Gabriel Wolfson

  • Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor | Gabriel Wolfson

    Intemperies

     

    Fernanda Melchor, Temporada de huracanes, Random House, México, 2017, 223 p.

     

    La novela de Fernanda Melchor ha aterrizado en un momento justo, en una coyuntura que, por diversas razones, le está resultando muy favorable. Varias notas y comentarios plenos de encendidos elogios pueden, creo, sintetizarse en la breve reseña de Antonio Ortuño publicada hace poco en Letras Libres, cuyo título, “Por fin”, apunta a esa sensación de una obra que viene a concluir una espera, a satisfacer una impaciencia frente a los primeros libros de quienes, para fortuna o desgracia suya, son la “nueva narrativa mexicana”. read more

  • Había mucha neblina o humo o no sé qué, Cristina Rivera Garza | Gabriel Wolfson

    Montones de indios

    Cristina Rivera Garza: Había mucha neblina o humo o no sé qué, México: Penguin Random House, 2016, 245 pp.

     

     

    Hace ya casi diez años que Felipe Vázquez publicó –en esta misma revista, Crítica, número 126– un muy sólido ensayo sobre la posibilidad de que fuera real cierta ‘leyenda negra’ en torno a la supuesta intervención de Arreola, la pequeña ayuda del amigo Arreola, en la estructura de Pedro Páramo. read more

  • Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza | Gabriel Wolfson

    Montones de indios

    Cristina Rivera Garza: Había mucha neblina o humo o no sé qué, México: Penguin Random House, 2016, 245 pp.

     

     

    Hace ya casi diez años que Felipe Vázquez publicó –en esta misma revista, Crítica, número 126– un muy sólido ensayo sobre la posibilidad de que fuera real cierta ‘leyenda negra’ en torno a la supuesta intervención de Arreola, la pequeña ayuda del amigo Arreola, en la estructura de Pedro Páramo. Vázquez se toma mucho trabajo, 54 pacientes y concienzudas páginas ya en la versión en libro (de 2010, y que casi nadie cita en relación con esta polémica), no para asentar que Arreola ayudó a Rulfo, sino para demostrar que, con el material a nuestra disposición hasta ahora, es imposible clausurar toda posibilidad de tal ayuda. read more

  • Diarios 1945-1985, de Salvador Elizondo | Gabriel Wolfson

    Vida con mi escritor

     

    Salvador Elizondo, Diarios 1945-1985 (prólogo, selección y notas de Paulina Lavista), fce, México, 2015, 339 p.

     

    “Fui mujer de Salvador Elizondo durante 37 años, tres meses y 29 días”: esto es lo primero que leemos en este voluminoso tomo donde el Fondo de Cultura vuelve a hacer una labor editorial decente: frase categórica según quien la mire, y más si la complementamos con una de la página siguiente: “Me convertí pues en la mujer del escritor, mi admiración y amor profundo por él me llevaron a reflexionar sobre muchas cosas. Me preguntaba yo cómo debía ser la mujer de un escritor, cómo procurarle paz y aislamiento, indispensables para la creación de su obra, en realidad de dos obras, la de él y la mía propia porque yo debía ser una artista digna de él”. Me decidí a leer los Diarios de Elizondo por dos razones: primero, porque últimamente me atrae la escritura biográfica, las memorias, las vidas de los otros, los epistolarios, los chismes; segundo, porque quería resolver de una vez si Elizondo me importaba o no, dado que tras la lectura deslumbrada de Farabeuf y Teoría del infierno hace veinte años cada nuevo libro suyo me fue dejando más indiferente. read more

  • Profesores, Gabriel Wolfson | Víctor Roberto Carrancá

    Extraños placeres: la obsesión lingüística de Wolfson

     

    Gabriel Wolfson, Profesores, conaculta, México, 2015, 94 p.

     

    La línea entre la prosa y la poesía: frontera inevitable (sea solamente ficción de críticos, sirena cantada por marinos igual de esquivos que sus musas), es desvelo de muchos escritores que, como Gabriel Wolfson, se obsesionan con desmenuzar el lenguaje, hacerlo propio, transformar la narrativa en cavilación sintáctica, batalla entre el significado y el significante. read more

  • Pozos, de José Ramón Ruisánchez | Gabriel Wolfson

    Percibir ruinas

     

    José Ramón Ruisánchez, Pozos, México: Era, 2015, 145 pp.

     

    Dentro de no mucho tiempo alguien habrá de comenzar a estudiar un par de fenómenos en los que se inscribe Pozos. El primero se refiere al número creciente de escritores mexicanos que participan en el medio literario desde Estados Unidos. Hablamos de profesores, gente que ha hallado un lugar en alguna universidad luego de haberse formado en otra, que por tanto escribe regularmente ponencias, artículos y libros académicos y que, además, interviene de forma activa en las discusiones mexicanas a través de crítica periodística –reseñas, ensayos, respuestas a encuestas, entrevistas, etcétera– o bien de libros de “creación”. Aquí caben nombres como los de Ignacio Sánchez Prado u Oswaldo Zavala para el caso inicial, y los de autores como Álvaro Enrigue, Yuri Herrera, Cristina Rivera Garza o el que nos ocupa, Ruisánchez, para el segundo. read more

  • Octavio Paz en su siglo, de Christopher Domínguez Michael | Gabriel Wolfson

    Adiós al maestro

    Christopher Domínguez Michael, Octavio Paz en su siglo, Aguilar, México:,2014, 651 pp.

