páginas de la libreta 000 hay un billete del National Bank of Ethiopia. ONE BIRR, se lee en una esquina.  Se ven otras palabras en amárico. Es un billete entre azul y verde, y a Julia le parece increíblemente hermoso. Es un simple billete, para cualquier otro no tendría ninguna relevancia, menos para algún habitante de Etiopía, ya que es de muy baja denominación, pero para Julia es la prueba de que lo demás existe, de que algún día se podrá marchar de esa ciudad, de ese país, de esa inundación: no a Etiopía, sino a algún lugar que es aún muy joven para imaginar. Por el peso de las páginas, el billete se ha vuelto casi una oblea intangible, un pedazo quebradizo de papel que al frente muestra un niño negro sonriente, a su lado, en tonos rojos y amarillos, un león rugiendo y, a su derecha, una manada de ñus. Al reverso del billete se ve una cascada.

    El día programado para el derrumbe, Julia salió muy temprano de la casa. No llevaba consigo más que una libreta en blanco y una pluma que había encontrado entre las páginas de la libreta 000. Vio las máquinas que demolerían la casa junto con todas las libretas y pensó en un terreno por su casa que tenía un letrero enorme que decía: “Se recibe escombro.” Comenzó a llover y corrió aterrorizada a casa.

    “Soñé con M y M en el atrio de una iglesia. Caminábamos despacio sobre las baldosas enormes de piedra. M acomodaba sus lentes de vez en cuando y me volteaba a ver sonriente. M llamaba la atención sobre unas mallas metálicas que cubrían campanas y santos. Es para que las palomas no lo caguen todo, decía M. ¿Y para qué no cagarlo?  —preguntaba M. Yo no me metía y seguía caminando junto a ellos. A pesar de que iban vestidos como la última vez que estuvimos juntos, yo llevaba una especie de pijama que no reconocía como mía. De alguna manera sabía que me había sido prestada. M se detenía y me abrazaba, como pasan las cosas en los sueños, sin saber motivos o temporalidades. Lloraba amargamente y se despedía. Te voy a extrañar tanto, me decía. Yo voy a extrañar estar parado sobre estas piedras con ustedes pensaba, pero no lo decía. Me imagino que porque la última vez que estuvimos juntos estábamos tapizados de un polvo finísimo, ahora todos estábamos sucios, cubiertos por ese mismo polvo que hace muchos años nos unió, y ahora aparecía de nuevo para recordarme en sueños aquella aventura que con tanto dolor recordaba. De un segundo a otro M y M estaban hasta la otra esquina del enorme atrio. Veía a lo lejos que levantaban una mano llamándome. El gran espacio de baldosas que nos separaban se convirtió en un diseño mágico que mutaba y se reacomodaba de maneras complejas e indescifrables. Caminé hacia ellos como la última persona que fuera a pisar esos diseños únicos. De las baldosas que ahora en el sueño consideraba mágicas brotaba una escalera que se elevaba con gran estruendo hacia la torre más alta de la iglesia. M corrió hacia la escalera y la subió con grandes pasos gritando que había evolucionado, que ya no era el mismo, que había crecido, que lamentaba dejarnos atrás, pero así era la vida, así eran las reglas entre los pájaros. Al llegar a la torre arrancó con violencia la malla metálica que cubría las campanas. Al instante cientos de pájaros se acercaron y rodearon el campanario. M les aventaba comida y los pájaros se cagaban sobre campanas, santos y él mismo. Antes de que terminara mi sueño, M se perdió entre la enorme parvada y voló con ellos. Seguramente muy lejos, porque había evolucionado y ya no era el mismo, había crecido, y aunque lamentaba dejarnos atrás, así era la vida, y así eran las reglas entre los pájaros.”

    Niño y Lobo

     


    Escrito por Juan Car­los Reyes

    Juan Car­los Reyes obtuvo una beca de exce­len­cia con la cual cursó la maestría en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana por la UDLA. Par­ticipó en los talleres lit­er­ar­ios de Felipe Montes, en Mon­ter­rey y en Puebla. Ha sido galar­don­ado con dis­tin­tos pre­mios por guiones de cor­tome­traje, fic­ción, artículo y obtuvo el primer lugar en la cat­e­goría B del con­curso del Fondo de Cul­tura Económica, La Cien­cia para Todos (1999–2000). Pub­licó su segundo libro de cuen­tos en la Colec­ción La Letra Digital.

    Obra grá­fica de Ale­jan­dro Barreto

  • La torre y el jardín de Alberto Chimal | Por Juan Carlos Reyes

    El incierto principio

     

    Alberto Chimal, La torre y el jardín, Océano, México, 2012, 420 p.

