Gabriel Wolfson

  • La perfecta espiral de Héctor de Mauleón

    El fantasma del cuento (o más bien: La reseña fantasma) por Gabriel Wolfson

    Primero, antes de leer el libro, una elegía: por la editorial Joaquín Mortiz. Ni siquiera habría que referirse a los tiempos gloriosos, cuando Mortiz publicó los últimos libros de Tario o los primeros de García Ponce, Cadáver lleno de mundo de Aguilar Mora, los experimentos de Manjarrez, Movimiento perpetuo de Monterroso, los ensayos de Fuentes sobre Cervantes y el boom o los de Paz que formaron Cuadrivio. Tampoco habría que insistir en la venerable “Serie del volador”, de la cual atesoro la primera edición de Morirás lejos, la primera, desvencijada, de De perfil, y la primera y única de De Alemania, de Ulises Carrión. Ya Fernando Escalante Gonzalbo, en los capítulos dedicados a la “transición del momento clásico al momento monopólico” de la edición —de su estudio A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública—, expuso con sencillez y claridad la dinámica de las industrias culturales en nuestros días: las grandes empresas se fusionan o adquieren a los pequeños competidores, como un Wal-Mart que compra la tiendita de la esquina, y entonces, aupadas por la variedad funcional y fiscal de las muchas divisiones que las integran, propiamente monopolizan el mundo del libro. Y no sólo porque acaparen los anaqueles, por decirlo de alguna manera, sino porque se encargan de todos los procesos que componen el largo camino que va desde que alguien garrapatea unas páginas hasta que otro las lee, o más bien las compra. Pueden encargar el texto, incluso hacerlo firmar por otra persona, formarlo, imprimirlo, distribuirlo, girar resúmenes a los medios, diseñar exhibidores especiales, repartir plumas y separadores alusivos, vender los derechos para cine y de hecho producir la película, organizar un premio literario para darle publicidad, impulsar un coloquio académico sobre él, armar polémica en los periódicos, convertirlo en libro de texto, capacitar a jóvenes promotores de la lectura y darles ejemplares gratuitos, realizar un homenaje al autor a través de algún organismo público, extraer sus frases más notables para estamparlas en tazas e imanes de refri, y al final, claro, recoger los sobrantes, triturarlos y vuelta a empezar. En este procedimiento, la gran corporación suele mantener ‘vivos’ los sellos editoriales que adquirió: para hacerse del prestigio que pudieran haber acumulado, para negociar mejor diversos asuntos —fiscales, de subsidios, de licitaciones— y para que en el espacio público permanezca la imagen de variedad y competencia. Wal-Mart, digamos, compra un terreno gigantesco que incluye el metro cuadrado donde una señora vendía elotes: en vez de echarla de ahí, le montan una casetita color naranja afuera de la tienda, le ponen ‘SuperElote!’ y le racionan la mayonesa. Joaquín Mortiz, como ya se sabía, fue adquirida por el Grupo Planeta, transnacional con matriz española que también se hizo de sellos como Crítica, Ariel o Paidós. Ahora bien: a diferencia de lo que ha ocurrido con estos últimos, y de lo que he glosado aquí de Escalante Gonzalbo, a Mortiz prácticamente la han borrado del mapa. Por eso sugería que, en este caso, no convenía remitirse a las épocas heroicas de la “Serie del volador”: no es que Planeta haya comprado Mortiz y haya reorientado inadvertidamente su política editorial, dando preferencia a otro tipo de títulos pero sacando rédito del viejo prestigio; es que Planeta ha borrado todo de Mortiz salvo su nombre, que ahora aparece acompañado de una magnífica M.R. No queda nada: ni el diseño gráfico original ni un criterio editorial más o menos identificable ni siquiera el tamaño o la tipografía de los libros. Sin atender al texto que contiene, basta echar un ojo al libro, a su papel de ínfima calidad, a su portada estruendosa, a las frases huecas de su cuarta de forros, para comprender que quienes maquilaron este libro podían haber maquilado cualquier otra cosa con la misma eficiencia. Es decir, para dar la razón al planteamiento radical de Escalante Gonzalbo: “No tiene sentido ni preguntar si los dueños de Holtzbrinck, Lagardère o Planeta encuentran algún placer en leer lo que publica cualquiera de sus sellos editoriales, porque ni siquiera saben lo que es. Ni ellos ni sus subalternos. Las grandes empresas están organizadas para no leer”. Wal-Mart compró la miscelánea de la esquina pero ya no para incorporarla como puesto de chácharas en el estacionamiento, no porque el terreno les fuera indispensable ni siquiera para darle empleo a su dueño: sólo para acabar con ella, como si la miscelánea fuera realmente competencia. O peor: por pura ociosidad.