     

    No de muchos escritores mexicanos habré leído más páginas que de Christopher Domínguez. Entre mi libro favorito de los suyos, Tiros en el concierto, más la biografía de Fray Servando, La sabiduría sin promesa, La utopía de la hospitalidad, las introducciones a cada sección de su Antología de la narrativa mexicana, decenas de reseñas, textos coyunturales y ahora estas más de seiscientas páginas sobre Paz, queda claro no sólo que quizá convendría variar mi afirmación inicial de “no de muchos” a “de muy pocos” (Reyes, Monsiváis, tal vez Guzmán y García Ponce y, quién sabe, tal vez Paz), sino que se trata de un punto de referencia, una puerta de entrada a aquello en lo que se supone que me ocupo, la literatura mexicana, una figura imprescindible de mis tenues aprendizajes y de mi actualidad: por eso lee uno tantas páginas de la misma persona, no todas de obras acabadas o importantes. read more

  • La sintaxis de Plural | Por Gabriel Wolfson

    Creo que podemos imaginar la escena: Octavio Paz da una conferencia en algún salón de Harvard, es el verano de 1972 o quizás incluso los primeros meses del 74. Carlos, un talentoso joven mexicano que hace su posgrado en economía política, advertido por The Crimson o por algún cartel engrapado en un corcho, decide asistir y, cómo no, hacer tiempo al final de la charla para ver si puede saludar al eminente poeta y exdiplomático con el pretexto de que son paisanos read more

  • Valiente clase media. Dinero letras y cursilería de Álvaro Enrigue| Por Gabriel Wolfson

    El orgullo criollo

    Álvaro Enrigue, Valiente clase media. Dinero letras y cursilería, Anagrama, México, 2013, 191 p.

    En su cuento “¿Por qué?”, cuyo título ya resulta sospechoso, Bernardo Couto narra la historia, las razones, de un suicida: aburrido, desapasionado, incapaz de consagrarse más de unos cuantos días a ninguna actividad, pasa por la mundanidad de los clubes, la emoción del juego, los “placeres intelectuales” y los sexuales, hasta que encuentra a una mujer que lo ama. El problema es que él no, así que intenta varias cosas: quererla, amoldarse a la vida hogareña, despreciarla. Al final se suicida, pero, a diferencia de “Blanco y Rojo”, otro cuento de Couto donde el hastiado protagonista sí prueba todo lo imaginable antes de terminar asesinando a su novia, en “¿Por qué?” el héroe se amilana frente a una de las opciones que él mismo concibe: “Llegué al grado de pretender recurrir a lo cómico, diciéndole que me engañara o suplicando a un amigo la sedujera para remover algo en mí.” La frase siguiente es, según yo, el tributo que Couto pagó a la cursilería modernista mexicana: “El temor del ridículo únicamente pudo detenerme”, tributo reforzado por la enorme cantidad de lágrimas y fríos corazones de los párrafos finales del cuento, como en ninguna otra página de su obra.
    Sin las lágrimas, la cursilería de Couto parecería de distinto orden a la de Darío, Gutiérrez Nájera, Carreño, sor Juana y los jesuitas novohispanos del XVIII, objetos del libro de Enrigue. Si en algo se engarzan personajes, épocas y condiciones tan diferentes es en lo aspiracional de su cursilería. Pero bien vista, la de Couto pertenece a la misma lógica –como tal vez todas las cursilerías, propias y ajenas–: el límite chabacano que le impone a su protagonista, ese temor al ridículo tan prístinamente clasemediero y que termina mordiéndose la cola de la ridiculez, puede leerse como el anhelo de no abandonar del todo su nicho burgués, pese a las tantas bravatas en su contra, escritas y vividas; una última gota de urbanidad, elegancia o pudor que chirría al reunirla con los gruesos paraísos artificiales y demás fugas del filisteísmo practicadas por Couto. Anhelos, aspiraciones: si no recuerdo mal, Roberto Bolaño dijo que todo escritor persigue fama, dinero y lectores, en ese orden. El libro de Enrigue ofrece ilustraciones que lo confirman: de los criollos novohispanos que poseen riquezas materiales y con ellas, cursi, candorosamente, buscan hacerse de legitimidad, a los mestizos decimonónicos que controlan la mesa del juego simbólico pero se quedaron sin dinero que apostar y lo persiguen en mansiones de seudomecenas o en redacciones de periódicos. Lo común es, pues, una aspiración, bajo distintos niveles de ansiedad o desboque, desde este o aquel lado del dinero, desde el más acá o el más allá del prestigio.
    Las mejores páginas del libro comienzan a la mitad, con el tercero de sus cinco ensayos, “La mente de Carreño”. Enrigue no se ha limitado, como hicimos varios, a leer el Manual de urbanidad a la luz de Foucault y González Stephan (aunque me desconcierta, en esa línea, la ausencia de Norbert Elias, el gurú de la reflexión sobre los modales civilizatorios), ni en todo caso como el libro más divertido de la literatura latinoamericana del XIX, acaso junto a los de Machado de Assis. Además investiga sobre la vida de don Manuel Antonio para no verlo como una casilla vacía, el inmejorable emblema de lo clasemediero, y en cambio sí brindar sus singularidades: su condición de hijo natural, exaltada por su arrebatado tío Simón Rodríguez como “garantía de pureza rousseauniana”; su rechazo justamente a las ideas de ese tío; la increíble vida de su hija, la pianista Teresa Carreño, con quien Manuel Antonio fue a cenar a la Casa Blanca ocupada por Lincoln, a quien llevó con Liszt pero rechazó que éste fuera su maestro de piano cuando ya la había aceptado como discípula, “asombrado con su talento”, y quien casó cuatro veces. Enrigue logra entonces, derivada de su observación precisa y no de la glosa teórica, una magnífica descripción de la clase media hispanoamericana, que ocupó incluso buena parte del XX, al menos hasta los años sesenta:
    Se trata de una clase media urbana que, desde fines del siglo XIX, ha mantenido en movimiento las economías de la región sin abrazar por completo la modernidad laica, pero promoviendo activamente un tratamiento liberal de las finanzas tanto públicas como privadas: comunidades de empresarios, arrendadores urbanos y altos empleados públicos y privados que siguen yendo a misa los domingos; grupos defensores, tal vez sólo por supervivencia, de la libre empresa, el ahorro y el orden público; pasajeros de la ciudad que toleran a la clase política sin identificarse con ella y que resisten la noción de la distribución de riqueza desde un Estado de bienestar, pero que al mismo tiempo llevan sobre los hombros la mayor carga fiscal de los países en que viven.

