Jorge Ortega

  • Autocinema, de Gaspar Orozco | Jorge Ortega

    Gaspar Orozco o la pantalla de papel

     

     

    Gaspar Orozco, Autocinema, ed. bilingüe, trad. Mark Weiss, Chax Press, Texas, 2016, 104 p.

     

    El surrealismo comprendió la creación poética como un cuartel de la libertad, de acuerdo, pero de una libertad orientada a la exaltación del inconsciente y el orden de los sueños. La escritura automática fue el caballo de batalla, el alfil para consumar, en el contexto de las vanguardias artísticas, el golpe de autoridad contra la hegemonía del discernimiento. read more

  • Teoría de las pérdidas, de Jesús Ramón Ibarra | Jorge Ortega

    Nuevo libro de Job

     

    Jesús Ramón Ibarra, Teoría de las pérdidas, FCE, México, 2015, 68 p.

     

    La madurez de un poeta se calcula tanto por el reconocimiento público de su obra como por la aptitud de ésta para ir amasando progresivamente un sistema de correspondencias que supongan la conformación y la confirmación de un mundo propio. Me refiero a la recurrencia de un puñado de registros que dialoguen entre sí bajo distintos contextos a lo largo de una bibliografía, o bien, a los coeficientes de un discurso en el tiempo. Rachel Phillips hablaba del común denominador que constituyen en la vertiente lírica de Octavio Paz la reincidencia del instante, la presencia, el mediodía, la transparencia, el espejo; pero igual pudiera pensarse en las piedras y los pájaros de Neruda, o en el llano, la espada, el laberinto, la luna o el también espejo de los versos de Borges. read more

  • Cámara nupcial, de Jorge Esquinca | Jorge Ortega

    Giros alrededor de Emily

     

    Jorge Esquinca, Cámara nupcial, Ediciones Era/Instituto Veracruzano de la Cultura, México, 2015, 139 p.

     

    La transferencia de identidad es uno de los mecanismos privativos de la poesía contemporánea. El procedimiento entraña una operación especular. Proyectar en el otro las tribulaciones del yo se ha vuelto un ingenioso ejercicio de desdoblamiento. Es como tomar distancia de uno y verse bajo una luz distinta. Y no aludo al artilugio de la heteronimia, sino a una poesía que acoge, en un libro o un poema, determinados episodios de vida o la voz de una personalidad literaria o significativa que pudiera implicar un modelo estético, moral o heroico. No obstante, hay que advertir que mucho depende, en dicho contexto, de la conjugación verbal, ya que no es lo mismo transpolar el yo al habla de esa personalidad que referirla, a manera de tributo, desde la segunda o tercera persona del singular. read more

  • Guía de forasteros, de Jorge Ortega | Luis Vicente de Aguinaga

    De identidades e inminencias

     

     

    Jorge Ortega, Guía de forasteros, Bonobos / Conaculta, Toluca, 2014, 121 p.

     

    Conviene preguntar y preguntarse de vez en cuando con qué suerte ha corrido el clasicismo poético en México. En su día, Jorge Cuesta dijo con buen estilo y mejores argumentos que la poesía europea se implantó en México en el más universal de sus avatares, el petrarquista, de modo que su desarrollo posterior obedeció a ese origen como se obedece a un condicionamiento estructural, no como se responde a un mero incidente. Universal, el modo petrarquista lo fue por sus aspiraciones, desde luego, pero también por su influencia. Petrarquistas fueron Ronsard, Garcilaso, Shakespeare y Sor Juana, cada cual a su modo. No lo han sido menos Pedro Salinas, Pablo Neruda, Rubén Bonifaz Nuño, Jaime Sabines y Javier Sicilia. Cuando se afirma que determinada poesía moderna tiende al clasicismo, lo cierto es que tiende al petrarquismo. read more

  • Devoción por la piedra de Jorge Ortega

    Entre la revelación y el desengaño

    Si tuviera que describir con una imagen —o mejor dicho con una metáfora explicativa— la poética que Jorge Ortega emplea en Devoción por la piedra (conaculta Chiapas, 2011, 139 p.) propondría la de un hombre que camina con una cámara portátil por diversos lugares tomando registro de cuanto la realidad le ofrece. Su cámara explora con fidelidad los itinerarios de un trayecto lo mismo azaroso que cotidiano y el hombre tras la cámara observa con devoción lo registrado. No es una serie de imágenes particularmente preestablecidas ni se ciñe a un guión cinematográfico: es la cámara al hombro de un viajero, un agudo observador y un testigo. Es por tanto la bitácora de un lector del alfabeto del mundo que reconoció Eugenio Montejo; o bien aquel explorador involuntario de lo visible y su reverso, como la cámara que se cuelga a la espalda el protagonista de la película Historia de Lisboa de Wim Wenders para recorrer y mirar desde otro punto de vista una ciudad. En todo caso Jorge Ortega propone que desde una imagen puede perseguirse y hasta descifrarse aquello que está más allá de tal imagen. La imagen es sólo una puerta de entrada a la realidad. Un vitral, por ejemplo, no es sólo la figura que el plomo y el cristal fijan allí, sino también la luz y la retina que los captan en un instante perdurable:

     

                                          El vitral

    seguirá ahí, pero el fulgor no siempre

    volverá de igual suerte a atravesarlo

    para imprimir en la retina

    un firmamento de nuevos esmaltes

    que no podrás nombrar.

