Gabriel Rodríguez Liceaga

  • Tramos de mar baldíos | Gabriel Rodríguez Liceaga

    1

    Me costó trabajo comprender que estoy preso en la barriga teatral de una ballena. Conseguí resignarme luego de superar una fase de intermitentes sueños que duraban apenas si un pestañeo. Siempre acompañados de los delirantes achaques que en mi cuerpo herido y masticado latían como individuales corazones, transformándome en algo muy parecido a los círculos indecisos que uno dibuja cuando el bolígrafo se está quedando sin tinta.

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  • Incitación a la lectura de ‘Ulises Criollo’ | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (Web)

    Hay tanto que decir acerca del licenciado don José Vasconcelos. No es mi intención en estas escasas líneas hacer un estudio total acerca de su compleja y monumental figura histórica, mística, filosófica, educadora, pasional y política. Simplemente quiero hablar desde el humilde asombro de un lector y con la carne de mi cuerpo colmada de entusiasmo. read more

  • Postal Tejana | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

    1.
    Ya tenía mis lecturas cuando cumplí un cuarto de siglo sobre este planeta. read more

  • Vendrá la muerte y tendrá tus ojos | Gabriel Rodríguez Liceaga

    1.
    Llegó a mis oídos, y a propósito de los festejos del centenario de Octavio Paz, un juego de palabras que realmente me puso a pensar. Consiste en llamar a “El Laberinto de la Soledad”, “El laberinto de la Sole(mni)dad.”
    Sin duda creo que “El Laberinto…” es un libro muy mal leído. Básicamente porque a las generaciones más recientes nos lo dejaron de tarea en la escuela. Y el olor a tarea no se quita con el tiempo. Así que, aprovechando un viaje a la playa, me puse a releerlo básicamente para buscarle peros. O mejor dicho: para subrayar mis deficiencias de lector adolescente y para hallarle, precisamente, la solemnidad. Le entré al libro auspiciado por dos recuerdos escolapios, ambos producto de la suma entre mentira y memoria. Sólo ahondaré en uno. Y es el ensayo en que se comenta que a los mexicanos nos da mucha risa la muerte.

    2.
    ¿A los mexicanos realmente nos da risa la muerte?
    Yo creo que no. Me temo que es una de esas mentiras que se han reiterado tantas veces que ya la damos por indudable verdad. A André Bretón se le ocurrió señalar a Méjico como la tierra elegida del humor negro y quizá a partir de ese momento esta falacia comenzó a tornarse en certeza. Al surrealista le llamaron mucho la atención las calaveras de Posada y nuestros espléndidos juguetes fúnebres. No cuesta trabajo imaginar al francés asombrado y libando un cráneo de azúcar rotulado en la frente con el nombre Andrés.
    Paz es muy cauto y yo de joven era un mal lector. Tres ocasiones en “El Laberinto…” menciona a estas representaciones populares que, a su parecer, son burlas de la vida. Sin embargo en todo el libro jamás subraya con todas sus palabras que a los mexicanos nos de risa la muerte.
    ¡Porque no nos da risa la muerte!
    Hay sólo dos cambios trascendentales en la vida de todo hombre: nacer y morir. Todo lo demás -la parte de en medio- es pérdida de tiempo. Y, por ende, literatura. Paz subraya dos cumbres poéticas gestadas en nuestra nación a propósito del tránsito humano: “Muerte sin fin” de Gorostiza y “Nostalgia de la Muerte” de Villaurutia.
    Años después José Emilio Pacheco refiere un par más. Dice:
    “Beber un Cáliz” significa para la prosa mexicana lo mismo que “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” para nuestra poesía.

    3.
    “Beber un Cáliz” es el desesperado testimonio literario y veraz que Ricardo Garibay escribió acerca de la agónica muerte de su progenitor. Su padre, al igual que todos nuestros padres, fue un cúmulo de angustias y magnificencias:
    “¿Quién es? ¿Cómo ha vivido? ¿Cuáles han sido sus virtudes y cuáles sus pecados? ¿Por qué ha tenido que sufrir tanto y por qué ahora sus hijos varones no se duelen de verlo hundirse día a día hacia la muerte? No conozco nada suyo, nunca pude preguntarle nada que de verdad me interesara… nunca le vi los ojos cuando me estaban mirando.”
    Este libro es la flor de dolor. Nace y se marchita en nuestras manos. Está escrito en forma de diario pero es desordenado y angustiante, nunca caótico. El padre muere a la mitad del tomo y entonces vienen páginas y páginas de reflexiones ulteriores, es la muerte que no se va, como un pésimo olor de boca, una inexplicable nausea. Garibay disecciona los cambios emocionales que sufren los vivos cuando alguien agoniza y sucumbe. Por momentos es cruel, anhela el fallecimiento de su enfermo; a ratos también es tiernísimo. Evoca su infancia, medita, sufre, se lamenta, se queda solo en el mundo.