    enrigue

    Lo que tenemos es, insisto, una caracterización no sencillamente abstracta, no una sexy paráfrasis de ninguna teoría aplicable al mundo entero, sino la precisión, la complejidad del matiz, la opacidad de lo histórico: Enrigue comprende muy bien que Carreño acarrea un peso “feudal”, premoderno –siendo que habíamos leído el Manual como el summum del proyecto racional decimonónico–, y que eso introduce, como digo, notables matices en la descripción usual de lo burgués, sea que escojamos la de la burguesía puritana, empresarial y ahorrativa –de la que poco hubo al sur del Río Bravo–, sea que optemos por la burguesía hedonista, elitista y despilfarradora, tan propia de nuestros días y que, en cierto sentido, bien podríamos decir que comienza con Darío y su época. En Carreño, pues, tal como lo hace ver Enrigue, se dan la mano ambas facetas junto con el resabio hispánico. De ese modo, por una parte, se explica la exhaustividad delirante del Manual, su exceso tautológico o beckettiano, y también su elitismo inicial (aunque terminara siendo leído por todo mundo, el Manual se ofreció para un público muy restringido: la élite masculina): una vez perdido para siempre el “mito que consagraba” la identidad de los criollos, nuevo grupo en el poder tras las independencias, hubo de proponerse otra fantasmagoría, ahora no sanguínea, que diera legitimidad a su dominio: digamos, la nueva nobleza del pañuelo y la flor en el ojal. Por otra parte, se sostiene lo que sugiere Enrigue: no fueron tanto los escritores revolucionarios –cierta gauchesca, el primer Sarmiento, Heredia, fray Servando, Simón Rodríguez– quienes produjeron el imaginario burgués hispanoamericano, sino ciertos novelistas, poetas y los carreños, “los ideólogos de esta biblioteca hispanoamericana no reconocida como tal”, pues en ellos se aliaba la lógica fría del capital con el conservadurismo tibio de los abuelos. Que en el Manual pueda leerse esa lógica del capital latiendo bajo cada inciso no supone ninguna “superación” completa del viejo orden, sino su reinvención, de la que derivaría una burguesía latinoamericana dominante: no la industriosa –dirían ahora, monstruosamente: la emprendedora– y próxima al ascenso, la movilidad social, sino la comerciante en pos del mantenimiento del statu quo.
    En un tránsito hacia el pasado, los jesuitas del siguiente capítulo de Valiente clase media aparecen como el puente entre tener y no tener: si sor Juana, como se apuntó arriba, ilustra el momento donde los criollos poseen dinero y quieren manejarlo para hacerse de legitimidad, y Carreño construye su hilarante legitimidad a ver si puede hacerse de fondos que la respalden –aunque murió en la pobreza, como informa Enrigue–, los jesuitas emergen como la clase que lo tenía todo, bienes, bibliotecas, influencia, un proyecto político, hasta que, digamos, dejaron de tenerlo con la subrepticia expulsión ordenada por Carlos III: son figuras de pronto despojadas no sólo de su casa o sus libros sino de su lugar en el mundo, sacudidas por un trastorno que nadie preveía; yo diría: juniors a los que, en una mañana, todo les embargan. Enrigue es muy acertado al tejer un ensayo donde sobresale una especie de razón burocrática en los jesuitas exiliados, devenidos de golpe promotores turísticos de sus antiguas ciudades y, en especial, promotores de sí mismos. Ahí, me parece, se abre una razón instrumental, donde los criollos se presentan como los mejores mediadores posibles, los traductores por antonomasia, que recorrerá un buen trecho del XIX: conocen las altas letras pero también las altas y arduas montañas americanas, tienen la misma teoría civilizatoria que los europeos pero saben de las dificultades concretas de lidiar con incas o gauchos: de los jesuitas del XVIII al Bolívar que entre república y dictadura opta por la última, confiado en que unos pocos criollos podrán administrar mucho mejor los nuevos países, hay una vía directa.
