José Ramón Ruisánchez

  • Pozos, de José Ramón Ruisánchez | Gabriel Wolfson

    Percibir ruinas

     

    José Ramón Ruisánchez, Pozos, México: Era, 2015, 145 pp.

     

    Dentro de no mucho tiempo alguien habrá de comenzar a estudiar un par de fenómenos en los que se inscribe Pozos. El primero se refiere al número creciente de escritores mexicanos que participan en el medio literario desde Estados Unidos. Hablamos de profesores, gente que ha hallado un lugar en alguna universidad luego de haberse formado en otra, que por tanto escribe regularmente ponencias, artículos y libros académicos y que, además, interviene de forma activa en las discusiones mexicanas a través de crítica periodística –reseñas, ensayos, respuestas a encuestas, entrevistas, etcétera– o bien de libros de “creación”. Aquí caben nombres como los de Ignacio Sánchez Prado u Oswaldo Zavala para el caso inicial, y los de autores como Álvaro Enrigue, Yuri Herrera, Cristina Rivera Garza o el que nos ocupa, Ruisánchez, para el segundo. read more

  • Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica

    La fiesta problemática por Gabriel Wolfson

    De entrada, el problema de esta situación concreta: un congreso sobre Juan Villoro (noticia que, según comentó, lo hizo sentirse viejo, si no es que póstumo), a partir del cual leo este enorme libro sobre Villoro. Y ahora, este texto sobre un libro lleno de textos sobre Villoro dentro de un congreso que generará otro buen puñado de textos sobre Villoro. Frente a ello se me ocurren dos opciones: decir algo más sobre Villoro, lo que sea, que contribuya a la celebración de su obra (¿a proseguir su transformación en zombi, aprovechando la reciente visita de George A. Romero a México?), o, con cierta incomodidad, como el tío que llega borracho a la cena para declamar el “Brindis del bohemio”, no tanto hablar de Villoro sino, propiamente, comentar el libro. Y es que el libro, me parece, casi pide, desde su mismo índice, que no lo glosemos simplemente, que no lo destinemos entre aplausos al librero, sino que, a partir de él, pensemos algunas cosas.[1]

    Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica

    Antes de la lectura, la pura idea del libro sugirió unas cuantas preguntas: ¿es pertinente un libro así, conviene con una obra en plena marcha —más allá de que se sume a una colección, la de Candaya, que ya incluye volúmenes dedicados a Vila-Matas, Bolaño y Piglia, y que remite a los muy buenos tomos que Era, en México, ha dedicado a Rulfo, Paz, Revueltas, Pacheco, Monterroso—? ¿Da por hecho el libro que las coordenadas de esa obra ya están fijas, termina fijando una lectura? ¿Consigue dar la imagen de provisionalidad que, creo, se requeriría en un caso como el de Villoro, o lo consagra y embalsama, es decir: lo saca de la esfera del uso? Al final creo que no, después de leerlo me parece que, pese a todo, el libro no petrifica la obra de Villoro: de hecho, termina haciendo difícil hablar en tales términos de La Obra de Villoro, con esas lúgubres mayúsculas implícitas. Pero es importante decir qué es ese “pese a todo”.

