Guillermo Fadanelli

  • Sobre un texto maravilloso de Fadanelli | Alfredo Lèal

    (WEB)

    Una de las pocas cosas que me sigue impresionando del internet es su capacidad para sorprenderme, para molestarme, para impulsarme a actuar.

    Para aquéllos que, como se dice, “nacieron” con el internet, la experiencia de los que lo vivimos (y lo incorporamos a nuestras vidas) hace poco más de diecisiete años debe parecer una especie de mito. En casa era las más de las veces inaccesible, no sólo por los altos costos que implicaba para la clase media tener una herramienta que, seamos honestos, servía para muy poco, casi nada en realidad (entre las tantas formas que encontrábamos para tener internet estaban los discos de AOL que regalaban en los semáforos con un mes de prueba gratis y las claves de Terra que podías conseguir con algún amigo por un pago único; el funcionamiento de ambos, hasta la fecha, sigue siendo un misterio para mí), sino porque, como saben, cuando usabas el internet el teléfono de la casa estaba indisponible: o lo uno o lo otro, porque, por supuesto, los celulares aún eran bastante costosos y la gente seguía hablando por teléfono en su casa. read more

  • El idealista y el perro de Guillermo Fadanelli | Por Rosana Ricárdez

    De mero idealismo

     

    Guillermo Fadanelli, El idealista y el perro, Editorial Almadía, México, 2013, 146 p.

     

    Poca relación podría establecerse, a priori, entre un idealista y un perro cualquiera. Menos aún si los artículos, en lugar de indefinidos, fueran definidos pues la especificidad desconcertaría: el idealista y el perro… ¿De quiénes se trataría? Fadanelli establece tal relación.

    El idealista y el perro, de Guillermo Fadanelli (Ciudad de México), es una segunda vagancia por su pensamiento, continuidad del elogio publicado en 2008, aunque recargado pese a mediar, de él mismo, Insolencia, literatura y mundo (Almadía, 2012). Se trata de un libro de ensayos, cada uno a la Michel de Montaigne del siglo xvi; un segundo vagar por el pensamiento, quizá porque se le hizo costumbre intentar conversar con el lector para que dejara de ser sólo espectador, quizá porque se le hizo costumbre dejar de lado las notas al pie de página que la modernidad (y la Santa Academia) ha hecho con el ensayo, quizá porque, cansado de las citas rigurosas, hace lo que le place, o quizá por mera madurez.

    En Elogio de la vagancia (Lumen, 2008) advierte ya que el lector tiene entre sus manos una introducción. ¿A qué? A su mente, tal como vaga en el baño o en la cocina, en un parque cualquiera o cuando corre por Chapultepec y, lejos de pensar en los temas profundísimos de la humanidad, se interpela sobre el desquicio del tránsito, la contaminación, las mujeres, los engaños, las mentiras y la literatura; a su pensamiento arbitrario y vago que pasa de un tema a otro sin mayor justificación que la voluntad; a su deseo de hablar un minuto sobre la (inexistente) demencia de los bebedores y el otro de la libertad de los juicios, de la novela o de la técnica. No obstante, lo que sucede en El idealista y el perro es peculiar pues, por cierta soltura, el texto goza de mayor madurez. Si bien existen algunos descuidos-erratas en la forma (así es el vagar), Fadanelli los justifica al decir que la perfección y la obsesión son pretensión. La limpieza no le va. Más allá: acusa a aquellos autores demasiado cuidadosos de pedantes y advierte que desconfía de ellos: “A ojos de un idealista la esencia de las cosas o su sentido no se altera por la presencia de unos cuantos accidentes en la superficie: el idealista sale en busca de su perro y no le importa si el camino que debe tomar para ello es el de la razón, la beatitud o las artes.”

    Pero sus descuidos-erratas se deben, quizás, a un descuido adrede para justificar el constante errar en el mundo, nuestro errar; el andar sin rumbo que se traduce en el vagar que, por fuerza, significa equivocarse sin morir en el intento ya que sólo la muerte, gran tema de la literatura, aniquila el error.

    Para el lector juicioso este compendio de vagancia resultará curioso a primera vista, en tanto los ensayos no se dividen en capítulos —ese lector juicioso se dará cuenta que no hay índice— sino en subtítulos: dieciséis. (Imposible evitar pensar en el Monólogo de Molly Bloom, en ese paseo por el pensamiento vago.)

    Retomo la idea de madurez en su escritura. Paradójicamente, leo en Fadanelli y en su vagancia cierta precisión en el lenguaje, mayor holgura y desparpajo al no justificar la inclusión de un tema, pero exactitud al hablar de él, a sabiendas del lugar al que desea llegar.