    Hacia atrás, hacia sor Juana, la vía es también directa, aunque creo que la cursilería mengua conforme retrocedemos. En el más sugerente, paciente, atractivo y, diría yo, conmovedor de los ensayos, Enrigue describe un tiempo concreto donde el crédito, la capacidad –¿y temeridad?– de hacer abstracción del dinero y cortar sus amarras con lo material, esos primeros momentos de flujos e intercambios virtuales, le suponen a la Nueva España una superioridad notable de poder y de modernidad con respecto a la metrópoli, poder, claro, que de ahí en adelante será limitado cada vez más desde el flanco político y administrativo. Por ello, quizá, por la confianza que brindan unas cuentas esplendorosas la cursilería decae, apenas bocetada en ese orgullo criollo que, a partir de entonces, irá acumulando agravios, rencores y fracasos, pero que para sor Juana aún emerge con la naturalidad suficiente como para incluso hacerlo parte del sistema metafórico del erotismo: “al definir las relaciones eróticas como operaciones financieras, la poeta postula que tiene control sobre un lenguaje que abruma, angustia y confunde a sus colegas metropolitanos: tiene un conocimiento que ellos no tienen. Es un pequeño, delicioso gesto de superioridad”. Superioridad, es cierto, deslizada sutilmente, con precaución, por ser mujer sor Juana y habitante de la Colonia, como bien argumenta Enrigue, de la misma forma que alerta contra esa tendencia actual de “descentrar” o marginar a todo el que se deje: “No es, bajo ninguna circunstancia, que sor Juana calificara como lo que la teoría poscolonial escrita en inglés y sobre la experiencia colonial británica considera un ‘subalterno’.” Al final, el hilo central del ensayo de Enrigue confluye con una de las ideas que mejor han explicado la asombrosa y ostentosa destreza técnica de muchos barrocos novohispanos: fuera dinero o pirotecnia verbal, se trataba de “acumular influencia utilizando capitales –económicos y simbólicos, diría yo– como medida de presión”.
    Los dos primeros ensayos, en cambio, me parecieron mucho menos interesantes, como si hubiesen sido escritos sólo para completar un pequeño conjunto entonces publicable como libro. Sobre todo el primero, dedicado a Darío, ofrece una simpatía autocomplaciente que los otros no necesitaron, así como una lectura según yo errónea o muy forzada de Díaz Dufoo, hijo, y su “Ensayo sobre una estética de lo cursi”; y este y el segundo, sobre Gutiérrez Nájera, engrandecen retóricamente una idea –que los modernistas eran muy cursis– ya muy comentada: ¿o es que alguien sigue leyendo a estos poetas en tanto sinónimos de refinamiento auténtico? ¿No la grandeza, el “virtuosismo” de Darío existen no a pesar de su cursilería sino en parte gracias a ella? En fin, no quiero extenderme en estos ensayos, el peso de los tres restantes me es suficiente para aquilatar Valiente clase media como un libro que no se conforma ni mucho menos con la “escritura no académica” de asuntos académicos y que, al contrario, desde la investigación real y concreta, ofrece verdaderas lecturas novedosas no basadas únicamente en el ingenio o la ocurrencia.
    (Nota final: ¿qué curiosa coedición es esta? El libro va amparado por una buena cantidad de logos: la Universidad Autónoma de Nuevo León, el Claustro de Sor Juana –hasta ahí muy bien–, Anagrama/Colofón, la “Cátedra Anagrama” de la UANL –¿algún crítico furibundo de, yo qué sé, Bolaño o Vila-Matas se animará a mantener su ferocidad si quien lo invita es la Cátedra Anagrama?– y, por último, una tríada fantástica: Círculo Editorial Azteca, Proyecto 40 y Fundación Azteca, las tres marcas registradas, como bien se nos advierte en la hoja legal, de TV Azteca S. A. de C. V.: ¿no será el signo final, el track fantasma de la cursilería sobre la que tanto se habló en el libro? ¿El capital que produce algunos de los programas no más cursis sino más vergonzantes y racistas de nuestro país patrocinando un libro que analiza esos fenómenos? ¿El capital querrá ahora, cursimente, acomodarse un poco la camisa y limpiarse el exceso de maquillaje patrocinando literatura? ¿O quizá exagero, y en realidad nadie de TV Azteca leyó ni leerá nunca jamás el libro de Enrigue, y por tanto, al menos a conciencia, no hay contradicción ninguna?)

