Héctor M. Sánchez

  • Love like laughter | Por Héctor M. Sánchez

    a Sandra Flor Perea

    Sunrise, sunrise,
    looks like mornin’ in your eyes.
    Norah Jones

    Hubo quien nos vio por la calle, muertos de la risa,
    e incluso llegó a decir que éramos el uno para el otro
    (o alguna de esas frases hechas que a veces se nos ocurren); read more

  • Crítica 154

    Revista-154

    Además de Juan Villoro, en el número más reciente de “Crítica”, mayo—junio, número 154, han sido publicados Matías Serra Bradford, Josu Landa, Leonarda Rivera, León Félix Batista, Felipe Vázquez, José Aníbal campos, Víctor Armando Cruz, Daniel Bencomo, Samuel Putman, Hugo César Moreno, Rocío Cerón, Rubén Gil, Balam Rodrigo, Félix Terrones, Álvaro Luquín, Rafael Mendoza y, en la sección de libros “La vigilia de la aldea” Luis Vicente de Aguinaga, Héctor M. Sánchez, Gregorio Cervantes, Ángel Ortuño, Alejandro Badillo, Miguel Hernández, Eduardo Sabugal y Silvia Eugenia Castillero.

    Haz clic en la imagen para leerla.

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  • Diario de una madre mutilada de Ester Hernández Palacios

    Literatura y vida

     

    Könnte jeder brave Mann

    Solche Glöckchen finden,

    Seine Feinde würden dann

    Ohne Mühe schwinden,

    Und er lebte ohnen sie

    In der besten Harmonie […][1]

     

    W.A. Mozart, Die Zauberflöte, I.

     

     

    Un texto, bien lo sabemos, puede ser leído desde tantos enfoques como lectores tenga. El que ahora vamos a comentar, Diario de una madre mutilada, de Ester Hernández Palacios (Premio Bellas Artes de Testimonio Carlos Montemayor, 2011), ofrece, desde nuestra perspectiva, dos principales líneas de lectura: la referencial-periodística y la literaria. Cada una de ellas merece una atención aparte.

    Ester Hernández Palacios

    Ester Hernández Palacios

    La primera, orientada a buscar el valor de verdad de los acontecimientos, significa, para quienes vivieron de cerca los episodios narrados en estas páginas, una recreación de los mismos, acaso desde un punto de vista muy particular: el de su protagonista, y, para quienes no lo hicimos, una fuente histórica para escribir uno de los capítulos más oscuros dentro de la historia contemporánea de México: el del narcotráfico.

    Pero no es este camino de interpretación, sino el segundo, el estrictamente literario, el que más ha llamado mi atención al leer este texto, lo cual se debe a dos razones fundamentales: por el valor estético de la obra misma, en primer lugar, y por la reflexión que, a partir de allí, podemos hacer en torno a la función de la literatura y del arte en nuestras vidas.

    En mi opinión, un producto artístico es tanto más valioso en cuanta mayor capacidad tiene para recrear y convocar las fuerzas primordiales de la existencia. El diario, ya como género de escritura o, más en específico, como género estético, con su licencia consuetudinaria[2] para echar mano de una multiplicidad de recursos, se convierte, desde esta óptica, en un instrumento privilegiado para captar —y, en este caso, para plasmar de forma artística— la diversidad y la heterogeneidad de la vida humana.

    Veamos, para empezar, cuántos registros aparecen en Diario de una madre mutilada, para después hablar de cómo se relacionan entre sí. En primer sitio, y de manera cuantitativamente predominante, aparece la narración: un yo femenino, la autora del diario, describe más o menos lógica y cronológicamente una anécdota central: la referente al asesinato de su hija. Sin embargo, al lado de este hilo conductor, figuran otros elementos igualmente importantes: relatos contados por voces ajenas a la principal (por ejemplo, en los apartados iv-vii de la entrada del 26 de junio, las pertenecientes a las cuatro amigas más cercanas de Irene); los diálogos (punto de contacto con el teatro); la poesía, presente ante todo en los múltiples epígrafes y en los versos insertados en el cuerpo prosaico del texto, pero, también, en las imágenes que van figurando entre la redacción principal de la obra; finalmente: discursos con un mayor grado de informalidad, tales como notas periodísticas, correos electrónicos y búsquedas en Internet, componentes estos últimos indisolublemente asociados con nuestra idea de la cotidianidad —y de lo real.

    Hace un par de años leí un texto fabuloso: El material humano (2009), de Rodrigo Rey Rosa (1958), texto que, al igual que el presente, está redactado en forma de diario y que incluye en su cuerpo narrativo elementos provenientes de fuentes epistemológicamente contrastantes: citas (de obras de Voltaire), un listado (de fichas del Archivo de la Policía Guatemalteca), resultados de búsquedas en Google, etc. —y que, cabe decirlo, aunque sea de paso, concluye, justo como el de Hernández Palacios, con la esperanzadora escena[3] de un niño que, rebosante de ingenuidad, le pregunta a un adulto, el autor del diario: ¿qué estás escribiendo? He pensado que este par de obras, aunque completamente distintas en cuanto a su tono emocional, coinciden en el hecho de que, antes que apostar por una episteme exclusiva o predominantemente narrativa, se estructuran más bien por una multiplicidad de registros fenoménicos (ensayo, nota suelta, diálogo, poesía) y que, a partir de la adecuada combinación de los mismos (un ars combinatoria de la heterogeneidad) logran producir un efecto estético considerable; dicho estilo encuentra en el diario el “recipiente” idóneo para manifestarse, pero también puede cobrar vida en la crónica, tal como lo muestra Juan Villoro, por ejemplo, en Safari accidental (2005), en el ensayo o incluso en la novela, tal como, con absoluta maestría, lo hace Sergio Pitol en Domar a la divina garza (1988) o, bien, en sus libros “de memorias” posteriores: El arte de la fuga (1996), El mago de Viena (2005) y Memoria 1933-1966 (2011).