    Los temas abarcan desde seres vivos (mujeres, jóvenes, perros) hasta la condición humana (pedantería y antipatía), pasando por sustantivos escalofriantes que también reflejan esa condición humana (soledad, olvido, soltería, brevedad, placer, censura), sin dejar atrás la literatura y la muerte, ésta de alguna manera en binomio mujer-muerte.

    Tal vez sea por cuestión de género que resulto propensa a hablar de las constantes referencias a la mujer —y con ello no imploro a las feministas, antes todo lo contrario—. Resulta curiosa la forma en que apela a ella: Fadanelli reconoce su audacia, la que Eva atribuyó a la serpiente –a fin de cuentas ésta también en femenino. En “Un comienzo” apunta: “las mujeres pueden hacer el mal desde la quietud o la calma”; en “Mujeres”: “Con qué ligereza son capaces de declarar su amor a una persona a la que no ven desde mucho tiempo atrás. Escriben a hombres ideales, que no concretos” y “Si creemos en la existencia de las mujeres, tenemos en consecuencia que depender de la muerte”.

    Mujer-muerte-literatura, en trinomio, más arte. ¿De qué más podría hablar un escritor? La literatura en tanto manifestación artística capaz de plantear escenarios y de permitir que el escritor se camufle, por minutos, de pitonisa. Humillación resultaría ser objeto de desgracias que, a través de la literatura, no hubiera previsto: “La literatura ayuda un poco en tales cuestiones. De lo contrario estaríamos refiriéndonos a un oficio inútil. Es diligente adelantarse a los males físicos antes de que éstos ocupen la casa del cuerpo. (…) Es bueno abrir las ventanas y escuchar el sonido que produce la olla donde seremos cocinados.”

    El escritor piensa: mujer-muerte-literatura, y descortesía sería no hacerlo si esta mujer-muerte piensa en uno todo el tiempo. La literatura es la invitada para allanar el camino, para dejar atrás la estupidez humana como una herencia irrebatible; para tener memoria, arma necesaria para enfrentar a los tiranos; y para aceptar que lo amado nos es misterioso y así vivir al menos con algunos cuantos cominos de decoro.

    El libro es, como todo ensayo, una disección del autor: “le otorgo un gran valor al hombre mediocre que no hace daño a nadie y que considera que su presencia casi todas las veces es innecesaria”. ¿Falsa modestia? ¿El autor se tira para que el lector lo levante? Desconozco la respuesta, pero no en vano coloca estas palabras en el apartado titulado “Mujeres”, precisamente en el fragmento donde describe la relación que existe entre el hombre inclinado al bien con sus obsesiones personales, en la descripción del vanidoso, el cobarde, el fantoche versus el humilde, el bueno, el que pasa desapercibido. ¿Se trata de Fadanelli? Claramente sí y no: sí, porque es la descripción que hace de un hombre bueno cuya humildad merece reconocimiento. No, porque pertenece al idealista y no al real, pertenece a la descripción del que ha reflexionado y, concienzudamente, define el objeto, sin el vacilamiento del vagar, sin la desmesura del impulso, sin la originalidad del que se enfrenta por vez primera a lo desconocido, sin el ímpetu irreverente del primerizo que se avienta por no quedarle opción de recular.

    Sin duda —ahora que lo pienso, me gustaría creer que es sin duda— el lector apreciará la ausencia de citas rigurosas y, a la vieja usanza, el uso de la memoria de Fadanelli cada vez que el tema le refiere una lectura o un autor. A eso llamo madurez, a la ausencia de miedo por justificar pues para ello está la Academia (y aún así). En la literatura, el lector confía en el autor, una vez signado un pacto que compromete a enunciar no sólo verdades sino verosimilitudes.

    Me parece que el desparpajo de Fadanelli en el ensayo es similar al “no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal” de Mateo (6:34), afán acusado ya por Séneca en la epístola 98 cuando apunta “Desgraciado es el ánimo al que el futuro inquieta”. Y justamente por ello, Fadanelli no se ofusca si a alguien no le gusta su estilo. El libro está más hecho para él que para los demás, para establecer una conversación con él, aunque, como todo ensayista, albergue la esperanza de que del otro lado alguien lo escuche y quizás asienta para concluir dándole la razón. Porque, ¿qué es un ensayista si no un afanoso con ánimos de convencer al otro de su razón?

    A diferencia del francés en la edición de sus Ensayos completos, este mexicano no advierte al lector que lo que tiene en las manos “es un libro de buena fe, hecho para hallar en él rasgos de su condición y humor, con defectos e imperfecciones y modo de ser, sinceridad”, pero más vale que el lector esté consciente de la falibilidad de un libro de ensayos.


     Escrito por Rosana Ricárdez