    Maquetaci—n 1


    Escrito por Gabriel Wolfson

    Nació en Puebla, Puebla, el de 24 de octubre de 1976. Narrador, ensayista y crítico literario. Licenciado en literatura por la Universidad de las Américas; y doctor en literatura española e hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Ha sido profesor de la Universidad Iberoamericana-Puebla, de la Escuela de Escritores de la SOGEM-Puebla, y tallerista del Instituto Tlaxcalteca de Cultura. Imparte clases en el departamento de filosofía y letras de la UDLA-Puebla. Colaborador de Crítica, DosFilos, Elementos y La Jornada Semanal, entre otras publicaciones. Becario del FOECA-Puebla en tres ocasiones. Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri, 2003. Parte de su obra se encuentra en las antologías: El hacha puesta en la raíz; Nuevas voces de la narrativa mexicana; y Los mejores cuentos mexicanos (ediciones 2001 y 2002).

  • Cuestiones Othonianas | Por Gabriel Wolfson

    Othón escribió el Idilio salvaje. Así le diré, el Idilio salvaje o sólo el Idilio. Todos sabemos que no se llama así, que se llama En el desierto. Idilio salvaje. Pero uno dice el Idilio salvaje y no pasa nada, incluso uno sólo dice el Idilio y, para el caso de Othón, no pasa nada tampoco, todo mundo sabe de qué estamos hablando. Othón escribió el Idilio salvaje y ese sencillo acontecimiento ha hecho necesarios varios libros sobre Othón. Los hizo necesarios sin duda para sus autores, pero seguramente también para muchos de sus lectores, para ciertos ambientes literarios o incluso para eso que, sumados muchos de esos ciertos ambientes literarios, damos en llamar, si el desánimo no nos vence, el ambiente literario mexicano. Todos son libros no sobre el Idilio sino sobre Othón, pero ninguno habría sido escrito de no haberse escrito el Idilio. Desesperadamente eluden el tema del Idilio porque sienten que, así hable de cierta calle de San Luis Potosí o del “Himno de los bosques” o del general Reyes, cada frase está deletreando los versos del Idilio. Lo siente el primero de esos autores pero no lo dice. Lo siente, muchísimo, uno de los lectores de ese primer comentario y siente entonces que tiene que escribir un comentario en respuesta, pero en ese nuevo comentario ni parece hablarse del Idilio ni se aclara que el deseo de escribirlo vino como reacción a otro comentario donde se habla pero no se habla del Idilio. Y así. Todos queremos hablar del Idilio pero hablamos de otros asuntos, nos apasionamos o creemos apasionarnos con otras discusiones othonianas, llegamos incluso a creer en la existencia de tal cosa clara y sólida como las ‘discusiones othonianas’ o en la necesidad de un adjetivo como ‘othoniano’, que desde el interior de México regalamos generosos al mundo. Nos creemos poseedores de un tesoro; un modesto tesoro y unos aún más modestos poseedores, sí, pero al fin animados por pertenecer a la misma cofradía del secreto othoniano, y sobre él seguimos acumulando provincianas capas que engrandecen lo secreto del secreto othoniano. Así estas líneas que, más bien, con toda propiedad comienzan ahora: uno de los primeros libros sobre Othón, quizá el primero, es un monumento, como lo enfatiza el mismo Jesús Zavala, su autor. En las últimas páginas Zavala recorre estremecido el sendero post mortem de Othón, uno de cuyos momentos culminantes ocurre en 1934: “La pluma tiembla en nuestros dedos y el espíritu se sobrecoge de espanto, dolor y desaliento: pero una voz más poderosa que nuestros sentimientos, la voz de la verdad histórica, nos obliga a revelarlo”.  ¿Pues qué pasó? Pasó que un grupo de admiradores de Othón quiso trasladar sus restos a un mejor lugar, puesto que se hallaban en una tumba vulgar perdida entre muchas otras tumbas vulgares. Se organizó entonces una gran comitiva de notables para que el 28 de noviembre —aniversario luctuoso de Othón, pero también cumpleaños de su viuda— se exhumaran los restos. El problema fue que el edil Rincón Gallardo, representante del Ayuntamiento y básicamente la autoridad responsable, supuso que, una vez paleada la tierra, encontrarían veintiocho años después un ataúd sólido y manejable, dispuesto para que cuatro peones lo sacaran con cuerdas y luego se lo echaran al lomo para trasladarlo. Lo que sigue es un sketch miserable y risible, excepto que Zavala no se ríe: después de varios sonrojos, indecisiones y tropiezos, alguien llega con una “endeble cajita de madera corriente, pintada de blanco, de las que comúnmente sirven para enterrar a los ‘angelitos’ de nuestra gente humilde. De ella puede juzgarse por su precio: DOS PESOS Y CINCUENTA CENTAVOS DE NUESTRA MONEDA. Agustín Vera nos confesó que se estremeció de horror, y nosotros carecemos de palabras para expresar nuestra vergüenza y nuestro dolor”.  