Ibán de León

  • Javier Peñalosa: los momentos de luz en el camino | Por Ibán de León

    Diariamente poblamos el mundo. Todos los días caminamos las mismas calles y vamos a los mismos sitios para cumplir nuestros deberes. También, a veces, tomamos un respiro y descansamos de la rutina. O eso creemos. Muy pocas veces, o nunca, nos detenemos para sentir la textura de alguna pared o la madera de nuestro escritorio de trabajo. Cuando esto sucede algo muy parecido a la felicidad nos roza la piel. Olvidamos por un momento necesidades inventadas como la televisión o el teléfono celular. Javier Peñalosa (Ciudad de México, 1981), un poeta joven que ha reconocido a tiempo su vocación, nos recuerda en Los trenes que partían de mí (Ediciones Sin Nombre, 2011) esa sensibilidad que uno debe experimentar frente a las cosas mínimas de la vida cotidiana.

    Hay en la escritura de Peñalosa una intuición que nos devuelve al universo de lo primigenio. Lo pequeño, lo insignificante, se dulcifica frente a la palabra de este poeta. Aparece la ternura en nuestras miradas y sonreímos como si estuviéramos ante esa experiencia por primera vez, con la inocencia que en realidad, sentimos, nunca nos ha abandonado:

    No enciendo la luz, dejo que la casa

    permanezca a solas conmigo

    para sentir la cercanía de sus muros.

    Como en las noches de infancia

    en que nadie había

    sino la casa mirando hacia adentro,

    vuelta sombra entre las sombras,

    avanzando por el pasillo,

    diciendo en el sonido de las grietas

    mi miedo a la soledad.[1]

    Pero Los trenes que partían de mí es un libro que va más allá de la revelación de las cosas que ya no percibimos. Precisamente porque el autor se permite observar los objetos y acontecimientos aparentemente insignificantes, puede dar cuenta de otra verdad: la verdad de la pérdida. El título dice mucho. Siempre estamos partiendo, cambiando, y en esa mudanza dejamos parte de lo que somos. Javier Peñalosa, entiendo, busca hacernos comprender todo lo que dejamos en ese diario transitar, eso que no vemos, ocupados como estamos en nuestros deberes:

    Medimos el tiempo por los momentos de luz en el camino,

    por la sombra que se proyecta

    suavizando el contorno de los cuerpos

    que están a nuestro lado. Hay un ciego ir hacia delante

    una fuerza muda que nos hace seguir

    como a los animales la línea del horizonte.[2]

    La infancia es quizá aquello que el poeta reconoce primero como una ausencia importante. En ese reconocimiento la exploración aparece dada por una aureola de tiempo feliz, como ese paraíso imposible de nuestra memoria al que siempre intentamos regresar. Así, en el poema que abre el libro, el niño ve todo desde una altura que resulta acogedora, y en la que la presencia del padre otorga la sensación de seguridad:

    Llévame sobre tus hombros

    para que mire otra vez

    la tierra desde un punto más alto,

    para que los rostros en la plaza

    vuelvan a ser, por un momento,

    esa negrura de cabezas

    moviéndose

    al compás de un ritmo mudo.[3]

    Pero Peñalosa sabe que la evocación es sólo eso, y a través de esta certidumbre reconoce la muerte como algo tangible, y con ello reconoce también el fin de la inocencia. La muerte, al final, resultará ser el hilo conductor del libro, porque, ¿en dónde nos reconocemos mejor si no es en la muerte?:

    La grulla respiraba con dificultad

    cuando            el mango del remo que yo empuñaba

    rompió su cráneo.

    […]

     

    Pero en la majestad de ese cuerpo humillado por las fracturas,

    en ese desprendimiento del alma del pájaro,

    se fue algo mío también, frágil y moribundo.[4]

    Tras el desvanecimiento de la inocencia el poeta comprende que la muerte nos acompaña desde siempre, que es parte del aire que respiramos, y desde esa humildad que le confiere la escritura, es capaz de sentir una ternura dolorosa. Dice, en el que considero el texto más conmovedor del libro:

    No sabemos qué hacer con tus zapatos.

