José Revueltas

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    A José Revueltas, en lo que hubiera sido el

    octagésimo aniversario de sus días terrenales

    Jose Revueltas

    Una de las dos —y únicas, hasta donde se pudo investigar— referencias de José Revueltas a Thomas Wolfe se encuentra en su novela Los errores. Jacobo, el personaje principal, intelectual comunista crítico que está a punto de ser expulsado del partido, se dirige a casa de su amiga Magdalena, mujer a la que lo vincula un amor atormentado y quien lo guía por el laberinto de un libro del escritor estadunidense. Ella domina el inglés pero él no; apenas llega Jacobo a su casa, ésta  corre a su recámara para traer “el libro”.

     

    Luego, sin perder un segundo, sus ojos leonados habían comenzado a leer sobre las páginas, esos ojos de piel de león, mientras su voz llena de sombras dejaba caer las palabras dentro del cuerpo vacío de Jacobo.

    Había ido por el libro, no por un libro indeterminado, sino por ése del que ya ambos estaban seguros, sin ninguna sorpresa, que sería el que iban a leer y comentar y que representaba su preocupación concreta e impostergable de estos momentos. Jacobo pensó de inmediato en el libro de Thomas Wolfe. Las referencias, unas semanas antes, de Magdalena a Wolfe —rápidas e inciertas, con miedo de detenerse en ellas— anunciaban, anticipaban la actitud torturadora de este instante, la necesidad en que ambos se verían de asomarse al infierno de sus espíritus a un plazo fijo e inexorable de cuyo momento no podrían escapar, primero con el libro entre las manos, leyendo sus quemantes palabras, y en seguida ellos dos solos y desnudos en el banquillo de los acusados. (…)

    La circunstancia de que el libro de Wolfe no estuviera escrito en español lo hacía sentirse como ciego, un libro en el que era imposible penetrar sin ir tirado de la mano por la voz de Magdalena. En esos momentos ambos amaban esas palabras hasta sentir una especie de vértigo, un tacto de vértigo, como si se poseyeran de algún modo sin tocarse y luego con una desesperación concreta. Todo estaba reunido para ellos dos en esta presencia mutua del uno para el otro, en esta presencia aplastante, sin embargo irreal. (…)

    La voz caída y negra de Magdalena lo llevaba a través de aquel libro que tenía palabras con otros ojos y que se escuchaban como pedazos de noche. ¿De qué error quieres evadirte…? ¿Del horror de ocho millones de caras? Cada ventana es una luz, cada luz un cuarto, cada cuarto una celda, cada celda una persona…

    Magdalena cerró el libro. De continuar aquello terminarían en la consunción más absoluta, terminarían por morir de hambre un hambre cuyos alimentos ya no podrían ser ellos mismos tampoco.1

     

    Que se nos perdone una cita tan larga, pero era necesaria para situar a los dos amantes —y, por lo tanto, al autor— frente al libro de Wolfe, que cobra una presencia alucinante y del que Revueltas se compenetra de una manera extraordinaria con sus propias palabras, como si las hubiera sentido hasta lo más profundo de su ser “con otros ojos y que se escuchaban como pedazos de noche”. Lo entendió tan bien, a pesar de que no podía leerlo directamente, que casi se pone a escribir como él —aunque ya lo había hecho antes sin saberlo.

    Este fragmento tiene un trasfondo fuertemente autobiográfico. Jacobo personifica, evidentemente, al propio autor, cuando menos en ciertos aspectos fundamentales de su personalidad y en sus interrogaciones y su posición crítica ante la vida. Y Magdalena se parece asombrosamente a quien en la realidad fue amante de José Revueltas en aquellos años, la pintora y escritora de origen ruso Maka (de Magda a Maka hay sólo un paso), fallecida hace unos cuatro años, con lo cual desapareció para siempre un testimonio de altísimo valor, en particular sobre el punto preciso de su conocimiento, o desconocimiento, mejor dicho, de la obra de Thomas Wolfe. (Algunas cartas enviadas por Revueltas a Maka aparecieron en Las evocaciones requeridas, pero existen más y es de esperar que los herederos de Maka las den a conocer algún día, ya que pueden aportar datos esenciales sobre su relación.)