    El libro de Héctor de Mauleón merecía haber aparecido en Joaquín Mortiz, pero en la verdadera Joaquín Mortiz, la que ya no existe. Lo forman nueve cuentos, que en general me resultaron muy poco interesantes —juicio que intentaré sustentar en el resto de la reseña— pero que, sin duda, fueron escritos con paciencia, con gusto y con ánimo de entregar algo más que un mero producto de rápido consumo. Se trata, además, de nueve cuentos fuertemente trabados entre sí, lo cual no es necesariamente una cualidad, pero que en todo caso apunta a un trabajo serio y sostenido, a un deseo de construir algo y no sólo de acumular ocurrencias, a un conjunto de piezas que ofrezcan una imagen, todo lo provisional que se quiera, de la misma cosa. Son, por último, cuentos eficaces, mañosos, no meros tanteos, escritos por alguien que deliberadamente echa mano de muchos recursos del oficio.

    Y aquí iba a venir propiamente el comentario del libro. Pero justo antes de comenzarlo, me fue proporcionado un dato que, en cierto sentido, ha restado pertinencia a la reseña: La perfecta espiral no es un libro nuevo de Héctor de Mauleón. Se publicó por vez primera en 1997 (Daga) y luego aun tuvo una reedición en 1999 (Cal y Arena). ¿Es una falta mía como reseñista no haber sabido esto a tiempo y haber por tanto empezado una reseña a todas luces extemporánea —nomás por catorce años—? Sin duda, pero vamos a ver: salvo sus amigos, pocos más recordarán este libro primerizo, y menos cuando el autor más bien ha despuntado —y con toda razón, diría yo— en el género de la crónica. Pero sobre todo, este descargo, que nos sirve aquí para cerrar circularmente la reseña fantasma: en ningún lugar del libro publicado ahora por Joaquín Mortiz M.R. se informa, siquiera entre líneas, que esto es una reedición. No hay ninguna advertencia, nada se dice en el colofón (porque no existe, claro), y en la hoja legal lo único que se asienta es: “Primera edición: junio de 2011”. Así que Joaquín Mortiz ha ganado la M.R., y a cambio ha perdido su alma: no sólo su diseño ni su política de publicaciones sino, más simple, más esencial, su identidad como editorial, uno de cuyos rasgos es, desde luego, saber que lo que se produce ahí son libros, y que los libros tienen una historia, su historia particular, la cual, así sea tenue, imperceptiblemente, se inscribe en la lectura, como polvo amigable en las manos del lector.


    Héctor de Mauleón: La perfecta espiral, México: Joaquín Mortiz, 2011, 133 pp.


    Escrito por Gabriel Wolfson

    Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética). Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.

     

  • La literatura mexicana del siglo XX de Manuel Fernández Perera

    Errores y extravíos por Gabriel Wolfson

    Errores y extravíos es el título de una novela de Theodor Fontane, escritor alemán del siglo XIX, que nada tiene que ver con el asunto que nos ocupa pero que se aproxima a la sensación que fui acumulando con la lectura de este volumen, algo notable si se tiene en cuenta que reúne diez textos de diez autores distintos. Que diez personas reconocidas en sus respectivos campos, algunas de ellas autoras de obras que he leído a veces con provecho y a veces con mucho gusto, contribuyan para generar tal impresión no deja de sorprender y de provocar algunas preguntas. Por ejemplo: ¿qué tanto un trabajo con un ropaje tan fuertemente institucional como este, y quizá tan coyuntural, puede superar su aspecto de obra por encargo? O bien: ¿qué tanto pesó en el coordinador la posible amistad o admiración por sus autores como para no haber animado correcciones, ampliaciones, mejoras, o para no haber fijado desde el principio criterios claros en esta tarea colectiva? Ahora bien, diré que no son los diez autores quienes participan de los extravíos: hay algunos capítulos que ofrecen mucho, y hay especialmente dos capítulos magníficos que sin embargo, por involuntario contraste, resaltan la opacidad general. Y diré también que el libro es una buena fuente de información, casi siempre puesta al día, que no sobrará en ningún anaquel en su calidad de “obra de carácter general y no especializado sobre la literatura mexicana contemporánea (…) que procura la amplia consulta”, tal como se nos advierte en el prólogo.