    Un vistazo al índice muestra los tres grandes bloques en que se dividió el grueso del libro: “Villoro ante sus testigos literarios”, “Villoro ante la crítica cultural” y “Villoro ante la crítica académica”. Una clasificación curiosa, como si se dijera que los animales se dividen en vertebrados, invertebrados y aficionados a rasguñar sillones. En la Introducción los editores apuntan que los autores de la primera sección “se antojan interlocutores naturales de Villoro”: ¿por qué, de dónde viene el antojo? Es claro que los parámetros para organizar los textos de esta compilación pudieron haber sido otros: por ejemplo, de acuerdo con el libro de Villoro sobre el que trataran los textos críticos, o por orden cronológico. Pero no, se hizo de esta manera, reforzando una cierta pintura del campo cultural actual, y reforzando un poco la idea de que eso, esos rasgos del campo, son casi lo único de lo que aún podemos hablar. Más tarde los editores elogian las lecturas heterodoxas y profundas que ha hecho Villoro y que lo apartan de la búsqueda de nombre y lugar a pura base de antagonismos sociologizantes: punto que habría sido muy atractivo explorar más, a contracorriente de la tendencia general actual, y que no obstante parece negado, o sumamente cuestionado, por la pura concepción de este volumen, por la estructura que se le asigna desde el índice. Uno se pregunta: ¿qué distingue al primero del segundo grupo, el de los “testigos literarios” del de los “críticos culturales”? En la gran mayoría de los casos, no el tipo de texto (salvo los evidentes homenajes de la primera sección), sino el tipo social de sujeto: la representación social predominante de tales sujetos, que no termina por cierto de perfilarse más que justo a base de antagonismos sociologizantes. Observemos el primer bloque, donde despuntan los testimonios de Bolaño, Marías, Hiriart y Pitol, eminentemente consagratorios: más que textos en este libro, son medallas, otro de los signos que hacen de Materias dispuestas un mapa de los usos y costumbres actuales, ultrasociológicos, del medio literario: ¿no habla su inclusión a la entrada del libro, encabezando a los “testigos literarios”, de una especie de desesperación —contradictoria con los planteamientos de muchas críticas y estudios posteriores— en torno a la desaparición del Escritor, al desvanecimiento de sus contornos más claros, a la posibilidad de que se disuelva en otras figuras —el crítico, el cronista, el agente cultural—, desesperación que se traduciría en gestos de consagración, reconocimiento y reforzamiento de los contornos: agrupar al escritor con los otros escritores, hermanarlo con sus “testigos literarios” y así distinguir a ese conjunto del resto de productores culturales? Me refiero a que habría entendido que un primer bloque se dedicara únicamente a estos testimonios amistosos y admirativos de escritores notables, como pórtico para entrar en materia; pero resulta que la primera sección también reúne textos irrelevantes, reseñas normalitas y correctas como las de Martínez de Pisón, Skármeta o Fuentes: ¿no deberían estar, si acaso, en la sección de “crítica cultural”, donde se agrupan primordialmente reseñas? ¿Sólo porque sus autores son entidades socialmente aceptadas como escritores es que se los aleja de quienes sólo son vulgares críticos? O podría plantearse esto al revés: ¿por qué las muy buenas reseñas de González Rodríguez, Kohan y Enrigue aparecen también en el conjunto de los “testigos literarios”, zona del libro, digamos, más de pachanga que de trabajo?[2]

    En la Introducción, los editores deslizan algunos apuntes (que la obra de Villoro avanza “de modo transversal articulando genealogías ad hoc”, o bien que “revela como nadie la imposibilidad” de abarcar narrativamente una ciudad) cuyo interés mengua si se los contempla no imprecisos sino insuficientes: ¿quién no se mueve ahora de esa forma, qué escritor de valía en la actualidad —al menos en Latinoamérica— no surfea entre tradiciones o registros culturales? ¿Cuál no se ha resignado al menos a que una ciudad como el df, o en realidad cualquiera, rebasa todo intento de representarla teocráticamente a través de la narración? Sin embargo, en esa misma Introducción también se sugiere un elemento que, según yo, se ajusta mejor a la escritura de Villoro y que, además, aparece como una valerosa réplica al tópico crítico actual de la hibridez genérica: después de señalar cómo las novelas de Villoro retoman elementos de las crónicas de Monsiváis, Zavala y Ruisánchez claramente apuestan —lo que se confirmará en las páginas del libro— por la idea de que Villoro sí atiende los géneros, confía en ellos, al mismo tiempo que su prosa —y algo que podríamos llamar su performatividad editorial— confía en una no jerarquía de géneros.[3]

    Es claro que una cualidad de Materias dispuestas radica en que nos permite ver las muchas coincidencias de muchos lectores, en general buenos y confiables lectores, en torno a una misma obra. El libro como tal, pues, brinda un mapa para acercarse y recorrer la obra de Villoro; muestra los tópicos de su recepción y el modo en que se han ido construyendo. Por ejemplo, el carácter posnacionalista, aunque discutido, de su escritura; la habilidad aforística de su prosa; la riqueza de sus fuentes y de la forma en que las emplea. Es quizá más claro, sin embargo, que otra cualidad del libro (y que podría haberse potenciado aún más) descansa en hacer visibles las contradicciones o problemas de recepción. Así, en muchos textos se insiste en el carácter “posmoderno” de la escritura de Villoro, mientras que en otros, los menos, se caracteriza su voz como única, propia, una voz que organiza, juzga y dispone, para nada posmoderna; o bien, cómo muchos textos remarcan la desjerarquización de los géneros —y el trabajo deliberado de Villoro al respecto, diría yo—, mientras que un editor, en su contribución al volumen, apunta que a Villoro, como a Alan Pauls, “les faltaba quizá dar su do de pecho indiscutible en la novela”, de la misma manera que en otro texto se pretende elogiar —flaco favor— el último libro de Villoro, sobre el terremoto en Chile, diciendo que es “mucho más que una crónica periodística; yo diría —dice el autor—, en mi modesta opinión, que es una novela corta de soporte real”.

