Jorge Juanes

  • Guernica | Jorge Juanes

     

    En el cuadro que estoy haciendo, y que titularé Guernica, expreso, como en todas mis recientes obras, mi horror por la casta militar que ha hundido a España en un océano de dolor y de muerte.

    Pablo Picasso

     

    Nadie puede olvidar que el nombre de la aldea vasca de Guernica duele, lacera. No pertenece tan sólo a un episodio de la lucha de los republicanos españoles contra la barbarie desatada por las fuerzas fascistas en general y el franquismo en particular, encarna también la lucha de los pueblos por la emancipación y la libertad. Hagamos memoria. La aldea vasca de Guernica fue bombardeada por sorpresa e impunemente por la fuerza aérea alemana (Legión Cóndor), el lunes 26 de abril de 1937, justo cuando la aldea celebraba un día de mercado. La mayoría de la población era en ese momento de ancianos, mujeres y niños, ya que no pocos hombres habían partido a los frentes de batalla. Franco y los suyos quisieron exculpar a sus aliados, culpando del hecho atroz a los republicanos. La calumnia no prosperó. El general franquista Mola testifica: “Las bombas incendiarias se han utilizado con gran efecto”. Las noticias de la masacre recorrieron el mundo. La campesina María Hoitia[1] recrea lo acontecido de manera inequívoca (30 abril 1937): “Hombres y mujeres que salían de las casas ardiendo, con el pánico en el rostro (…) El suelo estaba sembrado de cadáveres”. read more

  • David Alfaro Siqueiros. (¡Tiemblen paredes! Ahi viene el nieto del Siete Filos) | Jorge Juanes

    Montaje en cuatro movimientos

     

    1. Masturbación totalitaria / “No hay más ruta que la nuestra”

    David Alfaro Siqueiros, defensor acérrimo del “No hay más ruta que la nuestra”. ¿Y Orozco? Mientras espero por el tiempo para acercarme a su obra, basta recordar por el momento la sentencia de Cardoza y Aragón: “Los tres grandes son dos: Orozco”. Pero concentrémonos en Siqueiros. Para que no quepan dudas, nuestro muralista pontifica y levanta su propio altar (No hay más ruta que la nuestra: importancia nacional e internacional de la pintura mexicana moderna: el primer brote de reforma profunda de las artes plásticas del mundo contemporáneo, 1945):

    La pintura mural mexicana (Siqueiros dixit, yo subrayo) es el único aporte colectivo importante que ha dado el genio de América Latina.

    Nuestra posición estética es la más saludable del mundo.

    La única ruta, sin duda alguna, que tendrán que seguir indefectiblemente, en un próximo futuro, mucho más cercano de lo que pueda suponerse, todos los artistas de todos los países, inclusive París y los parisinistas. ¿No hay otro? ¿Alguien se atrevería a afirmar lo contrario, después de analizar, aunque sea sumariamente, el actual panorama artístico del mundo? read more

  • Modernolatría futurista, odio al pasado y culto al arte dinámico | Jorge Juanes

    Descomponemos y recomponemos el universo según nuestros maravillosos caprichos para centuplicar la potencia del genio creador italiano y su predominio absoluto en el mundo.

    Marinetti

     

    Marinetti y el primer manifiesto de arte futurista

    Nadie que reflexione sobre el futurismo puede eludir el nombre del poeta Filippo Tommaso Marinetti, quien fuera no sólo el artífice del Primer manifiesto futurista[1] sino también un discutible animador de las vanguardias artísticas. Sobre el Manifiesto se ha escrito mucho y, en rigor, poco queda por agregar. Sin embargo… quisiera empezar por poner sobre el tapete una duda: ¿se trata en realidad de un manifiesto artístico? ¿En verdad puede alcanzarse –a partir de las premisas bélicas, nacionalistas y modernolátricas del Manifiesto– una renovación del arte? read more

  • Vicente Rojo. La persistencia de la pintura | Por Jorge Juanes

    Amo la emoción que corrige la regla.
    Amo la regla que corrige la emoción.
    Georges Braque

    La obra de Vicente Rojo es un concierto de múltiples propuestas, un inagotable y persistente despliegue de signos, señales, formas geométricas, grafismos, texturas, colores… read more

  • Heidegger y Kant, metafísica de la subjetividad y razón crítica

    DE DESCARTES A KANT

    Para empezar, hagamos un balance de las propuestas de Descartes por las que la filosofía moderna cobra conciencia de causa como entronizamiento de la razón humana en cuanto referencia última del conocer y punto de enlace del homo sapiens con la naturaleza. Propuestas donde la pregunta sobre el qué del conocimiento se sustenta en la pregunta sobre el qué del pensar. Descartes desemboca —valiéndose de la duda metódica, según se ha expuesto— en el “Pienso, luego existo”. Pensar autonomizado que, en nombre de la certeza, pone la imaginación y los sentidos bajo sospecha y, en lo que cabe, mete en el saco de los sobrantes a la alteridad irreductible a la razón estricta. El modelo del pensar autosuficiente e indubitable se basa, decíamos también, en la ciencia moderna físico-matemática, paradigma del razonar claro y simple, universal e impersonal, ordenado y conforme a leyes irrebatibles. Al igual que la filosofía mantiene una relación de deuda con la ciencia, ésta recibe de aquélla las condiciones de su esclarecimiento. Las bodas logocéntricas de la filosofía y la ciencia quedan, de esta suerte, consumadas. read more

  • Nietzsche contra Heidegger

    Permaneced fieles a la tierra.

    Yo prometo una edad trágica: el arte supremo en el decir sí a la vida.

    Vive como si este instante fuera eterno. Si decimos sí a un solo instante, decimos sí a toda la existencia.

    Nietzsche

     

    Al igual que los nazis aniquilan al enemigo sin piedad, Heidegger inmola a Nietzsche en el horno crematorio de un lenguaje arbitrariamente impuesto: tras quitarle la palabra, le impone el corsé del nihilismo para, una vez consumado el simulacro hermenéutico, machacarlo. La analítica demoledora y maniquea del pensador de la Selva Negra (en cuyas garras caen desde Platón hasta Nietzsche, pasando por Descartes, Kant, Hegel… y tantos otros) semeja un aparato inquisitorial que convierte lo diferente en una caricatura a su medida para proceder de inmediato a la cirugía mayor. Ante la operación limpieza ejercida en nombre de la supuesta neutralidad del ser, lo que cabe es proferir sin demora un contundente basta ya. Creo, por lo demás, que la crítica de Nietzsche a la metafísica es mucho más radical que la de Heidegger. Lo que queda es proponer una lectura de Nietzsche desde adentro.

    Hay en determinados pensadores alemanes (entre ellos Heidegger y Adorno) la tendencia constante a culpar al racionalismo crítico, a la Ilustración y a sus derivas, de la barbarie propiciada por la Segunda Guerra Mundial. Pasan por alto que uno de sus protagonistas, el nacionalsocialismo, se funda en mitos, símbolos y ritos germánicos muchas veces inventados, cual corresponde a su raigambre estatal-ideocrática: buenos botones de muestra son Mi lucha, de Adolf Hitler, o El mito del siglo xx, de Rosemberg. Los nazis hablan de orígenes ancestrales, de sangre y de patria, en un intento por desmontar pensamientos provenientes de la Ilustración o valores abstractos o desarraigados, ajenos a la esencia última de lo alemán (ario). Lo que está en debate es, a todo esto, la confrontación entre un supuesto “pueblo elegido”, “singular”, “superior”, y el resto de los pueblos de Europa, contaminados por valores judeo-cristianos y presas del nihilismo occidental. El caso es que Nietzsche tiene que pagar la culpa de haberse entregado —Heidegger dixit— al reflexionar técnico-cuantitativo acuñado por la metafísica moderna; o sea, estaríamos ante un consumador paradigmático del cartesianismo con que se inicia la catástrofe unidimensional que nos aqueja. Reparemos en la sentencia que, a fin de cuentas, legitima la lectura de Heidegger: “Sólo en la doctrina del superhombre, en cuanto doctrina de la preeminencia incondicionada del hombre dentro del ente, la metafísica llega a la determinación extrema y acabada de su esencia. En esta doctrina Descartes celebra su supremo triunfo.”

    Semejante sentencia resulta del señalado escamoteo que Heidegger efectúa de la ofensiva nietzscheana contra el sujeto de la metafísica: “idiota inocuidad y credulidad de las ideas modernas”. Ofensiva mediante la cual Nietzsche trastoca las líneas maestras que determinan la modernidad triunfante e institucional. Lo heterogéneo, lo otro de la metafísica, vendrá para Nietzsche de afuera, de lo excesivo e indecible, de una afirmación de la vida que no se deja atrapar en la urdimbre de pensamientos omniscientes y petrificados. El aniquilador de los monoteísmos habidos y en curso se referirá al hombre como individuo de perspectivas, abierto a lo intempestivo; como “puente” y “tránsito” ajeno por completo a sujeto solidificado alguno. Reparemos en que sus interlocutores son “los creadores”, “los cosechadores” y quienes “celebran fiestas”, que nada tienen que ver con hordas fanatizadas conducidas por guías iluminados por la razón impoluta o por sombrías ideologías o religiones oscurantistas. En términos políticos, enfoca su ofensiva preferentemente contra el Estado. Y sobre esto voy a reproducir una brillante, decisiva y larga parrafada del Nietzsche de Así hablo Zaratustra sobre el Estado que no tiene desperdicio. Vaya con dedicatoria para Heidegger y para todos los adoradores del Estado (pardo, rojo, negro, amarillo, azul, lo mismo da) vivos o muertos.

     

    En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.

    ¿Estados? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abrid los oídos, pues voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos.

    Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza en su boca: “Yo, el Estado, soy el pueblo”.

    ¡Es una mentira! Creadores fueron quienes crearon los pueblos y suspendieron encima de ellos una fe y un amor: así sirvieron a la vida.

    Aniquiladores son quienes ponen trampas para muchos y las llaman Estado: éstos suspenden encima de ellos una espada y cien concupiscencias.

    Donde todavía hay pueblo, éste no comprende el Estado y lo odia, considerándolo mal de ojo y pecado contra las costumbres y los derechos.

