José Israel Carranza

  • Murallas, de Gabriel Bernal Granados | José Israel Carranza

    En tránsito

     

    Gabriel Bernal Granados, Murallas, Conaculta, México, 2015, 88 p.

     

    Lo propio del presente es ser irreconocible. El instante, que, suponemos, nos contiene, absorbe en tal medida nuestra atención que resulta imposible presenciarlo. Aun el instante en que nos proponemos sorprender al instante queda ya a años luz de éste, que ha empezado a disiparse y en cuyo lugar comienza a perfilarse la figuración que lo reemplazará o, lo más probable, la tenaz expansión del olvido. Miremos en este momento nuestras manos: ya no están ahí. Apaguemos el ruido circundante para oír solamente la voz que nos llama: esa voz que pronuncia nuestro nombre ya se fuga hacia un pasado remotísimo, nosotros mismos nos hemos borrado. read more

  • Nuevo elogio del libro de Jorge Esquinca | Por José Israel Carranza

    Elogio del elogio

    Jorge Esquinca, Nuevo elogio del libro, Rayuela, Diseño Editorial, Guadalajara, 2014.

    Antes que otra cosa, un libro es la idea o el conjunto de ideas que se tengan sobre él. read more

  • Días hábiles de Teresa González Arce | Por José Israel Carranza

    Algo que declarar

    Teresa González Arce, Días hábiles, UNAM, México, 2012.