    Después de lo ya señalado, no será difícil comprobar que los textos más interesantes aparecen, en general, una vez comenzada la segunda sección del libro. Ahora bien, la primera, la de los “testigos literarios”, no deja de deparar hallazgos, sobre todo los que sencillamente nos brinda el puro tiempo transcurrido, ese tiempo que todo lo desenfoca, espejos que nos devuelven desfases que, en muchos casos, fueron y son los nuestros. Por ejemplo, en el texto de Juan Antonio Masoliver, que debe de ser de principios de los noventa, leemos esta frase que sería de risa loca si no fuera a la vez una invitación a la náusea: “También es cierto —dice Masoliver— que la agonía del pri es cada vez más clara.” O el de Ignacio Padilla, texto apenas de 1991, donde no sólo se afirma que las editoriales mexicanas son incapaces de “darle a los narradores un libro digno, armado con buen gusto”, sino donde se celebra exultantemente, como única solución literaria y vital, la publicación fuera de México, diagnóstico que en menos de diez, quince añitos, se vería contrastado con nociones como la de Víctor Barrera Enderle sobre la “alfaguarización” de la literatura hispanoamericana. Creo que para estimular en Materias dispuestas este carácter de crónica y no sólo de archivo, habría convenido no únicamente indicar las fechas de escritura de todos los textos compilados —y no sólo de algunos, pareciera que de forma aleatoria—, para entonces situarlos y situarnos en los distintos momentos y modos en que esta obra en proceso, la de Villoro, ha sido recibida, sino también incluir más material crítico de los primeros años ochenta, reseñas urgentes, riesgosas, candorosas o beligerantes, de los libros iniciales de Villoro antes de la consagración de Villoro, que nos hicieran ver justamente cómo se ha ido construyendo esa consagración.[4]

    Entonces, en torno a la mitad del volumen, aparece un texto clave, el primero plenamente cuestionador y problematizador —asunto esencial, para mi gusto, en un libro como el que nos ocupa—: la reseña de Christopher Domínguez, que recuerdo haber leído en El Ángel. ¿A qué me refiero? No es que comparta sus juicios e impresiones, pero su texto aparece de pronto, insisto, como la primera nota disonante, que no celebra los libros iniciales de Villoro sino que ofrece otra lectura de ellos, como “prolongaciones triviales y adolescentes” de Gazapo; que no se suma al coro imperial del “cuento clásico” y que, en la obra villoriana, prefiere las crónicas y los ensayos literarios; y que lee en El testigo una vuelta a la “Gran Novela Mexicana” y no obligadamente su superación —como ocurrirá en muchas otras colaboraciones del volumen—. Lo que en principio nos hace ver el texto de Christopher sobre Materias dispuestas es, en especial para su primera parte, su carácter fuertemente protocolario: no pido ni mucho menos un libro como un ring de box, con reseñas-bomba (pero tampoco reseñas-altar, habría que decir), matadoras y vengativas, sino textos que, ellos mismos y en conjunto, logren contextualizar y problematizar una obra: los juicios de Christopher pueden ser todo lo discutibles que se quiera, pero ése es justo el asunto: que a partir de ellos se puede discutir y no sólo asentir o girar aburridamente la cabeza. Y recurriré al lugar común: no hay mayor homenaje para una obra que discutirla, porque eso, me parece, es justamente tomarla en serio, tomarse tiempo real para pensarla en serio.