    Esta señal os doy: cada pueblo habla su lengua propia del bien y del mal: el vecino no lo entiende: Cada pueblo se ha inventado su lenguaje en costumbres y derechos.

    Pero el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y diga lo que diga, miente —y posea lo que posea, lo ha robado.

    Falso es todo en él; con dientes robados muerde, ese mordedor: Falsas son incluso sus entrañas.

    Confusión de lenguas del bien y del mal: esta señal os doy como señal del Estado. ¡En verdad, voluntad de muerte es lo que esa señal indica! ¡En verdad, hace señas a los predicadores de la muerte!

    Nacen demasiados: ¡para los superfluos fue inventado el Estado!

    ¡Mirad cómo atrae a los demasiados! ¡Cómo los devora y los masca y los rumia!

    “En la tierra no hay ninguna cosa más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios” —así ruge el monstruo. ¡Y no sólo quienes tienen orejas largas y vista corta se ponen de rodillas!

    ¡Ay, también en vosotros los de alma grande susurra él sus sombrías mentiras! ¡Ay, él adivina cuales son los corazones ricos, que con gusto se prodigan!

    ¡Sí, también os adivina a vosotros los vencedores del viejo Dios! ¡Os habéis fatigado en la lucha, y ahora vuestra fatiga continúa prestando servicio al nuevo ídolo!

    ¡Héroes y hombres de honor quisiera colocar en torno a sí el nuevo ídolo! ¡Ese frío monstruo —gusta de calentarse al sol de buenas conciencias!

    Todo quiere dároslo a vosotros el nuevo ídolo, si vosotros lo adoráis: por ello se compra el brillo de vuestra virtud y la mirada de vuestros ojos orgullosos.

    ¡Quiere que vosotros le sirváis de cebo para pescar a los demasiados! ¡Sí, un artificio infernal ha sido inventado aquí, un caballo de muerte,  que tintinea con el atavío de honores divinos!

    Sí, aquí ha sido inventada una muerte para muchos, la cual se precia a sí misma de ser vida: ¡en verdad, un servicio íntimo para todos los predicadores de la muerte!

    Estado llamo yo al lugar donde todos, buenos y malos, son bebedores de veneno: Estado, al lugar que todos, buenos y malos, se pierden a sí mismos: Estado, al lugar donde el lento suicidio de todos se llama “la vida”.

    ¡Ved, pues, a esos superfluos! Enfermos están siempre, vomitan su bilis y lo llaman periódico. Se devoran unos a otros y ni siquiera pueden digerirse.

    ¡Ved, pues, a esos superfluos! Adquieren riquezas, y con ello se vuelven más pobres. Quieren poder y, en primer lugar, la palanqueta del poder, mucho dinero —¡esos insolventes!

    ¡Vedlos trepar, esos ágiles monos! Trepan unos por encima de otros, y así se arrastran al fango y a la profundidad.

    Todos quieren llegar al trono: su demencia consiste en creer —¡que la felicidad se asienta en el trono! Con frecuencia es el fango el que se asienta en el trono —y también a menudo el trono se asienta en el fango.

    Dementes son para mí todos ellos, y monos trepadores, y fanáticos. Su ídolo, el frío monstruoso, me huele mal: mal me huelen todos ellos juntos, esos servidores del ídolo.

    Hermanos míos, ¿es que queréis asfixiaros con el aliento de sus hocicos y de sus concupiscencias? ¡Es mejor que rompáis las ventanas y saltéis al aire libre!

    ¡Apartaos del mal olor! ¡Alejaos de la idolatría de los superfluos!

    ¡Apartaos del mal olor! ¡Alejaos del humo de esos sacrificios humanos!

    Aún está la tierra a disposición de las lamas grandes. Vacíos se encuentran aún muchos lugares para eremitas solitarios o en pareja, en torno a los cuales sopla el perfume de mares silenciosos.

    Aún hay una vida libre a disposición de las almas grandes. En verdad, quien poco posee, tanto menos es poseído: ¡alabad la pequeña pobreza!

    Allí donde el Estado acaba comienza el hombre que no es superfluo: allí comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible.

    Allí donde el Estado acaba —¡mirad allí, hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del superhombre?—.

     

    Nietzsche en contexto

     

    Antes de continuar, me parece necesario situar el contexto de Nietzsche: una época histórica grisácea que tiende a la uniformidad de la vida, al triunfo de lo gregario con el consiguiente encumbramiento de hombres intercambiables. Sociedad enferma, decadente, totalizada por la esterilidad: “Llegará el tiempo en que el hombre no dará ya luz a ninguna estrella”. Reaccionando a la contra, Nietzsche considera —al igual que todos los artistas y pensadores contestatarios de la época— que es urgente forjar un revulsivo pensante-artístico capaz de romper con la inercia imperante. Pertenece, de tal suerte, a la modernidad marginal que se enfrenta, con decisión extrema, a la modernidad comandada por los “triunfadores”. Esta solitaria empresa exige agallas puesto que busca desmarcarse del dictado de las mayorías inscrito en la voluntad de rebaño y los valores morales que la amparan. Metido en combate, mancilla los lugares comunes de los discursos que reclaman orden, unanimidad y sometimiento. La diferencia nietzscheana se concentra en demoler, en principio, todo intento de establecer dogmas universales; no en vano gusta de la palabra combinatoria, proliferante, corriendo el riesgo de sucumbir en la aventura. La modernidad tachada que Nietzsche defiende toma, en suma, la estafeta libertaria cuya proclama dice, a la manera de los ilustrados: hay que atreverse a pensar por sí mismo (“Espíritu libre”), poniendo en juego a la vez la razón y el cuerpo, y sin venerar a nadie: “Ecce homo: Entonces mi instinto se decidió implacablemente a que no continuasen aquel ceder ante otros, aquel engañar a otros, aquel confundirse a sí mismo con otros.”

    Dada su repulsa al mundo moderno-gregario, se entiende que para Nietzsche el pensador debe ser intempestivo, traer al mundo lo inesperado, convertirse en un parteaguas. Quien haya leído Consideraciones intempestivas podrá percatarse de que el término intempestivo alude a lo que no comulga con su época, o sea, a una apuesta vital que, lejos de corresponder a los valores dominantes, proviene de vivencias excepcionales que, fieles a la diferencia existencial de cada uno, traen al mundo lo que todavía no era. Pensar a / con Nietzsche remite, en concreto, antes que nada, al mundo griego extraoficial que ha querido olvidarse: Homero y los pensadores de la physis, los trágicos y la afirmación pagana del mundo y, en general, quienes se adentran en la relación entre la existencia finita y lo Uno- eterno e increado. Remite también a la defensa radical del individuo autónomo, libre y creador que surge en los textos de los ensayistas y en las obras de los artistas del Renacimiento. Todo ello se acompaña de un severo cuestionamiento de la filosofía eidética (platonismo), el cristianismo y, desde luego, la moderna metafísica subjetivista de la razón pura, en cuanto valoraciones que se empeñan en corregir el mundo. Hay que agregar la experiencia del arte moderno (al hilo de un apasionado debate irresuelto con Wagner) entendida como un baluarte de resistencia frente a los poderes fácticos.

    Hablamos de un proyecto anti-nihilista basado en la transvaloración de los valores reactivo-gregarios en favor de la afirmación de la vida. Los textos de Nietzsche son, además, vehículos de comunicación de individuo singular a individuo singular, lo que nada tiene que ver con el deseo de convertirse en un Maestro Pensador representante de identidades supraindividuales. Digámoslo de una vez: en Nietzsche, el conflicto que preside el mundo moderno no estriba tanto en el enfrentamiento entre propuestas generales de socialización —digamos el socialismo frente al capitalismo— como en el enfrentamiento de los individuos singulares y libres con los poderes gregarios de cualquier signo que buscan aniquilarlos. Si hay algo urgente, consiste, por ende, en potenciar la resistencia de los únicos y solitarios frente a la mega-máquina puesta en marcha por los sistemas dominantes (capitalismo, estatismo…). Megamáquina sostenida por ídolos seculares contra los que hay que arremeter martillo en mano.

    Cabe destacar, como centro argumental de Nietzsche, que la sabiduría primordial responde a una experiencia excéntrica (dionisiaca) y no meramente antropocéntrica (apolínea). Experiencia excéntrica que exige del hombre la implicación del cuerpo redimido de toda culpabilidad, sintiente, abierto a sus  propias tentaciones y a las incitaciones de la serpiente maligna. Los instintos, los deseos, las pulsiones, los tonos anímicos, el dolor y el placer, vuelven aquí por sus fueros y demuelen fijezas, estabilidades paralizantes, creencias en fines unívocos e inalienables. Fiesta trágico-lúdica que posibilita la co-pertenencia del hombre que ha logrado rebasar el autismo del yo. Y lo primordial. Un “olvidarse de sí”, un “perderse”, un “echarse a volar por los aires”; “un más allá de la razón”, que Nietzsche identifica con la odisea de la existencia extrema, que incluye la finitud, la muerte, los flujos vitales que transitan entre el placer y el dolor, la angustia y la exaltación; las pulsiones desatadas y los miedos; los deseos, los silencios, los gritos; los imaginarios y los desvaríos. Devenir para seguir deviniendo en el entendido, por tanto, de que no hay una identidad definitiva.

    Nietzsche representa, entonces, el peor modelo que pudiera elegirse para ejemplificar el pensamiento sistemático-monolítico-categorial fundado en certezas o en actos de fe indiscutibles. El autor de Zaratustra permanece en la cuerda floja, arriesga, fracasa, vuelve a empezar. Si algo lo caracteriza es la toma de partido por la afirmación de la vida, aunada a una franca ruptura con la destinación histórico-nihilista encabezada por los tecnarcas. Heidegger elude el punto, pues piensa que él, y sólo él, es capaz de forjar un pensar que escape de las garras de la esencia de la técnica, e incluso acusa a Nietzsche de cómplice privilegiado. Empero, ¿no acaso el pensador nacido en Röcken fue un demoledor del nihilismo moderno, tanto del criticismo pasivo de Descartes como del criticismo activo del idealismo alemán? ¿Y qué pasa con el Nietzsche que gira alrededor del pensar pagano rememorador buscando poner en crisis todas las metafísicas, santas y no santas, pasivas o activas, antiguas o modernas? ¿Y su relación con lo dionisiaco, la tragedia, los pensadores de la physis?