    4.
    “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” es el testimonio poético de Jaime Sabines acerca de la muerte de su padre. Todo el proceso se nos ofrece dulce y aterradoramente versificado.
    Está primero la juguetona enfermedad:
    “Vamos a hablar del Príncipe Cáncer,
    Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata”

    Luego la enloquecedora y cotidiana expectativa:
    “…estoy esperando la muerte de mi padre.
    Desde hace tres meses, esperando.
    En el trabajo y en la borrachera,
    en la cama sin nadie y en el cuarto de niños,
    en su dolor tan lleno y derramado,
    su no dormir, su queja y su protesta,
    en el tanque de oxígeno y las muelas
    del día que amanece, buscando la esperanza.”

    La desesperación que antecede a la muerte:
    “¡Maldito el que crea que esto es un poema!”

    Viene el entierro, la negación, la charla necia con el símbolo de lo perdido, el cadáver descomponiéndose, los objetos que el muerto dejó en la tierra y yacen esperándolo. Nunca el olvido. Todo esto transcurre en la primera parte del poema. Hay una segunda parte, escrita dos años después. Explica Sabines que no podía dejar de escribir sobre la muerte. Y tachaba o eliminaba los poemas porque, sin darse cuenta, ya estaba de nuevo derramando pesar en su trabajo poético. De nuevo: el pésimo olor de boca que no se quita, la necia nausea.

    No puedo citar “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” sin mencionar ese otro enorme poema acerca de la desaparición de un ser querido: “Tía Chofi”. Dicho canto a la difunta doncella me vuelve un ser de lágrimas.
    Suplico escuchar la grabación en vivo de “Tía Chofi” durante el homenaje que se le hizo a Sabines en el Palacio de las Bellas Artes. Escucharla de madrugada y cuando la ciudad afuera parece más que muerta. Hay que atender al temblor en la voz de Sabines conforme se acerca al final del texto. Ahí en esa poderosa voz que se quiebra está la invitación a abandonar una de nuestras tantas solemnidades nacionales:
    ¡No! A los mexicanos no nos da risa la muerte.

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    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal. 


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    @El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Pre­mio Bel­las Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • Humilde instructivo para leer poesía (primera parte) | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

    1.

    Todo el tiempo la gente dice cosas. Algunos ejemplos:

    Mira qué grande se ve la luna.

    Quiero un aumento de sueldo.

    ¿Cuántas olas tiene el mar?.

    La chica de la mesa de la esquina ya anda peda.

    ¡Ya que se termine la Edad Media!

    En todas esas frases duerme roncando la poesía.

     

    2.

    Es muy frecuente escuchar a la gente decir también cosas como: no me gusta la poesía o peor aún yo no sé de poesía. Y hacen cara de fuchi cuando cae en sus manos una página llena de oraciones separadas por apresurados enters. ¿Saber de poesía? Como si hubiera alguien que sabe de prosa. O de relámpagos o de olas del mar o de catarinas muertas. Todos ejemplos inabarcables o acaso infinitos. Nadie sabe de poesía. Si me apuran: mucho menos los poetas (Keats afirma que un poeta es la cosa menos poética del mundo). Quien esto escribe se registra en ese tumultuoso grupo de humanos que no saben lo que es la poesía. Acaso mi única ventaja es que yo no le he puesto cara de fuchi. La almaceno en casa y visito de vez en cuando, a veces la llevo debajo de mi sobaco: lista para ser leída en la mesa menos visible de la cantina en turno. Y si algo he aprendido de ella es que: hay que estar de humor para leer poesía.

    Miro una página versificada. Los caracteres negros y los espacios en blanco.  Un poema asemeja los deltas de un río. Un río de sangre. ¡Laten los poemas! Los he visto estremecerse. Y además resulta que el lector también tiene algo adentro del pecho. Es cuando laten al mismo ritmo los corazones de poeta y lector cuando acontece la poesía.

    Ese es el humor para leer poesía del que hablo.

    Pensar que, antes de que yo naciera, alguien ya escribía al ritmo de mi corazón es una de las escasas gangas que aún me mantienen de pie en este mundo tan ridículo. Afirmo sin miedo a errar que no hay alma humana que no disfrute de la poesía, es sólo que no ha caído a sus manos el poema entre todos los poemas.

     

    3. Nota:

    El adjetivo “humilde” que aparece en el título de esta columna desea serlo de forma literal. Escribo y las teclas me parecen plataformas frágiles sobre las que hacen equilibrio mis ideas, ideas aún más frágiles. Declaro que le temo a la poesía, la respeto como a un padre golpeador. Obviamente he intentado escribir poesía. Todos intentos fallidos y en estado de tránsito en algún rincón con clave en mi computadora. La clave es: salmonela23.