    En Los errores, Revueltas habla del “libro” sin nunca dar su título, pero la cita permite saber que se trata de The Weband the Rock, tercera novela de Wolf:

     

    What horror did you want to flee? Must you for ever be a

    fool without a faith and eat your flesh?

    “The horror of eight million faces!”

    Remember eight —know one.

    “The horror of two million books!”

    Write one that has two thousand words of wisdom in it.

    “Each window is a light, each light a room, each room a

    cell, each cell a person!”2

     

    Lo interesante del caso es comprobar la semejanza entre el mexicano y el norteamericano, al que Revueltas, según el fragmento citado, probablemente descubrió a través de Maka es decir, a principios de los sesenta (o, tal vez, desde finales de los cincuenta3 pero de todos modos cuando era ya un escritor hecho y maduro).

    Thomas Wolfe nació en 1900, en Asheville (Carolina del Norte), y tuvo una vida muy breve, al igual que los dos hermanos mayores de José, ya que murió a temprana edad (en 1938) a causa de una neumonía. Publicó su primera novela, Look Homeward, Angel, en 1929. Tuvo de inmediato un gran éxito y su segunda novela, Of Time and the River, lo consagró en 1935 como la joven promesa de la literatura estadunidense de aquel entonces, lo que le ocurrirá a Revueltas unos quince años después con El luto humano (y antes de caer en el ostracismo, no con la muerte sino por la reacción de la izquierda a la carga crítica de su obra, en particular Los días terrenales).

    La edición original de Look Homeward, Angel data de 1929 y, al parecer, no fue vertida al español sino hasta 19694 (la edición francesa es apenas de 1982), mientras que su segunda novela se tradujo antes: en 1948.5 Las otras dos, The Web and the Rock y You can’t go Home again, son póstumas (1939 y 1940, respectivamente) y no existen versiones al español.

    Lo extraordinario es el parecido entre Wolfe y Revueltas en el tono, en el estilo febril, repetitivo, insistente, ciertas reflexiones y cierta visión del mundo, en cierta prosa poética (y a veces caótica), cierto lirismo en su prosa que ha pasado de moda pero sigue siendo de primer nivel en varios fragmentos y que permanece como interrogación de nuestro siglo: ¿de dónde viene y hacia dónde va nuestro país, nuestro continente, nuestro mundo? Los unía, claro está, a pesar de los catorce años de diferencia entre ellos, una época que “olía” a fin de mundo: crisis del 29, ascenso de los totalitarismos, antisemitismo, guerra que se avecinaba. Pero hay semejanzas que permiten —si se descarta la muy poco probable influencia de Wolfe sobre Revueltas, así como éste se defendió de la crítica que pretendió detectar una influencia de Faulkner— hablar de una cierta hermandad de espíritu, de un paralelismo entre ciertos aspectos fundamentales de sus obras como podría ser, por ejemplo, la descripción de la muerte del hermano del narrador en Look Homeward… y de la niña Chonita al principio de El luto humano, o la manera de describir la agonía de un personaje en el cuento “La frontera increíble”. Oigamos a Wolfe:

     

    Su tez amarillenta se había agrisado; en el granito opaco de la muerte, encendido con dos rosetones de fiebre, le crecía una espesa barba de tres días. La barba tenía algo de horrible; recordaba la vitalidad proterva del pelo, que puede crecer en un cadáver en corrupción. […] y el sonar de este estertor —fuerte, seco, rápido, increíble, que llenaba la habitación y orquestaba todos los momentos— ponía en la escena su nota definitiva de horror. […] y mientras ellos le miraban y veían en sus ojos brillantes el velo turbio de la muerte y el débil henchirse de su pecho hundido, se les representó en su enorme belleza la maravilla extraña, el rico milagro oscuro de su vida. Se callaron y sosegaron, se sumergieron bajo la marejada crespa y el naufragio de sus vidas y se fundieron en una comunión sublime de amor y valor, más allá del horror y la confusión, más allá de la muerte.

