Gabriel Wolfson

  • Crítica 147

    La “Crítica” 147, febrero-marzo, es imperdible. Publicamos un poema inédito de Xavier Villaurrutía. Además un ensayo de Paul Valéry y un cuento de Enrique Serna. También nos acompaña Gabriel Bernal Granados, Eduardo Sabugal, Mario Eraso, Gerardo Villanueva, Ingrid Valencia, Adolfo Castañón, Federico Vite, Gabriel Wolfson, entre otros de nuestros autores ¡A disfrutar! 

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    SUMARIO:

    Antonio Fonda SavioEttore Schimitz 3

    Juan Soros

    El lugar del disenso 10

    Paul Valéry

    El porvenir de la literatura 16

    Eduardo Sabugal

    Albert Camus y el suicidio 21

    Gerardo Villanueva

    Tres poemas 29

    Gabriel Bernal Granados

    De donde se desprende que uno es la suma total del universo 31

    Óscar Ricardo Muñoz Cano

    Un cuento frustrado causa mal aliento 46

    Xavier Villarrutia

    Poema 51

    Enrique Serna

    Drama del honor 54

    Mario Eraso

    Escribir es multiplicar sombras 87

    Héctor Iván González

    Dos Poemas 96

    Raquel Aguilar

    Un amor como el café 102

    Alejandro Ferrero

    Causa de la noche 107

    Ingrid ValenciaCuatro Poemas 125

    Adolfo Castañón

    Octavio, querido Octavio 129

    Julio César Félix

    Dos poemas 144

    Magali Velasco Vargas

    Hermenéutica del miedo 147

    Iván Vázquez

    Tres poemas 156

    Federico Vite

    Dolce far niente 158

    Felipe Vázquez

    Literatura de la literatura 163

    Gabriel Wolfson

    La fiesta problemática 166

    Vicente Francisco Torres

    La muerte de Montaigne 173

    Alejandro Badillo

    Mirar hacia adentro 177

    Daniel Bencomo

    Lecciones de teratofilia 183

    Manuel de J. Jiménez

    Viajes de la nueva poesía mexicana 186

     

  • 25 de diciembre de 2011

    Las salas de espera de los consultorios médicos solían ser lugares espléndidos para leer. Silencio, asientos usualmente cómodos, minutos u horas sin interrupciones, y una actitud de ensimismamiento general imposible de hallar en ninguna otra reunión con cuatro o cinco mexicanos desconocidos y con tiempo disponible. read more

  • 18 de noviembre de 2011

    Versos en prosa

    Arreola recordaba todo, es decir, esa ínfima cantidad de cosas que, frente a la nada, deslumbran. Tampoco hay nada: al menos se recuerda una cosa, el resplandor desganado de una cosa. Al menos la palabra cosa, su entrega manoseada, sin condiciones. Pero si Arreola recordaba era en parte porque, primero, identificaba qué había que recordar, encontraba lo memorable donde fuera, en el tintero, la silla, el calendario, donde otros no habríamos dado con ningún relieve ni hondura. En algún momento dice: “Como dije, desde niño he tenido manía por los nombres sonoros y extraños y quizá algún día haré la antología de los nombres hermosos y la publicaré, bien impresa, con tipografía y papel bellos”. Luego dice: “Así como este pie de grabado se me quedó para siempre en la memoria, otros muchos también. Es decir, otros pies de grabado, verdaderamente inolvidables”. Pies de grabado. Canciones, apodos, anécdotas, claro, ¿pero pies de grabado, pies de foto? Versos sueltos, romances, ¿pero fragmentos descolgados de prosa? Arreola recordaba mitades de párrafos leídos en primero de primaria.

    Notablemente menos memorioso, opto por lo fácil, y por escribirlo antes de perderlo: escolares endecasílabos, pero no obra de poetas sino de prosistas. A veces se dan cuenta, a veces no, a veces los buscan a propósito. Éste de Arreola: “El que salvó la fiesta fue el payaso”: no hay mucho en él, salvo la fantasía de que por un año a los poetas se los obligara a arrancar todos sus poemas con esa línea. Otro: “un pato collarejo y golondrino”: deliberadísimo y genial —con él además concluye una frase, un párrafo, un capítulo—: el aythya collaris lleva dos anillos, uno blanco y evidente en el pico, y otro púrpura y oculto en el cuello. Hasta ahí, nada que agradecerle a Arreola, pues además collarejo no desapareció del diccionario de la academia hasta fines del siglo XX: el hallazgo está en el segundo adjetivo, ése sí arreolesco puro. Una línea, en fin, perdida por ahí en un mar de prosa, que envidiarían muchos poetas, pero que no acaba de resultar justo por lo deliberado y lo perfecto. Mejor ésta, última de Arreola, inadvertida y traicionera: “canjes respiratorios de mi madre”. No tan inadvertida en realidad, aunque igual la firmaría, yo qué sé, Lezama Lima: Arreola debe haber fraguado conversaciones enteras sobre el tema sólo para consolidar su endecasílabo (“Hoy me he dado cuenta que la sensación de marea corresponde a lo que yo llamo los canjes respiratorios de mi madre”).

    Dos más, por lo pronto, los únicos que por no escribirlos aún no se me olvidan: “el díptero e himenóptero desastre”, hundido en los párrafos inacabables de Señas de identidad o de Don Julián, de Goytisolo, y “el límpido tequila de Jalisco”, con que casi abre la segunda parte —la transformación de Demetrio Macías— en Los de abajo.