    Advertí líneas atrás que entre los compañeros de viaje que Nietzsche encuentra en su tarea demoledora figuran en sitio destacado los protagonistas de la ruptura renacentista. Considérese que, a su entender, lejos de ser un avance histórico, el conflicto entre la reforma protestante y la contrarreforma católica representa, en esencia, un gran retroceso. Tomen nota quienes, siguiendo a Max  Weber (La ética protestante y el espíritu del capitalismo), identifican el surgimiento de la modernidad y su despliegue con la postura del protestantismo ascético (que, en boca de Calvino, persiste en la defensa de la anacrónica idea de la predestinación), sustento, a su vez, de la mentalidad y el comportamiento propios del capitalismo emergente. Representa un retroceso porque dicho conflicto reactualiza algo que, a juicio de Nietzsche, ha sido nefasto para el mundo Occidental: el cristianismo negador de la vida en cualquiera de sus vertientes. Reactualización que, a la vez, deja en la sombra la posibilidad de pensar la otra modernidad, libertaria, vitalista y emancipadora, encarnada en el resurgimiento del paganismo renacentista.  Una modernidad a contrapelo que tiene que ver —precisémoslo— con el arte renacentista realizado por autores singulares, polivalentes y abiertos a lo intempestivo, que crean su propio orden artístico. Creadores entregados desde sí mismos a las derivas de su existir finito, guiados por el empeño de trastocar la creencia pre-moderna en el destino, en favor de la responsabilidad: cada uno decide las modalidades de su paso por el mundo a partir de sus elecciones y sus actos, al hilo del tiempo que trascurre entre el nacer y el morir: “¿Qué prueba el Renacimiento? Que el reino del individuo sólo puede ser pasajero”. Son palabras de Nietzsche (Humano demasiado humano. Renacimiento y Reforma, 237):

     

    El Renacimiento italiano ocultaba en sí todas las fuerzas positivas a las que se debe la cultura moderna, es decir: liberación del pensamiento, menosprecio de la autoridad (…) El Renacimiento tenía fuerzas positivas que en nuestra cultura moderna hasta ahora no han vuelto a ser tan poderosas. Fue la Edad de Oro de este milenio, pese a todas sus lagunas y vicios. Ahora bien, contrasta con ello la Reforma alemana como una enérgica protesta enérgica de espíritus atrasados que en modo alguno estaban todavía hartos de la concepción del mundo de la Edad Media y sentían los signos de su disolución, la extraordinaria superficialización y conversión en algo externo de la vida religiosa, en vez de un alborozo, como conviene, les producían un sentimiento de profundo pesar.  Con su fuerza y terquedad nórdicas hicieron retroceder a los hombres, impusieron la Contrarreforma, es decir, un catolicismo católico a la defensiva, con las violencias de un estado de sitio, y tanto retardaron en dos o tres siglos el pleno despertar y hegemonía de las ciencias como imposibilitaron quizá para siempre la fusión cabal del espíritu antiguo y el moderno.

     

    Brillante parrafada, un dardo en el corazón de quienes infestaron Occidente de virus letales: la consolidación de creencias supranaturales, el monoteísmo o pensamiento único, la pérdida de la pluralidad mundana, la moral de esclavos, ritos que exigen ceremonias sangrientas, el juicio absoluto del tribunal de Dios, la culpabilización de la savia vital… Justo lo contrario del paganismo, politeísta por esencia, poblado de dioses ligados a la inmanencia de la naturaleza, a las fuerzas del cosmos, diversas y en perpetuo devenir. Que no juzga sino acoge y agradece. Para el que la vida y la muerte acontecen sólo una vez. (Los dioses subterráneos dirán la última palabra, pero hasta ahí.) Que propicia la despedida de los dioses trascendentes y descarnados. Nietzsche completa la lista de despedida incluyendo los discursos filosóficos o políticos prestos a defender sistemas de verdad omniscientes con los cuales dominar, digamos que absolutamente, la historia en curso.

    La repulsa de Nietzsche es tajante: ni teólogos encubiertos de filósofos ni filósofos encubiertos de teólogos. Señores y señoras: Nietzsche considera concluida la era comandada por las figuras del sacerdote y el filósofo, incluido el peón de brega, el político. No ha sido en balde su ataque desaforado a todos los sacerdotes y sacerdocios que han sido, y siguen pesando como losas que aplastan la espontaneidad de la vida y forjan a la masa amorfa, presta a borrar del mapa cualquier diferencia. Pocos como él han alentado a los individuos a emanciparse de cuanto les impide responsabilizarse de sí mismos y manifestar su diferencia día con día. Huir, huir como de la peste del hombre normal infectado por la peor de las enfermedades, a saber, la moralidad del resentimiento que encadena la fiesta de la vida. Hay que sobrepasar, en consecuencia, al uno de tantos en favor del hombre afirmativo, fiel a sus principios vitales y dispuesto a romper con los discursos opresivos de los regeneradores de cuerpos y almas. De la sistematicidad, del método, de la lógica argumental que pone las cosas en su sitio o de los saberes que representan la verdad universal no queda, en Nietzsche, nada de nada.

    Hablamos de un pensador excepcional que se mantiene con un salario miserable, mal come y reside en pensiones de poca monta; con problemas de salud y muy pocos amigos; errante, apátrida, desafortunado en el amor, solitario, y, sin embargo, celebra con veneración haber venido al mundo. Ya aquí, desata amarras respecto de las ceremonias político-cognitivas destinadas a fabricar hombres domesticados, enfermos de muerte, por tanto. Transitando de la exaltación a la caída, de la sobriedad a la iracundia, de la iluminación al enigma, pronto reconoce que las cadenas que garantizan el ordenamiento reactivo del mundo están ahí para romperse: un primer paso consiste en situarse fuera de las reglas; un segundo paso, en reencontrarse a sí mismo; un tercero, en transvalorar. Recordemos que, desde El nacimiento de la tragedia, Nietzsche rechaza lo apolíneo cerrado sobre sí mismo: racional, correctivo, homogeneizador y, por si fuera poco, en deuda con lo suprasensible en lo que podemos considerar una traición a la Tierra.

    Los cortocircuitos provocados por Nietzsche están en el aire: adentrarse en sendas inexploradas, atreverse a transitar por el mundo renunciando a caer en el regodeo narcisista de dotarse de una identidad fija y acabada; si algo desea, es revivir de instante en instante, ser otro… y otro. Sentencia: “¡Ya no soy el mismo!” Eso, exaltar la plétora vital. Una apuesta singular en la que impera el deseo de potenciar la diferencia, llevando al límite la singularidad irreductible de la existencia finito-mortal-excéntrica. De allí que el empeño de los discursos de la Verdad —surgidos para superar lo singular en lo supraindividual y encumbrar la existencia cerrada sobre sí misma respecto de la existencia abierta a la alteridad— encuentren en Nietzsche un enemigo jurado. Los cuerpos liberados de la reducción gregaria lo agradecen; agradecen haberse curado de la enfermedad del cuerpo culpabilizado, condenado, denigrado. Pero el discurso oficial quiere números equivalentes, soldaditos obedientes, hormigas laborales, nunca hombres cabales.

    Nietzsche alienta como pocos la responsabilidad que les cabe a los hijos del azar en cuanto a preservar su diferencia aquí y ahora. Ni inventor de la bestia rubia ni profeta nacionalsocialista; se trata simple y llanamente de un existente que nos invita a poner en juego nuestra propia libertad. Alinearlo en las filas de los dominadores, considerar su obra como una doctrina cerrada y completa sobre el poder, inscribirlo en la nómina del germanismo excluyente, equivale a una calumnia vil. No en balde la aventura de Nietzsche en Italia le permitió reconocer que no todo es alemán, brumoso, plúmbeo, aburrido. También las izquierdas, con Lukacs al frente (El asalto a la razón: “Nietzsche es el primer filósofo heraldo de la barbarie imperialista”), aunque acusándolo ahora de irracionalismo, vieron en Nietzsche a “un enemigo del pueblo” y al Maestro pensador que incubó la ideología del fascismo y del nacionalsocialismo e instigó la “catástrofe bélica mundial”. Nietzsche sufrió, en efecto, el repudio de los totalitarismos de cualquier signo. Aquí el pecado del que se le culpa: haberse enfrentado a los monoteísmos pasados y futuros. “Que no sea lícito atribuir la índole del ser —Crepúsculo de los ídolos— a una causa prima, que el mundo no sea una unidad ni como sensorium ni como ‘espíritu’, sólo esto es la gran liberación”.

     

    Nietzsche y el nihilismo

    Con el nihilismo hemos topado. (Nietzsche lo empieza a utilizar en 1885, al hilo de las notas preparatorias del libro nunca escrito: La voluntad de poder.) El nihilismo se pensó originalmente como lo opuesto a determinadas centralidades comprensivo-unívocas, hasta tal grado que quienes se atreven a ponerlas en crisis se convierten en nihilistas o nadificadores de la verdad y de los valores supremos. El nihilismo lleva, de tal suerte, a la inanición, ya que despoja de sentido trascendental-totalizador al actuar humano. Pero Nietzsche pone en crisis esta creencia habitual. A su entender, el nihilismo no significa la demolición de valores supremo-omniabarcantes (Dios, Idea, Verdad imperativa, Ser, fundamentos histórico-salvíficos…) sino, por el contrario, su imposición. Desmarcarse de tales valores implica, por ende, dar los primeros pasos para salir del hoyo siniestro de los metarrelatos universalistas que han devastado el mundo. Negatividad anti-nihilista resumida en el “Dios ha muerto” voceado por Zaratustra. Nietzsche suscita un cortocircuito y rechaza que debamos someternos fatalmente a la fórmula de los triunfadores, cristalizada en la unidad eidética Saber-Verdad-Poder. Ecce Homo: “Hasta ahora la mentira del ideal ha constituido la maldición contra la realidad”.