     

    4. Ahora sí, el instructivo:

    La poesía no es la que te escribía tu ex en las páginas finales de su cuaderno en los años escolapios, ni la que escribe tu cuate que ya publica en revistas especializadas, ni la que reparten los sidosos en el metro a cambio de unas monedas. La poesía es la que escribieron Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, José Gorostiza, Efraín Huerta, Ramón López Velarde y Jaime Sabines. Evidentemente, son sólo ejemplos.

     

    5.

    ¡Falso! La poesía no es ese listado de sujetos. La poesía es Libertad Bajo Palabra, es Los Demonios y Los Días, es Muerte sin Fin, es Los Hombres del Alba, también La Suave Patria y Los Amorosos.

     

    6.

    Otra mentira. La poesía es:

    “Fluyen ríos sonámbulos”

    “Hiervan los ruidos”

    “Sabe la muerte a tierra”

    “Y los monumentos son más estériles que nunca”

    “Para cortar a la epopeya un gajo”

    y: “llorando la hermosa vida”.

     

    7.

    Me explico: lo que estoy haciendo es un ejercicio de reducción. Una persona no acostumbrada a leer poesía no debe aspirar a conmoverse con el total de un poema. Es cuestión de ubicar una línea. Siempre la hay. ¡Esa! La que nos edifica una imagen trascendental en la cabeza, la que al día siguiente evocamos de memoria y por accidente. Una línea. Un verso.

    Yo lo que hago es subrayar versos. Los que atiborran de sangre nueva a mi cuerpo (de nuevo el corazón), despabilándolo, haciéndome prescindir de la realidad. Subrayo sin miedo a que la página se enoje. Ojo: no estoy diciendo que lo relevante en un poema es un verso, no; estoy diciendo que para entrarle al poema hay que leerlo y releerlo. Hay que irlo haciendo nuestro de a poco.

    Y es que el verso que selecciono hoy no será el mismo que seleccionaría mañana. Cambian, son inestables e inquietos; como las pizarras en los aeropuertos. La poesía es, a la par, un viaje. Siempre provoca nuevas sonrisas. La piel se enchina queriendo llamarse distinto.

     

    8.

    Propongo un ejercicio: lee un poema, el que sea, y piensa: ¿con qué verso titularías algo escrito por ti? Un libro de cuentos, un relato, una novela, un blog…

    “Fluyen ríos sonámbulos” por Fulano.

    “Sabe la muerte a tierra” por Sultano.

    “Por Quién Doblan Las Campanas” por Ernest Hemingway.

    “El Vino de los Bravos” por Luis González de Alba.

    Creo que tiene que ver con la inspiración. Un poema inspira.

     

    9.

    Dicho sea de paso: la poesía sí es la que escribía tu exnovio en las páginas finales de su cuaderno, sí es la que escribe tu cuate que ya publica en revistas especializadas, sí es la que reparten los sidosos en el metro a cambio de unas monedas. La que escriben Fulano y Sultano.

    Es la que escribes tú.

    Escribe poesía pero no la muestres, guárdala abajo de tu cama hasta que sea el momento indicado. Que ahí se quede hasta que mueras y alguien la descubra y así asegurarás que siempre habrá flores coloridas, frescas y erguidas en tu tumba. Esto, por supuesto, es un chiste.

     

    10.

    Entonces retomemos. La gente dice cosas. Algunos ejemplos:

    Mira qué grande se ve la luna.

    Quiero un aumento de sueldo.

    ¿Cuántas olas tiene el mar?.

    La chica de la mesa de la esquina ya anda peda.

    ¡Ya que se termine la Edad Media!

    En todas esas frases duerme roncando la poesía, probablemente soñando con su poeta.

    (429 días)

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    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista. 


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    @El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Pre­mio Bel­las Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • Cadáveres Aplaudiendo | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

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    1.

    Borges -en algún pasillo del laberinto de prólogos que construyó para las generaciones de lectores nonatos- afirma que hay tres eventos decisivos en la vida de todo hombre. Son: descubrir al mar, descubrir al amor y descubrir a Dostoievski.

    Yo añadiría: descubrir al cine.

    El cine es luz. A veces también es entretenimiento. En ocasiones incluso es una anestesia que sirve para mitigar la basura que llevamos por vida. Aquí que cada quien se haga bolas. Pero el cine es luz. Cualquiera que se atreva a contradecirme acabará con un clóset lleno de dvds inservibles y que tendrá que vender como por kilo o como chatarra en una decena de años. A mí padre le pasó así pero con casetes beta y vhs. Al hombre del futuro le pasará con hologramas. Aunque ahí ya estoy haciendo ciencia ficción.

    Hablo de que ver cine es ir al cine.

