Jorge Fernández Granados

  • Jorge Fernández Granados: la meta era la vieja higuera | Por Ibán de León

    Enraizada en la tierra de un pasado íntimo, la obra de Jorge Fernández Grandos apunta, en gran parte de su recorrido (como sucede con muchos poetas), hacia la infancia, a esa etapa de la experiencia vital que comprende los primeros años del ser humano. En este sentido, y a propósito de la publicación de Si en otro mundo todavía (Almadía, 2012), me gustaría detenerme en un elemento de ese universo, digamos arcádico, que aparece de forma recurrente en varios de sus libros, pero que resalta, sobre todo, en Principio de incertidumbre (Era, 2007), al ocupar en sí mismo el título y contenido de un poema: me refiero a la higuera (“La higuera”, en el título del texto), un árbol mítico que asienta sus raíces en el edén perdido de la niñez.[1]

    Símbolo de la naturaleza del primer hogar, la higuera, que sólo había sido tocada de forma tangencial en libros como Los hábitos de la ceniza (Verdehalago-CONACULTA, 2003) y El cristal (Era, 2000),[2] aquí aparece como la más depurada representación del paraíso. Habrá que agregar también que este texto alcanza un tono celebratorio: es pues un poema que reivindica la memoria del universo de la infancia y le regresa su valor primero: el de la felicidad y la inocencia. En este sentido, podríamos decir que es un poema testimonial, en el que el yo lírico, al mirar su pasado con la objetividad que en general impregna el libro, decide volver al edén con los ojos del que fue, a pesar de las heridas primigenias, si bien ese regreso es vacilante en un principio:

     

    creo que fueron los mejores años de mi vida

    los que no comprendí

    y sólo pasaron

    aquel verano donde rompimos los frascos delicados de la infancia

    aquellos días de sol

    donde guerreamos y caímos

    llenos de música de ruedas de sangre en las rodillas

    ese lugar

    veloz

    donde no éramos sino velocidad[3]

     

    El itinerario inicia con una afirmación titubeante, otorgada por la no comprensión del hecho de vivir, de ser feliz. En los versos posteriores nos daremos cuenta de que, en efecto, sí fueron los mejores años: el texto está plagado de luminosidad, dada sobre todo por el sol y la estación de la que se habla: el verano. La metáfora “frascos delicados”, lo que éramos, refuerza la idea: fuimos niños plenamente y estábamos ocupados en serlo como para darnos cuenta, vivimos con la velocidad propia de nuestra edad. El juego es metáfora in absentia de la vida: la plenitud del paraíso ocurría porque el yo lírico desempeñaba inocentemente su papel de niño. La meta, de ese juego, de vivir, es el árbol del paraíso de la voz del poema (la higuera). Y este hecho queda asentado como una constante en su experiencia vital: el yo lírico vuelve al edén cuando recuerda la higuera, el símbolo que sobrevive a las desgarraduras del tiempo:

    la meta era la vieja higuera

     

    metros de locomoción por ese camino de tierra acelerados sólo por

    la gravedad

    y el transparente combustible del sol en nuestros ojos

    fija para siempre en esas ramas nudosas y desnudas

    nuestra insignificante meta

    aún tengo en la boca

    el polvo de esos vehementes metros el vertical día

    de un verano hacia el golpe de la gloria[4]

     

    La higuera se convierte así en el último reducto, el símbolo fundamental, sobreviviente, del edén primero. La felicidad del yo lírico descansa en la representación de ese árbol, que fue y sigue siendo la meta:

     

    aquel verano de la higuera la furia y la primera vez

    de las heridas y el vértigo y como si abriéramos allí acaso una

    alegría

    primitiva de rodar por la tierra y no se es parecido a gritar es como si

    alguien pusiera en esa carrera

    su juventud su miedo su amor su orgullo

    con todo el cuerpo

    bajo el cielo y el torturado esplendor

    de aquella vieja higuera

    donde pintamos un verano nuestra meta[5]

     

