Gabriel Wolfson

  • 25 de diciembre de 2011

    Las salas de espera de los consultorios médicos solían ser lugares espléndidos para leer. Silencio, asientos usualmente cómodos, minutos u horas sin interrupciones, y una actitud de ensimismamiento general imposible de hallar en ninguna otra reunión con cuatro o cinco mexicanos desconocidos y con tiempo disponible. read more

  • 18 de noviembre de 2011

    Versos en prosa

    Arreola recordaba todo, es decir, esa ínfima cantidad de cosas que, frente a la nada, deslumbran. Tampoco hay nada: al menos se recuerda una cosa, el resplandor desganado de una cosa. Al menos la palabra cosa, su entrega manoseada, sin condiciones. Pero si Arreola recordaba era en parte porque, primero, identificaba qué había que recordar, encontraba lo memorable donde fuera, en el tintero, la silla, el calendario, donde otros no habríamos dado con ningún relieve ni hondura. En algún momento dice: “Como dije, desde niño he tenido manía por los nombres sonoros y extraños y quizá algún día haré la antología de los nombres hermosos y la publicaré, bien impresa, con tipografía y papel bellos”. Luego dice: “Así como este pie de grabado se me quedó para siempre en la memoria, otros muchos también. Es decir, otros pies de grabado, verdaderamente inolvidables”. Pies de grabado. Canciones, apodos, anécdotas, claro, ¿pero pies de grabado, pies de foto? Versos sueltos, romances, ¿pero fragmentos descolgados de prosa? Arreola recordaba mitades de párrafos leídos en primero de primaria.

    Notablemente menos memorioso, opto por lo fácil, y por escribirlo antes de perderlo: escolares endecasílabos, pero no obra de poetas sino de prosistas. A veces se dan cuenta, a veces no, a veces los buscan a propósito. Éste de Arreola: “El que salvó la fiesta fue el payaso”: no hay mucho en él, salvo la fantasía de que por un año a los poetas se los obligara a arrancar todos sus poemas con esa línea. Otro: “un pato collarejo y golondrino”: deliberadísimo y genial —con él además concluye una frase, un párrafo, un capítulo—: el aythya collaris lleva dos anillos, uno blanco y evidente en el pico, y otro púrpura y oculto en el cuello. Hasta ahí, nada que agradecerle a Arreola, pues además collarejo no desapareció del diccionario de la academia hasta fines del siglo XX: el hallazgo está en el segundo adjetivo, ése sí arreolesco puro. Una línea, en fin, perdida por ahí en un mar de prosa, que envidiarían muchos poetas, pero que no acaba de resultar justo por lo deliberado y lo perfecto. Mejor ésta, última de Arreola, inadvertida y traicionera: “canjes respiratorios de mi madre”. No tan inadvertida en realidad, aunque igual la firmaría, yo qué sé, Lezama Lima: Arreola debe haber fraguado conversaciones enteras sobre el tema sólo para consolidar su endecasílabo (“Hoy me he dado cuenta que la sensación de marea corresponde a lo que yo llamo los canjes respiratorios de mi madre”).

    Dos más, por lo pronto, los únicos que por no escribirlos aún no se me olvidan: “el díptero e himenóptero desastre”, hundido en los párrafos inacabables de Señas de identidad o de Don Julián, de Goytisolo, y “el límpido tequila de Jalisco”, con que casi abre la segunda parte —la transformación de Demetrio Macías— en Los de abajo.

     

  • Siglo de un día de Eduardo Lizalde

    El centenario de la revolución por Gabriel Wolfson

    a la memoria de Óscar Sánchez Daza

    El libro tiene hasta arriba un cintillo tricolor con la fecha 2010. ¿Qué dice ese cintillo? Dice una fecha pero no está diciendo una fecha, que en este caso sería la fecha de edición: ya está la fecha de edición en la hoja legal, como se hace siempre con los libros. Tampoco dice “México” (o “Italia”, dado que el cintillo no trae aguilita). Dice “bicentenario”, o en este caso “centenario y bicentenario”, dado que la silueta de Villa acapara la portada y que la novela narra episodios ocurridos durante la revolución.