     

    Tal vez se deba a que Alberto Chimal (Toluca, 1970) es uno de los escritores más populares de su generación, o a que su última novela, La torre y el jardín está publicada en un nuevo sello de Océano —Hotel de Letras— que ya se pueden encontrar en muchas revistas y en Internet decenas de opiniones y reseñas sobre el libro: algunas que discuten la pertinencia de la publicación, otras la materialidad y diseño de los libros de la colección, unas más que afirman no haber podido terminar el libro por exceso de ciertas preposiciones. En general, el lector que se dedicara a ello podría encontrar opiniones evidentemente encontradas: precisas, aduladoras, moralistas, implacables o, de plano, triviales. Sin obviar la responsabilidad de la enunciación, aquí me interesa, además de emitir un juicio crítico, hablar también de ciertos temas y acertijos para el lector que encuentro en el texto, algunos de manera muy explícita y, otros, escondidos en alguno de los innumerables cuartos de la multitud de pisos que componen esta torre que Chimal construye con 420 páginas. Si, como lo dice la contraportada, ésta es “una de las novelas más ambiciosas de la narrativa latinoamericana reciente”, o si Chimal es “el Henry James de su generación”, me parece irrelevante. Perderse en ello sería ignorar los recovecos del mundo editorial y la mercadotecnia. Sé entonces pocas cosas: que el autor es el Alberto Chimal de su generación y que, dentro de su propio proyecto literario sobre la “imaginación fantástica”, sin duda la novela es exigente consigo misma y con su autor; si cumple con sus propias ambiciones, es imposible saberlo.

    Me parece necesario en un principio también, por la relevancia que esto tiene en la actualidad, hacer mención de la presencia y promoción que Chimal tiene y realiza en Internet. Entre la torre y el jardinsu vasta vida en la web se cuentan su página personal[1] y su twitter,[2] en donde tiene casi 82 mil seguidores, y en el que ha escrito más de 43,500 “twitts”, lo cual suma poco más de seis millones de caracteres —equivalente a casi tres mil quinientas páginas—. En Internet, Chimal no sólo funciona como un gran promotor de su propia obra y proyecto literario, sino que también emplea la red de un modo que Henry Jenkins llamaría “transmediático”, es decir, expande sus historias —como el tumblr que tiene su personaje Horacio Kustos—[3] y mantiene contacto con sus lectores, quienes en ciertas ocasiones se ven en condiciones de sumar a la obra que el escritor se encuentra construyendo, como lo es el caso del apartado especial en su página en el que los visitantes podían proponer versos de poemas para dar nombre a los pisos del edificio protagonista de La torre y el jardín.

    Recientemente nominada al XVIII Premio Rómulo Gallegos, La torre y el jardín cuenta tres historias que componen una mayor: la de un edificio tan fantástico como su diseñador, la de un grupo de viajeros excepcionales y la de un conjunto de sucesos tan inauditos como fabulosos. En una serie de capítulos con títulos que incluyen la hora de lo narrado cuenta a lo largo de toda una noche —específicamente, de las 23:59 a las 5:15 de la madrugada— el viaje de Kustos y Molinar por “El Brincadero”. En capítulos más cortos narra piezas de las peculiares historias de los personajes, y sus aparentemente incompatibles vidas y ocupa un espacio temporal que va de 1957 a 2010.  Valga decir que si lo fragmentario en la literatura es un estilo cada vez más recurrente, Chimal logra desmarcarse de muchos lugares comunes utilizando recursos que hacen de su novela una propuesta interesante: de algunos personajes sólo escuchamos lo que dicen, con medidas y reservadas anotaciones del autor; otras secciones las cuenta un narrador cuya identidad se va descubriendo con el tiempo, y el cual decide por medio de particularidades tipográficas qué cosas pueden escuchar los  personajes de la novela y cuáles son reservadas sólo para el lector. Como su anterior novela Los esclavos (2009), La torre y el jardín explora temas relacionados con la manifestación física y psicológica del poder, con el sometimiento absoluto del ser amado. En este caso, las relaciones de poder no sólo ocurren entre humanos, sino que éstas son también establecidas con animales de casi cualquier especie — de los elefantes a los piojos, pasando por pelícanos, gallinas, nutrias, gatos, koalas, tigres, hormigas, focas, caracoles, ornitorrincos, sapos, caballos, cucarachas, corderos y orangutanes entre muchos otros—. Con toda claridad, la novela explora el tema de la zoofilia y el bestialismo, pero siempre detrás de la trinchera, ya que el tema es el pretexto para apuntar la mira hacia otros lugares. Desde mi lectura, considero que detrás de dichos tópicos subyacen asuntos con mayor amplitud y simbolismos que, debido al empleo de recursos en el texto, estoy seguro a Chimal nunca le pasaron inadvertidos.