    La aceleración del movimiento, de esas criaturas salvajes, primitivas, que son los niños, impregna el poema. Es importante anotar ahora la aparición de las primeras heridas, que no sólo son físicas, en el segundo verso de este fragmento, pues demarcan ese territorio que hemos dado en llamar el paraíso: a pesar del dolor primero, la felicidad estuvo ahí, en ese nicho casi ancestral donde la alegría es “primitiva”, Arcadia de los griegos. Luego, nos dice el poema, uno apuesta todo en esa carrera (su amor, su orgullo, etc.), la vida, por llegar a esa meta, que siempre será la misma: la felicidad de un edén que persiste en la memoria. Es importante rescatar, hacia el final de los anteriores versos, el calificativo que se le da a la higuera, pues ahí descansa gran parte del significado simbólico del texto. Posee un “torturado esplendor” que en sí señala los golpes, las heridas sufridas por el yo lírico, pero también da cuenta de la luz, la felicidad, es decir, a pesar del dolor causado por el paso de los años, la infancia sigue siendo esplendorosa, nunca ha dejado de ser el paraíso. El adulto acepta esta realidad:

     

    los que no paran de rodar cuesta abajo

    los pilotos con ruedas rudimentarias de metal y las rodillas raspadas

    los que van con todo hacia el final del camino donde se

    levanta la vieja higuera esos pequeños desarrapados y

    sonrientes vehículos de fe me retan todavía a rodar

    desde los mejores años de mi vida[6]

     

    La mirada hacia ese pasado primigenio se despoja del dolor para dar paso únicamente a la belleza de la nostalgia, la alegría de esos años. Y lo que al inicio del poema era un titubeo, al final se convierte en una certeza celebratoria. El paraíso (la Arcadia) ha desaparecido físicamente, e incluso hubo dolor, desgarradura en él, pero también, nos dice el yo lírico, fueron los mejores años porque la vida se vivía con plenitud, con la aceleración que otorga el sólo estar en el presente, en ese aquí que es pasado; porque el adulto que mira entiende, desde una objetividad que ha aceptado la vida tal y como es, con sus pérdidas y hallazgos, que eso que fue sigue ahí, en la vieja higuera, la meta de un verano luminoso, y siempre habrá modo de volver (de recuperar esa felicidad) a través de la memoria.

     

     


    [1] Sobre este punto, y para establecer un vínculo con el edén perdido, la higuera como símbolo aparece en el Antiguo Testamento: “En el Génesis, Adán y Eva al verse desnudos cosen hojas de higuera para confeccionarse cinturones.” Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos, Herder, España, 1999, p. 567.

    [2] En el poema “Neme”, de Los hábitos de la ceniza: “Quedó el panteón de los juguetes lleno/ de tanto remendar lo destrozado/ la higuera con su tronco lisiado por manubrios.” (Jorge Fernández Granados, Los hábitos de la ceniza, Verdehalago-CONACULTA, México, 2003, p. 17). Posteriormente, en el poema “Retrato con sonrisa y espectro”, de El cristal: “Al final de la bajada un árbol de barnizados higos.” (JFG, El cristal, Era, México,  2000, p. 73).

    [3] JFG, Principio de incertidumbre, Era, México, 2007, p. 69.

    [4] Ibid, pp. 69-70.

    [5] Idem.

    [6] Idem.

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por Ibán de León

    Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Fue becario del FOECA-Morelos (2004) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011). Es autor de Oscuridad del agua (ISC, 2012). Actualmente es becario del PECDA-Oaxaca.