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  • Cratilismo, de la pesadilla mimética en literatura y discurso de Andreas Kurz

    El consuelo del melancólico por Gabriel Wolfson

    Hace un par de años y aquí mismo, en el número 126 de Crítica, reseñé un libro muy parecido en ciertos aspectos al que ahora me ocupa. Para empezar, por las erratas: como aquél de Frank Loveland, el libro de Andreas Kurz está lleno de ellas: espacios de más, sangrías ausentes, comas sobrantes, un “enronces” por “entonces”, un “ecsritor” por “escritor”, un “derribado” por “derivado”, etc. El problema no es, desde luego, una errata aquí y otra allá, un desliz en la página diez y otro en la ciento cuarenta: el problema es un error casi en cada página, un confiarse a que editar un libro sólo consiste (y ya es mucho, claro) en el olfato para detectar un texto valioso y luego en la pesada tarea de imprimirlo (y luego en la aún más pesada labor de venderlo). Pero más bien, como en el caso de Loveland, el problema real consiste en la discrepancia, en el tremendo contraste que se abre entre un libro notable y los numerosos descuidos que lo visten. Quiero decir que sí, en efecto, habría que cuidar la puntuación, la ortografía y la tipografía de cualquier texto, pero sinceramente no me importaría que la “plataforma electoral” del candidato victorioso a gobernador viniera llena de solecismos, gazapos e insensateces.

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  • 7 de octubre de 2011

    El CCCA del CECAP

    A los funcionarios públicos les fascinan las comisiones, los organismos, los consejos, pero quizá aún más —¿un cosquilleo en la lengua, un chispazo eléctrico en la columna, la evocación de sus infancias, como con el famoso panquecito proustiano?— las siglas de esas comisiones. Se podría hacer una Gran Antología de Siglas Priistas, Post-Priistas y Neo-Priistas (a su vez, la GRASPRIPOPRINEPRI), que incluyera joyas tan notables como la CONAZA (Comisión Nacional de Zonas Áridas), el CAPUFE (Caminos y Puentes Federales), el CEPROPIE (Centro de Producción de Programas Informativos Especiales) y ahora, pálido, tímido, este CCCA del CECAP (Consejo Ciudadano para la Cultura y las Artes del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla).

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  • Literatura disfrazada de imposibilidad, y viceversa

    Por Gabriel Wolfson Y Octavio Moreno Cabrera

    Con sus dos primeras plaquettes, Vida quieta y Una temporada en el Mictlán, Luis Felipe Fabre se presentó en el escenario literario mexicano con una propuesta que distaba del debut que se hace perdonar la vida por su juventud o inexperiencia. En ellos aparecía ya lo que su producción siguiente iba a confirmar y potenciar: una galería de personajes travestidos que transitan por las fronteras del género literario, político y sexual, monstruos que son fruto de una maquinaria de interpretación y actualización con la que el autor hace suyo el principio deleuziano de la “fecundación estéril” al restaurar tradiciones tan dispares como la canción ranchera o la poesía trovadoresca, la dicción académica o los murmullos rulfianos.

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  • 26 de septiembre de 2011

    (Prosas I)

    Como arranque, hace unos años, un par de ensayitos de Antonio Gamoneda dedicados a Andrés Laguna. Decía Gamoneda que ése era su libro preferido, y que en decir tal no había presunción, adorno por rareza ni excentricidad: el Pedacio Dioscórides Anazarbeo, original en griego y traducido por Laguna. He aquí un pedazo de prosa de Laguna: read more

  • 18 de septiembre de 2011

    Diría que El derrumbe de los ídolos (Cal y Arena, 2011), de Héctor de Mauleón, era la lectura ideal para esta semana de festejos patrios, si no fuera porque más bien no vi mayor ánimo celebratorio al que oponerse con un libro así.
    Razones obvias: el miedo, y la fatiga tras la avalancha de festejos obligatorios del año pasado (y para quienes vivimos en Puebla, la fatiga anticipada ante la amenaza de ese 2012 que, quiérase o no, girará completito en torno a los 150 años de la batalla contra los franceses). read more