    Lo único que se oía en la habitación era el lento estertor de los alientos de Ben. Ya no jadeaba, ya no daba señales de tener conciencia ni de esforzarse. Tenía los ojos entrecerrados; su chispa gris estaba apagada y cubierta con la vidriosidad insensible de la muerte. Estaba tendido de espaldas, muy derecho, sin muestra o indicio de sufrimiento y con el flaco y afilado rostro proyectado curiosamente hacia arriba. Tenía la boca fuertemente cerrada. Ya parecía estar muerto, sólo que sonaba débilmente su respiración: era como una parte cercenada del feo mecanismo de aquel sonido, que le recordaba [a Eugene, el narrador que asiste a la agonía de su hermano mayor] la química terrible de la carne. […] [Elisa, la madre, estaba] sentada rígidamente en su silla y con la pálida faz como de piedra, sus apagados ojos negros se clavaban sobre el lívido rostro frío. […]

    —¡Vamos!— le gritó—. Está muriendo6

    Al entrar, oyeron los compases finales de su aliento, en forma de tenue exhalación. […] Pero de pronto, maravillosamente, como si le hubiera llegado la hora de la resurrección y del renacer, Ben tomó una larga y poderosa respiración; sus grises ojos se abrieron. Traspasado por la terrible visión de la muerte del espíritu oscuro que había rondado cada paso de su agonía —sin una llamarada, una luz, una gloria—, pero que por fin se unía en muerte al espíritu oscuro que rondara cada paso de su aventura por la tierra; y, blandiendo la brava espada de su mirada, completamente en su seso, sobre la habitación decorada con el ornato gris de los pequeños amores y conciencias mortecinas, y contra las máscaras de extravío y confusión que se desvanecían frente a la brillante ventana de sus ojos, pasó instantáneamente, desdeñoso e impávido, como había vivido, a las sombras de la muerte.7

    Veamos ahora las descripciones de Revueltas:

     

    La muerte estaba ahí, blanca, en la silla, con su rostro. El aire de campanas con fiebre, de penetrantes inyecciones, de alcohol quemado y arsénico, movíase como la llama de una vela con los golpes de aquella respiración última […] que se oía: de un lado para otro, de uno a otro rincón, del mosquitero a las sábanas, del quinqué opaco a la vidriera gris, como un péndulo. La muerte estaba ahí, en la silla. […] Dentro de algunos minutos abandonaría la silla para entrar bajo el mosquitero y confundirse con aquel pequeño cuerpo entre las sábanas. Si no por qué la respiración, sino por qué los golpes. Y la llama: el aire como llama, lenta, lenta, de un lado a otro, del quinqué a la ventana, del rincón a la pared, balanceando su masa atroz, precursora. Un cuerpo tan pequeño con una respiración tan grande para que la muerte entrara. […] Porque la muerte no es morir, sino lo anterior al morir, lo inmediatamente anterior, cuando aún no entra en el cuerpo y está, inmóvil y blanca, negra, violeta, cárdena, sentada en la más próxima silla. […]

    La mariposa era grande, y la última vez que apagó los cirios, nadie, por indolencia y fatalidad, hizo el menor intento de encenderlos nuevamente, confundiendo así el cuarto con la noche entera, con la noche animal que rondaba el mundo. Aunque todo era un regreso a lo animal y aquellos seres rodeando el cadáver apenas si tenían una explicación vaga. […] Chonita estaba fría sobre las alas de la mariposa: en movimiento. Chonita estaba en movimiento, pues la muerte es móvil y avanza un milímetro por mes, o por año, o por siglo. Bajo la piel las entrañas movíanse hacia su disolución y los tejidos caminaban y las manos dejaban de ser manos.8

    Nada alteraba el silencio recogido y humilde de la habitación. Los párpados quietos del agonizante hacían pensar que su muerte iba a ser tranquila, sin sufrimiento, no como esas muertes angustiosas en que la casa se llena de terror y hay un deseo tremendo de que todo ocurra de una vez, sin transiciones, para que cese el espectáculo intolerable del moribundo que gime o grita como una encarnación del espanto. […] El enfermo tenía los ojos cerrados, mas ahora miraba con los ojos de la muerte y veía lo mismo, pero más profundo. […]