    Teniendo en la mira ideas, normas, principios, fines… que  representan “la negación de la voluntad de vivir”, Nietzsche distingue, por lo demás, un nihilismo pasivo y un nihilismo activo. El primero proviene, en lo que toca a Occidente, del socratismo-platonismo y el cristianismo, y el segundo, acuñado propiamente en Oriente, encuentra su modelo paradigmático en el budismo. Propuestas contemplativas y ascéticas que coinciden, diferencias aparte, en la culpabilización del deseo. Meros simulacros de vida que buscan extraer el dolor del mundo extirpando el erotismo que lo preside. Trasmundo, más allá de lo suprasensorial, que Nietzsche califica de “sinónimo del no ser, del no vivir, del no querer vivir”. No-ser que incluye, recalquémoslo, la superación del deseo acusado de provocar el dolor que aqueja lo viviente. La caída cristiana, el nirvana budista, incluida la “trabazón arquitectónica” argumental que funda la filosofía de la “noluntad” de Schopenhauer (“Un desvío ¿hacia un nuevo budismo?, ¿hacia un budismo europeo?, hacia el nihilismo”), tienen por común denominador la repulsa del exceso, de lo polivalente, de la materialidad y la carnalidad tentadoras.

    Pero Nietzsche habla, además, de un nihilismo activo. Hay quien considera que alude a su propia propuesta. Advierto, de entrada, que discrepo. Considero que el calificativo de nihilismo activo corresponde, en rigor, al moderno antropocentrismo-logocéntrico o, si se prefiere, al despliegue planetario de la tecnociencia moderna empeñada en dominar la tierra, en objetivarla, en convertirla en cosa por y, para el sujeto productivista (el trabajador universal), Nihilismo activo ontofóbico-sensualofóbico surgido de la hipostasis del Principio de razón en comunión estrecha con un nihilismo de ataque, ofensivo, concretado en el levantamiento de un entramado artificial que sepulta a la naturaleza originaria. Mundo o “segunda naturaleza”, a imagen y semejanza del homo sapiens, en donde la alteridad es aniquilada por completo. Violencia contra la vida en su conjunto impuesta por agresivas figuras cognitivas basadas en el rigor frío y metódico, en el triunfo de lo abstracto cuantitativo sobre la cualidad. El resultado es de sobra conocido: el encumbramiento del pensamiento unidimensional que propicia hombres unidimensionales: “Escritos póstumos: La creencia en las categorías de la razón es la causa del nihilismo; nosotros hemos medido el valor del mundo por esas categorías, que se refieren a un mundo puramente ficticio… Toda nuestra sociología no conoce otro instinto que el del rebaño, es decir, el de la suma de los ceros, en que cualquier cero tiene los mismo derechos en un lugar donde es una virtud ser un cero.”

    Sé que, para muchos, sospechar mínimamente que los dos nihilismos de Occidente —la religión cristiana y el antropocentrismo absolutizado— pudieran tener cierto aire de parentesco representa un escándalo mayúsculo. Dígase lo que se diga, lo tienen: una y otra llevan en sus venas sangre blanca, pura, prístina. Procedamos entonces a diseminar el escándalo, amparados en las palabras del dios bíblico proferidas en el Génesis el sexto día de la creación: “Entonces dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastre por la tierra”. Jehová no se anda con rodeos: el hombre es el summum de la creación, el ente privilegiado, el destinado a señorear sobre lo que está ahí. Tuvo, además, la gentileza de poner previamente orden en el caos, luz en donde imperaban las tinieblas. Para el hombre divinizado por él, para el Hombre que todo lo merece —en cuanto única criatura que participa de la sustancia de Dios—, tiene en la tierra (mera res extensa), por decreto celestial, el escenario para el despliegue de su señorío. Un intérprete exigente de la Biblia me dirá que hay que tener cuidado con las lecturas anacrónicas que proyectan sobre las palabras de los antiguos las certezas de los modernos. Metido en demostraciones, me propondría examinar la parte decisiva del Génesis; atendamos el señalamiento del Señor: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comieras, ciertamente morirás.”

    Empero, la serpiente tentadora, demonio encubierto, incita al hombre a la desobediencia, la hybris, la desmesura, la arrogancia de querer tener en sus manos la sabiduría última, divina —legislar sobre el bien y el mal—, hasta el grado de merecer el castigo mayor: la muerte. Desobediencia que en la modernidad, tras el destronamiento de Dios por el Hombre, se convierte en una máxima. De hecho, el antropocentrismo que hoy señorea sobre la tierra decide, sin competencia, lo que corresponde al bien y al mal. Su balanza es infalible: la ciencia moderna, físico-matemáticamente fundada, garante de la relación saber-poder. Ciencia que presume, en boca de los Descartes y Newton, haber encontrado en la legalidad racional de la naturaleza la luz (“armonías matemáticas mecánicas”) puesta por el Creador en la tierra. Sistema del saber científico moderno que, en alianza con la técnica industrial, recalcan los nuevos titanes, si bien no puede salvarnos de la muerte (asunto exclusivo de Jesucristo, el Salvador del mundo), al menos puede, a la larga, convertir el mundo en un renovado Jardín del Edén.

    La ciencia moderna se fundamenta, en efecto, y reto a cualquiera a que me demuestre lo contrario, en la epistemología de la razón pura (Descartes: “Las Meditaciones contienen todos los fundamentos de mi física”). Razón pura que —dada su entidad descarnada e inmaterial (“Pienso, luego existo”)— puede garantizar, ni quién lo dude, un saber cierto capaz de dotar al hombre de una seguridad cognitiva casi infalible. Los sentidos, la imaginación, los sueños y el deseo se ven obligados a hacer mutis, ya que la pesquisa epistemológica ha dejado lo extra-lógico fuera de combate. La epistemología moderna representa —y sus fórmulas lo convalidan— un peculiar giro de la meta-física. Meta que alude, lo aclaro, a un saber segundo que se nutre del saber primero o científico=reducción abstracto-cuantitativa de la naturaleza. Estamos, en consecuencia, ante un saber limitado a aclarar —ésa es su tarea— las condiciones de posibilidad del saber paradigmático, bóveda de clave del casamiento saber-poder (Descartes acuña la consigna mayor: “ser dueños y poseedores de la naturaleza”). Los nuevos señores de la ciencia del bien y el mal lo creen; creen que las leyes resumidas en las fórmulas científicas equivalen (“son idénticas”) a las de la naturaleza. Por fortuna, habrá un Kant que atenúe tamaña hybris en aquello de que “la cosa en sí” resulta incognoscible, o sea, lo que llamamos legalidad natural es la cosa para nosotros, objeto, fenómeno, forma proyectiva de la subjetividad humana.

    Pero el mal, disfrazado aquí de bien (reconozcamos que, además de perversa, la serpiente tentadora es astuta), puesto en acto (la celebrada praxis), en lugar de traer a la tierra el prometido Jardín del Edén trae el infierno. Ya lo advertía Jehová: ¡cuidado con el árbol del saber! Vemos que al devolverles a la physis y al cuerpo su exceso, su goce, su profundidad innombrable, Nietzsche ensucia razones y almas. Tentativa impura que encuentra cauce en la experiencia revulsiva del arte (a las obras me remito) y en las vivencias “irracionales” de los artistas. Creo que ello explica lo que él mismo afirma en el Ensayo de autocrítica de El nacimiento de la tragedia: “El problema de la ciencia misma —la ciencia concebida por primera vez como problemática, como discutible”; “El problema de la ciencia no puede ser conocido en el terreno de la ciencia”; “Ver la ciencia con la óptica del artista y el arte con la de la vida”. O: “Sólo como fenómeno estético está justificada la existencia del mundo”. Reparemos en que Nietzsche no busca pergeñar una mera teoría, sino alentar una experiencia indecible que conjuga en acto (instantáneamente) la fusión de la ek-sistencia y lo Uno-diverso. Vaya diferencia con el pensar distanciado y meramente inteligible, correctivo e impoluto, empeñado en juzgar “las fuerzas corporales y físicas” como dañinas y extirpables, con el consiguiente desdén hacia la sabiduría trágico-dionisiaca. Qué diferencia con los tecnócratas que no ven en la naturaleza y el cuerpo sino reservas de energía explotable. Digámoslo tajantemente: Nietzsche dista de ser un pensador de la técnica.

    La empresa revulsiva tiene mérito ya que Nietzsche planta batalla justo en una época en que señorea el positivismo cientificista (que a ello me he estado refiriendo, pues lícito es reconocer que dentro de la ciencia misma cabe encontrar posiciones no destructivas, ajenas a lo omnisciente) y se acentúa la búsqueda de verdades indubitables, conceptualmente visibles y transparentes, unívocas y representables. Ideas modélicas en la medida en que de ellas depende, según lo hemos constatado, el dominio del hombre sobre lo ente en su conjunto. Fórmula de éxito monopolizada por el conocimiento logocéntrico, base y sustento de la posibilidad de la emergencia y el despliegue incesantes de fuerzas productivas capaces de convertir la tierra en materia prima explotable. Hablamos de una época en la que impera el código de la producción y en la que las palabras de los nuevos amos están en boca de los súbditos: fuerzas productivas, relaciones de producción, economía… A la par que el proceso de trabajo funge como patrón de la actividad humana, el trabajador tecno-científicamente pertrechado se alza como paradigma de la subjetividad. Convertir al hombre en un autómata infalible, tal es el objetivo si queremos traer al mundo al hombre nuevo.