    El edificio en el que se encuentra “El Brincadero” —para ahora ya sabido burdel en el que se practica la zoofilia y el bestialismo— da claras muestras durante toda la novela de ser un lugar mágico, inimaginable, casi vivo. Un edificio del que no se sabe el número exacto de pisos o cuartos que lo componen; una torre que es más grande por dentro que por fuera, cuyos pasillos, pisos y puertas cambian de forma, decorado y lugar a placer. Como lo dice el narrador: “su número de pisos, si bien no es infinito, sí es tan grande como para que todavía, tantos años después de su fundación, queden algunos que no se han usado nunca, aún con sus puertas selladas por el equipo de construcción original”. Éste es el lugar en el que Chimal decide establecer a sus personajes: por cierto, la arquitectura dramática que logra le es muy favorable gracias a que las personalidades de éstos se combinan. Con ello me refiero a que no sólo el lugar es fantástico, sino que aquellos que dentro del lugar se desenvuelven —clientes, visitantes y empleados— tienen características muy particulares. Kustos busca resolver un misterio para cuya respuesta tal vez no esté preparado; Molinar pende de un viejo recuerdo para recuperar algo que no sabe si es verdad o únicamente un sueño lejano; Isabel, ya acostumbrada a toda clase de perversiones, dolores y deleites, maneja un negocio herencia de su padre, don Emilio —fiel empleado del Viejo Constantino, dueño original del lugar—; don Cruz, arquitecto de lo fantástico y lo imposible, hace un edificio que protege en sus más recónditas entrañas un secreto destinado a pocos elegidos. Es seductor que el edificio actúe también como un personaje más de la novela, pues de esta manera funciona como un laberinto que complejiza la relación que los personajes tienen como viajeros hacia tan incierto destino. Como en todo laberinto, los personajes buscan la salida, pero al mismo tiempo buscan el centro oculto, algo que no está fuera, algo para lo que no se necesita salir del caos sino internarse profundamente en él, con el peligro de perderse en el camino: “Porque el de la torre es el Incierto Principio.”

    A Horacio Kustos, personaje central de la novela, “lo han llamado explorador, periodista, viajero, naturalista, investigador”, un hombre cuya búsqueda nunca cesa, un héroe dispuesto a matar al Minotauro aunque le cueste la vida. Kustos encuentra un balance en su compañero de aventuras, Francisco Molinar, proctólogo común y escéptico, que funciona como un escudero con el que el diálogo se mantiene por páginas enteras que revelan sólo lo necesario. El resto de la narración lo lleva el propio edificio con una voz omnipresente que puede ir de lo benevolente a lo violento en una cuantas líneas. Eventualmente nos enteremos de que Nata llama al edificio con el nombre de Zenhya y que los personajes están de alguna manera conscientes de que pueden dialogar con el edificio:  “Oiga, usted, quien sea…, sea lo que usted sea… Al rato venimos, ¿eh? Dígale a la señora Isabel que no vamos a hacer ningún destrozo.” Por su parte, Molinar tiene su propia historia, es hijo de Ricardo Molinar, un antiguo encargado de hacer esqueletos mecánicos para algunos animales en “El Brincadero”. Cuando Francisco es pequeño y busca a su padre dentro del edificio, se pierde y es hallado por Isabel, quien para entonces también es una niña. Ella decide mostrarle un secreto y lo lleva al preciado jardín: de ahí parte la búsqueda de tan enigmático espacio, de la sombra de un viejo recuerdo según el cual algún día estuvo en un lugar que necesita reencontrar. Los claros antagonistas de toda la novela son “el joven Constantino”, hijo adoptivo del dueño del lugar y a quien la zoofilia practicada en el edificio le parece una perversión, y su “socia” Edith Barba, encargada de lo que juntos llaman “el verdadero jardín”, un lugar en el que realizan experimentos con seres mecánicos parecidos a animales para los que tienen un plan que de tan apocalíptico se torna un poco insensato. Nunca se hace explícito, pero parece que el joven Constantino y Edith Barba tienen también una relación íntima que sólo queda esbozada en la novela: “Su nombre es Edith Barba llegó a la torre hace más de diez años y cuando el joven Constantino se va ella se encierra en sus habitaciones –le toca un piso entero, o tal vez más– y no permite que la vea nadie.”

    Otro particular elemento fantástico dentro de la novela es el “libro azul”, especie de objeto mágico en poder de Isabel. La relación de la figura del libro con el saber y el conocimiento es evidente, así como su color, que en la tradición simbólica representa la verdad, el intelecto, la sabiduría y la revelación de los secretos. El libro es una especie de objeto infinito y única guía a través de los innumerables vericuetos y pisos del edificio. Como lo dice la misma Isabel, refiriéndose al contenido del libro: “Son indicaciones para que entendamos mejor de lo que estamos haciendo.” El libro azul contiene el nombre de cada uno de los pisos del edificio: “Abril es el mes más cruel”; “Vivo sin vivir en mí”; “Dadme mi arco de oro ardiente”; “Si ves un monte de espuma”; “Y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más”; o “He hecho de mí lo que no sabía”, entre muchos otros. Con un poco de perspicacia y paciencia se puede deducir, o descubrir, que los nombres de los pisos son versos de poemas de autores como santa Teresa de Ávila, T.S. Elliot, William Blake, José Martí, sor Juana Inés de la Cruz, William Shakespeare, Ramón López Velarde, Rainer María Rilke, Leonard Cohen, Marina Tsvetáieva o Raymond Carver, entre otros tantos que dejo por descubrir al lector.

    alberto chimal

    Alberto Chimal

    Contrapuesto al edificio encontramos, desde el título de la novela, “El jardín”: máximo secreto de “El Brincadero”, el cual ha sido confiado a muy pocos. Un lugar que don Cruz parece haber escondido en los cimientos de tan fantástico edificio para protegerlo, para enterrarlo y negar el acceso a cualquier extraño que no pudiera lidiar con los secretos que tan paradisiaco lugar resguarda. El jardín representa una especie de paraíso perdido, la tierra mejor, un principio femenino protector que nutre al que en él se interna: “en el fondo sólo hay un sitio, en todo el mundo, que nos permite hacer algo distinto que sólo huir para siempre” —le dice Isabel a su padre en una carta que tardó mucho en poder escribir refiriéndose claramente al jardín.