    —Ya está acabando —dijo [la hermana] con su queda, traspasada voz de tierra, y se deslizó hasta un extremo de la cama. […] Tendido en su lecho final, ya casi en el lado de la muerte, el moribundo lo veía todo con sus ojos plurales y cerrados. […] El cuerpo del agonizante, en el paroxismo del dolor, empezó a asirse a él, al agonizante, a abrazarlo con rabia, con una angustia no experimentada jamás. El moribundo amaba y despreciaba esta lucha, esta ruptura alta, horrible y oscuramente bella. […] Nadie oía lo que estaba pasando en el templo secreto del moribundo. “¡Adelante! ¡Soy una antorcha! Un planeta de fuego, dios furioso sin límites. Ya el cuerpo no podrá amarme con su amor desesperado y enemigo.” […] El hermano, de rodillas, llorando como un niño, hundió el rostro entre los pies del muerto. Aquéllos eran unos pies que ardían, llenos de una gran lumbre misteriosa.9

     

    Esta similitud en la atmósfera no impide ver las diferencias existentes entre ambos autores. Un interesante trabajo de tesis consistiría en rastrear y analizar esas simpatías y diferencias.10

    Lo curioso es que este paralelismo podría prolongarse hasta en un defecto de los dos escritores: esta dificultad que ambos padecían “Para cortar las alas inútiles a las palabras”, como le reclamó Paz a Revueltas en una memorable reseña que le hizo a su novela premiada, El luto humano, allá por el año 1943.

    En los años cincuenta Wolfe y Faulkner tuvieron cierta influencia en escritores mexicanos como Juan Rulfo, a quien le hubiera gustado escribir una novela-río del tamaño de Time and the River, libro que tuvo éxito en inglés, en alemán y en español, antes de caer injustamente en el olvido.

    Con Revueltas no se puede hablar de influencia —él mismo la hubiera reconocido abiertamente sin tratar de ocultarla (más aún: de haber leído a Wolfe en los años treinta o cuarenta le hubiera llamado muchísimo la atención tal paralelismo y seguramente hubiera escrito algún artículo sobre él, tal y como lo hizo con otros muchos escritores que le gustaban y en los cuales se reconocía)—, sino de afinidad, del “espíritu del tiempo”, de dos maneras parecidas de aprehender la realidad y volverla obra literaria. A propósito de influencias, un texto fundamental como el Eclesiastés, por ejemplo, fascinó y marcó hondamente a ambos desde temprana edad, lo que de algún modo los acerca.

    Revueltas no conoció la literatura norteamericana sino hasta bastante tarde. El testimonio de su primera esposa, Olivia Peralta, es tajante: ella nunca oyó hablar de Thomas Wolfe ni se acuerda de que José lo hubiera citado o hablado de él, cuando ambos se pasaban los libros que leían. Las lecturas del joven Revueltas se centraban claramente —salvo algunos ingleses/irlandeses como James Joyce (habla de Desterrados en una carta del 14-V-38), Chesterton, Cronin, Huxley, y los clásicos ingleses, a varios de los cuales conocía probablemente desde joven aunque no dejó testimonio— en los rusos, los nórdicos y los europeos (alemanes y franceses); además, evidentemente, de la literatura mexicana y de la lengua española.11

    Al defenderse de la supuesta influencia de Faulkner (y en particular en El luto…), Revueltas escribió “Sobre mi obra literaria” en 1962 donde cita a varios autores norteamericanos pero no a Thomas Wolfe. Dice: “Ciertamente no había leído [a Faulkner] antes de escribir El luto humano y sólo fue hasta después de publicado este libro, y precisamente porque la crítica habló de una influencia más que considerable —y aun sospechosa— de Faulkner sobre aquella novela, cuando leí Mentiras yo agonizo. […] lo que se juzga como influencia de Faulkner sobre mi obra no es otra cosa sino un problema de incidencias temáticas y ambientales.”12