Las mayúsculas —ahora versalitas— son de Zavala: las necesita como contraste con el minúsculo, “modesto monumento” que siguió encabezando la nueva tumba de Othón, y como guía para el “monumento digno de su alcurnia” que, según dice en la última página de su libro, en diversas e infructuosas ocasiones él y otros devotos othonianos habían promovido. Y cierra así: “Ahora nosotros, ante la imposibilidad material de levantarle un monumento escultórico y arquitectónico digno de la grandeza de su genio, le hemos erigido el de la publicación de sus Obras completas y el de su biografía, con la esperanza de que su recuerdo renazca y viva imperecederamente en el corazón de las futuras generaciones”.  ¿Y cómo se erige un monumento con palabras? El libro de Zavala pesa, sin duda: es del tiempo en que el papel de los libros no se escogía bajo el criterio de poder fácilmente triturarlo a los tres meses. Pesa también, claro, por la acumulación de datos, de alucinantes encomios, de paternales y dulcísimas reprimendas: “Su deporte favorito fue la caza. Tal deporte constituyó una laguna en su exquisita sensibilidad poética y en su amor a la naturaleza. ¿Cómo pudo este orfebre de la poesía sacrificar, en aras de dicha afición, los animales más inocentes e inofensivos, como las liebres, los patos y los venados, en lugar de las bestias más feroces y dañinas? Era ingenuo y bondadoso; pero también cruel como un niño”.  ¿En qué estaría pensando Zavala, por cierto, cuando habló de aquellas bestias feroces y dañinas? ¿Imaginaría a Othón disparándole a algún regidor insensible a la poesía? Como quiera, su libro pesa, como buen monumento, principalmente por una razón: por haber construido la imagen de Othón sólo a partir de la información más opaca de su vida pública: anécdotas de buen tono, programas de recitales y ceremonias, crónicas para ser leídas en el kiosco de la plaza mayor. El Othón de Zavala: una especie de franciscano que deviene maestro de ceremonias que deviene poeta y campesino que finalmente deviene Pedro Infante interpretando a Juventino Rosas. Sobre las olas del desierto, un modesto pero heroico funcionario retoca los versos que leerá en la próxima graduación de profesoras normalistas. Othón es, efectivamente, un rostro pétreo, un muñeco de sílice a riesgo de romperse con una ventisca, ya no digamos con un terremoto. ¿Y cómo conciliar esta rocosa efigie con el Idilio, con ningún idilio? Primero unas palabras sobre Josefa Jiménez Muro, esposa y viuda de Othón. En realidad, mucho más viuda que esposa: estuvieron casados veintitrés años, y ella, como suele decirse, le sobrevivió otros cuarenta y tres: Josefa muere en 1949, a los pocos meses de creada la OTAN y de que se fundara Adidas, o bien, digamos, una semana antes de que naciera Gene Simmons, el futuro líder de Kiss. Pero dos años antes, probablemente a raíz de que Zavala publicara sus ediciones de obras othonianas, Josefa le escribe al devoto estudioso de su marido: “…mientras que [usted] levantaba en alto el talento de Manuel, dando a la admiración pública el mérito de sus composiciones, a mí me arrojaba a la cara la inmundicia de la sucia acción de mi marido y elevándome con esto un puñal en el corazón cuya herida me sangra, y la tendré hasta que muera, pero la obra de usted no quedó con ninguna laguna”.  Retórica justificada la de Josefa aunque, me imagino, nada nueva en ella. Como quiera, sirvió: cuando en 1952 Zavala publica su biografía, acepta comenzar el apartado sobre el Idilio, pese a saberla falsa e inverosímil, con la increíble versión de Josefa: “Un año antes de morir, el poeta expresó a su mujer —doña Josefa Jiménez de Othón— el deseo de escribir un poema cuyo asunto era escabroso. Esta procuró disuadirle de su propósito; mas aquel replicó que sólo lo haría para comprobar que era capaz de acometer todos los temas. Y como su mujer le argumentara que nadie pensaría en eso y que ella era la única que padecería con la creencia en la realidad del episodio, el poeta le repuso que sus temores se disiparían si lo aplicaba a un amigo”.  Después, es cierto, Zavala ve improbable esta versión de la viuda sobre el Idilio como un simple reto técnico, un juego de salón para sustituir al insustituible billar al que era afecto Othón, pero es que Zavala quiere pasar rápido por ese pedrusco de 1904 que, como una mancha de ácido en el pulido mármol, podría corroer el monumento que proyecta. Al final, su versión es una fantasía más increíble aún que la de Josefa: según Zavala, dos amigos de Othón viajan a El Paso, ahí conocen a la propietaria de un hotel, un rayo de sol sobre el cabello de la mujer les recuerda casualmente algún verso del Idilio que por supuesto recitan, ella los escucha y solloza, luego va a su cofre de cachivaches y les dice que ella es la protagonista de aquel poema mientras saca el manuscrito “perfumado y amarillento”.  