    Aunque, por costumbre, podamos tener claro que un día hábil es aquel en que se trabaja (y uno inhábil, por tanto, el de asueto), el diccionario establece una definición referida exclusivamente a la función jurídica del concepto: día hábil es “El utilizable para las actuaciones judiciales, que es normalmente el no feriado, salvo en los sumarios de lo criminal y en casos extraordinarios de lo civil”. Más allá de esta distinción, acaso sólo atendible en los términos de su naturaleza procedimental, debe hacerse otra respecto a los llamados días naturales (cada uno de los cuales, según el diccionario, consiste en el “tiempo en que el Sol está sobre el horizonte”): los 365 del año, más uno en los bisiestos, o bien todos los días que termine sumando nuestra edad cuando lleguemos al último (sea hábil o no). Al margen de lo que signifiquen en Derecho –y deben significar mucho si uno se encuentra sujeto a un auto judicial–, los días hábiles son aquellos que en nuestra suma final acabarán contabilizados como el tiempo compartido con el resto de la humanidad en el cumplimiento de las actividades que configuran la porción de lo cotidiano regida por el calendario laboral: días en que trabajamos, hicimos trámites, fuimos al banco, nos dieron cita con el dentista, estuvimos en la escuela –o llevamos a los hijos, en su momento–, pasamos a la tintorería y, en suma, atendimos asuntos determinados por su obligatoriedad y por la imposibilidad de despacharlos en otro momento: de lunes a viernes o hasta la mitad del sábado y mientras haya luz de sol –no hay “noches hábiles”, salvo, quizás, para quienes se desempeñan en el turno nocturno–. En nuestra vivencia de los días interpuestos entre un feriado y el siguiente está restringida o ausente la libertad (o la ilusión de libertad), generalmente reservada para los días inhábiles, y por ello tendemos naturalmente a preferir éstos: el fin de semana, el feriado –y no se diga el puente–, la vacación, incluso el día de ausentarse por enfermedad, parecen siempre felices restituciones del tiempo real que nos corresponde y que nos regatean continuamente el trajín del trabajo, los pendientes y las rutinas (ese tiempo apurado tan de prisa que parece de mentiras). En la medida en que nos marcan el ritmo para hacer todo lo que sólo puede hacerse en ellos, los días hábiles no nos pertenecen por completo –o no nos pertenecen en absoluto–, y así lo natural es que no prestemos mucha atención a su decurso y supongamos que lo excepcional sólo podrá acontecernos fuera de ellos. Este libro demuestra que no es así.
    Decididos por la feliz intransigencia ante lo consabido, y también por la certidumbre de que lo extraordinario puede tener lugar en todo instante –sólo falta que pongamos atención–, los ensayos de Teresa González Arce exploran las zonas de nuestras vidas en que éstas finalmente se hacen: espacios, momentos, presencias, conductas, evocaciones e imaginaciones que confluyen en una inteligencia que detecta las conexiones entre los elementos de lo habitual y lo próximo para inferir un orden secreto que la escritura desvela. Orientada por una voluntad de encantamiento –en dos sentidos: para procurárselo, pero también para suscitarlo mediante las palabras que le dan forma–, esa inteligencia reconoce sus temas en la implicación directa que tienen con la experiencia de la autora, de tal modo que la primera persona del singular es la vía idónea para examinarlos; así, conforme la lectura progresa, vamos presenciando cómo se detalla un autorretrato cuya razón de ser, más que la mera fijación de las señas de quien lo traza, consiste en su cualidad de espejo, como ocurre en los mejores ejemplos de la tradición ensayística –empezando por Montaigne–: alguien que escribe teniéndose por su principal materia y consigue, así, interpelarnos irresistiblemente. (No es fácil, valga decirlo, ser uno su propio asunto: ensayar nuestras perplejidades y nuestras dudas, nuestras comprensiones, para ofrecer las explicaciones que alcancemos, equivale a postular un modo más bien inequívoco que el mundo tenga de imaginarnos. Podríamos, desde luego, proponernos mentir, fabricar un personaje; pero lo que queda escrito siempre tiene que vérselas con las ansias de verdad de quien lee, difíciles siempre de moderarlas o cancelarlas apelando a la ficción. Acaso en esto radique la exigencia suprema del ensayo: en que su hechura sólo es posible mediante la estipulación de un yo que ha de ofrecerse al juicio de quien lea, y en conseguir que cuanto es de nuestra íntima incumbencia llegue también a concernirles a los demás).
    Una oficina a la que se acude para recuperar objetos extraviados y de la que se sale con la resolución de mirar con más intensidad las cosas que importan; cómo se llega a saber cuál es la mejor canción del mundo, y de qué sirve tenerlo claro; por qué no podemos dejar de atisbar la intimidad que descubre una ventana abierta, y cómo las ventanas por las que nos asomamos al exterior imponen al mundo una armonía y unas proporciones que nos lo vuelven más asequible; la semejanza que hay entre el desarrollo de una amistad y el despliegue de los pétalos de una rosa, amores culinarios de por medio; la ilusión del paraíso en la inminencia del fin de semana y su disolución hasta que, el lunes, comienza a gestarse de nuevo; una ciudad de arena, añorada y revisitada incesantemente en la memoria que jamás ha salido de ella; otra ciudad en la que la dulzura de las apariencias oculta la mirada acechante del monstruo que es su emblema; el momento exacto en que se deciden a la vez un amor imborrable, su final irremediable y el recuerdo eterno de su ocurrencia casi imperceptible pero épica e inigualable; el prodigio de ser, en el advenimiento de la maternidad, la casa de alguien; la razonada objeción a las comidas picantes y la enemistad firme contra los enemigos del silencio; el miedo a los balonazos y cómo el cuerpo sabe cobrarse que se lo haya descubierto demasiado tarde; por qué no conviene imaginar de más, sobre todo si se va en un vuelo transatlántico, o cómo la enseñanza de la impaciencia debería suministrarse como antídoto contra los excesos de la imaginación; el mundo necesario que viaja en un bolso femenino; desde el castillo medieval de una princesa del siglo XXI, una corroboración de que la ciencia puede no ser sino otra forma de superstición; por qué –y por qué no– ha de tenérsele miedo a que nos vaya a salir “un viejo”; por qué –y con mucha razón– ha de tenérsele miedo al ser fabuloso de uñas y lengua largas que preside la oficina con su sevicia y sus intrigas; cómo podría ponerse remedio definitivo a las inundaciones en Guadalajara y, de una vez, a la catástrofe planetaria (y no precisamente adhiriéndose a las causas ecologistas en boga); el ensayo como un género lento cuyo principio es el del imán –“Al escribir, uno siente que los minutos corren menos de prisa, que las cosas están hechas de materiales más tangibles, que las palabras pueden aludir a lo que nos es más cercano”–; y también la existencia de un “observatorio interno” desde cuyas alturas variables se acaba por entender que la vida es menos o más vivible por una cuestión de distancia; y también cómo es cuestión de distancia hallar repugnante lo que pudo fascinar, o viceversa; la constatación de que el deseo, lo mismo que el nacimiento de una idea, precisa del silencio y del detenimiento de las cosas; los lentes oscuros de José María Morelos; la identificación del miedo por lo que nos aguarda con la blancura de la página intocada aún por nuestro presente; la conveniencia de regresar de los sueños cuidándose de no extraviar el equipaje; el anhelo de un viaje hacia un invierno a la vez glacial y cálido; la urgencia de vaciar la casa de los padres, que fue la de la infancia y que estará siempre en pie aun cuando el olvido ya la derribe. Veintisiete entradas, de títulos llana y admirablemente leales a sus asuntos, dispuestas en tres turnos de nueve: “Horario corrido”, “Quejas y sugerencias”, “Vuelva usted mañana”.
    Despliegue de los sentidos y consignación de sus hallazgos, ponderación de las razones que aducen la memoria o la imaginación, recapitulación de las inflexiones decisivas en la educación sentimental y también de los acontecimientos por los cuales ha ido modulándose la capacidad de observación a la que, en última instancia, la autora debe su personalísima forma de concertar lo que entiende con lo que dice (su poética), los ensayos de Días hábiles proceden básicamente a partir de declaraciones –si bien hay tres textos fragmentarios más próximos al poema en prosa, en el sentido en que su lectura busca promover ciertos enigmas que se bastan a sí mismos al quedar liberados a la interpretación, antes que sujetarse al esclarecimiento conjunto entre quien escribe y quien lee, que es lo propio del ensayo–. Y creo que es en esa querencia donde radican los motivos de que la lectura, a poco de comenzar (y por donde sea que comience), se apreste infaliblemente a poner la misma atención que la autora puso a sus asuntos: al encontrarnos con alguien que declara que desde niña le han gustado las ventanas, por ejemplo, queda abolida toda suspicacia y nos disponemos a lo que sea que se desprenda de la confidencia. Y lo que se desprende es una forma inédita, y preciosa como la misma declaración, de entender aquello que inesperadamente descubrimos que nos aguardaba. Ya por eso este libro –que además tiene el efecto casi sobrenatural de propiciar el silencio que conviene a su lectura, y también de ralentizar el tempo de ésta, tal como debió ocurrir con el de la escritura– puede volvérsenos memorable. Pero también por el obsequio que obtendremos al apropiarnos de las formas de detenerse y mirar y preguntarse y responderse que la autora tiene: nuestros días hábiles jamás volverán a ser iguales.


