Francisco Serratos

  • Zombie theory

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    Nuestra civilización, si sobrevive a los hipotéticos apocalipsis que conjuramos, será recordada como la más destructiva de la historia, no de lo que la puebla, sino de lo que ella es en sí, como objeto, como idea, como mito, como el personaje que muchos siglos encarnó la musa Clío: la hemos ahogado en el río. Si los ancestros se preocupaban por los orígenes, siendo ellos el origen, hoy nosotros nos congratulamos en el apocalipsis. Cierto deseo de vernos a nosotros mismos y todo lo que hemos construido en un estado de devastación tal que el panorama de nuestra presencia se reduzca a una ruina. La ciencia no ha podido configurar el pasado de muchas cosas, el porqué de ese pasado, pero sí ha registrado cronológicamente el futuro: sabemos con exactitud el proceso de descomposición de las estrellas, cuántos años durará el Empire State erecto, lo que pasará cuando otro meteorito gigante se colapse en la tierra, cómo será el mundo en caso de una rebelión robótica, y sabemos también lo que será nuestro cuerpo una vez contaminado de un virus incurable: moriremos, pero si todo sale planeado de acuerdo a la ficción, resucitaremos, no como humanos, sino como muertos-vivientes. Zombies: cuerpos en pena, el día de la resurrección sin Dios, sin alma. El zombie es una resucitación sin redención. Gilles Deleuze dijo que el Apocalipsis de San Juan es el gran libro de los zombies, el primer registro de una vuelta a la vida sin dejar de estar muertos. Profecía sin un dios, sin divinidad que dicte los castigos, mucho menos los premios, el libro de la revelación ha sido interpretado de acuerdo a la decadencia de la civilización actual. En la imagen del zombie se acumula la soledad y sobre todo el odio de la raza humana contra sí misma: la única forma de matar a un zombie es destrozándolo, desmembrar sus brazos y piernas, reventarlo con balas, pero lo más importante a la hora de hacerlo es la furia y la saña; hay un goce en el acto, incluso: se requiere maestría o frustración para eliminar a un zombie. El cuerpo del zombie resiste la histeria de los vivos. Pero el problema del zombie es que sólo tiene un punto débil. Para aniquilarlo es necesario destrozar su cerebro: eso que precisamente nos define como seres racionales. Y aquí radica la humanidad a la que se aferran los zombies, pues aunque carecen de la funcionalidad racional, gustan de comer cerebros, ese órgano del que tanto estamos orgullosos.

    Dependemos tanto de la racionalidad que la única forma que logramos imaginarnos sin ella es la del estúpido zombie, porque va contra absolutamente todo lo que somos: edificios destrozados, fábricas y hospitales sin médicos, parques sucumbiendo al paisaje natural, puentes abandonados, toda la infraestructura del progreso sin nadie que pueda sacar provecho de ella. Los zombies deambulan por las maravillas de la arquitectura, pero son incapaces habitar en esos portentos racionales; eso es lo más triste de su naturaleza. El zombie es un diletante, es el último eslabón de nuestra evolución. No eran posibles en la Edad Media, mucho menos en el Renacimiento, porque allí la Historia apenas comenzaba a renacer para el pensamiento occidental. En cambio, nuestra época es la del eterno epílogo. El zombie sería una especie de turista: ve en todo su esplendor el capítulo final de la Historia, pero como es incapaz de hacer un juicio, solamente balbucea su hambre. Cualquier interpretación que se pudiera formular acerca del zombie, tanto científica como sociológica, si tiene causas virales o sociales, es un personaje que sin duda forma parte de todo el tinglado filosófico que desde el romanticismo se fue construyendo hasta ahora, su punto de ebullición: el zombie deviene el ideal romántico, un ser de puro impulso, irracional, solitario, incapaz de comunicar incluso su propia existencia.

    El zombie es el ciudadano del paraíso que mejor representa nuestra ambición como civilización: la distopía. Palabra que, utópicamente, no existe en los diccionarios de español todavía, y cuya fantasmagoría en la lengua expresa mejor que nada esa vacuidad del lugar. Si la modernidad opuso al pensamiento de la arcadia —aquel del paraíso perdido de la Antigüedad, el cual era localizable en el mundo de las ideas y los paraísos etéreos— el de la utopía —el lugar ilocalizable, que no existe—, a su vez éste se opone al de la posmodernidad, el cual ha fabricado, a fuerza de necedad, la distopía. Y a diferencia de sus predecesoras, tenemos un mapa, hay una geografía certera de ella: está aquí, pero no ahora sino en un futuro siempre próximo que puede comenzar esta noche o mañana mismo cuando encendamos la cafetera.

    La distopía es como el reino de Dios: vendrá en el momento que menos pensemos, pero no habrá dios, solamente caos, perdición, destrucción, aniquilamiento. La humanidad con una absoluta certeza de su soledad. Pero, ¿cómo fue que llegamos a este punto de la historia? Isaiah Berlin, uno de los historiadores de las ideas más lúcido que he leído, y en específico un breve ensayo que tituló “The decline of Utopian in the West”, hace un resumen que llega hasta la primera mitad de siglo xx sobre el origen y el final de las utopías. Primero tenemos las utopías religiosas, aquellos lugares de donde los humanos son echados a patadas por los dioses debido a su impureza, imperfección o ambición. Tal es la historia que nos cuenta el Génesis, el origen que hemos asimilado mejor debido a la tradición cristiana. Después, con los griegos y Platón sobre todo, la utopía, en vez de relacionarse con la inmaterialidad de los reinos divinos, comenzó a pensarse de manera racional como una posibilidad geográfica, un lugar al cual dirigirse, pudiera ser éste una isla o un país lejano y exótico. Zenón, explica Berlin, fue el primer anarquista del que tenemos registro; sin embargo, como su compañero Aristóteles, enarbolaba la razón como el eje de la felicidad humana. Si lo civiles son racionales, decía Zenón, no habría necesidad de instituciones que controlen su comportamiento.