Así que, después de todo, en esta primera, tartamuda y renga versión sobre el Idilio, la historia deviene historia de amor, lo que acaso borraría toda “inmundicia”: términos estos, amor e inmundicia, mutuamente excluyentes en la ejemplar cabeza de Zavala. Porque detrás de su anécdota en apariencia inofensiva se esconde por fuerza toda una novela: Othón y la mujer —Guadalupe Jiménez, según Zavala— sostuvieron más de un encuentro, Othón se enamoró y ella también, Othón supo que su deber era volver al seno conyugal, Othón le escribió a la señorita Jiménez un poema de consuelo y despedida, y ella lo atesoró como un recuerdo invaluable y silencioso. Ahora bien: ¿qué poema es ése? Cualquiera menos el Idilio, un idilio sin cursivas, sin salvajismo y sin desierto: Zavala parece haber leído otro poema u otra cosa, o bien parece haber concluido que Othón definitivamente no escribió el Idilio. No sólo eso: su libro suma 290 páginas más 46 de iconografía dispuestas para no hablar del Idilio y menos aún en el apartado a él dedicado: el monumento a un señor Othón que jamás habría podido escribir el Idilio. Velador del alma mexicana, Zavala se propone rescatar a Othón de su propio poema, de su propia anomalía y entonces ganarlo en efecto como efigie esculpible para las plazas públicas. Un libro como un aplauso unánime, una ovación cerrada que oculta el gargajo de un tuberculoso: frase tremendista y artificiosa sin duda, aunque Othón quizá habría apreciado la palabra ‘gargajo’. ¿Por qué? Por su precisión, por su eufónica precisión: a Othón, como a tantos, le gustaban las cantinas y los billares, y si no le gustaban por lo menos los frecuentó como si le gustaran, y en el trance de verse obligado a describir no la sierra y sus favoritos peñascales sino el ambiente de cantinas y billares seguro habría echado mano de ella, de la palabra ‘gargajo’, que incluso habría podido rimar con otra de sus predilectas, ‘tajo’, como el “horrendo tajo” del Idilio: “al pie minada por horrendo tajo”, dice el verso. El verso en cambio que del Idilio más se grabó en la cabeza del casi adolescente Alfonso Reyes fue “¡Mal hayan el recuerdo y el olvido!” El 15 de agosto de 1910, en la Escuela de Jurisprudencia, Reyes leyó su conferencia sobre “Los Poemas rústicos de Manuel José Othón” y citó ese único verso. Reyes tenía veinte años, su padre había sido protector y mecenas de Othón, pero ni él ni su padre tendrían mayor idea de que en pocos meses se desataría una guerra que daría al traste con esa vida de mecenazgos y altísimos poemas de circunstancia, guerra que además volvería vergonzoso, sacrílego, o mejor aún: inexistente, nunca escrito, el poema que Othón compuso pocos días antes de morir, dedicado “Al señor general Díaz”. Como quiera, el aún joven consentido y predilecto de México Alfonso Reyes dedicó su conferencia, en efecto, a los Poemas rústicos, mucho menos obsesionado que todos nosotros con el Idilio, pero cuando, hacia el final, inevitablemente tuvo que decir algo sobre el Idilio, dijo, en pocas palabras, que no podía decir nada sobre el Idilio: “Nos hace daño el drama poético de Manuel José Othón. Quizá más tarde todo lo descifremos: quizá nos descubran el enigma los libros huérfanos”.  La argumentación de Reyes, segura y sobrada hasta entonces, palidece al final, tras tropezar con el contaminante Idilio, y sin embargo habría que resaltar esto: aunque con incomodidad, Reyes habló explícitamente de la anomalía del Idilio, de su contraste con el resto de la obra canónica de Othón: contraste molesto porque, a reserva de negar la existencia del Idilio, como Zavala, impedía concluir para siempre la efigie marmórea y cívica de Othón. El frustrado monumento proyectado por Reyes: el de un maestro rural, descuidado, humilde, ensimismado en las sobrias verdades esenciales y que al transmitir la seguridad de sus nociones clásicas garantiza la salud de sus pupilos. Maestro rural que, desde luego, ni por asomo frecuentaría cantinas y billares ni gustaría jamás de un término como ‘gargajo’ para rimarlo con ‘tajo’ o ‘cuajo’ o ‘bajo’. Maestro rural que, además, en mala hora habría escrito ese poema, el Idilio: la junta de damas se espantaría al saberlo y negaría la aportación a la colecta para mandar a esculpir el busto. Quien en cambio sí escribió sobre el gusto de Othón por cantinas y billares, y de hecho llenó un pequeño libro únicamente con eso, fue Artemio de Valle-Arizpe. Lo escribió en 1924 y no lo publicó hasta 1958. ¿Por qué? Quizá esperó a que muriera la viuda, a quien no le habrían gustado las anécdotas de este