    Encerrarse en una habitación oscura, formar parte de la asombrada tribu, atender al mundo proyectado enfrente de nosotros.

    El cine es luz, repito. Y aquí cualquier adelanto tecnológico no contradice mi punto. Sólo hay que volver la mirada hacia atrás en cualquier sala de cine para notarlo. Y entender eso implica asumir que el cine es magia. Si acaso hay un centímetro de magia en el mundo, ese está aprisionado en una película. Federico Fellini lo tiene muy claro, cuando en “Otto e Messo” el mago aparece y se topa de frente con Guido lo primero que hace es saludarlo como si se tratara de un amigo. “Hace rato que no te veo”, le dice. Obvio. El cineasta y el mago son buenos amigos que se frecuentan poco. Por eso cuando en “Boogie Nights”, en medio de una de las tantas fiestas entre pornógrafos, un personaje hace flotar un vaso de Cerveza: todo cobra repentino sentido. El cine es luz, es magia, es ucronía. El tiempo se detiene y avanza y regresa. Personalmente afirmo que yo adoro y adolezco de todas aquellas cosas que me hacen prescindir de la realidad: dormir, beber, leer, ver cine, tener sexo.

    “El cinematógrafo, alegre deformación del universo”, dijo Marinetti hace casi un siglo.

     

    2.

    Ciegos, construimos nuestras propias e individuales “Historias del Cine” a partir -primero- del asombro. Dudo que yo sería la persona que soy si no me hubiera enfrentado en mi más susceptible infancia a los Brontosauros de “Jurasic Park”. O al final de la quinta entrega de Star Wars,  aquella en que los malos vencen a los buenos. Ambas cuestiones sumaron a mi favor.

    Sin embargo, el día que Satanás en el Enorme Juicio a la Creación Humana refiera ambos títulos: yo no levantaré la mano para defenderlos. Sí levantaré la mano, en cambio, por otros directores que me ayudaron a estrenar ojos, que exaltaron mi alma, que hicieron que el Gabriel que entró a la sala no sea el mismo que la abandonó. Previamente mencioné a dos: Federico Fellini y P. T. Anderson. Dicho: uno de mis cineastas muerto favorito y uno de mis cineastas vivo favorito.

    Entendámoslo: no es lo mismo ver películas que ver cine. Así como no todos los libros son literatura. Es un evidente y soso juego semántico el que propongo. Pero también ayuda a entender y aclarar cosas.

    Ciegos, construimos nuestras propias e individuales “Historias del Cine” a partir -en segundo caso- de la pereza y la carcajada. Nos hemos transformando en cadáveres aplaudiendo. Es alarmante la cantidad de malas películas que se topa uno en las marquesinas de los cines del país, podemos sobre intelectualizarlas tanto como deseemos, pero de que el nivel es bajo: es bajísimo. Hay crisis. Al teórico Rafael Cruz le tranquiliza saber que al cine le está ocurriendo como a la pintura al óleo en sus inicios: que sólo era oficio de señoras ociosas debido a lo caro de su hechura.

    Aquí retomo lo que mencioné párrafos atrás: el cine se ve en el cine. Pero esa ya es una utopía irrealizable. La experiencia cinematográfica lleva implícita su fugacidad. El que no la vio se amuela. ¿Estabas muerto cuando daban “Metrópolis”? También te amuelas. Los que gustamos del cine estamos tácitamente amolados. Vaya, ni siquiera sé si “Metrópolis” estuvo en cartelera. Y es precisamente por ello por lo que es fundamental crear una Historia del Cine. Una propia y una que nos pertenezca a todos.

    Concluyo estas líneas suplicándole al hipotético lector que se acerque a la completa y hermosa historia del cine filmada por el paternal y congruente Mark Cousins: “The history of film: an odyssey”. Sencillamente: un collage de imágenes vivas de diecisiete horas.

    Una gema entre la mierda.

    El cine es un arte en pañales, ya se dijo; pero también es un arte fascinante que nos puede ayudar a descubrir al mar, a descubrir al amor y también a descubrir a Dostoievski.

    (411 días)

     

    Texto exclusivo de la versión digital de esta revista. 


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    @El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Pre­mio Bel­las Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • Pollos de perro | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

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    I

    De un tiempo para acá a doña Trinidad le aterra la máquina con que rostizan a los pollos. Es un miedo que ella no puede explicarse, originado sabrá Dios por qué pesadilla o tropiezo de su agotada mente. Las aves muertas girando ante el soplo de las llamas del infierno, la presencia del armatoste como un hocico inhumano y giratorio, el fantasmagórico calor que emana tanto animal sacrificado.

    Y ella que juraba que ya se había quedado sin imaginación. Se siente apenada y estremecida a la par.

