José Lorenzo Fuentes

  • Tres cuentos tres | José Lorenzo Fuentes

     

    Otelo y la escalera de caracol

     

    Al fin Tulio accedió a contar una buena parte verdadera de su vida:  la forma en que conoció a su mujer y el lugar donde vivió con ella en Paramaribo, en una casa pintada de verde que era un hotel que era una mansión  con todas sus habitaciones desfondadas que era una buhardilla donde únicamente cabían los dos de pie, y esa era la razón  por la cual hacían el amor solo cuando iban al bosque y se sentaban a la sombra de los álamos y los flamboyanes, porque en aquel desván  que era un closet que era una gaveta que era un sobre amarillo con la huella de todos los matasellos de numerosas estaciones de correos no cabía ni el beso furtivo de dos adolescentes. read more

  • Carpentier entre nosotros | José Lorenzo Fuentes

     

    Ampliamente considerado, junto con José Lezama Lima, no sólo como una figura cimera de la novelística cubana sino como uno de los principales escritores de la lengua española, Alejo Carpentier, barroco como Lezama Lima y como él impresionante por la vastedad de su cultura, anda en su obra por caminos muy distintos a los transitados por el autor de Paradiso. Lezama nos ofrece con su producción literaria nada menos que el reino de la imagen, el ascenso a una realidad agazapada en la metáfora como los sueños y los mitos, es decir: la imagen como un absoluto, como la “última de las historias posibles” que dijera el propio Lezama. read more

  • Salto a la universalidad | José Lorenzo Fuentes

     

    Los dioses que presiden todas las hagiografías posibles no tuvieron necesidad de aprender: sabían de antemano. Por eso cuando escribieron los primeros libros, para deleite de dioses menores, ángeles caídos y ovejas descarriadas  que, mediante la lectura, volverían al redil, la Biblia, el Mahabharata y el Corán  se convirtieron de inmediato en obras clásicas de la literatura universal por derecho divino. Pero cuando la literatura alcanzó su condición humana, quienes se consideraban con vocación para las letras tuvieron que entregarse al largo y penoso aprendizaje del oficio y sus libros, todavía imperfectos, semejaban los tímidos balbuceos del recién nacido que abre sus ojos a una realidad indescifrable. Así ocurrió en todas las literaturas conocidas. Y la nuestra, la hispanoamericana, la que se escribe del Río Bravo a la Patagonia, no podía escapar a ese designio.

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