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  • Gabriel Wolfson

    (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP), “Los restos del banquete” (Libros Magenta, 2009) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética).

    Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.

  • Un caso de fervor

    Jorge Aguilar Mora, La sombra del tiempo. Ensayos sobre Octavio Paz y Juan Rulfo,

    Siglo XXI Editores, México, 2010, 136 p.

    ¿Quién es Jorge Aguilar Mora? En alguna ocasión reciente, un grupo de escritores mexicanos jóvenes escuchó tal nombre y se hizo la pregunta. Varios eran buenos lectores de Bellatin, Fadanelli, Sada o González Rodríguez; sobre el crack se soltaron en general comentarios duros y terminantes, pero en cualquier caso todos manejaban los nombres de sus integrantes y algunos títulos de sus obras; se hablaba de Toscana, González Suárez, Parra, Enrigue, si bien, junto al conocimiento de montones de nombres, afloraba el escepticismo conforme las fechas de nacimiento de otros autores nombrados se acercaban a las de los jóvenes escritores; Villoro parecía una asignatura obligada, evocable gratamente por unos y con tedio por otros; y aun había quien se decantaba por el canon de rarezas, de Tario a Alain-Paul Mallard. Pero de Aguilar Mora apenas llegó a deslizarse una referencia borrosa: “Creo que vive en Estados Unidos”.

    Como quizá les pasó a otros lectores de generaciones posteriores a la de Aguilar Mora, yo llegué a sus libros atraído por esa especie de ejercicio honesto y masoquista en que ha consistido la crítica que le ha dedicado Christopher Domínguez. Entre mis ensayos favoritos de Christopher, el destinado a Reyes en Tiros en el concierto: ante uno de los más normativos de los escritores mexicanos, Christopher puede hacer los deberes a un lado y distraerse un poco, intentar una lectura sesgada, no tan definitiva y territorializante como otras suyas y sí en cambio molesta, inconforme, impertinente. Y lo mismo ha ocurrido con algunos escritores que, en cierto sentido, le quedan en el extremo opuesto: ya no Reyes sino Revueltas, Salazar Mallén, recientemente Fabre, y también Aguilar Mora: en su devoción lectora, en su entrega a una verdad sólo emergente en el espejeo entre escritura y mundo, Christopher ha intentado, digamos, traerlos al redil, y sin embargo no ha podido dejar de fascinarse con ellos, autores que, si Christopher sólo hablara desde ese redil, no podrían ni mucho menos fascinarlo.

    Yo no sé si sea cierto lo que dice Christopher de Aguilar Mora: “tiene más lectores, devotos e irritados de los que su personalidad, entre hosca y mustia, haría sospechar”. Yo sospecho, más bien, que en México lo leen unos pocos o muchos académicos, quienes siguen sus pistas en el rastreo de obras como la de Guzmán o como las de autores —Nellie Campobello, Rafael F. Muñoz— que Aguilar Mora, casi en solitario, puso de nuevo en circulación. Fuera de ese ámbito, y del de algunos entre quienes hubieran leído y admirado sus novelas de los setenta, tengo la impresión de que se lo lee y se lo comenta muy poco, sobre todo dado el interés que, me parece, podría acarrear involucrarlo en el juego crítico de la literatura mexicana, sumar sus libros más decididamente a nuestro panorama, contraponer su escritura a muchas escrituras nuestras que, sin darnos cuenta, se abocan a exploraciones minúsculas en espacios que, pareciendo gigantes o seductores, están en realidad acotadísimos: algo así como una rutina sudorosa en el gran gimnasio de las transnacionales de la edición. Y aquí aprovecharía de nuevo otra frase de Christopher: “Yo le profeso una admiración plagada de dudas y querellas; admiración honrada pues no exige ni recibe correspondencia alguna”, porque creo que da en otro clavo: acaso a Aguilar Mora no se lo comenta porque, como no vive aquí ni participa en las mesas redondas o los consejos de redacción de las revistas, no da premios ni becas ni escribirá en retribución —y porque, por decirlo de alguna manera, no ha dado el famoso “salto” a Anagrama.*