    Pero el impertinente de Nietzsche descompone de improviso el fetichismo maquinal, lo socava y desestabiliza, sometiéndolo al desafío de la alteridad y de la diferencia. De allí su propuesta, enfrentada a los nihilismos de toda índole, consistente en desmantelar el dominio de lo suprasensible sobre lo sensible (cuerpo y materialidad como tales). De allí también que celebre la muerte del dios purificado, o lo que es lo mismo, la caducidad de las ficciones suprasensibles, desérticas, irrespirables. Así habló Zaratustra: “Permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobrenaturales”. Tal fidelidad no rehúye riesgos y se entrega a la “búsqueda de todo lo problemático y extraño en el existir, de todo lo proscrito hasta ahora por la moral”. Poco importa que la vindicación de lo proscrito traiga consigo el dolor, pues afirmar el placer corporal y la exuberancia cósmica implica decirle sí también al dolor. Nietzsche no habla del placer superficial, del mero entretenimiento, sino del placer que potencia la complejidad y la profundidad de la existencia: aquí la palabra de Zaratustra:

     

    El placer, en efecto, aunque el dolor sea profundo. El placer es aún más profundo que el sufrimiento (…) El placer no quiere herederos ni hijos; el placer se quiere a sí mismo, quiere eternidad, quiere retorno, quiere todo-idéntico-a-sí-mismo-eternamente. ¿Dijisteis una vez que sí a un placer? ¡Oh, amigos míos, entonces también dijisteis sí a todo dolor, pues todas las cosas están encadenadas, enredadas, enamoradas (…) Así quisisteis el mundo, oh eternos; amadlo ahora eternamente y para siempre, diciéndole también al dolor: vete, pero vuelve; pues todo placer quiere eternidad…!

     

    Eterno retorno de lo mismo, voluntad de poder, transvaloración, superhombre

     

    Nadie había dicho algo tan contundente contra los denigradores del placer, nadie se había atrevido tampoco a redimir el placer de modo franco y profundo, sin atenuantes. Podemos considerar este texto como punta de lanza de la vida afirmativa, no-nihilista. Y para penetrar en el meollo de lo afirmativo, Nietzsche acuña un determinado número de nociones, a veces poco afortunadas, que han producido más de un dolor de cabeza a los intérpretes: eterno retorno de lo mismo, voluntad de poder, transvaloración de todos los valores, superhombre (señor de la Tierra). Dado el desconcierto suscitado, desgranar una a una las nociones exige una aclaración previa: lo primero es que Nietzsche recusa a la metafísica occidental, en lo que corresponde ante todo a la modernidad, inscribiendo sus objeciones en los entresijos del aparato sistemático-categorial cuestionado. Esta ruptura tiene mucho de ritual entrista, o sea, de participación entrañada en los rituales de la metafísica para corroerlos desde adentro. Tras dinamitar el territorio enemigo, tenemos que las nociones de voluntad de poder, valor, superhombre… sufren una catarsis que las torna irreconocibles, aunque es difícil, sin embargo, desprenderlas de sus usos metafísicos o de los códigos que les dieron nacencia.

    En términos de la hermenéutica contemporánea, diríamos que Nietzsche se embarca en una empresa deconstructiva que utiliza las armas cognitivas del adversario para consumar, en su contra, una masacre sacrificial, sin que falten la parodia y la ironía. Sigamos la pista del desaguisado. La noción que me resulta más problemática es la del eterno retorno de lo mismo (término acuñado a “primeros de agosto de 1881”, muy importante en el Zaratustra). A diferencia de las otras antes señaladas, ésta tiene, por cierto, poco o nada que ver con la metafísica. Del acercamiento a lo que el eterno retorno anuncia y calla depende incluso la posibilidad de recrear, con las precauciones del caso, los derroteros pensantes del último Nietzsche. Estoy en que los dardos polémicos del eterno retorno apuntan contra los dos blancos que ya habíamos localizado como ejes del nihilismo: la idea cristiana de la naturaleza como creación de Dios —que, por tanto, conduce a comprenderla desde un ser superior—, y la idea de la física clásica moderna —que la concibe como un entramado escrito en lenguaje matemático y reducido a un determinado número de leyes mecánicas—. Nietzsche rebate: la naturaleza es en sí y para sí (causa sui), increada y eterna; por tanto, autosuficiente. Dada su inconmensurabilidad indecible, rebasa la posibilidad de encerrarla en el estrecho marco de un sistema de conocimiento o una determinada creencia religiosa.

    Si se me apurara, diría que el eterno retorno de Nietzsche potencia una intuición puesta de manifiesto desde El nacimiento de la tragedia. Me refiero al casamiento pagano de lo dionisiaco con lo eterno primordial o Uno-originario- primigenio e indestructible que surge del sin porqué, deviene sin porqué y retorna al sin porqué. Que deviene como flujo de fuerzas en conflicto, eternamente donante, anterior a los hombres y a los dioses, ajeno al bien y el mal, signado por  nacimientos y muertes azarosos. El eterno retorno demuele, en consecuencia, lo cognitivo-granítico y sus sucedáneos: final escatológico, orden racional; origen y meta; moral correctiva, bien y mal… Lo eterno tiene que ver, antes bien, con el ocaso sin tregua y con la reaparición renovada de lo inconmensurable. Va de la mano con lo surgido en el devenir y puede decirse que el devenir forma parte de lo eterno. Mutaciones azarosas e indecibles que, lejos de responder a determinado fundamento, encarnan la falta de fundamento. Nietzsche quiere lo que quiere: una donación perpetua y gratuita, un despilfarro, eso, “la virtud que hace regalos”.

    Nietzsche constata igualmente que todo lo que es, incluidos los individuos singulares, pertenece a la eternidad, pues el nacimiento de cada uno en determinado momento obedece al modo en que el mundo ha devenido. De no haberse dado el juego del mundo tal como se dio, no estaríamos aquí. Querernos implica vindicar el mundo como ha sido. Pensar el surgimiento de la existencia singular en conjunción con el eterno retorno del azar equivale a reconocer, en suma, que el haber sido arrojados al mundo testifica un pacto no escrito con la inocencia del devenir: “esta vida, tu eterna vida”. Con esta idea pagano-terrenal de eternidad Nietzsche vindica “la naturalización del hombre”. Sé que en algún momento Nietzsche llega a identificar, casi de pasada, el eterno retorno con una doctrina. No tiene nada que ver, olvidemos tal intento insostenible. Hay quienes consideran, por cierto, que el eterno retorno concuerda con una visión fatalista del mundo, que cabe identificar con un peculiar círculo vicioso. Me parece que Nietzsche tampoco va por ahí; de donde su insistencia en asociar lo retornante con el eterno despliegue de lo contingente y heterogéneo en cuyo trascurrir quedan borrados del mapa cósmico los grilletes del círculo.

    ¿Eso significa que somos hijos del azar, de lo contingente? Lo somos. Ya arrojados en el mundo queda preguntarse: ¿qué hacer?, ¿hacia dónde?, ¿cómo enriquecer lo que ya es? Nietzsche tiene una respuesta pronta: a los individuos afirmativos les cabe la alegría de traer al mundo la diferencia divergente. En otras palabras: si todo nacimiento encarna una singularidad, una diferencia, más en el caso del hombre, nos encontramos ante la paradoja de que el ya nacido tiene que renacer, esto es, desplegar su potencialidad distintiva mediante la puesta en acto de sus posibilidades, responsabilizándose de sí, impidiendo, en consecuencia, caer en la medianía del uno de tantos. Nietzsche apela, entendámonos, al cometido de existir conforme a fines libremente elegidos, manifiesto en actos creadores. De cumplir con los llamados de la singularidad, podemos alcanzar una socialidad estatuida sobre la proliferación de las diferencias, tanto como desmadejar el imperio de la homogeneidad reactiva. Aquí el corolario: Nietzsche considera la afirmación singular, activa y creativa, como un triunfo de la jovialidad nómada sobre la resignación sedentaria.

    Pero el sentido último del eterno retorno apunta más lejos y no alude sólo, ni mucho menos, a la potenciación de las diferencias. Digamos que Nietzsche busca propiciar, como lo hemos indicado, una fusión empática entre el devenir diferenciado, aunque indiferente de la naturaleza, y el hacer significativo-afirmativo del existente mortal en donde se aúnan cuerpo y razón. En ello Nietzsche identifica la comparecencia del eterno retorno con una experiencia excéntrica, solitaria, silenciosa e inefable. Excéntrica, pues requiere como condición insoslayable que el individuo (ek-sistente) se abra a experiencias oceánicas, corporalmente intensificadas, que propician la pérdida del yo (clausura de la subjetividad) y nos abren a la alteridad: “Más allá del hombre y del tiempo”. Nietzsche no tiene empacho en equiparar tal experiencia con el éxtasis (“Sentimiento místico de unidad”) propio de las culturas originarias, en donde el hombre y lo cósmico coexisten en estado de fusión y no, como sucede en la modernidad, como entidades externas y separadas. Atendamos a lo que el propio Nietzsche señala en Ecce homo:

     

    ¿Tiene alguien, a finales del siglo xix, un concepto claro de lo que los poetas de épocas poderosas denominaron inspiración? En caso contrario, voy a describirlo.

    —Si se conserva un mínimo residuo de superstición, resultaría difícil rechazar de hecho la idea de ser mera encarnación, mero instrumento sonoro, mero médium de fuerzas poderosísimas. El concepto de revelación, en el sentido de que de repente, con indecible seguridad y finura, se deja ver, se deja oír algo, algo que le conmueve y trastorna a uno en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos. Se oye, no se busca; se toma no se pregunta quién es el que da; como un rayo refulge un pensamiento, con necesidad, sin vacilación en la forma —yo no he tenido jamás que elegir. Un éxtasis cuya enorme tensión se desata a veces en un torrente de lágrimas, un éxtasis en el cual unas veces el paso se precipita involuntariamente y otras se torna lento; un completo estar fuera de sí…

     

    Y refiriéndose, en concreto, al sobrecogimiento excéntrico, Nietzsche apunta lo siguiente:

     

    Voy a contar ahora mismo la historia del Zaratustra. La concepción fundamental de la obra, el pensamiento del eterno retorno, esa fórmula suprema de afirmación a que se puede llegar en absoluto —es de agosto del año 1881: se encuentra anotado en una hoja a cuyo final está escrito: “a 6,000 pies más allá del hombre y del tiempo”. Aquel día caminaba yo junto al lago de Silvaplana a través de los bosques; junto a una imponente roca que se eleva en forma de pirámide no lejos de Surlei, me detuve. Entonces me vino ese pensamiento. Si me remonto algunos meses hacia atrás a partir de aquel día, encuentro, como signo precursor, un cambio súbito y, en lo más hondo, decisivo de mi gusto, sobre todo en la música. Acaso sea lícito considerar el Zaratustra entero como música; ciertamente una de sus condiciones previas fue un renacimiento del arte de oír.