    El propio Chimal ha dicho, en muchas entrevistas sobre La torre y el jardín, que tardó cerca de ocho años en escribir la novela. En esos ocho años, Chimal siguió desarrollando varios proyectos que seguramente nutrieron su novela con tonos, parte del argumento, el propio personaje principal y, por qué no, algunas tramas secundarias que aparecen en el libro. Por ello me atrevo a decir que algunas secciones menores de la novela parecen eso, anécdotas o pequeños relatos separados del argumento central. Por ejemplo, la sección en la que el joven Constantino y Edith Barba muestran el “falso jardín” a Kustos; es muy pequeña y queda casi aislada de la novela, a pesar de que podría funcionar como un contrapeso con mucha mayor fuerza a la “verdadera” finalidad del edificio. Si bien en ese capítulo se intenta una “moraleja” sobre la deshumanización contemporánea, ésta se desdibuja entre tantas páginas. No se puede negar también que la novela contiene excelentes digresiones que ayudan a entender a los personajes y sus historias personales, así como sus temores, deseos y obsesiones. La mayoría de ellas funciona cumpliendo este propósito, pero me parece que una o dos no dan en el blanco preciso. Por ejemplo el capítulo “Mente abierta”, en el que Isabel comparte algunos tragos y luego va a casa de un hombre que vive con dos mujeres, es difícil de conectar a la trama central del libro. Otro ejemplo sería el episodio en el que unos narcotraficantes intentan usar de bodega el edificio, el cual queda un poco sobrado ya que no se desarrolla y ni aporta mucho a la historia. Sucede algo parecido con la “sociedad secreta de la torre” —“la única tarea de todos ellos, al margen de lo que ya debían hacer en el negocio, era cuidar el jardín”—, pero que aparecen en la trama a treinta páginas de que termine la novela y, por ello, su pertinencia decrece.

    El de La torre y el jardín no es un mundo mágico simplemente, o un lugar donde pasan cosas extravagantes o fuera de lo común, sino uno en donde lo maravilloso toca la vida de los personajes para transformarlos radicalmente. Pareciera que aquellos que entran a “El Brincadero” con intenciones de satisfacer algún deseo sexual con animales son los personajes menos importantes, los que menos cambios padecen en sus vidas al salir del edificio. En cambio, aquellos cuya búsqueda es interna, que exploran la torre con un afán de encontrar sus secretos más celosamente guardados, son aquellos que no podrán volver al mundo “real” de la misma manera en la que entraron. Aquí habrá que mencionar la enorme capacidad de Chimal para mantener una constante intriga urdida a lo largo de la novela, la cual, junto a refinadas descripciones de los cuartos o el edificio entero, mantiene un pulso dramático constante que no estanca la lectura.

    Encuentro también en la novela dos temas que funcionan como círculos concéntricos deliberadamente cargados de considerable significado. El primer tema del que considero se desprende el segundo es la oposición existente desde hace siglos entre “cultura y naturaleza”. No podemos perder de vista que la idea de cultura es un concepto moderno que tiene su propia historia, y ahora no es lugar ni momento de comentar, pero sí habría que decir que la cultura se entiende como un proceso dialéctico en donde su concepción más subjetiva constituye una acepción relativa a la educación, el aprendizaje y una separación axiológica de lo “natural”. Por otro lado, la naturaleza se considera el estado puro del mundo, en donde es necesaria una transgresión —bíblica, mitológica o progresista— para que la cultura irrumpa en el mundo natural e intente dominarlo, subsumirlo y transformarlo. Explicado el camino, puedo decir que en La torre y el jardín esta idea aparece en el fondo de gran parte de su trama. El edificio protege en sus cimientos la naturaleza, el paraíso impoluto, aquel jardín edénico en el que los animales y las plantas no han sido colonizados y explotados por el hombre. Por el contrario, el edificio encarna todo lo inverso: en él ocurre la mayor dominación sobre la naturaleza, se emplean animales para uso, placer y hasta maltrato. Georges Bataille o René Girard estarían tal vez de acuerdo en la pregunta: ¿qué mayor sumisión y control que el sacrificio sexual de una víctima propiciatoria? Por ejemplo, en el falso jardín, donde Edith Barba y el joven Constantino intentan reproducir máquinas que provoquen el fin de la especie humana, hay un letrero que dice: la finalidad es arrancar la flor humana. Kustos pregunta la razón de dicho nombre, a lo que Edith Barba responde: “Éste debería ser el nombre del piso (…) Como usted sabe, la flor que queremos plantar es otra.” Barba y el joven Constantino buscan un mundo de absoluta “desnaturalización”, porque la naturaleza es incontrolable, impredecible y por lo tanto indomable y peligrosa. Dice Barba: “Y todo puede ser muy rápido: limpiar la tierra entera, dejarla sin plantas, animales, ni microbios (…) para que éstos, y señaló a las criaturas [completamente mecanizadas] del piso inferior, tengan el campo libre. Para que pueda existir un mundo mejor.”

