Gregorio Cervantes Mejía

  • Carácter, de Federico Vite | Gregorio Cervantes Mejía

    Acuérdate de Acapulco

     

     

    Federico Vite, Carácter, Ediciones Monte Carmelo / conaculta / Secretaría de Cultura del estado de Guerrero, México, 2015, 144 p.

     

    Para quien conozca la obra narrativa de Federico Vite (Acapulco, 1975), se encontrará en las primeras líneas de Carácter con un escenario ya conocido: recorridos por cantinas, referencias musicales a lo largo de la narración, amores tormentosos y/o pasajeros. Una voz narrativa que reflexiona entre trago y trago, que se pierde por espacios turbios mientras su percepción de la realidad se obnubila debido al alcohol ingerido, que nunca parece ser suficiente. read more

  • La tensión del umbral, de Eugenia Almeida | Gregorio Cervantes Mejía

    La voluntad de entender

     

    Eugenia Almeida, La tensión del umbral, edhasa, Argentina, 2015, 304 p.

     

    Una joven se suicida en un crucero concurrido. El suceso, que apenas si merecería una nota breve en las páginas policiacas de los diarios, detona una intriga política que perturba incluso a las altas esferas. read more

  • Cómo dibujar una novela de Martín Solares | Por Gregorio Cervantes Mejía

    Sobre el diseño narrativo

     

    Martín Solares, Cómo dibujar una novela, Era, México, 2014, 144 p.

    Los manuales y decálogos para iniciar a los autores noveles dentro de la narrativa son abundantes. La lista es extensa si se considera no sólo a aquellos producidor por los propios narradores (sean cuentistas o novelistas) sino también a aquellos textos surgidos de la crítica literaria y de la academia. read more

  • Isla de bobos de Ana García Bergua | Por Gregorio Cervantes Mejía

    El reino de la ingenuidad

    Ana García Bergua, Isla de bobos, Era, México, 2014, 248 p.

    La isla Clipperton o Isla de la Pasión es un pequeño atolón coralino de apenas seis kilómetros cuadrados poblado sólo por cangrejos y pájaros bobos de patas azules que ha sido disputado por México y Francia desde el siglo XVIII. read more

  • Sombras al lado del camino | Por Gregorio Cervantes Mejía

    Eduardo Antonio Parra, Desterrados, Era/Universidad Autónoma de León/Universidad Autónoma de Sinaloa, México, 2013, 160 p.