    La sombra del tiempo reúne dos largos ensayos sobre dos figuras prominentes de las letras mexicanas, Paz y Rulfo. Sin embargo, como en otros trabajos críticos de Aguilar Mora —ejemplarmente, en Una muerte sencilla, justa, eterna—, uno se encuentra no sólo con disquisiciones más o menos afortunadas sobre tal o cual autor, tal o cual tendencia literaria: uno se topa con un sujeto encumbrado por su escritura, alguien que halla en la prosa —aun en la prosa crítica— el único espacio quizá para desentenderse de las restricciones del pudor, la caridad o la conveniencia: para combatir la incesante desubjetivación de nuestra tempestuosa o tediosa vida social. En la actualidad, y no sin cierta desesperación, muchos ensayistas se esfuerzan —o dicen que se esfuerzan— por ligar su trabajo crítico o académico a su propia vida, como si, digamos, se dieran cuenta de que el Sistema Nacional de Investigadores pudiera evocar una cadena de producción que los aliena de su trabajo y frente a la cual sólo puede reaccionarse merced a unas cuantas semillas autobiográficas regadas en la llanura de la retórica académica, o mejor, mediante un párrafo introductorio donde se “confiesa” el interés privadísimo que movió a la elección del especializado y árido objeto de estudio. Diría incluso que, mientras más se dice tal propósito personalizador, más nos encontramos al final con las puras buenas intenciones, o, en el peor de los casos, con emulaciones irreflexivas de una tendencia, por otra parte, llena de sex-appeal.

    Muchos años después, frente al pelotón del conacyt, Monsiváis descubriría que eso que escribía desde las páginas de La cultura en México iba a llamarse, sencilla y prestigiosamente, Estudios culturales. Muchos años después, también, tampoco, tal vez a Aguilar Mora ya no llegaría a interesarle saber que su forma, su impulso de escritura iban a atormentar las cabezas de muchos ensayistas e iban incluso a aparecer como la soñada derrota de la barrera entre práctica y análisis, entre objeto y sujeto de estudio. En el ensayismo, sin duda, hay más de un camino, y en las páginas de esta revista he indicado mi admiración por escritores como Saborit o González Rodríguez, que están muy lejos de exhibir su vida en sus textos. Como se apuntó arriba, desconfío de quienes programáticamente nos someten al desfile de sus minucias y miserias personales suponiendo que tales confesiones —y aun el gustito cínico de jugar con tal suposición— son materia necesaria y suficiente para el ensayo. Pero también, qué remedio, me siento quizá más lejos de quienes, entregándonos prosas pulcras y llenas de gracia, puedan escribir sin que nada de lo que escriben, y sin que el hecho mismo de escribir, les afecte en absoluto.

    Y esto para decir que, en todo caso, en Aguilar Mora hubo desde antes, o desde siempre, una escritura que, se tratara de novelas o ensayos, se anclaba confiada, casi candorosamente, en su biografía: del hermano muerto en el ya referido Una muerte sencilla, justa, eterna al azoro frente al nacimiento y la existencia del hijo en el libro que nos ocupa. O bien, los desencuentros entre Aguilar Mora y Paz, las alteraciones de la ferocidad y la cordialidad en esa relación, que son ya

    también, desde luego, materia vital de Aguilar Mora, y como tal, el punto de partida de este libro. Que ya de entrada, en la introducción, hay un posicionamiento categórico y de apariencia muy poco dialogante no queda duda: “Otra de las motivaciones —que anuncio aquí porque tal vez no sea muy evidente en el cuerpo de mi ensayo— es componer un lamento: Octavio Paz perdió mucho tiempo y mucha inteligencia tratando de ser quien no podía ser. Su fracaso no es trágico, es patético: quiso cambiar su pasado, quiso cambiar al Octavio Paz que no había sido para que correspondiera con el Octavio Paz famoso y reconocido, y ahí se perdió en un laberinto más destructor que el de la soledad, el laberinto del narcisismo dogmático y dictatorial. No aprendió nada de lo que había criticado: adoptó las actitudes de las figuras políticas que aborrecía. Y no aprendió nada de lo que había leído: la poesía no fue su compañera, no fue su destino, fue su instrumento, fue su escalera para subir a la sima (sic) del desvarío.”