    Son las nueve de la noche, el rosticero lleva ya un rato apagado. Su esposo está de pie al lado de la caja registradora, hace cuentas mentales. Ella barre y piensa en dónde colocaría las trampas para ratas. La cortina de acero está abajo. El letrero luminoso que da a la calle está apagado. Pronto subirán ambos a la habitación donde les espera su catre iluminado por un foco de luz pajiza. Luego se recostarán hasta conseguir sueño. Casi no se hablan. Se comunican a quejidos, a miradas de pistola, a carraspeos y tos. La otra noche ella rompió el silencio:

    –Ya me da pena estar viva.

    Eso fue lo que dijo. Él no supo qué responderle. Hubiera querido abrazarla o medirle la temperatura, decirle que no están tan viejos, que está exagerando. En cambio, sacó la caja de galletas que esconde debajo de la cama y puso ahí las ganancias del día. Igual que todas las noches. Cierra la caja y la imagina un féretro en miniatura. Tanto él como ella saben que el dinero ahí contenido es para cuando uno de los dos tome la delantera. Para nuestras pijamas de madera, como les dice ella.

    “Un ataúd de cedro elaborado y barnizado, con acolchado interior y ventanita, manilla de metal y abrazadera”, piensa él. Su esposa se duerme al instante. Es envidiable la facilidad con que se entrega a la dejadez. Prescinde del mundo nada más pegando los ojos. Él observa el subir y bajar de su pecho, parece un globo que se desinfló sin reventar, una tripa.

    De la boca de ella salen flotando varias letras zeta. Una tras otra y escalonadas, crecen hasta tocar el techo. Las acompaña un silbido. Él ya se acostumbró a ellas. La primera vez que las vio incluso pensó que se estaba volviendo loco. Las sacude con un manazo, alejándolas como si fueran moscos intrusos.

    Un repiqueteo interrumpe el desfile de letras zeta. ¡Están golpeando una moneda contra la cortina de acero! Apenas ubica el sonido cierra los ojos, haciéndose el desentendido. “Que baje ella”, piensa. Doña Trinidad se levanta de golpe. Un instinto de alerta la hace ponerse de pie, encender la luz, buscar un suéter en la bola de ropa sucia y bajar las escaleras. A él le asombra el repentino arranque de agilidad de su mujer. Palpa el hueco que dejó a su lado. Observa las cuatro esquinas de su techo, repletas de arañas y sus frágiles construcciones de red.

    II

    –Viejo, viejo –dice Trinidad mientras le zangolotea un hombro, con suavidad–; levántate un segundo.

    –¿Qué traes, tú?

    –Era la vecina. La de los caldos.

    –No son horas…

    –Mira, viejo, le dejaron esta carta.

    –Tengo la vista cansada, léemela, qué dice.

    –Lo secuestraron… se robaron al niño que barre.

    –¡Ese ojete! –responde él por instinto.

    –No digas maldiciones. Lo secuestraron y dicen que si no pagan cinco mil pesos lo van a matar.

    –¿Quiénes lo secuestraron?

    –No, pues eso no se sabe.

    –A ver, pues…

    Él le arrebata la carta, la lee en silencio.

    –Qué letra más fea. Seguro se trata de un juego. Además cinco mil pesos no son nada. De lejos se ve que es pura guasa.

    –Le dije que te iba a convencer de cooperar con algo. Está de puerta en puerta juntando el dinero.

    –Qué cooperar ni qué una chingada.

    –Está desesperada.

    –Que no. Cada quien se las arregla como puede.

    –Nada nos cuesta, viejo. Ándale.

    –Sí nos cuesta. Y era obvio que ese gañancito andaba en malos pasos– le da la espalda y jala la manta hacia sí.

    III

    Al día siguiente Trinidad encuentra la caja registradora cerrada con llave. Cada que es necesario entregarle su cambio a un cliente debe de ser bajo supervisión. Ella sabe que su esposo le tiene poca estima al niño secuestrado. Güerito mal portado que barre afuera de los negocios para reunir un dinero con qué ayudar a su abuela. Nadie sabe si tiene un retraso mental o sólo se hace. Destierra el polvo de la cuadra. A veces, justo a la hora de mayor clientela, el niño entra a la pollería y grita con todas sus fuerzas: “¡Aguas, esos pollos son de perro!”

    El marido sabe que aquello es sólo una travesura. Los clientes rara vez se asquean o reaccionan. Habría que estar muy pendejo para confundir la carne de pollo con la de perro. Ni siquiera tiene nada que ver una cosa con otra. “Si en cambio dijera que la salsa es agua del caño…”

    –Dame dinero para comprar trampas para las ratas –le dice su esposa en voz baja, interrumpiendo sus pensamientos–. Urgen.

    –El domingo las compramos juntos –le responde él tajantemente. Y le indica que regrese a su sitio detrás del mostrador.