    Escrito por José Israel Carranza

  • Emilio, los chistes y la muerte de Fabio Morábito

    Desde el cementerio por José Israel Carranza

    A los doce años uno sabe que es inescrutable aunque no sepa qué significa la palabra inescrutable. Aunque ignore qué es ser inescrutable. La incomprensión que devuelve el mundo ante nuestras imprecisas interrogaciones la correspondemos con una inopinada obstinación en enigmas y apartamientos: el silencio y la soledad van haciéndose sorpresivamente preferibles a la admisión de los otros en nuestras inmediaciones, y vamos percatándonos de que, en adelante, tendremos que rendir cuentas a nosotros mismos antes que a nadie más; de que la ocurrencia del presente reclama nuestras decisiones y se detiene ante nuestro recelo, de que podemos instruir al instante siguiente para que se conforme a nuestro deseo —aunque otra cosa es que se conforme o no: tener doce años es buena edad para enterarnos de que somos capaces de fabricarnos las decepciones que habrán de ir punteándose con nuestros anhelos. Éstos y otros descubrimientos progresivos —las pulsiones que orientan en el camino por donde se sale de la infancia, la vulnerabilidad y el desamparo equilibrándose con la invencibilidad y la independencia—, sin embargo, tardan en librarnos de la desprevención con que vamos internándonos entre los vivos. Porque ser niño, vamos diciéndolo así, es una forma todavía precaria de estar vivo, y de ahí que un escenario óptimo para hacer el tránsito sea, como en la novela Emilio, los chistes y la muerte, un cementerio.

    Desprevenido, Emilio tiene doce años y ha dado en frecuentar un cementerio. La razón que da es que va ahí casi todas las tardes a buscar chistes con su detector; también va para cumplir con el peculiar deber de localizar su nombre entre los de los muertos —una suerte de conjuro con el que se asegura que los pobladores del lugar no quieran incluirlo entre ellos—, y mientras busca va memorizando los nombres que lee, además de la ubicación de cada uno. Súbitamente —y qué no es súbito en un cementerio— está en presencia de una mujer que lleva flores al nicho de su hijo, muerto seis meses atrás a la misma edad de Emilio. Pero la novela no comienza ahí, con esa aparición: de ese momento, que se ha repetido dos o tres veces, no sabemos más que Emilio y la mujer se habían saludado apenas con un movimiento de cabeza, y que él se había enrojecido un poco. Cuando finalmente ella repara en él es sólo para preguntarle si sabe de algún lugar apartado donde pueda “hacer pipí”. Y, ahora sí, en ese encuentro que propicia tan decisivamente el surgimiento de la exploración recíproca que harán Emilio y la mujer de sí mismos (y por qué no hay que decir que se trata de un amor, tan imposible como irrecusable, por más que ella pueda ser su madre y él tenga apenas doce años), da inicio una historia sobre cuyos acontecimientos van tramándose nuestras inferencias, que principalmente con ellas es como progresan las consecuencias del encuentro: lo que sucede a Emilio y a Eurídice, la mujer, y a quienes orbitan en torno a ellos, vamos conociéndolo sobre todo porque no está dicho: quiero decir: porque los hechos están apenas dispuestos para que nuestra inteligencia y nuestra emoción compongan los sentidos que importa que tengan: quiero decir: los sentidos intransferibles y preciosos con que conseguimos saber más bien quiénes somos, quiénes hemos sido hasta antes de haber comenzado a leer.