    Y si el texto de Christopher resume, en alza, la condición dominante en la segunda sección, la de los “críticos culturales”, el de Ignacio Sánchez Prado hace lo mismo con los de la tercera, la de los “críticos académicos”. Hay muchos puntos discutibles en su ensayo (la rapidez con que se interpreta el Centro y Coyoacán —en tanto colonias de la vieja narrativa nacionalista— y la Condesa —colonia del neoliberalismo literario—, el diagnóstico sobre el crack como aventura decidida y deliberadamente antineoliberal, en fin), y quien lo haya seguido en otros trabajos podrá pensar que éste es, digamos, un texto menor de Sánchez Prado; con todo, el suyo es, desde muy pronto, un texto sólido, pertinente e interesante, que cumple con uno de los dos objetivos que uno querría ver cumplidos en un libro así: la problematización de la obra celebrada. Y es que tampoco termina Sánchez Prado dando un dictamen inapelable: más que eso, genera preguntas y plantea ambigüedades y tensiones en la obra villoriana, pistas para estudios y calas posteriores. Ahora bien: ¿por qué ubicar su ensayo en la sección “académica”? No tanto por su retórica —no adolece de esa prosa previsible y tiesa en sus distintos disfraces seductores, tristemente característica de mucha crítica académica—, sino por su sustento y apuesta teóricos. En cambio, unos cuantos textos que lo acompañan sí parecen inscritos en el grupo académico sólo por su retórica académica, y porque esa es la única manera en que podrían estar en un libro como este —o en un libro, punto—: textos cuyo poco trabajo, muy poca reflexión y aún menor necesidad se redimen merced al manejo retórico, lo único que los hace existir en cuanto textos; o, en el mejor de los casos, textos que postulan interpretaciones más o menos obvias, que muchos lectores habrán construido de inmediato al concluir sus lecturas de las novelas villorianas, pero que aquí vienen revestidas de una terminología académica que las valida.[5] En realidad, en esta sección, una serie de términos —fragmentarismo, hibridez, inestabilidad, posmodernidad, mecanismos de subversión, intertextualidad, discurso, identidad…— revolotean como mantras. En todo caso, Materias dispuestas presenta en este sentido una virtud: no está nada mal contrastar una frase como “Al rechazar el modelo de masculinidad hegemónica, Mauricio [protagonista de Materia dispuesta] se apropia del espacio urbano en un sentido no falogocéntrico [y juro que las cursivas no son mías]”, con los juicios adversos de Christopher Domínguez, unas páginas atrás, sobre la misma novela de Villoro: se produce una especie de choque, o sin la especie: un encontronazo de posibilidades discursivas, de lugares desde donde se habla, de objetivos, de asuntos que desde una u otra plataforma pueden o no ser percibidos.

    En la sección académica aparecen, a mi juicio, algunos de  los mejores intentos por analizar y discutir la obra de Villoro, pero también —además de la prosa en general acartonada— otros dos rasgos más o menos extendidos: por una parte, la disposición a acatar las palabras del propio Villoro, a emplear su poética desgranada en entrevistas y prólogos como origen o comprobación de los análisis; por otra, el riesgo de que los libros de Villoro, en especial Materia dispuesta, terminen pareciendo un manual de conducta para jóvenes posmodernos, un catecismo progre del campus internacional. Por ello caen tan bien contribuciones como la ya citada de Sánchez Prado, la de Irma Cantú sobre la escritura de viajes[6] o el notable ensayo de Sarah Pollack sobre las traducciones literarias y culturales de Villoro, texto lúcido y sensato que, de pasada, refuta varios postulados biempensantes de textos anteriores. De la misma manera, no obstante, echo en falta algún texto, académico o no, que indagara en la figura del testigo a lo largo, o a través, de la obra completa de Villoro: el testigo de las crónicas, el testigo excéntrico de Materia dispuesta, el testigo impotente de muchos de sus cuentos, y claro, el testigo histórico de El testigo. Y sobre todo, que lo hiciera a la luz de la que, creo, fue la fuente principal de reflexión sobre esta figura para el propio Villoro: Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo, de Agamben.