  • Devoción por la piedra de Jorge Ortega

    Entre la revelación y el desengaño

    Si tuviera que describir con una imagen —o mejor dicho con una metáfora explicativa— la poética que Jorge Ortega emplea en Devoción por la piedra (conaculta Chiapas, 2011, 139 p.) propondría la de un hombre que camina con una cámara portátil por diversos lugares tomando registro de cuanto la realidad le ofrece. Su cámara explora con fidelidad los itinerarios de un trayecto lo mismo azaroso que cotidiano y el hombre tras la cámara observa con devoción lo registrado. No es una serie de imágenes particularmente preestablecidas ni se ciñe a un guión cinematográfico: es la cámara al hombro de un viajero, un agudo observador y un testigo. Es por tanto la bitácora de un lector del alfabeto del mundo que reconoció Eugenio Montejo; o bien aquel explorador involuntario de lo visible y su reverso, como la cámara que se cuelga a la espalda el protagonista de la película Historia de Lisboa de Wim Wenders para recorrer y mirar desde otro punto de vista una ciudad. En todo caso Jorge Ortega propone que desde una imagen puede perseguirse y hasta descifrarse aquello que está más allá de tal imagen. La imagen es sólo una puerta de entrada a la realidad. Un vitral, por ejemplo, no es sólo la figura que el plomo y el cristal fijan allí, sino también la luz y la retina que los captan en un instante perdurable:

     

                                          El vitral

    seguirá ahí, pero el fulgor no siempre

    volverá de igual suerte a atravesarlo

    para imprimir en la retina

    un firmamento de nuevos esmaltes

    que no podrás nombrar.

                                          (“Vitral”)

    Los poemas de este libro surgen sin duda de un fino observador que se detiene, con admiración, ante los detalles irradiantes de un paisaje mediterráneo o ante una pequeña ruina a orillas de la ruta habitual; poemas que, al mismo tiempo, apelan el diálogo con aquello que mira tras la mirada, con aquello sin lo cual una imagen es sólo un hexagrama sin interpretación. Si el primer elemento en este trayecto poético es la imagen, el segundo es la reflexión. Las imágenes de las que parten los poemas son a su vez meditaciones. Así, el hombre que observa tras la cámara portátil es también un incansable intelecto que advierte lo que a la cámara se oculta o bien lo que se ha desvanecido de sus impresiones. El ojo que mira es también una mente que sueña o que recuerda:

     

    La casa es uno mismo

    y en la fisura de sus oquedades

    anida la palabra milagrosa

    que sólo a ti te sirve.

                                          (“Secreto seguro”)

    Devoción por la piedra

    Devoción por la piedra, la obra que mereció el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2010, es en cierta forma una larga meditación contemplativa en la cual todo lo inanimado circundante es, bajo la luz y el momento propicio, un secreto revelado. Creo particularmente certero el enunciado que, en la contraportada, la describe como un “humanismo que alumbra los misterios de la materia”.

    En efecto, es la materia la que toma la voz en este libro. La materia que se rebela a su silencio ordinario y toma la palabra desde una dimensión distinta, desde una alteridad pensante, en resumen, desde otro reino de la naturaleza. Quizá por ello no hay personajes humanos —o las hay sólo sugeridos, oblicuamente entrevistos—, en esta obra. Los verdaderos protagonistas en la mayor parte de estos poemas son objetos, lugares y percepciones; son protagonistas las calles, los templos, los jardines, un jarrón, viejas diapositivas, olvidadas canciones… Pero todo tiene su lugar y su argumento en la marea de la memoria y en la última cuenta de la realidad.

    Citar esa inmediata realidad y dar voz a la materia que la edifica es entonces —en los dos principales sentidos de la palabra— una emergencia. A este respecto hay un poema en particular, titulado “Primera llamada”, que bien podría anunciar por entero el arte poética del libro, o de una buena parte de él. Lo cito, por tanto, íntegramente:

     

    Urge contar lo que sucede

    no arriba en el lenguaje

    y su costra de espuma

    sino abajo, donde

    la llama se doblega

    o tiembla la raíz.

    Urge invertir el cono

    y denunciar su fondo,

    atraer el clamor de las arenas

    que la corriente submarina

    ondula.

    Respira y sumérgete.

    Asciende y recupera lo que has visto

    para alivio de quienes esperamos

    en el espejo de la superficie.

    Mucha tinta ha corrido

    y seguimos en ascuas.

    Alumbra un poco más tu circunstancia,

    acerca la linterna a los abismos

    para buscar la llave entre las rocas.

    El spleen de la melancolía conduce las cavilaciones de la conciencia tras estos poemas. Una melancolía que nunca deja de ser elegante y que se afirma a cada paso, no como un impositivo anfitrión que pretende demostrar la ancestralidad de sus fundos, sino como un huésped amable y discreto que nos saluda desde el umbral del vestíbulo o bien al coincidir por la calle. Quizás incluso llamarla melancolía sea demasiado determinante. Se trata más bien de un espesor de la propia conciencia al contemplar el mundo, acaso la sombra de la sabiduría que se ha alargado tempranamente en las palabras del poeta. Se trata también de una atmósfera digamos otoñal, de un juego de tonalidades donde predominan los azules, los ocres y los grises. Una atmósfera tan sutil que dialoga incluso con el agua:

     

    Dulce dicción del agua que no cesa

    de transcurrir detrás de los postigos

    como una serenata primitiva.

    Danos, oh numen, el punto de apoyo

    para sobrellevar este prodigio

    aunque no comprendamos su lenguaje.

                                          (“Nocturno del Albaicín”)

    Lo interesante a este respecto es que Jorge Ortega somete a sus diferentes temas a esta misma atmósfera otoñal o crepuscular logrando la unidad de tono que distingue a las obras maduras de un autor. Devoción por la piedra, qué duda cabe, es un libro de joven madurez en el cual ya la voz del poeta tiene su hondura y su medida. Lo que detiene su atención, en consecuencia, es alumbrado por la cámara y la luz de un inteligente testigo, por un viajero que ya nunca volverá a ser inocente:

     

    No renuncies al margen

    de azar que te convida el desacierto:

    detrás del promontorio de la duda

    aguarda la ganancia

    de la revelación o el desengaño.

    Anclado en la escasez y su llanura

    no habrá ya laberinto en el cual extraviarse.

    Elige, pues, el más largo trayecto

    para volver a casa.

                                          (“Rutas alternas”)


    Contenido exclusiva de la versión digital de Crítica


    Escrito por Jorge Fernández Granados

    Ciudad de México, 1965. Es autor, entre otros, de los libros de poesía Resurrección (1995), Los hábitos de la ceniza (2000), con el que obtuvo el prestigioso Premio de Poesía Aguascalientes, y El cristal (Era, 2000). Es autor asimismo de un volumen de cuentos, El cartógrafo (1996). Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, y del Fonca. En 1995 obtuvo el Premio Jaime Sabines y es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

     

  • Herida luminosa de Minerva Margarita Villarreal

    Hacia la Herida luminosa de Minerva Margarita Villarreal por Jorge Fernández Granados

    El erotismo y la espiritualidad parecen nociones condenadas, por lo menos en nuestra cultura, a oponerse y hasta repelerse mutuamente. Los cimientos de una espiritualidad provenientes en buena medida de la doctrina platónica se han empecinado en deslindar con estrictas fronteras lo que es el territorio del cuerpo de su contraparte, las manifestaciones del espíritu. Bajo esta pers-pectiva, el mundo, la materia y la carne están hechas irremisiblemente de sustancias diferentes al alma, la conciencia y la divinidad. Esta oposición convive todo el tiempo dentro del imaginario sobre el que suelen tratarse estos temas. Dicha dualidad está tan arraigada en nuestra cultura que nos parece natural, por ejemplo, un concepto tan antinatural como el de la “inmaculada concepción” de la Virgen María.

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  • Jorge Fernández Granados

    Ciudad de México, 1965. Es autor, entre otros, de los libros de poesía Resurrección (1995), Los hábitos de la ceniza (2000), con el que obtuvo el prestigioso Premio de Poesía Aguascalientes, y El cristal (Era, 2000). Es autor asimismo de un volumen de cuentos, El cartógrafo (1996). Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, y del Fonca. En 1995 obtuvo el Premio Jaime Sabines y es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.