     

    Si se leen con detenimiento los párrafos señalados, fácil es percibir que rememoran una experiencia excepcional que recae en el individuo solitario y errante, y no tanto en un ritual místico colectivamente compartido. Girar alrededor de la co-pertenencia del individuo libre y los cantos seductores y enigmáticos de la physis sólo cabe en la modernidad en donde, en contraste con lo premoderno, los rituales colectivistas resultan anacrónicos (dejémoselo a los fascistas y los nacionalsocialistas). Llegados aquí, quisiera disipar algunas posibles confusiones en el lector. Apelar a la afirmación ek-céntrica de la singularidad no equivale, de ninguna manera, a un planteamiento renovado de la centralidad-descentrada del sujeto que remitiría a una especie de antropocentrismo pluralista. Esta confusión podría provenir de quienes persisten en ignorar que la categoría de sujeto representa la aniquilación absoluta del individuo singular. La razón es muy simple: la categoría de sujeto alude al hombre universal forjado por metafísicas totalizadoras ontofóbico-sensualofóbicas, en cuyo seno no cabe la diferencia como diferencia, ni en el caso del hombre ni en el caso de la naturaleza. Tan es así que cuando en la metafísica se habla de diferencia, se trata de un simulacro necesario para demostrar su límite y, a renglón seguido, la superioridad incontrastable de la identidad sostenida por el sujeto supraindividual, descarnado, un puro esqueleto categorial.

    Una cosa va con la otra: si bien Nietzsche reconoce la diferencia que cada individuo singular carga potencialmente, rechaza el individualismo narcisista sin afuera, en el peor de los casos, reducido a duplicar la reificación impuesta por los códigos del sistema dominante; en el mejor, como una experiencia interior asfixiada en su propio autismo. En el mismo tenor, Nietzsche considera que la salida de la metafísica de la subjetividad propicia, de suyo, que las parejas sujeto-objeto y bien y mal dejen de operar. A su entender, son inservibles para experimentar aquello que “lo conmueve y trastorna a uno en lo más hondo”. Vaya. Conmueve y trastorna sólo a quienes, liberados de los artificios encubridores de la metafísica, mantienen una actitud de asombro, agradecimiento, deuda y júbilo ante la majestad de lo inconmensurable. Experiencia celebrativa y excepcional al margen del tráfago rutinario, sin necesidad de preguntas y respuestas previas. En determinado instante ocurre lo que ocurre y, lo que ahí principia, ahí termina. Puede “comunicarse”, a lo más, mediante tartamudeos.

    Repárese en que Nietzsche se empeña en devolverle a la contemplación la profundidad re-veladora que en la época de los titanes quiere negársele; época cuyo arsenal teórico-práctico —que, por cierto, todos padecemos— centra sus baterías en acometer y avasallar lo que salga al paso. Dicha actitud contemplativa exige, desde luego, aguzar los sentidos, sobre todo el oído; de allí que Nietzsche dé un salto del lenguaje conceptual a la música (arte). Él mismo se encarga de explicar el viraje respecto a sus posiciones de juventud como un cambio en el gusto musical. Más que a seguir la senda excéntrica de la mística religiosamente entendida, Nietzsche nos invita a participar de la música (arte) y la danza como experiencias que provocan la extraversión. Música y danza que, conforme a su querencia, guardan deuda con los sonidos y los ritmos de lo Uno-diverso. Ni nueva doctrina ni renovado sistema de pensamiento; de lo aquí que se trata es del arte comprometido a suprimir todo distanciamiento entre lo sensible y lo suprasensible, a sabiendas de que tal distancia sostiene el orden civilizatorio imperante. Y pasa lo que pasa: el sujeto queda depuesto, despojado por completo de sus poderes.

    Nietzsche abrigó, sin embargo, la tentativa de traducir a pensamientos la experiencia del eterno retorno —parte de los Escritos póstumos dan cuenta de ello—, y el resultado fue un fracaso estrepitoso que ha servido, a lo más, para que sus enemigos lo descalifiquen como pensador. Ignoran que una cosa es tratar de mostrar las condiciones que han de cumplirse para que se dé la experiencia de lo innombrable, y otra muy distinta la propia experiencia en acto. Pero en los Escritos póstumos nos encontramos también con que la experiencia dionisiaca de la eternidad, ocurrida instante a instante e innombrable, se equipara con la supresión de los límites y las distancias que separaban al ek-sistente de la physis. De allí que Nietzsche nos invite a mantenernos cerca de lo desconocido e insondable. Lo que se busca encarna, advertíamos, “la gran participación panteísta en la alegría y el dolor, que aprueba y justifica hasta las cualidades más terribles de la existencia”.

     

    La voluntad de poder

     

    El Uno-diverso retornante no es ya lo ajeno o suprasensible, sino lo que está ahí y requiere, para ser experimentado, de la voluntad de poder depurada de metafísica. Teníamos que llegar a lo ineludible: la voluntad de poder (usado a partir de 1887, Escritos póstumos). Fácil es documentar que así como el concepto de naturaleza centra las discusiones filosóficas del siglo xviii, el concepto de voluntad acapara la atención de los filósofos a lo largo del siglo xix. A partir de Kant, y de modo acentuado en el idealismo alemán, voluntad equivale a la libertad comprendida como proyecto teleológico, finalista y constituyente del sujeto: como posibilidad de poder darse a sí mismo un ser propio, conforme a sus potencialidades. La voluntad pone un hasta aquí, entonces, a la razón pasiva, meramente contemplativa, que reduce al sujeto a un simple efecto de lo dado, sea la legalidad natural o las estructuras históricas. Conforme a los actos de la voluntad el hombre se alza, en efecto, como gestor de su destino, teniendo a la historia por territorio de tal hazaña. La voluntad en boca de la metafísica tiene que ver, por ende, con la puesta a punto de la razón histórica identificada con la praxis adecuada para cumplir el programa antropocéntrico “emancipador” de la modernidad hasta sus últimas consecuencias. Puede darse el caso —se da, de hecho, en la obra de Schopenhauer (ya en el mundo contemporáneo, podríamos agregar al Freud del Malestar de la cultura)— de que la voluntad que apunta al progreso de la historia sea vista como algo negativo, catastrófico incluso; de allí que el filósofo alemán acuñe el término de noluntad, o sea, la puesta en crisis de la voluntad desde un retorno a la vida interior y contemplativa.

    Nietzsche responde, nadie lo dude, al reto de los filósofos contemporáneos. Responde metiéndose en el trasfondo del debate que los ocupa y, en lo que hemos denominado un ceremonial entrista, desmonta la relación voluntad-finalidad de la razón e inscribe la voluntad en el territorio de las fuerzas sensibles, terrenales, vitales, anti-nihilistas. Fuerzas autónomas e irreductibles que no se someten, por tanto, a determinaciones correctivas suprasensibles o racional ontofóbicas basadas en el resentimiento contra lo abierto e incalculable. Redimiendo lo repudiado, Nietzsche les devuelve a los hombres aquello que les había sido escamoteado: el cuerpo. Nada tan alejado de él como el cuerpo forjado por la razón instrumental o el homo oeconomicus, una especie de cuerpo que desea y es deseado en función del dominio del mundo. Cuerpo del que la metafísica lo sabe todo: qué piensa, qué quiere, adónde se dirige. Simulacro de cuerpo que Nietzsche, amigo Heidegger, denuncia en nombre del cuerpo deseante y excesivo, danzarín y atento a las epifanías de la physis. Nietzsche celebra, de tal suerte, el cuerpo irredimible que goza en el más acá, instante a instante desde su entraña lúdica.

    Nietzsche sostiene también que detrás de la razón subyacen, quiérase o no, las fuerzas instintivas o juego de las pulsiones y los afectos (lo de la razón pura es una operación artificial surgida de la violencia sacrificial contra el cuerpo y la materialidad). Baste lo anterior para advertir que la voluntad de poder propuesta por Nietzsche no quiere poder en el sentido de la política de los políticos; no busca el dominio de los hombres y de las cosas ya que, simple y sencillamente, se quiere a sí misma, quiere potenciarse, quiere más vida. Ahí la ecuación cualitativa: voluntad de poder = voluntad afirmativa de la vida. Si se me apurara diría que, en boca de Nietzsche, la voluntad encarna en el eterno retorno inscrito en el re-nacer del cuerpo del ek-sistente. Propuesta que trastoca los términos nihilista-metafísicos en que el eterno retorno (pensado bajo la ley de lo mecánico) equivale a una mera proyección de la voluntad logocéntrica. Para Nietzsche, la voluntad afirmativa opera selectivamente, desechando el inevitable retorno de lo reactivo monoteísta y potenciando lo activo proliferante. Y si abstenerse de decidir encumbra la rutina, proferir el sí del asno propicia, de suyo, el sometimiento a jerarquías y valores dominantes, esto es, la reiteración de la nada. Decidir incluso desde la desgracia, el odio o la envidia agrava lo reactivo.

    Ahora se entiende la negativa de Nietzsche a aceptar cualquier propuesta que atente contra la apertura de lo abierto. Caben en tal negativa tanto los levantamientos salvífico-religiosos como las propuestas profanas, en la medida en que están supuestamente encaminadas a eliminar el dolor, y el placer se demoniza. Nietzsche cae en la cuenta de que la psicopatología del resentido, del que odia lo que palpita y respira, monta sus letales armas correctivas alrededor de la mera lógica de la supervivencia: ilusiones, ficciones represivas, etc. Frente a tal cometido centrado en el simple sobrevivir, Nietzsche afirma el supravivir, que implica reconocer que la vida de cada uno es breve, un suspiro: somos fugaces. Lo real es el instante, este instante en el que escribo. El aquí y ahora en curso, el tiempo ahora. Nietzsche propone que cada uno ponga de manifiesto la diferencia que lo caracteriza, aquello que nadie puede sustituir. Resulta lógico así que los valedores del comunitarismo a ultranza ataquen sin denuedo la osadía nietzscheana de exaltar el libre desenvolvimiento de las diferencias singulares.