    Ella obedece. Ora en voz bajísima. Sólo sus labios se mueven casi sin querer. Intenta no pensar en el niño. Trata de evitar observar a los pollos girando. ¡Esa boca del lobo! Ya algunos clientes se han quejado de que los pollos no están saliendo tan suaves. Se debe al miedo que Trinidad ha desarrollado por el rosticero. ¡Esas fauces! Ya no los moja en sus propios jugos, no los escucha ni huele ni voltea.

    IV

    Ella le dice:

    –Te lo suplico. También parte de ese dinero es mío.

    Pero por respuesta él sólo hace una mueca arisca y se cruza de brazos.

    –Es sólo un niño.

    –Ya deja de estar chingando, mujer. Vístete, ándale.

    Trinidad cierra los ojos, apretando ambos párpados como si fueran puños. Se coloca su camisón. Se acuclilla para rezarle al clavo en la pared donde antes estaba un Sagrado Corazón.

    –Ya vente a la cama. Le haces mucho al cuento.

    Ella acata la orden. Boca arriba, en su flanco de dama, rezara hasta quedarse dormida. “Tú eres el perro”, alcanza a pensar.

    No tardan en comenzar a brotar las zetas de su boca. Una tras otra, cuesta arriba. Él las observa con malhumorado encanto. Las letras flotan pacientes y formadas por estaturas, en interminable procesión. Él escucha los sonidos de su propio cuerpo, reconoce los latidos de su corazón repercutiendo en ambos lados de la sien, en el centro de su pecho, en la cúpula de su cráneo. Está inquieto. Sabe que está a punto de estrellarse una moneda contra la cortina de acero. Todo el día sintió que en cualquier momento aparecería el niño desprestigiando sus pollos a gritos. Pero el niño fue secuestrado. Evoca su infancia, pocas cosas permanecen más de un instante. Es como un talco arrojado al aire. Le sorprende que la vida lo haya ido encerrando cada vez en espacios más hoscos y diminutos. Cierran la pollería y tanto el barrio como la ciudad y el país dejan de existir de golpe. Luego suben a la habitación y la pollería también cesa de existir. Luego su mujer duerme y sólo le quedan sus delirios y las arañas allá arriba y el dinero reunido en una caja de galletas abajo.

    “Mejor que sea de Roble, el ataúd.”

    V

    –¿Qué pasó con el billete falso con que nos pagaron hace unos meses? –le pregunta doña Trinidad a su marido.

    –¿Otra vez con eso?

    –Estaba aquí, doblado en el espejo. Pero ya no lo encuentro.

    –Me deshice de él.

    –¿Cómo?

    –Pagando el gas. Los del camión no se dieron cuenta.

    –Ah –responde ella y baja la mirada.

    No hay clientela esa tarde, día flojo. Él abandona el local, se queda parado a la mitad de la calle. La banqueta luce más sucia que de costumbre. Es por culpa de tanta construcción alrededor. ¡No, no es culpa de las obras! Mira a la gente que pasa, observa el piso lleno de cucarachas muertas y colillas de cigarro, chicles aplanados o basuras de inexplicable origen. La gente que pasa. El mundo girando a su propia velocidad alrededor de un sol inclemente. Ya quiere que se haga de noche, ya quiere que todo se esfume excepto su pequeña habitación arriba del negocio y su esposa durmiendo. Una lágrima le parte el cachete en dos. Todo lo que le queda en esta vida es su Trinidad. Y ahorrar para la muerte.

    Al regresar toma un billete de doscientos pesos. Se lo entrega a su esposa.

    –Y que se den de santos…

    Ella no sonríe. Toma la cifra y apresurada cruza la calle rumbo a los caldos de enfrente.

    A las nueve de la noche bajan la cortina, apagan el letrero luminoso, suben las escaleras y se colocan sus atuendos de dormir. En esa ocasión él no guarda billetes en la caja de galletas. Ella duerme sin inconvenientes. Manan las letras zeta. El entiende que ya sus huesos y músculos no le darán la posibilidad de matar a las arañas que habitan las esquinas de su techo.

    VI

    Quiebra la noche el sonido reiterativo de una moneda contra la cortina de acero. Él se arrebuja en la cama, está sudando frío. Despierta a su esposa. “Tocan”, le dice al oído. Ella se incorpora, alcanza a santiguarse antes de bajar por las escaleras.

    Regresa al poco rato. Pálida como una luz cansada de ser luz. Se sienta a su lado, enjuta y reponiéndose de un temblor general que inicia en su barbilla y se extiende por sus manos heladas. A doña Trinidad le cuesta trabajo hablar, siente como si todo lo que ha aprendido en la vida se le olvidara a barridos de escoba. Piensa en los pollos girando en la máquina. Dorándose lento y con violencia. No son pollos. Tampoco son perros. ¡Son otra cosa! Son corazones inmensos, podridos, ensartados. Ancianos fetos de demonio, crujientes y ambarinos. La piel se le pone de gallina.