Anecdotario. Viuda muy diferente, por cierto, que algunas legendarias viudas de las letras latinoamericanas, herederas de fortunas, albaceas de copyrights y dosificadoras de pálidos inéditos, quizá hasta expurgadoras o editoras de epistolarios y diarios. Josefa Esther Jiménez y Muro fue viuda pero no legendaria ni heredera de nada. Othón no legó dinero, propiedades ni derechos de autor productivos. Dejó, eso sí, su nombre para que se lo pusieran a un cine, del que Josefa Esther, ya viuda, fue boletera. Según Montejano, también fue guardacasas de un teatro y de una “raquítica pensión”. Viuda muy pobre, Josefa. Pero no sería porque el alcoholismo llevara a Othón a despilfarrar su fortuna: nunca hubo fortuna. Othón no tuvo dinero ni para alcohol ni joyas ni viajes de descanso. Lo cual no impidió que bebiera mucho. Mucho más de la mitad de las anécdotas del Anecdotario versan sobre el consumo de alcohol de Othón, ese sí legendario según Valle-Arizpe. Coñac, por encima de cualquier otra bebida: la más fuerte y, quizá entonces como ahora, la más cara. Pero Othón no era Ignacio Aguirre, el personaje de Guzmán y el rey del coñac de las letras mexicanas: Othón era pobre y, al menos como paréntesis de su vida contemplativa y árida, un bebedor profesional. Inventaba extrañas y explosivas bebidas, según Valle-Arizpe, quien también alude a una “despampanante borrachera del tamaño de una catedral gótica”;  lo movía a veces un ánimo pantagruélico, de brutales comilonas de varios días y la única borrachera adjunta; catalizaba el trago su inspiración poética; lo consumía la culpa resacosa por evidentemente no cumplir sus continuas promesas de dejarlo; y, como lo corrobora Urbina en el Apéndice, mucho lo movía para ir a la Ciudad de México la imagen imparable de la fiesta, la embriaguez perpetua modernista. Buena imagen la de Urbina: “Llegaba Manuel José a la capital de la República, como estudiante en vacaciones”,  o bien: “Visitaba las urbes con atolondramiento/ de colegial en fiesta. Todo su pensamiento/ era gozar del mundo, del placer y del vino”:  un pequeño Othón de pantalón corto, en las antípodas del amargo versificador del desierto, dispuesto a recuperar la amargura a base de excesivos coñacs. Otra aún mejor imagen, de Valle-Arizpe: Othón jugando billar. Carambola. Othón jugando horas y horas, solo, arremangada la camisa, el sol declinante, el cigarro consumiéndose, y él rumiando carambolas como si rimara consonantes para sus primeros y muy malos poemas. Othón pasa muchas horas solo, horas muertas. Parece un personaje de Di Benedetto, en vez de la llanura argentina la llanura sofocante de San Luis Potosí, de Coahuila. Así que, pocas veces, cada que puede, se va a la Ciudad de México. Y ahí, según nuevamente Valle-Arizpe, una vez tiene Othón una aventura con una capitalina, “una de esas muchachas de guitarra, tequila y carcajada”  (¿una de esas? ¿Pero a qué se refiere don Artemio?) que toma la iniciativa y que, de acuerdo con nuestro informante, espantó a Othón, lo intimidó. Mucho menos verosímil resulta, en cambio, la versión de Valle-Arizpe sobre el Idilio. La mujer se llamó, según él, Guadalupe Rodríguez y, como le gusta enfatizar, no era india sino saltillense divorciada de un español y amante de Othón. Amante, dice Valle-Arizpe, quien además apunta, como de pasada, con la ligereza de quien conoce la verdad o simula muy bien conocerla, que Othón no sólo le envió el Idilio a su amigo Juan B. Delgado sino que acostumbraba leerlo a sus amigos, suponemos que en las cantinas, aunque sin pensar en publicarlo. Entonces, según Valle-Arizpe, un día llegó el propio Valle-Arizpe para sugerirle a Othón que en un primer soneto atribuyera el affaire a un amigo. Y listo, asunto arreglado. Othón tendría entonces cuarenta y seis años, Valle-Arizpe veinte. Lo importante aquí no es remarcar lo inverosímil de la versión de Valle-Arizpe, sino entresacar las posibilidades que laten debajo de su aparente seguridad. Por ejemplo: el que Othón hubiera podido tener una o varias amantes, más allá de que la “india brava” del Idilio no calificara como tal en el propio Idilio. Por ejemplo: que Valle-Arizpe arrancara la curiosa moda entre algunos letrados mexicanos de certificar que la india brava fuera quizá brava (“una de esas”) pero no india. No india.
    *Fragmento del ensayo inédito de igual nombre

    othon


    Escrito por Gabriel Wolfson

    (Puebla, 1976). Ha pub­li­cado el libro de cuen­tos Bal­lenas (Tierra Aden­tro), el de prosa Caja (UD-LAP), “Los restos del ban­quete” (Libros Magenta, 2009) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética).

    Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica y pro­fe­sor de la Uni­ver­si­dad de las Américas-Puebla.