    Más adelante, en otro apartado del mismo texto (con fecha 1964, el año de publicación de Los errores), Revueltas vuelve sobre la pretendida influencia de Faulkner y ahí sí, entre una lista de escritores de la primera mitad del siglo XX, aparece el nombre del autor de Look Homeward…:

     

    Hoy podemos decir, de igual modo, que todos los escritores contemporáneos descendemos de Ulysses (así lo hayamos leído mal o no lo hayamos leído en absoluto), porque Ulysses es una realidad objetiva al margen e independiente de James Joyce: el hombre Joyce no es nada distinto a la forma que reviste su actividad como el compromiso humano suyo con Ulysses, esto, es, con el mundo contemporáneo y el género específico en que se expresa la abigarrada soledad de dicho mundo. Se explican así —dentro de esa línea de consecuencias— los Cuadernos de Malte Lauridge Brigges y Kafka (sobre todo, de este último, América, novela cuyo realismo no comprenderá jamás la crítica más tonta del mundo, la pretendida crítica socialista) y Sherwood Anderson y Faulkner y Celine y Durrel y Malcolm Lowry y Dos Passos y Caldwell y Thomas Wolfe y todos los que seguimos después.13

    En 1964, Revueltas sí conoce a Wolfe —aunque de manera indirecta, gracias a Maka— y lo cita, así sólo sea por su nombre aquí y de una manera más extensa en Los errores, como lo vimos antes. Lo ama y se reconoce en él, al igual que en Faulkner, sin haberlos leído antes, y esto lo reconforta en su trabajo literario:

     

    Se habla, pues, de influencia —o hasta imitación— en lugar de referirse a una sensibilidad común, a un modo de ver común, entre ciertos escritores mexicanos y Faulkner. […] Cuando Dostoyevski decía: “todos descendemos de El capote de Gogol”, no decía, Dios mío, que todos los escritores rusos del siglo XIX no fueran otra cosa que resonancias a influencias de Gogol. Daba a entender que la época, que la realidad rusa de entonces “procedía a lo Gogol”, lo cual está demostrado como cierto en absoluto con el realismo ruso del siglo pasado y comienzos del presente. […] Antes de leer yo a Faulkner (no puedo demostrarlo, por desgracia), en alguna novela tracé la siguiente imagen: “miraba con unos ojos de piedra”. Más tarde con extraordinaria alegría, leí en Faulkner (Mientras yo agonizo, escrita con anterioridad a lo mío) algo maravillosamente idéntico: “miraba con sus ojos de madera”. […] En Faulkner la “mirada de madera” de su personaje se correspondía con el labriego semindustrializado de su país: madera, algo que ya no es árbol, algo en que ya se insinúa la manufactura industrial. En mí la piedra se correspondía con la mirada que tiene nuestros campesinos indígenas, descendientes en línea recta de los ídolos precortesianos.14

     

    En nuestros ejemplos comparativos entre Wolfe y Revueltas podemos advertir de la misma manera paralelos y divergencias en la visión del acto de morir. Los acerca su visión bíblica. Revueltas se sitúa dentro de la tradición católica de su país; ve a la muerte como a un personaje exterior que penetra en el cuerpo; el narrador omnisciente incluso se mete en el cuerpo del agonizante y expresa desde dentro el combate que éste libra (caso de “La frontera…”). Wolfe expresa el dolor personal, “protestante” podría decirse, que resienten los personajes con toda su angustia, su individualismo, su egoísmo, sobre todo con la madre y sus cálculos estrechos para hacer buenas inversiones.

    Lo cierto es que Revueltas sintió hondísimamente la obra wolfiana en su aspecto más profundo, capaz de captar y transmitir todo el dolor del mundo, de la existencia y la enajenación humanas, aunque fuera sólo a través de unos cuantos fragmentos que le traducía su amada Maka. Claro está: José Revueltas vivió este dolor y lo experimentó en carne propia de un modo tal vez aún más cruel a través de su abnegada militancia comunista, que lo llevó de la seguridad dogmática de sus años mozos a la tremenda duda en sus años maduros respecto a la realización concreta de la causa por la cual había entregado su vida incluso hasta la desesperanza filosófica15 aunada a su indomable posición crítica de sus últimos años.