  • Señales que precederán al fin del mundo de Yuri Herrera

    ¿Camellos en el Mictlán? por Gabriel Wolfson

    En nuestros días una lectura del famoso primer capítulo de El canon occidental de Harold Bloom, “Elegía al canon”, quizá pueda derivar en esta curiosa impresión: el libro que apostaba visceralmente por la ahistoricidad y la feroz individualidad de la literatura, que consagraba lo estético como entidad misteriosa, como resto intocado tras la batalla contra todos los sociologismos y demás corrientes contaminantes, parece un libro cada vez más datado, sujeto al ancla de ciertas disputas concretas entre académicos: un alegato, digamos, notablemente regional (supongo que no le gustaría a Bloom, pero cabe la posibilidad de que El canon occidental sea incorporado en el futuro a un programa no de crítica literaria sino de literatura autobiográfica o de discurso testimonial).

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  • La perfecta espiral de Héctor de Mauleón

    El fantasma del cuento (o más bien: La reseña fantasma) por Gabriel Wolfson

    Primero, antes de leer el libro, una elegía: por la editorial Joaquín Mortiz. Ni siquiera habría que referirse a los tiempos gloriosos, cuando Mortiz publicó los últimos libros de Tario o los primeros de García Ponce, Cadáver lleno de mundo de Aguilar Mora, los experimentos de Manjarrez, Movimiento perpetuo de Monterroso, los ensayos de Fuentes sobre Cervantes y el boom o los de Paz que formaron Cuadrivio. Tampoco habría que insistir en la venerable “Serie del volador”, de la cual atesoro la primera edición de Morirás lejos, la primera, desvencijada, de De perfil, y la primera y única de De Alemania, de Ulises Carrión. Ya Fernando Escalante Gonzalbo, en los capítulos dedicados a la “transición del momento clásico al momento monopólico” de la edición —de su estudio A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública—, expuso con sencillez y claridad la dinámica de las industrias culturales en nuestros días: las grandes empresas se fusionan o adquieren a los pequeños competidores, como un Wal-Mart que compra la tiendita de la esquina, y entonces, aupadas por la variedad funcional y fiscal de las muchas divisiones que las integran, propiamente monopolizan el mundo del libro. Y no sólo porque acaparen los anaqueles, por decirlo de alguna manera, sino porque se encargan de todos los procesos que componen el largo camino que va desde que alguien garrapatea unas páginas hasta que otro las lee, o más bien las compra. Pueden encargar el texto, incluso hacerlo firmar por otra persona, formarlo, imprimirlo, distribuirlo, girar resúmenes a los medios, diseñar exhibidores especiales, repartir plumas y separadores alusivos, vender los derechos para cine y de hecho producir la película, organizar un premio literario para darle publicidad, impulsar un coloquio académico sobre él, armar polémica en los periódicos, convertirlo en libro de texto, capacitar a jóvenes promotores de la lectura y darles ejemplares gratuitos, realizar un homenaje al autor a través de algún organismo público, extraer sus frases más notables para estamparlas en tazas e imanes de refri, y al final, claro, recoger los sobrantes, triturarlos y vuelta a empezar. En este procedimiento, la gran corporación suele mantener ‘vivos’ los sellos editoriales que adquirió: para hacerse del prestigio que pudieran haber acumulado, para negociar mejor diversos asuntos —fiscales, de subsidios, de licitaciones— y para que en el espacio público permanezca la imagen de variedad y competencia. Wal-Mart, digamos, compra un terreno gigantesco que incluye el metro cuadrado donde una señora vendía elotes: en vez de echarla de ahí, le montan una casetita color naranja afuera de la tienda, le ponen ‘SuperElote!’ y le racionan la mayonesa. Joaquín Mortiz, como ya se sabía, fue adquirida por el Grupo Planeta, transnacional con matriz española que también se hizo de sellos como Crítica, Ariel o Paidós. Ahora bien: a diferencia de lo que ha ocurrido con estos últimos, y de lo que he glosado aquí de Escalante Gonzalbo, a Mortiz prácticamente la han borrado del mapa. Por eso sugería que, en este caso, no convenía remitirse a las épocas heroicas de la “Serie del volador”: no es que Planeta haya comprado Mortiz y haya reorientado inadvertidamente su política editorial, dando preferencia a otro tipo de títulos pero sacando rédito del viejo prestigio; es que Planeta ha borrado todo de Mortiz salvo su nombre, que ahora aparece acompañado de una magnífica M.R. No queda nada: ni el diseño gráfico original ni un criterio editorial más o menos identificable ni siquiera el tamaño o la tipografía de los libros. Sin atender al texto que contiene, basta echar un ojo al libro, a su papel de ínfima calidad, a su portada estruendosa, a las frases huecas de su cuarta de forros, para comprender que quienes maquilaron este libro podían haber maquilado cualquier otra cosa con la misma eficiencia. Es decir, para dar la razón al planteamiento radical de Escalante Gonzalbo: “No tiene sentido ni preguntar si los dueños de Holtzbrinck, Lagardère o Planeta encuentran algún placer en leer lo que publica cualquiera de sus sellos editoriales, porque ni siquiera saben lo que es. Ni ellos ni sus subalternos. Las grandes empresas están organizadas para no leer”. Wal-Mart compró la miscelánea de la esquina pero ya no para incorporarla como puesto de chácharas en el estacionamiento, no porque el terreno les fuera indispensable ni siquiera para darle empleo a su dueño: sólo para acabar con ella, como si la miscelánea fuera realmente competencia. O peor: por pura ociosidad.