     

    Superhombre, ultrahombre, transhombre

     

    El eterno retorno y la voluntad de poder afirmativa se conjugan en Nietzsche en la figura del superhombre (utilizado en el Zaratustra y en Ecce homo) o en la de señores de la tierra (nada que ver con la “Bestia rubia”). Se trata de (Zaratustra) “los más desconocidos, los más fuertes, las almas de medianoche, que son más claras y profundas que cualquier día. Noción que Nietzsche acuña para designar al antagonista jurado del hombre sometido a valores suprasensibles o humanos, demasiado humanos. El criterio para distinguir al señor de la tierra (advierto que en lo posible he desechado de mi lenguaje el término superhombre o incluso algún sucedáneo, ya que me parece caduco y confuso, prefiero, en cambio, señores de la tierra) del hombre sin atributos pasa por la afirmación o por la negación de la vida. Y la mayoría de los hombres, aquellos que han elegido lo gregario como meta, moran sometidos a pensamientos, valores, perspectivas que niegan, en esencia, la afirmación de la vida pletórica. Quien ha triunfado y sigue triunfando en la historia, piensa Nietzsche, es la contranaturaleza identificada  con la existencia normal, exenta de riesgos, sometida a patrones de obediencia y a convenciones mortíferas propaladas por sacerdotes, maestros de la verdad, representantes de los poderes normalizadores. Quienes padecen la moral de rebaño padecen, en efecto, la peor de las enfermedades: la represión de sus instintos vitales.

    El señor de la tierra encarna, fijémonos bien, en aquella porción de la humanidad exigente consigo misma, ajena a los valores del hombre normal, dura y radical que, en contraste con “sus” congéneres, olvida la pequeña comodidad y la miserable felicidad del mero vegetar. Los señores de la tierra arriesgan, se aventuran en lo terrible y problemático de la vida sin el apoyo de dioses del más allá. Su aventura trascurre en el instante, pues para ellos la eternidad cala en lo fugaz, y tiene mucho de azar y sin porqué. Si existir es estar siendo, valga la máxima de Nietzsche: “¡Vive cada instante como si fuera la eternidad!” Libre, autónoma, creadoramente, haciendo saltar por los aires lo fosilizado en nombre de la voluntad afirmativa abierta a sus posibilidades más radicales en un cara a cara con el devenir que preside el mundo. En un ir más allá de sí mismo que nada tiene que ver con trascenderse en favor de algo dado, y sí, en cambio, con la existencia fluyente y el ser inagotable, nunca concluso, pues de no hacerlo así, tendríamos que considerar el devenir al modo de la metafísica: como una ficción.

    Todavía más: si el ser estuviera dado, la libertad sería impensable. Nietzsche propone, en fin, poner en juego las propias posibilidades intempestivas y creadoras del existente, aun a sabiendas de que nadie podrá saber nunca quién es. Convencido de que el acto creativo encarna el acto supremo del existente, está a favor de aquellas obras intempestivas fruto de la singularidad de quien las realiza. Y si tales obras gozan de la complejidad y el rigor que les permita superar el tiempo en que fueron creadas, mejor que mejor, pues mediante la obra transhistórica no solamente podemos afirmar la vida presente, sino incluso derrotar a la muerte sin necesidad de apelar a la vida eterna inscrita en las religiones salvíficas. Nietzsche lo reconoce; reconoce que encararse con el devenir del mundo y con el devenir existencial-intempestivo produce vértigo. El vértigo de vivir en la cuerda floja cuando lo habitual es la búsqueda de la seguridad anclada en la certeza de que existe un asidero, un sentido, un ordenamiento divino o racional del mundo, o una moral reconfortante que quisiera conjugar el caos primordial. El vértigo que surge al poner en la picota la creencia en un juicio final y absoluto como balanza de la vida en favor de situar la existencia en la temporalidad finita, mortal.

    La intensidad con que Nietzsche concentró sus desvelos alrededor de las determinantes cardinales que apuntalan la vida sin límites nos lleva a plantear con nuevos argumentos algo ya dicho. Me refiero al cuestionamiento de aquellos que consideran el instinto de conservación como centro de referencia del ser del hombre. Instinto que, para el autor de La genealogía de la moral, corresponde sólo a los hombres reactivos, instalados en el mero subsistir, conservadores en grado sumo; en pocas palabras, a las mayorías; no obstante inapropiado para identificar a los creadores y acrecentadores de nuevas posibilidades de vida. Pero eso es el transhombre: quien contribuye a incrementar la superabundancia vital, quien dona y dilapida, quien no sólo se conforma con expandir la vista y el oído, sino también los sentidos desdeñados: el olfato, el gusto, el tacto. Quien suscita  aquello que no tiene precedentes, evitando saturar su existencia con códigos y clichés impuestos por los que vigilan y castigan.

    Hay en Nietzsche una categoría para designar el espíritu de resentimiento y venganza contra la vida: decadencia. Decadencia que tiene por bandera la defensa del no-querer del voluntariamente anestesiado. Triunfo de los adaptados sobre los inadaptados que garantiza la marcha óptima de lo social. Piénsese que los hombres reactivo-adaptados y los ordenamientos político-sociales son harina del mismo costal. Que Nietzsche se sienta un “inadaptado”, que su pensamiento trate de esclarecer el territorio que les corresponde a los enemigos del orden que han sido y son, será precisamente lo que lo conduzca a priorizar el nacer rejuvenecedor sobre el morir que consuma el tiempo de la vida. Nacimiento rejuvenecedor que posibilita la renovación perpetua y expansiva de la existencia. Hablamos aquí, por supuesto, de los forjadores del tiempo cualitativo atentos a la escucha de las voces de la tierra y del cuerpo. Acierta quien deduzca de lo señalado que el tiempo —o temporalidad propia— responde al nacimiento-despliegue de aquellos que le dan la espalda a lo habitual. Se podría decir: la creatividad de los nacidos-renacidos, de los únicos, contrasta con la rutina de los que, tras venir al mundo, eligen la muerte en vida.

    El desenmascaramiento de Nietzsche de aquello que se esconde tras los discursos que identifican a la especie humana con determinados denominadores comunes muestra, mediante una sutil estrategia deconstructiva, que lo que surge en realidad, de manera ininterrumpida en el mundo social, son individuos potencialmente temporalizadores y no hombres condenados fatalmente a vegetar en la entraña de temporalidades cosificadoras. De allí que, al entender de Nietzsche, los nacidos-renacidos o señores de la tierra no pueden reducirse a categoría gregaria alguna: sujeto, raza, especie, ser nacional… En pleno desafío al filisteísmo reinante, considera que los diferentes deben procurar retroalimentarse mutuamente, pues de no hacerlo, terminarán devorados por el rebaño gregario. Política de los márgenes limitada a propiciar el surgimiento-proliferación de temporalizaciones heterogéneas y múltiples. En cuanto a las categorías gregarias, puede insistirse en que sólo sirven para legitimar y conservar la integridad identificadora de las mayorías, cimiento, a la vez, de los discursos de poder que tienen garantizada en la política de los políticos el paso de la teoría a la praxis.

     

    Transvaloración de los valores, o si se prefiere, trasmutación de todos los valores

     

    Creo que el criterio para medir el alcance libertario de un pensamiento pasa por la manera de enfocar el papel que les corresponde a los renacidos en el plano de la vida. Y pocas cosas tan nefastas como embutir a los individuos en determinada concepción gregaria, en donde lo singular vale sólo en la medida en que permite el cierre supraindividual, o sea, en la medida en que el individuo concreto es liquidado. Más grave todavía es cuando la solución del malestar padecido por los individuos en la sociedad se pospone más allá de su vivencia finita, esto es, cuando se remite a un futuro escatológico (utopías, revolución que parirá al hombre nuevo, juicio final de las religiones…) que el existente concreto nunca podrá experimentar. Simulacro emancipador que explica la advertencia contestataria de Nietzsche, sostenida con rigor y pasión, que a la letra señala: la libertad de los individuos sólo es tal si se experimenta aquí y ahora, instante a instante, a contrapelo de las promesas a futuro acuñadas por escatologías religiosas o laicas, que para el caso da igual. Y son muchas las ratoneras levantadas para detener el tiempo de la insurgencia: el tedio cotidiano, la esterilidad vital, el becerro de oro, el sometimiento a principios de autoridad, el miedo a transitar territorio inexplorado…Lo dicho: la libertad no admite demoras.

    Nietzsche estima, en suma, que sólo las minorías, los señores de la tierra, se atreven a romper filas y a vivir a contracorriente de la cultura del resentimiento. La ruptura norma el criterio para situar en sus justos términos el perspectivismo nietzscheano. Al respecto existen pistas falsas. Creo que el peor Nietzsche es aquel que, desesperado ante el imperio creciente de las masas (llega a creer que, a diferencia de lo que ocurre en la naturaleza, en la historia triunfan los débiles sobre los fuertes), que conlleva la aniquilación paralela de los individuos libres, plantea una política de selección genética que ponga un hasta aquí a la masa resentida. Medida abominable que, en rigor, contradice sus propias ideas, a saber: los señores de la tierra siempre han estado rodeados, e incluso acosados, por las mayorías reactivas y eternamente retornantes, pero aun así han potenciado su diferencia. No queda, entonces, otro remedio que reconocerlo: lo reactivo también retorna y tenemos que soportar la carga y, definitivamente, dado que lo reactivo tiene garantizado el triunfo, dejemos que sus militantes se regodeen en el nihilismo que los ocupa.