    –Lo encontraron muerto –susurra; casi deletreando–… lo ahorcaron con un alambre de púas. Muerto –repite y cada letra en esa palabra surge torcida de entre sus labios.

    –¡Puta madre! –responde él, honestamente sobresaltado.

    Ella tarda en recuperarse. Pasan un buen tramo de noche en silencio, observándose a los ojos. Buscando ahí dentro sabrá Dios qué cosa extinta.

    –No se reunieron los cinco mil –dice ella antes de meterse abajo de las sábanas–. La de los caldos anda devolviendo el dinero que juntó. A la mensa no se le ocurrió anotar cuánto le dio cada quién.

    Ella, temblorosa, le entrega a su marido un raquítico taco de billetes. Él lo desenrolla. Sonríe con naturalidad macabra. Son setecientos pesos.

    Para el barniz de nuestras pijamas de madera.

    Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.


     Escrito por: Gabriel Rodríguez Liceaga

    @El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Pre­mio Bel­las Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 391 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

    Par de infiernos literarios

    1.

    Mi amigo e interlocutor me dijo: “Leí que la literatura en Latinoamérica bien se puede tantear por sus extremos: el paraíso de Lezama Lima y el Infierno de Lowry”. Yo guardé silencio un par de segundos, le di un trago a mi licuado y exclamé abotagado: “…y el purgatorio de Rulfo”.

    crítica lowry2.

    En efecto, “Bajo el Volcán” (no es error que la considere yo una novela latinoamericana, mexicana incluso) tiene aspecto de infierno. Apesta, se lee y se vislumbra como tal. Incluso hay un momento en la abusiva peda del cónsul en que se trepa a un tiovivo de feria y dicho mecanismo desempeña el papel de un demonio. Viene a mi memoria aquel sueño recurrente de mi infancia en el que la vecindad y el barrio donde yo vivía se transformaban en un parque de diversiones de Satanás. Espero jamás reaparezca. Retomo: la odisea dipsomaniaca de Geoffrey Firmin me resulta más un vía crucis que un descenso al abismo. No puedo mencionar esto último sin que se me ponga la piel de gallina.

    Puedo afirmar que el infierno literario más famoso es el de Dante. Protagonista a la par de videojuegos y grabados de Doré. Borges lo explica de forma exactísima: “Obra del divino poder, de la suma sabiduría y, curiosamente, del primer amor, el infierno de Dante es un establecimiento penal en forma de pirámide inversa, poblado por fantasmas de Italia y por inolvidables endecasílabos.” Da la impresión de que en esta opinión, Borges despuebla al infierno del miedo que desde pequeños nos han inculcado a tenerle. No por nada la Biblioteca Borges editada por Alianza utilizaba detalles de “El Jardín de las Delicias” y otros cuadros de El Bosco para engalanar sus portadas.

    ¿Hay que temerle al Infierno o no? Cada quien que lo decida. Yo quiero mencionar tres novelas que a lo largo de mi fútil vida de lector me han resarcido el saludable y refrescante miedo a las llamas del antro. Tres novelas infernales: “El Corazón de las Tinieblas”, “La Vorágine” y “Caballería Roja”. Son, evidentemente, sólo tres ejemplos. En el siguiente párrafo enumeraré un par más, espero no me tomen por fatuo:

    Pienso en el héroe de “Los de Abajo”, Demetrio Macías, disparándole a la nada, misma de la que entró y salió a lo largo de todo el tomo. Invoco al chivo con cara de ser humano que nos augura malos presagios casi al inicio de “Gran Sertón Veredas”. ¡Demoníaco! O que tal los terribles vagabundos cuyos lamentos moran todo el primer capítulo de la primera parte de “El Señor Presidente”. Imposible olvidar a las viejas que pueblan la Casa de la Encarnación de la Chimba en ese maldito libro llamado “El obsceno pájaro de la noche”. Rememoro, mi estómago se vuelve un puño de piedra, la masacre de “¿Por quién doblan las campanas?”

    Doblan por ti. Por ello, quizá el examen que te hacen llegando a la otra vida y para determinar si te unes o no al censo celestial sea: ¿cuál fue el último libro que leíste en vida? No estoy seguro con qué autores o libros se va uno al Infierno. En cambio estoy seguro de que, de tratarse de Joseph Conrad o Eustasio Rivera o Isaak Bábel, uno asegura Paraíso. Es prácticamente un hecho.

    (Nota: esto es muy entusiasta, ya que plantea una realidad ficcionada en la que todos somos lectores.)