    Paseo por el parque de las prácticas y las instituciones literarias actuales, Materias dispuestas, en sus descuidos y en sus rigores, termina ofreciendo una imagen de la obra de Villoro bastante más amplia de lo que el mero índice hacía imaginar, y sobre todo, la imagen de una obra conectada de múltiples y a menudo misteriosas formas con las cosas del mundo. Y al final, la coda, como confirmación de que un libro así, reunión de variados trabajos sobre la obra singular de un solo autor, valía la pena: una última sección con dos textos, el segundo de ellos un gran apunte autobiográfico de Villoro y, el primero, una conversación con Piglia: no es, digamos, una de las piezas supongo retrabajadas por Piglia para Crítica y ficción, no es tampoco un ensayo de Efectos personales, pero produce un efecto único: después de leer tantísimas páginas sobre Villoro y encontrarse al final con el propio Villoro, uno siente que de pronto aparece claramente una voz, una voz que, de una manera u otra, aun citada cientos de veces a lo largo de esas páginas, había sido casi transformada en antimateria y que, con todo, salió de la inmersión bien librada y hasta fortalecida.

    José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala (eds.), Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica, Candaya, Barcelona, 2011, 482 p.

    Publicado en la edición 147 de Crítica


    [1] Por cierto que el libro me llegó ya muy tarde, cuando estaban casi listas estas notas. Leí el pdf, ese estado larvario, ni manuscrito ni libro, práctica que tanto entronca con esta época nuestra donde a menudo importa menos el libro —y las dioptrías del comentarista— que su presentación en sociedad. Lo menciono porque seguro que leer el pdf y no el libro —bien formado, bien impreso— me armó de cierta injustificada animadversión, y sobre todo porque el libro trae un dvd, cuyo comentario ya no cupo aquí.

    [2] Que lo que hizo posible la inclusión de algunos autores en el primer grupo no fue tanto, o no necesariamente, la calidad u oportunidad de sus respectivos textos sino su prestigio, el peso de su firma —algo que, en general, se consigue con la edad—, lo prueba por último el que las colaboraciones de autores más jóvenes aparezcan sobre todo en la sección “académica”, cuyo pase de ingreso, el doctorado, suele obtenerse ya al poco tiempo que la autorización para comprar y beber alcohol en Estados Unidos. Por cierto que no habría estado nada mal la inclusión de más autores jóvenes en los dos primeros apartados de Materias dispuestas, para ver no sólo cómo la obra de Villoro se ha movido en el tiempo, sino también cómo ahora el tiempo empieza a moverse en torno a ella.

    [3] Esta precisión crítica de los compiladores se apuntala al notar que muchos textos de la sección “académica” fueron encargados por ellos, y que en tales encargos ya se reflejaba la atención que debía ponerse en novelas, crónicas, relatos de viaje, traducciones. Con todo, echo de menos algún encargo sobre las espléndidas columnas de Villoro en el Reforma: ¿por qué no hacerles caso, ya que estábamos en plan de encargarlo todo? O bien, la literatura para niños, algo que yo en lo particular, en absoluto atento a ella, no echo de menos, pero que creo que habría merecido un acercamiento mayor que la brevísima nota de L. I. Helguera.

    [4] Las hay, pero muy pocas: la de Padilla, realmente candorosa, la de José Agustín y la muy buena reseña de Fabienne Bradu, cuando aún no existía casi ninguno de estos consensos o tópicos que ahora este libro nos muestra ya consolidados.

    [5] Un ejemplo: “Este ensayo propone que en Materia dispuesta  Juan Villoro efectúa una exploración crítica del ‘hábitus’ [sic] mexicano y, en particular, de su sistema de género.” Ahora bien, el texto de Tamara Williams, de donde proviene la frase, no deja de funcionar mejor que otros que aluden al mismo asunto (el análisis del género y la nación, sobre todo en Materia dispuesta): recurre a la historia cultural concreta del siglo xx mexicano y a miradas más específicas sobre las condiciones actuales de la masculinidad: al final, digamos, menos rollo y más investigación (que la casa pierde).

    [6] No sólo por su escritura no estandarizadamente académica, sino por su bien construido argumento sobre la forma en que Villoro se distancia del arquetipo del escritor-viajero contemporáneo: declaradamente anti-imperialista —para diferenciarse de sus predecesores decimonónicos— pero, al mismo tiempo, miembro de una comunidad internacional de privilegiados, que convierte cada viaje en una obligación de peripecias y a su escritura en una constante mediación entre el aquí (cosmopolita, confiable) y el allá (subdesarrollado). Villoro, según concluye Cantú, no hace en realidad “relato de viajes” —no se pliega a sus convenciones— sino, una vez más, pura crónica.


    Escrito por Gabriel Wolfson

    Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética). Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.