    El libro de Héctor de Mauleón merecía haber aparecido en Joaquín Mortiz, pero en la verdadera Joaquín Mortiz, la que ya no existe. Lo forman nueve cuentos, que en general me resultaron muy poco interesantes —juicio que intentaré sustentar en el resto de la reseña— pero que, sin duda, fueron escritos con paciencia, con gusto y con ánimo de entregar algo más que un mero producto de rápido consumo. Se trata, además, de nueve cuentos fuertemente trabados entre sí, lo cual no es necesariamente una cualidad, pero que en todo caso apunta a un trabajo serio y sostenido, a un deseo de construir algo y no sólo de acumular ocurrencias, a un conjunto de piezas que ofrezcan una imagen, todo lo provisional que se quiera, de la misma cosa. Son, por último, cuentos eficaces, mañosos, no meros tanteos, escritos por alguien que deliberadamente echa mano de muchos recursos del oficio.

    Y aquí iba a venir propiamente el comentario del libro. Pero justo antes de comenzarlo, me fue proporcionado un dato que, en cierto sentido, ha restado pertinencia a la reseña: La perfecta espiral no es un libro nuevo de Héctor de Mauleón. Se publicó por vez primera en 1997 (Daga) y luego aun tuvo una reedición en 1999 (Cal y Arena). ¿Es una falta mía como reseñista no haber sabido esto a tiempo y haber por tanto empezado una reseña a todas luces extemporánea —nomás por catorce años—? Sin duda, pero vamos a ver: salvo sus amigos, pocos más recordarán este libro primerizo, y menos cuando el autor más bien ha despuntado —y con toda razón, diría yo— en el género de la crónica. Pero sobre todo, este descargo, que nos sirve aquí para cerrar circularmente la reseña fantasma: en ningún lugar del libro publicado ahora por Joaquín Mortiz M.R. se informa, siquiera entre líneas, que esto es una reedición. No hay ninguna advertencia, nada se dice en el colofón (porque no existe, claro), y en la hoja legal lo único que se asienta es: “Primera edición: junio de 2011”. Así que Joaquín Mortiz ha ganado la M.R., y a cambio ha perdido su alma: no sólo su diseño ni su política de publicaciones sino, más simple, más esencial, su identidad como editorial, uno de cuyos rasgos es, desde luego, saber que lo que se produce ahí son libros, y que los libros tienen una historia, su historia particular, la cual, así sea tenue, imperceptiblemente, se inscribe en la lectura, como polvo amigable en las manos del lector.


    Héctor de Mauleón: La perfecta espiral, México: Joaquín Mortiz, 2011, 133 pp.


    Escrito por Gabriel Wolfson

    Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética). Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.