    Cité ya a Borges. Es turno de Alfonso Reyes. Imaginémoslo portando su capote: “Dante esquematiza lo real y parece por instantes tener ante sus ojos al universo como un modelo reducido, en vez de sentirse como un infinitamente pequeño ante un infinitamente grande, es el universo el que se empequeñece para prestarse a la contemplación del poeta”. Y luego ejemplifica con una metáfora tan infantil como sabia: “El Sol, en su marcha en espiral por toda la eclíptica, enreda su trayectoria en torno a la Tierra, como una cuerda enreda el trompo.”

    Escribir es justo eso. Justo eso. Ver al mundo y sus totalidades como algo manipulable y reducido. Opino que escribir es arar la parcela de infierno que a todos nos corresponde por ley humana. Los ejemplos que he citado son justamente eso también: terrenos infernales delicadamente cuidados, sus propietarios ahora mismo nos miran desde el cielo.

    De vez en cuando nos escupen desde allá.

     


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • Sobre El siglo de las mujeres de Gabriel Rodríguez Liceaga

    La épica que deriva de la guerra y de las condiciones de vida intrafamiliar, no están lejos. La psique humana también es un campo de batalla.Dentro de sus límites, imprecisos y burlones, se atropellan los deseos, la afectividad y los desórdenes inexplicables del “yo”. Las primeras asociaciones de la infancia, por ejemplo, impregnan el resto del trayecto vital. read more

  • 375 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Las ediciones más recientes de la obra de Carlos Fuentes, específicamente las publicadas por la editorial Alfaguara, incluyen un pormenorizado esquema de cómo decidió el autor clasificar su obra. Es, bajo el megalómano título de “La Edad del Tiempo” y en quince secciones diferentes. A decir de Christopher Domínguez Michael: La obra de Carlos Fuentes es el conjunto más complejo y variado de la narrativa mexicana. Estoy de acuerdo.

    Los libros de José Revueltas tienen un párrafo afín, extraído de una entrevista de 1972. Lo que afirma en tres ocasiones es: Yo hubiera querido denominar a toda mi obra “Los días terrenales…”. A mí ese nombresiempre me ha parecido fantástico. El autor está diciendo que en la otra vida, acaso en días incorpóreos, también ideará y firmará libros.

    Lowrycreó la preciosa y delirante obra maestra sobre la dipsomanía, “Bajo el Volcán”, con la intención de hacer una suerte de “Divina Comedia” moderna. Iban a ser siete los libros y el título que los englobaría es: “El viaje que nunca termina”.

    En una entrevista de 1950, Agustín Yáñez declara que su idea es escribir distintas obrascada una de las cuales vaya recogiendo un distinto ángulo de la vida mexicana. La serie conformada por “Flor de Juegos Antiguos” y “Archipiélago de mujeres” se llamaría “Las edades de México”. Otro título que no chista en lucir poderoso. Explica su idea: construir una gran serie de obras para retratar a México -un gran mural- sin que una obra dependa de la otra. Sino independientes. Algo semejante a la “Comedia Humana” de Balzac.

    En efecto, Honoré de Balzac se propuso escribir 137 novelas bajo el título de “La Comedia Humana”, para hacerle la competencia al registro civil. Murió dejando sólo 85 tomos.

     

    2.

    Mi punto: los monstruos piensan en forma de obra literaria.

    Uno debe conformarse con pensar en forma de libro.

    Esa es una de las ponderaciones que más le inocula a sus alumnos el maestro Eusebio Ruvalcaba, cuya vasta producción –dicho sea de paso- será un dolor de cabeza para el colector de sus Obras Completas aún sin título.

    Pero, ¿qué es pensar en forma de libro? En mi caso, significa que si escribo un cuento lo estoy imaginando ya como parte de un libro de cuentos. Así de burdo. Medito en qué orden de aparición incluiría ese cuento en específico. Lo imagino codo a codo con otros textos que quizá aún no he escrito y quizá nunca escriba. Significa escribir veinte cuentos en un año, matar once y re trabajar los nueve restantes. Anhelar índices y epígrafes, también dedicatorias. Nunca la portada, porque las portadas tienen el mal gusto de llevar el nombre del vanidoso autor. Un libro de cuentos es como un puente de piedras sobre un río. Un río preferentemente bravo. Un río plagado de mierda y cadáveres y peces sin ojos. Las hay piedras frágiles, piedras pequeñas, piedras resbalosas, piedras perfectamente cimentadas. Hay que construir ese puente en la mente. Desarmarlo y reconstruirlo. Pensar humildemente en forma de libro. No pensar en forma de obra literaria. No pensar en forma de blog o de tuit o de libro electrónico. Pensar en forma de libro de carne y hueso.

    En el caso de una novela: dimensionar sus alcances. Jamás escribir a tontas y locas. Saber el principio y el final. Ya la trama, dios mediante, se irá desarrollando por sí misma. O no.

    balzac


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).