    En todo caso, este breve análisis nos da ciertas pistas sobre este aspecto poco conocido de la biografía de José Revueltas. Permite también verificar que a pesar de las influencias evidentes que recibió Revueltas, y que señalamos más arriba (rusas, nórdicas y europeas), existe no una influencia sino una afinidad asombrosa con ciertos novelistas estadunidenses, a los que no había leído aún. ¿Existe una inspiración subterránea, que se transmite por la sensibilidad, por la atmósfera de la época? Es probable y así lo creía Revueltas.

    Así, el fragmento de Los errores permite aclarar, por un lado, la relación de José Revueltas con Thomas Wolfe y, por el otro, la que sostuvo con Maka. Relación ésta última presumiblemente compleja, atormentada, propia de dos artistas, parecida a las de los personajes de The Web and the Rock: él se llama Georges Weber y es un joven escritor ansioso por publicar su primera novela, y ella, Esther Jack, casada, decoradora de teatro con talento y éxito, forma parte de la acomodada sociedad judía de Nueva York —que fue el caso en la vida real de Wolfe y de Aline Bernstein, su amante, de mayor edad, y que lo ayudó muchísimo, en particular para que lograra editar su primera novela. Durante la segunda guerra mundial ella tuvo que vender el manuscrito, que él le había regalado y dedicado, para ayudar a los suyos.

    En los años sesenta, Revueltas no era ya un joven novelista. En cuanto a edad, la relación era a la inversa, pero ¿no es legítimo pensar que en aquellos años, que fueron entre los más difíciles de su vida, se haya sentido hermano de Georges Weber como escritor fracasado? La literatura aclara la biografía, lástima que el testigo central (Maka) ya no esté aquí para esclarecer mejor, con su testimonio directo, ciertas facetas de la obra y la personalidad de José Revueltas.

    Decíamos que Wolfe es un escritor olvidado. Se puede explicar por lo extenso y a veces repetitivo de su obra; pero es cierto también que Faulkner, el otro gran escritor del sur, lo opacó por completo con una obra superior. En nuestra época light y llena de prisa, difícilmente puede gustar. ¿Volverá este gusto, aunque siga siendo como siempre minoritario? ¿Se salvará del olvido la obra de José Revueltas, cuando menos su parte medular: dos o tres novelas, sus mejores cuentos y algunos ensayos? Nada menos seguro si el futuro realiza las tendencias totalitarias que nuestro presente contiene tanto en el control informático-cibernético como en el décervelage genético.

    Notas

    1 José Revueltas, Los errores, Era, México, 1979 (1ª ed: 1964), pp. 208-213.

    2 The Web and the Rock, Penguin Books, 1972, p. 759. Esta referencia a la celda recorre toda la obra de Wolfe y le permite oponer la angustia del encierro en la gran ciudad a lo abierto del campo, de la naturaleza. Por lo demás, el encierro es un leitmotiv común a Wolfe y a Revueltas, pero también a Faulkner: “para él [Christmas] tanto como para el águila, su propia carne, al igual que todo el espacio, nunca sería otra cosa que una jaula”, cita (de Luz de agosto) que expresa bien esta noción de encierro irremediable.

    3 La primera carta conocida de Revueltas a Maka es de diciembre de 1958 (véase Las evocaciones requeridas, Era, México, 1987, II, p. 88).

    4 Acuérdate del ángel (novela de la vida enterrada), trad. de Andrés M. Mateo, México, ed. Monroy Padilla, 1969. Se pudo consultar en la biblioteca del Colegio de México, donde es la única obra de Wolfe que está en catálogo (en inglés y en español). En la Biblioteca Nacional, hay uno o dos estudios sobre él y una antología en inglés (The portable Thomas Wolfe) publicada en 1946. En la Benjamín Franklin está la obra de teatro que, basada en la novela homónima, adaptó Ketti Frings en 1958 y que, curiosamente, se tradujo poco después al español en lugar de la novela (Acuérdate del ángel, Buenos Aires, Sur, 1960, trad. Osvaldo López- Noguerol). ¿Existió otra edición española anterior a estas dos? Parece poco probable: resulta curioso que no haya referencia a ella ni en la pieza de teatro de Sur ni en la edición de Monroy Padilla debido a su tamaño (más de 500 páginas impresas en español, más de 900 para la edición francesa en una caja más pequeña). Quiero agradecer a Guillermo Rousset y a Mario Stern, quienes me han ayudado a conseguir los inconseguibles libros de Thomas Wolfe.