    Durante la Edad Media, la invención de las utopías declina debido al papel que juega la Iglesia en todos los campos del saber, además de que daban por hecho que la venida de Dios, el día del Apocalipsis, traerá la promesa del paraíso recuperado. No es sino hasta el Renacimiento cuando comienzan a proliferar las utopías con el grupo de pensadores políticos que más tarde inspirarán la Revolución Francesa: la Utopía de Tomás Moro, la Atlántida de Francis Bacon, la Ciudad del Sol de Campanella y algunas otras propuestas de inclinación cristiana, como la de Fénelon. No obstante, aclara Berlin, hay una ruptura, una discontinuidad en el pensamiento utópico debido al concepto de identidad nacional que se venía definiendo en los países europeos, sobre todo con la llegada del romanticismo en Alemania. Los franceses se dieron cuenta de que tenían pocas similitudes con los germanos y éstos a su vez con los romanos y los griegos. Según Berlin, el primer pensador en desmitificar la universalidad de los valores para alcanzar cualquier posible utopía fue Herder: todas las civilizaciones, en su perspectiva, tienen diferentes ideologías, costumbres, formas de pensamiento y maneras de llevar a la práctica esos pensamientos. No hay tales cosas como leyes ni juicios universales para valorar una cultura, porque cada civilización tiene diferentes horizontes culturales, tiene una forma de leer su pasado y una forma de construir su futuro. Por lo tanto, la Historia no es la misma para todos, porque la historia no termina en el mismo punto para los europeos ni para los americanos, no hay entropía ni utopía a la cual llegar al final de la historia.

    Así, cada cultura debe ser juzgada por su originalidad e individualidad; ninguna es superior a otra; y por medio  de esta diferencia  podemos ser libres dentro de nuestra propia cultura: la soledad, dice Herder, consiste en convivir con personas que no entienden lo que eres, que no hablan tu lengua, que no piensan como tú, que no visten las mismas ropas que tú. A partir de aquí, la universalidad de los valores igualitarios de la utopía comienza a resquebrajarse debido a que la perfección política y social difiere entre los franceses, los alemanes y los estadounidenses. Y que uno de ellos imponga sus valores a otros pueblos, al hacerlo viola y desintegra la idealidad utópica. Lo interesante del pensamiento de Herder y el de otros colegas suyos como Fichte, Novalis y Schlegel es que anula la comparación entre las figuras culturales: Homero no es más grande que Shakespeare porque sus circunstancias y su contexto fueran muy diferentes; Aristóteles, dice Herder, es de los griegos, pero nosotros tenemos “nuestro” Leibniz. Esto daría pie a lo que conocemos como pensamiento romántico y como formación de las estados nacionales en Europa y que más tarde se copiará en América. El individualismo se impuso a lo comunitario, lo económico a lo humanístico, lo racional a lo espiritual.

    Los últimos pensadores que propusieron una forma de utopía por medio de la vía posible y no como un futuro idealizado fueron Hegel y Marx, para quienes la historia es un prisma que desemboca en un punto culminante. Berlin detiene su ensayo aquí, justo hasta la culminación de la burguesía. Después, con la llegada de los fascismos comunistas como capitalistas en el globo, los filósofos y escritores comenzaron a cuestionar la posibilidad de una sociedad estructurada, sistemática y controlada, es decir, se opusieron a cualquier isla o tiempo mítico del equilibrio. Hombres como Huxley y Orwell, a quienes la utopía se les desdibujó ante sus ojos, son ejemplos magistrales de esto; después, otros como Philip K. Dick dieron otra vuelta de tuerca: el futuro como un desorden, como una tragedia tecnológica, totalmente deshumanizada, donde los logros de la manufactura y la razón dan la espalda a sus creadores. El zombie es un engendro de esta lógica sin esperanza, cuando ya no somos capaces de soñar un futuro promisorio y, preferimos, mejor imaginar todo destruido hasta la ceniza. No queremos un fascismo racional, mejor un caos, sin sentimiento, sin la tortuosa intromisión de una esperanza divina o humana, abandonados a una irresponsabilidad trascendental. Consumimos un apocalipsis diario en la televisión, el cine, en las novelas gráficas y en la literatura de ciencia ficción. Antes luchar en ese futuro perdido que luchar por un futuro posible. Antes que ser iguales, mejor no ser.

    Texto publicado en la edición 155 de Crítica


    Escrito por Francisco Serratos

    Nació en Veracruz en 1982, pero vivió su infancia y adolescencia en Ciudad Juárez. Estudió literatura en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Actualmente vive en Arizona, donde estudia su doctorado en Arizona State University. Es ensayista, traductor y autor del libro La memoria del cuerpo. Salvador Elizondo y su escritura (2010). Ha publicado en revistas como Levrel y en libros colectivos de Tierra Adentro.

  • Crítica 155

    Critica-155En el número 155 de nuestra revista nos acompañan escritores como Ernesto Lumbreras, Francisco Serratos, Efraín Bartolomé, Raúl Renán, Eduardo Sabugal, Pedro Serrano, Josú Landa, Gabriel Wolfson, Alberto Chimal, Alejandro Badillo, Daniel Bencomo, entre otros.

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