    Y sin embargo, es claro —aun si no incluyera Aguilar Mora explícitas indicaciones al respecto— que nadie que no considerara importante, estimulante, aprovechable una cierta obra le dedicaría mucho tiempo de la propia vida para leerla, pensarla, anotarla y construir argumentos sobre y contra ella. Porque eso es lo que hace Aguilar Mora: construir argumentos (y al publicarlos, los somete al escrutinio y al diálogo, desde luego) y no simplemente acumular juicios implacables —a menudo espectaculares en el caso de que sean negativos; aburridos y no obstante, como con Paz, proliferantes cuando positivos—. Así, su ensayo —por su discurrir reflexivo y filosófico, también por su inclemencia y contundencia, cercano al ensayismo de Gutiérrez Girardot— arranca, por ejemplo, con una línea de Paz, un solo verso inaugural, con el que abrió la primera de sus “Vigilias” que a su vez abrieron la andadura de Taller, la revista de fines de los treinta. Una línea: “…y la naturaleza, frente a mí, muda e indiferente”, luego de la cual Aguilar Mora ha de trazar un esbozo de cierta poesía posromántica que tuvo que lidiar, por fin, con la intemperie, con la cancelación de la ilusoria trascendencia —y su acompañante, la sinceridad “como un valor moral de la poesía”—, ejercicio poético que, aunque se desdobla en las voces de Vallejo, Huidobro o Martín Adán, parece concentrarse, como lo enfatiza Aguilar Mora, en José Asunción Silva. ¿Por qué? Porque, como se lee varias páginas adelante, el trabajo poético de Paz arranca en el punto donde Silva —con los versos finales de “La respuesta de la Tierra”: “La Tierra, como siempre, displicente y callada, / al gran poeta lírico no le contestó nada”— lo había dejado, en esa “constatación definitiva de que la naturaleza no significa nada”. Sin embargo —y para esto Aguilar Mora ha de leer minuciosamente un ensayo temprano de Paz, “Razón de ser”, y traer a colación muchas más obras de las vanguardias latinoamericanas—, al poco tiempo del punto inaugural de las “Vigilias”, Paz la emprende contra esas vanguardias, mezclando y confundiendo sus límites y objetivos, como si, para el caso mexicano, todas las tentativas cupieran en la empresa de los Contemporáneos, o como si todo fuera una herencia común de Valéry: “de manera asombrosa —escribe Aguilar Mora—, en menos de un año, Paz había cambiado hacia una dirección exactamente contraria a la que se había propuesto en la primera de las ‘Vigilias’”, una dirección que pareciera haber olvidado la lección antitrascendental ya presente desde Silva o la lección antisimbolizante de cierto Novo y, añade Aguilar Mora, de varios de los narradores de la Revolución.

    Hasta aquí, un resumen de los argumentos sólo de la primera parte del ensayo sobre Paz, un ensayo que tarda en arrancar, que luego parece desperdigarse en ligerezas, y que al final, no obstante, se amarra y resuelve brillantemente como resultado de un arduo y paciente trabajo. Se le pueden discutir varios asuntos al resto del ensayo —yo, por ejemplo, discutiría la rapidez con que Aguilar Mora se desentiende de los estridentistas, o bien la preeminencia que otorga a “Piedra de sol”, un poema donde, me parece, mucho se subrayan las contradicciones entre la forma y la composición del texto, y sus postulados u objetivos “teóricos”—, pero no que no se sostenga en una lectura me­ticulosa —el detalle que sólo puede brindar el fervor, el fervor crítico—, coherente y argumentada de la obra de Paz, ni que deje de ofrecer ideas estimulantes sobre ésta. Por ejemplo, la manera en que el Paz estructuralista de los sesenta reescribe la obra del Paz casi antivanguardista de los cuarenta, como para escribir ahora unos ya imposibles poemas surrealistas que en­tonces no escribió. O por ejemplo, en torno a El arco y la lira, las reflexiones de Aguilar Mora sobre la estructura del pensamiento y el discurso pacianos: si Paz siempre demandó autocrítica pero fundamentalmente de las pasiones políticas, Aguilar Mora hace ver lo necesario de un estudio que analice no sólo las tesis expuestas por Paz en sus ensayos, sino las formas poco autocríticas y las condiciones de posibilidad de tales tesis, algo que, a mi gusto con reveladores resultados, habían probado ya Bolívar Echeverría al enfrentarse con El laberinto de la soledad y el propio Aguilar Mora con La divina pareja.