    En qué espacio guardar tus listones,

    tus vestiditos, la hoja blanca de papel

    que llenaste con garabatos de colores.

    […]

     

    Ninguno de los nuestros tiene el tamaño

    de las cosas que dejaste.

    […]

     

    Dicen que los animales heridos

    buscan en la tierra

    el rincón de su propia muerte.

    ¿En la madrugada buscaste tú, gacelita,

    un espacio en el territorio de tu cama?[5]

    Esa certeza de la pérdida que en principio podría parecer desoladora, se vuelve, a través de la poesía de Javier Peñalosa, un hermoso consuelo que nos permite mirar aquellas cosas mínimas que a diario ignoramos; gracias a esto, volvemos a sentir el palpitar del mundo en cada paso: amamos todo aquello que nos rodea con la fuerza de un asombro primigenio.


    [1] Javier Peñalosa, Los trenes que partían de mí, Ediciones Sin Nombre, México, 2011.

    [2] Ibid., p. 52.

    [3] Ibid., p. 11.

    [4] Ibid., p. 14.

    [5] Ibid., pp. 34-35.

     Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por: Ibán de León

    Licen­ci­ado en Letras His­páni­cas por la Uni­ver­si­dad Autónoma del Estado de More­los (UAEM). Fue becario del FOECA-Morelos (2004) y de la Fun­dación para las Letras Mex­i­canas (2009–2011). Es autor de Oscuri­dad del agua (ISC, 2012). Actual­mente es becario del PECDA-Oaxaca.

  • Balam Rodrigo: desplomados ángeles aúllan nostalgia | Por Ibán de León

    Leer la poesía de Balam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Chiapas, 1974) es un acto que invita al asombro. Sobresale en su obra una tendencia barroca, plagada de arcaísmos y de figuras como el hipérbaton: características que yo asocio con su pasado natal, al sur de nuestro país, muy cerca de la frontera con Guatemala, donde las lluvias son torrenciales y la vegetación exuberante es un elemento más del  diario vivir. Por otro lado, no puedo dejar de mencionar la arquitectura vernácula distintiva del sur de México, tan diversa y sorprendente al mismo tiempo. Más allá de estas influencias, digamos naturales, habría que añadir el conocimiento que sobre su tradición poética tiene Balam Rodrigo, quien echa mano de algunas formas (que corren subterráneamente por el paisaje de sus poemas) como el heptasílabo, el endecasílabo y el alejandrino: no son visibles, pero están ahí, latentes. Por si esto fuera poco, en su poesía se destaca una deslumbrante intensidad lírica, que más que tocar al lector lo invade y lo desborda, como un río en época de lluvias, o como la maleza, que al menor descuido regresa para recuperar su espacio vital.

    En Icarías, uno de sus libros más brillantes, el poeta ha tomado la determinación, desde una experiencia que se intuye reciente pero no por eso menos profunda, de nombrar la ciudad (esa criatura heterogénea que es el Distrito Federal), a partir de uno de sus personajes más emblemáticos: el perro. Dicho esto, en particular me inquieta el que yo considero un rasgo esencial del poemario: la nostalgia que recorre el libro en su totalidad. Balam Rodrigo camina las calles de la ciudad con los ojos apuntando hacia su pasado. En este punto uno no puede dejar de pensar en Efraín Huerta, quien hace suya esa misma ciudad y nos la devuelve íntima y dolorosa. Balam Rodrigo, luego de tocar esa herida que es la urbe, porque la ha recorrido, se reconoce extranjero, y su mirada, al descubrir que hay un vacío en el horizonte, se desdobla para encontrarse con la memoria:

     

    desplomados ángeles aúllan nostalgia

    en el asfalto , ambulan soledad

    entre las ruinas de un edén

    que diezmó su mar y un paraíso

    que prefiere verles muertos […][1]

     