                                          (“Vitral”)

    Los poemas de este libro surgen sin duda de un fino observador que se detiene, con admiración, ante los detalles irradiantes de un paisaje mediterráneo o ante una pequeña ruina a orillas de la ruta habitual; poemas que, al mismo tiempo, apelan el diálogo con aquello que mira tras la mirada, con aquello sin lo cual una imagen es sólo un hexagrama sin interpretación. Si el primer elemento en este trayecto poético es la imagen, el segundo es la reflexión. Las imágenes de las que parten los poemas son a su vez meditaciones. Así, el hombre que observa tras la cámara portátil es también un incansable intelecto que advierte lo que a la cámara se oculta o bien lo que se ha desvanecido de sus impresiones. El ojo que mira es también una mente que sueña o que recuerda:

     

    La casa es uno mismo

    y en la fisura de sus oquedades

    anida la palabra milagrosa

    que sólo a ti te sirve.

                                          (“Secreto seguro”)

    Devoción por la piedra

    Devoción por la piedra, la obra que mereció el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2010, es en cierta forma una larga meditación contemplativa en la cual todo lo inanimado circundante es, bajo la luz y el momento propicio, un secreto revelado. Creo particularmente certero el enunciado que, en la contraportada, la describe como un “humanismo que alumbra los misterios de la materia”.

    En efecto, es la materia la que toma la voz en este libro. La materia que se rebela a su silencio ordinario y toma la palabra desde una dimensión distinta, desde una alteridad pensante, en resumen, desde otro reino de la naturaleza. Quizá por ello no hay personajes humanos —o las hay sólo sugeridos, oblicuamente entrevistos—, en esta obra. Los verdaderos protagonistas en la mayor parte de estos poemas son objetos, lugares y percepciones; son protagonistas las calles, los templos, los jardines, un jarrón, viejas diapositivas, olvidadas canciones… Pero todo tiene su lugar y su argumento en la marea de la memoria y en la última cuenta de la realidad.

    Citar esa inmediata realidad y dar voz a la materia que la edifica es entonces —en los dos principales sentidos de la palabra— una emergencia. A este respecto hay un poema en particular, titulado “Primera llamada”, que bien podría anunciar por entero el arte poética del libro, o de una buena parte de él. Lo cito, por tanto, íntegramente:

     

    Urge contar lo que sucede

    no arriba en el lenguaje

    y su costra de espuma

    sino abajo, donde

    la llama se doblega

    o tiembla la raíz.

    Urge invertir el cono

    y denunciar su fondo,

    atraer el clamor de las arenas

    que la corriente submarina

    ondula.

    Respira y sumérgete.

    Asciende y recupera lo que has visto

    para alivio de quienes esperamos

    en el espejo de la superficie.

    Mucha tinta ha corrido

    y seguimos en ascuas.

    Alumbra un poco más tu circunstancia,

    acerca la linterna a los abismos

    para buscar la llave entre las rocas.

    El spleen de la melancolía conduce las cavilaciones de la conciencia tras estos poemas. Una melancolía que nunca deja de ser elegante y que se afirma a cada paso, no como un impositivo anfitrión que pretende demostrar la ancestralidad de sus fundos, sino como un huésped amable y discreto que nos saluda desde el umbral del vestíbulo o bien al coincidir por la calle. Quizás incluso llamarla melancolía sea demasiado determinante. Se trata más bien de un espesor de la propia conciencia al contemplar el mundo, acaso la sombra de la sabiduría que se ha alargado tempranamente en las palabras del poeta. Se trata también de una atmósfera digamos otoñal, de un juego de tonalidades donde predominan los azules, los ocres y los grises. Una atmósfera tan sutil que dialoga incluso con el agua:

     

    Dulce dicción del agua que no cesa

    de transcurrir detrás de los postigos

    como una serenata primitiva.

    Danos, oh numen, el punto de apoyo

    para sobrellevar este prodigio

    aunque no comprendamos su lenguaje.

                                          (“Nocturno del Albaicín”)

    Lo interesante a este respecto es que Jorge Ortega somete a sus diferentes temas a esta misma atmósfera otoñal o crepuscular logrando la unidad de tono que distingue a las obras maduras de un autor. Devoción por la piedra, qué duda cabe, es un libro de joven madurez en el cual ya la voz del poeta tiene su hondura y su medida. Lo que detiene su atención, en consecuencia, es alumbrado por la cámara y la luz de un inteligente testigo, por un viajero que ya nunca volverá a ser inocente:

     

    No renuncies al margen

    de azar que te convida el desacierto:

    detrás del promontorio de la duda

    aguarda la ganancia

    de la revelación o el desengaño.