    Como ya se imaginará el lector, es El jardín el que representa la naturaleza en esta dicotomía, pero no de manera simplista y falta de fuerza y argumentos. En la iconografía pictórica los jardines siempre han representado la imagen idílica del mundo; a su vez, los árboles —regularmente en su centro— representan un eje conector con el mundo femenino y protector, infundido de un poder fertilizante para el nacimiento y crecimiento de lo que en el mundo natural habita. En la novela de Chimal, cuando finalmente los personajes llegan a “El jardín” en los cimientos del edificio, en efecto se encuentran con un jardín edénico en el que detrás de una reja existen animales de los que es imposible distinguir especie: la naturaleza libre, sin dominio ni clasificación alguna. Ese mundo lo habitan también algunos protohombres que no se distinguen como distintos o separados de la naturaleza, sino como parte de ella.

    Como ya lo anunciaba, considero que el otro tema que se desprende de esta relación  dominante con la naturaleza es el de la zoofilia. Cuando terminé La torre y el jardín, no pude evitar volver a ver Zoo (2007), un documental de Robinson Devor en el que se cuenta la muerte de un hombre por una peritonitis provocada al ser penetrado por un caballo. Lo traigo a colación porque Chimal se vale de una estrategia narrativa y estilística que Devor emplea en su documental, con las obvias diferencias al ser Zoo un documental y la otra una fantasía. Ambos se alejan de la impresión fácil, de la descripción grotesca o perversa para nutrir el morbo de su audiencia; no buscan el impacto sencillo que se grabe en la memoria sino un recorrido que, sin obstáculos moralistas, logre sortear el camino que un tema tabú presenta. Lo que no puedo dejar de señalar es que algunas de las descripciones de las prácticas zoofílicas o de bestialismo son muy logradas, pero otras caen en lo romántico, otras más en lo absurdo y las menos en un juego de inventiva casi gratuito. Pero, con mucho pulso, Chimal plantea que, quienes van a “El Brincadero”, lo último que buscan es una simple relación que satisfaga sus instintos sexuales: buscan algo más, una relación más profunda que, si bien pasa por el placer, lo supera. “Cómo es sabido, a un buen burdel no se acude jamás para tener un coito, porque un coito puede lograrse en cualquier sitio, deprisa, simplemente con un poco de cautela o de abandono. No hace falta mayor esfuerzo ni cabe esperar mayor recompensa.” Me parece que el tema tiene también una resonancia importante: la idea de la naturaleza al servicio del hombre debido al significado que tienen muchos de los animales que se mencionan en la trama. Los animales son en la novela claros representantes de la vida instintiva, de la fertilidad y la vida exuberante. Como lo plantea el diccionario de símbolos de Cooper, “Cuando los animales se han de sacrificar o domar en el mito y la leyenda, se simboliza el control de los instintos del hombre”.

    La novela de Chimal recuerda entonces un viaje a lo desconocido, el camino del héroe que decide buscar el tesoro y jamás perderlo o permitir su ruina. Como lo dice Peter Sloterkijk:  “A la conciencia humana se le plantea desde el principio la elección entre el camino corto y el camino, largo, entre la odisea y el paseo.” Así, los personajes de Chimal eligen la odisea, eligen el camino largo, aquel del que es difícil alcanzar la meta. La torre y el jardín está escrita y pide ser leída bajo el peligro de olvidar el rumbo en sus entrañas, de nunca desdeñar el laberinto al que hay que entrar dispuesto a perderse, a encontrar lo insignificante, lo grotesco, lo impoluto, lo inasible y, sobre todo, lo fantástico.

     


    [1] http://www.lashistorias.com.mx

    [2] https://twitter.com/albertochimal

    [3] http://kustos.tumblr.com

        Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.


    Escrito por Juan Carlos Reyes

    Juan Car­los Reyes obtuvo una beca de exce­len­cia con la cual cursó la maestría en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana por la UDLA. Par­ticipó en los talleres lit­er­ar­ios de Felipe Montes, en Mon­ter­rey y en Puebla. Ha sido galar­don­ado con dis­tin­tos pre­mios por guiones de cor­tome­traje, fic­ción, artículo y obtuvo el primer lugar en la cat­e­goría B del con­curso del Fondo de Cul­tura Económica, La Cien­cia para Todos (1999–2000). Pub­licó su segundo libro de cuen­tos en la Colec­ción La Letra Digital.


    Más sobre Aberto Chimal

  • Vórtices viles de Ruy Feben

    Avisadas construcciones en Hamakulia

     

    Ruy Feben, Vórtices viles, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2012, 144 p.

    Vórtices viles, primer libro de cuentos de Ruy Feben, ha sido ya enjuiciado, sorteó la prueba satisfactoriamente y por ello salió del recinto con el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2012 entre las manos. Me resulta inevitable pensar que, ante esta previa valoración, emerja cierta predisposición para emprender una búsqueda de virtudes indiscutibles en el texto en lugar de motivar un ejercicio crítico que señale cualidades, faltas, acentos, pulsos, modulaciones o desaciertos. Para intentar obviar esa ruta, una de las primeras intenciones de mi lectura fue ingresar al libro sin asumir de facto la carga simbólico-cultural que el premio —y el cintillo dorado que lo abraza— le otorgan al libro. En este caso, la apuesta era burlar esa trampa y no hablar directamente de galardones, sino de libros; pero hablar de libros premiados es hablar de libros y de premios, y de sus autores y de sus jurados, y aunque sea tangencial y mínimamente, del pulso y estado en el que se encuentra la literatura “joven” mexicana.