    El fragmento anterior forma parte del poema “[ lascivo sarnar ]”: aquí, según mi lectura, el personaje del perro funciona como vínculo entre el pasado del poeta, en el sur del país, y la Ciudad de México: el perro es un recuerdo vivo que por alguna razón se encuentra estrechamente relacionado con la infancia del ser humano: es el guardián del primer hogar. A propósito de esto, la lectura de Icarías me hizo volver a la metrópoli, lugar en el que residí durante un par de años. Indagué en esa zona muerta llamada memoria, busqué en mis andanzas por sus calles durante ese tiempo, pero no di con el rastro de los perros callejeros. Recuerdo, sí, perros con correa paseando en los parques, perros pequeños y escandalosos detrás de los zaguanes. Por supuesto, mi memoria me engaña (el número de perros abandonados a su suerte en la urbe debe ser infinito), no obstante, este equívoco me llevó a pensar que los perros de Icarías formaban parte del pasado de la voz de los poemas. Y me di a la tarea de buscarlos en mi propio pasado: ahí estaban, recorriendo las calles, los charcos, de una pequeña ciudad de Oaxaca: sucios, sarnosos, vigilando carnicerías y puestos de comida, muriendo atropellados.

    El recuerdo me devolvió por completo a mi niñez, mi casa: en ese momento los textos de Icarías me desbordaron: sentí la presencia dolorosa de la ciudad porque me di cuenta que yo también fui un extranjero caminando sus banquetas, sus ruidos, y volví mis pasos al sur, y sentí, de igual forma, el peso de la nostalgia. Luego, he regresado al que considero uno de los poemas más entrañables del volumen, cuyo título, por extenso, he recortado: “esbozo de un poema apócrifo…”:[2]

     

    […] estoy el cuerpo en frontera #158 , col. roma ,

    sastrería “lópez mérida”, atrincherados la nostalgia

    y el terco corazón entre las viejas y las nuevas telas ,

    sitiado por pedazos de sombra zurcidos a los ojos

    con hilos de nostalgia y agujas de silencio ;

    la greda pinta su raya en el casimir de la memoria […][3]

     

    En este fragmento, lo dicho líneas atrás se vuelve más evidente. El yo lírico permanece en un aquí, la ciudad, mientras evoca su paraíso perdido: esto lo constatamos en la aparición, en dos ocasiones, de la palabra nostalgia, y una, de la palabra memoria. Las telas, nuevas y viejas, denotan esa metáfora, y al mismo tiempo antítesis, del pasado y el presente. El poema es así un constante ir y venir: el narrador se desplaza por la ciudad mientras evoca: esto es lo que sucede, según creo, a lo largo del libro, y yo, lector, agradezco ese hilo conductor que me permite, paralelamente, desplazarme hacia mi propio pasado mientras camino unas tierras extrañas: es en este punto donde la obra de Balam Rodrigo, desde mi perspectiva, cumple su cometido más importante: la empatía con el lector (a quien el yo lírico se dirige directamente en gran parte de los textos), el cual se mira a sí mismo mientras recorre las páginas del libro:

     

    […] y no sigo más no porque liento

    me falte , sino porque tú , quien lee , eres parte

    de esta cinta : tus ojos también han corrido de un lado

    a otro , acompañándome mientras corro y salto

    y capturo y vierto […][4]

     

    Antes de cerrar estas breves líneas, me gustaría añadir que Balam Rodrigo puede ser considerado ya un poeta necesario, inquietante, de nuestra poesía actual, poseedor de una voz reconocible, única, que lo sitúa como uno de los autores más destacados de su generación.

     

     

     


    [1] Balam Rodrigo, Icarías, Literal, México, 2010, p. 21.

    [2] El título completo es como sigue: [ esbozo de un poema apócrifo escrito en papel de estraza entre frontera #158 , colonia roma , y una fonda de caldos en la colonia doctores , año de Dios del dos mil dos o dos mil tres ].

    [3] Balam Rodrigo, op. cit., p. 31.