    En último término, la imagen del Paz poeta que traza Aguilar Mora nos remite, me parece, a la de aquel frente a quien Paz muchas veces quiso enseñar distancia: Alfonso Reyes. Es cierto, como enfatizó Anthony Stanton, que cuando Reyes lee El arco y la lira experimenta una lejanía insalvable, y que las diferencias son fáciles de percibir sobre todo cuando se contrasta El arco… con El deslinde. Sin embargo, como apunta Aguilar Mora, el pensamiento poético ya consolidado de Paz resulta sumamente cercano al del Reyes armonizador, capaz de subsumir vanguardias y radicalismos nuevos o viejos bajo el signo de la conciliación: “La sensación final —escribe Aguilar Mora— es que Paz no quiso admitir las posiciones contradictorias como lo que eran: otras ideas tan legítimas como las de la armonía universal, y no sólo confirmaciones paradójicas de ella. Su gran debilidad fue la insistencia en concebir la teoría de la poesía como el único camino para regresar al origen. Esta idea hubiera reforzado su autenticidad si Paz la hubiera confrontado con otras convicciones igualmente coherentes pero opuestas a su idea de ‘vuelta’. No lo hizo. Para él, esa relativización de la teoría era algo inaceptable. Estaba más interesado en imponer una verdad que en afirmar una fe” como también al del Reyes genealogista que, discretamente, acaba siempre por situarse como núcleo o vértice de sus constelaciones culturales: “En algún momento, que yo ahora no sabría precisar, a Paz lo devoró la figura social del poeta en detrimento de la interioridad de su quehacer poético. ¿Dónde comenzó esa autofagia? No pregunto ‘cuándo’ porque me parece más importante indagar en qué punto de articulación de su proyecto vital como poeta y como pensador cedió finalmente ante la presión del espejismo de ser ‘un poeta’ y no de ser un simple ser humano que, con el lenguaje en el cuerpo, se enfrenta a los misterios de este mundo, el único que había para él y para todos los hombres.”

    Y son estas conclusiones las que, creo, hacen que el ensayo de Aguilar Mora permita una aproximación a la obra de Paz mucho más enriquecedora de lo que en principio podría pensarse, una aproximación que, en vez de invitar a voltear la vista hacia otro lado, genere de verdad muchas más lecturas: ¿no podemos empezar a ver a Paz de manera más humilde y sencilla, más como un apasionado curioso y singu­lar, como un deslumbrante caso de fervor, en vez de como un iluminado, un hombre total, una sinécdoque de la cultura, una suma de lo mejor de la nación? ¿Más como un escritor —esto es, un hombre que a veces escribe, como Christopher justamente lee a Revueltas— y no como una Ley espiritual del pueblo?

    En la misma introducción del libro a la que me referí arriba, Aguilar Mora presenta su ensayo sobre Rulfo fundamentalmente como un ejercicio de devoción. Una devoción que compartimos muchísimos, claro, pero que mediante trabajos críticos como el de Leonardo Martínez Carrizales —Juan Rulfo: los caminos de la fama pública— y el de Felipe Vázquez —Rulfo y Arreola: desde los márgenes del texto— puede interpretarse como una devoción generacional: aquella que, desde los sesenta, asimiló el mito de la genialidad de Rulfo y arrancó sus propias lecturas a partir de darlo por hecho: asentado el genio inefable, queda sólo cantar las bondades de lo indescifrable, o en todo caso descri­bir los rasgos del jeroglífico rulfiano. Ahora bien, en el texto de Aguilar Mora aparecen la devoción y bastantes cosas más, entre otras una disposición crítica, lo que en todo caso alimenta de mucho mejor forma la entrega devota. Y entre otras, también, y de manera aún más acentuada que en el texto dedicado a Paz, aquel anclaje, verdadera dependencia del ensayo con respecto a las peripecias vitales del autor. Por ejemplo, una página magistral, donde se cuenta cómo conoció Aguilar Mora la obra de Rulfo: gracias a una serie de equívocos narrados con mano sobria, nada espectacular, el adolescente va a dar a casa de Sergio Magaña, con quien encarna la antigua práctica ritual del maestro y el discípulo y quien una tarde, sorprendido porque su joven visitante no ha leído Pedro Páramo, le lee en voz alta, completa, la novela de Rulfo. Junto a ello, con momentos muy altos, varias páginas deshilachadas sobre la paternidad, reflexiones a veces privadas, herméticas, que remiten oblicuamente a lo expresado sobre el símbolo y la trascendencia en el ensayo sobre Paz: aun así, o quizá gracias también a ellas, uno lee ahí a un tipo obcecado, tan lúcido como por otra parte ciego, cegado por ciertas obsesiones, es decir: uno lee a un ensayista verdadero. En este sentido, leer La sombra del tiempo, y en particular el ensayo sobre Rulfo, no es sólo leer un li­bro sobre Paz y Rulfo —lo que ya valdría la pena—, sino leer, inequívocamente, un libro de Aguilar Mora: puede haber ahí po­ca humildad y poca cordialidad con los benévolos lectores, pero también una efectiva necesidad intelectual y expresiva.