    El destierro, la expulsión del lugar de pertenencia, fue durante siglos un castigo severo, pues implicaba no solo el alejamiento físico de un territorio, sino también el rompimiento de los vínculos con la comunidad de origen.
    Pareciera, en estos momentos, que los movimientos migratorios (voluntarios o forzados) han socavado, si no es que dejado en desuso, el sentido de “destierro”, porque si bien en la migración está presente la separación del lugar de origen, no implica una ruptura definitiva. El migrante conserva la posibilidad de reestablecer los vínculos y los canales de comunicación con el terruño y la comunidad. Existe, en el movimiento migratorio, la posibilidad del regreso que, tarde o temprano, podrá cumplirse.
    Al migrante es posible esperarlo, extrañarlo, incluso mantener un intercambio constante de comunicación.
    El desterrado, en cambio, se vuelve innombrable. El destierro implica una separación absoluta con la comunidad. El desterrado carece de posibilidades de volver, de mantener o recuperar cualquier forma de contacto con su antigua comunidad, a menos que sea clandestina. Desde el momento mismo de su expulsión, el desterrado deja de estar en la tierra.
    Eduardo Antonio Parra (León, Guanajuato, 1965) recupera esta connotación dolorosa en los quince relatos reunidos en este volumen, pues los personajes que pueblan el libro se encuentran, por diferentes circunstancias, arrojados del mundo, condenados a habitar territorios ajenos, hostiles, límbicos, desde los cuales intentan recuperar sus vidas, ya sea a través de una reinvención de sí mismos, de la reconstrucción de la memoria personal, de incursiones clandestinas o violentas en el mundo del que fueron expulsados o de acontecimientos casi milagrosos.
    Por esta situación, en ocasiones sus personajes se muestran más como espectadores que como protagonistas. Seres condenados a ver pasar el mundo ante ellos, pasivos, anhelantes, invisibles: “porque a lo mejor nos conformaríamos con que nos vieran, nomás con eso, nos daría algo de contento que al transitar por aquí por donde está la poquita gente que vaga en el desierto detuvieran aunque fuera una nada su loca carrera hacia donde van y giraran a medias la cabeza pa plantar en alguno la vista, sí, la vista, porque una sonrisa o un saludo sabemos que sería mucho pedir, nomás una mirada, aunque fuera rápida, un brillo en las niñas de los ojos que nos hiciera sentir que de veras estamos aquí, que de veras existimos y no somos las ánimas sin vida que en veces creemos ser y que es como nos vemos entre nosotros” (“En la orilla”).
    A lo largo de las historias contenidas en Desterrados, los personajes tienen ese tono fantasmal. Se mueven como ánimas o, en el mejor de los casos, como intrusos. Seres ajenos a la región donde han sido arrojados, incapaces de comprender ese lugar que ahora habitan.
    Es el caso de “La madre del difunto”, donde el cadáver de un desconocido, descomponiéndose en la cárcel de Vallecillo se convertirá en el elemento que le permita a Lauro volver a vincularse con su madre fallecida y con el pueblo del cual salió en su juventud. Un proceso lento y doloroso, durante el cual los recuerdos del personaje van levantándose por sobre el polvo y el abandono del lugar.
    Un proceso similar, más violento, ocurre en “Un diente sobre el pavimento”. Decidido a alejarse del mundo del crimen organizado, y a dejar de matar, Bernabé se oculta en la ciudad de México, donde descubre que sus viejos instintos de sicario son insuficientes para un mundo cuyos códigos le resultan desconocidos: “Entonces supo que su cuerpo seguía siendo preciso y estaba más alerta que su mente, pero que debía aprender a reinterpretar las señales ahora que había cambiado de ámbito. Se llevó la mano a la nuca, y al tocar la herida llena de sangre lo envolvió un estremecimiento de alivio.”
    ¿Cómo adaptarse a las nuevas condiciones? ¿De qué manera recuperar aquello que se ha perdido? Los protagonistas de estos relatos parecen acuciados por estas dos preguntas, de manera casi obsesiva. Buscan diferentes maneras de romper esas circunstancias que los asfixian, de acercarse lo más posible a esa gloria que consideran (saben) de antemano perdida. Y a pesar del tono fatalista presente en los cuentos, no cabe la resignación. Ni uno solo de los seres que pueblan el mundo que Parra ofrece en este libro está dispuesto a resignarse. Buscan y encuentran aquellas rendijas por las cuales puede colarse un poco de oxígeno a sus vidas.