    Reconozco que este filósofo tachado no sólo equipara a los señores de la tierra (en el fondo el modelo es la inocencia del niño que juega el juego de jugar) con los artistas y los pensadores independientes y afirmativos, pues incluye también en la lista a determinados líderes de pueblos que infunden en las masas la voluntad de poder limitada a dominar el mundo: Cesar, Napoleón, etc. Paso de largo. Que con su pan se lo coma. Pero no le demos vuelta a la página. Insistamos en lo que Nietzsche entiende por perspectivismo. Para ello, debemos examinar un engarce faltante, la transmutación de todos los valores (término acuñado en 1884) vigentes, nihilistas. Transmutación (forjar “valores nobles” y afirmativos opuestos a los valores bajo-correctivos dominantes) que nos indica que el perspectivismo de Nietzsche dista de ser algo indiferente —el “todo vale” al que a veces se lo reduce— ya que estriba, en primera y última instancia, en el canto de alabanza a los dones de la tierra. Frente al conjunto de las perspectivas nihilistas (el monoteísmo, la moral de esclavos, la escritura arborescente, el hiperracionalismo de dominio, el cristianismo; Dios, el Ser, el Sujeto; el embate gregario….), defiende, en cambio, las perspectivas terrenales, emancipadoras, trágicas incluso. Baste señalarlo para desmentir el supuesto relativismo absoluto que algunos le achacan a quien, como vemos, nos invita a tomar partido por la vida o contra la vida.

     

    El problema de la escritura

     

    Ha corrido —y sigue corriendo— mucha tinta respecto al proyecto de Nietzsche de escribir un libro titulado La voluntad de poder. Él mismo adelantó lo que podrían ser las líneas maestras o el contenido del tal libro. El hecho es que el proyecto quedó inconcluso. Cabe especular si ello obedeció a que el pensador fue poseído súbitamente por la locura y entró en la zona de silencio. Podría tomarse nota de quienes consideran los últimos Escritos póstumos como el material preparatorio de la tentativa anunciada. Por lo que a mí toca, estoy en que escribir un tratado totalizador contradice su manera anti-sistemática y fragmentaria de enfocar el pensamiento. Pero antes de seguir en el asunto, quisiera señalar que la hermana de Nietzsche, Elizabeth Foster, auxiliada por Peter Gast (Heinrich Köselitz), hace por su cuenta una selección de los Póstumos  a la que da el título de La voluntad de poder. No son pocos —entre ellos Heidegger— los que abrevan en dicho “libro” para penetrar en el corazón del “ideario” nietzscheano. Gracias a la edición de las Obras completas a cargo de Giorgio Colli y Montinari, hoy sabemos que lo perpetrado por la “querida” hermana fue un montaje que, por si fuera poco, sirvió de coartada para convertir a Nietzsche en un precursor de la voluntad de dominio nacionalsocialista.

    Dejando ahora de lado el problema político (Nietzsche se desmarca del nacionalismo alemán y de los alemanes en general, aborrece a los antisemitas, se considera polaco, exalta la cultura mediterránea…), creo que quienes reclaman la falta de un libro modélico a lo Aristóteles o a lo Hegel forman filas entre aquellos que sólo consideran digno de ser tomado en cuenta quien escribe tratados filosóficos omniabarcantes. Un libro que nos ofreciera, ¡por fin!, el engarce coherente y unitario entre el nihilismo, el eterno retorno, la voluntad de poder, el señor de la tierra (superhombre). Pero no hay más que leer los libros posteriores a El nacimiento de la tragedia para percatarse de que Nietzsche recurre progresivamente al ensayismo y a la escritura fragmentaria, guiado por el propósito —como él mismo lo indica— de dejar caer por los suelos los discursos constructivo-comprensivos. Rechazo que tiene que ver con el repudio al monoteísmo (Dios y sucedáneos) en cuanto éste, según muestra la historia, tiene por cómplice a la escritura arborescente.

    Aunque no tengo la intención de realizar aquí un examen de las escrituras monoteístas, baste con recordar que se sostienen en una lógica de la representación capaz de garantizar la relación estrecha entre el saber y el poder, que permite integrar, con sumo rigor y autoridad, a los individuos singulares dentro de unidades supraindividuales y a la physis dentro de órdenes de saber homogeneizadores. Sistema cognitivo (“trascendencia superior”) que, agregaría Nietzsche, anida valores reactivos. De allí que las articulaciones de los sistemas absolutos sean, en esencia, meras ramificaciones de Dios, la Idea, el Bien o la Verdad indubitable. Universalidad forjada en los textos sagrados o seculares, que da la pauta del hombre normal y de los pasos a seguir en su formación. Puede ser por las buenas, pero quienes osen rebelarse no está de más recordarles que los regeneradores de almas y cuerpos han fraguado múltiples instituciones disciplinarias. Quienes, como Nietzsche, afirman la diferencia de los individuos singulares y la inconmensurabilidad de la physis, las concepciones cerradas de cualquier signo son la prisión del pensamiento y de la vida; hay que combatirlas, pues, sin denuedo.

    Para escribir ensayos cuyos signos visibles sean cargas de dinamita inscritas en el papel, lo primero que hay que hacer —advierte Nietzsche— es librarse del pensar libresco, repetitivo, omnisciente…, ya que una cosa es el pensador radical cuya escritura rinde tributo a la intemperie y, otra muy distinta, el docto o mero escupidor de fichas. Puede ser que los lenguajes académicos sirvan para obtener maestrías y doctorados, pero sirven poco o nada para tomarle el pulso a la fiesta de la vida. Así es. La mayoría de las propuestas de Nietzsche surgieron a cielo abierto. Además, pocos saben que los libros de los años ochenta fueron escritos en pocos días, cuando mucho en un par de meses. Cierto. Nietzsche no tiene piedad alguna para los eruditos que, recordemos, pidieron en masa que se le expulsara de la cátedra. Se refiere, ¡faltaba más!, a los “Rumiantes académicos y otros catedráticos de filosofía”. Otorguémosle la palabra a Ecce Homo:

     

    El docto, que en el fondo no hace ya otra cosa que “revolver” libros —el filólogo corriente, unos doscientos al día—, acaba por perder íntegra y totalmente la capacidad de pensar por cuenta propia. Si no revuelve libros no piensa. Responde a un estímulo (un pensamiento leído) cuando piensa —al final lo único que hace ya es reaccionar—. El docto dedica todo su tiempo a decir sí y no, a la crítica de cosas ya pasadas —él mismo ya no piensa—. El instinto de autodefensa se ha reblandecido en él; en caso contrario, se defendería contra los libros.

    Estar sentado el menor tiempo posible; no prestar fe a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre y pudiendo nosotros movernos con libertad —a ningún pensamiento en el cual no celebren una fiesta también los músculos. (…) La carne sedentaria… es el auténtico pecado contra el espíritu santo.

    En épocas de profundo trabajo no se ve libro alguno junto a mí: me guardaría bien de dejar de hablar y menos aún pensar a alguien cerca de mí. Y esto es lo que significa, en efecto, leer.

     

    Según comprobamos, Nietzsche repudia a los tratadistas que pergeñan textos en espacios sin luz y sin aire. Para él, pensar, errar y danzar van de la mano. Al respecto, reparemos en el siguiente pasaje de La gaya ciencia: “¡Cuán pronto adivino cómo ha llegado un autor a sus ideas, si fue sentado delante de un tintero, con el vientre hundido e inclinado en el cuerpo sobre el papel! Si es así, bien pronto dejo el libro… En los libros de los sabios hay siempre algo oprimido que oprime. El especialista asoma siempre por alguna parte; se ve su celo, su seriedad, su malhumor, su vanidad respecto al rincón en que está bordando, y finalmente, se ve su joroba —todo especialista tiene joroba.”

     

    La escritura de los márgenes no sólo manifiesta un ejercicio estilístico terapéutico que pone a danzar al idioma alemán, sino que prepara, además, las condiciones para fraguar un arma de combate con la cual enfrentarse a un mundo siniestro donde impera la vida mutilada. Piénsese que la escritura intempestiva saca a la luz tanto el terror cognitivo que mora en los aparatos de saber oficiales como lo otro, lo que escapa, aquello que no se deja enganchar en el garfio de los tutores de la gramática absoluta: “Creo que no nos desembarazaremos nunca de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática.”

    Algunos pasajes de los últimos Fragmentos póstumos confirman el deseo de Nietzsche por hacer proliferar la escritura rizomática. El lenguaje fragmentario utilizado —desordenado e incoherente, dirán los académicos; delirante, concluirán los psicoanalistas— es la respuesta a la escritura tiranizada por los poderes fácticos. No está, de ninguna manera, al servicio de un nuevo sistema objetivo del saber; por el contrario, pone sobre la página en blanco la marca existencial del gran rebelde. Nos explicamos, así, que el empeño en afirmar la propia vida convoque una forma de existencia y de escritura inapropiable por los sistemas disciplinarios. Nietzsche se aísla y desde la soledad extrema saca fuerzas para superar sus propias flaquezas y resistir el acoso de la horda gregaria. De allí que sea pertinente subrayar que sus escritos inéditos, en particular los de 1885 a 1889, acusen una resistencia contra lo uniformador. En ellos reluce, igualmente, la variabilidad de los tonos anímicos de un existente intempestivo donde la única constante estriba en demoler la voz del yo seguro de sí mismo y desbaratar los discursos de sentido. Para decirlo pronto y claro: ahí donde el yo domesticado dice no, el cuerpo irredento de Nietzsche dice sí.

    Mediante la conjunción del eterno retorno, la voluntad de poder, el superhombre y la transvaloración de los valores, Nietzsche propone, tal como lo hemos documentado, el rebajamiento radical del sujeto-antropocéntrico o, lo que es lo mismo, la negación sin cortapisas del Hombre de la metafísica blindado con armaduras opresivas. Leo, entonces, a Nietzsche como la pesadilla del hombre titánico o prometeico, cargado de fórmulas monoteístas y empeñado en enmendarle la plana a Dios… sin romper con Dios. Como el gran afirmador del devenir inocente de la naturaleza y los flujos incontrolables del cuerpo. Como alguien a quien le gusta reconocerse en el azar y en el juego del devenir que atraviesa mundo y cosmos. De modo similar a la obra de los artistas antiacadémicos y marginales de la época, la suya es un canto al individuo libre, autónomo y creador, capaz de correr riesgos existenciales emancipadores. La autonomía y la soledad de Nietzsche nos conciernen y debieran alcanzar nuestra existencia para ayudarnos a quitarnos el lastre de una historia preñada de inmundicia. Nietzsche sabe que la modernidad se encuentra apresada por ídolos y mitos catastróficos; sabe también que para quitárselos de encima sólo hay un remedio: arremeter martillo en mano.

    Texto publicado en la edición 150 de Crítica


    Escrito por Jorge Juanes