    Pero además, la devoción de Aguilar Mora (“Vivo […] para tener el privilegio de poder leer estas palabras: Vine a Comala…”) supone también un contrapunto con el primer ensayo y, sobre todo, una paradójica desmitificación: el autor de esas palabras cuya lectura justifica una vida no es más el genio inexpugnable, el creador singularísimo que se distingue con un golpe de magia del resto de los hombres, sino “ese hombre cualquiera, taciturno, que las escribió”. Y dada esa desmitificación del autor, corre natural la desmitificación de las lecturas mitificantes de Pedro Páramo: a partir de un examen cuidadoso de la mezcla de estilos directo e indirecto en varias frases de la novela de Rulfo, Aguilar Mora la presenta como la culminación de un proceso no de consolidación de los mitos —como las lecturas típicas del boom, de las que resulta ejemplar el ensayo “Juan Rulfo: el tiempo del mito” de Carlos Fuentes— sino de materialización radical de los símbolos: “No hay final para la historia, el apocalipsis ha dejado de ser un mito posterior a la experiencia humana en esta tierra, para convertirse en una forma de vivir dentro de este mundo; no hay orden en la naturaleza, pero sin el azar de la naturaleza no hay reconocimiento de que la única salud, la única belleza y la indispensable tragedia consisten en que las palabras se transformen en nuestras palabras, los objetos en nuestros objetos, el mundo en nuestro mundo. (…) En el eterno retorno de la única lectura posible de la novela, todo termina siendo literal. No se puede hacerle decir al texto, ni a los personajes, nada más de lo que están diciendo.”

    Los mitos, pues, abandonan en la obra de Rulfo su imponente pretensión de señalar el origen y se convierten, en cambio, en imágenes, las imágenes obsesivas de un autor que, de igual manera, deja de ser un sujeto genial para trabajar en cambio como un hombre común: no un escritor, alguien que confecciona novelas, volúmenes de cuentos, sino aquel que se entrega a una sola idea, a una imagen.

    Imagen ésta de escritor que, por cierto, una vez más gana para mí Aguilar Mora con La sombra del tiempo. No es sólo que, nuevamente, cierre su desbalagado ensayo con una sentencia que lo ata y que, a la vez, aleja a Pedro Páramo de ese carácter de oráculo nacional que desde hace tiempo se le ha atribuido (“No, Diego, no somos hijos de Pedro Páramo, ni él fue padre de ninguno de nosotros”), sino que, mientras avanza la argumentación, mientras se cumple propiamente con el avanzar, aparecen párrafos infrecuentes en nuestras escrituras, líneas frescas y descarnadas, alegres y patéticas, tremendas e inmediatas, nuestras. Con uno de esos párrafos me gustaría cerrar estas notas: “Como en su trato con los símbolos, Pedro Páramo, en su trato con la narración, se constituye a contracorriente: en vez de llevarnos de la ignorancia a la revelación, nos lleva del conocimiento a la ignorancia. Nos hace ver, insoportablemente, que en el origen del lenguaje hay complicidades inconfesables, quizás porque el lenguaje se propuso salvarnos de vivir a cada instante la inevitable impotencia de lo orgánico y de lo simbólico. Por eso, tal vez, el lenguaje se propuso convertirse en un símbolo de símbolos, en una protección contra las intensidades desolladas de la vida. Y gracias a él entregamos sentido, creamos sentido. Es lo único que sabemos hacer, lo único que sabemos crear, lo único que sabemos ser. No es más que ser, pero es más que morir. Es más, incluso, que vivir. Con el sentido, al menos, vivimos creyendo que nuestros destinos son una misma piel, una misma tierra, un mismo espejismo del cielo.”

     


    Escrito por Gabriel Wolfson

    Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética). Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.