    [4] Ibid., p. 16.

     Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.

     


    Escrito por: Ibán de León

    Licen­ci­ado en Letras His­páni­cas por la Uni­ver­si­dad Autónoma del Estado de More­los (UAEM). Fue becario del FOECA-Morelos (2004) y de la Fun­dación para las Letras Mex­i­canas (2009–2011). Es autor de Oscuri­dad del agua (ISC, 2012). Actual­mente es becario del PECDA-Oaxaca.

  • Jorge Fernández Granados: la meta era la vieja higuera | Por Ibán de León

    Enraizada en la tierra de un pasado íntimo, la obra de Jorge Fernández Grandos apunta, en gran parte de su recorrido (como sucede con muchos poetas), hacia la infancia, a esa etapa de la experiencia vital que comprende los primeros años del ser humano. En este sentido, y a propósito de la publicación de Si en otro mundo todavía (Almadía, 2012), me gustaría detenerme en un elemento de ese universo, digamos arcádico, que aparece de forma recurrente en varios de sus libros, pero que resalta, sobre todo, en Principio de incertidumbre (Era, 2007), al ocupar en sí mismo el título y contenido de un poema: me refiero a la higuera (“La higuera”, en el título del texto), un árbol mítico que asienta sus raíces en el edén perdido de la niñez.[1]

    Símbolo de la naturaleza del primer hogar, la higuera, que sólo había sido tocada de forma tangencial en libros como Los hábitos de la ceniza (Verdehalago-CONACULTA, 2003) y El cristal (Era, 2000),[2] aquí aparece como la más depurada representación del paraíso. Habrá que agregar también que este texto alcanza un tono celebratorio: es pues un poema que reivindica la memoria del universo de la infancia y le regresa su valor primero: el de la felicidad y la inocencia. En este sentido, podríamos decir que es un poema testimonial, en el que el yo lírico, al mirar su pasado con la objetividad que en general impregna el libro, decide volver al edén con los ojos del que fue, a pesar de las heridas primigenias, si bien ese regreso es vacilante en un principio:

     

    creo que fueron los mejores años de mi vida

    los que no comprendí

    y sólo pasaron

    aquel verano donde rompimos los frascos delicados de la infancia

    aquellos días de sol

    donde guerreamos y caímos

    llenos de música de ruedas de sangre en las rodillas

    ese lugar

    veloz

    donde no éramos sino velocidad[3]

     

    El itinerario inicia con una afirmación titubeante, otorgada por la no comprensión del hecho de vivir, de ser feliz. En los versos posteriores nos daremos cuenta de que, en efecto, sí fueron los mejores años: el texto está plagado de luminosidad, dada sobre todo por el sol y la estación de la que se habla: el verano. La metáfora “frascos delicados”, lo que éramos, refuerza la idea: fuimos niños plenamente y estábamos ocupados en serlo como para darnos cuenta, vivimos con la velocidad propia de nuestra edad. El juego es metáfora in absentia de la vida: la plenitud del paraíso ocurría porque el yo lírico desempeñaba inocentemente su papel de niño. La meta, de ese juego, de vivir, es el árbol del paraíso de la voz del poema (la higuera). Y este hecho queda asentado como una constante en su experiencia vital: el yo lírico vuelve al edén cuando recuerda la higuera, el símbolo que sobrevive a las desgarraduras del tiempo:

    la meta era la vieja higuera

     

    metros de locomoción por ese camino de tierra acelerados sólo por

    la gravedad

    y el transparente combustible del sol en nuestros ojos

    fija para siempre en esas ramas nudosas y desnudas

    nuestra insignificante meta

    aún tengo en la boca

    el polvo de esos vehementes metros el vertical día

    de un verano hacia el golpe de la gloria[4]

     

    La higuera se convierte así en el último reducto, el símbolo fundamental, sobreviviente, del edén primero. La felicidad del yo lírico descansa en la representación de ese árbol, que fue y sigue siendo la meta:

     

    aquel verano de la higuera la furia y la primera vez

    de las heridas y el vértigo y como si abriéramos allí acaso una

    alegría

    primitiva de rodar por la tierra y no se es parecido a gritar es como si

    alguien pusiera en esa carrera

    su juventud su miedo su amor su orgullo

    con todo el cuerpo

    bajo el cielo y el torturado esplendor

    de aquella vieja higuera

    donde pintamos un verano nuestra meta[5]

     

    La aceleración del movimiento, de esas criaturas salvajes, primitivas, que son los niños, impregna el poema. Es importante anotar ahora la aparición de las primeras heridas, que no sólo son físicas, en el segundo verso de este fragmento, pues demarcan ese territorio que hemos dado en llamar el paraíso: a pesar del dolor primero, la felicidad estuvo ahí, en ese nicho casi ancestral donde la alegría es “primitiva”, Arcadia de los griegos. Luego, nos dice el poema, uno apuesta todo en esa carrera (su amor, su orgullo, etc.), la vida, por llegar a esa meta, que siempre será la misma: la felicidad de un edén que persiste en la memoria. Es importante rescatar, hacia el final de los anteriores versos, el calificativo que se le da a la higuera, pues ahí descansa gran parte del significado simbólico del texto. Posee un “torturado esplendor” que en sí señala los golpes, las heridas sufridas por el yo lírico, pero también da cuenta de la luz, la felicidad, es decir, a pesar del dolor causado por el paso de los años, la infancia sigue siendo esplendorosa, nunca ha dejado de ser el paraíso. El adulto acepta esta realidad:

     

    los que no paran de rodar cuesta abajo

    los pilotos con ruedas rudimentarias de metal y las rodillas raspadas

    los que van con todo hacia el final del camino donde se

    levanta la vieja higuera esos pequeños desarrapados y

    sonrientes vehículos de fe me retan todavía a rodar

    desde los mejores años de mi vida[6]

     

    La mirada hacia ese pasado primigenio se despoja del dolor para dar paso únicamente a la belleza de la nostalgia, la alegría de esos años. Y lo que al inicio del poema era un titubeo, al final se convierte en una certeza celebratoria. El paraíso (la Arcadia) ha desaparecido físicamente, e incluso hubo dolor, desgarradura en él, pero también, nos dice el yo lírico, fueron los mejores años porque la vida se vivía con plenitud, con la aceleración que otorga el sólo estar en el presente, en ese aquí que es pasado; porque el adulto que mira entiende, desde una objetividad que ha aceptado la vida tal y como es, con sus pérdidas y hallazgos, que eso que fue sigue ahí, en la vieja higuera, la meta de un verano luminoso, y siempre habrá modo de volver (de recuperar esa felicidad) a través de la memoria.

     

     


    [1] Sobre este punto, y para establecer un vínculo con el edén perdido, la higuera como símbolo aparece en el Antiguo Testamento: “En el Génesis, Adán y Eva al verse desnudos cosen hojas de higuera para confeccionarse cinturones.” Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos, Herder, España, 1999, p. 567.

    [2] En el poema “Neme”, de Los hábitos de la ceniza: “Quedó el panteón de los juguetes lleno/ de tanto remendar lo destrozado/ la higuera con su tronco lisiado por manubrios.” (Jorge Fernández Granados, Los hábitos de la ceniza, Verdehalago-CONACULTA, México, 2003, p. 17). Posteriormente, en el poema “Retrato con sonrisa y espectro”, de El cristal: “Al final de la bajada un árbol de barnizados higos.” (JFG, El cristal, Era, México,  2000, p. 73).

    [3] JFG, Principio de incertidumbre, Era, México, 2007, p. 69.

    [4] Ibid, pp. 69-70.

    [5] Idem.

    [6] Idem.

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por Ibán de León

    Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Fue becario del FOECA-Morelos (2004) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011). Es autor de Oscuridad del agua (ISC, 2012). Actualmente es becario del PECDA-Oaxaca.