    En “La costurera”, la educación varonil de René, quien crece rodeado de mujeres solas, resulta salvada por María José, la ayudante de su madre en el taller de costura, una mujer fea, hombruna, “una quedada” (como la califican las mujeres de la familia). Además de comprarle ropa y juguetes pata niño, la misteriosa costurera inicia también a René en su vida sentimental y sexual: consejos sobre cómo vestir, cómo acercarse a las mujeres y enamorarlas, generan también una serie de situaciones cómicas que dan agilidad al relato y equilibran su atmósfera.
    Si bien este tono humorístico predomina en “La costurera”, no está ausente del resto de los relatos del libro. Parra lo utiliza con frecuencia en otras historias, desde situaciones tragicómicas y casi milagrosas, como el paseo nocturno de Rebeca y Mateo en “No hay mañana”, hasta sucesos absurdos como la construcción de un puente peatonal sobre una carretera que cruza el desierto en “En la orilla”.
    Pero cualquiera que sea el subterfugio utilizado por los protagonistas para volver a la tierra anhelada, queda siempre un dejo de frustración, de que el vínculo sigue trunco y lo conseguido es apenas un sucedáneo.
    Así ocurre con Mariano y Lucrecia, los protagonistas de “Paréntesis”, durante su encuentro en el restaurante del hotel donde se hospedan. El deseo, oprimido por los compromisos y temores de los personajes, se convertirá en una fantasía erótica entremezclada con la comida, y que apenas puede ser entrevista por el intercambio de miradas, por insinuaciones, por reacciones físicas apenas perceptibles.
    Y también con “Nunca había oído la letra”, donde una mujer irrumpe en una cantina con la intención de encontrar la canción que su marido le pidió, antes de morir, que le cantara: “—No entro en este tipo de lugares. No entiendo de música. No hablo con extraños. No hablo con nadie. Pero el dolor y la tristeza. Lo empujan a uno. Tampoco él hablaba. Ni hablará más. Ya no hay remedio. Han sido muchos años de silencio. ¿Me entiende? Y en el último instante me lo pidió. Quería escuchar esa canción. No tengo oído. ¿Cómo iba a sabérmela? A pesar de que él siempre la silbaba, no pude. Ni siquiera sé silbar. Apenas puedo tararear alguna melodía de mi juventud. Pero ésa no.”
    Justo en el centro de este mundo de seres expulsados hacia territorios que les resultan ajenos y hostiles aparece “El festín de los puercos”, quizás el cuento más terrible del conjunto ofrecido por Parra en Desterrados. El relato reconstruye la participación de Heriberto Frías en el aplastamiento de los rebeldes de Tomóchic, Chihuahua, en 1892.
    Al reconstruir la génesis de la novela que años después escribiría Frías, Parra explora el escenario y las situaciones a las que el novelista decimonónico debió enfrentarse en aquella incursión militar.
    Con un lenguaje preciso y económico, Parra muestra la desolación de un Tomóchic derrotado, donde una piara de cerdos da cuenta de los restos dejados de la batalla precedente. “Mientras escuchaba los insultos de la tropa, vio a través del tubo cómo un grupo de cerdos se cebaba en un cadáver: arrancaban trozos, se los disputaban hocico con hocico igual que hienas, se lanzaban tarascadas unos a otros con el fin de ahuyentarse. Las bestias cobardes rehuían la pelea, pero pronto hallaban otro cuerpo caído para hozar en él.”
    Mientras en el resto de los cuentos del libro la violencia, si aparece, lo hace en forma soterrada y deslizándose apenas como una corriente subterránea, en “El festín de los cuerpos” está por completo expuesta y, tal vez, justo por eso se abre la posibilidad para que el personaje Heriberto reflexione más allá de sus circunstancias personales y de los acontecimientos inmediatos que vive.
    “El rostro, el cuello, todo su cuerpo está empapado, pero no a causa de la llovizna, sino por el sudor amargo, apestoso, que desdibuja los otros olores en torno suyo. Incluso el olor de los cadáveres. ¿Para esto entraste en el Ejército, Heriberto?, se pregunta. ¿Para esto dejaste los libros? Eres un imbécil. Deseabas vivir el heroísmo y hasta ahora nomás has visto cómo caen los verdaderos héroes asesinados por ti y por tus compañeros de armas. ¿Esto es la gloria? Quizá. ¿Y entonces el miedo que no te permite moverte, que te inutiliza para cualquier otra cosa que no sea jadear mientras piensas en la muerte? Carajo, malditos tomoches. Malditos puercos.”
    Quizá como lo plantea el cuento inicial, “El caminante”, el lector que recorre las historias de Desterrados no sea más que eso: un viajero cuyos puntos de origen y destino son borrosos, se han velado a lo largo del trayecto y, por eso, no tiene más opción que seguir avanzando, pues cada punto alcanzado no será sino el comienzo del siguiente tramo de la ruta.

    desterrados


    Escrito por: Gregorio Cervantes Mejía

    (Puebla, 1970), actual­mente es redac­tor de la revista Crítica, de la Ben­emérita Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla. Es autor del libro de cuen­tos Cam­bios de Estación (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla, 2001). Fue inclu­ido en las antologías Los mejores cuen­tos mex­i­canos, edi­ción 2002 (José de la Col­ina, ant.; Joaquín Mor­tiz); Antología de nar­radores en Puebla, Insól­i­tos y Ufanos (Jorge Arturo Abas­cal Andrade, ant.; UAP, Méx­ico, 2003); De claro en claro… Cuen­tos sobre el Qui­jote (AA. VV., Edi­ciones de Edu­cación y Cul­tura, Méx­ico, 2005); Fuego cruzado. Jóvenes nar­radores de la zona cen­tro del país (Fondo Regional para la Cul­tura y las Artes, Zona Centro/Conaculta, Méx­ico 2006). Fue jurado del Segundo Con­curso de Cuento Joven Ale­jan­dro Mene­ses 2007, con­vo­cado por Edi­ciones de Edu­cación y Cul­tura. Desde el ver­ano de 2006 imparte un taller de cuento en la Casa del Escritor de la Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla. Fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes de Puebla en el peri­odo 1994–1995.

  • Parábola de la cizaña de Federico Vite

    Los estigmas y la tormenta

    Federico Vite, Parábola de la cizaña, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2012, 104 p.

     

    En aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo. Él les contestó: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

    Mateo 13, 36-43

     

    parábola de la cizaña

    COMPRAR EN PROFÉTICA

    Según la tradición cristiana, Francisco de Asís fue el primero en recibir los estigmas en sus manos, como señal de su unión con Cristo. Las marcas aparecieron en los mismos sitios del cuerpo donde, de acuerdo con los evangelios, Jesús fue herido. Además del de Francisco, el catolicismo apenas ha reconocido como auténticos un puñado de casos, pero el tema parece haber sido visitado con más frecuencia por el cine de suspenso.

    Parábola de la cizaña, de Federico Vite (1975), retoma este motivo para construir la historia de Xavier, un ladronzuelo que recibe tales marcas en sus manos y su frente a la par que se intensifican las voces que le ordenan alimentar a una jauría de perros y anunciar un cataclismo, voces que él atribuye a un origen divino, pero que siempre oscilan entre la sacralidad y la locura.

    Justamente, el primer capítulo de la novela abre estas dos posibilidades: “Al ver los estigmas en la mano y en la frente, cualquiera de los ahí reunidos hubiera pensado que ese cuerpo fue la geografía de una batalla entre dos misterios que se impactaron sin tregua: la demencia y la fe.”

    Xavier no es precisamente un hombre de fe, si bien descubrimos que las voces —que el narrador atribuye a Tomás de Aquino— vienen de un pasado más lejano al comienzo de la historia. Albañil que, en compañía de Luis, aspira a dar un gran golpe, la existencia de Xavier transcurre entre el consumo de droga y el deseo por Karla, la mujer que comparte con su compañero de correrías.

    Todas estas circunstancias son descubiertas por el lector a manera de recuento, porque Federico Vite lo instala, desde la primera página, en la conclusión de la historia: el momento en que Xavier muere decapitado por una lámina desprendida durante una tormenta. Su cuerpo mutilado a mitad del patio de la prisión es, a la vez, el cierre de la historia y la imagen inicial para que el lector, en una especie de rebobinado, recorra los acontecimientos precedentes.

    De esta manera, Parábola de la cizaña parece hacer uso de estrategias narrativas ya presentes en “Viaje a la semilla”, de Alejo Carpentier”, al narrar los acontecimientos en sentido inverso al desarrollo natural de las acciones, o de Rayuela, de Cortázar, al dejar abierta la posibilidad de más de una secuencia de lectura.

    Y tal vez en este juego es donde se encuentre el sentido del título de la novela. Porque si bien, en primera instancia, “Parábola” remita a un relato con una intención moral o edificante, también alude a una curva simétrica respecto de un eje, que se traza alrededor de un solo foco. Pareciera que los acontecimientos narrados en la novela de Federico Vite se ajustan más a la definición geométrica de la parábola: los acontecimientos, narrados en retrospectiva, abren y cierran con la misma incertidumbre sobre la demencia y la fe anunciada en el primer capítulo. Y es este conflicto, justamente, el que hace las veces de directriz de la parábola.

    Vite apuesta por los capítulos breves, centrados en una sola escena, como si la historia pretendiera ser contada a partir de una secuencia fotográfica donde cada una de las piezas muestra los elementos esenciales para que el lector reconstruya los espacios faltantes.

    Esto deriva en un lenguaje que busca la intensidad a partir de la síntesis. Así, el primer capítulo comprime en ocho líneas los elementos centrales de la historia: la estancia de Xavier en prisión, la tormenta que se convertirá en el leit-motiv de la novela y, finalmente, el conflicto interno del protagonista que se debate entre la fe y la locura.

    La tormenta que acaba con la vida de Xavier es el elemento que enlaza las historias de lo demás personajes quienes, a semejanza del protagonista, son acuciados por señales y voces similares que les advierten sobre la catástrofe o sus sobre sus propios destinos. No hay uno solo de los personajes de Parábola de la cizaña que no se vea afectado, de una manera u otra, por aquéllas.

    Luis, el cómplice de Xavier, abre/cierra la cadena de señales en el último capítulo de la novela: “—¿Crees en Dios, parna? —pregunta Luis a Xavier, quien observa con lujuria las piernas de Karla, recostada en la cama, metros atrás del sillón en el que Luis se dispone a consultar a sus espíritus—. ¿Dime la verdad, crees en Dios?”

    Pero estas mismas inquietudes sobre la existencia y voluntad divinas, así como la inminencia del cataclismo están presentes en los demás personajes cuyas vidas se conectan directa o accidentalmente con la de Xavier: el enano que se vuelve confidente suyo en prisión y que comparte los últimos instantes de su vida; Francisco, el taxista asaltado por Luis y quien sueña con reconstruir su familia; Catalina, pareja del taxista, que refiere aquel sueño premonitorio sobre su muerte, la cual será ejecutada, tal como la vislumbró, por uno de sus vecinos; el periodista que cree haber encontrado una lógica oculta entre la serie de acontecimientos violentos ocurridos durante los últimos días en la ciudad y que planea preparar un reportaje para dar cuenta de ello.

    De esta manera, Parábola de la cizaña se convierte también en una reunión de personajes videntes, atormentados por esos atisbos de futuro que no alcanzan a comprender y que obstruyen el desarrollo de sus propios anhelos individuales: ninguno de los personajes conseguirá acercarse siquiera a esos sueños que los sacarían de la marginalidad.

    En este sentido, la novela ofrece una mirada uniforme, sin contrastes. La llegada de la tormenta apocalíptica es inminente y nadie lo duda. El carácter de castigo divino de ese fenómeno meteorológico es compartido también por cada uno de los personajes: no hay, ni de lejos, alguna explicación diferente que permita dudar por un momento sobre las aseveraciones de Xavier o de cualquiera de los personajes.

    Incluso dentro de prisión, aunque Xavier es objeto de las burlas de los demás presos, éstas se acallan con facilidad apenas empiezan a manifestarse las primeras señales de la tormenta. Pareciera entonces que todo el mundo contenido en Parábola de la cizaña está convencido de la inevitabilidad del fenómeno que vendrá a poner fin a lo que conocen.

    A poner fin y no a redimir, porque la posibilidad de la redención parece descartada desde el inicio mismo de la novela. Aunque Xavier parece pretenderla y Luis, en las páginas finales, plantea la posibilidad de un castigo o un arrepentimiento, éstos no tienen como finalidad la transformación de la vida de ningún personaje sino, en todo caso, su término.

    Dos personajes parecen ser los únicos que entrevén la posibilidad de transformar sus vidas: Francisco y Catalina hacen planes, la víspera de la muerte de ella, para viajar juntos a conocer a la familia de él, para establecerse y formar una familia, pero el asesinato de la mujer trunca esta posibilidad.

    Incluso el primer capítulo, que narra el cierre de la historia, enfatiza esta nulidad del sacrificio de Xavier: apenas un cuerpo a mitad del patio inundado de la prisión, bajo una tormenta que no cesa y que, pese al tono apocalíptico con que se le anuncia a lo largo de la novela, parece tener efectos únicamente en las vidas de los personajes pues del entorno sólo sabemos generalidades: las calles y las casas inundadas, los vehículos y los cuerpos arrastrados por la inundación, pero ningún asomo de otros sobrevivientes más allá de quienes, a lo largo de la novela, han sido transmisores de las señales que vaticinaban el desastre.

    Como si la tormenta y la consecuente inundación de la ciudad fueran tan sólo el escenario indispensable para mostrar los conflictos individuales de los personajes de la historia, quienes, en menor grado que Xavier, por supuesto, se debaten todo el tiempo entre la demencia y la fe.

    Parábola de la cizaña, entonces, resulta más una exploración de las luchas espirituales de los personajes que el desarrollo de una trama apocalíptica o una historia de suspenso religioso.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Gregorio Cervantes Mejía

    Actualmente es redactor de la revista Crítica, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Es autor del libro de cuentos Cambios de Estación (Secretaría de Cultura de Puebla, 2001). Fue incluido en las antologías Los mejores cuentos mexicanos, edición 2002 (José de la Colina, ant.; Joaquín Mortiz); Antología de narradores en Puebla, Insólitos y Ufanos (Jorge Arturo Abascal Andrade, ant.; UAP, México, 2003); De claro en claro… Cuentos sobre el Quijote (AA. VV., Ediciones de Educación y Cultura, México, 2005); Fuego cruzado. Jóvenes narradores de la zona centro del país (Fondo Regional para la Cultura y las Artes, Zona Centro/Conaculta, México 2006).

  • Crítica 151

    Portada-151 Para el número 151, correspondiente a Octubre-noviembre, publicamos ensayos, cuentos, poemas y reseñas de Jacques-Pierre Brisott, Gabriel Bernal Granados, Israel Ramírez, José Balza, Alejandra Gutiérrez Cruz, Alejandro Badillo, Gregorio Cervantes Mejía, Eduardo Sabugal, León Plasencia Ñol y Jorge Esquinca, entre otros escritores.Haz clic en la imagen o aquí para leer la versión digital de Crítica

    SUMARIO:

    Jacques-Pierre BrisottMarat 3Vicente Francisco Torres

    América y Emilio Salgari 10

    Gabriel Bernal Granados

    Editoriales independientes de poesía en los ochenta y los noventa 23

    Felipe Vázquez

    El porqué de muchos nombres 31

    Eduardo Felipe Sánchez García

    El último elefante (abril 30, 1945) 34

    Luis Vicente de Aguinaga

    Tres poemas 43

    Israel Ramírez

    Contemporáneos y la tutela de López Velarde 46

    Pablo Montes Castro

    Temblores de la espina 66

    Noé Blancas

    Dos poemas 70

    Alejandra Gutiérrez Cruz

    La señal 74

    Charles Simic

    Seis poemas 97

    Gustavo Ferreyra

    El hedor 102

    León Plascencia Ñol

    Tres poemas 110

    José Alberto GuerreroUnas horas en la piel de Mabel 118José Balza

    Domínguez Michael y la sobreescritura 123

    Silvia Eugenia Castillero

    Cuatro poemas 148

    José Aníbal Campos

    Casas de mis amigos 151

    Roxana Artal

    Variaciones sobre el miedo 155

    Víctor Hugo Martínez B.

    Reconstruir la experiencia 182

    Alejandro Badillo

    El acto colaborativo 170

    Eduardo Sabugal

    Bosquejo de un mal 173

    Víctor Manuel Torres

    Palabra de poeta 177

    Daniel Bencomo

    Donde cae la piedra de Spinoza 180

    Gregorio Cervantes Mejía

    Las puertas clausuradas 182

    Jorge Esquinca

    Límites de lo humano 186

    Rafael G. Vargas Pasaye

    La novela sera corta o no será 188

  • Despertar con alacranes de Javier Caravantes

    Las puertas clausuradas

    Nuestro estilo de vida parece construido sobre la mitificacion de la juventud: buscamos extenderla por todos los medios posibles: rutinas de ejercicios, cremas, dietas, vestimenta, complementos alimenticios, aparatos para reducir tallas y pesos. Le atribuimos, incluso, el arrojo, la claridad y la voluntad suficientes para emprender las transformaciones sociales que los adultos y ancianos son ya incapaces de realizar. Depositamos en esta etapa nuestras esperanzas de cambio social, de lograr un “orden más justo” y vemos con esperanza acciones emprendidas por jóvenes que parecen apuntar en esa dirección. read more

  • Frágil memoria de muertos de Diego Tatián

    El peso de los recuerdos

    “Los muertos recuerdan siempre su casa de infancia, pero nunca completamente.” Con estas aseveración inicia el relato que da título a esta recopilación de relatos breves de Diego Tatián (Córdoba, Argentina, 1965). De manera paradójica, es también el último del volumen, por lo que pudiera ser considerado también como un epílogo que plantea el hilo conductor o, al menos, el motivo central de Frágil memoria de muertos.

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  • Crítica 146

     

    El último número de la Crítica del 2011 es el 146. La abre el escritor colombiano Luis Miguel Rivas, que participará en el programa de la FIL, “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”. Además nos acompañan Andrea Kurtz, Idalia Mojerón Arnaiz, Reynaldo Jiménez, Juan Villoro, Rafael Zamudio, Alberto Chimal, Eduardo Padilla, Gerardo Piña, Pablo Sánchez, Julián Herbert, Carlos A. Aguilera, Fabio Morábito, Felipe Vázquez, Alejandro Badillo, Carmen Boullosa, David Cortés Cabán, Luis Fernando Cruz Carrillo, Carlos Ulises Mata, Daniel Bencomo, Gregorio Cervantes Mejía, Víctor Hugo Martínez Bravo, Eduardo Sabugaln y Francesca Dennstedt.

    SUMARIO:

    Luis Miguel Rivas
    Escribo para que no se me olvide 3Andreas Kurz
    Confesiones de un racionalista 9Idalia Morejón Arnaiz
    Elogio del folletín 18

    Reynaldo Jiménez
    Tres Poemas 23

    Juan Villoro
    Escribir cartas: pedir que el tiempo exista 30

    Rafael Zamudio
    Las vías insomnes 54

    Alberto Chimal
    Generación Z 64

    Eduardo Padilla
    Cuatro poemas 77

    Gerardo Piña
    Oráculo 83

    Pablo Sánchez
    El liderazgo de la ficción 97

    Julián Herbert
    Cuatro poemas 105

    Carlos A. Aguilera
    El estremecimiento de los intelectuales:
    entrevista a Idalia Morejón Arnaiz 115

    Fabio Morábito
    Prosas 124Felipe Vázquez
    Seis notas sobre la poesía de Morábito 127Alejandro Badillo
    La señal 137

    Carmen Boullosa
    Cincuenta cuerpos extraordinarios 145

    David Cortés Cabán
    Seis poemas 156

    Luis Fernando Cruz Carrillo
    Diablo 159

    Carlos Ulises Mata
    La mirada hermenéutica 167

    Daniel Bencomo
    La dicha de lo dicho 173

    Gregorio Cervantes Mejía
    El peso de los recuerdos 176

    Víctor Hugo Martínez Bravo
    Con un cuerno de chivo en Wall Street 178

    Eduardo Sabugal
    La caja verde de Cristina 184

    Francesca Dennstedt 
    Un ejemplar de chotería 188