     

  • Siglo de un día de Eduardo Lizalde

    El centenario de la revolución por Gabriel Wolfson

    a la memoria de Óscar Sánchez Daza

    El libro tiene hasta arriba un cintillo tricolor con la fecha 2010. ¿Qué dice ese cintillo? Dice una fecha pero no está diciendo una fecha, que en este caso sería la fecha de edición: ya está la fecha de edición en la hoja legal, como se hace siempre con los libros. Tampoco dice “México” (o “Italia”, dado que el cintillo no trae aguilita). Dice “bicentenario”, o en este caso “centenario y bicentenario”, dado que la silueta de Villa acapara la portada y que la novela narra episodios ocurridos durante la revolución.

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  • Cratilismo, de la pesadilla mimética en literatura y discurso de Andreas Kurz

    El consuelo del melancólico por Gabriel Wolfson

    Hace un par de años y aquí mismo, en el número 126 de Crítica, reseñé un libro muy parecido en ciertos aspectos al que ahora me ocupa. Para empezar, por las erratas: como aquél de Frank Loveland, el libro de Andreas Kurz está lleno de ellas: espacios de más, sangrías ausentes, comas sobrantes, un “enronces” por “entonces”, un “ecsritor” por “escritor”, un “derribado” por “derivado”, etc. El problema no es, desde luego, una errata aquí y otra allá, un desliz en la página diez y otro en la ciento cuarenta: el problema es un error casi en cada página, un confiarse a que editar un libro sólo consiste (y ya es mucho, claro) en el olfato para detectar un texto valioso y luego en la pesada tarea de imprimirlo (y luego en la aún más pesada labor de venderlo). Pero más bien, como en el caso de Loveland, el problema real consiste en la discrepancia, en el tremendo contraste que se abre entre un libro notable y los numerosos descuidos que lo visten. Quiero decir que sí, en efecto, habría que cuidar la puntuación, la ortografía y la tipografía de cualquier texto, pero sinceramente no me importaría que la “plataforma electoral” del candidato victorioso a gobernador viniera llena de solecismos, gazapos e insensateces.

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  • 7 de octubre de 2011

    El CCCA del CECAP

    A los funcionarios públicos les fascinan las comisiones, los organismos, los consejos, pero quizá aún más —¿un cosquilleo en la lengua, un chispazo eléctrico en la columna, la evocación de sus infancias, como con el famoso panquecito proustiano?— las siglas de esas comisiones. Se podría hacer una Gran Antología de Siglas Priistas, Post-Priistas y Neo-Priistas (a su vez, la GRASPRIPOPRINEPRI), que incluyera joyas tan notables como la CONAZA (Comisión Nacional de Zonas Áridas), el CAPUFE (Caminos y Puentes Federales), el CEPROPIE (Centro de Producción de Programas Informativos Especiales) y ahora, pálido, tímido, este CCCA del CECAP (Consejo Ciudadano para la Cultura y las Artes del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla).

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  • Literatura disfrazada de imposibilidad, y viceversa

    Por Gabriel Wolfson Y Octavio Moreno Cabrera

    Con sus dos primeras plaquettes, Vida quieta y Una temporada en el Mictlán, Luis Felipe Fabre se presentó en el escenario literario mexicano con una propuesta que distaba del debut que se hace perdonar la vida por su juventud o inexperiencia. En ellos aparecía ya lo que su producción siguiente iba a confirmar y potenciar: una galería de personajes travestidos que transitan por las fronteras del género literario, político y sexual, monstruos que son fruto de una maquinaria de interpretación y actualización con la que el autor hace suyo el principio deleuziano de la “fecundación estéril” al restaurar tradiciones tan dispares como la canción ranchera o la poesía trovadoresca, la dicción académica o los murmullos rulfianos.

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  • 26 de septiembre de 2011

    (Prosas I)

    Como arranque, hace unos años, un par de ensayitos de Antonio Gamoneda dedicados a Andrés Laguna. Decía Gamoneda que ése era su libro preferido, y que en decir tal no había presunción, adorno por rareza ni excentricidad: el Pedacio Dioscórides Anazarbeo, original en griego y traducido por Laguna. He aquí un pedazo de prosa de Laguna: read more

  • 18 de septiembre de 2011

    Diría que El derrumbe de los ídolos (Cal y Arena, 2011), de Héctor de Mauleón, era la lectura ideal para esta semana de festejos patrios, si no fuera porque más bien no vi mayor ánimo celebratorio al que oponerse con un libro así.
    Razones obvias: el miedo, y la fatiga tras la avalancha de festejos obligatorios del año pasado (y para quienes vivimos en Puebla, la fatiga anticipada ante la amenaza de ese 2012 que, quiérase o no, girará completito en torno a los 150 años de la batalla contra los franceses). read more

  • Señales que precederán al fin del mundo de Yuri Herrera

    ¿Camellos en el Mictlán? por Gabriel Wolfson

    En nuestros días una lectura del famoso primer capítulo de El canon occidental de Harold Bloom, “Elegía al canon”, quizá pueda derivar en esta curiosa impresión: el libro que apostaba visceralmente por la ahistoricidad y la feroz individualidad de la literatura, que consagraba lo estético como entidad misteriosa, como resto intocado tras la batalla contra todos los sociologismos y demás corrientes contaminantes, parece un libro cada vez más datado, sujeto al ancla de ciertas disputas concretas entre académicos: un alegato, digamos, notablemente regional (supongo que no le gustaría a Bloom, pero cabe la posibilidad de que El canon occidental sea incorporado en el futuro a un programa no de crítica literaria sino de literatura autobiográfica o de discurso testimonial).

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