    Ignoro cuáles deban ser los significados de los actos y los pareceres de los personajes, de las breves informaciones que llegamos a tener de ellos: del policía del cementerio, por ejemplo, se nos hace saber que es analfabeto; al albañil siniestro no le vemos el rostro; la madre de Emilio es traductora, el padre la enerva llenando los vasos hasta el borde y están separados por un filoso rencor enfundado en las suavidades de la paternidad compartida y del hastío; en el cementerio hay un empleado que altera las fechas de las lápidas; Eurídice es masajista, tiene los tobillos gruesos y se deja besar por este empleado; el detector de chistes de Emilio está estropeado, y, alrededor de todo (también hay un monaguillo hermoso, un río subterráneo y una caverna, un paseo en auto, una escalera de mano, una alergia al cempasúchil, una crema perfumada, una bofetada, un abejorro), la inminencia de la ciudad, volviéndolo todo más inexplicable. Ignoro, en suma, qué pueda pensarse de lo que he presenciado, de cuanto vi y oí en estas páginas hechas de detenimientos y concentraciones, de una prosa urdida con contenidos fulgores, absorta en el registro de lo poco que ve suceder; lo que sí sé es que la lectura de esta novela ha sido —asombrosamente, inesperadamente—, más que una lectura, una vivencia, y acaso como Emilio, salgo de ella sabiendo que enamorarse es una forma de eludir la muerte, que sujetarse a veces puede ser una forma de desasirse y que un chiste puede salvarnos la vida.

    Todo cementerio es un lugar propicio para las intensificaciones: del silencio, de la luz, de los breves sonidos que juegan con ésta, de los olores y de las palabras que en ellos se pronuncian, pues allí adquieren una calidad de definitivas, por trivial que sea o parezca lo que formulen. Al comprobar esto, al presenciar en un cementerio la aparición inefable de una mujer delante de un niño de doce años —y al hacerse cargo de lo que ocurrirá después—, Fabio Morábito ha escrito una novela entrañable.


    Fabio Morábito, Emilio, los chistes y la muerte, Anagrama, México, 2009, 168 p.


    Escrito por José Israel Carranza

    Ensayista, narrador y periodista. Tiene varios libros publicados: Las magias inútiles (Universidad de Guadalajara, 1993), La sonrisa de Isabella y otras conjeturas (Instituto de Cultura de Aguascalientes, 1996), La estrella portátil (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997), Cerrado las veinticuatro horas (Arlequín/UdeG, 2003) y Si esa lluvia llega va a destruir la ciudad (Instituto Sonorense de Cultura, 2007). Las encías de la azafata (Tumbona ediciones). Publica todos los jueves la columna «La menor importancia» en el diario Mural; es editor de la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, y coeditor de la revista Magis, del ITESO; profesor del ITESO y coordinador del Taller de Ensayo Literario de la Librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica.

  • José Israel Carranza

    (Guadalajara, 1972). Ensayista, narrador y periodista. Tiene varios libros publicados: Las magias inútiles (Universidad de Guadalajara, 1993), La sonrisa de Isabella y otras conjeturas (Instituto de Cultura de Aguascalientes, 1996), La estrella portátil (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997), Cerrado las veinticuatro horas (Arlequín/UdeG, 2003) y Si esa lluvia llega va a destruir la ciudad (Instituto Sonorense de Cultura, 2007). Las encías de la azafata (Tumbona ediciones).

    Publica todos los jueves la columna «La menor importancia» en el diario Mural; es editor de la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, y coeditor de la revista Magis, del ITESO; profesor del ITESO y coordinador del Taller de Ensayo Literario de la Librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica.