Ettore Schmitz (en arte Italo Svevo) en la vida cotidiana

Traducción de Juan Leyva

Conocí a Ettore Schmitz en mi juventud; no contaba yo aún con 17 años cuando me enamoré de quien sería mi esposa, que entonces tenía 15, y me correspondía.[1] Nos comprometimos prácticamente sin pedir la opinión de nuestros padres. Fue así como aprendí a conocer la profunda humanidad y falta de prejuicios de mi futuro suegro, los cuales demostró desde el primer momento (aunque no lo supe entonces, sino apenas recién casado). La mamá de Letizia, mi pequeña prometida, se preocupaba por mi asiduidad y por la disposición de su hija, y suplicó al marido que interviniera para que yo dejara en paz a la joven. En el fondo no era mala idea: éramos todavía unos muchachillos, y era de temerse que la mía fuera una pura infatuación y que Letizia acabara por sufrir. El marido vio la cosa desde un punto de vista muy sereno, y prometió hablar no conmigo, sino con su hija. Lo hizo con bonhomía, para hacerla afrontar el problema con seriedad, estudiando a fondo sus sentimientos; y con una especie de parábola (ya he contado el episodio, pero lo repito porque pienso que revela a un tiempo lo más profundo del hombre y del escritor). Habló a Letizia de un campesino que, habiendo ido a la feria para comprar un caballo y no habiéndolo encontrado, había vuelto a casa, naturalmente a disgusto, con un asno. “Ahora que te has comprometido con afecto tan precoz —le dijo—, trata de entender bien qué es lo que quieres, para no arriesgar tu porvenir; no decidas antes de una buena reflexión, no vayas a optar por el asno si en realidad lo que quieres es un caballo.” Parece que mi mujer no se equivocaba puesto que, a tantos años de distancia, todavía no se ha declarado insatisfecha.

Les he contado un episodio que caracteriza a mi suegro, que tenía una personalidad profundamente humana e inspirada en un interés extensivo a todo ser viviente, hombres o animales. Por estos últimos cultivaba un afecto que se revela en muchos de sus textos, como “La madre”, “El perro Argos”, “La burla lograda” y otros. Solía decir que mientras más conocía a sus semejantes más se aficionaba a las bestias. Entre los hombres, le interesaban sobre todo los jóvenes. ¿Era su frescura lo que lo atraía? ¿O era una nostalgia que lo llamaba a la juventud, a él, mayor sí, pero que se sentía tan viejo? Es verdad que hacia mis amigos y yo, estudiantes imberbes que no alcanzábamos los 20 años, él, que tenía alrededor de 50 y había por tanto llegado a una madurez y una segura y cómoda posición social, demostraba una comprensión cordial, por lo general inexistente entre ambos grupos. Le complacía ocuparse de nuestras cosas, participar de nuestras vicisitudes, siempre generoso en consejos y, creo, incluso en ayudar a quien lo necesitara. Nos inspiraba una confianza en la vida que él mismo, en lo más hondo, estaba lejos de sentir.

Era conmigo muy afable. Nos entreteníamos a menudo con literatura italiana y extranjera (estaba yo en tercero del liceo y me encantaba el tema), y Svevo me confesó que había escrito dos libros. Ante tal homenaje, los leí con toda atención. Cierto que entonces no entendí su arte en toda su novedad y sutileza, pero me gustó muchísimo Senilidad.

Luego nuestras relaciones se interrumpieron por varios años. Yo me fui a Turín para asistir al Politécnico, y después a la guerra, como voluntario del ejército italiano. No volví a Trieste hasta 1918, para reencontrarme con aquel que en abril de 1919 se convertiría en mi suegro y para, más tarde, estar junto a mi mujer. Desde entonces, hasta su muerte, vivimos en la vieja Villa Veneziani, donde nacieron mis hijos ―sus nietos―, o en la villa de Opicina, que le era tan querida. Le fui muy próximo incluso en el trabajo, ya que entré yo mismo a la Veneziani. Nuestrarelación era, más que de suegro y yerno, la de dos amigos de distinta edad, en la cual el más viejo cargaba el peso de una innata y grande sabiduría, refinada por una profunda experiencia en la vida y aquel bondadoso humorismo tan suyo. En esos primeros años asistí a la resignada desilusión de Italo Svevo por la falta de éxito de sus dos primeros libros, y fui testigo de la vuelta a la escritura que nos premió con La conciencia de Zeno. Así vi nacer, uno a uno, los capítulos que escribía en su estancia aislada en Villa Veneziani y, en verano, en la Opicina, que hoy se llama Villa Tykha. Supe día a día de sus vanas tentativas por dejar el cigarro, del cual era un esclavo incondicional, y que acabó por acortarle la vida. Cada día hablaba de dejarlo y cada día volvía a las andadas. Yo apostaba a menudo con él a que no sería capaz de dominarse y, por supuesto, ganaba. Pero incluso en esta eterna lucha que, en el fondo, le causaba angustia, no se guiaba más que por el humorismo. Una mañana, antes de salir, apostó por enésima vez que habría de dejarlo. Por la tarde, a vuelta del trabajo, se encontró con mi mujer y conmigo y dijo: “ay, hijos, lo he logrado, no he fumado en todo el día”. “Bravo, papá” —le dijimos; y él: “me siento verdaderamente otro, y ese otro siente unas ganas locas de fumar” —añadió, y salió disparado a encender un nuevo cigarrillo. Este invencible sometimiento al tabaco dio origen al famoso capítulo de La conciencia de Zeno. Una noche fui con él a una excursión de pesca a la que nos había invitado el fino poeta triestino Ettore de Plankenstein, a quien le fascinaba la pesca. Nos acogió en su barcaza y navegamos sobre el espejo de agua hasta el baño Savoia. Y Svevo, que era por naturaleza poco diestro, fue, en cambio, muy afortunado. Luego de mil aventuras con cañas, carnadas y el hilo, que se enredaba, tiró abordo un magnífico robalo (especie de lubina) de unos buenos kilos. Mas, desde luego, cuando volvimos a casa por la mañana, mi suegra juraba que ese pez había sido pescado… en la pescadería. El escritor convirtió esa experiencia en un episodio de su obra.

Así, el libro fue escrito capítulo tras capítulo, reelaborado, concluido y, finalmente, consignado al editor Cappelli para su publicación. Entonces era lector y asesor de Cappelli el escritor Attilio Frescura, autor entre otros libros de uno muy interesante que había causado sensación: El diario de un emboscado.[2] Frescura, de acuerdo con el editor, propuso a mi suegro algunos cortes, hasta donde recuerdo, muy sustanciosos, que fueron aceptados por Svevo muy a su pesar. Desafortunadamente, no quedó el menor rastro de aquellos fragmentos: ni el autor ni mi suegra tuvieron la precaución de recuperar la copia; tampoco se encontró nada entre los papeles que mi suegro dejara a su muerte, y ya era demasiado tarde cuando mi mujer y yo nos interesamos en ellos. El propio editor buscó en sus archivos, sólo para asegurarnos que no había encontrado nada. Es una lástima, repito, porque quién sabe qué cosas interesantes se perdieron así para siempre.

Lo que caracterizaba a mi suegro era su enorme bondad y generosidad,  y, como ya he dicho, un humorismo bonachón. Y he aquí otra anécdota. Habitábamos en el primer piso de la Villa Veneziani, gran conjunto de casas construido por el abuelo para su familia, y que continuaba creciendo a medida que las hijas se casaban y venían a habitarlo. Así había llegado incluso Italo Svevo en 1896, luego de su matrimonio. La villa se servía de una instalación común para la calefacción. Dado que el piso bajo era ligeramente húmedo y el segundo, debido a la mayor exposición bajo techo, más frío, la caldera era forzada, en pleno invierno, a dar un mayor calor a aquellos dos apartamentos. Y nosotros, pegados uno a otro, teníamos en casa una temperatura excesiva. Ya de familia teníamos inclinación al refunfuño, mas no sabíamos que Svevo también la tuviera, pues una tarde, de regreso a casa, desahogó su protesta. Mientras se quitaba el abrigo espetó: “¡Fuera agosto!” “¿Por qué, papá”, le preguntamos, saliendo a su encuentro. “Oh, bella, para gozar un poco de fresco”. En otra ocasión, en Londres, al probarse un traje de un sastre que afectuosamente le había cuidado la línea, pidió que se lo ampliara. “Pero por qué” —preguntó el sastre casi ofendido. “Por fuerza” —respondió—, “soy bailarín de profesión y debo tener libertad de movimiento”. Hay que subrayar que mi suegro era algo corpulento y de movimientos más bien titubeantes. El sastre lo observó cuidadosamente y se quedó boquiabierto.

Tenía un modo muy suyo, bromista y casi paradójico, de establecer un concepto. “El hombre de nuestro tiempo” —decía por ejemplo—, “cuando nace es todavía salvaje, o más bien un animalejo. Se nutre de comidas naturales y simples, y luego con dificultad se acostumbra a disfrutar aquellas más complicadas que la civilización le ofrece. Se afina por ello lentamente y deviene por completo civil sólo el día que llega a disfrutar en pleno… el gorgonzola”.

Era incapaz de un rencor verdadero, aun ante aquellos que lo criticaban con saña. Sólo con Caprin se lo tomó muy a mal, y se quejó de Montale y Prezzolini. De un tal Ciarlantini que se había marchado a América del Sur a un viaje de propaganda fascista, y que hablando de la renovada vida literaria italiana había puesto pinto a Svevo (cierto, para el fascismo, sus personajes, que no pueden llamarse héroes, resultaban detestables), el autor se vengó deformando el nombre de Ciarlantini, y siempre que a él se refería lo cambiaba por Ciarlatani. Conseguía inmediatamente una atmósfera cordial en torno suyo. Y al propósito he aquí una anécdota más, ahora en torno a su verdadero apellido. Cuando, hacia 1910, la citada Veneziani pactó acuerdos con una gran firma alemana de Mülheim, cerca de Colonia, a fin de fabricar la pintura submarina, Schmitz fue comisionado para dirigir las tareas en aquella plaza.[3] Llegado a Mülheim, le fueron puestos a disposición siete colaboradores preseleccionados. Svevo se propuso darles el mejor trato, y les preguntó en tono cordial cómo se llamaban. El más viejo respondió: “somos cuatro Mueller y tres Schmitz”. “Bien”—respondió—, “ahora somos cuatro Mueller y cuatro Schmitz”, y el entendimiento se creó de inmediato.

Era, como ya se ha dicho y escrito, enormemente distraído. Siempre inmerso en sus pensamientos, en sus lucubraciones; se apartaba a menudo de la vida real. De ello me parece particularmente instructivo el episodio de Villaco, adonde su familia había ido de vacaciones. Estaban por volver y la esposa debía hacer las maletas (él era del todo incapaz); por tanto, le encargó al marido que llevara a la hija de paseo. Durante éste Letizia se detuvo ante un aparador de juguetes. Mi suegro, inmerso en sus pensamientos, continuó por la calle, y después de un rato regresó solo al hotel. “¿Y la muchacha?” —preguntó  de pronto la esposa angustiada. “¿Qué muchacha?” —fue la respuesta tranquila del marido, que en aquel momento, de una muchacha, no se acordaba para nada.

Svevo era muy musical, tenía un oído casi perfecto, y había estudiado violín. Sin embargo, no era manualmente hábil para la ejecución, por lo cual en ello dejaba algo que desear. En casa, junto con tres amigos diletantes pero excelentes músicos, se había conformado un cuarteto que interpretaba con frecuencia música clásica. Mi suegro era el segundo violín. Un día tomaron la decisión de afrontar un nuevo pasaje. En cierto momento, el segundo violín debía interpretar un solo. Svevo lo estudió concienzudamente, pero la noche que probaron juntos por primera vez su deficiente técnica lo traicionó. Luego de un par de compases se detuvo y preguntó casi irritado: “¿quién es el que desentona?”. ¡Era él! Y aquí conviene recordar que el primero que en Trieste entendió, apreció y difundió a Wagner fue Ettore Schmitz.

También se interesaba mucho por las artes figurativas; mantenía estrecha amistad con el pintor Veruda y ayudaba, como podía, a otros pintores: Fittke, Rietti, etcétera. Tenía el don de un finísimo gusto casi pionero. Apreciaba las nuevas escuelas, las innovaciones de los jóvenes. Alrededor de 1900 hubo en Trieste una exposición  de cuadros entre los que figuraba “Las dos madres”, de Segantini, hoy en la galería de Brera. Svevo, junto con Veruda, le propusieron su adquisición al Museo Revoltella, e insistieron inútilmente, porque prefirió el “Beethoven” de Balestrieri, que en verdad no resiste la comparación.

Tuve el privilegio de ser vecino de mi suegro incluso en el trabajo, y colaboré con él a lo largo de muchos años. Era un trabajador concienzudo, muy concienzudo y eficiente, aunque no puedo decir que amara el trabajo. Su gran pasión, en tanto reprimida, era la literatura, el escribir. Habitualmente se abstenía y cumplía las tareas asignadas con profundo sentido del deber para consigo mismo y su familia, y para quienes le habían dado la posibilidad de satisfacer las necesidades familiares. Lo dice con frecuencia él mismo en sus cartas y apuntes. Pero pese a su propósito de “eliminar… aquella cosa ridícula y dañina que se llama literatura” de su vida (Diario, 1902), apenas le quedaba un momento libre, garabateaba sus pensamientos sobre el primer papel que le caía a mano, a veces, joyas de observación y de filosofía.

Ettore Schmitz fue un italiano impecable, y ocupó cargos directivos en asociaciones como la Liga Nacionaly la Gimnasia Triestina.Pero, más que a través de estos cargos, influyó en la vida ciudadana instruyendo, y querría decir, educando multitudes de jóvenes alumnos en el Instituto Superior Comercial Revoltella, donde enseñó por algunos años. Debe de haber todavía, más bien ya entrados en años, algunos de aquellos que disfrutaron de sus enseñanzas. Sería de veras interesante poderlos conocer y oír su opinión sobre su maestro.

Luego de este rápido y fragmentario recorrido, me resta sólo hablar de su dramático fin, digno a cabalidad de un filósofo estoico. Gravemente herido en un banal accidente automovilístico (una patinada sobre una calle fangosa en Mota de Livenza), y después de ser rescatado junto con su esposa y su nietecito Paolo (incluso ellos no levemente heridos), mi mujer y yo lo encontramos, en plena noche, en la cama de aquel hospital, y de inmediato notamos que respiraba con dificultad. Junto a él, en otras dos pequeñas camas, descansaban —el sueño inquieto pese a los calmantes— la esposa, con fractura en la base del cráneo, y el nieto, con lesiones en la pelvis y heridas en el rostro. Estaba también el doctor Aurelio Finzi, sobrino preferido y médico de cabecera de Svevo. Para la mañana mi suegro había empeorado, el corazón no había resistido el choque y sufría de insuficiencia cardiaca. La escena era trágica y patética. La abuela permanecía semidormida, el abuelo luchaba con la respiración; el nieto, aislado por un biombo para que no se diera cuenta de lo que ocurría, jugaba con un canarito que le habían traído sus enfermeras en una jaula, para distraerlo. Mi suegro respiraba muy penosamente, pero a ratos se informaba de su esposa y de Paolo. “¿Como está mi Cioci?” —preguntaba, plenamente al tanto de la inminencia del fin. “Guardè fioi” —dijo en un momento—, “vardè come che se mori”.[4] Luego, volteando a ver al sobrino Aurelio, le pidió un cigarrillo, que el médico le negó. “Sería justo el último”[5]—exclamó. Después de un instante, al ver que su hija no podía contener las lágrimas, le dijo: “no pianzer Letizia, no xe niente morir”. Fueron sus últimas palabras. La respiración se hizo más difícil y, luego, se apagó para siempre.



[1] He suprimido los párrafos iniciales y final del texto porque se refieren sobre todo al contexto inmediato de una exposición para la cual fue escrito en 1966; dejo, pues, únicamente aquello que constituye la semblanza biográfica del escritor. N. del T.

[2] La palabra imboscato tiene el mismo valor que para nosotros en español, pero también designa a alguien que se oculta para evadir algún deber, y específicamente el militar. Por el contexto, bien podría ser éste el caso. N. del T.

[3] La suegra de Svevo poseía la patente de una pintura para barcos que evitaba las adherencias corrosivas del casco; al parecer, la familia mantenía en secreto el componente clave, que sólo miembros de ella podían aportar en la fabricación; por eso, cuando el escritor se incorporó al clan Veneziani, pasó a jugar un importante papel en tareas gerenciales por distintas partes de Europa. N. del T.

[4] Éstas y la frase de más abajo, en dialecto triestino, con el valor aproximado de “miren hijos, cómo se muere” y “no llorar Letizia, no es nada morir”. El estilo de su escritura, salpicado de dialecto y de esos infinitivos junto a nombres pese a la necesidad de declinación, fue uno de los motivos por los cuales la crítica se resistió al principio a aceptar la obra de Svevo; como en el caso de Gógol (ucraniano) con la literatura rusa, tocó a un marginal de la cultura renovar la novelística italiana. N. del T.

[5] Svevo juega aquí con la frase recurrente de su personaje de La conciencia de Zeno, que, como el escritor, se proponía a menudo dejar de fumar y afirmaba siempre que la que tenía en mano era “la vera ultima sigaretta”.