    Anclado en la escasez y su llanura

    no habrá ya laberinto en el cual extraviarse.

    Elige, pues, el más largo trayecto

    para volver a casa.

                                          (“Rutas alternas”)


    Contenido exclusiva de la versión digital de Crítica


    Escrito por Jorge Fernández Granados

    Ciudad de México, 1965. Es autor, entre otros, de los libros de poesía Resurrección (1995), Los hábitos de la ceniza (2000), con el que obtuvo el prestigioso Premio de Poesía Aguascalientes, y El cristal (Era, 2000). Es autor asimismo de un volumen de cuentos, El cartógrafo (1996). Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, y del Fonca. En 1995 obtuvo el Premio Jaime Sabines y es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

     

  • Jorge Ortega

    Es poeta y ensayista mexicano. Nació en Mexicali, Baja California, en 1972. Es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona. El año de 2007 fue incorporado al Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) en la disciplina de letras. Obtuvo el Premio Estatal de Literatura de Baja California en 2000 y 2004 en los géneros de poesía y ensayo literario, respectivamente; el Premio Nacional de Poesía Tijuana en 2001; y en 2005 resultó finalista único del XX Premio Hiperión de poesía convocado en España. read more

  • Tres poemas de Jorge Ortega

    SUBIDA AL MONTE URGULL

     

    Al fondo el mar,

    el sobrio mar de fondo

    que se nos desdibuja.

     

    Entre robles y helechos

    la espiral de piedra no pulida,

    las furtivas

    y onduladas

    terrazas del musgo.

     

    La espuma de la hiedra

    trepando por los troncos,

    los cauces de hojarasca

    crujiendo bajo una pisada en falso.

     

    Rampas. Escalones

    pacientemente relamidos

    por el inofensivo alud del vaho.

     

    Y el final en dónde o para cuándo:

    la cumbre se escabulle a nuestros ojos,

    pirámide borrada por la selva

    en una distracción.

     

    A mayor esfuerzo, menor la extenuación,

    mejor la claridad de los confines

    o pronta la llegada.

     

    El poema se hace en el trayecto,

    trata lo que tardamos

    en alcanzar la cima

    y descubrir ahí lo perseguido en vano,

    la veleidad del aire, el resbaloso pez de las alturas.

     

     

    HORTUS CONCLUSUS

     

    He mirado de cerca al colibrí

    y se ha puesto a flotar, activo en la quietud,

    con la velocidad de una milésima.

     

    En cada uno de sus aleteos

    caben las rotaciones de la luz y el tañido remoto

    de la cítara homérica en el jardín de Alcínoo;

     

    los viajes del reflejo en la piscina

    y las secretas músicas del día

    en las hondas cañadas de la hierba,

    lo que imaginas y percibes sin levantar un dedo.

     

    Qué podría añadir a su destreza

    sino estas apostillas, a manera de elogio,

    a lo que habla por sí con el hecho de ser.

     

    Afuera arde la épica de la sobrevivencia,

    marchan las multitudes, discurren los inventos

    y la historia se escribe con estruendo.

     

    Lejos de perecer en dicho intento

    me detengo a observar el picaflor

    cuya vivacidad baraja y aglutina los enigmas

    de todo el universo.

     

     

    BOSQUE DE NIEBLA

     

    Desescribir, borrar la exuberancia de esta línea

    hasta volver a lo blanco

    para decir la selva

    de otro modo.

     

    Para nombrar sin prodigar sus dones

    o tener que acabar de enumerarlos

    antes de que la lluvia nos alcance.

     

    Como si el lenguaje,

    como si la escritura nos bastara

    para impedir que el agua.

     

    Para reconocer las aves por su canto

    o la vegetación

    de golpe, a simple vista.

     

    Andamos sobrados de nombres

    o faltos de saber.

     

    Cómo decir lo verde

    y no hacerlo brotar en un color.

     

    Igual que la belleza, la magnitud del bosque

    cabe en la renuncia a proclamarlo.

     

    Texto publicado en la edición 145 de Crítica


    Escrito por Jorge Ortega

    Es poeta y ensayista mexicano. Nació en Mexicali, Baja California, en 1972. Es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona. El año de 2007 fue incorporado al Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) en la disciplina de letras. Obtuvo el Premio Estatal de Literatura de Baja California en 2000 y 2004 en los géneros de poesía y ensayo literario, respectivamente; el Premio Nacional de Poesía Tijuana en 2001; y en 2005 resultó finalista único del XX Premio Hiperión de poesía convocado en España.

    Durante los períodos 2000-2001 y 2002-2003 fue becario en la especialidad de poesía del programa de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

    Colabora en diversos medios especializados de Iberoamérica, entre los que cabe destacar las revistas Alforja, Crítica, La Tempestad, Letras Libres, Luvina, Mandorla, Nexos, Quimera y Revista de Occidente.

    Actualmente es catedrático del centro de enseñanza técnica y superior CETYS en México.