    Volvamos ahora a Diario de una madre mutilada y sinteticemos nuestro juicio literario en las siguientes palabras: dicha combinación estética de registros, aunada a una gran dinamicidad conseguida por la sucesión de frases y oraciones breves —característica que también hallamos en Rey Rosa, aunque en su caso las frases carezcan del sentido poético-simbólico que sí hay en Hernández Palacios; Rey Rosa, apuesta, en cambio, por una expresión directa y “realista”— hacen de ésta una obra de considerable valor artístico.

    Díario-de-la-Madre-MutiladaPero no es éste, sino uno más vivencial, el que quiero resaltar ahora: el de la literatura y su gran poder para transformar una realidad funesta, como la narrada en este diario, en una fuente de placer estético, proceso que se vive así del lado del creador como del de los receptores. En la última entrada de su Diario, la propia Ester Hernández Palacios nos habla precisamente del poder sanador, casi religioso, de la literatura —y, por extensión, del arte: “Irme cuando menos de mi ciudad. No quiero hacerlo: aunque me acompañaría mi hija pequeña, dejaría aquí a la mayor, a mi yerno y mis nietos. Tendría que dejar de hacer lo que más quiero: enseñar la fuerza vital de la palabra en la poesía, la única forma de superar la muerte.”

    Y esta afirmación podría ir aún más lejos: si los sicarios que ahora manejan nuestro país, nuestro continente; si los gobiernos corruptos que los respaldan —como respaldan al capitalismo, del que el narcotráfico no es sino una de sus derivaciones más violentas— supieran disfrutar de la perfección, por ejemplo, de La tierra baldía, de T.S. Eliot, o hubieran experimentado una vivencia sensible-intelectual escuchando Die Frau ohne Schatten, de Richard Strauss, tal vez se darían cuenta del significado material y espiritual de la vida, y de que nadie, ni siquiera Dios, tiene derecho a privarnos de ella violentamente antes del tiempo marcado por la naturaleza. Si los representantes políticos se emocionaran verdaderamente con la coreografía de un ballet folclórico, o se murieran de risa con una película de Chaplin, talvez dejarían de pensar en sus propios intereses y estarían dispuestos a trabajar con la sociedad civil para construir una realidad en la que, además de un trabajo no sólo digno, sino dignificante, y de la remuneración económica correspondiente, todos pudiésemos ejercer el derecho humano de estar en contacto con la música, la pintura, la literatura. Nuevamente, el sueño romántico del arte como redentor de la especie humana aparece en nuestros corazones… y seguirá apareciendo cada vez que, como ahora, las alas negras de la muerte, de la guerra y de la opresión se ciernan sobre nosotros.

     


    [1] ¡Si todos los hombres honestos / poseyeran campanitas como éstas! ¡Todos los enemigos como ésos / desaparecerían sin esfuerzo, / y aquéllos podrían vivir / en la mejor de las armonías!

    [2] El diario personal, en tanto obra no concebida originalmente para ser publicada, sino como mero cuaderno de apuntes, conserva para sí el derecho, por decirlo de algún modo, de mezclar entre sus páginas elementos de diversa procedencia e, incluso, fragmentos inconclusos o carentes de pulimento, característica que, desde una visión dogmática de la literatura, no es propia de los textos que han de salir a la luz, los cuales deben, por lo menos, entregarse a la imprenta “acabados” y “bien trabajados”. Muchos escritores, y desde hace mucho tiempo, aunque con cambios sustanciales a través de la historia, han aprovechado la cualidad intrínseca de los diarios personales, “meros cuadernos de trabajo”, para hacer de ellos un género literario con funciones estéticas particularmente definidas. Entre los que tienen un valor estético ejemplar se encuentran, limitándonos únicamente a la literatura hispanoamericana contemporánea, El viaje (2000), de Sergio Pitol, y El material humano (2009), de Rodrigo Rey Rosa, en el que nos detendremos brevemente algunas líneas más adelante.

    [3] En Diario de una madre mutilada, otro episodio lleno de candidez aparece casi hacia el final de la obra: “Inocente, uno de mis ángeles —¿exterminador o guardián?— me regala, de postre, dos dulces de leche, de esos que llamamos glorias” (4 de julio, vi).

    Ester Hernández Palacios, Diario de una madre mutilada, México, 2012, p.

    Texto publicado en la edición 152 de Crítica


    Escrito por Héctor M. Sánchez