     

    vortices_vilesUn “vórtice”, por definición, es un torbellino, un remolino o el centro de un ciclón; “vil”, por su parte, es un adjetivo que otorga una cualidad de desprecio, indignación, torpeza o infamia. Eso se podía haber obtenido de cualquier diccionario, cierto, pero ambas palabras juntas: Vórtices viles es un término que tiene su propia historia y que Ruy Feben utiliza con mucho tino para titular su libro. La expresión es adjudicada a un escocés, Ivan T. Sanderson, quien nombra así a su teoría sobre la idea de que existen doce puntos geográficos en los que a lo largo de cientos de años fuerzas sobrenaturales han logrado provocar desapariciones de barcos, aviones, hombres o hasta civilizaciones enteras. Después de rastrear cientos de eventos de tal naturaleza, Sanderson concluyó que todos ocurrían en alguno de esos doce “vórtices”. Como lo dice Feben, explicando el origen del título en el blog dedicado a su libro,* entre los vórtices más conocidos están el Triángulo de las Bermudas, el Mar del Diablo cerca de Japón, el volcán Hamakulia en Hawaii, el Triángulo de Formosa, la Isla de Pascua, el mar que divide a Madagascar de África, y los dos polos terrestres, entre otros. Sobra decir que esta teoría no ha sido tomada en serio por la comunidad científica —como muchas otras cosas que, por lo menos yo, sí me tomo en serio— y ninguno de los vórtices es eliminado de rutas marítimas o aeronáuticas (oficialmente).

     

    Con el título desentrañado, me parece que podemos dilucidar cuál es la relación que Feben encuentra entre tan metafísica teoría e insólitos lugares con los cuentos que contiene Vórtices viles. En efecto, el libro está compuesto por sólo once cuentos, pero para el lector curioso que entrara en el blog antes referido, quedaría claro que es ahí en donde se encuentra el doceavo —“El caso Fortes”—, para así encontrar una similitud meramente numérica con la dichosa teoría. Pero más allá del número, lo interesante es que Feben parece desprender las tramas de sus relatos de la premisa central de esos doce escabrosos puntos geográficos. Bien podríamos decir que en sus cuentos lo fantástico, inaudito e inexplicable se relaciona de una manera casual con el mundo real en el que la vida diaria corre sin muchos exabruptos, son relatos en los que de situaciones no del todo ajenas a la vida común se desprenden misterios indescifrables de los que no siempre se obtiene respuesta. Los relatos asemejan en efecto, vórtices que se tragan sin más a los personajes; en otros casos, los personajes mismos son una especie de imanes de la tragedia y la desgracia que no pueden evitar devorar el mundo que los rodea en un ritual casi caníbal.

     

    Uno de los asuntos centrales que llama la atención en Vórtices viles es la clarísima conciencia escritural que Feben decide expresar en sus relatos. De no ser por dos de ellos, “Krow” e “Hipocampo”, todos los demás cuentos vuelven evidente esta percepción y claridad del hecho de estar escribiendo. El mismo autor lo declara en su blog hablando de los cuentos que componen el libro: “[Al comenzar el libro decidí que] todos estarían narrados como un texto intencionado y necesario para la vida de cada personaje: en vez de terceras personas omniscientes, escribía cartas, grabaciones, discursos, confesiones, acaso algún monólogo interior.” Es innegable que este hecho de evidenciar el acto escritural no es una novedad, simplemente habría que pensar en algunos de los muchos ejemplos en donde esta conciencia sobre la escritura ocurre con maestría como Las memorias póstumas de Blas Cubas (1881), de Joaquim Machado de Assis, o El libro vacío (1958) de la mexicana Josefina Vicens. Ejemplos más recientes podrían ser dos novelas del escritor norteamericano Chuck Palahniuk, Survivor (1999) y Tell-all (2010), quien emplea el mismo recurso pero con otros propósitos y resultados. Esto, por supuesto, no impide que el procedimiento, o cualquier otro, pueda volver a emplearse; de ser así, se habría dejado de escribir hace mucho tiempo. La pertinencia del recurso en Vórtices viles se ejemplifica en relatos donde aparecen hombres que cuentan lo importante que es escribir su propia historia, otros que nos increpan directamente como lectores, y otros más que escriben diarios, cartas y manuales. Por ejemplo, en “El Aqueronte” anota el narrador: “Escribo esto en un balcón en el piso siete de un hotel”; del mismo cuento es: “Ahora sé que lo único que puedo hacer es escribir la historia de la desaparición de Mephibusheth”, o en “Presagio”, en donde anota: “Y yo no estaría escribiendo esto si.” Así, Feben utiliza este recurso tan evidente en su libro como una posibilidad más de difuminar los espacios intersticiales entre la fantasía y la realidad. Lo escrito adquiere un estatuto de verdad por el simple hecho de plasmarse en la página, pero a la vez nos deja claro que aquello con lo que sus personajes, o él mismo como escritor en “Experimento 18681”, se debaten, ocurre entre lo fantástico y lo habitual. No pretendemos confundir al autor y a los narradores de sus cuentos, pero es a través de éstos que Feben otorga y a la vez adquiere un lugar diegético predeterminado que implica no sólo una decisión formal, sino también una concepción sobre el acto escritural y, por ende, sobre las figuras del autor y el lector.