    5 Del tiempo y del río (una leyenda de la ansiedad del hombre en su juventud), Buenos Aires, Emecé Editores, 1948, dos volúmenes, trad. de Sara Kurlat de Lajmanovich. La parte más “wolfiana” y “faulkneriana” de Revueltas ya estaba escrita.

    6 La versión española pierde aquí la idea de movimiento, de ida, del original: “’Come’, cried Eugene, ‘He’s going now.’”, que la traducción francesa conserva y hasta mejora: “’Venez’, cria Eugène. ‘Il va passer’.”

    7 Thomas Wolfe, Acuérdate…, pp. 454, 463, 464,465 y 467

    8 José Revueltas, El luto humano, Era, México, 1980 (1ª ed: 1943), pp. 11, 12, 34 y 35. La redacción de esta novela se remonta a 1942 y los primeros borradores tal vez hasta 1941.

    9 José Revueltas, “la frontera increíble”, cuento de Dormir en tierra, Era, México, 1978 (1ª ed: 1960), pp. 37, 39, 40, 41 y 42, y que apareció en El Nacional (5-V-1946) aunque fue escrito en julio de 1945. Para el aspecto autobiográfico, compárese también esta última frase con la descripción de la muerte de su hermano Silvestre: “Yo me arrojo a los pies de Silvestre y hundo mi rostro entre ellos. Son unos pies calientes, uno pies que arden y me queman los labios como una llama, en este abrumador incendio de su muerte.” (Las evocaciones…, T. II, p. 314). El origen de este cuento (uno de los preferidos de Revueltas) es el libro de Chestov, Las revelaciones de la muerte, sobre Dostoievski, lo que Revueltas llamaba “ver con los ojos de la muerte” (entrevista con Ignacio Solares, “La verdad es siempre revolucionaria”, Excélsior, 28-IV-74).

    10 La militancia comunista, por ejemplo, fundamental en Revueltas, nada tiene que ver con Wolfe. Al revés, el contenido fuertemente autobiográfico de la obra de este último (cosa que no le gustaba que le criticaran) sólo tiene una correspondencia muy limitada en la obra del mexicano. Pero cierta atmósfera, ciertas inquietudes, son parecidas en ambos.

    11 De hecho, antes de 1943, salvo alguna mención aislada que no haya sido posible localizar, el único escritor estadunidense citado por él es Eugene O’Neill en una carta del 13-XII-39. Otro es Faulkner, pero en una carta del 7-II-43, fecha en que dice que “pud[o] terminar la lectura de Mientras yo agonizo. Es una novela espléndida, profunda y llena de poesía”, y en que había escrito ya El luto humano y ganado el premio por ella. Leyó a Faulkner justamente porque José Luis Martínez detectó cierta afinidad entre el estadunidense y él. Lo de la “influencia” vendrá más tarde con la tesis de James East Irby. Véase, al respecto, el estudio de Vicente Torres sobre influencias en Revueltas (Visión global de la obra literaria de José Revueltas, UNAM, México, 1985) en el que reconoce lo justo de la afinidad entre Faulkner y Revueltas y demuestra lo erróneo de aquella tesis de Irby. Otro más es Walt Whitman (de cuya obra hay ecos en la prosa poética de Wolfe), pero mucho después (23-I-47).

    12 “Sobre mi obra literaria”, en Cuestionamientos e intenciones, Era, México, 1978, p. 104.

    13 Ibid., p. 252.

    14 Ibid., p. 251 y 252.

    15 Que empezó en los años cuarenta: el epígrafe de Los días terrenales es prueba de ello.

     

    Publicado en Crítica 77.


    Escrito por Philippe Cheron