     

    Otra de las maneras en las que el autor juega con el estatuto escritural de sus relatos es empleando textos dentro de los textos. Por ejemplo, en “La tarde de los edificios intactos”, anota: “Pero quién soy yo, aun hoy, aun al escribir esta carta, para imaginar eternidades.” O en “Saudade”, el relato más largo del libro y que está compuesto por veintidós entradas del diario del protagonista escritas en una muy paranoica primera persona. En el mismo tenor, existe también en algunos textos, como “El Aqueronte”, una idea de que lo escrito es sólo transcripción, que aquello existe ya como texto en algún lado y que el escritor es sólo el encargado de la inevitable entrega al lector. Escribe el narrador: “Igual que todo, está ya escrito, y cada palabra que yo escriba aquí ya fue prefigurada por otro.” Considero que esta noción sobre la escritura que emplea Feben casi como poética estaría incompleta sin su contraparte lectora, es decir, que varios de los textos hacen alusión directa al lector y en algunos casos éste llega a estar involucrado en la trama y el desenlace del cuento. En “El Aqueronte”, dice el narrador: “Probablemente las atribuciones que el hipotético (improbable) lector haga de esta carta no importan; quizá tampoco mis explicaciones”; o, en “Siete cosas sobre Jerónimo”, apunta: “Lo primero que debes saber de Jerónimo es que casi siempre controla sus esfínteres.” Me parece que el cuento que mejor logra esta compleja relación es el que cierra el libro, “Experimento 18681”, texto en el que el autor le habla directamente al lector: “Aquí viene el clímax; entenderemos qué hacemos aquí Ulises, tú y yo. Atención”, o “Por eso te quedarás hasta el final; porque quieres saber cómo es que pierdes”. Este último cuento, como lo dice su nombre, experimenta con las relaciones que entre narrador, escritor, personaje y lector se establecen, como si se tratara de una especie de manifiesto sobre la complicidad que entre autor y lector se establece al momento de suspender la existencia y decidir entrar al libro con los ojos vendados. El cuento enuncia la realidad  de las teclas que se presionan, del personaje que ve al escritor escribiendo el libro, de sus hojas blancas a punto de llenarse de letras, del sonido que hacen las teclas de la máquina cuando se presionan (tic-tac) o cuando dejan de sonar.

     

    Debido a esta peculiaridad narrativa y a la experimentación formal, considero “Experimento 18681” como un texto muy logrado en el libro, pero no podría dejar de anotar que, si bien el recurso narrativo del que hemos venido hablando se lleva a cabo con mejores resultados en algunos cuentos que en otros, en la lectura del libro llega un momento en el que se espera alguna variable en los narradores, ya que lo que podría ser una virtud consistente, después de 141 páginas corre el riesgo de agotar al lector con el mismo recurso narrativo empleado en casi todos los relatos.

     

    Otro tema que me parece necesario tocar es la constante insistencia en que el libro de Feben es de género fantástico, o de lo que él mismo cataloga en su blog como “géneros especulativos”. Como decía, tanto en su blog como en muchas de las notas de prensa —tal vez por costumbre o pereza periodística— se insiste en el lugar común: “En donde lo fantástico se mezcla con lo real.” Tal vez la definición sea la adecuada, pero repetida por el autor, por las reseñas y por las notas de prensa, me parece que comienza a vaciarse de significado y se vuelve cada vez más difícil ingresar a ese terreno sin caer o repetir tópicos simplistas. Como ejemplo, Feben mencionó en la presentación del libro en Bellas Artes: “He escrito este volumen para hacer reflexionar al lector sobre la utilidad que le da a su tiempo y para mostrar que el mundo real y el imaginario que solemos tomar como dos antónimos en realidad están mezclados.” Dejo a juicio del lector si le es necesario reflexionar sobre el tema propuesto por el autor, o si considera que leer Vórtices viles es la mejor manera de hacerlo, o si cree que el autor logrará su objetivo casi pedagógico de hacerlo reflexionar. Lo que sí es digno de mención es que, si por un lado emplea un recurso narrativo con evidente recurrencia, las maneras en las que aborda esta búsqueda de lo fantástico son mucho más variables y le presentan resultados que en algunos cuentos son muy interesantes.

     

    En varios casos, los personajes cuentan lo ya sucedido, cuentan desde un presente tormentoso al que constantemente vienen los recuerdos de una existencia no muy lejana en la que la realidad funcionaba de manera cuando menos indiferente. Sus personajes necesitan atravesar por un rito de paso arduo para poder decir: “Ahora lo entiendo todo.” Son personajes que durante extensas secciones de las tramas se encuentran perdidos o en busca de encontrar respuestas a preguntas que no entienden o que los superan. La realidad se muestra entonces como un lugar vacío en el que la fantasía se vuelve necesaria para la supervivencia, como lo anota el narrador de “El Aqueronte”: “Mephibusheth me había dotado de un mundo horrible que yo podía arreglar cada tarde, uno en el que yo era capaz de sofocar incendios y derrotar invasores (…) a comparación de mis tardes, el resto del mundo parecía no sólo imperfecto, sino inútil, inexistente, imposible.”

     

    Uno de los mejores cuentos del libro, y que hace un guiño al estilo borgiano de lo fantástico, es “Vida de los guara-bototí: nueva luz sobre un caso de aislamiento voluntario”, texto en el que también encontramos una clara conciencia escritural y en el que se hace referencias a otros libros y estudios inexistentes sobre una tribu que decide alejarse del mundo y sujetarse a una población inamovible que sólo acepta a un nuevo miembro cuando otro pierde la vida. La idea final del cuento es interesante y recuerda, sin duda, el eterno retorno nietzscheano: la vida que da giros sólo para llegar al lugar de donde se ha partido una y otra vez. Como antes anotaba, uno de los mejores textos, con un argumento interesante cuyo excelente pulso dramático se va desenvolviendo poco a poco.

     

    Me parece que los textos de Feben no sólo “mezclan lo fantástico con lo real” —como tanto se ha dicho—, sino que construyen estructuras en donde, por muchos motivos, la vida más normal y cotidiana ha sido ya trastocada por algún evento antes de que comencemos a leer, es decir, sus personajes tienen ya un bagaje que los predispone a situaciones límite, a reacciones inesperadas, a respuestas inaudibles que los empujan a abismos insondables. Las tramas se van desentrañando poco a poco y lo que antes parecía normal —lo que sea que eso quiera decir—, cotidiano o real, comienza un proceso lento y doloroso de transformación fantástica.

     

    Así, Vórtices viles tiene algunos auténticos ojos de huracán, como “Saudade”, “Experimento18681”, “Vida de los guara-bototí: nueva luz sobre un caso de aislamiento voluntario” o “La tarde de los edificios intactos”, pero también algunos textos cuyo resultado es disparejo con el resto del libro. A fin de cuentas, el resultado me parece muy logrado: expone a un autor joven con una voz y ciertas vistas de una propuesta poética, características de las que la literatura mexicana contemporánea adolece en algunos casos y sentidos. El de Feben es un libro que demanda atención a detalles y pide ser leído con cuidado. Es notorio un trabajo cuidadoso y propositivo por parte del autor, un uso muy articulado del lenguaje en el que no aparecen barroquismos innecesarios, carretadas de adjetivos que ensucien su prosa o lugares comunes que desalienten la lectura.

     

    Si Feben manifiesta la intención de mezclar lo fantástico con lo real, y dedica su libro a ello, vale la pena terminar recordando El oficio de vivir (1950), de Cesare Pavese, en donde el autor italiano vislumbra una manera final de ganarle la partida a lo real y que, me parece, Feben compartiría: “La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida. Le dice: Tú no me engañas: sé cómo te comportas, te sigo y te preveo, me gusta verte actuar y te robo tu secreto componiéndote en avisadas construcciones que detienen tu flujo.”

     Texto pub­li­cado en la edi­ción 155 de Crítica


    Escrito por Juan Carlos Reyes

    Juan Carlos Reyes obtuvo una beca de excelencia con la cual cursó la maestría en Lengua y Literatura Hispanoamericana por la UDLA. Participó en los talleres literarios de Felipe Montes, en Monterrey y en Puebla. Ha sido galardonado con distintos premios por guiones de cortometraje, ficción, artículo y obtuvo el primer lugar en la categoría B del concurso del Fondo de Cultura Económica, La Ciencia para Todos (1999-2000). Publicó su segundo libro de cuentos en la Colección La Letra Digital.

  • Tu materia son los huesos de Andrés Téllez Parra

    La memoria enterrada

    Andrés Téllez Parra, Tu materia son los huesos, Magenta, México, 2012, 69 p.

     

    Andrés Téllez Parra (Ciudad de México, 1979) construye con oficio un libro sobre el fin del mundo, sobre el mundo de los muertos, pero también sobre el mundo de los vivos, tal vez de los vivos que están aún por morir. Un retrato apocalíptico y onírico que se aleja de los lugares tan comunes como viciados sobre zombis, hecatombes nucleares o pandemias virales que tanto llenan hoy estanterías y mesas de novedades. Como dice Salvador Gallardo Cabrera en la contraportada del libro, se habla de un mundo “en estado de desaparición, de un mundo después del fin del mundo”. read more

  • Jim bajo la lluvia

    Pasos mínimos, rápidos. Un corto avance hacia arriba. Corrección de rumbo hacia la derecha. Veloz roce de patas delanteras. Un vuelo circular, y de nuevo al cristal. La mosca estaba encerrada en el taxi desde que emprendieron el camino. Cada cierto tiempo volaba de nuevo en busca de una escapatoria.  Jim giró la perilla sólo tres veces para abrir un poco su ventana. A los pocos segundos, la mosca escapó por la abertura. Entró una cálida brisa de aire y Jim miró el Sol por la pequeña franja entre el vidrio y el marco de la puerta. read more